Lo que la marea esconde
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Siempre es peligroso sacar deducciones a partir de datos insuficientes.
ARTHUR CONAN DOYLE,
La banda de lunares (1892)
La mayoría de los días del mundo transcurren solo para ser olvidados, pero hay instantes que lo cambian todo, que desdibujan lo que somos para obligarnos a ir por otros caminos. Tal vez, quién sabe, estos momentos reveladores sean cosa del destino y resulte completamente imposible esquivar el hachazo que ha de romper lo que éramos. ¿Cómo saber si podríamos haber evitado los giros drásticos que han volcado nuestras vidas? Llegar tarde a una cita, llegar demasiado pronto, cruzar la calle en el peor momento, tomar una mala decisión, tomar una buena. ¿Cómo saber si somos nosotros los que decidimos nuestro destino o si este, independiente a nuestra tenacidad, ya está inexorablemente marcado? Porque ¿es posible evitar una tragedia? Cuando le sucedió a Valentina no hubo señales previas, y tampoco amaneció entre sombríos y pegajosos presagios.
La jornada había comenzado como un día más, aunque fuese a ser el último de aquella vida que ella conocía. Valentina estaba embarazada de casi cinco meses, y aunque apenas se notaba en la curva de su vientre su estado de gravidez, aquella misma semana iba a darse de baja temporalmente en el servicio de su sección para pasar a otro tipo de asistencia, supervisando las escuchas telefónicas. No resultaba una tarea especialmente apasionante, pero teniendo en cuenta que ella dirigía una sección de investigación de homicidios, no era prudente que estuviese mucho más tiempo al mando. La única actividad que se había empeñado en mantener era la del tenis, para la que el médico de momento le había dado permiso, dado que solo practicaba una vez a la semana y eran entrenamientos suaves. Desde luego, la salud y fortaleza de Valentina eran entonces espléndidas, y nunca había estado tan bonita ni tan feliz, con todas aquellas hormonas revolucionando su cuerpo.
Aquella tarde en que cambió todo, la teniente iba a terminar su turno y a dirigirse directamente a Suances, donde tendría una de sus últimas clases de tenis junto a Oliver. Sin embargo, un compañero le pidió que lo acompañase a una diligencia. Sería breve, sería fácil. Ella no llevaba asuntos de drogas, pero el teniente Silva, del EDOA, le había solicitado apoyo para supervisar un caso en un asunto contra la salud pública que gestionaba su Equipo de Delincuencia Organizada Antidroga. Solo necesitaba que ella lo acompañase a la reconstrucción de un crimen múltiple en un domicilio de la zona de La Albericia; aquel chalet unifamiliar, desde luego, había sido la tapadera perfecta, porque no daba lugar a sospechas a pesar de haber sido utilizado como punto de distribución de hachís y de drogas sintéticas para toda la zona norte, con destino final en Francia e Italia. Habían intervenido en la casa un pequeño laboratorio, balanzas de precisión, más de doscientos kilos de hachís, una pistola eléctrica, equipos radiotelefónicos y unos treinta teléfonos móviles, que pertenecían a una banda de tráfico de drogas cada vez más poderosa, conocida como la banda del Junco, en honor al apellido del jefe del clan.
Aquel tipo de instrucción judicial para reconstruir un crimen con presencia del sospechoso no era muy frecuente, pero habían asesinado a tres personas de una misma familia y a un chico que era el hijo pródigo de alguien muy importante en la ciudad. Todo lo que había declarado el principal sospechoso, un toxicómano con un largo historial de delincuencia, estaba lleno de contradicciones. La reconstrucción no llevaría mucho tiempo, y las medidas de seguridad eran las protocolarias y habituales. El detenido había bajado del furgón debidamente esposado y con dos guardias de custodia mientras Valentina y Silva llegaban detrás en otro vehículo junto con otros dos agentes.
En menos de una hora ya habían terminado y salido del inmueble, y el detenido era llevado de nuevo al furgón. ¿Cómo iban a suponer que estaban en el escenario de una ejecución inminente?
La ráfaga de disparos llegó por sorpresa, y no fue dirigida contra ellos, sino contra el detenido, que en un primer segundo y por pura fortuna esquivó los proyectiles del fusil semiautomático del francotirador. Valentina y el teniente Silva se agacharon e iniciaron la búsqueda inmediata de refugio al tiempo que sacaban sus armas, pero al tercer paso ella comprobó que su compañero no la seguía. Había caído a descubierto, sin conocimiento, de un tiro certero entre el hombro y el cuello. Una nueva ráfaga de disparos hizo que todos se echasen definitivamente al suelo, y Valentina no pensó, no dudó un segundo en ir a por su compañero, y lo arrastró hasta llegar a la parte posterior de un vehículo que les podía hacer de parapeto. Cuando se sintió a cubierto, notó que se había cortado con algo en la cara, tal vez algún cristal de los que habían salido volando con los disparos. Se sintió mareada, pero tras taponar como pudo la herida de su compañero a la altura del cuello, intentó estudiar la situación con frialdad, examinando en la distancia el estado del resto de los agentes.
El detenido yacía ahora en el suelo con varios tiros en el torso, y los guardias que se habían tumbado a cubierto a su lado parecían estar ilesos. Valentina no daba crédito. ¿Tan importante sería aquel testigo para la organización del Junco? Matar a uno de los suyos para evitar que hablase, y sobre todo para que no testificase, estando custodiado por la Guardia Civil… Aquel toxicómano debía de tener una información excepcional, desde luego. Asumir aquel riesgo resultaba brutal e inimaginable. ¿A qué distancia estaría el francotirador? Valentina calculó que tranquilamente a un kilómetro, pero ¿dónde?
