Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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Dijo que era el caso más sorprendente e increíble que se le había presentado desde que presidía aquel tribunal. Una mujer había muerto (y podía descartarse la idea del suicidio o del accidente) en el aire, en un espacio reducido y cerrado. No podía pensarse que el autor del crimen fuera una persona situada en el exterior del aeroplano. El asesino había de ser necesariamente uno de los testigos que acababa de escuchar.

AGATHA CHRISTIE,

Muerte en las nubes (1935)

Clara Múgica estaba ahora en su despacho, que se encontraba en el edificio donde se ubicaban los juzgados de Santander. Era una habitación muy amplia, con grandes ventanales que daban a un breve campo de césped semiinterior. La forense era incapaz de concentrarse en los informes que tenía que preparar, y su mirada se escabullía de su ordenador hacia la gran mesa de juntas color haya que tenía enfrente, para terminar perdiéndose en las sencillas vistas del exterior. Había algo en la autopsia que había hecho aquella mañana que se le escapaba. En el cuerpo de Judith Pombo existía una evidencia indeterminada que su mente se empeñaba en asociar a algún tipo de información que no acababa de ubicar. ¿Dónde demonios habría visto ella algo parecido?

Y además, estaba el arma. Le fastidiaba terriblemente no haber podido ser más concisa en cuanto al arma blanca que se había utilizado para matar a la víctima. Y en aquello tenía una amplia experiencia, porque en la sala de autopsias era mucho más frecuente encontrar heridas causadas por cuchillos que por armas de fuego. Con Judith Pombo habían utilizado un instrumento punzante en forma de uve… ¿Qué sería? Lo más parecido que se le ocurría era un estilete, que era una daga con una hoja larga y aguda que permitía una penetración muy profunda. Sin embargo, no era un arma muy usual, sino más propia de la Alta Edad Media, cuando se la llamaba misericorde por ser muy frecuentemente utilizada para rematar a los caídos en batalla. Clara se frotó los ojos, y sintió cómo su curiosidad vencía a su cansancio. Buscó estilete en internet, y en tiempos más recientes solo pudo encontrar un instrumento similar en la primera guerra mundial, utilizado como arma de trinchera para combates cuerpo a cuerpo, pero aquella especie de daga era más gruesa y ancha. No, aquello no podía ser. ¿Habrían matado a Judith Pombo con un arma del Medievo, dándole una última misericordia?

Bip, bip, bip.

La forense miró sin especial interés la pantalla de su teléfono móvil. Lucas, su marido, estaba trabajando a aquellas horas, pues ejercía de médico en un centro de salud de la ciudad, y desde luego, con la cantidad de pacientes que tenía, no esperaba que dispusiese ni de un minuto libre para llamarla. Y no, no era él, sino Oliver Gordon. El joven y encantador Oliver, al que la unían vínculos familiares que había descubierto muy recientemente, y al que trataba de forma protectora y maternal. Los duros acontecimientos de los últimos meses los habían unido todavía más.

—¡Oliver! Qué bien que me llames, hacía ya días que no sabía de ti, y te dejé recado en Villa Marina para que…

—Ella está aquí.

—¿Qué? ¿Ella? ¿Ella quién…?

—Valentina. Está aquí, en el Palacio de la Magdalena.

—¿Y qué rayos haces tú en la Magdalena?

—Llevo toda la semana, de traductor en unas jornadas de tenis.

—Ah. De tenis…

A Clara le llevó solo medio segundo entender por qué Valentina debía de estar allí, teniendo en cuenta que Judith Pombo era la presidenta de la Real Sociedad de Tenis. Sin duda, debía de hallarse inmersa en las investigaciones del caso de homicidio en el que ella misma se encontraba pensando justo antes de que Oliver la llamase.

—¿Y la has visto? Perdona… Claro que la has visto, quiero decir, ¿habéis hablado?

—Sí, aunque solo un momento.

—¡Fantástico! —replicó la forense, emocionada—. ¿Y qué tal, qué tal?

—Distante. Ya sabes. Pero he tenido la sensación de que… No sé, de que todavía es posible, ¿entiendes? De que le ha emocionado verme.

—Sabes que ella te quiere. De lo contrario no habría… En fin, ya lo hemos hablado muchas veces. Pero si Valentina se mantiene en sus ideas, no veo cómo vas a hacerla cambiar de parecer, Oliver. Ella es muy fuerte… Y muy lista. Hoy hasta se las ha ingeniado para evitarme en un caso de homicidio.

—Entonces no es tan fuerte.

—¿Cómo?

—Si evita hablar contigo es que sabe que sus argumentos no son tan buenos y que la vas a debilitar.

—Ah, Oliver… Yo ya no sé si incluso ella tiene razón, si es mejor este respiro para que cada uno busque su propio camino, ¡el shock ha sido tan fuerte! Si volvieseis a estar juntos, vuestras vidas probablemente no serían nunca como antes.

—Es que yo no necesito que sean como antes, Clara. Lo que sucedió también tuvo que ver conmigo, te recuerdo que también fue mi hijo el que murió.

—Lo sé, Oliver, perdona… —La forense se maldijo por su falta de delicadeza—. Es que ya no sé si Valentina tiene razón, ¿comprendes? Tal vez sí necesitáis pasar página.

—No puedo creer que digas eso. No pienso abandonarla, aunque ella se empeñe.

—Yo no he dicho que…

—Tengo que colgar —zanjó él de forma abrupta, visiblemente enfadado—. Ya hablaremos.

