Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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Adiós, días de sosiego,

hay que volver a la brega

que juega mal el que juega

nada más que a un solo juego.

MIGUEL DE UNAMUNO,

Cuaderno de la Magdalena (1934)

El Palacio de la Magdalena no fue un palacio, fue un hogar. Cualquier visitante puede adivinarlo cuando entra y percibe su opulencia rotunda pero práctica, su lujo adaptado a niños, adultos y sirvientes. A pesar de las reformas y del tiempo, que ya solo permite conservar el envoltorio, se atisba en algunos de sus rincones una antigua felicidad ajena. Porque el palacio todavía habla imponiendo su voz al olvido, y recuerda con sus cientos de flores de lis repartidas por escaleras, chimeneas y escayolas que el dueño de aquel poderoso lugar no era el rey de España en su calidad de rey, sino de hombre. ¿Por qué, si no, iba aquí a imponerse uno de los ornamentos más marcados de los borbones, la flor de lis, sobre cualquier otro símbolo evidente de la Corona?

Oliver Gordon se tomaba un descanso de su trabajo mientras paseaba su mirada azul por el interior del inmenso edificio, y admiraba con cierta indiferencia las flores de lis y las composiciones geométricas de los suelos, con combinaciones de hasta tres tipos de madera diferentes. Deambuló por la sala de la entrada principal, con su impresionante escalera de castaño, y terminó por sentarse cerca de la recepción actual, al lado del Pórtico de Carruajes.

Oliver era licenciado en Filología Hispánica por la University College de Londres y ahora, además de regentar en el pueblecito costero de Suances el pequeño hotel en que había convertido el caserón de Villa Marina, colaboraba con la Universidad de Cantabria y participaba en los seminarios de traducción de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Aquello había hecho que fuese respetado y conocido, y por eso estaba allí, trabajando; se lo habían pedido como un favor, porque uno de los traductores que iba a asistir a las jornadas deportivas internacionales sobre tenis había causado baja en el último momento.

Llevaba en el palacio cinco días y ya había escuchado toda clase de charlas y ponencias. Le había llamado la atención no solo el gran despliegue de profesores de tenis, médicos y traumatólogos que había en aquellas jornadas, sino el de psicólogos y entrenadores que fomentaban el pensamiento positivo, la resistencia mental. ¿Tan duro y solitario era aquel deporte? Hasta ahora, ni siquiera se había parado a pensar en las grandísimas diferencias que podía suponer el jugar sobre pista dura, tierra batida o hierba.

Oliver no era muy bueno en ningún deporte en particular; no hacía mucho lo había intentado incluso con el surf, pero su impericia había resultado hasta exagerada, a pesar de que su constitución era ligera y de que aún estaba en ese momento vital del cuerpo en que un treintañero todavía puede darlo todo de sí. Sin embargo, ahora Oliver no tenía ganas de nada. Sabía que debía mantenerse ocupado, pero su falta de sueño y de ilusión había hecho que incluso abandonase sus clases de tenis, que meses atrás habían sido su último intento por encontrar un deporte en el que fuese razonablemente resuelto.

—¡Oliver, esa raqueta! —le instruía tiempo atrás su profesor—. ¿Qué es, una sartén? Vamos, ¡dale con efecto!

—¿Con efecto? No way, ¿y eso cómo demonios se hace?

A pesar de su impericia, al principio a él las clases le habían divertido; que sus compañeros de entrenamiento se metiesen con él le había hecho reír, y que su resabiado profesor se desesperase le había compensado el perder siempre los partidillos a veintiún puntos y los golpes de revés que le resultaba imposible alcanzar.

Habían sido días ligeros, desenfadados y alegres. Pero la felicidad nunca ha sido una amiga de la que uno pueda fiarse. Se había instalado a su lado descuidadamente y sin ruido, ocupando Villa Marina y la cabaña en la que él vivía con su perrita beagle y con la que hasta entonces había sido su novia y prometida, Valentina Redondo; la fortuna le había arropado por las noches y se había molestado en recordarle solo las cosas buenas de esa otra familia que tenía entre Inglaterra y Escocia. Sí, la felicidad había estado entonces de su lado. Pero siempre llegaba un momento de caída, porque él sabía que nada se mantenía inalterable demasiado tiempo. Si no sucedía ninguna circunstancia relevante, lo que siempre terminaba llegando era la muerte.

Había sido su abuela quien le había contado las viejas leyendas de las Highlands escocesas; se creía en la existencia de Cu-Sith, un enorme perro lobo al que algunos llamaban el perro de las hadas y otros el mensajero de la muerte, porque su aparición solo podía significar que alguien iba a morir. Y daba tres avisos. Un aullido, dos, tres. Y tras aquella advertencia definitiva se llevaba a alguien a la sombría sepultura de los bosques.

El primer aullido había llegado aquella tarde en la que Valentina no había aparecido en el entrenamiento que, junto con otros alumnos, ella y Oliver compartían en el complejo deportivo municipal de Suances. La esperaron un rato y él la llamó por teléfono, extrañado. Sintió un grito sordo dentro de sí, una angustia exagerada y casi inexpresable. ¿Por qué, qué sentido tenía aquella preocupación extrema ante un simple retraso? Quizás el capitán Caruso hubiese reunido a toda la Sección de Investigación para darle uno de aquellos discursos interminables sobre la puntualidad, la integridad y la patria.

Ya habían comenzado a calentar cuando Oliver había visto acercarse a su pista al cabo Antonio Maza, destinado en Suances. Su rostro estaba pálido y desencajado, su cabello pelirrojo más brillante que nunca, y su eterna mirada de niño había desaparecido. Ambos se conocían desde hacía ya tiempo, y Oliver había comprendido al instante que había sucedido algo grave. Bramó al cielo un segundo aullido, tan inaudible para todos como invisible es el aire, que sin embargo entra en nuestros pulmones. Cada segundo estaba plagado de señales; la forma de apretar la mandíbula del cabo, su sudor nervioso.