Hubo un silencio que duró la eternidad de unos treinta segundos, y la teniente se asomó de la forma más prudente que pudo. De pronto, hubo otra ráfaga de disparos y, a lo lejos, escucharon las sirenas de los coches de apoyo. Tal vez hubiese una persecución. Valentina se inclinó sobre sí misma dolorida, y empezó a pensar cada vez más despacio, como si la adormeciese un inesperado sueño, y se palpó el vientre pensando en su bebé, al que esperaba no haber lastimado al haberse arrastrado por el suelo. Cuando retiró la mano para llamar de inmediato por su teléfono y pedir más refuerzos, sintió que perdía la audición, porque vio cómo le intentaban hablar los guardias desde el otro lado del patio de aquella casa, pero era incapaz de escucharlos.
Uno de ellos, todavía gritando y dando instrucciones a otros compañeros, se levantó y se dirigió corriendo hacia ella, tocándole también el vientre. ¿La habían herido? ¿Cuándo? Tal vez al acudir en ayuda del teniente Silva, o quizás en el último tiroteo, por el rebote de algún proyectil. ¿Por qué había perdido la sensibilidad en su cuerpo, por qué todo a su alrededor comenzaba a desvanecerse? Cuando Valentina bajó la mirada y vio la enorme cantidad de sangre que salía de su abdomen sintió un pánico inenarrable, un terror y una culpa que la llevaron a gritar como si le arrancasen la vida con unas afiladísimas garras y la vaciasen en el abismo.
Valentina era fuerte, pero ni su inteligencia emocional ni su pragmatismo podían lograr que olvidase lo que había sucedido en La Albericia. Ni aquel día ni sus consecuencias. El suyo era ahora un dolor que, cuando lo creía dormido, remontaba el vuelo y volvía a posarse diariamente sobre su línea principal de pensamiento. Por fortuna, también en su trabajo encontraba el caos necesario como para prestar atención a algo que no fuese su propia miseria.
Y allí estaba, todo para ella. Un crimen insoluble. Un asesinato de habitación cerrada como los de aquellas novelas de principios del siglo XX, que entretenían a los lectores jugando a imaginar cuál podía ser en realidad el límite de lo imposible. ¿Era aquel el tipo de misterio al que se enfrentaba ahora Valentina? ¿Qué mundo habría estado encerrado en aquella goleta la noche anterior?
La teniente se sentó en el gran salón del barco y, con Riveiro a su lado, entrevistó primero al capitán Alan Alonso. Era un hombre alto, bastante bien parecido. Leyó en el informe que tenía su domicilio muy cerca, en El Astillero. Mujer y dos hijas. Apenas hacía unas semanas que había tomado el mando de La Giralda, pues hasta entonces había estado siendo restaurada. El capitán les relató una vez más todos los detalles de la velada de la noche anterior, y Riveiro y Valentina se miraron, aceptando que al menos aquel hombre no había incurrido en ninguna contradicción. No le habían pedido que les contase la historia de nuevo por capricho, sino como ejercicio de veracidad. Siempre había que dejar hablar a los sospechosos: cuanto más lo hacían, más recovecos tenían sus historias y más fácil resultaba encontrar a los que mentían, incapaces de mantener íntegra su versión.
—¿Y cuál era el itinerario previsto, capitán?
—¿El itinerario? Ah, pues dar una vuelta por la bahía y regresar a puerto cuando ordenase doña Judith.
—Ajá. Y salieron de aquí, del Club Marítimo.
—Nosotros sí. La tripulación, me refiero. Después teníamos que recoger a los invitados en el embarcadero Real.
—¿Dónde?
Valentina miró a Riveiro, buscando confirmación visual. Ella ya llevaba varios años en Cantabria, pero era gallega y desconocía los recovecos de la zona. Sin embargo, Riveiro era de Polanco y llevaba toda la vida viviendo en Santander, así que se suponía que él conocía mejor el terreno; pero el sargento negó con la mirada, mostrándole a Valentina que tampoco tenía claro a qué embarcadero concreto se refería el capitán.
—¿Se refiere al palacete, el embarcadero que está en el paseo de Pereda?
—No, sargento, eso ahora es una sala de exposiciones y conferencias, y pertenece al Puerto de Santander. Me refiero al que está en la Magdalena, el que utilizaba Alfonso XIII.
—¡Ah! Pero ¿eso no estaba abandonado?
—Un poco sí. Es muy antiguo, ahí ya había hasta un mareógrafo antes de que llegase el rey…
—¿Un qué? —Riveiro hizo la pregunta frunciendo el ceño—. ¿Se refiere a un medidor de mareas?
—Más o menos. Un medidor de los niveles medios del mar; creo que, de hecho, ese mareógrafo era el más antiguo de España. El caso es que la Real Sociedad de Tenis pidió permiso para rehabilitar el embarcadero y disponer de su uso, porque era el punto de embarque más próximo a sus instalaciones.
—¿Puede marcarlo en este mapa, por favor? —preguntó Valentina, ofreciéndole un mapa turístico de los que estaban a bordo del barco.
Alonso lo marcó con precisión y, en efecto, la teniente comprobó que aquel embarcadero estaba muy próximo al club.
—Bien, y después de recoger a los invitados, ¿cuál era el itinerario?
—Ah, pues adentrarse en la bahía hasta el Centro Botín y volver al anochecer hacia la Magdalena, para pasarla y virar rodeando la Isla de Mouro mientras cenaban y luego desembarcar a los invitados cuando se nos ordenase… En el embarcadero Real, claro.
—¿Y hubo alguna incidencia, algo que le llamase la atención cuando subieron los invitados o a lo largo de la velada?
El capitán Alonso negó convencido con gestos de cabeza, dando a entender que todo había ido según lo previsto. De pronto, alzó suavemente una mano, como si se pidiese permiso a sí mismo para decir algo que acababa de recordar.
—Bueno, como la señora Pombo llegó un poco tarde… Es que venía en avión de alguna parte, ¿saben? Pues ella no subió a bordo en el embarcadero Real, la recogimos después.
