Lo que la marea esconde
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Creo que matar es una necesidad ineludible del mundo en el que vivimos, el abominable, sentimental y masificado mundo de periódicos baratos y mentes aún más baratas donde se promociona a los imbéciles y se tolera a los necios, donde las artes están agonizando y el intelecto se desprecia […]. La muerte de cualquier idiota es un avance y un beneficio: ¡al demonio la humanidad, la virtud, la caridad y la tolerancia cristiana!
EDMUND CRISPIN,
El misterio de la mosca dorada (1944)
A veces, ante la desgracia, mostramos una estoicidad y una templanza tan heroicas que podrían parecer consustanciales a nuestro propio carácter. Sin embargo, y aun a pesar de nuestra resistencia, ¿quién no ha caído de rodillas alguna vez? En ocasiones, la grieta que termina por romper el hielo es diminuta, poco relevante. Una de esas cosas de la vida que suceden, que hay que superar, porque así son las cosas. Pero el barómetro de las almas es voluble y caprichoso. Un día podemos soportar con razonable resolución la catástrofe más grande, para sucumbir al día siguiente a una pequeña.
Si alguien pierde a una persona que todavía no ha conocido, ¿es posible caer? ¿Supone una debilidad patética el hacerlo, o solo constata que en su vida ha acumulado, quizás, demasiada tristeza? El bebé de Valentina apenas tenía dieciocho semanas cuando perdió sus latidos y, con ellos, todas sus posibilidades. Qué cruel e inhumano resultó saber que no podrían enterrarlo, porque por su tiempo de gestación y peso «solo era un residuo biológico». No hubo por tanto enterramiento ni incineración, y a su autopsia, por no haber llegado a las veintisiete semanas de gestación, la denominaron simplemente biopsia. Sin embargo, para ella, aquel diminuto y desdibujado bebé fue un precioso niño de ojos azules y cabello oscuro, igual que su padre; fue el niño que había soñado escalando estanterías para atrapar chocolate, el que la apremiaría a bajar a la playa con muchos y absurdos bártulos y al que le contaría cuentos por las noches.
Y lo curioso era que ella nunca había pensado en tener hijos. Solo se había dejado llevar por la arrolladora ilusión y seguridad de Oliver. Había dejado de tener todo controlado, como era su costumbre. Las pastillas anticonceptivas habían tenido un descanso menos cuidadoso de lo habitual, y había sucedido: un diminuto trozo de ilusión en su vientre, un pequeño milagro hecho entre dos. Cuando lo supieron, la felicidad de Oliver fue tan brillante y contagiosa que Valentina comprendió hasta qué punto él deseaba crear una familia. Oliver siempre estaba con sus bromas, con su humor inglés que iba y venía, dejándola a veces con la duda de si hablaba o no en serio. Pero aquel embarazo le mostró a Valentina cómo su prometido había suavizado ante ella sus sinceras ilusiones, tal vez por miedo a presionarla. Sí, Oliver la amaba y deseaba aquel niño y todos los que viniesen con todo su corazón.
Pero ahora ella ya no podía darle nada de aquello. Aquel primer hijo estaba muerto, y era por su culpa. Su vientre destrozado difícilmente podría volver a concebir, y en aquella verdad estaba la peor condena, porque eliminaba toda esperanza.
Cuando alguien querido muere, no solo la tristeza nos inunda. Es la desesperanza la que nos desviste, la que nos tumba, pues sabemos que ya todo es irremediable. No hay ya palabra o gesto que pueda cambiar la suerte del que se ha marchado. Tal vez por eso, y aun en el caso de que el muerto en cuestión nos resulte indiferente, solemos hablar de él con ese respeto cauto y discreto con el que con frecuencia recordamos a los difuntos.
Margarita Rodríguez los había recibido ahogando un sollozo, y Valentina se había preguntado si aquel dolor sería real o solo una puesta en escena, una tribulación exagerada y fruto de los nervios y de lo irremediable de la situación. Le llevaron a la secretaria un vaso de agua, como si aquel remedio pudiese apaciguar su angustia por la muerte de Judith Pombo. Después, le llevaron una taza de té y ella repeinó su media melena con ambas manos, aunque ninguno de sus movimientos pudo domesticar su pelo encrespado.
Les mostró a Valentina y Riveiro el despacho de Judith, que les pareció bastante impersonal, como si fuese solo una estancia de paso. Si el juez Marín seguía en su línea de máxima eficiencia, no tardaría en enviar al SECRIM a registrar aquel despacho y el de la empresa privada de Judith, Smart.
Finalmente, Margarita llevó a Valentina Redondo y Jacobo Riveiro a un gran salón privado de la Real Sociedad de Tenis, que ahora estaba vacío; a pesar de su enorme tamaño, la estancia se dibujaba acogedora, pues su decoración mostraba travesaños de madera al aire, al más típico y antiguo estilo inglés y medieval. Los suelos de madera, el piano en una esquina, los colores suaves… Todo invitaba a la calma. Se habían sentado en unos sofás verdes situados al lado de una chimenea francesa, que estaba en el centro del salón y en un gran espacio rectangular semicerrado, a un peldaño de altura, que había creado con aquel sencillo efecto visual del escalón un ambiente independiente.
—Entonces —preguntó Valentina, una vez que Margarita les había relatado de nuevo todo lo sucedido el día anterior— no vio usted anoche nada extraño o que le llamase la atención en la señora Pombo.
—¿Extraño? No, no… Estaba como siempre. Un poco cansada, dijo. Ya les expliqué que nada más entrar en el barco me amonestó… Creo que lo escuchó todo el mundo; la verdad es que no sé cómo pude despistarme… En La Giralda solo teníamos que hacer el cóctel, ¿saben? La cena debería haber sido después aquí, en el club. Pero yo tenía tantas cosas que organizar, que supervisar… Y ella no estaba.
