Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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—Creo que ha llegado la hora del segundo asesinato.

—¿Qué quieres decir con eso del segundo asesinato?

—Bueno, en los libros hay siempre otro asesinato, aproximadamente a estas alturas. Matan a alguien que sabe algo antes de que pueda hablar.

AGATHA CHRISTIE,

La casa torcida (1949)

Valentina Redondo tenía conocimiento de que existía un legendario y viejo método chino para saber si alguien mentía. Se le daba al individuo un puñado de arroz crudo para que lo masticase y se esperaba un rato a que lo escupiese sobre un plato: si mentía, el arroz estaba seco; si decía la verdad, húmedo. Los nervios, la intranquilidad de la mentira y de que esta fuese descubierta eran capaces de producir cambios fisiológicos medibles en las personas y, por supuesto, incidían en su salivación. En el antiguo salón de baile de la Magdalena, sin embargo, ella habría jurado que todos los asistentes tenían en aquellos instantes la boca seca, todavía impresionados por el espectáculo que había supuesto ver morir a Margarita, la secretaria de la Real Sociedad de Tenis de Santander.

Valentina y Riveiro avanzaron con el ujier abriéndose paso entre la multitud, que les despejó progresivamente un pasillo humano a pesar de que no llevaban uniforme, como si hubiese algo en ellos que los delatase como miembros de la Policía Judicial.

—¿Han llamado ya a una ambulancia? —preguntó Valentina al ujier según avanzaban.

—¡Sí, sí, por supuesto! Está en camino.

El antiguo salón de baile no era tan grande como el comedor de gala, aunque guardaba también forma rectangular, y Margarita se encontraba casi al fondo, tendida en el suelo y retorcida sobre sí misma, como si en su último movimiento hubiese hecho un gesto desesperado por proteger su estómago. A su alrededor, multitud de mesas llenas de canapés y bebidas dotaban a la sala de un ambiente festivo, que ahora había enmudecido. Valentina asumió de inmediato que, sin duda, ya habría terminado la última ponencia y habría comenzado allí el cóctel de clausura de las jornadas de tenis.

Sobre Margarita se inclinaban varias personas sin realizar ya esfuerzos por reanimarla, señal de que posiblemente habían considerado agotadas todas las posibilidades para devolverla a la vida. La teniente se acercó al cuerpo de la secretaria de la Real Sociedad de Tenis y, sin perder un segundo, intentó verificar si disponía o no de pulso carotídeo en el cuello, pero no obtuvo resultado positivo. Riveiro se agachó también, girando el cuerpo de Margarita y posicionándola boca arriba para examinarla. Sus ojos estaban abiertos, y al moverla fue como si constatasen que estaban ante una muñeca rota. En aquella nueva posición, el cadáver parecía admirar los techos blancos adornados con molduras de flores de lis, pero cualquiera que se acercase podía comprobar que aquellos ojos tenían las pupilas completamente dilatadas y que se encontraban perdidos en una irreversible oscuridad. Riveiro llamó inmediatamente a la Comandancia de Peñacastillo, y Valentina alzó la mirada a su alrededor, buscando respuestas.

—¿Puede alguien explicarnos qué ha pasado?

Pablo Ramos se acercó con su silla de ruedas mostrando un gesto serio, acorde a las circunstancias.

—Comenzó a decir que le dolía mucho la cabeza, y luego que sentía náuseas, como vértigo… —explicó, sin apenas atreverse a mirar el cuerpo de Margarita—. Yo pensé que iba a vomitar.

—Y después comenzó a respirar muy agitada —añadió Victoria Campoamor, que estaba al lado del joven.

Valentina observó que ambos se habían aproximado juntos.

—Era como si le faltase el aire —siguió explicando Victoria, llevándose la mano derecha al cuello—, como si a ratos no pudiese respirar.

—Sí, ha sido un espectáculo horrible —confirmó Basil Rallis con gesto de disgusto y entornando sus astutos ojos azules—. Parecía un pez ahogándose fuera del agua. Después empezó a convulsionar… En fin, algo tremendo, la verdad.

—Yo misma he llamado a urgencias inmediatamente —intervino una desconocida de cierta edad, menuda y elegante, de piel tan fina y transparente que dejaba intuir el camino de sus venas en su rostro—, pero está claro que no había nada que hacer por esta pobre señora, Dios la tenga en su gloria.

Valentina miró a la mujer que acababa de hablar, y que era una de las personas que estaba inclinada sobre Margarita cuando ella había llegado; observó que, como el resto de los asistentes a las ponencias, llevaba una tarjeta identificativa: al parecer, era psicóloga. ¿No habían sido convocados a aquellas jornadas, además, un buen número de médicos? La teniente se levantó y miró a su alrededor. Por un instante, casi se quedó congelada al ver que Oliver la observaba desde una esquina del salón de baile. Se recompuso y deslizó la mirada al resto de los asistentes, que comenzaban a murmurar, e hizo la pregunta obvia.

—¿No hay aquí ningún médico?

—Sí, sí —se apuró a contestar un hombre delgado y de mediana edad al que, de forma exagerada, unas gruesas gafas de pasta le ocupaban gran parte del rostro; también pertenecía al pequeño grupo que la teniente se había encontrado junto al cadáver—. Bueno, en realidad yo soy solo fisioterapeuta… Y usted… Usted es policía, ¿verdad?

—Teniente de la Guardia Civil.

—Pues, mire, el doctor Costas y yo mismo intentamos ayudarla —explicó el hombre con grandes aspavientos, señalando en el suelo a Margarita y después al médico que había citado—, pero resultó imposible. No sabíamos qué le estaba pasando, e incluso intentamos realizarle la maniobra de Heimlich por si se había atragantado, pero no funcionó.