—No me diga. —Valentina miró cómo Riveiro anotaba el dato, aunque no sabía si sería realmente relevante—. ¿Y dónde la recogió?
—En el embarcadero que hay al lado del palacete que ustedes dijeron antes; llevó menos de cinco minutos, y entraba dentro del rumbo trazado hacia la panorámica del Centro Botín.
—¿Y sucedió algo entonces? Me refiero a algo extraño, violento o que le llamase la atención; durante el embarque o después.
—No, no, nada en absoluto… Salvo el enfado de la señora Pombo con Margarita, creo que por algo de protocolo en relación con la ubicación de la cena. Todos los invitados pudieron escuchar la bronca, si le digo la verdad. Después fue cuando ella entró en el camarote y ya no volvió a salir.
—Ajá…
Valentina pareció meditar unos instantes.
—¿Y cuál es la finalidad de este barco? Quiero decir… ¿Qué funciones debe realizar para los socios?
—Puro negocio, teniente… El club ya disponía de una zódiac que hacía traslados en verano desde la playa de la Magdalena hasta el Puntal, al otro lado de la bahía. Era un servicio muy demandado, no se crea, así que decidieron aumentarlo con La Giralda con seis viajes por jornada, también para no socios… Por otro precio, claro.
—Claro. ¿Y la cena de ayer?
—Ah, en este club hacen muchas fiestas; de los años veinte, ibicencas… En fin, ya sabe. Se supone que La Giralda va a dar cobertura a todos esos eventos. Y también podrá ser contratada para cenas privadas y reuniones… No se crea, si ya hemos recibido peticiones hasta para bodas.
—Vamos, que es un buen negocio.
—Promete serlo. Pero aquí quien manda es el club, nosotros solo llevamos el barco.
—Ya. ¿Y quién le daba a usted las instrucciones directas? Ya sabe, me refiero a quién dirigía sus actividades.
—Ah, la señora Pombo. Y cuando ella no estaba, su secretaria, Margarita.
—Perdone que insista, pero ¿no vio nada extraño en la señora Pombo anoche, algo que le llamase la atención?
El capitán se encogió suavemente de hombros.
—No sé, creo que venía cansada… Ya le digo que estaba algo cabreada con la secretaria, pero eso no me extrañó, porque siempre le estaba llamando la atención —añadió, con un tono que delataba que no aprobaba aquellas amonestaciones.
Valentina lo miró fijamente.
—¿No le caía a usted bien la señora Pombo?
El capitán Alonso se tomó unos segundos antes de contestar.
—Ni bien ni mal, qué quiere que le diga. Tampoco la conocía mucho. Digamos que era la típica jefa.
Valentina enarcó las cejas, invitándolo a ser más explícito. El capitán se pasó la mano por el rostro, como si con ello lograse apartar el cansancio y todo lo relacionado con la noche anterior y con aquel interrogatorio.
—Era ordeno y mando, ¿entiende? La típica jefa —repitió—. ¿Acaso hay jefe bueno?
—No, supongo que no —le sonrió la teniente, buscando su confianza.
Valentina habló un rato más con el capitán hasta que por fin llamaron a Timoteo Comesaña, el primer oficial. Era un hombre joven y delgado, con la piel curtida por el sol, a pesar de que el verano todavía no había comenzado. El muchacho les contó de nuevo todo lo que había sucedido la noche anterior, aunque en esta ocasión no pudo aportar nada que no constase ya en la declaración del capitán o en el relato previo que Riveiro y Valentina tenían descrito en el informe del SEMAR. La teniente, sin esperanza, intentó encontrar alguna información aún no desvelada.
—Y cuando se asomó por la cubierta para mirar por el ojo de buey del camarote, ¿no recuerda haber visto algún detalle que tal vez se le haya pasado comentarnos?
—Ya les expliqué que estaba oscureciendo y que tuve que dejar medio cuerpo colgado fuera de la nave para poder asomarme un poco; ni siquiera puede ver a la señora Pombo, el ángulo no me daba para ver la cama.
—Y el camarote le pareció que estaba vacío.
—Sí, señora. Desde mi ángulo parecía vacío y sin movimiento alguno. Al menos cuando yo miré.
—¿Ninguna sombra, brillo o reflejo? Piénselo y tómese su tiempo. Con calma.
El joven no lo dudó un segundo y negó convencido, y no hubo mucho más que pudiese aclararles en relación con los hechos, aunque a Valentina también le dio la impresión de que no lamentaba especialmente el fallecimiento de Judith Pombo. Lo cierto era que aquella tripulación llevaba poco tiempo trabajando para ella, pero la teniente ya tenía la fuerte sensación de que no era especialmente apreciada.
La entrevista con Mikaël Dubach tampoco resultó especialmente fructífera. El robusto suizo miraba directamente a los ojos y contestaba con un marcadísimo acento francés que construía contundentes frases cortas, pero nada de lo que les relató a Riveiro y Valentina desveló información que no supiesen ya. El jefe de máquinas le pareció a la teniente de esa escasa estirpe de hombres cuya presencia se hace siempre notable y sólida, que inunda la habitación con la franqueza propia de los que no tienen nada que ocultar.
—Entonces estuvo usted en la sala de máquinas todo el tiempo.
—Hasta que escuché el grito, madame. Entonces subí y ayudé a derribar la puerta.
Valentina repasó con un plano la trayectoria del suizo dentro de la nave, y verificó que su relato concordaba con el del capitán y el del primer oficial.
—¿Y cuánto tiempo lleva trabajando con esta tripulación?
—¿Cuánto? Ninguno, madame. Los conocí hace un mes, cuando me contrataron para el trabajo a través del astillero. Son buena gente.
—Sí, buena gente —asintió Valentina, mirándolo con curiosidad—. Y Judith Pombo… ¿le parecía también a usted buena gente?