Aunque Oliver fue corriendo hasta el joven guardia civil, todo transcurrió en su memoria a cámara lenta. A cada paso notó cómo algo lo rasgaba por dentro, apuñalándolo. Y mientras el cabo Maza comenzaba a hablar y él lo escuchaba horrorizado, sintió cómo aquella felicidad que se había instalado sin permiso en su cabaña lo miraba ahora desde la distancia con desprecio, sin molestarse en decir adiós.

Valentina, la mujer de tierno corazón y rígida coraza, siempre luchando contra el mal. La sangre en aquel milagroso y bello vientre. El bebé. La promesa de su alegría, de sus carcajadas infantiles. Prácticamente imposible que ninguno de los dos saliese con vida de aquella carnicería. Fue Oliver quien, horrorizado, gritó de puro dolor y sin saber que el suyo era el tercer y definitivo aullido de la bestia.

Después llegó la carrera desesperada hasta el hospital y se sucedieron las operaciones de Valentina, que habían durado hasta las tres de la madrugada. La noticia de que su hijo había muerto y la felicidad de saber que a ella la habían salvado. La incredulidad sobre lo que había sucedido, la rabia y la estupefacción. El teniente Silva, gracias a la intervención de Valentina, se había salvado; el detenido no había tenido tanta suerte, y la banda del Junco había logrado, en aquella arriesgadísima e inesperada acción, eliminarlo del mapa judicial.

Aunque el EDOA consiguió desmantelar en gran medida el núcleo de la organización, tanto en España como en Italia y Francia, y a pesar de que se montó un operativo sin precedentes en Santander, no lograron atrapar al francotirador que tanto daño había provocado. Al parecer, no pertenecía a la banda: era uno de aquellos sicarios de leyenda, infalibles y sanguinarios de los que nadie conocía su verdadero nombre ni paradero, ni siquiera quienes los contrataban. Pero Oliver sabía que Valentina lo había buscado y que nunca dejaría de hacerlo. Quizás no como venganza estrictamente personal, porque ella sabía que para los sicarios las víctimas no suelen ser más que objetivos fríos como números, pero sí como misión ineludible. Valentina y su enfermizo ánimo de lucha contra el crimen, aun sabiendo que el lado oscuro del mundo nunca dejaría de existir. En ella había comenzado a habitar la rabia, la determinación del «golpe por golpe» como fórmula para mantener el equilibrio. Y con aquella oscuridad había comenzado el fin de la esperanza, de la ilusión y de todas las cosas que vale la pena recordar.

—¡Oliver! Vaya… ¿Cómo estás?

—¿Qué…?

Oliver había estado tan ensimismado en sus recuerdos y pensamientos que no se había dado cuenta de quién había entrado por la puerta inmediata al Pórtico de Carruajes del Palacio de la Magdalena. El sargento Riveiro, siempre amable, le seguía hablando, preguntándole qué hacía allí y preocupándose por su salud, extrañado tal vez al observar su aspecto: su moreno cabello tibiamente enmarañado, la palidez de su rostro.

Pero Oliver no lo escuchaba. Oliver la miraba a ella, y Valentina se había quedado quieta, incapaz de moverse. Llevaban prácticamente un mes sin verse y entre ambos viajaban preguntas, dudas y secretos. A él le pareció que estaba más delgada, pero también más fuerte y musculosa. Apenas se le notaba la reciente cicatriz de la mejilla, que iba desde la oreja derecha hasta la barbilla. ¿Y el resto de su cuerpo? ¿Cuántas de sus cicatrices permanecerían para siempre entre los pliegues de su piel?

Valentina sintió cómo un calor intensísimo le subía desde las tripas hasta el pecho, como si una corriente eléctrica hubiese arrasado su arrugado corazón. Allí estaba Oliver Gordon, tan guapo y vital, tan alegre y bromista, y que ahora parecía haber envejecido de repente, como si hubiese sumado muchos años en un solo día y se le hubiese escapado aquella irresistible chispa. ¿Era ella quien le había hecho eso? No, imposible. Al terminar con su relación, ella lo había salvado. Tal vez él aún estuviese en la fase de duelo, de tránsito. Después la olvidaría y viviría una vida completa y feliz. Con una mujer sin recovecos, alejada de la oscuridad, y con un montón de niños poniendo la casa patas arriba.

—¿Estás bien? —Oliver se había levantado y se había acercado a ella—. Me alegro mucho de verte. Te he llamado varias veces estas semanas…

—Ah.

Ella apenas podía hablar, incapaz de dejar de mirarlo.

—Pues… Es que tenemos mucho trabajo. Ya sabes.

—Ya sé.

—Y creo que no debemos… En fin. Ya lo hemos hablado.

Ella tomó aire y se recompuso, buscando desesperadamente volver a su papel de teniente de la Guardia Civil.

—Estamos aquí por lo de la presidenta del club de tenis.

—Claro, claro… —asintió él, fingiendo normalidad y rehaciendo su tono, al que intentó dar firmeza—. Aquí ha estado revolucionado todo el mundo desde esta mañana. Ha venido la prensa, pero los de seguridad no les han dejado pasar.

—¿Y tú, aquí…?

—¿Yo? Ah, llevo toda la semana asistiendo a las jornadas deportivas como traductor —respondió él, con jovialidad impostada y nerviosa—. Hoy ya terminan. De hecho Judith Pombo estuvo aquí a diario, salvo ayer.

Riveiro se mostró interesado e intentó romper la tensión del aire.

—¿Y viste alguna cosa rara? ¿Algo que te llamase la atención?

