Lo que la marea esconde
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En lo que ahora me propongo prescindiremos de los ocultos móviles del drama y concentraremos nuestra atención en su apariencia.
EDGAR ALLAN POE,
Los crímenes de la calle Morgue (1841)
Hay esperas de un minuto que se hacen demasiado largas, y eternidades que se abrevian con un solo gesto y por causa de alguna inesperada revelación. Oliver Gordon había descubierto, justo en aquel preciso instante, que se había cansado de esperar, de tener paciencia y ser comprensivo. Las recomendaciones de psicólogos, de amigos y familiares… todas eran bienintencionadas, y en cada comentario se guardaba un soplo de tibia sabiduría, pero solo eran términos, voces, palabras. Y él era carne, sangre y huesos; era vida, era rabia y decisión, y no pensaba permanecer durante más tiempo en aquel dique seco, esperando un milagro. Tras colgar el teléfono a Clara Múgica, Oliver se dirigió a buen paso hacia su puesto de trabajo en el comedor de gala del Palacio de la Magdalena, pensando qué podría hacer para citarse con Valentina y hablar seriamente con ella. Y no sería fácil, porque no buscaba conquistarla, sino convencerla: ¿acaso había existido alguna vez un amor sin desperfectos, sin ruinas que cubrir con tupidas hiedras?
—¿Señor Gordon? Por aquí, le toca ahora.
—Sí, por supuesto.
Oliver miró al ujier con gesto profesional e intentó concentrarse en su trabajo. Durante aquella semana había asistido como traductor en otras muchas salas habilitadas como centro de conferencias: desde el antiguo salón de baile hasta la vieja biblioteca, que ya no albergaba ni un solo libro. Su puesto en el comedor de gala le agradaba especialmente, porque gracias a un ingenioso sistema oculto de cableado, micrófonos y altavoces, podía trabajar sin ser visto en unos habitáculos escondidos de la entrada, donde antiguamente el rey Alfonso XIII exponía algunas de sus piezas de caza.
Según se acercaba a aquellos espacios secretos habilitados para los traductores, por la mente de Oliver pasaban fugazmente imágenes de meses atrás, rápidas como disparos. Después del drama vivido el día del tiroteo en La Albericia, había llegado el ruido. La prensa, el revuelo mediático. Y en un mundo más pequeño, la explosión familiar. Los padres y la hermana de Valentina habían viajado hasta Santander desde Galicia, y Arthur Gordon, padre de Oliver, desde Escocia. Los atendieron psicólogos y les facilitaron técnicas para asumir la pena, el dolor. Aunque Valentina nunca decía nada, asentía a todo sin contradecir ni contraargumentar, en una mansedumbre impropia. Resultaba inquietante aquel silencio.
Se sucedieron las semanas en el hospital, y más tarde en casa, en completo reposo. Se respiraba en el ambiente una tristeza silenciosa, en la que el miedo se rumiaba, se tragaba y se regurgitaba constantemente, masticándose con dureza. Hasta que por fin se quedaron solos. Oliver y Valentina lloraron a su hijo, a lo que no pudo ser y a lo que ya nunca tendrían, y ambos volcaron fuera de sí toda su rabia, asimilando su nueva situación. Pero así como él asumió el golpe esperando que el tiempo cumpliese su función sanadora, ella no obtuvo con su llanto ni desahogo ni esperanza. Porque Valentina no quería ser una víctima; ella quería ser la condena de los malvados.
Una tarde, mientras aún estaba de baja, se levantó de la cama y, enredada en una manta, se acercó a Oliver, que trabajaba con su portátil y con un humeante café sobre la mesa del porche de su cabaña en Villa Marina. Ella se apoyó en una de las columnas de madera que sostenían el tejadillo y miró hacia el mar, fijando la vista en la Isla de los Conejos y manteniéndola allí clavada un buen rato antes de comenzar a hablar.
—¿Sabes cómo se elige un amor?
—¿Qué?
Oliver la llevaba observando desde hacía un rato; al principio, contento de que se hubiese levantado; después, preocupado por el gesto de ella, triste pero frío, lleno de determinación.
—¿Cómo se elige? No lo sé, baby, supongo que no es una elección, que sucede sin más. Química y afinidad.
No se atrevió a levantarse, a aproximarse para abrazarla, porque había intuido que ella se preparaba para decirle algo importante.
—Química y afinidad —repitió ella, sin mirarlo—. Y geografía, ¿no crees?
Oliver no respondió y se limitó a esperar. Resultaba muy inquietante verla hablar así, mirando a la nada y con aquella serenidad, como si de pronto Valentina fuese capaz de caminar sobre la niebla y dispusiese de un conocimiento que a él se le escapaba.
—¿No te parece raro que, casualmente, el gran amor en la vida de alguien suela vivir en su misma ciudad, en su barrio?
—Yo soy inglés y tú española, no veo la casualidad.
Ella se volvió hacia Oliver y lo miró a los ojos.
—Ya me entiendes.
—No. No sé adónde quieres ir a parar.
Oliver comenzó a sentir un desagradable hormigueo en el estómago. Ella no se mostraba irónica, ni enfadada ni devastada por el dolor. A él le resultó indescifrable. Valentina volvió a mirar hacia el mar y continuó hablando.
—Buscamos la afinidad en nuestro entorno, y casi siempre la terminamos encontrando. Cuestión de química —añadió, sonriendo y concediéndole la razón en aquello— y de azar.
