Libelo de sangre
CAPÍTULO 52 Cuestión de tormento
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CAPÍTULO 52Cuestión de tormento
La muerte de Lorenzo supuso tal golpe para Sebastián que, de regreso al calabozo tras la lectura de la sentencia, se echó a llorar desconsolado sin siquiera recordar el acongojante envite que le esperaba al día siguiente.
Lloró hasta bien entrada la noche y, cuando ya de madrugada un exhausto duermevela le rindió, el alcaide vino a buscarlo y lo encapuzó.
Al principio creyó que solo lo trasladaban a él y le alivió pensar que al menos Margarita no sufriría el tormento. Por desgracia, el alivio expiró en cuanto, desde el interior de la silla de manos, escuchó el lúgubre ruido de cadenas seguido de unos débiles pasos en los que de inmediato reconoció a Margarita.
Convencido de que la mujer no resistiría el trámite, intentó coger aire para sofocar la pena de imaginar la vida sin ella, pero no pudo. No podía respirar. El luto que recién le encorsetaba el corazón se lo impedía y únicamente le licenció lágrimas de adiós.
Pese a que, en no rayando todavía el alba, la plaza de Santa Cruz lucía desierta, la comitiva prefirió no llamar la atención y se dirigió a la parte trasera de la Cárcel de Corte.
Los alguaciles ayudaron a los prisioneros a apearse de las sillas, los condujeron al sótano y, luego de recorrer varias galerías, los separaron. Aunque iban encapuzados, Sebastián se percató de la separación; entonces el corsé negro del corazón enconó tanto sus apreturas que, roto de tristeza, trastabilló y cayó de bruces.
Tras incorporarlo, los alguaciles le obligaron a bajar más escaleras y atravesar más pasillos. Hacía un frío glacial y un penetrante tufo a humedad saturaba el ambiente.
Cuando ya empezaba a creer que lo llevaban al mismísimo infierno, sus guardianes lo instaron a detenerse; cuando un cerrojo chirrió y los goznes de una puerta abriéndose emitieron un lóbrego crujido, pensó que así debían sonar las puertas del infierno; cuando lo forzaron a avanzar y cruzó el umbral, tuvo la sensación de que acababa de cruzar el umbral del infierno, y, cuando un momento después le quitaron el capuz, comprobó espantado que, en efecto, estaba en el infierno.
Se encontraba en una estancia de planta rectangular, grande, construida en piedra, abovedada y sin ventanas. Antorchas enganchadas en las paredes la iluminaban, o eso pretendían, porque despedían tan densa humareda que, lejos de iluminar, creaban una nebulosa de muy pobre nitidez y también harto turbadora.
Entre las brumas distinguió una mesa larga y estrecha ubicada en un lateral. Un paño negro la cubría y una pareja de cirios verdes escoltaba las esquinas. En el centro se alineaban un crucifijo de plata y un reloj de arena infaustamente consagrado a cronometrar las fases del tormento.
Sentados a la mesa aguardaban el inquisidor en Corte, el comisario y dos ministros del tormento, sacerdotes responsables de ratificar el acatamiento de la normativa durante la práctica de la prueba.
Los cuatro permanecían con el cuerpo estático, los ojos cerrados, las manos unidas en oración, los dedos deslizando cuentas de rosario y las bocas bisbiseando letanías.
A la izquierda de la mesa presidencial había otra más pequeña e, instalado en ella, el escribano del secreto afilaba una pluma presto a transcribir preguntas, respuestas, silencios, lamentos, chasquidos óseos, aullidos y súplicas de clemencia. Todo lo que allí aconteciera quedaría pormenorizado en un papel y aquel hombre era el encargado de cumplir tan tétrica misión.
Cuando encaró el resto de la pieza, Sebastián se tambaleó.
Del techo pendían sogas, cadenas y dos jaulas de madera; justo debajo se alzaba una cuna de Judas, pirámide de hierro sobre la que se elevaba al infeliz y después se le dejaba caer de manera que el pico se le incrustaba en el recto; al lado se había dispuesto un cepo de tres agujeros destinados a apresar la cabeza y los brazos, y en un lateral observó una silla con el respaldo y el asiento repleto de púas que provocarían un dolor insoportable a quien la ocupase.