—¡Es que parecía que se ahogaba! —exclamó el doctor Costas, un médico muy joven y de aspecto anodino—. Pero, mire, a esta señora creo que le ha dado, sencillamente, una insuficiencia cardíaca.

—Yo no soy internista —dijo otra mujer, de cabello completamente blanco y que estaba cerca de ellos— ni especialista en la materia, pero observen esa midriasis, y el olor…

—¿Qué olor? ¡Yo no huelo nada! —exclamó Costas.

La mujer de cabello blanco, en cuya tarjeta podía leerse «Cristina Tubío, medicina ortopédica y deportiva», se acercó a Valentina y, casi en un susurro, le dijo algo aproximándose al oído, con toda la discreción posible.

La teniente la miró durante unos segundos, midiéndola y evaluando su credibilidad. Lo que le había dicho no resultaba descabellado. ¿Cómo era posible que en una sala llena de médicos, ninguno, salvo aquella doctora, pudiese identificar qué diablos le había pasado a Margarita? Sin duda, ninguno de los integrantes de aquel grupo de invitados estaría especializado en medicina forense, y mucho menos en envenenamientos. Valentina observó una pequeña taza de café sobre una mesa, cerca del cuerpo de Margarita; le llamó la atención porque estaba volcada, goteando todavía su líquido oscuro, como un presagio. La teniente se dirigió a todos los presentes y procuró hablar alto y claro.

—Soy Valentina Redondo, teniente de la Guardia Civil —explicó, mostrando su placa y girando sobre sí misma trescientos sesenta grados para confirmar su autoridad—. Les ruego calma, pero ha fallecido una persona, y aún no hemos podido determinar las causas. Es posible que se trate de un infarto, pero no podemos descartar la intoxicación alimentaria. Por favor, que nadie toque la comida ni la bebida, ¿de acuerdo? Lo que tengan déjenlo sobre las mesas. E insisto: por favor, no toquen nada.

En la sala había más de medio centenar de personas, que se alborotaron de inmediato cuando Valentina insinuó la posibilidad del mal estado de la comida. En realidad, la teniente había sido muy suave en su advertencia. Riveiro se aproximó a ella, alarmado, y le habló al oído.

—¿Por qué has dicho lo de la intoxicación?

—Esa doctora… —le explicó Valentina, señalando a la mujer del cabello blanco—. Me ha dicho que las pupilas tan dilatadas podrían ser síntoma de intoxicación, y que el olor del cuerpo le hacía sospechar de un posible envenenamiento.

—¿Eh? —El rostro de Riveiro se contrajo de extrañeza—. ¿Qué olor?

—Yo tampoco he notado nada, pero ella ha dicho que le ha olido a almendras amargas.

—Hostia.

Ambos se miraron medio segundo, porque sabían por experiencia que aquel aroma era propio de los envenenamientos por ácido cianhídrico, que si no se disolvía en agua era comúnmente conocido como cianuro. Valentina tomó aire, se subió a una silla y alzó los brazos pidiendo calma, pues el murmullo en algunos de los invitados comenzaba a elevarse al nivel del más primitivo histerismo.

—¡Cálmense, por favor, cálmense! Si alguno de ustedes se encuentra indispuesto, le ruego que se acerque y nos lo comunique, los servicios sanitarios llegarán enseguida. Entretanto, les ruego que no salgan de este salón y que mucho menos lo hagan del palacio. Antes de hacerlo, serán asistidos por el personal de seguridad.

Hubo un breve silencio de solo unos segundos, que interrumpió uno de los invitados.

—Eso ¿qué quiere decir?, ¿que nos van a registrar?

—Posiblemente.

Nuevos murmullos, esta vez de indignación, se elevaron entre varios de los asistentes, mientras otros parecían observar el espectáculo con más calma, como si lo que estuviese pasando fuese en realidad algo exótico y extraordinario que poder contar al día siguiente. Valentina hizo algunas recomendaciones más, y cuando bajó de su improvisado atril en forma de silla se encontró a Riveiro colgando el teléfono.

—La policía está ya aparcando fuera. La Magdalena es de su competencia, ya sabes.

—Ya sé.

Valentina suspiró, sobrepasada. No le parecía nada descabellado suponer que la muerte de Judith Pombo, apenas veinticuatro horas antes, pudiese tener algún vínculo con el fallecimiento de su inseparable secretaria. La primera víctima, apuñalada de forma inexplicable; y la segunda, quizás, envenenada. ¿Qué demonios estaba pasando? Miró a su alrededor y comprobó que Basil Rallis, Pablo Ramos, Victoria Campoamor y su tío, Félix Maliaño, formaban un grupo que conversaba de forma sobria pero animada, intercambiando pareceres sobre lo que acababa de suceder. Desde luego, aquellas personas se habían encontrado con dos cadáveres en apenas dos días, por lo que ninguna de ellas olvidaría nunca aquellas jornadas en Santander.

Valentina buscó con la mirada al resto de los invitados de la noche anterior en La Giralda. Enseguida encontró su objetivo cerca de uno de los grandes ventanales que llegaban hasta el suelo y que estaban enmarcados en grandes cortinajes rosas, estampados y ligeros. Marco Fiore, Rosana Novoa y el presidente de la Confederación de Empresarios, Emilio Rojas, observaban la escena con gesto de asombro. Al empresario le agarraba del brazo una mujer de mediana estatura y algo corpulenta, que se había llevado una mano a los labios y la había dejado ahí de forma ridícula, como si se hubiese olvidado de ella, constatando así su estupefacción ante lo sucedido. Valentina supuso que sería la mujer del señor Rojas: había formas de tocarse que solo eran propias de aquellos que sienten que la piel del otro les pertenece.