—¿En la señora Pombo? No sé… —dudó él, desconcertado todavía ante la presencia de Valentina—. Ahora mismo no sabría decirte.

—Si recuerdas alguna cosa y te enteras de algo no dudes en avisarnos, ¿de acuerdo?

—Lo haré… ¿Es verdad que murió estando encerrada en la bodega del barco?

—¿En la bodega? —se extrañó Riveiro—. No, fue en un camarote normal.

—Un asesinato, ¿no? En el periódico de esta mañana dicen que fue un accidente pendiente de esclarecer, pero yo creo que…

Valentina intervino.

—Oliver, comprende que es un asunto confidencial.

—Sí, claro.

—Bien. Pues, en fin…

Ella intentó sonreír, pero solo logró bajar la mirada.

De pronto, comenzó a sonar su teléfono móvil y tuvo la excusa para terminar la conversación.

—Ya… Ya nos veremos, Oliver.

Y se despidieron con una sensación extraña, de pérdida y de encuentro, de inquietud. Él por no saber si ya la había perdido definitivamente y ella por la duda. Oliver no tenía buen aspecto. Valentina solo quería que fuese feliz. No, no podía pensarlo más, era solo cuestión de tiempo que él se rehiciese. Ella solo tenía que diluirse en el agua, desdibujarse en el olvido y dejarse ir con la marea, que se llevaría su dolor, su terrible sensación de fracaso y de pérdida. Pero ¿y si lo que ella había hecho después de vivir las consecuencias del tiroteo en La Albericia no había sido más que otra terrible, estúpida y dolorosísima equivocación?

Valentina tomó aire y, tras alejarse de Oliver, dejó que Riveiro se identificase en la entrada mientras ella buscaba un rincón discreto donde poder atender la llamada, que provenía de la Comandancia.

—¿Teniente? Soy Camargo. ¿Puede hablar?

—Sí… Se escucha regular.

—Ah, es que tenemos puesto el manos libres.

—Vale —suspiró ella sin hacer ruido, todavía con el corazón bombeando a mil por hora tras haber visto a Oliver, al que todavía intuía cerca—. Dime, ¿qué pasa?

—Hemos terminado de verificar el historial de todos los de la cena y están limpios, aunque aún estamos esperando información del italiano y los japoneses. La víctima tenía unas cuantas multas de tráfico, nada más.

—Marco Fiore puede tener antecedentes por apuestas ilegales, centraos en esa vía. ¿Habéis averiguado algo de los demás?

—Nada relevante… Margarita, la secretaria, soltera y sin hijos. Por no tener, no tiene ni coche, y vive de alquiler en un apartamento del centro. El italiano y Rosana Novoa están casados desde hace casi seis años, y ella está forrada, tiene varias propiedades en el Sardinero, todas sin cargas.

—Joder con la señora.

—Sí, no le va mal. A ver… —El cabo pareció revolver papeles—. Basil Rallis, un poco de lo mismo, la verdad. Debe de tener una pequeña fortuna, porque ya solo en la avenida Diagonal de Barcelona es el propietario de un par de pisos sin cargas… Tiene dos hijas ya emancipadas, una vive en Grecia y la otra en Frankfurt, y su mujer parece que se dedica solo a acompañarlo a viajes y a atender fundaciones, obras de caridad y cosas así.

—Solo los ricos pueden entretenerse con actividades tan filantrópicas —murmuró Valentina, sarcástica.

—Supongo… El otro que vive en Barcelona, Pablo Ramos, es más modesto. Está de alquiler cerca de la Federación Española de Tenis… La verdad es que de momento no le hemos encontrado nada raro; sigue empadronado aquí, en Santander, en casa de sus padres.

—Perfecto —suspiró la teniente con cierto hastío—. ¿Y los demás? Si no me has dicho nada es que poca cosa, ¿no?

—Sí —reconoció el cabo—. El presidente de la Confederación de Empresarios, Emilio Rojas… Un piso en el centro con hipoteca, tres hijos y su mujer trabajando de contable, autónoma… Nada de antecedentes, igual que los de la Federación Cántabra de Tenis. Félix Maliaño también está casado y su mujer es profesora en un instituto… ¿Qué más? Ah, sí, este tiene dos hijos adolescentes y una empresa de reciclaje.

—Greenplanet… —se adelantó Valentina, sorprendiéndolo—. ¿Le habéis echado un vistazo?

—Sí. No parece un negocio muy boyante, pero no está en listas de morosidad ni nada parecido. Tiene un local alquilado en El Astillero, pero sin orden del juez no podemos verificar las cuentas bancarias…

—Ya, ya —volvió a atajar la teniente—. ¿Y la chica?

—Victoria Campoamor… Nada, está limpia. Vive todavía con los padres, aunque Torres dice que tiene pareja.

—¡Sí, teniente! —exclamó la guardia, incorporándose a la conversación—. Lo sé porque la conozco, ¡la conozco! No me di cuenta por la mañana, pero la he reconocido, es bibliotecaria en la Menéndez Pelayo, le he devuelto libros justo a ella varias veces, y alguna vez he visto que iba un chico a buscarla. Y, vamos, que se ve que son novios… Que se nota, quiero decir.

—Hostias, Martita… —intervino Sabadelle, por lo que Valentina se los imaginó a todos reunidos alrededor del teléfono—. ¿Y tú qué coño haces tantas horas en la biblioteca?

—Estudiar…

—Quiere ser teniente —añadió con cierto cariño fraternal el cabo Camargo, dejando a Valentina sin saber qué decir.

El subteniente Sabadelle chasqueó la lengua y comenzó a hablar con tono de suficiencia.

—Yo ya tengo lo mío prácticamente hecho… Que no ha sido fácil, ¿eh?, aquí toda la mañana dándole al teléfono sin parar… —Tosió un instante, como si necesitase aclararse la voz—. Teniente, por tener, hasta tengo ya los planos de la puta goleta.