Apabullado, Sebastián se fijó en el instrumental que colgaba de un muro. Había tenazas, sierras manchadas de sangre seca, astillas arrancauñas, aplastapulgares, aplastapiernas, pinzas, cizallas, látigos, collares de espinas, horquillas, garras de gato que desligaban la carne del hueso, grilletes de diferentes medidas, mordazas, pies de amigo, cuchillos, estiletes y una infinidad de aparejos adicionales capaces de acoquinar al más audaz.
Tirados en un rincón vio un trío de yelmos; uno encajaba en la cabeza, el segundo en los genitales masculinos y el tercero en los femeninos. Se trataba de meter una rata hambrienta dentro del yelmo y calzárselo a la víctima, que padecía lo indecible cuando el roedor le comía la cara o las partes pudendas. También había un brasero encendido, un lebrillo lleno de sebo animal, una brocha y una barra de hierro candente que, luego de aceitar el cuerpo, se aplicaba encima y lo calcinaba.
En mitad del sitio se erigía el potro. Era un banco con poleas en las esquinas, cuerdas enrolladas en ellas y una manivela que las accionaba. Sebastián intuyó que se valdrían de ese artefacto para agasajarle, porque el verdugo, un individuo enlutado y con una coroza negra que solo mostraba los ojos, estaba desenredando las cuerdas, colocando cadenas en el tablero e impregnando de grasa las poleas.
De pronto, le clavó su siniestra mirada. Al notarlo, un escalofrío sacudió a Sebastián y, sintiéndose al borde de un ataque de histeria, inspiró hondo en un vano intento de mantener la calma.
—Bienvenido a la cámara de tormento del Tribunal de la Santa Inquisición —saludó el inquisidor en Corte—. Sabemos que el aspecto del lugar no augura venturas y, en la esperanza de que la simple visión del mismo suscite en vuestro ánimo las ganas de confesar, os hemos licenciado una minuciosa revisión de sus… prestaciones. Este tribunal no ambiciona infligiros daño. Si decís la verdad ahora, marcharéis sin experimentarlo, pero, de porfiar en la contumacia, penaréis mucho. Así pues, os lo preguntaré de nuevo: ¿admitís haber secuestrado, torturado, ejecutado y extirpado el corazón a un infante cristiano?
—Si admitiera tamaña salvajada, incurriría en embuste —contestó Sebastián, temblando de miedo, pero decidido a resistir—. No puedo admitir un delito que no he cometido.
—Que Dios os proteja, entonces. Traed al galeno, alguacil. Que examine al acusado y dictamine si se encuentra en condiciones de tolerar la diligencia.
Al rato entró un hombre de edad madura y portador de los mimbres inherentes a todo médico: prolija barba blanca, loba de paño pardo, capa de lana oscura, bonete negro y un anillo en el pulgar.
Acercándose a un trémulo Sebastián, le exploró pupilas, boca y garganta, le dobló las articulaciones, le inspeccionó la espalda y palpó su otrora feliz estómago, tan hundido ahora que marcaba las costillas.
Concluido el reconocimiento, asintió.
—Conste en acta que el galeno autoriza el tormento —exhortó el inquisidor—. Permanezca este en la sala y vigile el estado del reo durante el desarrollo de la audiencia. Si percibiere efluvio sanguíneo, riesgo de mutilación o inminencia mortuoria, manifiéstelo para cognición, deliberación y resolución en lo que procediere de este tribunal.
El galeno se inclinó en una reverencia y se acomodó en un taburete próximo al potro.
Sebastián contemplaba el cuadro espeluznado y, al tiempo, perplejo. Todos se comportaban de tan impertérrita guisa que parecían preparar una jornada de rutinario faenar.
Los clérigos rezaban, el escribano apañaba sus enseres, el verdugo organizaba aperos dantescos con la indolencia de quien organiza el género a despachar en el mercado y el galeno se apoltronaba en una silla como si estuviese pasando la mañana en el pilón de la fuente.
De no ser porque la aprensión lo ahogaba y el pánico lo atenazaba, la escena le habría resultado incluso cómica. Encima, transcurría de muy lenta forma. Los protagonistas se movían con una parsimonia exasperante, lo cual, lejos de sosegarlo, le iba minando los arrestos poco a poco.