Mikaël sonrió con malicia, y sus ojos claros decían que sí, que aceptaba jugar a aquel juego.
—Solo vi dos veces a madame. Cuando me contrataron y anoche. Dentro de lo malo, no era lo peor.
—¿Dentro de lo malo?
El hombre se encogió de hombros, aunque con su gran musculatura el gesto fue casi imperceptible. Su sonrisa se volvió más descarada.
—Era… una de esas señoras presumidas que no hablan de dinero.
—¿Qué? ¿Que no hablaba de dinero? ¿Y quiénes no hab…? —Valentina, de pronto, se dio cuenta de lo que el mecánico quería decir. Asintió con un suspiro—. No habla de dinero quien sí lo tiene, ¿verdad?
Mikaël Dubach esbozó una mueca afirmativa y se cruzó de brazos, como si con el ademán mostrase que ya no consideraba tener nada más que aportar ni que decir. Y en efecto, el resto de la charla fue meramente formularia, un refrendo de lo que había sucedido la noche anterior. Con el cocinero y la camarera japoneses no hubo mucha más suerte, y además tuvieron que esperarlos un rato, pues no se encontraban dentro de la plantilla estable del barco, sino que eran subcontratados para eventos concretos. El capitán Alonso le explicó a Valentina que para los viajes diarios tenían solo a un camarero en los trayectos, y que para cenas o eventos subcontrataban el personal a una empresa de catering.
En consecuencia, ni Makoto Usui ni la bella Suki Ito tenían más conocimiento de aquel caso que lo que habían visto la noche anterior, que había sido más bien poco. Corroboraron, sin embargo, todo lo que había sucedido en la nave desde el grito de Judith dentro del camarote. Un grito y una negación, un «No» casi apagado, a punto de desfallecer. Ambos empleados se habían quedado ante la puerta hasta que el jefe de máquinas la había derribado, y sin saberlo habían ejercido de guardianes de la verdad, confirmando las versiones de la tripulación de La Giralda en relación con aquel extraño crimen.
Valentina estaba cada vez más desconcertada. Si la puerta del camarote de Judith estaba a la vista de todos, ¿cómo era posible que alguien hubiese entrado y salido a través de ella sin ser visto? Cuando Judith había gritado, todos los invitados estaban en el salón, incluyendo al capitán. El cocinero y la camarera, en la cocina. Solo quedaban Timoteo Comesaña, el primer oficial, en cubierta; y Mikaël Dubach en la sala de máquinas. ¿Serían ellos la única posibilidad para encontrar explicación a lo imposible? No, aquello tampoco podía ser. Tras el grito de Judith nadie había salido del camarote cerrado.
Valentina se convenció de que, salvo que hubiese una trampilla secreta por alguna parte, el primer oficial y el jefe de máquinas debían ser también descartados. De momento, y mientras no tuviese todos los informes de los expertos de Criminalística sobre la estructura del camarote, ella solo podía confirmar lo insólito de la situación. Hizo un par de llamadas para verificar dónde se encontraban a aquellas horas de la mañana los invitados a la trágica cena de la noche anterior.
Al parecer, Basil Rallis y Pablo Ramos estaban en el club de tenis, junto con Marco Fiore y Rosana Novoa. El resto se encontraba prácticamente al lado, en la Magdalena, asistiendo a las jornadas deportivas. Los que no pudiese localizar en un sitio, supuestamente, debían de estar en el otro. Curiosamente, ninguno se había excusado de asistir a sus compromisos, a pesar del drama de la noche anterior. Ni siquiera Margarita, la asistente principal de la fallecida. Tal vez aquel punto dijese más sobre Judith Pombo que ningún informe, por detallado y concienzudo que fuese.
La teniente consideró imprescindible hablar con los miembros de la familia de la víctima, pero le constaba que ya les había tomado declaración el SEMAR, por lo que podría dejarlos a solas con su dolor hasta el mediodía; así podría comenzar por los invitados que se encontraban en el club de tenis, que estaba muy cerca. Además, eran ellos los que conformaban el círculo de sospechosos. Hizo cuentas con Riveiro: si eliminaban de la lista a la tripulación, tachaban de golpe cinco posibles homicidas. De forma provisional, claro. Tras aquel barrido inicial, solo les quedarían ocho sospechosos. El muchacho paralítico tenía pocas posibilidades de moverse de forma ágil por un barco, pero no podía descartarlo. ¿Quién, de aquellas ocho personas, tendría motivos para querer matar a Judith Pombo?
Llegaron a la Real Sociedad de Tenis de Santander en apenas diez minutos, a pesar de lo bullicioso que comenzaba a ser el tráfico. La entrada del club estaba muy cerca de la verja de acceso a la península de la Magdalena, y se adivinaba nada más aproximarse que tras aquel perfecto encalado blanco y unas puertas verdes se guardaba un complejo deportivo no apto para todos los bolsillos. Había sido fundado en 1906 sobre el antiguo velódromo, y en el mismo año ya había recibido la visita de la familia real. Sin embargo, aunque la decoración interior era agradable y cuidada, también ofrecía una imagen sencilla y funcional, sin la presumible ostentación que Valentina imaginaba. Fotos antiguas en blanco y negro enmarcadas en verde, raquetas de tenis expuestas por las paredes y mobiliario manido pero de calidad.
Valentina y Riveiro fueron atendidos en la recepción por un joven de gesto despistado, que se puso colorado y comenzó a hablar atropelladamente en cuanto supo que se encontraba ante la policía. Los condujo directamente desde la entrada hasta una amplia terraza, desde la que se veían a la izquierda varias pistas de tierra batida y a la derecha una cafetería; sus puertas estaban abiertas de par en par y Valentina pudo atisbar en su interior paredes repletas de placas y trofeos.
