Lo que la marea esconde
10
Página 16 de 26
10
Si no llegamos al fondo de este asunto, y rápido, claro, podría haber otro asesinato.
AGATHA CHRISTIE,
La ratonera (1952)
Algunas noches nos llevan al más completo estropicio, a una deriva en la que sabemos que será casi imposible retomar el rumbo. Nos revolvemos en la cama sin encontrar descanso, incapaces de huir de nosotros mismos, de dejar de pensar. Valentina había sufrido una de aquellas noches interminables, envuelta en los edredones floridos de su habitación en el ático del hotel. Ella, que se había deshecho de todo convirtiéndose en una persona sin puntos débiles, sin nada que perder, ahora caía de rodillas ante la duda de qué le sucedería a Oliver Gordon, que permanecía hospitalizado.
Clara Múgica le había dicho que lo tenían en observación, que todavía no estaba claro qué le sucedía y que aún debían realizarle más pruebas. La forense había puesto sobre aviso a los médicos de la posibilidad de un envenenamiento, pero no había podido hacer más. Cuando Valentina había vuelto a llamarla más tarde, el teléfono de Clara no había cesado de comunicar, y después no le había devuelto las llamadas. Tal vez continuase de guardia. Aquella mañana, sin duda, tendrían por fin noticias. No sabía por qué le daba tantas vueltas: ¿acaso era ella médico o acaso podía hacer algo más por Oliver que todo el personal de un hospital? No, claro que no. Ya no estaban prometidos, ya no eran nada, y su recuerdo como pareja debía difuminarse, tal y como se pierden y olvidan las huellas en la playa cuando sube la marea. Además, era prácticamente imposible que lo hubiesen envenenado. ¿Por qué, quién? Cuando Oliver había revelado lo que había visto en el comedor de gala, los invitados ya habían comenzado a ser desalojados, y solo lo habían escuchado el inspector Manzanero, su equipo y ella misma. No, no podía ser. Lo que le sucedía a Oliver tenía que estar completamente desvinculado de aquel asunto. Además, había otro testigo, aquella tal Alessandra, y no le constaba que hubiese sido ingresada en el hospital ninguna otra persona de las que la tarde anterior habían acudido al cóctel de clausura de las jornadas de tenis.
Bip, bip, bip. Las siete y media de la mañana. Era el capitán Caruso.
—¿Redondo? Perdona las horas, pero ya sé que te levantas pronto.
Ella adoptó su tono profesional y se incorporó en la cama.
—Sin problema. Dígame, capitán.
—¿Hay alguna novedad en el caso de la Magdalena?
—Todavía no, señor.
Valentina contuvo un suspiro: ¿cómo iba a haber alguna novedad a aquellas horas? Sin embargo, continuó la conversación como si lo más habitual fuese recibir noticias extraordinarias de los casos en mitad de la noche.
—Le harán la autopsia a Margarita Rodríguez hoy por la mañana, capitán, aunque para las investigaciones vamos a partir de la base de que la secretaria fue envenenada, ayer hablé con Múgica y…
—Ya sé, ya sé, me lo dijiste anoche. ¿Pudisteis hablar al final con la familia de la víctima?
—Sí, señor. Solo pudimos localizar a un hermano, que vive en Burgos y que llegará hoy a Santander.
—Perfecto. Espero que hoy tengamos resultados, ¿eh, Redondo? Porque estando aquí el rey, en la ciudad tenemos liada la hostia en verso, no sé si me explico. El caos nivel máximum. En la prensa de esta mañana ya sale que si posible atentado y que si su puta madre.
—¡Pero si el rey no tenía previsto acudir a las jornadas de tenis!
—En efecto, pero a algún gilipollas se le ocurrió la brillante idea de hacer correr el rumor de que sí, y voy a tener el teléfono ardiendo toda la mañana. ¿Os vais a reunir?
—Sí, capitán, a primera hora. Anoche ya no había mucho más que pudiéramos hacer.
—Bien. Por eso te llamo, que yo voy a tener varias reuniones, a ver si calmo un poco a todo el mundo… Pero ante cualquier novedad, inmediatamente me llamas por teléfono, ¿estamos? Estoy operativo.
—Sí, señor.
—Y otra cosa más… Nos mandan a los del ECIO desde Madrid.
—¿Qué?
Valentina, si hasta ese momento había estado despegada de la conversación, de pronto comenzó a prestarle al capitán Caruso todo su interés. ¿Por qué iban a mandar al Equipo Central de Inspección Ocular? Era una unidad altamente especializada del Servicio de Criminalística, que supervisaba cada milímetro de los escenarios de un crimen.
—No entiendo… ¿Para qué vienen?
—Órdenes de arriba. El asunto se está complicando, y por si se nos muere alguien más quieren que al menos tengamos el trabajo hilado bien fino, ¿entiendes? A ver si al final sí que va a haber un puto atentado y la benemérita no ha sido diligente, ya sabes. Eso ya sí que sería el súmmum de los colmos. Lo de siempre.
—Pero ¿qué vienen a inspeccionar?, ¿la goleta?
—Todo, Redondo, todo. La goleta y la Magdalena. Ya sé que Salvador ha hecho un trabajo cojonudo con las radiografías esas en tres dimensiones, pero esto es lo que hay.
Valentina asintió, asombrada de la magnitud que estaba tomando el asunto, y tras despedirse de Caruso y colgar el teléfono se dirigió directamente al baño para darse una larga ducha.
En las últimas semanas había descubierto en aquellos largos aseos, que antes eran rápidos y prácticos, un paréntesis a toda su angustia: utilizaba el agua caliente como bálsamo, como una interferencia para la tristeza. Lo cierto era que justo hoy no se encontraba muy bien, agotada tras una noche sin dormir. ¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Una vulgar depresión? No, una depresión podía tener muchos vectores, pero con frecuencia era el resultado de pensamientos inadecuados, de una distorsión cognitiva sobre uno mismo, sobre el mundo y el futuro, y ella había analizado cada aspecto de su vida con objetividad y raciocinio.