Ignoraba que exactamente eso pretendía el tribunal: minarle los arrestos. Amén de permitirle observar a placer el utillaje de tormento y al espectral individuo encargado de administrarlo, cosa que ya amedrentaba al más pintado, aquella reposada manera de conducirse durante los prolegómenos era otra de las artimañas que solía emplear la Inquisición para ejercer presión psicológica sobre el reo e inducirle a confesar sin rozarle siquiera.
A menudo, la treta surtía efecto y muchos se desmoronaban, pero, como Sebastián encajó el desafío de estoica suerte, el ceremonial continuó.
—Proceda el verdugo a desnudar al acusado —ordenó el inquisidor—. Entréguensele unos zaragüelles y que se cubra las vergüenzas.
El aludido desengrilletó a Sebastián y lo desvistió. Después, fiel a la argucia de socavarle el coraje emulando a los caracoles, se dirigió hacia un rincón a flemática velocidad, extrajo el avío demandado de un arcón y, sin aligerar el paso ni una miaja, regresó.
Mientras, expuesto a la mirada de una cuadrilla de extraños, rodeado de una alegoría perfecta del sufrimiento extremo, famélico, en cueros, tiritando de frío y convulsionando de miedo, Sebastián aguardaba.
En un desesperado intento de evadirse, apretó los párpados. Aquello no podía estar ocurriendo. Cierto que se sentía en el infierno, pues solo allí concebía un lugar tan terrorífico, pero debía hallarse en medio de un delirio. Tenía que tratarse de eso, porque el infierno se sucedía allende la vida y él todavía vivía; al menos tal indicaban los enloquecidos latidos de su corazón.
«De seguro se trata de eso», pensó, apretando más los párpados. «Me he extraviado en una pesadilla que, aunque parece real, no lo es; es una ficción, un mal sueño que se desvanecerá en cuanto vuelva a abrir los ojos».
Pero a veces las pesadillas logran traspasar la frontera de lo onírico y se cuelan en la realidad. Y ese fenómeno experimentó Sebastián. Así, cuando se atrevió a abrir los ojos y encaró su particular realidad, descubrió que el infierno seguía reinando en ella y que, escrutándole a través de una coroza negra, Lucifer le tendía unos zaragüelles.
Con el semblante demudado, agarró la prenda y se la calzó. Procuró ignorar el hedor que despedía y también los restos de fluidos humanos adheridos a la tela, pero, al notarla húmeda, probablemente merced al anterior usuario, el temple que se afanaba en conservar flaqueó.
—Este tribunal os concede una nueva oportunidad de hablar —declaró el inquisidor—. Confesad y ahorraos fatigas.
—Lo único que puedo confesar es mi inocencia —sollozó Sebastián—. Soy inocente.
—Como gustéis. No diga el Altísimo que no hemos perseverado. Comisario, coordinad los ciclos de tormento. Verdugo, disponed al reo en el potro. Señor escribano, aproximad vuestra mesa y enseres junto al potro para mejor captación de cuanto exponga el reo, incluidos los más tenues murmullos, suspiros o lamentos.
Mientras el escribano obedecía, el verdugo acostó a Sebastián en el tablero, lo sujetó poniéndole una gruesa cadena alrededor del torso y fijó la sujeción cinchando la cadena hasta hendirle los eslabones en la piel. Le rodeó las muñecas con ásperas maromas de cáñamo, le extendió los brazos por encima de la cabeza y enroscó el cabo opuesto de las maromas en las dos poleas atornilladas en el margen superior del banco. Después amarró los tobillos y los hermanó a las dos poleas inferiores.
—Listo, señoría —anunció el verdugo.
—Comenzamos, pues —proclamó el comisario, volteando el reloj de arena—. Primera vuelta. Brazo derecho.
El verdugo empujó la manivela que accionaba la polea correspondiente al brazo derecho. De inmediato, las cuerdas se tensaron, la muñeca enrojeció, la mano se inflamó al obstruirse la circulación sanguínea, el brazo se estiró y los huesos del hombro crujieron intentando no desencajarse.