—No me digas —se limitó a contestar Valentina con tono descreído—. Pensaba que esos ya los teníamos gracias a Camargo.

—Ah, joder, claro, pero yo digo los de verdad, los oficiales.

—¿Y son diferentes?

—Eeeh… No, pero ahora sabemos que son los correctos. Y tenemos más información, porque construyeron parte de las piezas en Vinuesa, pero en los ochenta lo unieron todo en el astillero de Lequeitio y más tarde…

—¿Lequeitio? ¿Eso no es el País Vasco?

—Sí, Vizcaya.

—Pues abrevia.

—Yo no sé para qué hace uno el trabajo si después… —farfulló, sin atreverse a decirlo en un tono audible para Valentina—. El caso es que en los planos no se detecta ninguna compuerta ni hueco oculto, y he hablado no solo con el responsable del astillero de Lequeitio, sino con el de Santander donde restauraron el barco este año.

—¿Y?

—Y nada, que los planos de ambos coinciden, que el de La Giralda es un camarote normal y corriente, sin salidas secretas ni nada… Que, a ver, que eso es lo lógico y normal, digo yo, que esto no es Harry Potter.

—¿Y el material?

—¿Cómo que el material? ¿Qué le pasa al material? ¿De qué está hecho el barco?

—Exacto.

—Pues de madera, que imita una goleta del XIX; ¡no lo iban a hacer de plástico!

—Madera de pino albar —dijo Alberto Zubizarreta, que hasta ese momento había estado callado—, fresno, elondo y roble. Viene detallado en los planos que nos mandaron por correo electrónico —se justificó, evidenciando con ello que Sabadelle no había hecho él solo el trabajo.

—Total —se apuró el subteniente en explicar—, que es madera y que, por supuesto, puede ser traspasada por multitud de fuerzas y formas, pero según el informe preliminar del SECRIM aquello estaba impoluto y como nuevo, así que nadie reventó nada para entrar ni salir del camarote.

—Vale. El SECRIM iba a regresar esta mañana a la goleta para hacer más pruebas, así que después veremos qué dice Salvador. ¿Has hablado con los de Salvamento Marítimo?

—Sí, y tienen grabaciones de la zona portuaria, pero no han detectado nada. Ni buzos ni nadadores ni barcos que se aproximasen a la puñetera goleta en ningún momento.

—¿De qué zona son las imágenes, solo del Club Marítimo?

—Eeeh… —dudó Sabadelle, que chasqueó la lengua, intentando ganar tiempo para pensar—. Supongo que de toda la zona. Además han sido muy exhaustivos, las medidas de seguridad eran más altas de lo normal por lo del campeonato de vela, y sobre todo estando el rey por aquí.

—Bien… Necesitamos también información del viejo embarcadero Real, que está al lado del faro de la Magdalena, que ahí es donde subieron los invitados; y también del antiguo palacete, porque Judith Pombo accedió allí a la goleta.

—¿En el paseo de Pereda?

—Exacto. De todos modos, que os pasen las imágenes de todo lo que tengan para que podamos revisarlas. En cualquier caso debemos abrir el arco visual… Camargo, por favor, revisad las videocámaras que pueda haber en los tres puntos de embarque: el embarcadero Real en la Magdalena, el Club Marítimo y el palacete en el paseo de Pereda. Rastread las de tráfico, comercios… Y la del propio palacete, que ahora es una sala de exposiciones o algo parecido; tal vez tenga videovigilancia. Necesitamos imágenes desde tierra, y no solo marítimas.

—Pero sin una orden… —comenzó a objetar Camargo.

—Antes de pedir nada necesitamos verificar qué pedir, cabo. —El tono de Valentina fue tajante, aunque de su firmeza no se desprendió ninguna amonestación—. Sabemos que muchas cámaras no graban, y que su objetivo es de mera vigilancia y disuasión. Pero tal vez algún vigilante pueda darnos alguna pista… Poneos con eso, ¿de acuerdo?

—Sí, teniente.

—Y, chicos… —añadió, dirigiéndose de nuevo a Camargo pero incluyendo a Torres y Zubizarreta—. ¿No tenéis nada más de Judith?

—Sí, sí… —se apuró Marta en responder—. Se divorció hace ocho años y el exmarido vive ahora en Maine, Estados Unidos, así que por ahí no vemos ningún vínculo con lo que sucedió anoche. Es profesor de español en la universidad y precisamente estos días ha estado dando conferencias en Washington y están colgadas en las redes, así que creo que podemos cerrar esa vía.

—Bien, ¿y la hermana? Porque Judith vivía con su madre y su hermana Melania.

—Sí, parece que Judith vivía con ellas en su casa de Mataleñas, de la que es la única propietaria… Y la oficina de su negocio de eventos también es suya, la tiene cerca del paseo de Pereda.

—Smart.

—Sí, pero sin orden judicial no tenemos acceso a cuentas ni demás… Por la web y los comentarios en redes sociales se deduce que es un negocio solvente, pero eso no podemos asegurarlo. Judith tenía además otros bienes: un piso en Tenerife y dos apartamentos aquí, en Santander. Hemos hecho un par de llamadas y parece que están alquilados.

—Ningún problema económico, por lo que veo.

—No lo parece.

—Bien, seguid investigando y… Sabadelle, has hecho un gran trabajo.

—Gracias —replicó él al otro lado del teléfono, sonriendo con suficiencia a sus compañeros.

Su gesto se desmontó cuando Valentina continuó hablando.

—Pero hasta que Salvamento Marítimo nos pase las imágenes portuarias, no quiero que te aburras.