—Tenía usted mucho trabajo, por lo que veo.
—Oh, sí, siempre lo tengo. Piensen que aquí no solo se juega al tenis. Hay que gestionar el gimnasio, las fiestas, los campeonatos de hockey, de bolos, la piscina… Y las áreas juvenil e infantil, claro. Tenemos hasta coro, ¿saben? Y teatro, y escuelas de verano, que hay que tener ya preparadas porque comienza ahora la temporada…
La mujer suspiró, olvidando momentáneamente su congoja y llevándose ahora ambas manos a sus gruesos mofletes, mostrando con el gesto que el volumen de trabajo era abrumador.
—Veo que no tiene usted tiempo para aburrirse.
—¡Ya me gustaría! Y ahora con el verano también están las bodas, que en nuestro club son sonadas —añadió, sin disimular su complacencia.
—¿Y Judith? Sabemos que embarcó unos minutos más tarde porque acababa de llegar de viaje. ¿Puede detallarnos…?
—Ah, sí, por supuesto. Había ido a una reunión de la ITF en Londres, pero vamos, que eso era relativamente habitual, ¿eh? Iba cada par de meses o así. Iba y volvía en el día o, como ayer, se iba la noche antes y regresaba al día siguiente por la tarde.
—Ajá… Y entiendo que no le comentó ninguna incidencia en relación con esa reunión, nada que la hubiese podido alterar.
—No, ya le digo que apenas hablé con ella a su regreso, la vi directamente en el barco. Pero al entrar en el camarote, si no recuerdo mal, ella dijo que iba a ver sus correos… Tal vez recibiese algo que la preocupase, yo ya no sé… —dudó, retorciendo sus manos.
—Dispondrá de correo en Smart y en el club, ¿no?
—Sí, teniente.
—¿De acceso corporativo o privado?
—Ah, el del club es abierto, pero el de Smart es privado. Cada cuenta tiene una clave. Pero desde ya les aseguro que pueden revisar su correo, por supuesto, no hay nada que ocultar.
Valentina se figuró que, aunque hubiese impedimentos, no supondrían ningún obstáculo para el diligente juez Marín, que libraría los oficios necesarios para llegar a todos los vectores de aquel asunto. Anotó mentalmente encomendar al Departamento de Ingeniería y Nuevas Tecnologías del SECRIM la supervisión de los equipos de Judith. La teniente miró a Margarita intentando escudriñar en ella algo más allá de aquella aparente imagen de mujer de mediana edad, sufrida y amable. Las personas nunca se mostraban del todo, siempre había una máscara. Riveiro pareció pensar lo mismo, e intervino en el interrogatorio.
—¿Y no tenía usted ningún problema con la señora Pombo? Alguna discusión aparte de la de anoche, quiero decir…
—No, no… —replicó nerviosa, volviéndose al sargento—. Cualquier desencuentro casi siempre ha sido culpa mía, ¡soy tan torpe! Claro que Judith tenía un carácter fuerte… Normal, ¿eh?, porque si no ella no habría llegado hasta donde llegó, ¿entienden? Yo, yo…
«Tú la admirabas», pensó Valentina en silencio, consciente de que, muy probablemente, Judith Pombo abusase indiscriminadamente de aquella mujer, que continuó hablando:
—Es que Judith era una mujer que… —Y se interrumpió con un nuevo sollozo, que sofocó en un par de minutos confortada por Riveiro, que le entregó un pañuelo de papel.
—¿Y los demás? —indagó el sargento, intentando reconducir la conversación—. ¿Sabe si alguno de los invitados a la cena tenía algún problema con Judith?
—Oh, bueno, no sé… —La mujer volvió a repeinarse inútilmente con una mano—. La verdad es que con quien siempre estaba riñendo Judith era con su hermana Melania, aunque ella venía muy poco por aquí.
—¿Sabe si por algún motivo en concreto?
—No, no, teniente… Yo tampoco tenía tanta confianza como para… En fin, eran hermanas, ya sabe. Pero los demás… Bueno, con Basil Rallis, Judith siempre tuvo un tira y afloja… Los dos trabajaban para la ITF, ¿saben?
—Sí, tenemos conocimiento de ello.
—Y bueno, Pablo, el chico en silla de ruedas… Ese está en la Federación Española, y le pedía ayuda a Judith para no sé qué de un torneo o una fundación, pero claro, Judith siempre lo decía, que ella no era una ONG. Era dura, ¿entienden? Pero no podía atender a todo el mundo, ¡no podía! Y con los de la Federación Cántabra lo mismo…
—¿Se refiere a Félix Maliaño y a Victoria Campoamor? —preguntó Riveiro revisando el esquema inicial de su libreta, que seguía la lista que Marta Torres había escrito en la pizarra de la Comandancia.
—Esos, esos… Exactamente. —Margarita abrió mucho los ojos, serenándose ya por completo y mostrándose indignada—. Sobre todo ella. Va de republicana y libertadora… No se lo creerán, pero ¿saben que le pidió a Judith que eliminase a sus majestades los reyes de la presidencia de honor del club?
—Oh, no me diga que los reyes son los presidentes de honor.
—Ah, ¡por supuesto! El rey Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia, y también Juan Carlos de Borbón y Felipe VI… Saben que ya está en la ciudad, ¿no?
—Sí, lo sabemos.
—Pues Victoria siempre anda a vueltas con eso. Se cree muy rojilla ella, ¿entienden? Y se piensa que nuestro club es clasista, siempre le andaba a Judith con esa cantinela, para que hiciese más accesible la entrada al club, ¡como si para entrar aquí hubiese que pasar un examen, vamos!
—¿Por qué, cuáles son los requisitos? —se interesó Valentina, por simple curiosidad.