Durante el lapso de tiempo que el dolor tardó en colonizar su cerebro, Sebastián cerró los ojos y se refugió en la penumbra. De repente, estridentes destellos prendieron aquella penumbra y un intenso calambre le recorrió el sistema nervioso. Perlas de sudor helado le empaparon la frente, las piernas se le crisparon, el brazo herido se le agarrotó, el todavía ileso se estremeció, la espalda se le arqueó y entonces… gritó.
—Decid la verdad, por amor a Dios —requirió el inquisidor—. No ambicionamos causaros daño.
—Soy inocente —aulló Sebastián—. He ahí la verdad.
—Segunda vuelta —decretó el comisario—. Pierna derecha.
La soga oprimió el tobillo, tiró de la rodilla, luego del fémur, la cadera chascó y Sebastián gritó de nuevo.
—¡Cristo bendito! ¡Tened compasión!
—Decid la verdad, por amor a Dios —repitió el inquisidor, impasible—. No deseamos veros sufrir.
—No fui yo. Debéis creerme. No fui yo.
—Tercera vuelta —señaló el comisario—. Misma pierna.
Un segundo envite sobre la misma pierna resultó devastador. Los ligamentos se rompieron, los tendones se desgarraron y el fémur se descabaló. Sebastián soltó tal alarido que el escribano, sentado a su lado, pegó un respingo.
El cuarto lance, aplicado en la pierna izquierda, estuvo a punto de descoyuntarla también y el quinto, que volvió a padecer el brazo derecho, dislocó el hombro.
El dolor era tan cruento que por un momento Sebastián se planteó confesar, pero la rabia, mucho más fuerte, le selló los labios.
—Sexta vuelta. Brazo izquierdo.
Esta vez los cordeles se tensaron demasiado y mellaron la piel. Al instante la sangre, atorada en los amarres, escapó de su encierro y un brioso chorro salpicó el aire.
—Emanación de líquido vital, señoría —denunció el galeno.
—¡Alto! —conminó el inquisidor, tumbando el reloj de arena—. Examinadle y evaluad la situación.
El médico supervisó el cuerpo de un exánime Sebastián y, al comprobar las articulaciones, emitió un diagnóstico negativo.
—Luxación total de pierna diestra. La siniestra no toleraría otro desafío. El brazo derecho se ha desacoplado y la muñeca del izquierdo sangra. Existiendo riesgo cierto de mutilación, recomiendo un método alternativo que no afecte a las extremidades.
—Se recibe la recomendación y se somete a deliberación del tribunal —resolvió el inquisidor—. En el ínterin, y advertido el desfallecimiento del reo, reanímenlo galeno y verdugo e informen en cuanto se restablezca.
Uno de los ministros del tormento era un alto cargo de la Vicaría General de Madrid y, en deferencia a su notoria dignidad, el tribunal le había brindado la oportunidad de delegar su asistencia en un adjunto. Sin embargo, el morbo de presenciar el suplicio de los líderes de la Secta le venció y declinó la oferta. Ahora, satisfecho el morbo e incapaz de aguantar tan desagradable espectáculo, el prelado decidió que ya tenía suficiente y aprovechó el receso para batirse en retirada.
—Don Gaspar, ha transcurrido bastante tiempo y las Instrucciones del Santo Oficio fijan en una hora la duración máxima del tormento —susurró al inquisidor—. Propongo suspender la diligencia y reanudarla mañana.
—Si citáis las Instrucciones del Santo Oficio, os ruego que las citéis en los términos correctos —replicó don Gaspar en tono adusto—. Solo autorizan una sesión de tormento y no fijan la duración máxima en una hora, sino en una hora y cuarto. Mirad el reloj y comprobaréis que aún resta mucha arena por caer.
—La mayoría de los inquisidores dividen esa duración en tercios y realizan tres sesiones en tres jornadas diferentes. Como nadie resiste un triple suplicio, así se aseguran la confesión.
—Así se aseguran una flagrante vulneración de la norma, pues se trata de un ardid fraudulento que de ninguna manera visaré. Se efectuará una única sesión de tormento y se agotará la hora y cuarto legalmente licenciada. Si el acusado capitula, dictaremos sentencia condenatoria; si, por el contrario, el trance no le doblega, entenderemos que el Señor avala su inocencia procurándole el arrojo preciso para no flaquear, en cuyo caso y luego de arbitrar ciertos extremos jurídicos, procederá una sanción menor o, Deo volente, la absolución.