La elegantísima señora Novoa, por su parte, negaba con la cabeza y fruncía el ceño, como si tampoco acabase de creerse que Margarita hubiese muerto ante sus propios ojos. Su marido, Marco Fiore, se había apoyado sobre el borde de la mesa y había guardado sus manos en los bolsillos, mientras observaba la escena como si esta perteneciese a un mal sueño, a un mundo ajeno e impropio. A Valentina le pareció que estaba realmente afectado.

—¿Alguien sabe con quién estaba esta mujer cuando comenzó a encontrarse mal? —preguntó la teniente en alto, mirando a su alrededor.

Volvió a ser Pablo Ramos el que se aproximó impulsando su silla de ruedas.

—Estaba con nosotros —reconoció—, aunque la gente iba y venía, y ella misma había caminado hasta el fondo para buscar un café…

Y el joven jugador señaló entonces una mesa con una gran máquina automática de bebidas, similar a las de los desayunos bufé de los hoteles.

—En realidad, estaba con todos —matizó Félix Maliaño, acercándose también y evitando mirar hacia Margarita, que había sido rodeada por personal del palacio, como si así pudiesen custodiarla o, al menos, darle el soplo de una última dignidad—. Íbamos y veníamos por la fiesta —confirmó, refiriéndose a aquel cóctel, que ya no tenía nada de festivo.

Alguien chasqueó la lengua de forma notable a sus espaldas, y todos se volvieron.

—Hostia puta… ¡Otra muerta!

El subteniente Sabadelle abrió mucho los ojos, evidenciando que, desde luego, no se esperaba encontrar aquella escena al llegar al Palacio de la Magdalena. La joven Marta Torres, a su lado, miraba fijamente el cuerpo de Margarita y era incapaz de apartar su atención, pues era la primera vez que veía un cadáver. En la Comandancia estaba acostumbrada a analizar fotografías, incluso informes de autopsias, pero nunca había tomado contacto con una realidad menos virtual. De pronto, se abrió paso Oliver Gordon, que se dirigió directamente a Valentina.

—¿Puedo hablar contigo?

—Oliver, no es el momento —replicó ella, sorprendida de que pretendiese tener una conversación con ella en aquellas circunstancias.

—Creo que sí. Es en relación con… —Y señaló el cadáver, del que no sabía el nombre.

—Este ¿qué?, ¿está en todos los saraos? —preguntó Sabadelle apuntando a Oliver y mirando a Riveiro buscando su complicidad, aunque en el sargento solo encontró una mueca de desaprobación.

El subteniente conocía personalmente a Oliver tras varios casos con los que había estado relacionado y, también, por haber sido la pareja de la teniente Redondo. Le caía bien, pero en aquellas circunstancias era lógico que todavía no encontrase explicación a su presencia. En cualquier caso, la intervención de Oliver quedó en suspenso ante la aparición de un nuevo personaje, que logró que la impresionable Marta Torres sintiese que se encontraba dentro de un oscuro y extraño vodevil.

—Buenas tardes, caballeros —saludó un hombre de unos cuarenta años, de aspecto saludable y jovial; iba vestido de paisano, pero le seguían varios policías uniformados. Enseguida se dirigió hacia la teniente—. Valentina —se limitó a decir con una amplia sonrisa a modo de saludo.

—Hola, inspector —correspondió ella haciendo un suave asentimiento hacia Miguel Manzanero, inspector de policía en Santander.

—Me alegro de verte —añadió Manzanero con una mirada intensa, que estaba llena de significados.

Aunque ambos pertenecían a cuerpos distintos, habían colaborado en otras ocasiones en el pasado, y cuando el inspector había sabido lo que le había sucedido a Valentina con su bebé, había contactado con ella de inmediato. Antes de ser padre, posiblemente, habría considerado el tiroteo de La Albericia como un terrible accidente que había afectado a un feto sin nombre, a una suma de músculos y huesos sin alma, pero ahora tenía a su pequeño Martín, de apenas dos años de edad, y sabía que el vínculo con los hijos era muy poderoso; como una corriente eléctrica de energía extraordinaria y atemporal que lo invadía y cambiaba todo. Manzanero miró el cadáver de Margarita y apretó los labios moviéndolos de un lado a otro, como si el gesto le ayudase a componerse un esquema del caso que tenía ante sus ojos. Él y Valentina sabían que la Magdalena era competencia de la policía y no de la Guardia Civil, por lo que el inspector miró a la teniente con gesto inquisitivo.

—Ya veo que habéis empezado la fiesta sin nosotros.

Valentina suspiró. Le explicó a Manzanero lo más brevemente posible la situación, y acordó con el inspector que irían desalojando el palacio ordenadamente y registrando a cada uno de los invitados, rogándoles de forma individualizada que les facilitasen información de cualquier hecho o incidencia que considerasen relevante, así como las imágenes que hubiesen tomado con sus teléfonos móviles a lo largo del cóctel. Llegaron refuerzos de ambos cuerpos en solo unos minutos, hasta que por fin pareció que aquello comenzaba a tomar algo de orden. Solo faltaba que se personase el juez con la comisión judicial, y así sabrían si se decidiría o no una inhibición de autos a favor de la Guardia Civil. Los sanitarios, por su parte, al llegar solo pudieron certificar la muerte de Margarita, aunque los que asistieron a la malograda secretaria no se atrevieron a aventurar ningún diagnóstico, y mucho menos por envenenamiento.