—Ah, pues deben avalarte dos socios… Ya ven ustedes qué requisito más tonto. Después tiene que aprobar el ingreso la junta directiva, naturalmente. Con eso y con pagar la cuota ya está.
«¿Y ya está? La entrada es completamente arbitraria», pensó la teniente, que no dijo nada mientras Margarita continuaba hablando.
—… Pero ya le aseguro yo que aquí no hay ni burguesía ni clasismo, ni nada. ¡Todo eso son conceptos rancios y pasados de moda! ¿Saben cuánto conseguimos recaudar hace un mes para los Hermanos de la Caridad? ¡Tres mil euros en alimentos! Pero, en fin, la gente habla sin saber…
—¿Y Félix Maliaño? —preguntó Riveiro—. ¿También tiene esas, digamos, sugerencias antimonárquicas?
—Ah, no… —Margarita suavizó el tono—. Su tío tiene más juicio. Porque son tío y sobrina, ¿eh? Que es lo que pasa, que uno no puede decidir su familia política… Pero él también llevaba una temporada pidiéndole a Judith inversión en medio ambiente.
—No me diga.
Valentina alzó las cejas.
—Parece que aquí todos tenían algo que pedir.
—¡Ah, ni se lo imagina! Es que Félix tiene una empresa de reciclaje, ¿saben? Greenplanet, creo que se llama. Pues quería reciclar y represurizar las bolas del club. Pero Judith, la verdad, le daba largas. Imagino que no le veía tanto ahorro a la cosa.
Riveiro, concentrado, miró primero a Valentina y después a Margarita, que ahora retorcía con sus manos un borde de una falda que, aun estando sentada, le tapaba sobradamente las rodillas. Tanto él como Valentina acababan de comprender que el caso de Judith Pombo comenzaba a tener muchos frentes abiertos, y todos muy diferentes. Ahora fue la teniente la que tomó la palabra.
—Y Marco Fiore y Rosana Novoa… ¿Sabe si ellos tuvieron algún problema o enfrentamiento con Judith?
—Ah, no, no… —negó alzando una mano y negando con ella—. Ahí es al revés. Con Marco, Judith se llevaba demasiado bien, diría yo. ¿Me entienden? Que esto no salga de aquí… Porque él y Rosana están casados, aunque se lleven casi veinte años de diferencia, ¡veinte!
De pronto, Margarita posó su mano sobre el brazo de Valentina, acercándose a ella.
—Él no me gusta, no me gusta nada.
—Ah. ¿Por algún motivo concreto?
—No soy yo de ir acusando a nadie, que yo solo me meto en lo mío, pero ese no tiene negocios limpios, se lo aseguro.
Se abrió un silencio de unos segundos, porque la acusación era ambigua pero marcada. Valentina sopesó el cariz que tomaba aquel teatro: Judith y Marco, ¿amantes? ¿Y él, además, con negocios turbios?
—Si tiene algún tipo de información relevante es el momento de contárnosla, Margarita… Todo lo que nos diga es confidencial.
—No sé, teniente, es que a lo mejor son solo impresiones mías… Él maneja el centro de bienestar y salud que colabora con el club, ¿saben? Una clínica que tiene fisioterapia, spa y esa clase de cosas. Bekandze se llama, es un nombre budista o algo por el estilo.
—Espero que ahora no vaya a decirnos —intervino Riveiro— que Judith pensaba rescindir el contrato con ellos.
El sargento resopló haciendo anotaciones. ¿Sería posible que todo el mundo tuviese allí una razón, más o menos cuestionable, para eliminar a Judith Pombo?
—No, no. Además, si así fuese a Rosana le daría lo mismo, tiene dinero como para comprar media ciudad. La clínica no sé si la tendrá para que Marco esté entretenido o para que él lave ahí sus cosas, sus negocios… Pero ya le digo que no sé nada, nunca se me ocurriría acusar a nadie sin pruebas.
—Por supuesto —atajó Valentina, procurando no mostrarse irónica—. ¿Y qué negocios cree usted que…?
—Ah, ya le digo que si no estoy segura no puedo decir nada. Pero vamos, que yo creo que Marco anda metido en el tema de las apuestas.
—Vaya —replicó Valentina con cierta decepción—. Pero tal vez esa circunstancia no tenga mucho que ver con Judith, ¿no le parece?
Margarita abrió de nuevo mucho los ojos, sorprendida quizás por no haberse hecho entender de forma adecuada.
—¡Apuestas deportivas! El tenis es muy apetecible para el sector, ¿no lo sabía? No es preciso comprar a todo un equipo, sino a un solo jugador. Y tampoco hay por qué perder todo un partido, puede apostarse un set, o un punto… Son apuestas muy difíciles de detectar.
—¿Y cree que Marco…?
Valentina comenzó la pregunta con cautela, porque si aquello fuese cierto y Judith estuviese al tanto, la situación sí podría haber supuesto un peligro para ella. El resto de los conflictos con la víctima no le habían parecido hasta ahora tan relevantes como para querer matarla.
—Teniente —atajó Margarita—, no puedo decirle más, la verdad. Ya le digo que a lo mejor son cosas mías, frases sueltas que una escucha sin querer y saca sus deducciones… ¿Entiende?
—Entiendo.
Valentina cruzó la mirada con Riveiro. En aquel asunto desde luego los sospechosos se estaban encargando de levantar dudas sobre los demás sin vacilar un segundo. Margarita, a pesar de su aspecto desvalido y poco favorecido, había resultado mucho más agresiva en aquel sentido que Basil Rallis, que a su lado se quedaba como un amable revelador de secretos sin malicia. La teniente bajó la mirada y respiró profundamente. Después, miró a Margarita a los ojos.
—Dígame… Al fallecer Judith, entiendo que habrá cambios aquí, en el club.
—¿Cómo? Ah, pues no sé, supongo.