La teniente estaba doctorada en Psicología Jurídica y Forense, y consideraba que, si ejerciese como psicóloga de sus propias circunstancias, de sí misma, buscaría sus pensamientos negativos y los intentaría cambiar racionalmente, pero no era posible: ¿cómo asimilar racionalmente tanta culpa, tanto dolor, cuando uno se sabe responsable de todo lo que sucede en su vida?
Pero había que analizar todas las posibilidades. Tal vez sí, tal vez sufriese un trastorno depresivo mayor reactivo, porque conocía la causa que lo había generado. Pero ¿y las consecuencias? El mundo era el que era, por mucho que ella quisiera adornarlo de colorines y de buenas intenciones. Habría sido más fácil ser egoísta, manejarse como víctima para que la arropasen los demás, pero Valentina no era de ese tipo de personas.
La joven entró en la ducha y dejó que el agua caliente se deslizase por su cuerpo desnudo. Deseó, como tantas otras veces, dejar de cuestionarse y analizarse todo el tiempo. ¿Qué estaba haciendo mal? Si sus convicciones eran las adecuadas, si iba por el camino correcto, ¿por qué era incapaz de dormir, de sentir un poco de paz? Lo que tenía dentro era una bilis negra, una melancolía profunda, sosegada y asumida. Quizás fuese culpa de su altísimo sentido de la autocrítica, porque estaba llegando a considerar que su actitud era narcisista: era normal que estuviese triste, pero la suya no había sido la primera pareja en el mundo que había roto, ni su hijo el único niño no nato que había muerto. Sucedía todos los días, a cada instante, y ella no era especial. Al contrario, era afortunada por haber nacido en un lugar del mundo que le había brindado posibilidades.
Tras su conversación con Riveiro también había reflexionado sobre otro asunto; ¿valía la pena su esfuerzo y su ánimo de venganza contra aquel francotirador colombiano que a ella ni siquiera había pretendido herirla? El toxicómano al que había acribillado no podía considerarse una gran pérdida para la sociedad. Y aquel mercenario, aunque peligroso y esquivo, era como cualquier otro. Tras él, y con él, siempre vendrían más.
Valentina apoyó sus manos en la pared de la ducha, concentrada en sí misma. Necesitaba reubicarse, tomar el abismo en el que se encontraba como punto de inflexión para reestructurarse de nuevo, para fabricar una nueva y endurecida Valentina, una menos vulnerable. Sonrió, sintiendo lástima de sí misma. ¿Por qué rayos asumía ella siempre la culpa de todas las cosas? Era un sentimiento del que no podía escabullirse desde que era pequeña, cuando le había sucedido aquel otro drama con su hermano. La responsabilidad por lo que hacían otros. Había sido él quien la había golpeado, pero ella sabía que estaba enfermo y que tendría que haberlo frenado antes de que hubiera llegado su inevitable síndrome de abstinencia. Los drogadictos son en realidad bastante previsibles. Sin embargo, y aun habiendo sucedido aquel trágico episodio cuando era solo una niña, nunca había dejado de sentir que no había hecho lo suficiente. De aquella experiencia, como si se tratase de un oscuro recordatorio de su obligación de luchar contra la maldad, le había quedado un ojo completamente negro como recuerdo.
La suya era ya, en consecuencia, una tristeza degenerada, una costumbre de dolor, un estado insoportable de sufrimiento habitual. Y no, no podía ser. Tenía que seguir adelante. Tenía que resolver aquel maldito e imposible caso del club de tenis y, sobre todo, tenía que olvidarse de una vez de Oliver Gordon.
La sala de juntas de la Comandancia tenía la mesa cubierta de fotografías e informes, y parte del equipo de la Sección de Investigación de Valentina Redondo daba vueltas por la amplia estancia. En consideración a la teniente, y sabiendo que no soportaba el desorden, habían colocado los informes con exquisita pulcritud, y estaban listos para ser diseccionados.
Marta Torres revisaba las pizarras y los tablones, donde iba sujetando con chinchetas los planos de las localizaciones y las imágenes de las víctimas, colocadas sobre los escenarios donde habían fallecido. Zubizarreta observaba los mapas con concentrado interés, elaborando teorías, y el cabo Camargo estudiaba algo en su ordenador estrechando la mirada, como si le supusiese un gran esfuerzo distinguir exactamente lo que veía.
—¿Qué miras? —le preguntó Sabadelle, que acababa de llegar con una bandeja en la mano, llena de cafés y bollos.
Camargo lo miró sin ocultar la sorpresa ante su amabilidad por el aprovisionamiento, pues aunque el día anterior el subteniente ya había traído el desayuno para todos desde la cafetería, el gesto había sido extraordinario y en honor a Valentina; desde luego aquel detalle no entraba en los parámetros de la normalidad establecida en aquel pequeño grupo. Sabadelle se dio cuenta de la mirada del cabo y de la de Torres y Zubizarreta, que cruzaban también gestos y sonrisas vestidas de asombro.
—¿Qué pasa? ¿No puede uno ser amable?
—Por supuesto —replicó Camargo con semblante desconfiado ante la generosidad y el buen humor de su superior—. ¿Celebramos algo?
Sabadelle dudó unos instantes, aunque tras unos segundos su gesto se tornó resuelto, como si acabase de decidir revelarles una valiosa información.
—Pues mira, chaval, sí. Iba a contároslo más adelante, pero ya que estamos…
Sonrió ampliamente y abrió un deliberado silencio durante unos segundos para generar la expectación que necesitaba.