—Quién, ¿yo? Pero si yo…

—Tú te vas hasta Mataleñas ahora mismo y te llevas a Torres, quiero que averigüéis todo lo posible sobre la familia de Judith, cómo respiran esa hermana y esa madre, que además me imagino que serán sus herederas universales. Necesitamos saber a quién beneficia la muerte de Judith. Yo todavía tengo que interrogar aquí a los de la Federación Cántabra de Tenis.

—Pero no puedo, si estoy con lo de las imágenes de Salvamento Marítimo y…

—De eso se encargan ya Camargo y Zubizarreta.

—Teniente, con todos mis respetos, yo…

—No me jodas, Sabadelle, que no estoy para historias. Sin peros. Y atentos a los cambios.

—¿Qué… qué cambios?

—Los que hubiese en la vida de Judith en los últimos tiempos. Tal vez lo que le sucedió se viniese fraguando desde hace mucho, pero quizás haya un punto de inflexión que nos haga mirar hacia el lado correcto. Alguna nueva actividad de ocio que realizase, el reencuentro de alguna vieja amistad, un cambio de rutina, lo que sea. En su familia tendréis la mejor fuente de información.

Valentina se despidió de sus compañeros y tras colgar el teléfono respiró profundamente. Aquel caso, sin duda, la intrigaba y la llevaba a caminar hacia delante, a investigar. Pero el suyo era también un trabajo extraño. ¿Y si no lograba encontrar al asesino? ¿Qué pasaría? Nada en absoluto. De hecho, a nadie parecía importarle realmente que hubiese muerto Judith. ¿Tan odiosa sería aquella mujer? ¿No era dramática la vida, de la que te podías marchar sin que a nadie le importase?

Valentina intentó sacudirse la tristeza y alzó su brillante mirada, encontrándose con los enormes espacios del Palacio de la Magdalena, y no pudo dejar de sentir un calor nervioso dentro de su cuerpo. Oliver estaba allí, en el mismo edificio, y sintió que si volvía a mirarlo a los ojos él sabría que ella, en sueños, sobrevolaba los tejados para contemplarlo en soledad.

Victoria Campoamor sabía que, en el otoño de 1937, la ciudad de Santander había llegado a ser el presidio más grande del mundo, con más de cincuenta mil personas en campos de internamiento y en otras muchas instalaciones utilizadas como edificios carcelarios. Su abuela Matilde se había encargado de recordárselo desde niña, relatándole cómo a ella la habían metido en la cárcel cuando apenas era todavía una adolescente. Uno al que llamaban «el Domador» llevaba una fusta en la mano y a ella y a otras las obligaba a obedecer y, a veces, a alguna cosa más. Eran republicanas, de las Juventudes Libertarias, y su abuela sabía que ya habían fusilado a algunas de sus compañeras en el muro del cementerio de Ciriego, por lo que, a pesar de su juventud, había soportado todas las humillaciones con estoicidad, incluso cuando la habían obligado a beber aceite de ricino.

Aunque hacía ya tiempo que la abuela Matilde había fallecido, aquellas historias y discursos habían hecho que en Victoria anidase un espíritu libertario y rebelde, para el que ningún signo de autoridad debía ser respetado si antes no había hecho méritos para ello. En su trabajo como bibliotecaria en la Menéndez Pelayo de Santander había tenido acceso a todo tipo de documentación y artículos sobre la República, la mujer y sus derechos. ¿No era una feliz casualidad que ella misma se apellidase como la abogada del Partido Republicano Radical que había logrado el voto femenino en diciembre de 1931?

¡Cuántas más cosas había que cambiar! El clasismo, la rancia burguesía… Y ahora allí estaba, en la antigua sala de audiencias de la reina del Palacio de la Magdalena, dando explicaciones a dos guardias civiles rarísimos. Uno se había presentado como sargento Riveiro; era bastante alto y bien parecido, aunque quizás rozase ya los cincuenta años. Le había resultado desquiciante que anotase casi todo lo que ella decía en una minúscula libretita, siempre con el gesto sereno e imperturbable. Y luego estaba ella; si no recordaba mal, se había presentado como teniente. Era delgada pero parecía fuerte, y caminaba casi a paso marcial. Sin embargo, no era masculina. Su femineidad viajaba en sus movimientos y en su mirada gatuna, que era dura y escrutadora. Y aquellos ojos. El izquierdo, negro como la noche, y el otro, del verde más bonito que había visto en su vida. Una suave cicatriz bajaba desde su oreja derecha hasta casi la barbilla, siguiendo el camino lineal del borde de la mandíbula. A pesar de aquellas particularidades, la teniente Redondo era un extraño y bello animal al que era difícil dejar de admirar.

—¿Mira algo en particular?

Valentina se lo había preguntado sin inmutarse, con una frialdad casi hiriente, pero Victoria sabía que la había cazado observándola y sin atender a sus preguntas.

—No, no, perdone. Es que no sé por qué insisten tanto en mis posibles problemas con Judith. Imagino que ha sido Margarita quien les habrá dicho que yo… En fin, es cierto que discutimos por lo de la presidencia de honor del club, que no veo por qué tiene que ser del rey, pero tampoco era un tema tan relevante. En Santander hasta el Club Marítimo tiene de presidente de honor a Alfonso de Borbón. ¿Se lo creen? Increíble, ¿verdad? Pues condes y duques como socios de honor…

—¿Tanto le molesta? Son títulos simbólicos.

—En efecto. Simbolizan el estatus indebido por derecho de vagina, y no el verdadero honor de ser alguien por sí mismo.

—Derecho de vagina… —murmuró sonriendo Valentina y mirando de reojo a Riveiro. Le caía bien aquella chica—. ¿Y no es cierto que usted quería eliminar esos… símbolos en el club de tenis? Supongo que no contaría con la aceptación de la señora Pombo.

—¿Judith? Oh, no. Ella era de ideas fijas y desde luego conservadoras. Y sí, discutimos el asunto muchas veces, especialmente en los últimos tiempos, porque una cosa es la tradición y otra, los homenajes que no vienen a cuento.