—¿Quién tomará su puesto en la presidencia? Imagino que tendrán un sistema para bajas, un proceso de jerarquías o similar.
—Bueno…
Margarita se puso colorada y fue incapaz de disimular su nerviosismo:
—Pues el vicepresidente tomará el cargo de Judith, claro.
—Claro. ¿Y usted?
—¿Yo? Pues… Quizás, tal vez… Es posible que pueda acceder a la vicepresidencia. Pero tendrá que reunirse la junta directiva, por supuesto, esta misma tarde hay una reunión convocada tras el trágico suceso de anoche.
—Entiendo.
Valentina ni se inmutó cuando Margarita, presa de los nervios, rozó la taza de té sobre la mesa y esta cayó al suelo, destrozándose y esparciendo sus trozos diminutos sobre la alfombra del inmenso salón.
MARGARITA RODRÍGUEZ
¿Es posible idolatrar a alguien, venerarlo, y odiarlo al mismo tiempo? Margarita no sabía cómo podía convivir con ambas sensaciones. Judith siempre la humillaba, y no le importaba hacerlo en público. La sobrecargaba de trabajo mientras ella se iba a atender sus negocios en Smart, para los que ella también prestaba asistencia.
«Ah, Margarita, ¿te importa pasarte mañana por la tintorería y recogerme el vestido para la gala? Mujer, si mañana es sábado y no tendrás ningún plan, ¿a que no? ¿Ves? Hija, yo es que tengo la comida con el inversor canadiense…»
Y era verdad que Margarita no tenía ningún plan más allá que el de estar en su apartamento con su gata, que parecía una mascota muy adecuada para su estatus de solterona. Así que Margarita iba a buscar el vestido. Y luego lo llevaba a la finca de Mataleñas, que era como un palacio, y lo envidiaba todo. El jardín, la ropa elegante arrojada sobre la cama con descuido, la resolución de Judith al hablar, su perfecta manicura y su impecable cabello. ¿Cómo era posible que, aun siendo mayor que ella, Judith pareciese mucho más joven? Su cuerpo de gimnasio, su agenda siempre llena, sus amantes. Su oratoria y su inteligencia perversa, sus bromas picantes y maliciosas, su habilidad para los negocios. Y Margarita se sentía afortunada de poder tomar un café en su casa, de poder verla desnuda mientras se cambiaba y se probaba trajes para sus cócteles y compromisos. Porque a Margarita no le atraían las mujeres, pero sí le cautivaba Judith. Habría hecho lo que ella le pidiese. Lo que fuera.
Pero también la odiaba con un odio efervescente y extraño; por hacerla sentir siempre diminuta y ridícula, por no lograr ser alguien importante en su vida. Y por sus encuentros secretos con Marco Fiore. Los había visto, ¡oh, sí, los había visto! Aquel vividor en el despacho de Judith en Smart, sobándola por todas partes, masturbándola mientras ella gemía sobre la mesa, mientras Margarita observaba la escena desde una rendija de la puerta en la sala de al lado. No había sido capaz de apartar la mirada, se había quedado estática hasta que habían terminado. Al día siguiente, había prevenido a Judith sobre Marco.
—El napolitano anda en asuntos oscuros.
—Qué miedo.
Judith se había llevado una mano a la boca, fingiendo un gesto de temor; después, había mirado con cierto recelo a su secretaria.
—¿A qué asuntos te refieres, exactamente?
—Apuestas, apuestas ilegales. Me han llegado comentarios de que en Italia…
—Ah, ¡por favor! Querida, ¿estás con la menopausia? No me digas más… Te has montado una película con las series esas de streaming que te ves los sábados por la noche. Pobrecita mía.
—Judith… —Margarita se había sentido a punto de llorar—. Te digo que no es una broma. Creo que ha tenido incluso algún problema con la justicia italiana por lo mismo, habría que revisar sus movimientos en el club y denunciarlo a la TIU si vemos que…
—Joder, ¡a la TIU nada menos! Margarita, no seas pesada, que es uno de nuestros socios de honor, y su mujer se deja aquí un dineral. Anda, tonta —le dijo, tomándole la barbilla con la mano y zarandeándola suavemente—, ¿te crees que no sé que nuestro italianini es un sinvergüenza? Pero aquí no mete mano y además da gusto verlo, al cabrón.
Y aquella había sido la última vez que habían hablado del asunto, quedando en saco roto la amenaza velada de Margarita de denunciar a Marco a la Tennis Integrity Unit. Pero ya nada había vuelto a ser lo mismo. Al principio Margarita no había sabido identificar qué le quemaba tanto por dentro, qué le golpeaba el pecho como un tambor. La imagen del encuentro sexual la tenía grabada en la memoria, y le provocaba incluso una depravada y fascinante excitación, pero no, no era aquello lo que le oprimía el alma. Con el paso del tiempo comprendió que lo que le crecía dentro era furia, una furia rabiosa y amarga que amenazaba con inundarlo todo.
Valentina y Riveiro se reunieron con Marco Fiore y Rosana Novoa por separado, y lo hicieron en otra sala del club, animados por el vicepresidente, y ahora presidente en funciones, que les había rogado máxima discreción, asegurándoles que la prensa ya había comenzado a presentarse a las puertas del club. «Tenemos las líneas colapsadas», les informó, abrumado por la situación. Los llevó a un despacho en la planta superior de las instalaciones, que más bien parecía una gran sala de juntas, con una mesa para al menos veinte personas y sofás de cuero. Desde sus amplios ventanales enmarcados entre acogedoras cortinas podían verse las pistas de tierra batida y hasta las viejas caballerizas de la Magdalena.
La teniente y el sargento escucharon allí, de nuevo, la narración de lo que había sucedido la noche anterior, esta vez en boca del italiano. Y, de nuevo, ninguna fisura, ni la más leve contradicción ni añadido impropio. ¿Acaso todos decían la verdad? Entonces, ¿quién había matado a Judith Pombo?
