Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


10

Página 17 de 26

—Creo que ha abierto la mano porque sabe que la vamos a tomar con mesura y sentido común —le frenó Valentina—, de modo que vamos a hacer honor a esa confianza y a no abusar para que luego no cierre el grifo de golpe, ¿de acuerdo? —La severidad del gesto de Valentina no dejó lugar a dudas de que hasta ella misma creía que el golpe de suerte que habían tenido con el juez Marín tendría, seguramente, una vida limitada—. Bien, pues, Torres, quiero que pidas en el juzgado que se realicen las diligencias debidas para revisar las últimas llamadas y mensajes del teléfono de Margarita Rodríguez… El juez ya habrá despachado indicaciones, pero podemos sugerirle alguna más. Ah, y el registro.

—¿El registro?

—Sí, de su piso, quizás haya algo interesante ahí. Ayer en casa de Judith no encontrasteis nada relevante, ¿no?

—Nada. Pero fue un registro superficial en su habitación. Ahí no hará falta orden, supongo, porque la hermana de la víctima no puso pega alguna en que echásemos un vistazo.

—Perfecto. A lo mejor tenemos la misma suerte con el hermano de Margarita, que llega hoy desde Burgos. Habla con él para entrar en el piso antes de pedir nada en el juzgado, y así ya eliminamos un trámite innecesario, porque quiero que tanto de Margarita como de Judith se libren oficios desde el juzgado a bancos y al colegio notarial para confirmar saldos, transacciones, movimientos extraños de capital… todo. Los testamentos y seguros, las últimas inscripciones notariales… Debemos determinar los beneficiarios principales de ambas muertes. Así que debes preparar y presentar las peticiones al juzgado, ¿de acuerdo?

—Ah —intervino Sabadelle—, en el caso de Judith nos dijo la hermana que ella era la heredera universal, así que por ahí lo tenemos claro.

—No está de más comprobarlo. Además, ¿la hermana tenía coartada?

—Sí, pero un poco floja —replicó Sabadelle con gesto desconfiado—. Dijo que estaba en casa la noche en que murió Judith, que el servicio lo podía corroborar. Cuando nos íbamos a ir —el subteniente miró a Torres como para confirmar su versión de los hechos— les preguntamos a dos de las asistentas y nos dijeron que sí, que doña Melania estaba en casa, que había cenado allí, pero que después se había metido en su apartamento y ya no la habían visto. A mí me pareció la típica tía rara, artista y tal.

—En todo caso —observó Valentina, abstraída por completo en el asunto—, no veo cómo habría podido subir y bajar de la goleta sin ser vista, ni siquiera teniendo un cómplice entre los invitados a La Giralda. No podemos saber todavía cómo se cometió el crimen —lamentó, asombrada del callejón sin salida al que habían llegado.

Redondo miró a Sabadelle con gesto reflexivo, evidenciando que su mente seguía dando vueltas al asunto, aunque de inmediato se recompuso para continuar dando instrucciones.

—Sabadelle, quiero que colabores con Torres en todas estas gestiones, incluyendo en tu parte y de forma marcada y especial todo lo correspondiente al nuevo crimen, el de Margarita Rodríguez. Debes investigarla a conciencia, hablar con su hermano cuando llegue hoy a Santander, estar completamente al tanto de los avances de los de Criminalística en relación con su muerte… Y, en especial, quiero que te encargues y responsabilices de supervisar todas las imágenes de ayer en la Magdalena. De particulares, de la organización… Todo. Me consta que ayer los del SECRIM ya hicieron barrido pero fue superficial.

—¡Pero eso me va a llevar horas!

—Igual que a los demás sus tareas —replicó ella, haciendo caso omiso a la queja, que esperaba ya de forma invariable en cualquier encomienda al subteniente—. Recuerda que buscamos especialmente imágenes de Margarita no solo en el salón de baile, sino incluso antes, porque el cianuro puede ocasionar muerte inmediata o puede demorarse más o menos minutos, dependiendo de la cantidad y de la forma de la ingesta.

Valentina hizo ademán de llevarse una mano a la cabeza en señal de que había olvidado algo fundamental.