Y Oliver cortó la comunicación, dejando a Clara Múgica con la sensación de haberle fallado, aunque su misión no era decirle al joven inglés lo que deseaba escuchar, sino lo que ella pensaba realmente. El sacrificio que había hecho Valentina era inusual, pero estaba cargado de lógica. Una manzana estropeada podía pudrir el resto de la fruta de un cesto. Y Valentina se había roto, sabiendo con certeza que su compañía ya no podía aportar luz a nadie. Que, de hecho, su propia oscuridad podía ser expansiva, ruinosa y demoledora. Su dolor era suyo y no quería compartirlo. Sabía que podía convertirse en un ser amargado y gris, pero si lo hacía debía estar sola y no arrastrar a nadie en su naufragio. Y nadie podía obligarla a ir por un camino que ella no deseara. Por mucho que Oliver se obcecase, ¿quién podría domar el espíritu de aquella teniente hermética, de inusual y extraño coraje?

Tras caminar por un largo pasillo de la planta baja del Palacio de la Magdalena se llegaba a una pequeña sala llena de sillones y sofás de primeros del siglo XX, que funcionaba como antesala y distribuidor. A su derecha, daba acceso a la antigua sala de audiencias del rey; a la izquierda, a la de la reina. En la práctica, y durante los cursos universitarios de verano, aquellos despachos eran utilizados respectivamente por el rector y por su secretaria, pero ahora el viejo recibidor de visitas de la reina estaba haciendo las funciones de discreto cuarto de interrogatorios para que Valentina Redondo y el sargento Jacobo Riveiro tomasen manifestación, tal y como ya habían hecho con Victoria Campoamor, a su tío Félix Maliaño, presidente de la Federación Cántabra de Tenis.

—De verdad que no sé qué más puedo contarles —se excusó el hombre acariciando su tripa.

Estaba sentado en un sofá tapizado con finas rayas verticales, de estilo rococó.

—Ya les he detallado todo dos veces, sin contar la de anoche a sus compañeros… Lo que ha sucedido es una desgracia, pero me temo que no les puedo ayudar —concluyó, encogiéndose de hombros y mostrándoles una sonrisa bonachona.

Valentina pensó que, si aquel hombre tenía algo que ver con el homicidio de Judith, desde luego era un actor excelente, porque irradiaba franqueza y cercanía en cada uno de sus movimientos.

—Señor Maliaño, dígame… ¿Quién cree que podría tener razones para matar a Judith?

—¿Matar? Mire, teniente, yo no lo sé… ¿Seguro que la han matado? ¿No será un accidente? Mire que estaba ella sola en el camarote, ya se lo dije.

—Fue apuñalada.

—¿Qué? No, no… ¡Imposible!

El hombre pareció asombradísimo; se levantó negando con gestos de su cabeza, incrédulo, y paseó hasta el gran ventanal, desde el que se veía parte del verde y colorido jardín de la Magdalena, que hacía contraste con el azul indómito del mar Cantábrico; la ventana se ofrecía, realmente, como el marco de un cuadro que mostraba el horizonte infinito.

—Ella… Ella gritó, ya se lo expliqué. Luego soltó aquel «No» tremendo, como si se le fuese la fuerza, ¿sabe?

—¿Y está seguro de que era su voz? —intervino Riveiro, interesado.

—No se lo podría asegurar, pero creo que sí. El tono de Judith era un poco ronco, tenía la voz grave… Sí, me pareció que era ella —concluyó.

—Pero no podría asegurarlo —tanteó Valentina.

—No, supongo que no podría.

—Bien… Entonces, ¿no se figura quién podría tener problemas con Judith? Supongo que usted la conocía desde hace tiempo.

—Oh, sí, desde hace años.

Félix Maliaño, como si sufriese un tic del que no se daba cuenta, volvió a acariciarse la tripa mientras rebuscaba en su memoria.

—Y créanme si les digo que Judith no caía bien a todo el mundo, pero yo admiraba sus logros profesionales y desde luego la respetaba.

—¿Y su sobrina?

—Quién, ¿Victoria?

—Sí, Victoria. Tengo entendido que tenía algunos… —Valentina simuló intentar ser delicada, aunque impostó conscientemente cierto dramatismo en sus palabras—. Digamos que tenía algunos desacuerdos con Judith. Sobre el apoyo de la ITF al deporte femenino y sobre los símbolos monárquicos del club.

—Ah, ¡eso! —Félix negó, restándole importancia, con la mano—. ¿No ven que Victoria es una niña? Ve clasismo en todas partes, y han existido clubs y asociaciones toda la vida… El hombre es un ser social y busca a sus semejantes, siempre será así. Ahora también hay manifestaciones antimonárquicas por la ciudad, que ya es lo que faltaba…

—¿Sí? No me diga.

—Poca cosa, cuatro okupas y perroflautas que no tienen nada más que hacer, ya sabe, y como ha venido el rey… Ya le digo yo que si llega a acudir el presidente del país, del partido político que fuese, harían lo mismo. ¡El caso es protestar!

—Ya.

—Y la pobre Judith, que en paz descanse —añadió, santiguándose—, era una mujer de armas tomar, ¿sabe? Dura, inflexible, pero sí que apoyaba el tenis femenino… Lo que pasa es que no se puede cambiar el mundo en un solo movimiento, ¿entiende? Hay cosas que solo evolucionan plantando la semilla en las siguientes generaciones, en las mentes nuevas.

Valentina se limitó a asentir y miró a Riveiro, que en esta ocasión no había sacado su libreta y se limitaba a prestar atención. Habían escuchado ya tantas veces el relato de lo que había sucedido en la goleta la noche anterior que ya prácticamente se lo sabían de memoria. Aquel debía de ser uno de los pocos casos del mundo en el que todos los testigos coincidían, sin contradecirse en ninguna de sus versiones, sobre el transcurso de una cena que finalmente nadie había podido degustar. La teniente se acercó a Félix Maliaño, cuyo semblante era la viva imagen de la inocencia.

—¿Y usted?

—¿Yo?

—Sí. ¿Usted nunca tuvo desavenencias con Judith Pombo?