Él se levantó de golpe y se acercó a ella salvando el par de metros que los separaban. La tomó de las manos, que ella le cedió como si no le perteneciesen.
—Me estás asustando. ¿Qué pasa?
—Voy a marcharme, Oliver —le dijo mirándolo por fin de nuevo, con su único ojo verde más oscuro que nunca.
—¿Cómo? ¿Marcharte adónde?
—A Santander. Buscaré un piso… Debes seguir tu camino sin mí.
—¿Qué estás diciendo?
Oliver notó cómo se le iban deshaciendo el control, la paciencia y la calma.
—¿De qué coño de camino me hablas? Es nuestro camino, Valentina, ¡nuestro! Superaremos esto juntos, te lo prometo.
Por primera vez ella alteró el tono, tal vez para darse fuerzas ante lo que iba a hacer. Su dureza e ironía sorprendieron a Oliver.
—No te cansas, ¿eh?
Lo observó como si fuese la primera vez que tenía la oportunidad de examinarlo.
—¿No te mata ser siempre el perfecto caballero, el eterno tipo simpático y optimista? ¿De verdad no te harta tener que llevar siempre a la espalda las mierdas de los demás?
—¿Qué…? —Él no terminaba de comprender—. No estás bien, baby, tienes que descansar, llamaré al médico y…
—No llames a nadie, Oliver. Los médicos ya nos han dicho todo lo que nos tenían que decir. No puedo darte hijos, no podré hacerlo nunca. He perdido el bazo y tengo dañado el páncreas. ¿Cuánto tiempo de vida saludable crees que me queda? Eres joven y encontrarás una mujer increíble, lo sé. Me iré mañana y después de un tiempo comprenderás que es lo mejor.
Oliver no daba crédito.
—¿Qué dices? ¡Pero… pero qué dices! ¿No ves que te quiero? ¿Es que no lo ves?
Se separó de ella un par de pasos mientras Duna, la pequeña beagle, ni siquiera se atrevía a juguetear a sus pies, como si hubiese intuido la gravedad de la escena. El joven inglés volvió a acercarse y a tomar a Valentina de las manos, incapaz de disimular su asombro y apenas de contener las lágrimas.
—¿Es por eso, por los niños? ¡Me da igual, joder! Si queremos tenerlos los adoptaremos, ¡a quien quiero es a ti! ¿No lo entiendes?
—Lo entiendo todo, Oliver —contestó ella con una serenidad irritante—. Es más sencillo de lo que parece. Solo tenemos una vida y debemos hacer con ella lo que nos salga del corazón. Y a ti te sale tener una familia, y me parece maravilloso. No porque ahora quieras hacer lo correcto vas a dejar de sentirte así.
—¿Sentirme cómo? ¿Estás ciega? Solo quiero estar contigo, no necesito más.
—Hoy no, es cierto. Hoy es suficiente. Pero ¿y mañana? ¿Y dentro de un par de años, cuando nada en nuestras vidas haya evolucionado y veas los críos de los demás en los parques?
Oliver se puso muy serio y habló con vehemencia.
—Estaría mal de la cabeza si mi felicidad dependiese de tener hijos o no, Valentina. No niego que me gustaría muchísimo, pero los hijos nacen y luego se van, la familia somos tú y yo. Y si los quisiera, los adoptaría y punto.
—No sería lo mismo.
—¿Por qué no? —Su voz sonó desesperada—. A quien más queremos en la vida, la pareja con quien formamos una familia, no es de nuestra sangre, precisamente. ¡Hay muchos modelos de familia, for heaven’s sake!
—Mi trabajo no es seguro y no me puedo comprometer a cuidar una familia, del tipo que sea. Y te recuerdo que mi pronóstico de vida ya no es tan extenso como debiera. Vivir con alguien enfermo puede llegar a ser una condena, y yo te fallaría muchas veces… En horarios, en compromisos y cuidados.
—¿Y cómo hacen el resto de las mujeres policías del mundo, me lo explicas?
—No lo sé —se limitó a replicar ella, con la mirada perdida—. Supongo que otros les criarán los hijos, o algunas trabajarán en las oficinas; pero yo no puedo limitarme a pasar informes, Oliver.
—No te pido ningún sacrificio, no lo necesito. Te quiero sana o enferma, con o sin bazo, joder. Tú haz lo que tengas que hacer en tu trabajo, que yo estaré en casa y me encargaré de todo, ¿qué más quieres? ¡Dime!
Ella fortaleció de nuevo su tono y volvió a mirar con fijeza al frente, hacia el horizonte infinito que le ofrecía el mar.
—Cuando pasen los años me lo agradecerás.
—No estás bien.
Él intentó acercarse y abrazarla, pero Valentina tomó aire profundamente y lo rechazó con suavidad. Oliver no desistió.
—¿Y si fuese yo el estéril?
—¿Qué?
—Sí, si fuese yo quien no pudiera tener hijos, ¿me dejarías?
—Por supuesto que no.
El gesto de incredulidad de Oliver fue evidente.
—¿Entonces?
—Es distinto. Yo nunca he sentido ese instinto familiar que tú tienes, esa necesidad. Nuestro hijo me hizo feliz porque era nuestro, no porque yo desease ser madre como un objetivo en mi vida.
—Ser padre tampoco es una meta fundamental en la mía.
—Mientes. Te engañas a ti mismo.
La mirada de Valentina se volvió gélida.
—Lo siento, pero ya he tomado esta decisión.
—Are you kidding me?
Oliver comenzó a alterarse y a elevar el tono hasta casi el grito, desesperado.