—Señor Fiore —preguntó Valentina, yendo directamente al asunto y calculando mentalmente cuánto costaría la elegantísima ropa deportiva que vestía el italiano—, ¿quién cree que podría estar interesado en la muerte de Judith?
—Oh, ¡nadie en absoluto! Era una mujer increíble, y yo soy el primero en lamentar su pérdida.
«En efecto, eres el primero», murmuró Riveiro para sí mismo, sorprendido de que por fin alguien aparentase al menos lamentar de verdad aquella extraña muerte, porque las lágrimas de Margarita no lo habían convencido, y el italiano parecía realmente triste.
Valentina, sin embargo, no daba la sensación de fiarse del testimonio de nadie, y se mantuvo firme y poco empática. Sus preguntas guardaban aún la delicadeza precisa para los asuntos sensibles, pero hasta Riveiro se había dado cuenta de la nueva frialdad que se había apropiado de ella.
—Vayamos a los puntos más relevantes —comenzó la teniente, consciente de lo nervioso que se estaba poniendo Marco al aguantarle la mirada—. ¿Diría que su relación con Judith era íntima?
—¿Íntima? No sé en qué sentido pretende usted…
—En el sentido carnal, señor Fiore.
—¿Qué? Cazzo, ¿cómo se atreve? ¡En absoluto, estoy casado!
Valentina suspiró con cierto hastío y ante el asombro de Riveiro, que nunca la había visto hacer preguntas tan directas sin disponer de pruebas fiables ni contundentes.
—De todos modos, señor Fiore, lo que nos diga no saldrá de aquí y evitaremos mencionárselo a su mujer salvo que resulte absolutamente necesario, tiene mi palabra.
—¿Su palabra? Perdone, pero no la conozco de nada, y su insinuación es intolerable. De hecho no sé de dónde habrá usted podido sacar una majadería semejante.
El hombre se levantó y comenzó a caminar en círculos, visiblemente alterado.
—Ah, Margarita… Porca puttana! La secretaria, ¿verdad? —especuló, apretando los nudillos—. ¿Ha sido ella?
—Señor Fiore —intervino por fin Riveiro, pues Valentina miraba al italiano en silencio, analizándolo y esperando a que terminase de explotar—, solo queremos saber la verdad. Si ustedes tenían algún tipo de relación más íntima, tal vez pueda ayudarnos a entender quién pudo querer hacerle daño. Sabemos que usted no ha sido, ya que estaba en el salón de la goleta cuando ella gritó.
El gesto de Marco pareció relajarse un poco, tal vez por la exculpación del crimen que Riveiro le acababa de ofrecer. Su bronceado rostro difuminó de pronto parte de su preocupación.
—Sí, yo… Bueno, por supuesto que entiendo que tengan que preguntar, pero no, no tenía ningún tipo de relación con Judith. A veces nos reuníamos, por supuesto, porque gestiono la clínica de bienestar que colabora con el club, pero nada más. Y les ruego —insistió, mirando especialmente a Valentina— que no le digan nada a mi mujer. Me ocasionarían graves problemas, y más por rumores infundados sin pies ni cabeza. Si ha sido su secretaria, per l’amor del cielo no le hagan caso, es una solterona loca que iba detrás de Judith babeando por todas partes.
—¿Tiene usted antecedentes, señor Fiore?
Valentina continuaba inalterable. Había dado por zanjadas las preguntas sobre la relación personal de Marco y Judith, convencida de que el italiano les mentía y que continuaría haciéndolo salvo que dispusiesen de alguna evidencia que mostrarle.
—Me refiero a antecedentes penales —aclaró—, y le ruego concreción y franqueza, porque lo estamos verificando en estos momentos.
—¿Yo? No entiendo…
El hombre se puso muy colorado y comenzó a toquetear el elegante reloj que llevaba en su muñeca izquierda.
—Si ya saben que yo no pude matar a la pobre Judith… ¿A qué vienen estas preguntas? Si esto continúa así, me obligarán a llamar a mi abogado para que esté presente.
—Hágalo, está en su derecho. Podemos ir a la Comandancia y hacer esto más formal, si lo desea.
El rostro de Valentina se mantuvo indescifrable, aunque rebajó el tono.
—Solo le estamos tomando manifestación como testigo de un homicidio. Comprenda que revisaremos el historial de todos los que navegaban anoche en la goleta.
El italiano volvió a sentarse y bajó la cabeza, rindiéndose.
—Fui imputado en un asunto de apuestas ilegales en Roma, pero hace ya siete años de eso, ¡siete años! Fue desestimado por falta de pruebas, así que no entiendo qué tendrá aquello que ver con…
De pronto Marco Fiore se envalentonó.
—¿Por qué no se centran en investigar qué le sucedió a Judith, eh? —preguntó, volviendo a levantarse—. Miren, alguien la mató y no sé por qué. Yo la apreciaba sinceramente, tenía más ovarios que todas las mujeres de esta ciudad juntas, ¿entienden?
Valentina se levantó y lo miró con seriedad. Sí, aquel hombre lamentaba de verdad la muerte de Judith. Pero ella ya sabía que había asesinos que mataban a quienes amaban, como si el virus de la maldad y la locura se hubiese instalado en sus cabezas. Decidió dar por terminada aquella toma de manifestación, que era como su sección de la Guardia Civil denominaba normalmente a las declaraciones de los testigos. Cuando tuviese el historial completo de Marco sería mucho más interesante realizar una segunda ronda de preguntas.