—Quizá sea Belcebú y no el Señor quien auspicia tanto arrojo. El demonio cuida de sus secuaces y, cuando corren peligro, los ayuda a presentar batalla. No subestiméis la fuerza del mal, don Gaspar. Sabe disfrazarse de ángel y aprovecharse de personas íntegras que, como vuecencia, aplican la norma al pie de la letra en vez de interpretarla. En ocasiones conviene conducirse igual que el enemigo. A las serpientes se las combate serpenteando, no avanzando en línea recta.
—Cristo soportó cuarenta días en el desierto sin comer ni beber, el calvario y la cruz. ¿También pensáis que fue el Maligno quien le ayudó a presentar batalla, monseñor?
—Se me antoja una irreverencia entablar comparaciones entre el Mesías y ese bárbaro —protestó el prelado.
—«Ese bárbaro» todavía no ha confesado sus barbaries y, mientras no lo haga, solo podemos considerarlo «presunto bárbaro». Conforme al reglamento, superar un tormento de recia calidad como el que Sebastián Castro está sufriendo implica inocencia y sucumbir a él, culpabilidad. Y todo ello por la gracia de Dios. Es la ley, y la ley ni se interpreta ni se serpentea; se acata. Y tal hará este tribunal.
—De acuerdo, pero yo me retiro. Los chillidos y lloriqueos del «presunto bárbaro» me han levantado una terrible jaqueca.
—No os lo aconsejo —advirtió el inquisidor en tono amenazante—. El precepto exige la presencia de dos ministros del tormento desde el principio hasta el final y vuecencia es uno de ellos. Vuestra deserción provocaría un vicio de forma que invalidaría la diligencia y entonces la Suprema me pediría razones. Creedme, monseñor: no les gustaría saber que una jaqueca ha trabado la resolución de este enjundioso caso.
Consciente de que recién caía derrotado en aquella pelea de gallos tonsurados, pues afrentar a la Suprema nunca traía a cuenta, el prelado hubo de tragarse el orgullo y agachar la cerviz.
—Dispensad mis blanduras —se excusó con más soberbia que humildad—. Las fatigas de mis semejantes me atribulan en exceso y, aunque ese semejante en particular se asemeje demasiado a Satán, no puedo evitar compadecerme de él.
—Vuestra misericordia os honra —respondió el inquisidor con más severidad que condescendencia—. En el fondo, os comprendo. También a mí me atribulan las fatigas de mis semejantes… en particular, las de quienes murieron a manos de los «demasiado semejantes a Satán». Por eso, porque ansío procurar paz a los primeros y exterminar a los segundos, me mantengo estoico en tesituras como la que nos ocupa.
—Dios bendiga vuestro denuedo, don Gaspar —encomió el vencido, fingiendo pleitesía.
—Dios recompense vuestro sacrificio, monseñor —contestó el vencedor, destilando ironía.
—Señorías, el reo empieza a recuperar la presencia de ánimo —se escuchó al galeno desde el lado opuesto de la cámara—. Aguardo instrucciones.
—El tribunal se aviene a la recomendación médica y descarta el potro —declaró el inquisidor—. Comisario, organizad el tormento de toca.
Siguiendo las indicaciones del comisario, el verdugo desató a Sebastián y lo incorporó, pero, como ni la pierna luxada ni su hermana, que tampoco andaba muy allá, superaron la prueba de la bipedestación, ambas fallaron y Sebastián se desplomó cual muñeco de trapo.
Habituado a ese tipo de incidentes, el verdugo lo cogió en brazos, lo trasladó a una escalera inclinada, lo depositó encima con la cabeza más baja que los pies y, en tan infausta posición, lo encadenó.
Sebastián se dejaba hacer. Semiinconsciente, sentía un alivio enorme sumido en aquel reconfortante letargo e intentaba no abandonarlo. Sin embargo, unos vigorosos meneos abortaron el intento y lo devolvieron a la cruda realidad. Entonces la lucidez regresó, pero no regresó sola, sino en compañía de un lacerante dolor en las extremidades.