—Oh, no… Soy un hombre tranquilo. Bastante tengo con gestionar la federación y mi empresa.

—Greenplanet, ¿verdad?

El señor Maliaño no disimuló su sorpresa al comprobar que ya lo habían investigado, aunque se recompuso de inmediato.

—Sí —confirmó con cierto orgullo—. Gestiono una empresa ecológica, de reciclado… Me gusta pensar que ayudo a proteger el medio ambiente.

—Pero Judith decidió no contar con sus servicios.

—¿Cómo sabe que…?

El hombre resopló y volvió a tocarse la barriga, esta vez solo por un segundo, para pasar después a frotarse la barbilla con cierta preocupación.

—Esa dichosa secretaria metomentodo, ya supongo que les habrá ido con el cuento…

—Cuéntenos —le animó Valentina.

—¿Qué quieren que les diga? En realidad no es para tanto, le ofrecí mis servicios a Judith y los rechazó, nunca llegamos a trabajar juntos. No niego que para mí habría sido fantástico entrar de su mano en un mercado más amplio con la ITF de por medio, pero ella nos recomendó ante la Federación Nacional de Tenis y en los últimos meses hemos cerrado unos contratos importantes con ellos. Pero, vamos, que ya funcionaba perfectamente sin Judith.

—Ajá —se limitó a replicar Valentina con tono descreído, confirmando a Maliaño que no resultaba creíble ni la bonanza incuestionable de su empresa ni aquel aire tan amable y desprendido por su parte.

—En todo caso, dígame, ¿en qué hubiera consistido su colaboración?

—¿En qué…? Oh, pues el campo del reciclaje es muy amplio…

El hombre ya había comenzado a ponerse nervioso, aunque, tras un suave carraspeo, rescató su discurso comercial habitual y logró no perder la compostura.

—A ver… ¿Saben cuántas bolas de tenis se producen al cabo de un solo año? ¡Trescientos millones, trescientos! Aunque claro, casi la mitad se utilizan en Estados Unidos… Suponen más de veinte toneladas de residuos de caucho difícilmente biodegradables, y en mi empresa las reciclamos para construir suelas de chanclas, revestimientos para instalaciones deportivas, raquetas…

—Vaya, ¿en serio?

Valentina y Riveiro se miraron sorprendidos.

—¡Y tanto! Con su reciclaje se reducen emisiones de dióxido de carbono, se optimiza la gestión de residuos…

—Qué raro que la señora Pombo no accediese a darle las pelotas estropeadas, entonces.

—Ah, ella las regalaba a los colegios; ¿saben para qué las usan? Las parten por la mitad y las ponen en las patas de las sillas de los niños, para que amortigüen y no hagan ruido, aunque yo a eso no lo llamaría reciclar en ningún caso —negó con firmeza, en un asunto que era evidente que había discutido otras veces—. Pero vamos, que sobre todo lo que yo le proponía a Judith era represurizar las pelotas para que así tuviesen una vida más larga y contaminasen menos en residuos, pero no quiso. Ella las regalaba a los colegios sin más.

—¿Y para qué las represurizan?, ¿para que boten bien? —curioseó Riveiro, interesado.

—Claro. Una pelota nueva bota a una altura de casi dos metros y medio, y el rebote debe alcanzar el metro treinta y cinco o el metro cuarenta, pero tras un partido ya pierde fuerza. Que, claro, una cosa es para entrenar o aprender, y otra para jugar en competición.

—Pero a Judith no le interesaba el servicio, por lo que veo.

—No, ella quería todo el material nuevecito —suspiró Félix, acomodándose en el sofá con dificultad, porque aquel canapé no estaba desde luego diseñado para que sus usuarios dejasen de mantenerse erguidos—. Y eso sí que era una manía burguesa, ¿eh? Porque ella miraba bien la peseta, ¡vaya que si la miraba! Pero no… —se encogió de hombros, como si le resultase imposible explicárselo—, nunca accedió a reutilizar el material, y fue imposible hacerla cambiar de parecer al respecto.

Valentina miró a los ojos a Félix Maliaño, buscando cuánto había de verdad en lo que les había contado. Le dio la sensación de que era buena persona, pero algo en su nerviosismo final alertó sus sentidos. ¿Y si aquel hombre de gesto bonachón guardaba más odios que los que confesaba con sus ojos?

FÉLIX MALIAÑO

—Pero, Judith, ¡piénsalo! Si hasta en el Roland Garros crearon un programa de reutilización de pelotas de tenis… ¿Sabes qué se hace con cada uno de esos cincuenta y tres gramos que pesa cada bola, eh? Revestimientos deportivos de gran calidad… ¡Hasta raquetas y alfombras!

Judith bostezó con desgana y dejó de teclear en su ordenador portátil. Miró a Félix Maliaño y se armó de paciencia. ¿Por qué la gente no solucionaba sus propios problemas de manera independiente? ¿Por qué siempre tenían que acudir a ella, como si fuese un salvavidas?

—Así que alfombras… —musitó, levantándose y dirigiéndose hacia el ventanal de su despacho en la Real Sociedad de Tenis—. ¿Te importa que fume?

—¿Eh? Oh, bueno… No, claro, es tu despacho.

—Bien… Pues, querido Félix, déjame que te cuente algo —comenzó, tras encender el cigarrillo y apoyarse de medio lado en el marco de la ventana—. ¿Conoces el papel reciclado? Ya sabes, ese que parece una masa grumosa sobre la que ha pasado una puta apisonadora… Lo odio. Me obligaban mis padres a usarlo de pequeña, ¿qué te parece? Para que no fuese una niña mimada, para que me concienciase. Aquellos horribles folios acartonados… —insistió, con gesto de desagrado—. Pero ¿sabes qué?

Félix se aproximó y se puso también de medio lado y cerca de la ventana, quedando frente a Judith. No dijo nada y se limitó a esperar a que se contestase a sí misma.

