Lo que la marea esconde
5
Página 9 de 26
Él comprendió que no tenía ningún movimiento bancario ni documento escrito que pudiese incriminarla. Solo iban y venían sobres llenos de billetes de un lado a otro. Si hubiese sido listo la habría grabado planeando estrategias, cobrando comisiones y hasta practicando sexo, pero no tenía nada. Se había confiado. ¿Y quién le iba a creer a él, con su historial? Ella pareció tener compasión y le hizo una confidencia.
—Ha habido movimiento en Barcelona. El Equipo de Fraude Económico y Blanqueo de Capitales ha visitado la Federación. Hay abierta una investigación en la Audiencia Nacional y llevan casi dos años de pesquisas de toda clase, ¿entiendes? Dos putos años. ¿Has seguido el protocolo de seguridad?
—Sí, sí… —Él desvió también la mirada a las pistas, intentando no sudar—. Todas las cuentas que hemos abierto en las casas de apuestas han sido hechas con identidades robadas, no hay rastreo posible.
—Pues ya ves que parece que sí. Tienen a varios sospechosos en el punto de mira.
Él la miró con desesperación.
—Tranquilo, no eres tú. De momento. Van a acusarlos a todos de integración en organización criminal dedicada a la estafa, de corrupción entre particulares en el ámbito deportivo, de usurpación de identidad, de blanqueo de capitales y de no sé cuántas cosas más.
—¿Qué más sabes? —se atrevió a preguntar tras un breve silencio.
—De momento, nada. Pero la Federación Española de Tenis ha firmado un convenio con la policía para controlar el asunto, así que ándate con cuidado. Ahora sois prioridad.
—¿Cómo que prioridad? Mio Dio, ni que fuéramos asesinos…
—No, querido, claro que no. Pero han dicho que estáis sustituyendo el mercado del tráfico de drogas, ¿lo sabías? Ya movéis más dinero que ellos, cabrones.
Ella dio un sorbo a su copa y paladeó con detenimiento el vino albariño de O Rosal que contenía, para después abandonarla sobre la mesa y levantarse. Antes de irse, le dedicó a Marco una última observación.
—Si caes, caes tú solo.
Marco Fiore se quedó mirando las pistas sin ver nada, sintiendo cómo una gota de sudor frío le resbalaba al fin desde el cuello a lo largo de la columna vertebral y cómo comenzaba a dolerle el estómago, presa del miedo. «Calma, Marco, calma», pensó.
El setenta por ciento de las apuestas en red no eran legales, y la gran mayoría se cerraban desde el tercer mundo, el mercado asiático y el latinoamericano, así que, ¿por qué operando desde Santander, un punto europeo sin relevancia, le iban a pillar a él, precisamente?
El italiano había tenido cuidado de no repetir los errores del pasado: había espaciado las operaciones y había sido muy discreto en cuanto a cantidades y contactos. Sin embargo, y por un brevísimo instante de enajenación, Marco creyó ver carabinieri por todas partes, arrastrándolo a una celda mientras el bello perfil de la bahía de Nápoles se diluía en la oscuridad.
Tras terminar la entrevista con Rosana Novoa, la teniente y el sargento hicieron un par de llamadas. Lorenzo Salvador, responsable del SECRIM, estaba ocupado con las pruebas en La Giralda, pero parte de su equipo confirmó a Valentina desde la Comandancia que ya habían estado estudiando el teléfono móvil de Judith Pombo. Aquel aparato guardaba no solo información de los contactos, últimas llamadas y mensajes de la víctima, sino también acceso directo a sus correos electrónicos, tanto de Smart como del club de tenis. Aunque el rastreo todavía había sido muy superficial, le confirmaron no haber detectado todavía ningún dato que les llamase la atención, ni ningún mensaje especialmente comprometido, profesional o personal. En todo caso, le aseguraron a Valentina que todavía les llevaría muchas horas, e incluso días, investigar todo aquel contenido.
—¿Y los últimos mensajes?
—¿Los últimos?
—Sí, en sus últimas horas de vida —había incidido Valentina.