Cuando, en mitad de un indescriptible sufrimiento, advirtió que ya no se encontraba en el potro, la zozobra de saber que el próximo tormento, fuera el que fuese, resultaría espantoso le liberó los esfínteres. Los fluidos resbalaron por la pendiente de su cuerpo y no se detuvieron hasta alcanzar los orificios faciales. Aunque apartó el rostro para tratar de eludirlos, no lo consiguió y así, mientras aguas viejas reingresaban en sus entrañas por nariz y boca, aguas nuevas emergieron de sus ojos.
—¡Os lo suplico! —Lloró, aterrorizado—. No me lastiméis más. ¡Apiadaos de mí!
Indiferente a los lamentos, el verdugo le abrió la boca y le metió una horquilla de hierro que le impedía cerrarla; después introdujo una toca de lino y se la encastró en la garganta.
Sebastián quiso gritar que le quitaran aquel opresivo paño y, al comprobar que ni la horquilla ni el paño le permitían articular palabra, sacudió la cabeza presa de un ataque de ansiedad. Aunque se esforzó en refrenar el aluvión de arcadas que le asaltó, la naturaleza siguió su curso y, tras las arcadas, un vómito bilioso brotó de su estómago vacío provocándole tal asfixia que creyó morir.
—Procedamos —señaló el comisario, irguiendo el reloj de arena—. Primera jarra.
El verdugo vertió una frasca de agua sobre la toca. Sebastián intentó tragar el líquido que atravesó la tela, pero la propia tela lastró el afán. Intentó entonces escupir la tela y, como ni un ápice se movió, procuró cerrar la boca para toparse con el obstáculo de la horquilla. En no pudiendo cerrarla, trató de abrirla más buscando un poco de holgura porque el hierro empezaba a llagarle las encías; sin embargo, la mandíbula se encontraba al límite y no le obedeció.
La agonía le instó a retorcerse bajo la cadena que lo mantenía fijo a la escalera, pero, no bien amagó el primer cimbreo, un punzante dolor en las extremidades lo dejó yerto y condenado a un absoluto estatismo.
Desesperado tras agotar todas las opciones viables, probó a expirar, pero ni siquiera eso logró, pues su cuerpo se empecinaba en respirar.
—Decid la verdad, por amor a Dios —oyó la machacona cantinela del inquisidor—. No deseamos causaros daño.
En un baldío conato de movilizar la toca, Sebastián ladeó la cabeza, gesto que el comisario equiparó a una negativa.
—Segunda jarra —ordenó.
Otra tromba de agua inundó el trapo obturando la garganta. Sebastián convulsionó. El rostro se le contrajo, las venas del cuello parecían a punto de estallar y los ojos se desorbitaron.
Aguantó dos embestidas más y, aunque estaba determinado a resistir o morir, no pudo ser y a la quinta jarra claudicó.
Desquiciado y medio ahogado, asintió y, cuando le liberaron la boca, aspiró con tal avidez que volvió a vomitar.
—Lo confieso —jadeó en cuanto consiguió hablar—. Fui yo.
¡Fui yo!
El inquisidor paró el reloj y, al reparar en la escasa arena que faltaba, suspiró mitad decepcionado, mitad aliviado. Decepcionado porque le deleitaban las insólitas ocasiones en que Dios se manifestaba ayudando al reo a superar el tormento y comenzaba a pensar que Sebastián protagonizaría uno de esos milagros; aliviado porque en verdad le consideraba el autor de los crímenes y su confesión suponía la culminación de aquel controvertido caso.
—¿De qué os declaráis culpable? —preguntó, ocultando tan contradictorias emociones tras una expresión hierática.
—De todo —bramó Sebastián, inmerso en un enardecido delirio—. Maté al párvulo, le extirpé el corazón, lo escondí, venero a Moisés, detesto los torreznos, respeto el shabat, vilipendio los símbolos católicos… todo. Me declaro culpable de todo, pero, os lo imploro, detened este calvario y no me martiricéis más.
—Identificad a los cómplices.
—¿Cómplices? —Bizqueó Sebastián, que no esperaba esa demanda—. No tengo cómplices.
—¿Y qué hay de Margarita Carvajal?
—Desconocía mis manejos. Yo… la… la engañé.