—Que no era lo mismo, querido Félix. No —negó con un ademán que pretendió ser gracioso—, no, señor, no era igual.

—Pero eso, eso… —replicó él, poniéndose nervioso— sería en el reciclaje de antes. Las técnicas se han depurado muchísimo y apenas puedes distinguir un papel del otro.

—Ah… —dijo ella, haciendo un gesto que pretendía imitar el de alguien realmente compungido—. ¿Pretendes engañar a una princesa, que intuye el más mínimo guisante bajo cien colchones?

—Que no, ¡de verdad!, Judith, piénsalo… Si no quieres darme las pelotas inservibles, de acuerdo, pero ¿cuántas bolas usáis en el club al término de, por ejemplo, un mes? ¿Seiscientas, setecientas? Si tenéis algún tipo de competición seria, una pelota no puede utilizarse si ha estado en más de tres partidos. Con nuestra máquina de represurización podemos dejar hasta trescientas pelotas a la vez en su presión original.

Judith sonreía y lo escuchaba, aunque solo pensaba hacerlo mientras le durase el pitillo entre las manos. ¿Cómo explicarle a aquel hombre tan aburrido que ella solo quería cosas nuevas, pelotas recién sacadas de sus botes presurizados originales? Lo observó mientras le seguía explicando las maravillas del reciclaje, y se sintió como si ella misma fuese una leona jugueteando con un insignificante ratón.

—… Y si un bote nuevo de tres pelotas te cuesta, por ejemplo, vamos a ver… cinco o seis euros, yo puedo devolvértelo correctamente presurizado por solo uno. ¿Ves? Ganas tú y gana el medio ambiente. Disponemos también de una válvula en los botes que evita la humedad en su interior y que…

—No te esfuerces —le cortó por fin Judith, acercándose a un cenicero y apagando el cigarro—. Te agradezco la información, pero cumplimos con toda la normativa y te aseguro que mi huella ecológica no va a ser la que permita que el planeta deje de ser verde y azul.

—Judith… —Félix se llevó las manos a ambos lados de la nariz en una postura que se asemejaba al rezo mientras buscaba nuevos argumentos—. Por favor… Greenplanet no va como yo esperaba, estos meses hemos tenido pérdidas. Sabes que tengo una familia que mantener. Si no quieres mis servicios para el club, de acuerdo, pero quizás a través de la Federación o incluso de la ITF, si nos recomendases…

—¿Me pides trato de favor?

—¿Yo? No, no… Esto no es una competición, no me consta que otras empresas te hayan ofertado lo que yo te ofrezco.

—¿Y por qué me cuentas milongas? ¿Acaso os estáis muriendo de hambre en tu casa? No, ¿verdad? Tu mujer trabaja de funcionaria como profesora y gana una pasta, ¿te crees que no lo sé? Claro, que se me ocurre otra explicación… —fingió dudar, caminando por el despacho con gesto reflexivo—, y es que cierto caballero haya dejado su trabajo porque se haya creído empresario, creando un tinglado de reciclaje sin tener ni idea. Y sin formación, ni curso especializado ni nada, se olvidó el caballero de uno de los principios comerciales básicos, que se resume en buscar clientes, pero no en acosarlos. Y mucho menos con historias penosas de familias a las que mantener.

—No te consiento que…

—¿Qué? ¿No me consientes… tú a mí? Creo que quien no te va a consentir es tu mujer, Félix, cuando sepa que los ahorros que has metido en esa mierda verde se han ido por el desagüe.

—Qué hija de puta eres.

—Esa boquita.

Ella lo miró a los ojos, y sonrió ante la rabia de su mirada y su desesperación; no le molestó el insulto, al contrario: le agradó que le plantase cara.

—Qué mal perder tenéis los hombres, de verdad. Qué pena. Pero no me tomes nada a mal, ¿eh, Félix? Si yo solo te digo lo que otros callan esperando que tu negocio se vaya al traste.

—Lo sé —reconoció él, mirándola a los ojos.

De pronto, y como si le hubiese conmovido aquella inesperada franqueza, Judith suspiró profundamente.

—En fin, si es que al final soy una blanda. Mira, me has cogido en un buen día… Dale las gracias al patrón de los pusilánimes y de las causas perdidas: le hablaré de tu empresa a la Federación, ¿de acuerdo? Pásame por correo todo lo que me has contado, pero bien bonito, ¿eh? Una presentación en condiciones. Y yo se lo reenvío con una buena recomendación.

—¿Lo harás?, ¿en serio?

El gesto de Félix se suavizó, pero su tono se mantuvo abiertamente desconfiado.

—Que sí, hombre. En este club no necesitamos reciclajes, pero a lo mejor en algún otro de veganos y ecologistas millennials te compran la idea.

Ella se acercó a él y le palmeó en la espalda.

—Y sin rencor, ¿eh? Que en los negocios siempre hay idas y venidas, ya sabes.

—Gr… Gracias —contestó él, apretando los labios—. Perdona por lo que te dije antes.

—Tranquilo.

—Te mandaré un archivo hoy mismo.

—Perfecto. Y ahora, si me disculpas, tengo bastante jaleo. Acabamos de comprar una goleta para que preste servicios en el club, y coordinar a los ineptos del astillero para la restauración me está llevando una vida.

—Ah, no sabía que… ¡Una goleta!

—Sí, espero que esté disponible para mayo o junio; va a venir Basil Rallis a Santander por las jornadas de tenis, y quiero darle un paseo por la bahía.

—¡Basil Rallis, aquí!

—El mismo… Tranquilo, hombre, que los de la federación local estaréis invitados.