—¡No es tu decisión, Valentina! ¿Desde cuándo decides tú por mí?, ¿me lo explicas? Crees que eres muy sabia y muy generosa, pero no tienes ni idea, joder, ¡ni idea!
Valentina lo miró a los ojos muy seria, con una tristeza serena.
—A veces el amor no lo es todo. No es suficiente.
—Claro que no, la vida está llena de putadas, ¿te crees que no lo sé? Y te sientes culpable, y te quieres imponer un castigo, como si no fuese suficiente ya todo lo que nos ha pasado.
Él tomó aire y se sintió más fuerte al comprobar cómo a ella le había sorprendido el comentario.
—Qué te crees, ¿que no he hablado yo también con los psicólogos? —La tomó de nuevo de las manos y la apretó con fuerza—. No fue culpa tuya, ¿entiendes? ¡No lo fue! Y tampoco mía, ¿por qué quieres castigarme a mí?
Valentina pareció dudar un segundo, pero al instante negó con la mirada. Discutieron durante casi dos horas. Lágrimas, argumentos, dudas y certezas. Ella no pensaba permitir que él renunciase a aquella fortísima ilusión por ser padre. Lo había visto en sus ojos. Y se amaban, sí, pero ¿qué importaba? ¿No era el amor algo que sucedía todos los días? Química, afinidad, azar y geografía. Pero por parte de Valentina había más. El recuerdo, el mirarse y saber que habían vivido juntos aquel pozo insondable de tristeza en el que ella había sido la causa de la oscuridad. Porque Oliver tenía razón, se sentía responsable. Lo que había sucedido había sido culpa suya, de su imprudencia. De su ánimo por trabajar hasta el último instante, de su inconsciente acción por salvar al teniente Silva, olvidando a su propio hijo y a sí misma. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida, tan egoísta? Aquella culpa iba a corroerla por dentro y a convertirla en un ser absurdo, amargado y despegado. Oliver no lo merecía.
Durante varios días, Valentina atendió las llamadas de su familia desde Galicia, que la animaba a recapacitar. Su hermana Silvia había sido especialmente insistente, pero no había logrado que cambiase de opinión. Las visitas de la forense Clara Múgica, que aunque ya estaba a punto de comenzar la menopausia nunca había podido tener hijos por culpa de unos miomas intrauterinos, tampoco lograron grandes avances; ni siquiera su propia experiencia por su imposibilidad de acceder a la maternidad o sus sabios consejos vitales habían hecho rectificar a la teniente Redondo.
Oliver, incansable, había aparecido varias veces por la Comandancia de la Guardia Civil y en la puerta de su hotel, pero las visitas inesperadas se habían ido espaciando. Valentina pensaba que, como sospechaba, no era más que cuestión de tiempo que el corazón de Oliver la olvidase, se curase y pudiese comenzar una nueva historia con alguien. Una historia limpia, fresca y blanca, no teñida de tristeza ni de sombras.
Pero ella no sabía que Oliver no había tirado la toalla ni por un segundo. Solo le estaba dando tiempo. Él, siguiendo el consejo de los psicólogos, confiaba en que el paso de los días, y tal vez la cordura y la lógica, debilitasen los argumentos de Valentina y emborronasen las tristezas del pasado.
Y ahora, delirios de la vida, ambos volvían a encontrarse gracias a un extraño crimen. Pero la situación iba a cambiar, porque a Oliver se le habían agotado la paciencia y la confianza en aquella cordura que no terminaba de llegar y asentarse.
El joven inglés llegó por fin a la entrada principal del gran comedor de gala, y se vio obligado a abandonar sus pensamientos y recuerdos, porque le tocaba trabajar. Pudo ver ya a muchos deportistas y médicos alrededor de la enorme mesa rectangular, con capacidad para más de treinta personas, y con discreción entró en una de las dos pequeñas salas habilitadas para traductores.
Cada salita disponía de espacio hasta para cuatro traductores, conectados con los usuarios a través de sofisticados micrófonos que llegaban hasta la enorme mesa, bajo la que estaba camuflada una extraordinaria cantidad de cableado. En todo caso, los traductores podían observar todo lo que sucedía en el antiguo comedor a través de una enorme ventana, camuflada con un espejo de marco barroco que permitía que los intérpretes pudiesen ver la habitación sin que los que se encontraban en ella pudiesen hallar en él nada más que su reflejo.
Oliver tomó aire y miró el comedor de gala desde detrás del espejo, como si fuese un espía invisible, dispuesto para traducir lo que fuera que dijese el médico americano sobre la patología de los nervios supraescapular y de Charles Bell en los tenistas. Le resultaba difícil recomponerse tras haber visto a Valentina. Deseaba tanto terminar con todo aquello y volver a su vida de antes. Entendía la nobleza de la actuación de Valentina, pero él no quería aquel gesto liberador, más propio de héroes dramáticos que de personas de carne y hueso.
Oliver intentó centrarse y se puso los auriculares mientras observaba a los que entraban en el comedor de gala. Una joven muy guapa de ropa bohemia y cabello rizado y voluminoso charlando con un chico en silla de ruedas, a los que ya había visto otros días. Le sonaba que ella tenía un puesto en la Federación Cántabra de Tenis y que él era Pablo Ramos, el jugador del que todos los traductores hablaban por sus últimos méritos.
