Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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—Supongo. Me habría gustado organizar algo grande y estable en la ciudad, o una fundación como la de Emilio Sánchez Vicario… Pero no fue posible.

—Tal vez quien sustituya a Judith sí esté a favor… ¿No?

—Ya veo por dónde va, teniente. —Pablo sonrió con completa tranquilidad—. Quiere buscar motivos para comprender quién… En fin, para saber qué le ha pasado a Judith. Pero mire, la verdad es que no sé quién va a sustituirla en la presidencia del club, pero su relevancia y financiación provenían de su puesto en la ITF, y ya le digo que tampoco tengo ni idea de quién ocupará su puesto.

—Mi hijo ya les explicó que ni siquiera salió del salón cuando gritó la señora Pombo en el camarote —intervino Julián, preocupado—. No sé qué demonios insinúa.

Valentina se volvió hacia el padre del joven con completa tranquilidad.

—No insinúo, busco a quién le podría beneficiar la muerte de Judith. Pero tampoco acuso, señor Ramos. Esto es protocolo y rutina, preguntas que debemos hacer, ¿entiende? Que hagamos bien nuestro trabajo supone velar como es debido por su seguridad. ¿Me explico?

El hombre asintió, impresionado por la dureza de la mirada de Valentina, que se había expresado con frialdad. Ella realizó unas cuantas preguntas más y dio por concluida la entrevista, con la extraña sensación de que lo que habían ido descubriendo por la mañana no tenía peso ni valor alguno pero de que, en realidad, desvelaba en gran medida la causa de todo lo que había sucedido. ¿Qué habría, en todo lo que había escuchado, que no había sabido ver?

PABLO RAMOS

Pablo se frotó la sien con la mano derecha, cansado por el esfuerzo. La noche anterior se había acostado tarde y apenas había dormido, y el entrenamiento de aquella mañana había sido tan exigente como de costumbre. Y después, aquella teniente que parecía un témpano de hielo y que lo había radiografiado en un solo vistazo. La mirada del sargento había resultado menos intrusiva, pero él no había dejado de sentirse cuestionado y en cierta medida acusado por aquellos dos investigadores. Ahora tenía solo un rato en casa para comer y descansar, antes de volver al Palacio de la Magdalena para la clausura de las jornadas de tenis.

—Ese Rallis es un liante —le había dicho su padre, contándole la conversación que había tenido el jugador con la Policía Judicial—, pero tú en el barco no habrás hecho… Vamos, quiero decir que ya imagino que no habrás dicho nada raro, ¿no? Porque prácticamente ni te cruzaste con la señora Pombo, ¿verdad?

—Que no, papá. Joder, ¿no pensarás…? ¿Estás dudando de mí?

—No, hijo, por Dios. Es que ese Rallis abre tanto la boca que no quiero que te impliquen a ti en algo con lo que no tienes nada que ver.

—No te preocupes, papá. Que yo duermo tranquilo, con la conciencia limpia, ¿de acuerdo?

Su padre le había sonreído con el afecto infinito de costumbre y se había marchado cabizbajo, directo a la cocina para ayudar a su madre con la comida mientras el joven descansaba en el salón. Ah, sus padres. ¿Qué habría hecho sin ellos desde el accidente? Médicos, viajes, consejos, psicólogos. Siempre habían estado ahí, también cuando su novia lo había dejado, meses después del accidente. No la culpaba. Él no había sido la persona más agradable del mundo los primeros meses. Pero ahora había emergido de aquel pozo en el que había caído y estaba listo para respirar. Ojalá pudiese regresar a Santander y gestionar desde allí, y con el respaldo de la ITF, una fundación, o una buena escuela de tenis en silla de ruedas, y un open… Ah, cómo lo disfrutaría. Pero siempre había obstáculos, y Judith había sido uno de ellos. Nunca olvidaría la última reunión en la que habían coincidido en Barcelona, tres meses atrás:

—Qué pesado te pones, Pablito —le había dicho ella negando con una sonrisa maliciosa y atusándose su rubia cabellera—. Un open nada menos… Ya tienes el open de El Astillero…

—Pero no es para silla de ruedas.