—Voy a ser padre.
Todos se miraron entre ellos como si en cualquier momento el subteniente fuese a chasquear la lengua y decirles que no, que era una broma, pero viendo que no sucedía, le dieron la enhorabuena tímidamente, pues ni siquiera sabían que Sabadelle hubiese manifestado nunca deseos de formar una familia. Marta Torres, de carácter práctico, no pudo evitar curiosear.
—Pero… Tú y Esther ni siquiera vivís juntos todavía, ¿no? ¿Cómo lo vais a hacer?
—Hostia, como todo el mundo, hija mía. Nos casaremos rapidito en el juzgado y se vendrá a mi piso.
—Ah… ¿Y lo sabe ella?
Torres no disimuló una sonrisilla burlona.
—Lo de tus planes, digo.
Ahora, el subteniente sí que realizó su clásico y desagradable latigazo con la lengua, tal vez para ganar tiempo.
—¡A ver si te crees que con el trabajo que tengo me ha dado tiempo a organizarlo todo! ¿No ves que Esther acaba de decírmelo?
De pronto, su expresión se volvió extremadamente seria, incluso compungida.
—A la teniente ni pío de esto, ¿eh, chavalines? Que hay que tener cabeza, ser considerado. De momento, ni palabra de bebés ni de leches en vinagre.
Todos miraron a Sabadelle con seriedad, y el subteniente se sintió satisfecho al comprobar que sus palabras habían hecho mella, dando ejemplo de sentido común. Sin embargo, pasados un par de segundos sin obtener réplica, observó que sus compañeros miraban a algún punto concreto justo a su espalda.
—No te preocupes, Sabadelle.
Valentina estaba en la puerta, café en mano, acompañada de Riveiro, y por su expresión resultaba evidente que había escuchado parte de la conversación, quedándole clara la próxima paternidad del subteniente.
—Es necesario que se continúe repoblando el planeta, aunque sea con pequeños Sabadelles. Enhorabuena —añadió con una sonrisa amable y recuperando su antiguo sentido del humor, ahora aletargado.
La teniente se acercó a Sabadelle y le dio un abrazo, desarmándolo, porque las demostraciones de afecto entre él y Valentina siempre habían sido absolutamente mínimas. Como si aquel ejemplo hubiese abierto una puerta invisible, todos se acercaron a Sabadelle para felicitarlo, palmearlo en la espalda y preguntarle por sus futuros planes. Lo cierto era que el subteniente era con frecuencia paternalista e insufrible en el trabajo, pero aquel equipo pasaba tantas horas en obligada compañía que en circunstancias así era imposible no acudir a la llamada de los afectos.
Únicamente Riveiro, atento a Valentina, pudo captar un fugaz instante en que ella bajó la mirada para esconder el pequeño golpe que había supuesto la noticia. Desde luego, entrañaba una alegría la llegada de un bebé, aunque no fuese el suyo, pero su bienvenida era un recordatorio del que ya no estaba y de los que nunca vendrían. Novedades, cambios, evolución. Debía acostumbrarse, así giraba y funcionaba el mundo, y no podía dejarse herir por cada simbólico recordatorio de sus propias pérdidas. La teniente se sintió observada y al instante cruzó la mirada con el sargento Riveiro, al que sonrió con toda la naturalidad de la que fue capaz.
—Un niño criado por Sabadelle, ¿te imaginas? —le susurró, acercándose.
Después, se dirigió al subteniente.
—Oye, ni se te ocurra enseñarle al bebé a hacer esa porquería de ruiditos que haces con la boca, ¿eh? Es una orden.
Todos se rieron, aunque Valentina mantuvo la seriedad en la mirada, que enfocó ya hacia las pizarras y los corchos de la pared, dando un mensaje claro de que había que comenzar a trabajar. La teniente expuso a todo el equipo un histórico de lo que había sucedido desde la muerte de Judith Pombo hasta la de Margarita Rodríguez la tarde anterior, sin omitir detalles y dando por buena, de momento, la teoría de que la secretaria hubiese sido envenenada con cianuro.
—He pensado que debemos volver al principio —reflexionó la teniente, señalando el plano de la goleta— porque localizar a un sospechoso de homicidio en un palacio repleto de gente va a ser mucho más complicado que hacerlo en una goleta aislada en el mar. Debemos revisar detenidamente las imágenes de la fiesta en la Magdalena para ver si localizamos alguna pista, pero lo que tenemos hasta ahora en ese sentido no es gran cosa.
La teniente respiró profundamente y habló señalando a la nada con el dedo índice, como si con el gesto estuviese ordenando la información en su cabeza.
—Si presumimos que ambos crímenes están vinculados, jugamos en consecuencia con la idea de un único asesino… Y aunque esta premisa no es firme, si la seguimos debemos centrarnos en los invitados a La Giralda, que casualmente estaban al completo en la misma habitación donde falleció Margarita Rodríguez.
—¡Pero el de La Giralda es el crimen más difícil de resolver!
—Lo sé, Torres, pero creo que es el camino más lógico, comenzar desde el principio; tal vez entre todos logremos darle un poco de sentido a este rompecabezas y encontremos una explicación a cómo pudo morir Judith Pombo dentro de ese camarote.
Valentina desplegó sobre la mesa un plano de La Giralda, y utilizó clips de colores para situar a la tripulación y a cada uno de los invitados en la posición en que se encontraban en el momento de la comisión del crimen, que se suponía que había sido cuando Judith Pombo había gritado.
—Este brainstorming no va a resultar, teniente —objetó Camargo, desesperanzado—. Cuando la víctima gritó estaban todos en el salón del barco, capitán incluido. El cocinero y la camarera en la cocina, el primer oficial en cubierta y el jefe de máquinas en las bodegas.