Unos segundos después, accedió al antiguo comedor el famoso Basil Rallis, y tras él, aunque Oliver no sabía sus nombres, fueron entrando junto con otros asistentes, y por separado, Margarita Rodríguez, Rosana Novoa y Marco Fiore, que tomó a su esposa por la cintura y le dio un breve beso en los labios. A Oliver le pareció la típica actitud de redención: quizás aquel hombre había hecho algo para disgustar a su mujer y ahora se mostraba más solícito de lo habitual. La diferencia de edad no le llamó la atención. Sin embargo, pasados unos segundos, su memoria comenzó a conectar historias dormidas a las que no había prestado atención, preocupado con sus propias pérdidas y recuerdos. Aquella semana había visto a todos aquellos invitados, que ahora escuchaban al médico y que en unos minutos atenderían la nueva ponencia de Rallis en razón de su experiencia personal en cuanto a lesiones tenísticas y tratamientos.
Había algo en todo aquel grupo de invitados que le chocaba. ¿Qué sería? De pronto, le vino a la mente una imagen y una conversación suelta que había oído desde su puesto secreto en la sala de traductores. ¿Qué… qué era aquello que habían dicho? Y no solo eso, ¡sino lo que habían hecho! El corazón de Oliver comenzó a latir a mucha velocidad. Tenía que hablar con Valentina inmediatamente.
Valentina Redondo miró la pantalla de su teléfono móvil. Oliver. No, ahora no era el momento. No solo se sentía incapaz de hablar con él para rechazarlo de nuevo, sino que además estaba trabajando. No habría podido atender ninguna llamada en aquellas circunstancias, pero saber que era Oliver quien estaba al otro lado la obligó a tomar aire para tranquilizar sus nervios. Tenía sentado a solo unos metros a Emilio Rojas, presidente de la Confederación de Empresarios y último de los invitados a La Giralda que le quedaba por entrevistar. El hombre era corpulento y de ademanes algo toscos, que contrastaban con la pulcritud de su escaso cabello repeinado con gomina hacia atrás, dejando bien despejada una frente que ahora se arrugaba por pura perplejidad.
—De verdad que no comprendo para qué necesitan de nuevo mi declaración, ya les dije anoche a sus compañeros todo lo que había sucedido.
Valentina lo miró inexpresiva y un tanto hastiada de escuchar con tanta frecuencia aquella redundante queja; sin duda, si quien hubiese muerto hubiese sido un familiar o alguien querido, aquellos que tanto se quejaban serían los primeros en exigir investigaciones exhaustivas.
—Seguimos un protocolo rutinario, señor Rojas. Comprenda que ha fallecido una persona.
—Por supuesto, pero repetir lo que ya he dicho es un absurdo.
—Si no le importa, en este asunto yo decido lo que es o no es absurdo —le cortó Valentina con tono autoritario—. Y si no quiere colaborar cordialmente, podemos tomarle manifestación en la Comandancia, ¿le parece?
—Señora, no se ponga usted así, que…
—Teniente.
—¿Qué?
—No soy señora, soy teniente de la Guardia Civil y dirijo una sección de homicidios. Y no tengo tiempo que perder, señor Rojas, porque mis minutos son tan valiosos como los suyos. ¿Le parece que nos centremos en este asunto para terminar lo antes posible?
—Me… Me parece. Disculpe si…
Emilio Rojas se había puesto muy colorado, y Riveiro miraba a la teniente sin disimular su gesto de asombro: la antigua Valentina no solía ser tan cortante, pero ahora ya tenía claro que tendría que acostumbrarse a aquella nueva dureza. La teniente no pareció interesada en regodearse en aquella victoria de preeminencia de poderes, y no permitió que el presidente de la Confederación de Empresarios terminase de disculparse.
—Bien, centrémonos —insistió—. ¿Hacía mucho que conocía a Judith Pombo?
—No, no… En alguna ocasión yo ya la había visto en algún evento, pero ni me la habían presentado ni había hablado con ella. De hecho, anoche fue la primera vez que la saludé en persona.
—¿La primera vez?
—Sí, hace solo unas semanas que soy el presidente de la Confederación, y hasta la fecha no habíamos coincidido.
—Vaya. ¿Ni siquiera habían hablado por teléfono?, ¿nada?
—No, se lo juro.
—¿Y qué sensación le dio al conocerla?
—¿Sensación? No sé, un poco distante y fría, la verdad. Nos saludó a los invitados de pasada antes de bajar directamente al camarote, y todos pudimos escuchar la bronca que le echaba a la pobre secretaria… Después se encerró y cuando la volví a ver estaba muerta, ya se lo he contado.
—Sí, ya me lo ha contado. Pero aquella cena era en honor a Basil Rallis, no entiendo aún muy bien por qué estaba usted invitado.
—Viniendo una vieja gloria como Rallis, supongo que lo que se procuró fue acogerlo con una representación básica de las personalidades del club con un poco de peso en la ciudad —explicó con abierto orgullo—. La Confederación de Empresarios colabora con la Real Sociedad de Tenis en razón de las empresas satélites vinculadas a la organización. Ya sabe, suministros, limpieza, salud, vestuario, fiestas… Este último punto iba a comenzar a ser importante, y con esa cena prácticamente lo inaugurábamos.
—¿Importante? ¿Por qué?
—Porque Judith pensaba utilizar la goleta no solo para fiestas lúdicas, sino para negocios, realizando eventos en ella y en el club que atrajesen a Santander a empresarios de distintos puntos nacionales e internacionales. Piense que ella siempre salía ganando, porque por poco que se hiciese, Smart siempre iba a ser la encargada de organizarlo todo.
—Ya entiendo.