—¿A qué se refiere?

—Al dichoso barco… Por Dios, ¿cómo se le ocurrió llamarle La Giralda? ¡La Giralda! —La joven dudó un segundo mirando alternativamente a Valentina y a Riveiro—. Oh… ¡Ya veo que no se habían dado cuenta! ¿Saben por qué ella decidió llamar así a la goleta? ¡En homenaje a Alfonso XIII! Era el nombre de su barco antes de tener el yate real. Pero vamos, no iba yo por eso a matar a Judith, no vayan por ahí. ¡Si ni siquiera pertenezco al club!

—¿No?

—No. Mi familia no es de clubs —añadió, con tono despectivo—, sino de polideportivo municipal. Trabajo como vocal en la Federación de Tenis sin cobrar un euro, solo me interesa promover el deporte y fomentar su vertiente femenina.

—Ya veo.

—¿Sí? ¿Y qué ve? Republicana y feminista, eso es lo que ha pensado, ¿verdad? Pues sepa que la única forma de hacer accesible la libertad a todos es caminar dentro de ella.

—Ah… —Valentina lo meditó unos segundos—. Y hacerlo con las ideas de Humboldt, por lo que veo.

—¿Qué?

Victoria no pudo disimular su asombro. Aquella teniente, desde luego, era algo más que un extraño animal militar. En efecto, lo de caminar dentro de la libertad como única vía para evadir el sometimiento provenía de Humboldt, y el concepto lo había utilizado Clara Campoamor en su discurso en las Cortes para lograr el voto femenino; aquel posicionamiento había sido particularmente interesante, porque hasta entonces la mujer, aunque fuese políticamente elegible, carecía de derecho de voto. La joven se revolvió en su asiento.

—Mire, teniente, yo no sé adónde quieren ir a parar. Ya les he contado hasta dos veces todo lo que sucedió anoche. Mi tío Félix y yo fuimos los últimos en bajar al salón de La Giralda, y le aseguro que solo estábamos rodeados de mar. No tengo ni idea de cómo pudo morir Judith, y desde luego no tengo nada que ver, por mucho que ella y yo tuviésemos desacuerdos en algunos aspectos.

—¿Alguno más, aparte de la monarquía y la república?

Victoria acomodó con un gesto su salvaje e hipnótica melena e hizo caso omiso al suave sarcasmo de la teniente. Tomó aire y volvió a hablar con resolución.

—Pues mire, creo que Judith, dado su puesto en la ITF, debería haber apoyado más el papel de la mujer en el tenis.

—Vaya. ¿De alguna forma en concreto?

Victoria Campoamor negó frunciendo los labios y con gesto suspicaz.

—Ya sé qué pretende.

Valentina se la quedó mirando sin decir nada, con una expresión inalterable que Victoria no supo descifrar.

—Usted lo que quiere es que me autoincrimine en lo que le pasó a Judith, pero le juro que no tengo nada que ver. De hecho, no tengo ni idea de lo que le sucedió, y sigo dándole vueltas a cómo pudo morir si estaba sola en aquel camarote.

—Alguien la apuñaló en el corazón.

—¿Qué? —La joven no ocultó su sorpresa ante la revelación—. Pero, pero… ¿Apuñalada? Tenía una pequeña mancha de sangre en el pecho, es verdad, pero yo estaba allí y vi cómo prácticamente echaron la puerta abajo para poder entrar… Le digo que Judith estaba tumbada en aquella cama con los ojos tan horriblemente abiertos como si hubiese visto al diablo, pero estaba completamente sola, ¿entiende? ¡Estaba sola! Y cuando gritó los demás estábamos todos en el salón, ¿quién demonios iba a apuñalarla?

—Eso es lo que estamos intentando averiguar, señorita Campoamor.

—Y por eso quieren saber si yo tenía algún motivo para matarla. Pues mire, no. ¿Qué quiere que le diga, que me caía bien Judith? Lo cierto es que me parecía una mujer soberbia, clasista y prepotente, y no me da ninguna pena que se haya muerto, aunque tampoco me alegre por ello.

«Un poco de sinceridad, para variar», pensó Redondo.

—Antes nos dijo que Judith debería haber apoyado más el papel de la mujer en el tenis. ¿Puede concretar esa observación?

—Ah, es algo sabido por todos… Judith supervisaba, como miembro de la ITF, el comité de la Fed Cup…

—¿Qué es eso? —preguntó Riveiro, que anotó el dato en su libreta sin alzar la mirada a la testigo.

—Es algo así como la Copa Davis pero en femenino, una competición mundial de tenis en la que hoy día participan casi cien naciones.

—Pero si Judith lo supervisaba podemos entender que apoyaba el deporte femenino —apuntó Valentina, interesada.

—No lo suficiente. ¿Sabe cuál fue el presupuesto para la última competición mundial masculina? Veintitrés millones de euros. Adivinen cuánto se dedicó a la femenina.

La joven miró primero a Valentina y luego a Riveiro, como si esperase a que apostasen una cantidad, aunque se limitaron a mirarse el uno al otro sin decir nada, volviendo a posar la atención sobre ella.

—¡Siete millones y medio de euros! ¿Se dan cuenta? Menos de la tercera parte de lo presupuestado para los hombres. ¡No me digan que no es inadmisible! Pero Judith no hacía nada, aceptaba la situación establecida, sin más.

Valentina asintió sin pronunciarse. En realidad, no reflexionaba sobre las desigualdades salariales del mundo del tenis, sino sobre su caso de homicidio. Tal vez Judith, desde su puesto en la ITF, hubiera podido ayudar a mejorar el posicionamiento femenino en el tenis, pero que no lo hiciese tampoco debería haber supuesto un motivo para matarla. Eran instituciones demasiado grandes e importantes como para que una sola persona tuviese tanto poder de decisión, como para que su influencia decantase radicalmente el futuro por un camino u otro. No, aquellas desavenencias no podían haber provocado que la joven Victoria Campoamor idease un plan para matar a Judith.