En realidad, al no practicar los interrogatorios en la Comandancia, después tendrían mucho más trabajo para transcribir todo aquello en el ordenador, pero a ella le gustaba visitar a los testigos en su ambiente. Los lugares también contaban causas y objetivos, ambiciones y fracasos. Aquel hombre estaba casado con una mujer rica, veinte años mayor, y a él le gustaba el lujo, no había más que ver su atuendo. ¿Sería capaz de matar por mantener su exigente nivel económico y social? Era una posibilidad dentro de lo plausible. Pero no veía, de momento, nada que hilvanase la muerte de Judith con Marco Fiore, que no había podido enmascarar su sudor nervioso ni su miedo a que todo aquello le hiciese regresar al agujero de donde había salido.
Valentina y Riveiro despidieron al italiano e hicieron entrar en la sala a Rosana Novoa, que fue dejando a su paso un denso perfume y cierto aire de aristócrata no acostumbrada a encontrarse en aquellos trances. Riveiro le solicitó que les contase otra vez, y con detalle, lo que había sucedido la noche anterior en la cena de La Giralda. La versión de la señora Novoa fue muy similar a la que constaba en el informe del SEMAR.
—… Y eso es todo lo que sucedió anoche. No entiendo a qué vienen de nuevo estas preguntas, agente.
—Sargento. Sargento Jacobo Riveiro —le corrigió Valentina con tono autoritario e interviniendo por fin, porque hasta aquel momento había estado callada.
Riveiro la miró y disimuló su extrañeza; ella no solía ser tan puntillosa. Desde luego, lo que le había sucedido a Valentina con su bebé justificaba su rabia con la vida, pero su nueva personalidad guardaba dentro un punto oscuro, una rabia contenida que lo inquietaba.
—Ah, perdón. Sargento. —Rosana evidenció con el gesto que le resultaba indiferente el cargo de cada uno, aunque se molestó en verificar el de Valentina—. ¿Y usted era…?
—Teniente. La teniente Redondo.
Antes de continuar hablando, Valentina dejó unos segundos de silencio, y miró con descaro a Rosana: su elaborado maquillaje, su ropa elegante y sus joyas superpuestas. ¿Habría manejado aquella mujer la posibilidad de que su marido le fuese infiel? Probablemente. No le parecía estúpida.
—Quisiera que me aclarase un detalle de ayer por la noche.
—Usted dirá. Pero le ruego que abrevie, porque tengo clase de tenis en veinticinco minutos.
—Vaya. Veo que no le ha afectado especialmente el fallecimiento de Judith.
—Oh, no, se equivoca. Lo lamento mucho, dirigía muy bien este club, al que ya pertenecían mi padre y mi abuelo. Me gustaba su gestión, de verdad —insistió, con abierto reconocimiento—. Pero, en fin…, la vida sigue —resolvió, mirándose la manicura—. Y hoy por la tarde tendremos la clausura de las jornadas de tenis, de modo que tengo la agenda bastante completa. Dígame, ¿qué detalle deseaba aclarar?
—Quería saber por qué no fue usted al camarote de Judith junto con el resto de los pasajeros. Me refiero al instante posterior a que la escuchasen gritar.
—¡Ah, eso!
Rosana alzó una mano y la volvió a bajar restando importancia y haciendo bailar las pulseras de su muñeca.
—Fue un gesto de cortesía.
—¿Cortesía?
—Oh, no sabe lo que me molesta la vulgaridad. Todos allí apelotonados, como si fuesen a ver algo extraordinario. Judith era perfectamente capaz y autosuficiente, no consideré que pudiese estar en problemas graves… Y, por supuesto, estaba ese pobre inválido.
—¿Se refiere a Pablo Ramos?
—Supongo, no recuerdo su nombre. El chico que juega al tenis en silla de ruedas. Me parecía una desconsideración dejarlo allí solo, en sus circunstancias, mientras aquellos buitres iban pasillo adelante buscando chismes.
—Su marido también estaba en el grupo.
Ella suspiró y esbozó una sonrisa llena de suficiencia.
—¡Ah, Marco! No es mal muchacho, mi Marco. Pero tiene ese espíritu callejero de buscavidas, ¿entienden? Es normal que quiera estar en todas partes, saberlo todo.
—Ya… ¿Y sucedió algo de interés mientras usted esperaba con Pablo Ramos en el salón?
—¿De interés? No —negó convencida—, esperábamos solo a que volviesen todos para que nos contasen lo que había sucedido. Escuchábamos sus comentarios, claro… Pero aunque yo misma hubiese querido acercarme lo habría tenido complicado, con aquellos dos chinos en la puerta y los demás dentro del camarote…
Valentina estuvo a punto de corregir a Rosana Novoa y decirle que el cocinero y la camarera eran japoneses, pero contuvo con esfuerzo su cada vez más exagerada necesidad vital de orden y corrección.
—Entonces, desde el salón podían escuchar claramente lo que sucedía en el camarote.
—Sí, teniente.
—Y antes de que Judith gritase y exclamase ese «No» que todos han relatado, ¿no oyeron nada extraño?
—Nada en absoluto, se lo aseguro. Claro que estábamos pendientes de las presentaciones que estaba haciendo Margarita… Que la mayoría ya nos conocíamos, ¿eh? Pero el señor Rallis era la primera vez que venía al club, una figura legendaria como él… Ojalá mi padre estuviese vivo para haber venido a conocerlo.
Valentina asintió y se mostró un poco más cercana, porque iba a entrar en terrenos más delicados.
—¿Cómo veía usted la relación de su marido con Judith?
Por primera vez, Rosana Novoa pareció perder su aura de intocabilidad y suficiencia.
—¿Perdone? No entiendo a qué se refiere.
—Me refiero a la clínica de bienestar, la que colabora con el club.
—Ah, eso. —Su gesto se recompuso—. Una relación profesional perfectamente correcta. No entiendo su vínculo con lo que nos ocupa.