Por fin, y habiendo dirigido a aquel excitado y preocupado grupo de personas hacia la salida del palacio, Valentina pudo atender a Oliver. Ahora no solo ella y Riveiro lo escuchaban atentamente, sino también Sabadelle, Torres y el inspector Manzanero. Se habían alejado al menos una docena de metros del cadáver de Margarita, y la teniente procuró imprimir a su voz un tono neutro y profesional, como si su interlocutor fuese alguien que acababa de conocer y no su prometido hasta hacía solo unos meses.

—Dime, Oliver. ¿Qué tenías que comunicarnos?

—Es sobre ella… —explicó, señalando con la cabeza hacia donde estaba la gruesa cáscara de piel, músculos y huesos que antes había guardado el alma de la secretaria del club de tenis.

—Sí, Margarita… —le ayudó Valentina.

—Bien, pues Margarita. Lo que tengo que contar es en relación con ella y con un hombre que estaba esta noche en la clausura con su mujer… Me ha confirmado un traductor que se llama Marco Fiore y que es socio de honor del club de tenis.

—Sí, así es. —El corazón de Valentina comenzó a latir más rápido, intuyendo que se acercaban a un punto importante—. Cuéntanos.

—Bien, pues esta semana, creo que fue el martes, Alessandra y yo estábamos recogiendo nuestras cosas en la sala de traductores del comedor de gala y…

—¿Quién es Alessandra? —le interrumpió Valentina.

—La traductora de italiano.

—De acuerdo. ¿Está hoy también aquí?

—Eeeh, sí, supongo. Hoy no he estado con ella, pero por supuesto podrá corroborar lo que vimos.

El gesto de Oliver no escondió su extrañeza. ¿Por qué aquella desconfianza? ¿Acaso iba él a mentir? ¿Para qué? Tal vez Valentina estuviese haciendo un esfuerzo doble por ser puntillosa, exageradamente profesional ante una declaración que todavía no sabía si iba a tener o no importancia. Sí, tal vez Valentina estuviese intentando marcar las distancias ante la opinión de sus compañeros, o quizás estuviese algo celosa. Alessandra, un nombre precioso, aunque la teniente no sabía que pertenecía a una joven muy guapa, sí, pero que Oliver apenas soportaba, pues no cesaba de hablar y de interrumpir el trabajo de los demás traductores.

—Bien, por favor, continúa.

—El caso es que ambos, Alessandra y yo, fuimos testigos de una escena que al principio nos hizo gracia y que, la verdad, yo ya había olvidado hasta hoy, en que he sabido que ha muerto Judith Pombo… y ahora esta mujer.

—Dinos qué viste, por favor —le apremió Valentina, impaciente.

—Pues… —A Oliver comenzó a dolerle el estómago, quizás de los nervios y de la intensa emoción por haber vuelto a ver a Valentina—. Ellos no sabían que estábamos allí, pero nosotros pudimos ver claramente a Judith Pombo y Marco Fiore en el comedor de gala, en una posición, digamos, un poco íntima, y después llegó la mujer que acaba de morir, y se pusieron todos a discutir.

El inspector Miguel Manzanero alzó las manos solicitando que Oliver interrumpiese su declaración.

—A ver, a ver… Lo primero, ¿cómo podían la traductora y usted verlos sin que ellos los viesen a ustedes? ¿Y a qué se refiere con una posición íntima?

—Es que la sala de traductores se encuentra junto al comedor, y puede verse todo lo que sucede en la sala a través de un falso espejo. Vengan, se lo mostraré.

Todos siguieron a Oliver y salieron del salón de baile, llegando al comedor de gala, que estaba a solo unos metros. En efecto, había dos salas para traductores, una a cada lado del pasillo de entrada, y ambas tenían sus puertas camufladas en las molduras de madera de la pared. El inspector Manzanero se adelantó y comprobó cómo podía verse el comedor desde uno de los pequeños habitáculos, y acto seguido salió, se adentró en el comedor y se posicionó al lado de la enorme mesa de juntas. Desde allí, escrutó con intensidad los dos grandes espejos que escondían a los traductores, y comprobó que resultaba imposible ver nada en ellos que no fuese su propio reflejo. Manzanero hizo un gesto hacia Valentina confirmando su aprobación para que Oliver continuase su relato, por lo que ella miró al joven inglés y lo invitó con el gesto a que siguiese hablando.

—Judith estaba sentada, o más bien apoyada sobre la mesa, así…

Oliver se acercó a la mesa, escenificándolo en la medida de lo posible.

—Ya hacía un buen rato que había terminado la ponencia, y estaba ahí sola con Marco Fiore, porque los demás imagino que se encontraban en la otra punta del palacio, en el descanso para el café. Marco la estaba toqueteando y juraría recordar que hasta se dieron un beso, pero de verdad que no le di importancia, porque creí que eran pareja y yo estaba a lo mío. Ya nos íbamos a marchar Alessandra y yo cuando llegó Margarita y comenzó a discutir con ellos. Recuerdo que él la llamó ficcanaso, que Alessandra me tradujo como «cotilla», aunque la insultó bastante más… Al principio Alessandra y yo pensamos que Margarita sería la mujer de Marco, pero resultó que no, que era la secretaria de Judith; comenzó a decir algo sobre apuestas y sobre que iba a demandar a Marco, que iba a caer él junto con quienquiera que fuese que estuviese compinchado.

—¿Compinchado?

—Sí, recuerdo que dijo esa palabra —confirmó a Valentina.

Oliver dejó de hablar y todos lo miraron con gesto inquisitivo. El inglés, tal vez por culpa de aquel escrutinio visual, se había puesto incluso un poco pálido. Fue la teniente la que intentó retomar el relato.

—¿Y ya está?