Valentina pensó que Judith Pombo, desde luego, no daba puntada sin hilo y, más allá de los pocos o muchos afectos que generase, debía reconocer que era una gran mujer de negocios.
—Y si nunca había hablado directamente con Judith, ¿cómo dispone usted de esa información?
—Me la facilitó mi predecesor, por supuesto. Acaba de jubilarse.
—Bien, ¿y su predecesor le comentó algo respecto a la Copa Davis y a su nuevo formato?
Emilio Rojas se encogió de hombros y negó con la cabeza. Valentina midió su expresión durante unos segundos, y decidió que le parecía sincero; además, la Davis era un evento importante, pero, aún con su viejo formato, la última vez que se había jugado alguno de sus partidos en Santander había sido hacía ya varios años. Sin duda, su impacto económico en la ciudad sería relevante, pero tan espaciado en el tiempo, tan puntual y anecdótico que difícilmente podría importar a la Confederación de Empresarios. No, aquel hombre ni siquiera conocía a Judith, y desde luego, de todos los invitados a la goleta, era el que menos motivos podría haber tenido para asesinarla. Valentina miró a Riveiro como si al hacerlo pudiese inspirarse, pero no encontró nuevas ideas, pues él solo le devolvió una mirada seria y reflexiva.
—Dígame, para terminar… ¿Cuál es el motivo de su presencia aquí, en las jornadas de tenis?
—¿El motivo? —El hombre se mostró profundamente sorprendido—. Pues ¿cuál va a ser? La clausura, ¡el rey!
—¿Cómo que el rey?
Valentina frunció el ceño y miró de nuevo a Riveiro, esta vez de forma inquisitiva, pero él negó con el gesto, mostrándole que no sabía de qué hablaba el empresario.
—A ver, que no es seguro que esté durmiendo aquí, pero a la clausura de las jornadas de tenis me han dicho que va a venir. No es oficial, por supuesto, pero como ha venido a lo del Mundial de Vela me consta que los de la organización han hecho sus gestiones.
Valentina tomó aire.
—Disculpe… Vamos por partes, a ver si nos aclaramos. Lo primero, ¿cómo iba el rey a venir a dormir aquí, a la Magdalena?
—Pues… Vendría a sus habitaciones reales, digo yo.
Valentina se acercó a Riveiro, atónita, y habló con él en un tono bajo, de confidencia, que impidió que Emilio Rojas los escuchase.
—A ver, joder, que yo no soy de aquí… ¿Este palacio no era un puto museo?
—Sí, sí, lo es, pero conservó unas habitaciones por si alguien de la familia real quisiese alojarse en Santander.
—¿Y cómo no se me ha informado de eso?
—No tenía vínculo con el caso… Aquí es algo sabido, ¿entiendes? Tranquilízate, Valentina.
La teniente llamó inmediatamente a la Comandancia para verificar la información de que se disponía en cuanto al rey y a las medidas de seguridad adicionales que sin duda habrían solicitado a todos los cuerpos de seguridad del Estado en Santander por causa de su visita. Sin embargo, todo parecía concentrarse en lo vinculado al Mundial de Vela y a los actos relacionados, sin que constase una necesidad de cobertura especial en la Magdalena. Valentina colgó el teléfono sin estar convencida. ¿Por qué había, entonces, tanta seguridad a la entrada de la península de la Magdalena? Ella sabía distinguir también perfectamente a los policías de paisano. ¿Sería solo por la presencia del rey en la ciudad, o por el rumor no confirmado de que podría aparecer en la clausura de aquellas jornadas de tenis?
—No me diga que no sabía que los reyes tenían aquí reservado el derecho de hotel —se atrevió a intervenir el empresario, como si disfrutase de un pequeño triunfo por disponer de una información de la que la teniente no parecía tener la menor idea.
—Pues no, no lo sabía —reconoció ella, acercándose—. Pero parece que usted está muy bien informado.
—Ah, bueno, yo… Supongo que sé lo que todos —dijo, repeinándose sin necesidad su engominado y raleado cabello, que no se había movido ni un milímetro—. Mire, seguro que el cóctel de clausura va a comenzar en un rato, ¿puedo irme ya…? ¿Hemos terminado?
Valentina resopló.
—Sí, hemos terminado. De momento. En todo caso, por favor, manténgase disponible en su teléfono móvil.
—Por supuesto —se apuró en contestar Emilio Rojas, levantándose con sorprendente agilidad, a pesar de su corpulencia.
Cuando salió de la antigua sala de audiencias de la reina, Valentina se dirigió a Riveiro.
—Explícame mejor eso del rey.
—¿Por qué te preocupa?
—No sé, me da mala espina.
—¿Es por Victoria Campoamor?
—Sí, supongo… —asintió la teniente, concentrada—. Seguramente no tendrá nada que ver, pero tenemos a una antimonárquica radical en el edificio, y ayer estaba en una goleta en la que murió una persona.
—Bueno, radical…
—Ya me has entendido. Ella parece inofensiva y sus ideas son tan lícitas como las de cualquiera, pero ya sabes, en deportes, política y religión…
—Sí, mucho loco suelto —reconoció Riveiro, con gesto pensativo.
Cruzó su mirada con la de Valentina, que también pareció dudar sobre su propio planteamiento de una posible implicación de Victoria en algún asunto turbio. Sin embargo, la teniente sabía que no podía descartar a ningún sospechoso hasta estar segura; las motivaciones de los asesinos eran siempre más que cuestionables, pero a veces no atendían a lógica alguna y se asentaban en criterios que solo eran válidos en sus mentes.