Tal vez ella misma y Riveiro estaban pensando en grande, y tenían que hacerlo en pequeño, volviendo a lo básico. ¿Quiénes eran los principales e inmediatos beneficiarios de aquella muerte? Presumiblemente, la familia. De forma secundaria, y a más largo plazo, los asistentes a la cena en la goleta. Margarita, mejorando de puesto en el club y librándose de una mujer que, al parecer, la humillaba en público con alarmante naturalidad. Un supuesto error organizativo de aquella solterona, de hecho, había sido el motivo de cenar en la goleta y no en tierra firme. Basil, Pablo y Victoria obtendrían tal vez con el deceso algunos pequeños logros en sus respectivos campos tenísticos, aunque la muerte de Judith no aseguraba en ningún caso sus objetivos.

Marco Fiore y Rosana Novoa, sin embargo, sí despertaban sus sospechas de forma más marcada. Tal vez Judith había descubierto apuestas deportivas ilegales de Marco en su fugaz viaje a la ITF de Londres, y él había ideado cómo matarla la misma noche de su regreso. O quizás Rosana había averiguado que ambos mantenían una relación y la había asesinado por despecho.

Todos podían tener algún motivo, más o menos endeble, más o menos razonable. Pero ¿cómo podía cualquiera de ellos haber matado a Judith, encerrada en aquel camarote? Solo se le ocurría que todos fuesen cómplices, pero para aquella posibilidad tendrían que haberse puesto de acuerdo no solo los invitados a la goleta, sino también toda la tripulación. Algo improbable y prácticamente imposible. Demasiadas personas, que ni siquiera se soportaban, coordinándose para llevar a cabo un asesinato en mitad del mar.

Valentina observó cómo Victoria Campoamor se ponía en pie y les solicitaba permiso para despedirse, al tener que participar en otra ponencia. La vio marcharse con su paso coqueto y resuelto, mientras su cabello rebelde bailaba por los pasillos del Palacio de la Magdalena con el vaivén despreocupado que, desde luego, nadie podría imaginarse en una asesina.

VICTORIA CAMPOAMOR

Judith Pombo no sabía que iba a morir en solo un par de meses, y observaba con actitud indolente a la joven Victoria, que se había presentado en su despacho de la Real Sociedad de Tenis con su indomable cabello suelto y con una ropa sencilla de aire bohemio. Ella, en cambio, vestía su acostumbrado atuendo ejecutivo, ajustado y provocativo, como si siempre estuviese preparada para asistir a un elegante cóctel.

—Dime, querida, ¿para qué me has pedido esta cita? Tengo un montón de trabajo.

—Solo quería saber qué medidas va a adoptar la ITF en las próximas reuniones en cuanto al tenis femenino.

—¡Ya estamos con lo de siempre! ¿Quién te crees que eres, Billie Jean King? Ah, no me digas que también eres lesbiana —añadió, con una mirada maliciosa y llena de lascivia.

Victoria no hizo caso a la provocación.

—Billie Jean, al menos, logró la igualdad salarial en el Abierto de Estados Unidos. La lucha por la igualdad de género merece que…

—Bah —negó Judith, restando importancia con un gesto de su mano y acomodándose en el respaldo de su silla; cruzó las piernas y apoyó el rostro en su mano derecha, haciendo que su perfecta manicura destacase de forma particular y adoptando una posición falsamente reflexiva—. Los tiempos cambian, pero los motivos siempre son los mismos, y sigue siendo el dinero el que mueve el mundo. Si los hombres venden más entradas, cobran más. Pasa lo mismo en el fútbol y en el baloncesto, ¿qué quieres que haga yo?

—¿Que qué quiero? Promover unas políticas más integradoras, hablar con más patrocinadores, llegar a acuerdos con los medios de comunicación para que…

—¿Y qué crees que estamos haciendo, cachorrito? —le preguntó con condescendencia, interrumpiéndola—. Hace dos años la Fed Cup tuvo un presupuesto de menos de cuatro millones de euros, y el año pasado ya llegó a siete y medio.

—No es suficiente. Los hombres compitieron por más de veinte millones.

—Ah, ¡poco a poco, querida! Además, verlos jugar a ellos es mucho más interesante que veros a vosotras, ¿para qué vamos a negarlo?

—No sé cómo puedes… —negó Victoria, enfadada—. Ahora también se han inventado la Laver Cup y, qué casualidad, solo para competición masculina. Con tu posición podrías promover cambios que…

—¡Mi posición! Ahí está la clave, en mi posición. ¿Sabes cómo la he logrado, niña? —preguntó, abandonando ya cualquier atisbo de burla en su rostro—. ¡Trabajando! Ni discriminación positiva, ni facilidades ni favoritismos de ninguna clase, ¿entiendes? Las feministas habláis mucho, pero hacéis poco.

De pronto las interrumpió Margarita, que entró en el despacho sin llamar.

—Ah, perdón, no sabía que estabas reunida. Solo venía a dejarte los contratos de la tripulación de La Giralda.

—Tranquila, si Victoria y yo ya estábamos terminando —aseveró Judith con una amplia sonrisa, que mostraba una dentadura perfecta—, ¿verdad, querida?

—¿Cómo que La Giralda? —La joven no daba crédito—. ¿A la goleta la vais a llamar como al barco de Alfonso XIII?

Judith la miró con un sensible gesto de admiración.

—Vaya, ¡qué agradable sensación estar con alguien que se da cuenta! ¿Has visto, Margarita? Tú pensabas que era en honor de la torre de Sevilla, pobrecita.