En la terraza, rectangular y alargada, los rodeaban decenas de mesas donde varios socios tomaban cafés y refrescos mientras miraban el juego sobre las pistas, que estaban casi a una planta de altura bajo sus pies y al lado del mar.
Sin duda, aquel enclave deportivo era asombroso y privilegiado. Les rogó que esperasen allí y bajó él mismo a una de las pistas, donde practicaba un muchacho moreno y bien parecido; daba la sensación de entregarse al máximo, y aullaba cada vez que martilleaba la bola contra su adversario. Su juego era idéntico al de cualquier profesional del tenis, salvo que en su caso la pelota podía botar en dos ocasiones y no solo una, pues él jugaba en silla de ruedas.
Valentina comprendió al instante que aquel era Pablo Ramos, el jugador internacional que la noche anterior había acudido a la cena en la goleta. Observó cómo el muchacho de recepción hablaba con un par de personas a pie de pista y regresaba acompañado de una de ellas: un hombre de mediana estatura de unos sesenta años, de cabello canoso y cortado al cepillo y rostro bronceado. Los pliegues de su piel en el rostro eran como un mapa de su vida, y sus arrugas eran pocas pero profundas.
—Buenos días, soy Julián Ramos, el padre de Pablo —los saludó, mientras el recepcionista se escurría discretamente e iba a avisar a quienquiera que fuese su superior de que estaba allí la Guardia Civil.
Por su parte, Valentina y Riveiro saludaron al hombre, que les pidió solo unos instantes para que su hijo pudiese darse una ducha rápida antes de atenderlos.
—Serán solo unos minutos, antes de que se enfríe. Debe ser cuidadoso, volverá a competir en breve y en fin… llegar hasta donde ha llegado no ha sido fácil.
—Me lo imagino —asintió Valentina, que contuvo su impaciencia—. ¿Cinco minutos?
—Se lo juro. Se lo agradezco de verdad, será solo un momento. Mire, ¿ve? —dijo el hombre, señalando a Pablo, que salía ya de la pista—. Le acompaña su entrenador, que también ha venido con él desde Barcelona… Estará con ustedes enseguida.
—Está bien, tranquilo… ¿Viven en Barcelona?
—Él sí, desde hace un par de años. Su madre y yo somos de aquí y vivimos en Santander.
—Ah. ¿Y qué llevó a su hijo a Barcelona?, ¿el tenis?
—Sí… Es que el pobruco lo pasó muy mal, ¿sabe? Hace cuatro años le sucedió lo del accidente en la nieve… En fin. Que se nos quedó minusválido, ya ven; y se puso a jugar al tenis, que hasta ahora nunca en la vida, ¿eh?
—¿No? Pensé que en su familia también jugarían al tenis, que habría aprendido desde pequeño.
—¡Qué va, para nada! —rio, como si le divirtiese la mera posibilidad de aquella idea—. Nosotros nunca habíamos jugado al tenis, como mucho a la flor o a la brisca —añadió como una broma, aludiendo a simples juegos de cartas—. No lo creerá, ¡pero Pablo solo jugaba al fútbol, se lo juro! Y como mucho me ayudaba a mí de chico en la carpintería, el pobruco…
—¿Es carpintero?
—Ya no, estoy jubilado hace años, aunque aún hago alguna chapucilla aquí cerca, en un pequeño taller que tenemos detrás de la plaza del Cuadro —sonrió con nostalgia, para retomar con orgullo la ocupación de su hijo—. Pero Pablo, ya ve, ahí lo tienen… Trabajando en la Federación Española de Tenis y número cinco en el ranking nacional.
—Qué bien, ¿no?
El hombre se encogió de hombros.
—Bien, sí —reconoció—. La pena es que no esté más cerca de nosotros, pero en fin…
—¿Y por qué no vuelve a Santander?
—Porque aquí no hay delegación de la Federación Española —intervino de pronto un hombre que estaba sentado detrás de ellos y en el que antes Valentina y Riveiro no se habían fijado, pues solo lo habían visto de espaldas— y porque Judith era una tocapelotas.
Valentina y Riveiro se volvieron y, atónitos, reconocieron tras una visera y unas gafas de sol al mismísimo Basil Rallis. ¿Quién no había oído hablar de aquella leyenda? Un hombre que, antes de retirarse, lanzaba sus servicios a doscientos diez kilómetros por hora, y que se había hecho famoso por sus asombrosas bolas con efecto liftado y de retroceso. A pesar de enfrentarse a lo largo de su carrera a oponentes que lo superaban en forma física, sus desesperantes e inesperados cambios de ritmo habían descentrado a muchos de ellos, logrando que perdiesen los partidos. A Valentina, a pesar de que estaba sentado, aquel legendario jugador le pareció más alto de lo que imaginaba; el hombre se quitó las gafas y Valentina pudo comprobar que su mirada azul era pura astucia. Rallis los observó con interés, contemplándolos con un gesto a medio camino entre la diversión y la curiosidad.
—Disculpe, es usted…
—Sí, señora, yo soy. Basil Rallis, para servir a las fuerzas del orden en lo que sea necesario… ¿No tendrían que vestir ustedes uniforme?
«Lo que faltaba, un listillo», pensó Valentina, que hizo caso omiso a la pregunta. Se presentaron y saludaron convenientemente, aunque la teniente fue directa al asunto.
—¿Por qué ha dicho lo de Judith?
—Oh, ¿lo de «tocapelotas»? No se ofenda. Se debe hablar bien de los muertos, pero Judith era una vieja zorra. Y mire que lo digo con todo mi cariño y admiración por los cabrones desalmados y sus perfidias, pero no vamos a negar la evidencia.
—Le agradeceré que no lo haga… Y que nos cuente todo lo que sepa.
Valentina se acercó y se sentó en la misma mesa que Rallis, y acto seguido fue imitada por Riveiro, que sacó directamente su libreta. El padre de Pablo Ramos pareció dudar sobre si marcharse o no.