Judith miró a Félix con una sonrisa forzada, que indicaba claramente que su tiempo de visita había terminado. De hecho, su buena acción como intermediaria del reciclaje había cubierto su conciencia para una larga temporada, y hasta el propio Félix sabía que no debía tentar en ella un cambio de opinión.

Se despidieron de forma artificialmente cordial, y al marcharse Félix pudo observar que Margarita, desde el despacho anexo, los observaba con atención. Sin duda, habría escuchado todo. Qué humillante había sido. Y qué mala persona le parecía Judith. ¿Cómo era posible que existiesen seres tan crueles, tan venenosos? Salió del edificio de la Real Sociedad de Tenis con una sensación agridulce. Por una parte, si Judith le echaba una mano lograría recuperar las últimas pérdidas de Greenplanet; era una mujer horrible, pero desde luego le constaba que tenía palabra. Sin embargo, por otra parte, ¿había valido la pena la degradación, la vergüenza a la que se había expuesto? Félix disponía de un corazón que por naturaleza no era rencoroso, pero mientras caminaba por la acera contemplando la playa del Camello no pudo evitar pensar que, sin Judith Pombo, el mundo sería un lugar mucho mejor.

El subteniente Santiago Sabadelle llevaba mucho tiempo sin subir por la cuesta que llevaba al faro de Cabo Mayor. ¿Para qué demonios iba a subir allí, si siempre soplaba un viento de mil diablos? Las vistas, sin duda, eran espectaculares, pero lo cierto era que el mar se veía desde todos los rincones de Santander, y él estaba muy ocupado con su trabajo, su grupo de teatro y su novia Esther, a la que había conocido no muchos meses atrás gracias a su actividad como actor en su tiempo libre. Ah, ¡qué pereza aquello que le había mandado hacer Valentina! ¿Podía haber algo peor que visitar a una familia en su momento de duelo inmediato, cuando acababa de fallecer uno de su clan?

Sabadelle apreciaba las cualidades de la teniente Redondo y admiraba su indiscutible rigor y competencia, pero estaba convencido de que una sección de investigación de homicidios estaría mucho mejor dirigida por un hombre. ¿Por qué no él mismo? Disponía de experiencia de sobra. Además, lo que le había sucedido a la teniente desvelaba con claridad que las mujeres no estaban hechas para trabajar a pie de calle. El tiroteo en La Albericia había sido inesperado, desde luego, pero se habría desarrollado de distinta forma si la teniente hubiese sido un hombre. Al menos, y eso no se lo podía negar nadie, no habría muerto ningún bebé si ella hubiese sido un varón. ¿Por qué demonios habrían permitido a las mujeres entrar en los operativos de la Guardia Civil? En una oficina, aceptable, pero en las calles… Aquello era cosa de los nuevos tiempos, de descerebrados irresponsables que se dejaban presionar por un par de manifestantes feminazis. Y ahora qué, ¿qué pasaría con Valentina? Él dudaba seriamente que se hubiese repuesto. La conocía, y sabía cómo era capaz de enmascarar sus sentimientos y emociones.

—Sabadelle, creo que es aquí —le avisó Marta Torres, tocándole el hombro desde su puesto de copiloto, porque era evidente que el subteniente iba a pasarse la lujosa finca de Mataleñas donde hasta ese momento había vivido Judith Pombo.

Sabadelle olvidó sus reflexiones y se centró en conducir un poco más despacio para acceder a la finca, cuyo portalón blanco estaba abierto. En la puerta se apostaban un par de fotógrafos y algún periodista, esperando que saliese la familia para lograr sus declaraciones o para al menos poder tomar alguna imagen luctuosa y dramática. Desde luego, la muerte de Judith Pombo había resultado lo bastante misteriosa y extraña como para suscitar curiosidad, y más tratándose de alguien tan importante en el círculo empresarial de la ciudad.

Un camino recto circundado de césped los llevó hacia el interior de la propiedad, girando a la izquierda a poca distancia; aquella curva se dirigía a un garaje cubierto con fachada de travesaños de madera al aire, que indiscutiblemente recordaba un antiguo estilo arquitectónico inglés. A la derecha, se alzaba imponente la casa, que casi parecía un castillo adornado con dos impresionantes chimeneas. Se componía de cuatro bloques diferentes, y uno de ellos se elevaba hasta tres plantas; una segunda estructura alcanzaba dos alturas, y otro par de edificaciones anexas, de menor escala, se habían conformado con solo un piso. Había que observar la vivienda durante un buen rato para hacerse una idea clara de su estructura. Deliciosos salientes, tejadillos y aleros por todas partes, tras los que cabía imaginar, en la fachada trasera de la vivienda, grandes ventanales para poder contemplar el ancho mar Cantábrico.

—Cuántos coches hay aparcados —observó Torres cuando se detuvo por fin su propio vehículo—, y casi todos de alta gama.

—Bah —se limitó a replicar Sabadelle, tras observar con desdén un Porsche último modelo—. Si total, para traerte y llevarte funcionan todos lo mismo.

—Lo digo por el nivel económico de las amistades que…

—¿Qué amistades? Ah, ¡juventud, qué inexperta! Torres, Torres, Torres… —le dijo con condescendencia a la joven mientras ya caminaban hacia la vivienda—. En nuestro trabajo somos como detectives, ¿entiendes? Como en las películas, igual. Y nunca podemos dar nada por sentado, ni siquiera un axioma que resulte muy evidente. Hay que contrastar, ¡contrastar! Quién te dice a ti que todos esos coches no son de la propietaria de la casa, ¿eh? ¿Puedes asegurarlo?

—Bueno, yo… —La joven guardia estaba un poco azorada—. Son estilos muy diferentes, y alguno creo que no tiene matrícula de aquí; si te fijas en aquel —señaló un moderno todoterreno—, por ejemplo, tiene muñecos infantiles en la parte trasera, y la víctima no tenía niños, de modo que…

—Ah, joder, ¿quién eres, Poirot? Una cosa es trabajar como detectives y otra es creerse Agatha Christie. Olvídate de los coches, suponen información insustancial. Un buen guardia civil tiene que distinguir qué es relevante y qué no, jovencita. ¿Cómo crees que llegué yo a ser subteniente?