—¿Pretendéis que nos creamos tamaña falacia? El shabat requiere yantar singular, preámbulos los viernes en limpieza y lumbre, quietud los sábados… Un hombre no puede hacer nada de eso sin la participación de la mujer con la que vive.
—Quizá un hombre no puede hacerlo, pero un demonio sí —argumentó Sebastián, empeñado en proteger a Margarita—. Soy un demonio y sé bien el modo de embaucar a un alma pura como la de mi esposa.
—¿Alma pura? ¿Acaso nos pensáis estúpidos? Se ha acreditado la ignominia de Margarita Carvajal contra la santa cruz. ¿De qué alma pura habláis? ¡Confesad! ¿Robasteis al Altísimo una de sus siervas y la consagrasteis a Belcebú?
—En absoluto. Margarita idolatra a Cristo.
—¡Mentira! —se sulfuró el inquisidor—. La incitasteis a abjurar de la fe católica y lo lograsteis. ¡Admitidlo!
—Admito que… la incité —improvisó Sebastián, demasiado confundido para discurrir con claridad y sortear el acuciante interrogatorio—. La incité a abrazar a Moisés y… la tenté describiéndole las… bondades del judaísmo, pero ella rehusó. ¡Debéis creerme! ¡Margarita es inocente! Castigadme solo a mí, pues solo yo pequé.
—Adelante, comisario —conminó el inquisidor.
—¡No, por favor! —chilló Sebastián cuando el verdugo le abrió la boca de nuevo, le colocó la horquilla y le empotró la toca en la garganta.
—Sexta jarra —anunció el comisario, reincorporando el reloj de arena.
Mientras el agua volvía a encharcarle las vías respiratorias, la exasperante letanía del inquisidor resonó en los oídos de Sebastián.
—Decid la verdad, por amor a Dios. No deseamos infligiros daño.
Dos jarras después, exhausto y derrotado, Sebastián incriminó a Margarita.
—El acusado ha confesado —proclamó el comisario.
—Ministros del tormento encargados de validar el curso de la diligencia, pronúnciense en voluntad y plena honestidad —solicitó el inquisidor—. ¿Certifican sus reverencias que la dicha diligencia se ha desarrollado conforme a derecho y en estricta observancia de los ritos procesales previstos en las Instrucciones del Santo Oficio?
—Lo certificamos —respondieron los clérigos al unísono.
—Conste en acta la certificación de los ministros del tormento asignados a la causa abierta contra el bachiller Sebastián Castro. Se declara concluso el trámite de prueba extraordinaria. Mediando confesión y delación de cómplices, se estima evidenciada la culpa y obtenida prueba plena. En cumplimiento de las Instrucciones del Santo Oficio que exigen la ratificación de la confesión transcurridas veinticuatro horas después del tormento, la mentada ratificación se efectuará mañana al toque de tercias en una de las salas de esta misma penitenciaría.
»En el acto de ratificación, la ley solo requiere la asistencia del comisario, del escribano y de un servidor. En consecuencia, el resto de los presentes queda dispensado. Este tribunal les agradece su tiempo y paciencia. Examine el galeno al reo y procúrele las atenciones pertinentes.
—Habiéndose dispuesto que la ratificación se realice en esta penitenciaría, sugiero posponer el traslado del acusado a la Cárcel de la Corona —propuso el comisario—. La jornada envejece y presumo la plaza de Santa Cruz atestada del habitual gentío. De emprender viaje ahora, temo por el secreto. Además, no veo al reo en condiciones de encarar el trayecto en estos momentos.
—Sea —aceptó el inquisidor—. Instaladlo en un calabozo aislado y organizad la singladura para la anochecida de mañana. Haced que traigan a Margarita Carvajal. Aunque el esposo la haya delatado, también necesitamos su confesión. Verdugo, estibad al reo y acomodadlo donde el comisario os indique.
Mientras, Sebastián lloraba desconsolado. No le importaba haber admitido los cargos ni lo que a resultas de ello le ocurriera, pero nunca se perdonaría haber traicionado a Margarita.
Lágrimas de dolor se sumaron a las de culpa cuando el verdugo lo cogió en brazos sin excesiva gentileza y se lo llevó.