—Siéntese, hombre… —le invitó Basil Rallis—. Si lo que yo digo no es ningún secreto. ¿No es verdad que Judith se negaba a organizar en Santander un open para silla de ruedas? ¡Y no digamos ya entrenamientos ni formación para juego en silla!
—Sí, bueno, yo… —El hombre comenzó a ponerse nervioso—. No insinuará usted que mi hijo…
—No, hombre, no, qué voy yo a insinuar. Dudo mucho que su hijo matase a nuestra Judith, aunque todos tuviésemos motivos para hacerlo.
«¿Todos?» Valentina miró a Riveiro sin perder una sílaba de la conversación. Al final, había resultado providencial aquella pequeña espera por Pablo Ramos mientras acudía al vestuario, porque Rallis hablaba con la insolencia y franqueza de los que se saben en buena posición y que parece que no tienen nada que ocultar. Por su parte, Julián Ramos se sentó tímidamente en la esquina más alejada de la mesa, y a Valentina le suscitó ternura ver cómo aquel hombre escuchaba inquieto a Rallis, con la preocupación de que cualquier cosa que dijese la estrella del tenis pudiese implicar a su vástago en el extraño crimen de la noche anterior.
—Empecemos por el principio, señor Rallis. Que yo me aclare… —cortó Valentina en tono serio, para dejarle claro al veterano jugador que a ella no le impresionaba su currículum deportivo y que aquel asunto no debía tratarse con ligereza—. Si Judith Pombo solo era presidenta de este club de tenis, ¿cómo iba a tener poder para decidir que se celebrase o no en Santander un torneo determinado? En Cantabria hay más clubs de tenis, que yo sepa.
—Ah, pero ninguno como este, teniente —rebatió él, incidiendo en la graduación de Valentina—. Aunque Judith no era relevante por presidirlo, sino por ser miembro del comité ejecutivo de la ITF.
—¿De la qué? —preguntó Riveiro, que estaba anotando todo.
—De la Federación Internacional de Tenis… ¿No lo sabían? Pues Judith llevaba ya tres años en el comité ejecutivo —reiteró.
Hubo un silencio que duró solo unos segundos, en los que Valentina midió con otra mirada al señor Rallis. Era insolente pero no estúpido, hablaba con propiedad y contenido. Tendría que aprovechar aquella conversación al máximo.
—Ha dicho usted que todos tenían un motivo para matar a Judith… ¿Cuál era el suyo, señor Rallis?
Él se echó a reír.
—¿El mío? Oh, mucho más sólido que el de ese pobre muchacho —dijo señalando las pistas, como si Pablo Ramos todavía estuviese jugando en ellas.
Julián siguió la mirada de Rallis con preocupación, y en su gesto Valentina adivinó la indecisión sobre si debía intervenir o no para eliminar cualquier sospecha infundada sobre su hijo.
—Yo confieso, teniente —continuó Rallis—, que estoy hasta un poquito contento. Gracias a este fatídico desenlace de Judith tal vez podamos salvar de momento la Copa Davis.
—¿La Copa Davis?
Valentina no ocultó su sorpresa; no era ninguna experta en tenis, pero incluso ella conocía aquel torneo, que era la competición de tenis por equipos más grande del mundo.
—¿Y cómo cree usted que Judith Pombo iba a poder perjudicar un torneo semejante? —preguntó con marcado descreimiento.
—Ah, teniente… Verá, yo colaboro en la elaboración del ranking ATP, pero también trabajo para la ITF administrando la Copa Davis en España. ¿No ha visto las últimas noticias deportivas en la prensa?
Valentina negó con gestos de cabeza y miró a Riveiro con ademán interrogante, pero él, que solo visitaba las páginas deportivas para consultar noticias sobre fútbol, también le ofreció una mueca negativa en cuanto a sus conocimientos sobre materia tenística. Ni siquiera sabía qué era el ranking ATP al que había aludido el exjugador, que en realidad se refería al posicionamiento de los jugadores en la lista de la Asociación de Tenistas Profesionales, que se actualizaba casi cincuenta veces al año. Basil adoptó un tono más formal y se inclinó sobre la mesa hacia sus interlocutores, creando un ambiente de confidencialidad.
—¿No saben que no solo se están modificando las normas del torneo, sino que pretenden que las eliminatorias se dejen de jugar ante público local?
Valentina arrugó los labios y alzó las cejas, dejando claro que aquello no le aclaraba nada en absoluto.
—Dios bendito, no tienen ustedes ni idea de tenis, ¿verdad? —preguntó Rallis sonriendo con incredulidad; resopló como si se armase de paciencia e intentó explicarse mientras gesticulaba ampliamente con las manos—. La Copa Davis se celebra desde 1900, y es un campeonato por equipos en el que participan más de cien países, ¡qué digo cien! Casi ciento cincuenta, ¿saben? Y mueve un negocio económico de más de treinta millones de euros; hasta ahora sus distintas fases se iban jugando ante el público local del país que las fuese albergando, y así se movía por todo el globo, pero ahora pretenden que se haga en una única sede europea, lo que acarrearía unas pérdidas económicas considerables para la Federación.
—Pero si el cambio supone pérdidas, ¿por qué no lo dejan tal y como está?
—Por personas como Judith, teniente. Y porque las pérdidas de unos son ganancias para otros. La Copa Davis, su formato, parece haberse ido quedando obsoleto, ¿entiende? Ya no es una competición interesante, y los jugadores importantes han dejado de acudir a las primeras rondas, por lo que le han dado una patada en el culo a sus valores y a su tradición centenaria para agradar a los grandes inversores, que pretenden que ahora se juegue en una sola semana una final con dieciocho equipos. ¿Se imagina? ¡Como si fuésemos un maldito mundial de fútbol!
—Disculpe, pero sigo sin ver en qué les perjudica el cambio.
