Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


7

Página 13 de 26

—Sería conveniente que cerrase este cuarto de forma provisional, tal vez la teniente de nuestra sección ordene que el Servicio de Criminalística lo registre.

Por pura rutina y protocolo, por supuesto, y en caso de que lo decida el juez.

—Descuide. Yo misma lo cerraré con llave cuando se marchen —accedió Melania, en un gesto resignado que a Marta Torres le pareció más una actitud habitual en ella que no un modo puntual de conducirse. Descendieron a la primera planta y allí Sabadelle conversó unos minutos con el abogado de la familia, que confirmó al subteniente lo que Melania le había detallado sobre el testamento y los seguros de Judith Pombo, aunque intercambiaron tarjetas para un posible y ulterior requerimiento de documentación.

Antes de marcharse, Torres se atrevió a hacerle a Melania una pregunta que le rondaba en la mente desde hacía varios minutos.

—Señora Pombo, perdone la indiscreción…

Torres obvió la mirada de Sabadelle, que la conminaba a callarse, pues era él quien dirigía las preguntas en aquella visita.

—¿Cree usted que si a Judith le hubiese sucedido algo importante en las últimas semanas… quiero decir, algo grave, se lo habría contado?

Melania perdió su mirada en el infinito, quizás buscando ser franca consigo misma.

—No lo sé. Si le digo la verdad, mi hermana Judith era a veces para mí una extraordinaria desconocida.

MELANIA POMBO

El olor a disolvente se colaba por las fosas nasales como si fuese un veneno alertando de su toxicidad. La cocina estaba impoluta, y solo dos pequeños recipientes ocupaban el fregadero, descolocando la imagen de completo orden y perfección.

—¿Qué mierda es esta que has dejado en la cocina, Melania? Ah, ¡por Dios! ¡Huele que apesta!

—Ay, ¡perdona, Judith! —Melania había entrado corriendo en la cocina—. Olvidé recoger los botes de disolvente, ya me los llevo ahora.

—¿No tienes tu propio taller? ¿No es lo bastante grande esta casa?

—Sí, sí, perdóname, Judith —insistió Melania conciliadora, advirtiendo por el tono de su hermana que ya venía enfadada desde antes de llegar a casa—, ahora mismo me lo llevo todo.

—Joder, si hasta me lloran los ojos, no sé cómo lo aguantas. Ni siquiera puedo descansar tranquila cuando llego a mi cocina, ¡es que es increíble! —añadió, abriendo la nevera y buscando lo que el servicio le hubiese dejado preparado para la cena.

—Pensé que hoy ya no ibas a venir, es tan tarde que… No volverá a suceder.

—Oh, ¡por Dios! Eres increíble, Melania. Con esa carita de buena para aquí y para allá… —le recriminó, desdeñosa y sirviéndose una copa de vino blanco—. Que si «perdón», que si «lo siento», que si «no volverá a suceder». ¿No te cansas de ser tan meapilas?

Melania miró a su hermana con desesperación. Sin decir nada, salió de la cocina y se llevó los botes, en los que había dejado varios pinceles con disolvente. Al llegar a su taller, se maldijo al darse cuenta de que había olvidado un par de utensilios. Regresó a la cocina para recogerlos imaginando ser invisible y procurando hacerlo rápido para evitar a Judith.

—Hombre, ¡mira quién ha vuelto! La revientacenas

—Judith, no sé si habrás tenido hoy un mal día, pero yo no tengo la culpa de que…

—¡Ah, querida, por supuesto que no! Tú nunca tienes la culpa de nada en absoluto, ¿verdad?

Judith alejó con la mano el plato con un guiso de pollo que le habían dejado preparado, y se concentró en servirse más vino y en observar a Melania.

—Ya ves, tus disolventes de los cojones me han quitado el apetito.

—Ya te he pedido perdón, no sé qué más quieres que haga.

—Nada. No quiero que hagas nada. Solo pido respeto para las zonas comunes, que para algo la casa es mía y vives gratis en ese apartamento de Pinypon que te has montado.

—Me he ofrecido a pagarte un alquiler, Judith. —Melania apretó los labios, indignada—. Y sabes bien por qué vivo aquí.