—Cierto —aprobó Valentina—, pero del primer oficial y del jefe de máquinas solo tenemos su declaración, y no el testimonio de un tercero.
—No importa —objetó Riveiro sin apartar la mirada del plano— porque el Servicio de Criminalística ya ha confirmado que el compartimento no tenía entradas ocultas, de modo que ninguno de los dos podría haber accedido al camarote sin ser visto desde el salón, que tenía visión directa sobre su puerta.
Todos guardaron silencio, coincidiendo con la observación del sargento, que volvía a situarlos en un callejón sin salida. Alberto Zubizarreta estiró una mano hacia el plano, dubitativo, y Valentina le animó con la mirada a que expusiese sus pensamientos. El tímido y joven guardia respiró profundamente, asimilando que lo que iba a decir sería posiblemente objeto de burla.
—¿Y…? ¿Y si tal vez…? ¿Nadie ha pensado en la posibilidad de un holograma?
—¿Un qué…?
Valentina lo miró, sorprendida y sin saber qué quería decir.
—Un holograma. Una visión gráfica en tres dimensiones… Sé que es difícil de encajar, pero se me ha ocurrido.
—Ah.
La teniente no sabía bien qué decir.
—¿Y cómo lo piensas aplicar a este caso?
—Pues, pues… He imaginado un holograma del acceso a la puerta del camarote que se superpusiese a la verdadera puerta y que fuese lo que se veía desde el salón, mientras la de verdad era abierta y cerrada por el asesino.
El silencio duró solo unos instantes y fue roto por Sabadelle, que hasta ese momento, inconscientemente y alucinado, había mantenido la boca abierta.
—Joder, macho, ¿tú fumas hierba? Lo digo en serio, ¿eh? Porque vamos, es que esa idea no hay por dónde cogerla… Primero nos sueltas lo del puñal de hielo y ahora esto. Además, ¿los hologramas no son transparentes? Para hacer fantasmas y cosas así, ¿no? Pero para tapar una superficie… ¿A quién se le ocurre?
—Sé que es improbable, casi imposible, pero no deja de ser una posibilidad —insistió Zubizarreta con una determinación que no era usual en él—. Quizás el asesino dispusiese de una tecnología muy avanzada… Me consta que en la actualidad se está estudiando incluso una futura televisión tridimensional.
—¡Una televisión tridimensional, tócate los huevos! —Sabadelle no daba crédito—. ¿Dónde has visto algo parecido?
—Pues… A ver, ya mismo en la copia de la cueva de Altamira.
—¿En la neocueva, la reproducción?
—Sí, exacto. Allí utilizan una especie de hologramas para reproducir a antiguos homínidos en escenas cotidianas de su vida.
—¡Ah! ¿Ves? ¡Lo que yo decía! Son transparentes, hombre, se nota enseguida que es una proyección, y no tapan lo que está detrás de una forma tan sólida como la que sugieres… ¿No ves que todos aquí hemos estado en Altamira, tío? —Sabadelle se echó a reír—. Joder, Zubizarreta, tendrías que ser guionista de la tele…
—Al menos ha tenido una idea —le cortó Valentina, que ya adivinaba cómo iba a continuar Sabadelle con sus burlas si ella no zanjaba el asunto de forma inmediata—. Y no es tan descabellada, la tecnología audiovisual avanza de forma extraordinaria.
La teniente se giró hacia Zubizarreta y suavizó el gesto antes de continuar hablando.
—Ha sido una idea interesante, aunque habría que investigar a fondo si existe la posibilidad de un holograma tan perfeccionado… Además, la camarera de La Giralda lo cruzaría constantemente para traer y llevar platos…
—Y faltaría el proyector —observó Riveiro— o algún sistema que emitiese las imágenes, y la goleta fue escoltada hasta tierra por el Servicio Marítimo, que mantuvo su vigilancia hasta la llegada de los de Criminalística, que ya fueron los que inspeccionaron toda la nave.
—Y he comprobado en el informe del Servicio Marítimo —añadió Valentina, negando con la cabeza y desechando ya definitivamente aquella loca idea del holograma— que tanto tripulación como invitados fueron registrados antes de salir de la goleta.
—Estamos entonces como al principio —se desesperó Camargo, que por mucho que mirase el plano del barco no encontraba una solución al enigma.
—A lo mejor tenemos que revisar las declaraciones de los testigos con más calma, para ver si hay contradicciones —sugirió Marta Torres, llevando ya su mano a un pequeño montoncito de folios, donde se agrupaban las declaraciones de la tripulación y de los invitados a La Giralda.
—Es posible —aceptó Valentina, no muy convencida y sin apartar la mirada del plano de la goleta—. Hagámoslo… Pero antes, solo una vez más, reproduzcamos los movimientos de todos estos clips dentro del barco.
El equipo asintió y cada cual se hizo cargo de varios de los personajes de aquel misterio para irlos moviendo con sus cuerpos en forma de clips dentro de la nave imaginaria, al tiempo que Valentina iba narrando la secuencia de los hechos.
—La goleta sale del Real Club Marítimo… Recoge a los invitados en el embarcadero Real, en la misma península de la Magdalena… Llegan al palacete del paseo de Pereda y sube Judith Pombo a la nave, donde riñe públicamente a Margarita Rodríguez antes de entrar en el camarote y encerrarse en él…
La teniente alzó la mirada hacia sus compañeros para verificar que hasta ahí todos estaban de acuerdo, y el equipo asintió al unísono, todos concentrados e inclinados sobre la mesa, manejando los clips como si aquellos elementos de metal fuesen pequeñas personitas de carne y hueso.