Marta Torres contuvo el aire en sus pulmones, y soportó otros y variados comentarios displicentes con la mayor estoicidad posible. Al llamar a la puerta, les dejó pasar al instante una joven del servicio, que vestía como si fuese una asistenta de principios del siglo XX. En el interior de la vivienda, pudieron comprobar que se sucedían las visitas, los pésames rápidos y las preguntas ágiles: que qué había pasado, porque nadie lo sabía, y que qué pena. ¡Pobre Judith! Tenía que haber sido un desafortunado accidente, sin duda. En todo caso, una desgracia terrible. Unos se miraban a otros, queriendo saber y tomando cafés y licores que traía el servicio. Marta Torres contabilizó al menos una docena de personas, que debían de ser las propietarias de algunos de los coches que estaban en el exterior. Los rostros eran serios y las voces bajas, pero la joven guardia observó que nadie parecía especialmente desconsolado. A pesar de que ella y Sabadelle no iban vestidos de uniforme, algo en ellos parecía descubrirlos como elementos ajenos a aquella elegante fauna, y las miradas se posaron sobre ambos rápidamente.

A través de un salón sorprendentemente minimalista pero lleno de cuadros enormes y jarrones orientales, Sabadelle y Torres vieron cómo se les acercaba con paso suave una mujer delgadísima y vestida de forma clásica, en tonos discretos. Se alisó la falda innecesariamente antes de ofrecerles la mano derecha, reservando la izquierda para sostener un pañuelo.

—Buenos días, soy Melania, la hermana de Judith. Me han dicho que son de la Policía Judicial.

A pesar de que Sabadelle y Torres nunca habían visto a Judith con vida, ambos pudieron apreciar que Melania debía de ser algo más joven que Judith; no era una mujer tan atractiva como su hermana, ni en físico ni en actitud, pero sus ojos se vestían de cierta bondad, de una dignidad apagada y discreta que ofrecía cercanía.

—La acompaño en el sentimiento —se apuró a replicar Sabadelle a modo de presentación y con un rictus de exagerada gravedad; después, se presentó a sí mismo y a Marta Torres y confirmó su pertenencia a la Policía Judicial—. Disculpe que la molestemos en estos momentos tan dolorosos, pero es nuestra obligación investigar las circunstancias del homicidio de su hermana lo más prontamente posible para que…

Melania mostró un gesto de extrañeza, y Sabadelle pudo intuir por las marcas de su rostro que había estado llorando, por lo que el pañuelo de su mano, aparentemente, no constituía un artilugio decorativo para una falsa puesta en escena.

—Perdone… ¿Ha dicho homicidio? Pero si todavía no sabemos qué ha pasado. Yo creía incluso que un infarto, tal vez…

—Oh.

Sabadelle comprendió que había sido imprudente, porque en efecto sus compañeros habían informado la pasada noche del fallecimiento de Judith a la familia, pero la autopsia todavía no había sido notificada por conducto oficial, y la información de que ellos mismos disponían era una novedad de la que en principio solo tenían conocimiento la propia Clara Múgica y la Sección de Investigación de Valentina Redondo. El subteniente tomó a Melania con delicadeza por el brazo y le pidió hablar en un lugar más discreto, porque ella ya había comenzado a respirar de forma agitada. A Marta Torres no le pasó desapercibido cómo la mujer retorcía las manos: ¿estaría tan delgada por ese estado de constante inquietud o sus nervios se deberían a la tragedia familiar que había sucedido aquella noche?

Melania Pombo los llevó a un lateral de la gran mansión, y los hizo pasar a una especie de apartamento independiente, que se revelaba como una vivienda aparte, no por su ubicación, sino por su estilo decorativo, que era completamente distinto al que habían visto hasta el momento. Aunque al fondo estaba oscuro, el ambiente era mucho más cálido y acogedor que el del inmueble que acababan de atravesar. Aquí los sofás se vestían de tela en tonos suaves y los cuadros se dibujaban con paisajes de tintes ocres, amarillos y azules, mientras que las cortinas de color crema tamizaban la luz, abrazándola.

—Creo que aquí podremos hablar con la discreción debida —les dijo apurada Melania, retorciendo incansablemente el pañuelo entre sus manos—. Es mi apartamento privado, y ninguno de los invitados se acercará hasta aquí. Disculpen, pero hasta en la prensa se hablaba de un lamentable accidente… Díganme, por favor, ¿qué ha pasado?

Sabadelle le explicó con el mayor tacto del que fue capaz las conclusiones iniciales de la forense, y lo extraño que resultaba el caso al encontrarse Judith en un camarote completamente cerrado de La Giralda.

—Pero, entonces… —Melania no salía de su asombro—. ¡Lo que usted me está explicando supone un crimen imposible! ¿Cómo iba nadie a apuñalar a mi hermana en ese camarote? Tiene que haberse golpeado allí dentro con algo, tiene que… Dios mío, ¡tiene que haber sido un horrible accidente!

—Me temo que no, señora Pombo —le aclaró Sabadelle, inamovible en su gesto de perfecto caballero, aunque no pudo evitar chasquear su lengua antes de volver a hablar—. Si hubiese sido un accidente tendríamos el objeto con el que se habría golpeado su hermana, que además debería estar manchado de sangre… Y en el camarote no había nada.

—Tal vez todavía no han revisado bien lo que…

—Señora, el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil es prácticamente un cuerpo de élite, le aseguro que no se les ha pasado la supervisión de un solo milímetro de ese compartimento.