—Mmm, sí. La señora Pombo le dijo a Margarita que no fuese estúpida, que solo decía tonterías y locuras, y la otra se calló, sin más. A mí me pareció que hasta le tenía miedo. Después la señora Pombo y Marco se fueron y ya no los volví a ver… Hasta hoy, cuando el señor Fiore llegó a la última ponencia acompañado de Rosana Novoa, que ahora sé que es su mujer. Fue entonces cuando me acordé de la anécdota, porque yo no sabía que él estuviese casado. Bueno, en realidad no conozco a nadie aquí, solo he venido a trabajar como intérprete, claro…

—Claro… ¿Y discutieron durante mucho tiempo?

—No, pasó todo muy rápido, fue cosa de un minuto, no le dimos importancia; al principio pensamos que era una escena de celos, y luego nos pareció un malentendido de trabajo. Lo de las apuestas nos sonó a película de sobremesa, la verdad… Y esa Margarita tenía aspecto de…

—¿Sí?

—No sé, como de desquiciada…

Todos se quedaron pensativos unos segundos, tal vez esperando por si Oliver tenía algo más que matizar, pero Valentina entendió que no tenía ya nada más que decir, y sopesó el valor de aquella información. La declaración podría no tener gran valor para el inspector Miguel Manzanero, pero para Valentina y Riveiro, que llevaban todo el día entrevistando a los invitados de La Giralda de la noche anterior, aquel testimonio era desde luego relevante, y apuntaba a Marco Fiore como directo sospechoso de la muerte de la secretaria de la Real Sociedad de Tenis. No solo porque Margarita pretendiese demandarlo por su supuesta implicación en apuestas ilegales, sino porque conocía su relación extramatrimonial con Judith Pombo. ¿Sería aquel bronceado y apuesto italiano el asesino que estaban buscando?

El juez Antonio Marín había estudiado en Salamanca y pertenecido a la tuna, y había cantado sus canciones en muchas e inolvidables madrugadas, en las que su delgada y menuda figura, bien acompañada y sentada en los portales, había terminado las noches cuestionando los misterios del universo. Supo que quería ser juez cuando leyó su primera sentencia estudiando la carrera de Derecho. En aquel instante había comprendido que no solo tendría que aplicar la ley, como si fuese un autómata, sino que debería interpretarla, adecuarla a cada caso y a sus únicos y personalísimos matices, como si fuese un dios menor al que atribuirle equidad, moral y sentido común. Había aprobado las oposiciones que a muchos les llevaban casi una década en solo dos años, logrando ser el más joven de su promoción en convertirse en juez.

Siempre se había imaginado en sala, escuchando partes, testigos y periciales, pero curiosamente nunca se había imaginado a sí mismo yendo a levantar cadáveres. Aquella parte de su trabajo, sin embargo, le gustaba. Lo sacaba de la monotonía, si es que en algún momento la había llegado a atisbar. Escuchó en el Palacio de la Magdalena todo lo que Valentina Redondo tenía que explicarle, y la observó con la curiosidad que siempre le suscitaba aquella mujer. Le habían contado que tenía cada ojo de un color por una agresión que había sufrido siendo niña, y que la había llevado a convertirse en Guardia Civil. Ahora sabía que ella tenía más cicatrices, y no solo aquella de la mandíbula, sino otras que ahora hacían mella en su abdomen y en su carácter, cada vez más inescrutable.

En aquel instante estaban reunidos en el palacio el juez, el inspector Manzanero, el sargento Riveiro y Valentina, pues habían ordenado que Sabadelle y Torres ayudasen a coordinar el registro y la salida de los invitados. Antonio Marín, toqueteando su abundante cabello castaño y esbozando su habitual gesto jovial, observó a la teniente y pensó que no, que a aquella mujer no la perseguía la mala suerte, sino que lo que le sucedía era que no esquivaba la vida. Asumía riesgos y tomaba decisiones, y las transitaba hasta el final. La admiraba por ello. Y porque no le parecía tan aburridamente predecible como el resto del planeta.

—Ya me he formado una idea bastante clara de la situación, teniente. Se procederá a inhibir estos autos para que tramite directamente la Guardia Civil el asunto. Es indudable que la muerte de la presidenta y de su secretaria con solo veinticuatro horas de diferencia tiene, como mínimo, un indicio muy sólido de vínculo criminal.

—Sí, señoría, aunque el método homicida ha sido muy diferente. Si estamos ante un solo asesino, desde luego es alguien que dispone de amplios recursos.

El inspector Miguel Manzanero, a pesar de que ya acababa de confirmar que no tendría que investigar la muerte de Margarita al cederle la investigación a la Guardia Civil, se mostró reflexivo sobre aquel asunto.

—Si a esta se la han cargado con cianuro, al menos el método no reviste gran complicación… Es un veneno relativamente fácil de conseguir —observó, volviendo a juguetear con sus labios, frunciéndolos y mirando ahora solo hacia Valentina—. Donde te las vas a ver canutas es con el asunto de la goleta. Si es cierto todo lo que me has contado, estáis jodidos; ¡es un crimen imposible!

—Yo confío plenamente en la teniente Redondo —replicó el juez, sin apartar la mirada de ella y arrugando su nariz, algo ganchuda, en un gesto amistoso.

Su aspecto no dejaba de resultar chocante: su pequeña estatura, su semblante de niño y aquella forma de hablar tan formal e impropia para alguien que, visto de lejos, parecía tan joven. El juez continuó hablando, enfocando su atención en la teniente e imprimiendo en sus palabras un sorprendente tono de seguridad y determinación.

—En su historial he podido comprobar que es una investigadora extraordinaria, por lo que resulta perfectamente adecuada para un caso igualmente fuera de lo común.