—… Tras el grito, el capitán corre hacia la puerta del camarote y comprueba que está cerrada, por lo que procede a llamar a gritos a Judith, sin resultado, y después intenta tirar la puerta abajo, también de forma infructuosa, por lo que le ayuda Timoteo Comesaña… Finalmente, solo con la ayuda de Mikaël Dubach se logra abrir la puerta tras un impacto corporal que…
Valentina se detuvo. No, había algo en el relato que no cuadraba. O sí lo hacía, pero no lo habían verificado convenientemente. El equipo la miró con curiosidad y expectación, intentando comprender qué pista había encontrado la teniente.
—El capitán corre hacia la puerta del camarote y comprueba que está cerrada…
Valentina repitió aquella frase imprimiendo deliberada cadencia a cada una de sus palabras. Fue Riveiro el primero en darse cuenta, y la expresión de su rostro brilló ante la idea que acababa de sugerir la teniente.
—¡La puerta! —exclamó, soltando sus clips y señalando en el plano la puerta del camarote—. Solo el capitán intentó abrirla, por lo que la idea de que estaba cerrada solo la tenemos por su testifical, y no es algo que pueda corroborar nadie —expuso, mirando a Valentina para verificar que aquella era la posibilidad que también ella tenía en mente.
—Exacto —confirmó ella—. Alan Alonso pudo fingir intentar abrirla, cuando en realidad ya estaba abierta, y sabemos que nadie más intentó girar ese picaporte…
Valentina miraba fijamente el plano del barco, como si la escena del capitán intentando abrir el camarote se estuviese desarrollando en aquellos instantes ante sus ojos. Frunció el ceño y comenzó a hacer gestos de negación con la cabeza.
—… Mierda.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Nada, Torres. Que me acabo de dar cuenta de que esta posibilidad, de ser cierta, tampoco supondría gran cosa —alzó la vista, mirando a la joven guardia— porque aunque la puerta estuviese abierta nadie podría haber entrado ni salido de ese compartimento sin ser visto desde el salón.
—Es cierto —reconoció Riveiro, también decepcionado—, y cuando examinamos la puerta no solo estaba reventado el marco, sino también la cerradura, ¿recuerdas? Sí que estaba cerrada con llave desde el interior.
—Y además Judith gritó mientras el capitán estaba en el salón —añadió Zubizarreta arrugando la nariz y mordiéndose el labio, sin saber tampoco cómo resolver aquel misterio.
Valentina tomó aire y lo soltó muy lentamente, pensando. Miró a Zubizarreta.
—¿Ves? Yo también expongo mis ideas, por alocadas que sean. Nunca se sabe —añadió, guiñándole un ojo.
Después, cambió de posición y se alejó de la mesa, decidida a cambiar de perspectiva. Sabía que era mejor ver los problemas como los cuadros de los museos, guardando cierta distancia, intentando mantener un espacio mínimo de varios metros para poder captar su verdadero sentido y significado. Solo era viable aproximarse para apreciar los detalles, para indagar sobre los mensajes y las particularidades que el autor hubiese querido plasmar. Y exactamente eso era lo que tenía que hacer. Alejarse un poco, apreciar de forma global todos los hechos y circunstancias para después irse aproximando, con delicadeza, a los trazos del lienzo que requiriesen su interés. ¿Sería capaz de apreciar cuáles eran realmente los puntos clave en aquel extraño cuadro?
Las salas de autopsias siempre tienen mucha luz. Los cadáveres son colocados sobre mesas de acero inoxidable, con un desagüe directo para líquidos y diversos fluidos, por lo que Almudena Cardona siempre había pensado que, en realidad, parte de los cuerpos se perdía por las cañerías. En cualquier caso, aquella solución era mucho mejor que la que daban antiguamente las mesas de mármol, por donde se escurrían igualmente toda clase de fluidos, que terminaban goteando sobre los zapatos de los forenses y sobre el suelo; aquella imagen del pasado, desde luego, resultaba oscura y más propia de novelas góticas que del adecuado trato que se les debiera dar a los muertos.
Almudena bostezó en plena autopsia, aunque no por aburrimiento, sino de puro sueño. Llevaban dos días interesantes: primero, una mujer apuñalada con un elemento punzante no identificado, y ahora otra que parecía haber sufrido un envenenamiento. Su compañero Pedro Míguez, que era más joven e inexperto, la miraba con atención mientras abría el cadáver de Margarita Rodríguez.
—¿Ya sabes lo de anoche? —le preguntó él—. Parece que hubo movida… Primero lo de esta —dijo, señalando con la barbilla el cuerpo de Margarita— y después lo del accidente de un autobús.
—Sí, ya me dijo Luisa al entrar. Dos muertos… En Reinosa, ¿no?
—Sí; a Múgica le tocó una guardia de cojones.
—La verdad es que tuvo que tener la noche a tope, sí —reconoció Cardona, concentrada en el examen del cadáver—. Y es una pena que ahora no esté, porque le habría encantado hacer esta autopsia; hizo ella el levantamiento y dejó anotado que consideraba muy probable la intoxicación por cianuro, que el examen superficial ya era indiciario, incluso por el olor.
—¿Qué olor?
—Eso digo yo. Yo no huelo nada, pero creo que es normal. Poca gente puede detectarlo, es por un tema genético, ¿sabías?
—No me digas.
—Sí, me lo explicó Múgica hace ya unos meses, cuando tuvimos aquí a los fallecidos del incendio.
—¿Del incendio? ¡Ah, claro, por eso sabes lo del cianuro!