—Judith, no entiendo por qué has escogido ese nombre.

Victoria no disimulaba ni su enfado ni su asombro, mientras Margarita apretaba los labios y se sonrojaba al haber quedado en evidencia.

—Este club debiera acercarse más a la sociedad común, a la gente de la ciudad, y no homenajear constantemente a la realeza.

Judith Pombo fingió preocupación, llevándose la mano a los labios cuidadosamente pintados de rojo, pero sin llegar a tocarlos. Después, suspiró con gesto de aburrimiento.

—¡La realeza! Deberías dar las gracias por su existencia. Nos ofrece permanencia y estabilidad, que es algo que no podría garantizar un jefe de Estado electo… ¿No ves que es una figura neutral necesaria?

—Es una institución anacrónica, antidemocrática, de ética cuestionable y de…

—Tienes razón —la interrumpió Judith, levantándose y acercándose a ella, logrando con el gesto que su carísimo perfume se posase sobre Victoria.

—¿Qué?

—Que tienes razón —aseguró, con aparente franqueza—. La monarquía es antidemocrática y anticuada, pero ¿sabes qué pasa, cachorrito? Que funciona. La tienen en los países más avanzados del mundo, que por cierto son los menos corruptos del planeta; Suecia, Japón, Bélgica, Noruega, Reino Un…

—¡Qué absurdo!

Victoria la interrumpió poniéndose a su vez frente a ella, mientras Margarita las miraba a ambas con la boca abierta.

—¿Y el dinero que nos cuesta? —continuó la joven—. ¡Tenemos el equipo de relaciones públicas más caro de la historia!

—Ah, cachorrito…

—¡Deja de llamarme así!

—Si es que me das pena, querida, con todas esas ridículas ideas en tu linda cabecita —le dijo, recuperando el tono malicioso—. ¿Acaso no sabes que la monarquía española es la más barata de Europa? ¿Cuánto crees que costaría mantener el patrimonio nacional si hubiese una república? Y no sé si has analizado la calidad de los políticos en los últimos tiempos… ¿Quién crees que cuando llegue el caos será el que mantenga la cordura y la independencia política?

Por un instante, Victoria pareció dudar, aunque recuperó la firmeza en solo un par de segundos.

—Aunque eso fuese cierto, la soberanía debe residir en el pueblo, no en individuos por su simple línea familiar.

—Qué pena que una chica tan guapa esté tan ciega.

Judith suspiró y entornó los ojos.

—¿Acaso crees que el Ayuntamiento de Santander le regaló el Palacio de la Magdalena al rey porque el pueblo fuese monárquico? Claro que no. Hasta los periódicos republicanos de principios de siglo reconocieron la necesidad del gesto por pura conveniencia. ¿O crees acaso que habrían sido construidas las mismas avenidas que tú aún puedes disfrutar si los reyes no hubiesen veraneado aquí durante casi dos décadas?

—No niego su conveniencia en determinado momento, pero estamos en pleno siglo XXI, y tenemos otras muchas necesidades como para que el Estado invierta en…

—¿En qué? ¿En infraestructuras, en arquitectura de calidad? Qué estúpida eres, niña. Sin los reyes ni siquiera habrían instalado aquí hace cien años el club de tenis. Y cada vez que hay competiciones de vela y viene el rey a la ciudad, ¿tienes idea del impacto hostelero que eso supone?… Pero, en fin, no hay nada que hacer contra los cachorros aleccionados desde la cuna, está visto. Oh, perdón por lo de cachorro —añadió, frunciendo los labios y simulando disgusto—. Pero de todos modos no veo a cuento de qué tanto drama, si tú ni siquiera perteneces a este club.

—Pero este club sí pertenece a la Federación Cántabra de Tenis.

—¿Y? ¿Nos vais a decir ahora cómo tenemos que trabajar, después de un siglo de funcionamiento? Ah, por favor, mírate… Esa falsa pinta de hippie que llevas, tú, que eres tan comunista y solidaria. ¿Dónde han cosido esa ropa unas pobres niñas, en Bangladesh? No eres más que otra hipócrita.

—¿Yo? ¿Qué tiene que ver lo que lleve puesto con el club? —Victoria estaba atónita y se sentía realmente violenta—. ¡No eres más que una manipuladora!

—Y tú una hipócrita —insistió Judith casi con desgana, como si de pronto le aburriese la visión de la joven—. Este club puede tener de socio de honor a quien le plazca y cobrar la cuota que quiera, y no por eso será políticamente reprobable. Ah, no, ¡espera! Que todos aquí van engominados, son burgueses de derechas y llevan bigote y trajes caros… A ver…

Judith se aproximó a la ventana de su despacho y señaló hacia las pistas.

—¿Has visto?

—No sé qué quieres que mire, Judith.

—A las personas, Victoria, ¡a las personas! —insistió, mostrando grupos de deportistas en chándal y con actitud despreocupada cerca de las pistas—. ¿Es posible que haya algún fascista por aquí? Hum, es posible. En tu polideportivo de mierda también, ¿sabes? Aquí la gente paga una cuota sabiendo que no todo el mundo puede hacerlo, sí, pero es un filtro basado en el poder adquisitivo que también hay en colegios, restaurantes y hoteles. Ahí no te parece tan raro, ¿verdad? El que puede siempre intenta seleccionar un poco al de la mesa de al lado, aunque nadie pueda asegurarle que no sea un cabrón hijo de la gran puta, tenga dinero o no.

—No entiendo a cuento de qué viene que ahora…

—¿No lo entiendes? —Judith se había puesto seria—. Pues otra vez, antes de venir a tocarme los ovarios con el presidente de honor o con lo que hago o no hago por las mujeres en la ITF, mejor te lo piensas; lo meditas un poquito, ¿eh, guapa?

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