—Ah, pues vete a las competiciones autonómicas, ¿a mí qué me cuentas? ¿Te crees que la Federación va a sobrevivir haciendo de buena samaritana en todas las ciudades del país?

—¿Samaritana? Jugamos a un nivel altísimo, lograríamos patrocinadores que…

Ella había resoplado y entornado los ojos, simulando un bostezo e interrumpiéndolo.

—Dios, cómo me aburren estas historias, de verdad. ¿Qué quieres?, ¿darme pena? Ya tienes torneos en silla de ruedas en Logroño, en Burgos, en Marbella… Hasta en Valencia. Y una copa del mundo, joder. ¿Qué más quieres?

—Sabes lo que quiero. Una escuela especializada en Santander, y que el campeonato de las autonómicas no solo lo convoquen clubs pequeños y federaciones nacionales; quiero que tú, desde la Real Sociedad de Tenis, también lo apoyes. Hay muchas personas que…

—¡Ah, por favor! Tienes que estar tan acostumbrado a dar lástima, Pablito… ¿Ese discurso te funciona?, ¿de verdad?

Ella resopló con hartazgo y volvió a entornar los ojos.

—Qué egoísta eres.

—¿Cómo? —Él se había puesto rojo de la indignación—. ¿Egoísta? ¿Pero tú…?

—Yo nada —lo interrumpió ella, poniéndose seria—. Yo solo me limito a buscar el bien común. Se os apoya lo que se puede, Pablo. ¿Te crees que andamos tirando el dinero por ahí?

Ella se puso en jarras, logrando que su elegante vestido, entallado hasta la altura de las rodillas, se le ajustase todavía más al cuerpo.

—El señor Pablo Ramos quiere que la Federación le cree un trabajo a medida en su casita —dijo, exagerando la formalidad de su tono, para volver a su estilo mordaz al instante—. ¿Sabes? Yo también me voy a pedir una oficina en el Caribe, ¿qué te parece?

—Eres injusta, Judith —se quejó él, muy enfadado—. Solo pido un poco más de apoyo.

—¿Quieres mi apoyo? Ah, pues claro que sí. Todo el mundo quiere algo, ¿verdad? Ser más feliz y estar siempre en la cresta de la ola, ¿algo más? Y piden, piden, piden… Pero no hacen nada. Que hagan otros, ¿no?

—Yo no…

—No, tú no. Tú lo que tienes que hacer no es pedir, es jugar. Tienes más de ciento setenta torneos dentro del circuito oficial. ¿Qué esperas? Participa, entrena y rómpete el alma, joder. Tienes los Juegos Paralímpicos, tienes la copa del mundo y los cuatro open, pero no, tienes que tocarme los ovarios con Santander.

La mirada de ella había sido severa, pero de pronto parecía haberse dulcificado, tal vez al comprobar que lo había dejado desarmado y sin argumentos.

—Ah, venga, Pablo… No te me vengas abajo, coño. Si como quien dice acabas de llegar a esta jungla, y ya quieres todo el safari para ti solo…

Ella se había inclinado sobre la silla y le había ofrecido con malicia la vista de su generoso escote, que por lo ajustado del vestido resaltaba más de lo habitual. Comenzó a hablar con un tono más meloso.

—No te me enfades, Pablito. Un chico tan guapo… —añadió, acercando su rostro a los labios de Pablo, que la miró con repulsión—. Me han dicho que tu lesión medular no es completa… ¿Es verdad que no tienes todo estropeado por ahí abajo?

Él, incrédulo y asqueado, se había apartado de inmediato y había girado la silla de ruedas con agilidad, saliendo rápidamente de la habitación. A su espalda, y mientras todavía sopesaba cuántas verdades habría en lo que aquella horrible mujer le había dicho, Pablo pudo escuchar cómo ella cerraba la puerta y, con el gesto, ahogaba el sonido de una carcajada.

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