Almudena Cardona asintió. Ambos forenses sabían que la gran mayoría de las víctimas de los incendios no morían por culpa del fuego, sino del humo. Antiguamente se creía que la causa estaba en su alto contenido en monóxido de carbono, pero lo cierto era que en el humo resultaba especialmente letal el cianuro, que cada vez incrementaba más su presencia en los cadáveres de los intoxicados en los incendios. La razón de este incremento se hallaba en el aumento en los hogares de productos de plástico, nailon, poliamida y otro tipo de materiales parecidos, que unidos al fuego provocaban una combustión altamente tóxica y, con frecuencia, mortal.
—Mira, fíjate —le indicó Cardona a Míguez, mostrándole primero la tráquea y después los pulmones de Margarita Rodríguez—. ¿Ves? Congestión traqueal y hemorragia alveolar difusa…
—Sí, sí —apreció él, interesado especialmente en la hemorragia pulmonar.
—Esto es típico del envenenamiento por cianuro —le explicó Cardona sin alzar la vista y concentrada en su trabajo sobre el cadáver—. El edema pulmonar y las erosiones gástricas… Aquí, ¿ves? La intoxicación ha sido vía oral. Sí… Aunque el cerebro siempre es el más afectado, y muy posiblemente nos encontremos un edema cerebral. ¿Sabías que por causa del cianuro la actividad eléctrica del cerebro cesa antes de que el corazón deje de latir? Lo leí hace unos meses en un estudio americano.
—Joder. No, no lo sabía —reconoció el forense, que, sin embargo, sí había apreciado la congestión visceral generalizada y la fluidez de la sangre, en la que no había coágulos.
Míguez sabía que aquello, unido al color exageradamente sonrosado de vísceras y tejidos, era claramente indiciario de intoxicación por cianuro. Almudena Cardona resopló.
—Ya verás como nos llaman en nada de la Policía Judicial. Ayer ya telefonearon a Múgica a primera hora. Siempre lo mismo, se creen que somos puñeteras máquinas… Pero hasta que lleguen los análisis de tóxicos y de sangre no podremos confirmarles nada.
Pedro Míguez, que no sabía tanto de cianuro como Cardona pero que sí disponía de los conocimientos habituales mínimos, sabía que en los análisis de sangre se encontraría gran cantidad de oxígeno y de ácido láctico, por la fermentación realizada por las células carentes de oxígeno. Aquella desgraciada que tenían sobre la mesa debía de haber sufrido una muerte terrible, porque el cianuro impedía que el oxígeno que portaban los glóbulos rojos llegase a las demás células del organismo, logrando un nivel de hipoxia generalmente letal. El forense miró con sorna a su compañera.
—Pero algo le dirás a la Guardia Civil cuando llame. Porque van a llamar.
Ella se encogió de hombros.
—¿Sabes si es legal mandarlos a tomar por saco?
—No —negó él, riendo—, creo que no.
—Pues entonces les diré la verdad… —Ella se puso seria—. Creo que alguien envenenó a esta pobre desgraciada a conciencia, sabiendo que ella iba a morir retorciéndose de dolor y sin saber qué coño le estaba pasando.
Valentina Redondo miró sus propias anotaciones y, tras confirmar que nadie más de su equipo tenía ideas extravagantes para resolver aquel caso, intentó ser pragmática. Ya había decidido sobre qué punto iba a focalizar su atención: ¿quién o quiénes iban a ser los más beneficiados de la muerte de Judith Pombo y de la de Margarita Rodríguez?
—Hablemos de las motivaciones, de por qué y para qué podría resultar útil para alguien que muriesen Judith Pombo y, después, su secretaria.
—Con lo que sabemos hasta ahora —intervino Riveiro, moviendo las páginas de su libreta, donde guardaba sus esquemas y anotaciones tras todas las tomas de manifestación que habían realizado el día anterior—, en principio a la tripulación de La Giralda la dábamos por descartada, ¿no?
Valentina se acercó a la pizarra, donde estaban anotados todos los que habían navegado en la goleta la noche del crimen.
—Sí —confirmó—. De momento, aunque no de forma definitiva, podemos dejar de focalizar nuestra atención en este grupo. Vamos a revisar a los demás.
Y la teniente leyó los nombres de todos:
—Margarita Rodríguez, Basil Rallis, Pablo Ramos, Félix Maliaño, Victoria Campoamor, Emilio Rojas, Marco Fiore y Rosana Novoa.
El equipo al completo comenzó a discutir posibilidades, y fue Torres la que primero logró elevar el tono por encima del de sus compañeros. Se dirigió directamente a Valentina.
—¿A Margarita no la eliminamos?
—Si partimos de la base de un único asesino deberíamos hacerlo, en efecto, pero no vamos a dar esa posibilidad por sentada. Ella fue la última en estar cerca de Judith y hablar con ella, no debemos olvidarlo.
—¡Pero si estaba en el salón de la goleta cuando gritó la víctima!
—Ya lo sé, ya lo sé… —El tono de Valentina mostraba que estaba intentando tener paciencia—. Pero solo estoy manejando posibilidades. Imaginemos… Imaginemos que fuese ella quien acuchilló a Judith, dejándola desfallecer en la cama del camarote; pudo dejar una grabadora programada en el compartimento para que sonase un grito femenino diez minutos más tarde…
—Pero al derribar la puerta habrían visto la grabadora —objetó Camargo, pensativo.
—O no. Pudo dejarla en un lugar discreto y cogerla cuando entró en el camarote con todo el grupo, guardársela en el bolsillo y tirarla por la borda antes de que llegasen los del Servicio Marítimo.
Riveiro frunció el ceño.
—No, no puede ser.
—¿Por?
—Porque el camarote estaba cerrado por dentro, y ya me dirás cómo pudo cerrarlo Margarita…
—Es verdad… —reconoció Valentina con fastidio.
—Y, además —insistió el sargento, convencido—, cuando Judith entró en el camarote estaba presente el capitán. Recuerda que declaró que estaba al lado de Margarita… Él habría visto la agresión. No, no puede ser.