El gesto inalterable de Valentina se desdobló, mostrando en su rostro su sorpresa ante aquella inesperada manifestación de confianza. Apenas conocía a aquel joven juez, pero desde luego no se manejaba como un niño. Le habían contado que solía gastar bromas en sala y que no parecía tomarse nada especialmente en serio, aunque su forma de trabajar y de observar a las personas decía lo contrario. Ella respetaba al anterior juez, Jorge Talavera, pero con aquel siempre habían mantenido las distancias, no sabía bien por qué. Tal vez por su culpa, por ser siempre tan reservada, por no mostrarse. Sin embargo, aquel joven magistrado al que Valentina sacaba al menos diez años no la miraba con desconfianza, sino con curiosidad, otorgándole algo de esperanza.

—Gracias por la confianza, señoría —se atrevió a decir—, aunque es cierto que el asunto de la goleta se presenta difícil de explicar, y mucho más de resolverse.

Valentina se giró y apuntó hacia donde todavía reposaba el cadáver de Margarita.

—Y el caso de la secretaria no empieza mejor, porque si resulta ser cierto que ha sido envenenada, la han asesinado en un cuarto lleno de gente donde de entrada nadie parece haber visto nada.

—Es verdad —intervino Riveiro—, a una la han matado en un cuarto cerrado y vacío, y a otra en uno abierto y repleto de personas. Detrás de esto debe de haber un criminal con un sentido del humor muy particular.

—No son las formas, sino los métodos… —observó ella, concentrada—. Son muy diferentes. Tal vez estemos ante más de un asesino. O tal vez tengamos en realidad un único crimen, y lo que acaba de suceder ahora con la secretaria del club pueda explicarse con un simple infarto.

Manzanero frunció los labios de nuevo, dando a entender que aquello era poco probable y que dudaba de que Valentina lo hubiese dicho en serio. Sin embargo, ella se mantuvo firme.

—Hasta que no tengamos la opinión forense y el resultado del informe del Servicio de Criminalística no podemos dar premisas por sentadas.

—¿Lo ve, inspector? —preguntó con una sonrisa socarrona el juez Marín—. Nada de dar premisas por sentadas… Yo solo confío en los mejores —añadió, guiñándole un ojo a Manzanero con gesto malicioso.

El policía iba a contestar cuando escucharon unos pasos apurados a sus espaldas. Por fin habían llegado quienes faltaban en la comisión judicial para levantar el cadáver. No era usual que fuese el juez el primero en presentarse, pero con Marín nada parecía seguir el ritmo ordinario de las cosas. El secretario judicial y la forense Clara Múgica se acercaron a ellos directamente. La forense, a pesar de su discreta estatura y su más menuda figura, marcaba a cada paso una indudable autoridad. ¿Quién le iba a decir que justamente el día que le tocaba guardia iba a tener que atender un segundo caso de posible homicidio?

—Perdón por el retraso —se excusó Clara, saltándose el trámite de un saludo convencional—. Para entrar aquí hemos tenido un atasco de mil demonios, y hemos estado hablando con los sanitarios que atendían a algunos de los invitados. Además está la puerta de la Magdalena llena de prensa…

—Era de esperar… —Valentina miró a Clara con afabilidad—. Muchos de los invitados ya habrán enviado mensajes de lo que ha sucedido aquí esta tarde. Ahora mismo debe de estar medio Santander al tanto.

—Puede ser —concedió la forense, mirando a Valentina con detenimiento.

Al principio, a la teniente le pareció que la observaba como reconociéndola, tras varias semanas sin verse. Pero a los pocos segundos comenzó a preocuparse.

—¿Sucede algo?

Clara tomó aire y miró a todos los presentes, para terminar por volver a posar su mirada en Valentina.

—Algunos de los invitados se han encontrado mal al salir, los están atendiendo los sanitarios.

—¡Ah! Entonces a lo mejor sí que estamos ante una simple intoxicación alimentaria.

—No, no lo creo —negó la forense, convencida—, parecían más bien ataques de ansiedad, de nervios… Nada grave. Aunque tengo que informarte de que también estaban atendiendo a Oliver.

—¿Qué?

Valentina, de pronto, perdió parte del color en su rostro. Sintió que su corazón, de nuevo, comenzaba a golpear con rabia y con miedo, angustiado.

—¿Qué le pasa? Pero si hemos estado hablando con él hace solo un momento…

La teniente miró al inspector Manzanero, como si necesitase que él le confirmase visualmente que la vivencia no había sido un sueño. El inspector asintió, atento a lo que Clara Múgica tuviese que decir. La forense tocó a Valentina en el brazo, intentando transmitirle calma.

—Decía que le había comenzado a doler mucho el estómago, pero quizás sean nervios. En todo caso está siendo atendido, y ya me han confirmado que a los que no les puedan hacer un cuadro diagnóstico claro se los llevarán al hospital.

—Al hospital… —masculló Valentina, sin disimular su preocupación.

Resopló, procurando contener su rabia ante las circunstancias. Que al menos a Oliver no le pasase nada, que el mundo pudiese seguir girando con él dentro.

—Te informaré con lo que sea —le susurró Clara en un tono prácticamente de confidencia, acercándose a ella.

Después, volvió a alzar el tono lo bastante alto como para que todos la escuchasen.

—Bien, creo que tengo un cuerpo que examinar…

Abrió el maletín que llevaba y extrajo guantes y otros materiales que iba a precisar, y en aquel instante llegó el equipo de guardia del Servicio de Criminalística. Sin duda, el salón de baile iba a estar en unos instantes lleno de personal especializado tomando fotografías y huellas, estudiando cada rincón. Cualquiera podría suponer que se trataba de unas medidas exageradas, pues la muerte natural todavía no había sido descartada. Sin embargo, tan pronto como Clara Múgica se aproximó al cadáver de Margarita, frunció el ceño con gravedad. La forense habló en alto como si lo hiciese consigo misma, ajena a las personas que la rodeaban.