—A ver, explícame eso del rey —insistió ella—. ¿Cómo es que tiene aquí habitaciones? Siempre pensé que esto era del Ayuntamiento de Santander —reconoció Valentina, alzando las manos y señalando hacia la amplia habitación de techos altos en la que se encontraban.
—Y lo es, pero que yo sepa en los setenta lo vendió el conde de Barcelona al Ayuntamiento para que lo disfrutase el pueblo.
—¿El conde? Ah… El hijo de Alfonso XIII.
—Juan de Borbón, exacto.
—Entonces, fue una cesión de esas simbólicas…
—Bueno —sonrió Riveiro con ironía—, todo lo simbólico que sea pagar ciento cincuenta millones de las viejas pesetas.
—¡Joder! ¿En serio?
—Y tan en serio. Y estoy seguro, porque mi hijo acaba de venir aquí con el colegio de excursión y nos lo ha cantado todo, así que te aseguro que lo tengo bien fresquito.
—No entiendo —dudó Valentina—. Pero ¿este palacio no se lo regaló el pueblo de Santander a la Corona? ¿No tendría que ser ya patrimonio del Estado o algo?
—No, porque no fue un regalo a la Corona, sino a Alfonso XIII a título particular.
—Pero si lo vendieron, ¿cómo es que la casa real tiene aquí habitaciones?
—Creo que fue una exigencia de Juan de Borbón para cerrar la compraventa; pidió que siempre se guardasen dos cuartos para la familia real en caso de visita.
Valentina abrió mucho los ojos, mostrando su asombro. Después, negó con suaves gestos de su barbilla y echó a andar.
—Ven, vamos a verificar si el rey va a venir o no a la clausura. Tenemos aquí a todos los invitados de anoche a La Giralda…
—… Y uno de ellos puede ser un asesino —completó Riveiro, siguiéndola—, pero nada nos hace sospechar que…
—Ya lo sé, ya lo sé —asintió Valentina con ambas manos—. Pero es mejor prevenir.
La teniente se acercó a un ujier, que la llevó hasta un pequeño despacho fuera del circuito turístico, donde estaban uno de los organizadores del evento y algunos de los miembros del personal fijo del palacio. Allí le confirmaron que, en efecto, había dos amplios cuartos reservados siempre para la familia regia, pero que nadie les había solicitado su uso para aquellos días. De hecho, desde que el conde de Barcelona había vendido el palacio en 1977, aquellas habitaciones habían sido utilizadas solo en dos ocasiones, porque en sus visitas a Santander la familia real solía alojarse en el Hotel Real. Y en cuanto a la posible asistencia del rey a la clausura, era poco probable. La habían solicitado, pero las ocupaciones de su majestad en relación con el Campeonato de Vela harían prácticamente imposible su presencia en el evento, que además no constaba tampoco en su agenda oficial.
—Piense que el Mundial de Vela ha supuesto no solo la concentración de representantes del Real Club Marítimo —le explicó a Valentina uno de los organizadores—, sino de la Delegación del Gobierno, del Ayuntamiento, de las federaciones cántabra y española de vela, de la International Sailing Federation…
—Entiendo, entiendo —le frenó la teniente, alzando la mano—. Me hago cargo de las múltiples ocupaciones del rey, descuide.
Valentina agradeció la información y se sintió un poco más tranquila.
—Bueno, una preocupación menos.
—Sí, lo que nos faltaba era un atentado a la realeza, ¿te imaginas?
—A Caruso le daría algo —replicó ella, con gesto cansado.
En su semblante podía apreciarse que a la teniente le resultaba ya completamente indiferente lo que le pareciese o no al capitán Caruso el desarrollo de los acontecimientos. El sargento la miró con preocupación.
—¿Estás bien?
La mirada era tan intensa, tan llena de significados, que Valentina supo que le preguntaba por todo. Por su estado de ánimo, por Oliver, por su fortaleza, por su cordura. Era imposible evitar el interés de Riveiro todo el tiempo.
Valentina sonrió para tranquilizarlo, pero en realidad sentía que el mundo no perdería gran cosa si ella desapareciese de una vez, llevándose ese velo de tristeza y de torpe mala suerte con ella. ¿Acaso iba a dejar de amanecer si ella se desvaneciera? Sí, cada día pensaba con mayor recurrencia en que lo más fácil sería dejarse ir con la marea, desaparecer y descansar, no sufrir con cada recuerdo y pensamiento. Aniquilar el dolor como cuando te anestesian en un quirófano y ya no existe nada más que una cálida e inerte oscuridad. Pero ahora estaba allí, estaba viva y debía resolver aquel extrañísimo caso.
—Estoy bien, de verdad —resolvió decirle a Riveiro.
—No.
—¿Qué?
Ella lo miró, extrañada.
—Que no estás bien.
Riveiro se acercó y le posó ambas manos sobre los hombros.
—Somos amigos, Valentina. Y ya sé que te habrán dicho que ese dolor que sientes se irá con el tiempo, pero no es verdad. Se quedará para siempre dentro de ti, pero tú decides en qué forma.
Valentina lo miró con curiosidad. Riveiro era un hombre cabal y tranquilo, casado con una encantadora mujer canaria y con dos niños por los que se desvivía, pero no solía darle consejos a nadie, ni inmiscuirse en asuntos ajenos. Tal vez aquello fuese el más sencillo y sólido ejemplo de amistad: considerarla a ella como un asunto propio, como alguien por quien tomarse la molestia. Riveiro intentó explicarse con claridad, y la miró muy seriamente a los ojos.