Valentina hizo una mueca, reconociendo que tenía razón, que aquella teoría tampoco encajaba.
—Este caso nos está haciendo buscar las soluciones más descabelladas, pero tal vez en alguna de estas ideas encontremos el rumbo adecuado, así que no dudéis en exponer todo lo que se os ocurra —sugirió, mirando a su equipo y posando la mirada especialmente en Zubizarreta—. Bien… Torres, vamos a dejar ahí a Margarita, en esa lista de sospechosos, ¿de acuerdo? Ya hemos visto que tampoco es probable su implicación, pero ella pudo participar de alguna forma en la muerte de Judith, para después ser asesinada por un tercero en discordia o por su propio cómplice.
—Sí, eso puede ser —reconoció Torres, que en sus propios apuntes comenzó a dibujar flechas en todas las direcciones, marcando sospechosos y teorías absolutamente heterogéneas.
—Vale —retomó Valentina, señalando los nombres de la pizarra—. Según lo que hablamos ayer Riveiro y yo con los testigos, ambos dedujimos que Judith no era muy querida, aunque sí temida y respetada. Todos podían tener motivos más o menos consistentes para quitársela de en medio… Y no solo por dinero, sino por rencor, envidia y hasta por causa de conflictos de poder. No debemos, en consecuencia, eliminar a ninguno de la lista, pero sí que podemos graduar nuestro interés en ellos, para ver quién nos parece el más interesado en la muerte de Judith y, por ende, en la de Margarita.
—Creo que al de la Confederación de Empresarios, Emilio Rojas, podemos ponerlo al final de la lista… O casi eliminarlo —sugirió Riveiro—. Apenas conocía a Judith, el tema ni le iba ni le venía.
—Sí, es verdad.
—Basil Rallis, Pablo Ramos, Félix Maliaño… No sé, tampoco vi motivos que resultasen muy sólidos para el crimen. —El sargento miró a la teniente—. Todo con poco peso, ¿no?
—Puede ser —concedió Valentina—, aunque tendríamos que estudiar con mucho más detenimiento el verdadero vínculo de cada uno con Judith.
—Victoria Campoamor —continuó el sargento, volviendo a posar la mirada sobre su libreta— tampoco me parece que se ajuste al perfil, aunque podemos dejarla marcada por todo el tema antimonárquico…
—¡Coño! —exclamó Sabadelle—. ¡Pero si al final el rey no estaba en ninguna parte!
—Ya lo sé, pero es mucha casualidad. Que si el rumor del rey en las jornadas de tenis, que si las manifestaciones cuando Judith entró en la goleta…
—Pero en ese caso —observó Zubizarreta—, el crimen sería ideológico, no atendería a ningún beneficio tangible.
Riveiro sonrió.
—Todavía no sabemos si estamos ante un asesino práctico y terriblemente inteligente o ante un fanático.
Valentina asintió, dándole la razón al sargento. Después, rodeó el nombre de Marco Fiore con un círculo de tiza sobre la pizarra.
—Creo que este es el hombre que tiene más papeletas… O, al menos, esa es hasta ahora la apariencia de las cosas. Sabemos que tenía una relación extramatrimonial con Judith, y que muy posiblemente esté vinculado al mundo de las apuestas deportivas. Quién sabe si Judith descubrió algo… Y nos consta que el italiano no soportaba a Margarita, que también sospechaba de él en ese sentido. Él pudo matar a ambas mujeres para que no lo denunciasen. Lo único que tendríamos que descubrir sería cómo pudo ejecutar el crimen contra Judith, porque el de Margarita parece fácil… Echar cianuro en la bebida de alguien tampoco es tan complicado, porque a fin de cuentas es un veneno inodoro y transparente.
—Pero no podemos olvidar a Rosana Novoa —observó Riveiro, dando pequeños golpecitos con su bolígrafo sobre la libreta— porque un crimen por celos sí podría encajar también en el perfil que estamos buscando. Es una señora con medios, y desde luego cuando hablamos con ella no me pareció nada tonta. Pudo matar a Judith por venganza, por desamor o como lo queráis llamar, y a Margarita por sus amenazas de denunciar a Fiore con el tema de las apuestas.
—Mucho tendría que querer la señora al italiano —comentó Sabadelle, dudando de aquella posibilidad—. Además, con esa teoría estaríamos como al principio, porque no tendríamos ni idea de cómo se habría cargado la vieja a Judith Pombo.
—Eso es cierto —observó Torres, sorprendida de sí misma por haberle dado la razón a Sabadelle— porque de hecho ella fue la única, junto a Pablo Ramos, que ni siquiera acudió al camarote cuando Judith gritó.
Valentina se pasó las palmas de las manos por el rostro como si se estuviese lavando la cara con el agua fresca de la mañana, algo agobiada al comprobar que las ideas y suposiciones del equipo no estaban llegando a ninguna parte.
—Bien —dijo, recuperando la compostura—, revisemos los datos que tenemos pendientes, porque tal vez en la información que nos falta es donde vayamos a encontrar las pistas que nos iluminen de una vez. Camargo, ¿te llegaron ya las imágenes del palacete del embarcadero?
—Sí, teniente. Las han traído por mensajería ahora mismo, las estaba revisando justo cuando llegó Sabadelle. No tienen mucha calidad, aunque ya he podido detectar el instante en que sube Judith Pombo a La Giralda.
—¿Y? ¿Alguna incidencia?
—No parece que haya nada relevante. Lo tengo aquí mismo —añadió, girando la pantalla de su ordenador portátil hacia la mesa para que todos lo viesen—. Minuto veintidós, segundo treinta y seis. Aquí está.