—Piel de tono rojo claro, casi rosa… Inicio de rigidez precoz e intensa, que se aleja de las leyes de Nysten…

—Diga, ¿qué le parece, Clara?

El juez Marín, contraviniendo lo habitual, se había también aproximado al cadáver y observaba a la forense con fascinación, quizás porque ella disponía de conocimientos que a él se le escapaban. Ella alzó la mirada, como si acabase de descubrir algo que no le había agradado.

—¿No lo huele?

—¿Qué? No… No huelo nada.

El juez inspiró profundamente por la nariz, que era el único elemento de su rostro que parecía acercarlo al perfil maduro de un hombre, y no al de un niño. Valentina se aproximó, intentando encontrar en el aire esa pista que ella tampoco acertaba a identificar. No fue capaz de oler nada extraño en el ambiente, salvo su propia inquietud. Clara se puso en pie y miró a la teniente.

—Es normal que no lo huelas. En realidad, ese característico olor del cianuro solo puede notarlo un veinte o un cuarenta por ciento de la población como máximo. Y no todos los cuerpos desprenden ese aroma amargo… No puedo confirmar nada, por supuesto, hasta que hagamos la autopsia.

—Otra que no da premisas por sentadas —comentó el juez encantado.

Clara lo miró como si tuviese delante a un individuo extraño y excéntrico. En realidad, no le caía mal el juez Marín, pero echaba de menos a Talavera; no solo porque fuesen amigos personales, sino porque con él sabía a qué atenerse. Sin embargo, aquel nuevo juez de cabello castaño y enmarañado se perfilaba para ella como un inteligente y extravagante superdotado al que todo le interesaba, como si hubiese estado demasiado tiempo sumergido en los libros y ahora pudiese por fin acceder a la vida real, a la que él parecía revestir de cierto halo literario, sin detenerse en su verdadera crudeza.

—Pero dígame, Clara —insistió Marín—, en confianza, si tuviese que dar una respuesta ahora mismo, ¿qué nos diría…? ¿Cianuro?

—Muy posiblemente —se vio obligada a reconocer.

El juez sonrió y se acercó a Valentina.

—Pídame los oficios y diligencias que necesite, querida. Cada vez me interesa más saber cómo va usted a resolver el asunto del puñal invisible de Judith Pombo y el del envenenamiento de esta pobre desgraciada.

Marco Fiore discutía ante la puerta de su coche con su mujer, aunque ambos lo hacían discretamente, sin alzar la voz. Cuando Riveiro, acompañado de otro guardia, lo invitó a volver dentro del Palacio de la Magdalena, se mostró abiertamente alterado.

Cazzo! Perché io? Perché? ¿Por qué no interrogan a los demás, eh?

—Porque es con usted con quien queremos aclarar un par de puntos. Puede hacerlo aquí o en la Comandancia, como usted desee.

—¿De qué se me acusa?

—De nada, señor Fiore. De momento, de nada.

Rosana Novoa tomó aire de forma profunda y sentida, y su gesto de preocupación resultó evidente, a pesar de que las sombras del anochecer comenzaban a llegar y de que sus expresiones se camuflaban con aquella incipiente oscuridad.

—Ve con ellos, Marco. Voy a llamar al abogado, que venga enseguida.

—¿Qué? Pero yo no he hecho nada, ¡te lo juro!

—Claro que no, Marco. Tranquilo.

Ella se acercó y le tocó el rostro, acariciándoselo tal y como haría una madre a un hijo al que le preocupa una fruslería.

—Tranquilo —repitió, intentando restar dramatismo a la escena—. Yo entraré contigo y te esperaré mientras estos caballeros te preguntan lo que quieren saber, ¿de acuerdo?

Marco no respondió, y se dejó guiar de nuevo al interior del palacio. Rosana, acompañada de dos guardias, recibió la recomendación de esperarlo en el recibidor, y la mujer aguardó a su marido mientras llamaba a su abogado.

A Marco lo llevaron directamente al comedor de gala, donde lo esperaban Valentina, Sabadelle, Torres y Riveiro. El juez, junto con el resto de la comisión judicial, acababa de salir al haber levantado ya el cadáver de Margarita, mientras que el Servicio de Criminalística rastreaba el salón de baile e inspeccionaba los vídeos e imágenes que ya tenían sobre aquel cóctel que había terminado de forma tan dramática. Por su parte, el inspector Manzanero había dado también por concluida su breve intervención, de la que estaría formalmente desvinculado a la mañana siguiente, y se había marchado casi aliviado de que no le hubiese tocado a él un caso que se presentaba tan enmarañado.

Valentina vio llegar a Marco al comedor de gala, lo saludó y procuró tranquilizarlo. Los testigos, e incluso los asesinos, a menudo se abrían más cuanto más cercana se mostraba. Sin embargo, la idea de que Oliver estuviese siendo atendido por los sanitarios, o tal vez ya ingresado en el hospital, no dejaba de darle vueltas en la cabeza. ¿Habría sido envenenado? ¿Serían simples nervios, o incluso agotamiento? Ella lo dudaba. Oliver era resistente y solía disponer de buen humor, de un carácter flemático y tranquilo con el que resolvía casi todo. La teniente suspiró y tomó fuerzas del misterioso punto oscuro e invisible de sus entrañas que la había sostenido en pie en los últimos meses.

—Marco, tenemos un testigo que asegura haberle visto en esta misma sala con Judith Pombo, hace solo unos días.