En realidad, quería saber si, tal y como había insinuado Margarita, tal vez Judith hubiese recibido una información trascendental tras encerrarse en el camarote. Sabía que era prácticamente imposible que se hubiese suicidado, pero ¿cómo explicar si no aquel caso, que no había por dónde enfocarlo con lógica y racionalidad?
—No, teniente. Los últimos mails son de proveedores, citas para eventos… Tampoco hizo llamadas a la hora de la defunción, la última parece corresponder al momento en que salió de su casa hacia el paseo de Pereda, y hemos verificado que corresponde a la central de taxis.
Valentina asintió y se supo afortunada de disponer de aquella información tan rápido, porque normalmente tardaban mucho más tiempo en poder acceder a los teléfonos móviles, que en los últimos tiempos guardaban toda la vida de los usuarios en su interior. Se despidió del informático del SECRIM asegurándose de que este le prometiese llamarla tan pronto como encontrasen cualquier información relevante.
Tras otra llamada para informar de las novedades al capitán Caruso, y después de un brevísimo tentempié en la cafetería del club de tenis, Valentina Redondo y Jacobo Riveiro se dirigieron directamente al Palacio de la Magdalena. Desde la puerta del club hasta la entrada formal a la península donde se ubicaba el palacio había solo unos metros. Valentina conocía bien la zona, y por eso le sorprendió el amplio despliegue de seguridad; aquella verja de entrada solía estar vigilada, pero no con tantos efectivos. Después lo consultaría en Comandancia: ¿sería la visita del rey a la ciudad lo que había motivado la adopción de aquellas medidas en aquel punto concreto?
Antes de vivir en la evocadora Villa Marina de Suances con Oliver Gordon, cuando la teniente todavía residía en su viejo apartamento frente a la playa del Camello en Santander, solía visitar una zona apartada de la Magdalena que estaba justo sobre los suaves acantilados de piedra caliza, y allí se quedaba mucho tiempo, mirando cómo el mar golpeaba la pequeña isla del Faro, la Isla de Mouro. En lugares como aquel le resultaba posible sentirse diminuta, más consciente de su propia intrascendencia, y eso le daba una paz extraordinaria. Que no todo dependiese de ella, que el mal pudiese ser vigilado por otros mientras ella cerraba los ojos para descansar. La teniente recordó aquellos tiempos sin nostalgia, y pasó sin detenerse por delante de aquel enclave que antes tanto la confortaba.
Por el camino, dejaron a la derecha el acceso al embarcadero Real, al que ella misma estaba sorprendida de no haber bajado nunca. «Después, si tenemos tiempo, lo visitaremos», le había dicho a Riveiro. Según terminaban de subir la colina, el gran y bello Palacio de la Magdalena se dibujó progresivamente ante sus ojos. Aquel aire entre británico y montañés, entre palacio y casa de verano, rodeado de mar casi por completo. Tejados eclécticos y curiosos, unos como torreones de castillos y otros a dos aguas con entramados de madera roja a la vista, en un viaje visual al Medievo.
Era el último palacio real construido en Europa, en una península que antes estaba cubierta de matorrales, encinas y arbustos, y que ahora disponía de toda clase de especies florales extraordinarias: robinias, tamarindos, avellanos, plátanos, laureles… Y hasta bosquecillos de pinos traídos por Alfonso XIII desde El Pardo. Aquel rey había hecho de la Magdalena su refugio estival desde 1913 hasta 1930, practicando allí las regatas a vela y la caza, sus deportes favoritos; pero también había jugado al polo y al tenis, tal vez solo como fórmula contra el aburrimiento.
La teniente y el sargento se dirigieron directamente hacia el imponente, mastodóntico y pétreo Pórtico de Carruajes, pues ambos sabían que era por allí por donde en la actualidad entraban visitantes y alumnos de los cursos. ¿Cómo iba Valentina a imaginar que la primera persona que vería nada más acceder a aquel sueño arquitectónico sobre el mar sería el mismísimo Oliver Gordon?