En cuanto enfrentó la cámara del tormento, una muy debilitada Margarita se desvaneció.
Luego de reanimarla, el parsimonioso ritual preparatorio destinado a amedrentarla comenzó, pero, al igual que sucedió en el caso de Sebastián, la treta no funcionó, pues, pese a contemplarlo aterrorizada, Margarita se limitó a llorar y a clamar inocencia.
La desnudaron, le cubrieron los bajos con unos zaragüelles similares a los de Sebastián y la sujetaron al potro.
En la primera vuelta, dada al brazo izquierdo, el frágil y desnutrido hombro se descoyuntó. Abismada en un suplicio que jamás imaginó, Margarita sufrió un colapso y volvió a desmayarse.
Obviando las cortesías, le echaron una jarra de agua helada en la cara y, en cuanto la vieron recuperada, le aplicaron una segunda vuelta en el brazo derecho. Cuando el hueso del hombro crujió y también se descolgó, la pobre mujer enronqueció de tanto chillar.
La pierna izquierda recibió la tercera vuelta y el desgarro de los tendones la enloqueció. A la cuarta vuelta admitió su culpabilidad; a la quinta, la de Sebastián.
Al día siguiente, tras una noche de dulce sopor gracias a los específicos del galeno, los Castro fueron conducidos por separado a una sala del penal.
Sebastián entró apoyado en un palo de madera. Incapaz de levantarlos, arrastraba los pies; incapaz de erguirse, caminaba encorvado, e, incapaz de tolerar el dolor, se mordía los labios hasta llagarlos.
Más desmadejado que sentado en un taburete, escuchó al escribano leer la transcripción de su confesión.
—Rubricad el acta de ratificación —ordenó el inquisidor cuando el escribano acabó la lectura.
—De rubricar tamaña sarta de disparates, incurriría en embuste —musitó Sebastián con voz apenas perceptible debido a la inflamación de garganta provocada por la toca—. Mi testimonio no nació de la verdad, sino de una agonía extrema. Soy inocente.
—De no ratificaros, nos obligaréis a repetir el tormento.
—Sabéis que no lo resistiría.
—Entonces, firmad y vuestras fatigas terminarán.
—¿Mis fatigas terminarán? —repitió Sebastián en tono mordaz—. Si no firmo, me mataréis en el tormento y, si firmo, me mataréis en la hoguera. En cualquier caso, se me antoja que mis fatigas andan lejos de terminar.
—Firmad, Sebastián —terció el comisario—. Carece de sentido demorar lo inevitable.
—Solo me ratificaré en los cargos atribuidos a mi persona. No así en lo referente a la delación de mi esposa. Reiterad la tortura si gustáis, pero no lo haré.
—Constará en acta —repuso el comisario.
—¿Me repetiréis el tormento si me niego a ratificar la culpabilidad de mi esposa? —preguntó Sebastián, azorado.
—No ha menester vuestra ratificación en lo concerniente a Margarita Carvajal —contestó el inquisidor—. También confesó y recién se ratifica.
—¡Pobre mía! —exclamó Sebastián, en absoluto sorprendido con la noticia—. ¿Cómo está?
—Acabo de participaros que recién se ratifica. ¿No os indica eso que se encuentra bien?
—Eso solo me indica que la llevasteis al mismo infierno que a un servidor y que se ha ratificado temerosa de que porfiéis en el agasajo.
—¡Basta, Sebastián! —Se impacientó el comisario—. Aparcad las conjeturas y firmad de una vez.
Pensando que, si Margarita se había ratificado, la condenarían y resuelto a no abandonarla en semejante trance, Sebastián cogió la pluma y escribió «mi esposa es inocente». Sabía que esa frase no alteraría el desenlace, pero ponerla en negro sobre blanco le alivió los remordimientos. A continuación, firmó.
Al instante, sintió el gélido beso de la muerte; entumecido de frío, se puso el abrigo de los recuerdos y se abismó en el comienzo de todo.
«Viviré por vos y moriré con vos», le dijo a Margarita aquella otoñal tarde de 1606 cuando esta aceptó su propuesta de matrimonio.
Y ciertamente lo había hecho.
Vivió por ella durante catorce dichosos años y ahora moriría con ella… tal y como le prometió en aquellos tiempos felices.