—Ah, es verdad, que sin ti mamá no podría soportar cada amanecer —replicó Judith, llevándose la mano al corazón y fingiendo dolorosa preocupación—. Aunque con las dos auxiliares de enfermería que le pago creo que podría apañarse. No te ofendas.

—Al menos estoy en casa y le hago compañía.

—Sí, bueno, tengo entendido que no tienes mucho más que hacer.

—Yo también trabajo, Judith.

—Es verdad, esa porquería que haces con los disolventes. —La dueña de la casa sonrió con gesto de inocencia, como si se hubiese acabado de dar cuenta de que con el comentario podría haber ofendido a su hermana—. Puro arte, perdona. A veces creo que a Mario le dio el infarto solo de respirar todo ese aguarrás, joder.

Mario. El difunto marido de Melania, que había muerto hacía ya dos años y medio, dejándola viuda. Había sido la propia Judith la que había insistido en que viviesen juntas desde entonces, porque así ambas podrían disfrutar aquel caserón enorme manteniendo cierta independencia y cuidando a su madre de forma más cálida, sin internarla en una residencia. Normalmente la convivencia era correcta, pero cuando Judith había tenido un mal día se volvía tiránica, cruel e insoportable. Y Melania podía aguantarlo casi todo, pero no que Judith mencionase de aquella forma a su difunto marido. Tragó saliva y miró a su hermana fijamente a los ojos. Tomó aire antes de hablar.

—Mañana mismo haré las maletas. Fue un error venir a vivir contigo. Vendré a visitar a mamá cuando tú no estés en casa.

Judith cambió la mirada, suavizándola inmediatamente, y abandonó su copa de vino para acercarse a su hermana.

—Perdona, de verdad, perdóname —le pidió, tomándola de la mano—. No sé qué me ha pasado ni por qué he dicho esa bestialidad. A veces me odio a mí misma… Estoy acostumbrada a ser una apisonadora, ¿entiendes? Todos esperan eso de mí. —Miró hacia el suelo, reflexiva—. A veces se me olvida quitarme el abrigo de bruja al llegar a casa. Lo siento.

Melania suspiró. Quería a su hermana, pero a veces la ponía tan al límite que ya no le importaba la familia, ni su trabajo ni la posibilidad de tener que malvivir de sus actividades como restauradora si no fuese por el soporte de Judith.

En realidad, Melania a lo que tenía verdadero terror era a quedarse sola, a esa agonía de estar día a día solo consigo misma y sus recuerdos; sin embargo, todavía disponía de dignidad, de cierto orgullo norteño.

—De acuerdo, no pasa nada —declaró, suspirando y perdonando a Judith—, pero desde este mes te pasaré una cantidad por los gastos de mantenimiento de mi apartamento.

—No digas tonterías. Iba a pagar la luz y el agua igualmente. De verdad, perdóname —insistió, haciendo un puchero y sabiendo que Melania ya se había ablandado—. He tenido un día horrible. Reuniones y más reuniones, organizar lo de la botadura de la goleta del club, que será en dos semanas… Un evento interminable de Smart con ejecutivos nuevos ricos que han ido en deportivos con sus familias, enlatándolas en los coches… De verdad que no he visto palurdos más grandes en mi vida.

Melania sonrió imaginándose la estampa.

—¿En serio?

—Te lo prometo. Ricos gilipollas que podrían conducir todoterrenos de lujo de diez plazas, pero que llevaban a la prole en Ferraris y Lamborghinis diminutos de segunda mano. Me pregunto cómo nuestro país no ha explotado todavía siendo un hombre el presidente, la verdad.

Ambas hermanas rieron y tras un rato más de anécdotas y de conversación, Melania accedió a beber también una buena copa de vino blanco. La familia a veces era la que más duramente hería, pero ella se sentía afortunada por poder compartir tiempo con Judith. La conocía bien, y no era tan fiera como se mostraba a los demás; aunque en ocasiones, como aquella misma noche, experimentaba durante unos segundos deseos viscerales de matarla con sus propias manos.

Mientras ambas hermanas hablaban bajo la tenue luz nocturna de la cocina de Mataleñas, su madre escuchaba y sonreía desde la oscuridad de un cuarto cercano de la planta baja, creyendo que sus cachorros, a pesar de ser tan diferentes, siempre sobrevivirían.

Ir a la siguiente página

Report Page