Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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De pronto, Judith respiró profundamente y esbozó una amplia sonrisa.

—En fin, querida Victoria, si no te importa ya nos hemos entretenido bastante y tengo muchísimo trabajo…

Y Judith Pombo terminó por despedir a Victoria con otro par de frases falsamente amables, sin que la joven supiese muy bien cómo habían acabado hablando de la monarquía, cuando ella solo había pretendido hacer una consulta sobre el ámbito deportivo femenino. ¡Qué mujer tan odiosa era Judith Pombo! Aquella ropa, aquellos aires de superioridad.

Victoria había salido de aquel despacho realmente molesta, y cuando abandonó la Real Sociedad de Tenis no pudo dejar de pensar que el mundo sería mucho mejor con algunas personas bajo tierra.

Bip, bip, bip.

«¿Y ahora quién demonios es?», se preguntó Valentina, mirando su teléfono móvil. Enseguida le cambió el gesto al ver que la llamaba el jefe del Servicio de Criminalística, Lorenzo Salvador.

—¿Valentina?

—Dime, Salvador. ¿Ya habéis terminado?

—Sí, hace unos minutos. Hemos hecho un diagnóstico estructural completo de la goleta, y te puedo asegurar que en ese camarote no hay ni entradas ocultas ni huecos invisibles.

—¿Seguro? ¿Podemos certificarlo al cien por cien? En un rato tendré que hablar de nuevo con Caruso y…

—Sí, ya me imagino —se anticipó él—, pero no hay duda. Hemos hecho una radiografía estructural de tres dimensiones mediante un escáner HiHi X-Radar P51000, que tiene una tecnología GPR…

—¿GP qué?

Ground Penetrating Radar, que permite detectar absolutamente todo lo no apreciable a simple vista, generando imágenes a escala con vista superior y trasversal, de modo que sabemos la profundidad a la que está cada elemento y su posición, y te aseguro que ahí solo había clavos, aislantes y tablones bien gruesos de madera, sin orificios, ni puertas ni cavidades ocultas.

—¡Vaya!

—Sí, la verdad es que esta tecnología es cojonuda. Hemos utilizado también un dispositivo de tecnología 3D portátil, para explorar más profundamente todas las estructuras existentes, así que en un par de días tendremos la topografía digital completa de la goleta, pero ya te aseguro que no hay nada, que es un barco normal.

—Esto complica el caso, porque que hubiera algún mecanismo oculto de entrada y salida era lo único que podía explicar que hubiesen apuñalado a una mujer encerrada ahí dentro sin que ahora quedase rastro del arma ni del asesino.

Valentina sintió cómo Salvador, al otro lado de la línea, carraspeaba suavemente.

—Ya… Pues te daré otra información que no sé si va a empeorar el asunto.

—A ver.

—Me acaban de llamar del laboratorio y ya tenemos el contraste de las huellas que tomamos anoche, tanto del camarote como de la tripulación y los invitados.

—Pues suéltalo, que la cosa difícilmente puede empeorar.

Valentina resopló, esperando cualquier resultado extravagante que enredase todavía más aquel caso imposible. El jefe del SECRIM sonrió al otro lado de la línea, aliviado en cierto modo por no ser él mismo el responsable de aquella investigación.

—Hemos detectado huellas de la propia víctima, todas cerca de la cama donde fue encontrada.

—O sea —dedujo Valentina, tras un segundo de silencio—, que no llegó al servicio.

—No lo parece.

—Pues se supone que esa era su intención inicial al encerrarse en el camarote, ir al baño… Sin embargo, entró, se cerró por dentro, se quedó ahí sola unos diez minutos y luego gritó, para morir prácticamente al instante… ¿No hay huellas de nadie más?

—Solo de la tripulación, en este caso del capitán y del primer oficial.

—Alan Alonso y Timoteo Comesaña.

—Sí. Hay más rastros, por supuesto, pero de nadie que estuviese anoche en la goleta.

—Es factible que haya huellas de esos dos, del capitán y el oficial… —razonó Valentina—. Era su barco y fueron ellos quienes registraron el compartimento cuando encontraron a Judith. ¿De los de la cocina y de Mikaël, el jefe de máquinas, nada?

—Nada en absoluto. Al menos no en el camarote ni en la puerta. El jefe de máquinas ni la tocó con las manos al reventarla.

—Tal vez… Tal vez quien asesinó a Judith se había puesto guantes.

—Es posible.

—¿Y el ojo de buey?

—¿El ventanuco pequeño?

—Ese. ¿Ahí tampoco había huellas de Judith?

—No, ni siquiera del capitán ni del primer oficial. Había algunas huellas, pero no parecían recientes, y desde luego no pertenecían a nadie de nuestra lista.

—Entonces es verdad, Judith murió apuñalada en una habitación completamente cerrada por dentro, puerta y ventana. ¿Cómo es posible?

—Eso, querida teniente Redondo, es lo que tú tendrás que averiguar.

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