—He hablado con los del EDOA.
Hubo un breve silencio, en el que el sargento pareció buscar las palabras adecuadas para continuar. Valentina se mostró inalterable.
—¿Y?
—Te dijeron que te mantuvieses al margen, y has seguido investigando al francotirador. Y sé que la información que has conseguido puede ser peligrosa. Deberías dejarlo.
—¿Qué? ¿Quién te autoriza a ti a inmiscuirte en lo que no…?
Valentina se alejó unos pasos, furiosa. De pronto, se encaró al sargento y se deshizo de su repentino gesto de enfado, adoptando un semblante sobrio y serio. Apretó los dientes antes de volver a hablar.
—Mira, te agradezco tu preocupación y tu puto interés, pero puedo investigar lo que me plazca mientras mis objetivos no interfieran en mi trabajo.
—Y te entiendo, pero esos objetivos tuyos sí que interfieren en tu trabajo.
—No me jodas, Riveiro.
A pesar de la tensión que se estaba creando entre ambos, él no cedió ni suavizó la firmeza de su tono.
—¿Tú te has visto? Todos los días haciendo ejercicio como si te fuera la vida en ello… No quedas con nadie, te vas a ese hotel a vivir como una ermitaña y no duermes.
—¿Y tú qué demonios sabes si duermo o dejo de dormir? —preguntó, atónita—. ¿Te crees que eres mi padre?
Riveiro se acercó a ella, que comenzaba a caminar de un lado a otro sin dejar de mirarlo, con pequeños pasos llenos de indignación. Parecía furiosa.
—No hay más que verte la cara, Valentina. Pálida, ojerosa. Sabes que por ahí no vas a acabar bien.
Ella se rio con amargura.
—¿No voy a acabar bien? ¡No me digas! —exclamó, apretando los labios y conteniendo las ganas de llorar—. ¿Y crees que espero que algo termine con final de cuento feliz? ¿Me crees tan gilipollas? Ah, ¡por favor! No espero nada mejor de lo que tengo, no lo dudes, pero si consigo cazar a ese hijo de puta, mejor para todos.
—Mejor para ti, quieres decir.
—Para todos. Uno menos en el bando de los malos. ¿No se trata siempre de eso? ¿Qué coño hacemos si no en la Guardia Civil, me lo explicas?
Riveiro tomó aire y apoyó las manos en las caderas, rebuscando dentro de sí las palabras más útiles y la paciencia más perseverante.
—Buscamos la justicia, Valentina, pero no a título personal. Sabes que el EDOA y la UCO están trabajando en el asunto. Deberías hacer lo que se te ha ordenado, mantenerte al margen e intentar seguir con tu vida.
Valentina comenzó a llorar, pero en su rostro se mantuvo la dureza y la determinación, como si no se diese cuenta de su propio llanto, que caía sereno y ajeno, como si no le perteneciese.
—Yo ya no tengo vida con la que seguir.
—Porque no quieres.
—Porque no puedo.
Riveiro volvió a posarle las manos sobre los hombros. Le habló ahora con tono suave, de confidencia.
—Hay una pena, una tristeza, que cuando es muy profunda se nos queda dentro y nos recuerda quiénes somos. Y no pasa nada, se puede convivir con ella y ver salir el sol. No pasa nada, ¿entiendes? —insistió—. Pero si ese dolor lo dejas entero dentro, si permites que se pudra, te transformarás en un monstruo.
Ella le aguantó la mirada unos segundos, hasta que esbozó una sonrisa con solo la mitad de su boca.
—¿Has leído eso en algún libro de autoayuda?
—Valentina.
Ella se apartó y miró de reojo al sargento mientras comenzaba a alejarse hacia la salida.
—Así que un monstruo, ¿eh?… Con lo blandita que me he vuelto.
Él la siguió y no le mantuvo el juego de hacer de aquello una frivolidad, una broma. Ella se dio cuenta de que no podía esquivar el asunto, y de que Riveiro tampoco merecía que lo hiciese. Volvió a hablar sin mirarlo, concentrando su interés en los dibujos del suelo del palacio, a los que en realidad no estaba prestando atención.
—Lo llaman el Estudiante —le dijo, concentrada—. Colombiano. Uno de los mejores francotiradores de las FARC, ¿qué te parece?
—¿Qué? Pero si las FARC ya no están operativas —se extrañó el sargento, que sabía que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia habían firmado un acuerdo de paz con su gobierno en 2016.
—No, no creas. Unos cuantos disidentes anunciaron no hace mucho que volvían a tomar las armas. Pero este no es de esos, dejó las FARC con el acuerdo de paz.
—Ah, pero… ¿Entonces?
—Entonces, que esa joya que tú quieres que deje pasar de largo se metió en el narcotráfico, como otros cuantos disidentes de las FARC. Y terminó por venirse a España para controlar una de sus oficinas de cobros.
—Joder. Pues me das la razón, Valentina. Si los narcos lo han puesto a la cabeza de una de sus delegaciones de cobro, tiene que ser muy peligroso. Y sabes que debe de estar detrás de él la Brigada de Crimen Organizado de la Policía Nacional, ¿qué más quieres? Deja que ellos se encarguen del asunto.
—Llevan años encargándose y no consiguen cogerlo nunca. Es un mercenario, ¿entiendes? Y ya sabes lo que hace, ¿no? Un día sirve a unos y mañana a otros; asesinatos, palizas y mutilaciones.