Marta Torres entornó un poco los ojos ante la pomposa aseveración del subteniente. ¿Cuerpo de élite? Le constaba que el trabajo de sus compañeros era excelente, pero el discurso de Sabadelle era un poco pedante, especialmente en aquellas circunstancias.

—Insisto —repitió Melania, incrédula—, no dudo de la profesionalidad de la Policía Judicial, pero si es cierto lo que me ha explicado, mi hermana ha muerto por culpa de una terrible herida en el pecho, y no por causa de un asesino fantasma.

—Tal vez le haya estallado el corazón.

La voz rasgada sonó desde la zona más oscura del apartamento, y su modulación grave y cavernosa sorprendió a todos, incluso a la propia Melania Pombo, que dio un pequeño saltito por el sobresalto.

—¡Mamá! Dios mío, ¡qué susto me has dado! ¿No estabas descansando?

—¿Cómo voy a descansar con el jaleo que están haciendo todos los imbéciles de ahí fuera?

Sabadelle y Torres buscaron con la mirada de dónde provenía exactamente la voz, pero solo pudieron intuir a alguien sentado en una sombra al final de un breve pasillo. Al instante, escucharon el sonido sordo de una especie de motor que a Torres le pareció de juguete, y que hizo que aquella silla se acercase progresivamente hacia ellos.

«Hostia puta…», masculló Sabadelle, viendo paulatinamente quién salía de la oscuridad. Era una anciana de cabello blanquísimo recogido en un moño suave y abombado en su cabeza, que le daba un aspecto antiguo; se parecía de forma extraordinaria a Judith, aunque con muchas más arrugas y con el cutis moteado en tonos rojizos y blanquecinos. Vestía elegantemente, aunque con ropa holgada y cómoda. Al llegar a su altura, la anciana frenó su silla de ruedas automática con un gesto rutinario y desenvuelto, aunque ella parecía extraordinariamente frágil.

—Perdone —reaccionó Sabadelle—, no sabíamos que estaba usted ahí. Lamentamos su pérdida.

—¿La lamenta? —Su tono sonó afilado—. Qué educada se ha vuelto la Guardia Civil.

—Mamá, tendrías que descansar, déjame que…

—Quita, quita… —negó la anciana con la mano, viendo que Melania se aproximaba—. No estoy cansada.

La mujer miró con afabilidad a su hija, aunque hasta el propio Sabadelle percibió en el gesto cierta condescendencia. Después, se dirigió hacia él.

—Soy Eloísa Montes, la madre de Judith. Descuiden —alzó la mano viendo que Sabadelle iba a hablar—, ya he escuchado lo que le han explicado a mi Melania. Alguien ha apuñalado a Judith, pero ustedes no tienen idea de por dónde tirar, ¿cierto?

Se abrió un breve silencio, en el que Sabadelle y Torres se miraron, desconcertados por la determinación y la falta de pesadumbre de la anciana. Fue Marta Torres la que se atrevió a hablar.

—¿Por qué… por qué ha dicho que a Judith tal vez le había estallado el corazón?

Eloísa Montes sonrió sin ganas, como si estuviese harta de sí misma y de sus propias ironías.

—Mi hija Judith no era una santa precisamente, ¿saben? En el fondo no era tan terrible como ella misma pensaba, pero en la superficie estaba llena de veneno. Si hubiese sido una serpiente, se habría muerto al morderse la lengua.

De pronto, abrió mucho los ojos y comenzó a reír a carcajadas, para después mostrarse pensativa.

—¡Una serpiente! No, no… He sido injusta. Mi pobre niña. Judith no era una serpiente venenosa… Ella era como una preciosa y enorme anaconda que asfixiaba a sus presas. Pero sabía hasta dónde apretar —matizó, sonriendo en un gesto de pretendida beatitud, que resultó terrorífico—. Mi preciosa niñita… —murmuró, perdiendo la mirada y comenzando a llorar.

—¡Mamá! Se acabó.

Melania se acercó decidida a la silla de ruedas de su madre y la giró hacia el fondo del pasillo; antes de llevársela, se volvió hacia Sabadelle.

—Vuelvo ahora mismo, mi madre no está para interrogatorios, como puede ver. —Melania se agachó hacia el oído de su madre para reconvenirla según iba empujando la silla hacia un cuarto del fondo, donde se pudo escuchar claramente cómo llamaba a alguien del servicio para hacerse cargo de la anciana.

—Joder con la vieja, está como una puta cabra —le confió Sabadelle a Torres en tono bajo y sosteniendo una sonrisa abrumada.

—Parecía demente, ¿viste qué ojos, cómo los abría? No tengo claro que quisiese mucho a su propia hija…

—A esa ahora le dan una pastillita y querrá a todo el mundo, ya verás.

Pasaron solo unos segundos y regresó Melania Pombo con gesto preocupado.

—Les ruego que me disculpen. Mi madre no está bien, como ya han comprobado. En los últimos meses también ha sufrido varios ataques de los suyos —comentó, bajando el tono y sin especificar la dolencia que aquejaba a la anciana—. No hagan caso a las barbaridades que ha dicho, los dementes suelen atacar más a quien más quieren —manifestó con resignación, como si ella tuviese que conformarse con agresiones más suaves y con un amor menor.

Sabadelle asintió con gesto comprensivo, y charló durante un rato con Melania de las circunstancias de su madre, hasta que consideró llegado el momento de profundizar un poco más y adentrarse en el entorno de Judith; a pesar de que insistió en la posibilidad de que alguien pudiese anhelar algún mal a la empresaria, su hermana negó que pudiese haber persona alguna que le desease la muerte, porque tal odio hacia Judith le parecía inconcebible. Le dieron vueltas a aquel asunto durante un rato, hasta que Sabadelle comprendió que por aquel camino no obtendría información de interés y cambió de estrategia.