—¿Cómo? Pues… ¡Pues claro! Hemos coincidido en algunas de las ponencias de las charlas, como es natural. Pero yo no he venido a todas, ¿eh? Yo tengo una empresa que gestionar y tengo más que hacer que acudir a estas estupideces, como comprenderá. ¿A qué viene esto? ¿No me habían interrogado ya por Judith? ¡Exijo una explicación!

—Nuestro testigo le vio en esta sala en actitud íntima con Judith, señor Fiore. Y acto seguido comprobó cómo Margarita Rodríguez les sorprendía a ambos en esa intimidad, provocando una discusión.

El italiano se puso pálido, y tardó unos segundos en recuperarse de la sorpresa.

—Pero, pero… ¿Cómo iba a vernos nadie si estábamos solos?

Valentina alzó suavemente la barbilla y señaló los dos espejos de la entrada del comedor de gala.

—Son ventanas, no espejos. De la sala de traductores —se molestó en aclarar para mostrarle a Fiore que sí, que era cierto que los habían visto y que aquello no era una argucia para presionarlo.

El italiano comenzó a sudar, comprendiendo lo que había sucedido y sus implicaciones.

—¡Ah, por Dios del cielo! ¿Y ahora creen que he matado a Margarita? No, no, no… ¡Ni hablar! No tienen pruebas… ¿Han visto lo gorda que estaba? ¡Le habrá dado un infarto cerebral a esa maldita zorra!

—Tranquilícese, señor Fiore. Solo queremos saber qué sucedió aquella tarde en que Margarita los sorprendió a usted y a Judith aquí, en esta misma sala.

—Fue, fue… ¡fue un malentendido! ¿Me oyen? ¡Un malentendido! Yo no estaba haciendo nada con Judith, ¡nada en absoluto! Estábamos charlando, nada más… Y llegó esa secretaria metomentodo, que no tenía vida, ¡si es que no tenía vida, cazzo! Comenzó a decir tonterías y Judith le dijo que no hiciese el tonto, que si estaba loca, y luego ella se calló y no dijo nada más. Eso fue todo.

—No, señor Fiore —la mirada de Valentina era puro hielo—, eso no fue todo. ¿No le amenazó Margarita con denunciarlo por un tema de apuestas deportivas?

—¿A mí? No… No sé, no me acuerdo. Esa mujer amenazaba todo el tiempo con todo, ¿comprenden? Estaba obsesionada con Judith, yo creo que estaba enamorada de ella. Cualquiera que se le acercase estaba maldito y no hacía más que criticarlo, ¿entienden? Y mi pasado con las apuestas es pasado, estoy limpio. Compruébenlo —concluyó, con gesto desafiante.

Sabadelle chasqueó la lengua con gesto chulesco e intervino en la toma de manifestación.

—¿Seguro, amigo? Porque si no está limpio será cuestión de horas que lo averigüemos. Si tiene algo que decir —alzó las cejas de forma teatral—, este es el momento.

Valentina miró a Riveiro con resignación, recordando cómo era el armarse de paciencia cuando Sabadelle estaba presente. Le dirigió al subteniente una mirada de amonestación, ordenándole con el gesto que se mantuviese en silencio, mientras Marta Torres observaba la escena con un interés evidente, como si estuviese en una clase práctica de la academia.

Marco Fiore, con ademán resuelto, se levantó con determinación. En su gesto se adivinaba un destello de epifanía, de revelación de que la Policía Judicial no tenía ninguna prueba ni nada definitivo contra él, y constatar aquel hecho lo había revestido de una nueva fortaleza y dignidad. ¿Qué ridiculez era aquella del episodio en que Margarita le había pillado metiendo mano a Judith? Él no sabía quién sería aquel maldito entrometido que había chismorreado sobre sus movimientos tras el espejo, pero desde luego las dos mujeres que estaban con él en aquel instante estaban muertas, y podía contradecirlas cuanto le viniese en gana.

—¿Ya está? ¿Esto era todo? Si es así, me gustaría marcharme para descansar.

—No —le frenó Valentina—, no era todo, señor Fiore. Dígame, ¿dónde estaba usted cuando Margarita comenzó a encontrarse mal?

—¿Yo? Le aseguro que con ella no, porque no la soportaba, y cada vez menos.

—Ya. Pero le he preguntado dónde estaba y no me ha contestado.

—¿Dónde? ¡Era un cóctel, por Dios bendito! En un cóctel no se queda uno quieto como una estatua…

—Hemos comprobado que, aunque el evento no era grabado, sí había invitados tomando imágenes y vídeos, y que la organización de las jornadas también tomó algunas imágenes, de modo que le ruego franqueza y concreción, porque vamos a revisar cada segundo de los vídeos, se lo aseguro.

Marco pareció dudar un segundo, pero se recompuso rápidamente.

—Estuve casi todo el tiempo donde me vio usted la primera vez, cerca del ventanal. No me separé apenas de mi mujer. Eso es todo lo que tengo que decir.

El italiano preguntó a Valentina si tenían más preguntas para él o si ya podía marcharse, y a la teniente no le quedó más remedio que permitirle abandonar el palacio, con la recomendación expresa de no salir de la ciudad hasta que se esclareciese aquel asunto. Acompañó a Marco hasta la puerta, donde Rosana se mostró sorprendida de que hubiese terminado tan pronto. Su marido había recuperado la seguridad y la serenidad que no había encontrado cuando Riveiro había ido a buscarlo, y a Valentina no se le escapó la mirada de sorprendida admiración de Rosana Novoa hacia su marido cuando este la tomó del brazo y, con tono decidido, le dijo que se había terminado el espectáculo y que se iban a casa.

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