—Solo quería verificar que entre su clínica y el club no hubiese ninguna incidencia… —se explicó Valentina con gesto inocente—. Debemos comprobar todos los posibles vínculos de Judith con los asistentes a la cena, compréndalo.
—Entiendo —murmuró Rosana con rictus digno y abiertamente molesto.
—¿Y las apuestas?
—¿Las apuestas? No entiendo a qué se refiere.
—A las apuestas deportivas, señora Novoa. Tengo entendido que su marido es aficionado.
Rosana Novoa se puso muy seria y estudió a Valentina con detenimiento antes de contestar.
—No sé de dónde ha sacado esa información. Hace tiempo que mi marido no participa en esa clase de apuestas. ¿Quién…?
De pronto, la mujer abrió más los ojos, como si hubiese tenido una revelación.
—¿Ha sido Margarita?
—La fuente no es relevante, señora Novoa. Pero sí resulta fundamental que verifiquemos que tanto usted como su marido no tuviesen ningún problema con el club ni, por ende, con su presidencia.
Rosana estalló en una carcajada, histriónica y algo nerviosa.
—¿Problemas? ¿Yo? Usted no tiene ni idea de con quién está hablando, ¿verdad? Podría comprar este club y cinco más como este sin pestañear… ¿Cree que necesito jugar a las apuestas?
—No lo sé, por eso se lo he preguntado.
Valentina sonrió a la señora Novoa con gesto descreído. Como carecía de cualquier otra información o prueba alguna, continuó haciéndole preguntas sobre el negocio y su vínculo con el club, pero no obtuvo mayor información, o al menos no más interesante que aquella de la que ya disponía.
En cuanto a Judith Pombo y su plano personal, desde luego, si Rosana Novoa intuía algo de las posibles aventuras de su marido lo disimulaba a la perfección. Una mujer de evidente buena posición económica, con la vida resuelta… A Valentina no se le ocurría ningún móvil para que Rosana atacase a Judith, salvo el de los celos. Pero con un marido como aquel ella debía de estar acostumbrada a sufrir por amor. ¿Qué clase de pareja serían? ¿Una por interés, de las de manual? Él por su dinero, ella por su juventud, su belleza y energía. ¿O una pareja inusual, de esas que se amaban sin importar sus cuerpos, sus envoltorios ni sus fracasos?
MARCO FIORE Y ROSANA NOVOA
Rosana se había encaprichado de Marco seis años atrás, mientras realizaba un crucero por la costa italiana, que había comenzado por Sorrento y ascendido hacia Roma con deliberada parsimonia. Se había llevado a dos amigas únicamente por no hacer sola el viaje. Y era difícil resistirse a su compañía cuando todos los lujos y gastos estaban pagados.
Ella, que no había trabajado en toda su vida, disponía de propiedades, rentas y patrimonio familiar como para vivir el resto de su existencia sin preocuparse ni un segundo de las facturas. Las empresas químicas y farmacéuticas de su familia aseguraban, en realidad, que varias generaciones pudiesen permitirse vivir de rentas durante muchos años. En su juventud, y solo por hacer felices a sus padres, se había casado con un primo al que apenas soportaba, por lo que consideraba que aquella penitencia había sido suficiente para el resto de su vida. El matrimonio había durado nueve años, hasta que un accidente automovilístico la había dejado viuda y con un patrimonio todavía mayor. Después había tenido relaciones intermitentes, pero nunca había deseado volver a casarse; tenía otras inquietudes y no se consideraba una frívola millonaria sin aspiraciones: amaba la belleza, el arte y la cultura. Por eso asistía sin cesar a conferencias y exposiciones, y por eso había decidido entonces irse varias semanas a las costas de Italia, para llenar su espíritu de aquella delicia visual y no solo de las bondades estéticas de la bahía de Santander, que veía a diario desde su gran terraza en el barrio del Sardinero.
Sin embargo, fue la noche napolitana la que la envolvió por completo. Ni los monumentos, ni los museos, ni los impresionantes farallones y acantilados de la costa. En Nápoles conoció a Marco, que gestionaba un bar en Chiaia. Le gustó, no solo porque se hubiese detenido a mirarla, a pesar de que ella no llevase encima ninguna de sus joyas ni nada que creyese que pudiese delatar su abultada cuenta bancaria, sino por su masculinidad, por sus bromas picantes y, sobre todo, porque la hacía sentir viva.
Resultaba evidente que, tras un rato de conversación, él habría podido deducir que ella no era exactamente pobre. Una viuda que viajaba en un crucero privado durante casi un mes por la costa, que estaba bronceada y con ganas de fiesta. Rosana era consciente de que él podía haberse acercado por la promesa de que ella fuese una solución de futuro, pero ¿y qué más daba? Aquella noche él le había hecho el amor en un hotel de lujo al borde del mar, y para ella aquel calor, aquella carne y aquel deseo eran suficientes. No sabía cuánto podría durar, pero, ah, ¡imaginarse realmente deseada y codiciada era tan delicioso!
Cuando algunas de sus amigas supieron que se había casado en Roma, y que lo había hecho en régimen de separación de bienes, no habían faltado comentarios maliciosos. «Di que sí, que te trabaje la cama pero no el billetero», «Ya tienes un toy boy», «Agárralo en corto, que este vuela», «¡Si te cansas de él mándamelo a casa, querida!»… Pero Rosana había visto en Marco algo más que su masculinidad y belleza. Había atisbado una esperanza, una posibilidad de que, si alguien le daba una oportunidad, pudiese hacer algo productivo con su vida. ¿No era increíble que ella, Rosana Novoa, se hubiese enamorado por fin, a su edad?
—Ven aquí —le dijo a Marco nada más terminar con Valentina y Riveiro, tomándolo del brazo y llevándolo a un pequeño despacho del club—. ¿Qué les has dicho?