—Entonces, la última vez que vio a Judith fue cuando llegó ayer desde Londres…

—Sí, señor. El avión había aterrizado con retraso, así que vino corriendo en un taxi, se cambió y se arregló a toda prisa y se marchó al evento en la goleta. Esa fue la última vez que la vi —añadió, conteniendo la emoción.

—¿Y se fue en su propio coche?

—Oh, no. Llamó a un taxi. Llegaba tarde y aparcar en el centro es un horror si vas con el tiempo justo.

—¿Y no le comentó nada de su viaje? ¿O algo que, en fin, le llamase a usted la atención? —preguntó Sabadelle sin esperanza y cansado de no lograr ir hacia ninguna parte.

—No, de verdad, apenas cruzamos unas palabras… Ya le digo que iba muy apurada, y estaba enfadada por el retraso del vuelo, y mi hermana enfadada era terrible —explicó la mujer, con una sonrisa que ya reclamaba con cierta nostalgia aquellos exagerados ataques de cólera.

—Comprendo, comprendo…

Sabadelle se sintió cansado, y por primera vez en meses consideró la posibilidad de hacer ejercicio y disminuir el volumen de su barriga, porque trabajos rutinarios como aquel lo agotaban y aburrían a partes iguales.

—Y dígame, ¿no hubo ningún cambio de rutina, ninguna novedad en la vida de Judith en los últimos meses?

—No, no… —negó Melania, profundamente pensativa—. Aunque Judith era muy suya, entraba y salía sin decir nada, a veces ni venía a dormir a casa. Pero vamos, era lo habitual.

—Entiendo. ¿Y vive aquí toda la familia?

—Sí… Mi madre, Judith y yo misma. Cada una tenemos un ala de la casa reservada.

—Como este apartamento —puntualizó Torres.

—Exacto. Este es mi apartamento y al fondo tengo una gran sala que es mi taller, soy restauradora de arte.

—Ah.

Sabadelle la miró con curiosidad. Supuso que aquella mujer restauraría objetos por puro pasatiempo, porque parecía evidente que no necesitaba trabajar para poder vivir holgadamente.

—¿Se dedica a eso profesionalmente? A la restauración, quiero decir.

—Sí, colaboro con una galería de Santander.

—Ya veo. Y esta casa… ¿Pertenece al patrimonio familiar?

—Pertenecía a Judith.

—Y, por un casual, no sabrá si su hermana había ya otorgado testamento…

Marta Torres volvió a entornar los ojos, asombrada por la falta de delicadeza de Sabadelle. «Joder, pregúntale ya directamente si se ha cargado a su hermana y si se lo ha encomendado a un buen sicario para multimillonarios».

—¿De veras me está preguntando por su testamento? Por Dios bendito, ¡ni siquiera sé todavía cómo ha muerto mi hermana!

Sabadelle chasqueó la lengua.

—Señora, en este caso aún no tenemos el cómo, pero ya disponemos del qué, así que precisamos determinar el porqué y el para qué. Es importante saber a quién podría beneficiar la muerte de Judith.

Marta Torres cerró los ojos y respiró profundamente, avergonzada con el galimatías de los porqués y los para qué con los que Sabadelle había dejado sin palabras a la compungida Melania. La hermana de la víctima sonrió con tristeza.

—Vaya, esto es como en las novelas. Motivo y finalidad, ¿cierto? —Suspiró—. Pues mire, ni Judith ni yo misma tenemos hijos, y hace mucho tiempo que ambas hicimos testamento aconsejadas por nuestros abogados. Precisamente está fuera el responsable del bufete, que es amigo personal de la familia, puede hablar con él si lo desea. Y sobre el testamento, yo…

Melania pareció dudar, y se quedó callada unos instantes.

—¿Usted…?

—Sí, yo… Perdone. Yo soy la heredera universal. Pero le aseguro que anoche estuve en casa y que no navegué en ninguna goleta. Puede verificarlo con el servicio —añadió, en un tono que evidenciaba que cualquier insinuación sobre su posible interés en la muerte de su hermana sería tomada como una ofensa.

Sabadelle asintió, indiferente al malestar añadido que había causado a Melania siendo tan directo. Se ofendiese o no aquella mujer, comprobaría dónde había estado la noche anterior, sin duda.

—Disculpe la insistencia, pero sería también interesante saber si su hermana disponía de alguna póliza de seguros o de algún tipo de garantía para el caso de que falleciese.

—¿Pólizas de seguros? —Melania negó sin mucho convencimiento—. No puedo confirmárselo, pero que yo sepa no tenía nada de eso. Aseguraba sus propiedades, pero por mera formalidad y para cubrir el precio de mercado, porque algunos inmuebles los tenía alquilados. Es un asunto que también podrá corroborar con Diego Rueda, el abogado que les comentaba; está fuera.

Todos se quedaron callados durante unos instantes, hasta que Marta Torres sugirió la posibilidad de ver el apartamento de Judith, por si allí hubiese algo que les ofreciese alguna pista. Melania accedió, y los guio a través de un retorcido pasillo que esquivó a las visitas curiosas y los llevó escaleras arriba hasta una pieza elegantísima, de muebles modernos y bien distribuidos. Sabadelle y Torres se pusieron guantes y registraron superficialmente el cuarto de Judith, que era completamente azul y disponía de unas vistas extraordinarias sobre el jardín de la vivienda y el mar abierto.

No encontraron nada de interés, más allá de un ropero enorme, lleno de vestidos elegantes y zapatos caros perfectamente ordenados; pero no había ni documentos ni objetos que pudiesen llamar la atención de forma marcada, ni apenas fotografías familiares, sino solo de sí misma: Judith montando a caballo, Judith con actores famosos en una fiesta, Judith en su mejor recorte visual, con su sonrisa más estudiada, a juego con ambientes elegantes y exquisitos vestuarios.

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