—En la magia, teniente, ¡en la magia! La Copa Davis era extraordinaria porque se jugaba en casa, cada equipo tenía a un público completamente entregado y vivo en las gradas. No era Wimbledon, con toda su formalidad y todos sus espectadores callados como estatuas, ¿entiende? Era el campeonato en el que no se respetaban los silencios, en el que el jugador latía con la gente… Porque el tenis es un deporte de cabeza, ¿saben? Se juega con la cabeza, pero cuando el público te jalea de esa forma, o te descentra o te hace jugar con el corazón y rompes la pista. Se trata de un espectáculo deportivo único, ¡único!
—No lo dudo, señor Rallis. Pero que Judith Pombo quisiese modernizar el sistema de juego no parece un motivo razonable como para querer matarla.
—Se equivoca. No solo es la tradición a lo que ataca, sino a la economía de las federaciones locales. Si solo hay una sede para la final, las federaciones locales pierden los ingresos de las entradas para ver las competiciones. Y no digamos las empresas satélites de hostelería, restauración y todo lo que pueda imaginar vinculado a un evento como la Davis. En el 2000 la final se jugó en Barcelona, y España fue el país campeón, pero las semifinales se disputaron aquí, en Santander. ¿Tiene idea de los puestos de trabajo que generó el evento, del dinero que dejaron en la ciudad los visitantes, de la publicidad local y de la ventana al mundo que supuso para Santander un campeonato seguido por la prensa de todo el planeta? Ah, bueno, ¡y otra cosa son los patrocinios!
—¿Los patrocinios?
Valentina miró de reojo a Riveiro, que apuntaba todo sin dejar que se escapase una sílaba.
—Claro, si la Copa Davis se juega en una única sede europea, la visibilidad y el mejor posicionamiento va a ser para los patrocinadores fuertes, y van a quedar fuera las empresas locales, que por tanto dejarán de participar. Esto no sucederá si sigue con el formato que hemos tenido hasta ahora, ¿comprende?
—Es decir —reflexionó Valentina—, que el cambio puede favorecer la pervivencia de la Copa Davis y su solvencia, pero perjudicar a las federaciones pequeñas y a las economías locales.
—Exacto. Por no hablar del ambiente, de la magia —insistió—. ¿No se da cuenta? Todo lo traducimos en números, en rentabilidad… No me crea un estúpido, sé que los cambios son necesarios, las innovaciones… Pero ¿qué dejamos por el camino? Mire. —Señaló hacia una pareja de una mesa a unos veinte metros de distancia, que manipulaba sus teléfonos móviles mientras ambos dejaban enfriar sus cafés sobre la mesa—. ¿Los ha visto? Ni se miran. El avance que ha supuesto la tecnología es el mayor retroceso social de la historia.
—Pero, si lo que usted dice es correcto, en caso de que la Copa Davis no se actualice dejará de ser interesante y terminará por desaparecer.
—Podrían innovar de otras maneras, estimular el torneo reestructurándolo, no reinventándolo para conservar solo el nombre. En fin, el cambio, tarde o temprano, será inevitable…
Basil Rallis se mostró por primera vez reflexivo, como si hubiese asumido con cierta pena aquella verdad. Se quedó callado unos segundos, y en su mente revivió por un instante una de sus discusiones con Judith Pombo, meses atrás, en una reunión informal en la sede de la Federación en Barcelona:
—Ah, Rallis, ¡te vence la nostalgia! Sabes que la Davis necesita este empujón, cada vez perdemos más fuelle.
—Perder los espectadores locales sí que es un error, Judith. Los jugadores no compiten solo por ellos mismos, sino por su país, ¿no lo entiendes? Se pierde esa emoción, ese ambiente que…
—Sí que te estás volviendo un viejo melancólico… Cualquier tiempo pasado no fue mejor, ¿sabes?
Ella había sonreído con afecto, aunque en su mirada él había detectado la frialdad inerte de un cuchillo.
—¿No ves cómo funcionan los nuevos modelos, Rallis? Mira, ahí tienes la Laver Cup.
—Acaba de comenzar su camino, veremos si aguanta más de cien años como la Davis —le refutó él, aunque en realidad sí le agradaba aquel nuevo torneo creado por Roger Federer, en el que competían una vez al año y en una única sede, durante tres días, los mejores jugadores europeos contra la élite del resto del mundo.
—De momento creo que ya han conseguido que los puntos se incluyan en la ATP.
—Veremos cuánto dura —se había limitado a insistir entonces Rallis, malhumorado.
Ahora recordaba aquella conversación con extraordinaria nitidez, y aunque sabía que Judith llevaba parte de razón en la necesidad de los cambios, él insistía en la posibilidad de evolucionar de otra forma.
Valentina observó el gesto pensativo del veterano jugador, cuyo semblante les resultó indescifrable, y decidió sacarlo de su abstracción.
—Por todo lo que nos ha contado, deduzco que entonces las motivaciones para eliminar a Judith no serían solo sentimentales, sino económicas. ¿Era tan importante su voto en la ITF?
—Ah —reaccionó Rallis, retomando su semblante de suficiencia—, no se trataba solo de su posicionamiento, sino de su influencia de voto. Judith manejaba muchos hilos y relaciones comerciales, teniente. Hablamos de mucho dinero en juego.
—Ninguna motivación es suficiente para matar.
—Cierto. Eso no puedo negárselo… Mire, yo amo este deporte. Judith amaba el dinero, el éxito de los números y de caja, porque sabía que esa era la fórmula para mantener el poder, pero ella desvirtuaba conscientemente el concepto deportivo. ¿Era ese un motivo para matarla? Para mí no, desde luego. Otra cosa es que vaya a lamentar menos su pérdida, ¿por qué iba a engañarlos?
—Porque tal vez esa pérdida económica sí le afectase directamente a usted, que se ha encargado en solo cinco minutos de apuntar como sospechoso a Pablo Ramos y de paso, sin nombrarlos, a todos los demás invitados anoche a la goleta.