—Ah, Camargo. Seguimos pendientes de los informes de Marco Fiore, haz una llamada al compañero de la Comandancia de Madrid con el que hablaste ayer, a ver cómo va el tema que investiga la Audiencia Nacional sobre las apuestas ilegales y si pueden o no vincularlo al italiano… Por cierto, ¿quién habla inglés aquí? Sabadelle, tú sí, ¿no?

—¿Eh? Yes, yes. Of course —respondió, transformando su gesto inicial de sorpresa por otro que pretendía ser simpático.

—Perfecto. Pues quiero que hables con Londres, con la ITF. A ver si en la visita relámpago de Judith Pombo pasó algo que nosotros debiéramos saber.

—¿Algo como qué?

—Como que la alertasen de apuestas ilegales de miembros de su club en Santander, por ejemplo. No lo sé, la verdad —reconoció, desacostumbrada a estar tan desorientada en una investigación.

Sabadelle asintió con gesto resignado, mientras Zubizarreta y Torres se miraban sonriendo discretamente ante la duda del verdadero nivel de inglés del subteniente, que acostumbraba a exagerar sus facultades y conocimientos.

Riveiro miró a la teniente con gesto expectante, pues solo faltaba aclarar qué tendrían que hacer él mismo y la propia Valentina. Ella apoyó las manos con las palmas abiertas sobre la mesa, inclinando suavemente el cuerpo, como si este necesitase estar por un momento en posición de descanso. Levantó la cabeza y miró directamente al sargento, sabiendo que él también esperaba sus directrices.

—Riveiro, tú y yo vamos a tener dos tareas muy divertidas esta mañana —explicó, con marcada ironía—. La primera va a ser hablar de nuevo con todos los invitados a la goleta para que nos den su versión de lo que sucedió anoche con Margarita.

Riveiro asintió con gesto serio, previendo ya un día tan largo como la jornada anterior.

—¿Y la segunda?

—La segunda va a ser verificar con quien sea que esté haciendo la autopsia a Margarita el motivo del deceso… —Miró el reloj—. Sí, los forenses deben de estar con ella ahora mismo. Lo del cianuro, de momento, es solo una posibilidad. Así que Riveiro, tú y yo tendremos que pasar por el hospital o bien lograr un avance de la información telefónicamente.

—¿Cómo que «con quien sea que esté haciendo la autopsia»? —preguntó Torres—. ¿No la estará haciendo Múgica?

Valentina se encogió de hombros.

—No lo sé, pero lo dudo, porque ayer estaba de guardia y me han asegurado que los forenses de vez en cuando duermen —le respondió, intentando con todas sus fuerzas recuperar a la antigua Valentina y ser afable—. De todos modos, vamos a llamar ahora mismo al hospital para confirmar que no haya habido ningún otro ingreso de quienes estaban ayer en la Magdalena.

—… Y para comprobar el motivo de ingreso de Oliver Gordon, supongo.

—Exacto —se limitó a contestar ella, con un gesto completamente ajeno y frío, como si aquella comprobación careciese de relevancia.

La teniente concluyó la reunión con una discreta sonrisa de ánimo a todo su equipo, pero justo cuando cada cual iba a ponerse con las tareas asignadas, sonó su teléfono. Era el capitán Caruso. Lo atendió y, mientras lo hacía, alzó una mano para que su equipo la esperase, para que no se moviese del sitio.

—Pero ¿cómo? Ya. ¿Cuándo ha ocurrido? Sí, sí. Por supuesto, señor. Descuide, capitán. El display, sí, estaré atenta.

Cuando colgó y explicó a todos lo que acababa de suceder, Sabadelle chasqueó la lengua, Torres se llevó una mano a la boca y Zubizarreta a la cabeza.

Eloísa Montes, la madre de Judith Pombo, había muerto aquella noche en la finca de Mataleñas mientras el aire marino sobrevolaba sus bucólicos tejados y el salitre se marcaba sobre sus piedras, tal y como se marca la muerte de quienes amamos en nuestra memoria.

Ir a la siguiente página

Report Page