—¿Qué? ¿Qué quieres que les diga? Les he contado lo que pasó anoche, nada más.
—No me jodas, Marco.
—¿Cómo? ¿Pero qué…?
Él la miró extrañado, sin comprender que ella estuviese tan alterada.
—¿Se puede saber por qué me han preguntado por tu relación con Judith?
—Ah, mia cara, ¡no seas tonta! Me preguntaron por mi relación profesional, pro-fe-sio-nal —insistió, marcando la cadencia de cada sílaba con golpes de su mano al aire—. Querían saber si Bekandze iba bien o si tenía problemas con el club, ¿entiendes? Están buscando a alguien que tuviese motivos para matar a Judith, nada más.
—¿Y cómo demonios pensaban que tú podrías tener algo que ver si estabas conmigo en el salón cuando esa zorra se puso a chillar?
—No la llames así.
—La llamo como me da la gana, Marco.
—No estés celosa, amore. Sabes que solo te quiero a ti. Te amo tanto… —insistió, acercándose a ella e intentando besarla.
—No me vengas con tonterías —se apartó ella, enfadada—, esa teniente no da puntada sin hilo, daba escalofríos solo mirarla.
Marco asintió dándole la razón y miró hacia el suelo, como si no se atreviese a hacer una difícil confesión final. Rosana lo tomó de la barbilla y le obligó a alzar la mirada.
—Di, qué pasa.
—Me preguntó por mis antecedentes. Saben lo de las apuestas. Estoy seguro de que ha sido la secretaria, ya sabes que me odia, siempre me mira mal.
—¿Margarita? Sí, también me lo comentaron a mí, ya supuse que había sido esa dichosa secretaria.
—Estuvo hablando con los policías justo antes de mí. Salió llorando como si le hubiesen matado un hijo, la muy falsa. Habrá criticado a todo el mundo con tal de quedar como la mosquita muerta de costumbre… ¡Lo que no haría por medrar!
—Pero será el vicepresidente quien…
—No, amore —la interrumpió él—, Jorge no quiere el puesto, me lo ha dicho esta mañana. Es posible que dadas las circunstancias pospongan la junta de esta tarde, pero cuando la hagan te aseguro que va a haber sorpresas.
Rosana tomó aire y se mostró reflexiva. De pronto, su ataque de celos parecía haberse esfumado. Se acercó a su marido y lo miró con preocupación. Después, lo besó en los labios.
—Hablaremos después, necesito pensar. Voy a cambiarme para ir a mi clase de tenis. Recógeme después.
Marco la miró desconcertado, aunque sabía que ella en aquellos ratos de deporte se abstraía de los problemas, los desmadejaba y recomponía hasta que encontraba una solución. Para Rosana, jugar al tenis significaba ir a su oficina imaginaria para resolver asuntos. Y Marco admiraba a su mujer. Era cierto que nunca habría terminado con ella de no ser millonaria, pero el dinero y el poder formaban parte de la personalidad de Rosana, de su pragmatismo y de su forma de manejarse en la vida. A su manera, Marco amaba a su esposa.
Pero no podía evitar desear la belleza y se le iban los ojos detrás de todas las mujeres bonitas que se cruzaban a su paso. Y el sexo, ¡oh, sí!, el sexo, ¡cómo le gustaba! Y no solo con jovencitas, sino con mujeres interesantes, fuertes y arrolladoras, como Judith. Cuando se acostaba con ella imaginaba dominarla por un breve lapso de tiempo y esto lo excitaba terriblemente. Al terminar, ella se despedía sin dedicarle ni una mirada: lo utilizaba sin más, al igual que él se valía de ella para sentirse poderoso por un instante, para ser un hombre completo y no solo el mantenido de su esposa.
¿Qué haría Rosana si se enterase? Lo echaría de casa. Se quedaría sin nada y tendría que volver a Nápoles con el rabo entre las piernas. Pero Marco no podía evitarlo, el deseo era como una enfermedad, era imparable y construía su idea de masculinidad mal entendida, de hombría. Y él no quería hacer daño a su mujer, pero tampoco quería ser un simple mantenido. Por eso había retomado el asunto de las apuestas deportivas, porque era dinero fácil, porque conocía el terreno y porque había sentido una satisfacción indescriptible cuando había podido regalarle una joya decente a su mujer con su propio dinero.
Rosana había hecho preguntas, pero él había negado cualquier irregularidad, asegurándole que había tenido un golpe de suerte con las apuestas. Que todo era legal, y que él sería prudente. Que solo era un juego. Y Rosana, sorprendentemente, no había hecho más indagaciones; no que él supiese, al menos. Pero Judith sí las había hecho unos meses atrás, porque en la ITF no eran idiotas, pero especialmente porque, cuando se había enterado de los negocios del italiano, ella también había querido sacar una buena tajada del asunto. Llevaban ya muchas semanas coordinando movimientos.
—¿Estás haciendo las cosas bien, Marco?
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
Él la había mirado con curiosidad, mientras ella sostenía una copa de vino blanco en la terraza del club y no apartaba la vista de las pistas de tierra batida, fingiendo estar concentrada en el juego de varios socios.
—Me refiero a que me han llegado rumores de que andas en negocios turbios. ¿Me quieres explicar cómo es posible que ya se haya corrido la voz?
—Pero ¿quién…? —preguntó, enfadado—. Esa secretaria lameculos, ¿eh? ¿Ha sido ella?
—Da igual quién haya sido. Debes ser más discreto. Si los comentarios llegan hasta ella es que están llegando a todas partes, y mi protección tiene un límite.
—Ah, cazzo! No me vengas con esas, Judith. Si caigo yo, también caes tú… —le espetó, conteniendo la rabia—. Las comisiones bien que te las has llevado.
—¿Qué comisiones? —preguntó ella al cabo de un rato y con fingida inocencia, mirándolo por fin.