—Ah, ¡por Dios bendito! —exclamó él con una carcajada—. Sí que es usted suspicaz. Mire, a Pablo Ramos, si le digo la verdad, lo he conocido realmente aquí, en Santander; y es curioso, porque podríamos habernos cruzado en la sede en Barcelona, pero ya ve, no coincidimos, y le aseguro que no tengo nada contra este muchacho… Al revés, lo admiro. Y le aseguro que mi situación económica está resuelta para mí y para varias de las próximas generaciones de mi familia que me sobrevivan. Y no soy tan iluso como para pensar que por la falta de una persona fuese a dejar de girar el mundo; quizás lo hiciese de forma más lenta, más recta, pero el cambio en la Davis terminará por llegar. Que Judith haya desaparecido de la ecuación solo supondrá ganar algo de tiempo.
—¿Y quién la sustituirá en la ITF, lo sabe?
El jugador alzó ambas manos suavemente en gesto de duda, aunque acertó a dar un par de nombres norteamericanos.
—¿Y esas personas estarían a favor o en contra de los cambios en la Davis?
—Nunca se sabe. Ya imaginará usted que los ideales más altos caen cuando hay economía de por medio, aunque me aventuro a decir que se posicionarán en contra.
—Qué casualidad.
Valentina se giró hacia Riveiro y este le devolvió la mirada. Ambos comprendieron que Rallis les había dado un motivo sólido para eliminar a Judith: el dinero. Que la Copa Davis no volviese a celebrarse en Santander supondría un duro golpe para la Confederación de Empresarios de Cantabria. Cuántas oportunidades de negocio y publicidad perderían. Sin embargo, aquel evento en la ciudad era ocasional y muy espaciado en el tiempo, por lo que tampoco parecía realmente relevante para la patronal.
¿A quién podría afectar de forma más incisiva que se modificase la Copa Davis? Tal vez a la Federación Cántabra de Tenis, cuyos presidente y vocal también habían asistido a la cena. Félix y Victoria. En cuanto a los socios de honor del club, Marco y Rosana… ¿les supondría algún tipo de lucro cesante? Debería investigarlo. Basil Rallis, sin embargo, no parecía preocupado en absoluto por el dinero; si sus ganancias de la época de sus logros deportivos habían sido razonablemente administradas, tendría asegurado un retiro razonable.
Pero daba la sensación de que a Rallis no le movía un interés parcial e interesado, sino su amor incondicional por el deporte y por las tradiciones. Valentina observó con curiosidad a aquel inteligente monstruo deportivo. La astucia suficiente como para planear un crimen imposible como el de Judith, y los ideales tan altos como para justificarlo. Sin embargo, él estaba en el salón cuando ella gritó herida de muerte dentro del camarote. ¿Cómo podría haberle clavado un puñal en el corazón?
La llegada de Pablo Ramos alejó a Valentina de sus pensamientos y conclusiones. La teniente observó que no había rampas desde las pistas, así que supuso que alguien le habría ayudado a superar las escaleras. Había estado tan concentrada en la conversación con Rallis que se había olvidado por completo de aquel joven jugador de tenis, que ahora le pareció que la miraba con desconfianza. Su padre se inclinó sobre él y le murmuró algo, hasta que el muchacho asintió y se acercó extendiendo la mano.
—Así que son ustedes los investigadores. No tengo mucho más que añadir a lo que ya les expliqué ayer a sus compañeros, pero si puedo ayudarlos en algo…
Valentina y Riveiro le dieron las gracias y estrecharon la mano del jugador. La teniente apreció un brillo en Pablo Ramos que difícilmente podría pasar inadvertido. Su sonrisa era confiada, y manejaba sus gestos con una humildad que contrastaba con la exagerada solvencia de Rallis. Destacaba su amabilidad y evidente cariño por su padre, que nada más verlo entrar en la terraza había sonreído. ¿Sería Pablo Ramos, quizás, un soñador al que todavía nada le había rasgado por dentro? Imposible. Aquel hombre se había quedado parapléjico en plena juventud, tenía que haber bregado ya con unos cuantos demonios. Valentina admiró la capacidad de rehacerse de aquel joven, su valentía para sonreír.
Basil Rallis se despidió afablemente del joven, confesándole que solo había asistido al club aquella mañana para verlo entrenar. Le hizo un par de comentarios sobre el tensado de las raquetas y sobre sus jugadas, y se despidió con la excusa de su participación en las jornadas de la Magdalena, para las que ya habían ido a buscarlo.
Cuando se marchó, Valentina detuvo su mirada en la silla de Ramos. Era muy diferente a la que había utilizado en sus entrenamientos. Esta también era moderna y ligera, pero la que había empleado para jugar tenía las ruedas inclinadas hacia dentro en su parte superior y era de titanio. Que ahora hubiese liberado sus piernas del correaje que las sujetaba en los entrenamientos le daba al chico una apariencia más relajada. La teniente hizo que Ramos, en presencia de su padre, les volviese a contar toda la velada de la noche anterior. Como ya había supuesto, no logró rescatar ningún nuevo dato ni incongruencia alguna en su declaración. Decidió investigar por donde Rallis había marcado el camino de la duda.
—Hemos tenido conocimiento de algunos desencuentros por su parte con Judith Pombo.
—¿Desencuentros, yo?
—En relación con la gestión de un campeonato para silla de ruedas aquí, en Santander.
—Ah, eso. Sí, Judith no estaba mucho por la inclusión ni por la normalización, qué quiere que le diga. Se suponía que si la ITF había absorbido la federación internacional de silla de ruedas era para darle apoyo, y no para hacer como si no existiese. Pero solo hablé del tema un par de veces con ella, poco más.
—Pero si ella hubiese cedido, usted podría haber regresado a Santander. ¿Puede ser?