En el vídeo se podía apreciar a Judith Pombo bajando sola por una pasarela levadiza hacia la goleta. Llevaba aquel ajustadísimo vestido con el que resultaba imposible caminar normalmente, por lo que sus pasos eran cortos pero firmes. Agarraba con fuerza una especie de barandilla hecha con un cabo muy grueso, dando la impresión de que tenía miedo a caerse. Su cabeza estaba inclinada hacia el suelo, al que miraba quizás por pura precaución, pues, como la gran mayoría de los pantalanes, aquel disponía de numerosos espacios vacíos sin tablones, alternando su colocación para que pudiese entrar y salir el agua, lo que suponía un horrible trayecto para alguien que fuese en tacones. Al llevar inclinada la cabeza hacia el suelo, el cabello rubio de Judith impidió al equipo ver en la pantalla su cara, que quedó desdibujada como si la mujer fuese ya alguien sin rostro y, en definitiva, una premonición de que iba a morir.
Dado que la cámara del palacete solo enfocaba su punto inmediato de acceso y parte del pantalán, allí se perdió la imagen de Judith, justo antes de que la mujer diese un pequeño saltito para acceder a La Giralda. Aunque ninguno de los componentes del equipo de Valentina Redondo hizo comentario alguno, si alguien los hubiese estado observando se habría dado cuenta de la leve pero firme impresión que en todos había producido ver a Judith Pombo con vida.
En las investigaciones, las víctimas eran individuos que había que estudiar y que analizar, pero siempre se hacía de la forma más aséptica posible, procurando no implicarse emocionalmente. Lo que hasta ese momento habían descubierto y deducido sobre la vida de Judith Pombo no la situaba precisamente en el perfil del clásico personaje popular conocido y querido en la ciudad, pero Valentina se preguntaba hasta qué punto las actitudes y comportamientos de Judith habrían sido cuestionados si quien los hubiese mantenido hubiera sido un hombre. Posiblemente, lo habrían asociado a la imagen de un empresario agresivo e inteligente, a un irresistible conquistador de todo tipo de féminas, a un triunfador. No sería Valentina quien juzgase los caminos que hubiese escogido aquella mujer, pero sí tenía intención de ser quien encontrase a su asesino.
—¿Y toda esa gente? —preguntó Valentina cuando Camargo paró la imagen.
—¿Qué gente, la del muelle?
—Sí. No se les ven bien las caras, pero hay casi un tumulto, y están tomando fotografías.
—Imagino que ver una goleta en el muelle les hizo sacar a todos sus teléfonos móviles —razonó Riveiro, acercándose a la imagen e intentando discernir exactamente lo que veía.
—Sí —admitió Valentina—, pero de todos modos es como mucha gente, ¿no?
—Bueno, recuerda que nos dijeron que había habido unas cuantas concentraciones por la estancia del rey en la ciudad. A lo mejor vieron la goleta y pensaron que venía ahí.
—Puede ser —concedió la teniente, no muy convencida—. A ver, pon la imagen un par de minutos atrás… Sí, ahí, páralo en ese punto y dale al play.
Camargo hizo lo que le ordenaba y pudieron ver una excursión organizada de un grupo de turistas visitando la ciudad, pero también, en un ángulo de la imagen, otro pequeño pelotón de gente con un cartel casero en el que se leía claramente VIVA LA REPÚBLICA. Sin duda, Judith tendría que haber atravesado aquellas pequeñas masas de gente para acceder al pantalán del palacete. Visionaron las imágenes dos veces más, y comprobaron que Judith había salido del tumulto de la manifestación, que había atravesado como única posibilidad y camino para llegar hasta la goleta, aunque con las pancartas y la multitud era prácticamente imposible verla en aquel tramo. Llegó un momento en que fue la propia Valentina quien paró la grabación, fijando su atención en los turistas.
—¿Alguien distingue los colores de la camiseta del guía? —preguntó, señalando al hombre que iba en cabeza del grupo de turistas.
—No sé —Torres fue la primera en reaccionar—, pero todo es ver los logotipos de las empresas turísticas de la ciudad… ¿Por qué?
—Porque esa gente está haciendo fotos sin parar, y quizás puedan darnos otro ángulo de visión, incluso de la goleta… Así veríamos, por ejemplo, quién estaba en cubierta y quién recibió a Judith al embarcar; que no es que signifique gran cosa, porque sabemos que murió después, pero quizás encontremos algo… A ver, vamos a organizarnos.
La teniente hinchó sus carrillos de aire, pensando, y cuando lo expulsó y devolvió a su rostro su aspecto normal, ya había diseñado las nuevas líneas de investigación.
—Camargo, quiero que reviséis al detalle estas imágenes y las que tengamos del Real Club Marítimo, de cuando embarcó la tripulación. Que en el departamento informático os echen una mano si hace falta para mejorar la calidad. Quiero también que investiguéis las empresas de servicios turísticos, a ver si podemos localizar al grupo que estaba anteayer haciendo fotos a la goleta… Y atentos a los del ECIO, que van a inspeccionar la Magdalena y La Giralda, y ya sabéis que se tiran horas; quiero que tengáis contacto constante con el responsable del equipo, y que os confirmen el mínimo indicio o novedad según van rastreando.
—De acuerdo —respondieron Camargo y Zubizarreta al unísono, al tiempo que anotaban las indicaciones.
—Bien… Torres, los de Criminalística ya estaban con el móvil y con los correos electrónicos de Judith Pombo, pero quiero que confirmes con ellos cómo va el rastreo y si encuentran o no algún dato relevante. Ayer el juez Marín me dio carta blanca para pedir oficios, de modo que…
—Joder, ¿carta blanca? —se sorprendió Sabadelle—. Hay que reconocer que con este chaval nos ha tocado la lotería.