—Pero sabes que ya hay agentes siguiendo su pista —insistió Riveiro—, y tú no puedes responsabilizarte de todos los criminales del país, y menos de este.
—¿No? ¿No puedo? —El tono de Valentina se volvió de nuevo desafiante—. ¿Tú no irías a por él si hubiese matado a tus dos hijos?
—No, no… —Riveiro dudó—. No es lo mismo.
—No me digas.
—¡Y no es sano, joder! No estás bien, ¿entiendes? Primero debes recuperarte y después…
—Después, cuando tenga una vida ideal y perfecta, voy a por ese hijo de puta, ¿es eso?
—Por Dios, Valentina. Sabes que el francotirador ni siquiera te disparó, que lo que te hirió fue el rebote de un proyectil. Simplemente estabas en el lugar y en el momento equivocado, nada más.
—Claro. Pobre mercenario, que encima mata a la gente sin querer. Y que es muy peligroso porque los buenos no podemos serlo y tenemos que respetar sus derechos.
Riveiro suspiró profundamente, negando con gestos de cabeza.
—¿No has dicho que venía de las FARC? ¿Quién te dice a ti que no fue uno de esos niños secuestrados para alistarse? ¿Y si no tuvo otra opción?, ¿lo has pensado?
—Si te parece le damos una palmadita en la espalda por haberse criado en la selva —resopló Valentina cargada de ironía, casi riendo. Después, miró a Riveiro con una serenidad y una firmeza irrevocables—. Tener excusa no es lo mismo que tener justificación.
Valentina iba a decir algo más, pero justo en aquel instante comenzó a sonar su teléfono móvil. La llamaban desde la Comandancia.
—¿Camargo? Sí, dime.
—Teniente, ya tenemos lo de las cámaras. En el embarcadero Real me temo que no había ninguna, y las del Real Club Marítimo ya las está revisando Zubizarreta. En el palacete del paseo de Pereda, donde subió la víctima al barco, sí que hay cámaras y tienen las cintas de ayer, nos las van a pasar los del Puerto de Santander.
—¿Así, sin requerimiento judicial ni nada?
—Sí, nos van a hacer firmar lo de la protección de datos y no sé qué historias más, pero ha dicho el responsable que su deber es colaborar con las fuerzas del Estado y tal… Y que ayer precisamente estuvieron muy atentos por las manifestaciones.
—¿Qué manifestaciones?
—Grupos de republicanos y antimonárquicos…
—Ah, sí, es verdad. Lo supe esta mañana… Hubo algunas revueltas, ¿no?
—Bah, poca cosa, teniente. Cuatro gatos con pancartas…
—Y sin permiso de manifestación, supongo.
—Exacto. Nos van a seleccionar el material por la franja horaria y a traerlo mañana a primera hora, así que al menos creo que podremos ver a la víctima antes de subir a la goleta. Dado que se murió en el camarote, no creo que sirva de mucho…
—Ningún trabajo es en balde, piensa que después tendremos que presentar un informe a Caruso con una investigación intachable, y debemos dejar todos los ángulos cubiertos. ¿Tienes algo más?
—Sí. Los japoneses parece que están limpios, y Marco Fiore en efecto tiene antecedentes por apuestas deportivas ilegales, pero el asunto quedó en nada por falta de pruebas, y fue hace varios años. De todos modos estamos ya en contacto con los compañeros de la Comandancia de Madrid, que están investigando una mafia italiana de apuestas ilegales en coordinación con la Audiencia Nacional. Si hay algo que implique a Fiore de alguna forma, nos avisarán.
—Perfecto, gran trabajo, Camargo. ¿Y Sabadelle y Torres?
—Ah, ¿no están ahí, en la Magdalena?
—¿Cómo? No, ¿por?
—Sabadelle nos avisó de que ya había terminado con Melania Pombo, la hermana de la víctima, y que al parecer no tenía nada especialmente relevante. Nos dijo que pararía en la Magdalena, que le quedaba de camino, para informarte directamente.
Valentina entornó los ojos. Sabadelle siempre con sus argucias para tener alguna excusa para acercarse a donde él consideraba que estaba el centro de la investigación. La teniente agradeció de nuevo a Camargo su trabajo y le animó a irse a descansar. El día había sido largo, y salvo por las imágenes del palacete que estaban esperando, en esa jornada poco más podrían hacer. Colgó el teléfono y miró a Riveiro.
—Y tú, ¿no te vas a descansar? Yo puedo seguir con un par de guardias de acompañamiento. En esta jornada no creo que vaya a haber mucho más que hacer. Y tranquilo —añadió, retomando la conversación que había sido interrumpida por la llamada telefónica—, hoy no tengo en mi agenda perseguir a ningún sicario que haya sido entrenado en la selva colombiana.
El sargento sonrió. Quizás Valentina no había cambiado tanto. Siempre preocupada de que los demás pudieran irse a horas decentes a sus casas, de que pudiesen respirar. Especialmente los que tenían familia esperándolos: no tan monstruo, después de todo; no todavía. Iba a contestar cuando llegó corriendo a su lado el ujier con el rostro desencajado.
—¡Rápido, rápido! ¡Vengan, por Dios!
—¿Qué pasa?
Valentina y Riveiro cruzaron las miradas medio segundo, extrañados. Ambos echaron a correr cuando el ujier les explicó, terriblemente asustado, que Margarita Rodríguez, la secretaria de la Real Sociedad de Tenis, acababa de morir en el salón de baile del Palacio de la Magdalena entre horribles sufrimientos.