Libelo de sangre

Libelo de sangre


CAPÍTULO 53 El destino de la Bolsa de la Esperanza

Página 60 de 67

CAPÍTULO 53El destino de la Bolsade la Esperanza

Luego de contarle la verdad a Alonso, Juan marchó a la coima y, cuando ya de madrugada regresó a casa, encontró a Antonio durmiendo solo.

Alonso no estaba.

Aunque de primeras temió un adiós definitivo, se serenó al descubrir el tablero de ajedrez en un rincón. Alonso nunca abandonaría aquel tablero, así que tarde o temprano volvería.

Imaginando que el muchacho necesitaba digerir en soledad las recientes revelaciones, resolvió no tratar de localizarlo, pero cambió de idea cuando algunas lunas después un lloroso Antonio le participó sus conjeturas: tras enterarse de que habían atribuido a los Castro la muerte de Mateo, Alonso se había enfadado con ellos y se había ido para siempre.

Como no soportaba ver sufrir al niño, Juan decidió buscar a su amigo, explicarle la situación y decirle que cogiese tierra y manta si gustaba, pero que no lo hiciera sin antes templar las cuitas del pequeño.

En realidad, Alonso ni se había enfadado ni se había ido. De hecho, no andaba muy lejos. Se hallaba en el único lugar capaz de brindarle consuelo: en la calle de la Cabeza, junto a la Cárcel de la Corona.

Arrebujado en la capa y oculto el rostro bajo el sombrero, llevaba días sentado en el suelo y con los ojos clavados en la puerta del penal. Aunque no comía, no bebía y apenas dormía, ni quería ni podía moverse de allí. Ese sitio era ahora su hogar. Albergaba a las dos personas que le inspiraban tan añorado sentir y saberse a su vera le ayudaba a estibar la tristeza.

Durante aquel tiempo de acecho había observado un cierto trasiego de reclusos entrando y saliendo de la cárcel, pero no había visto a los Castro. También estudió las rutinas de los guardias y, en particular, las de un coloso enlutado y de ademanes adustos a quien suponía el alcaide por el deferente trato que el resto de los empleados de la prisión le dispensaban.

El tipo no variaba ni un ápice su día a día.

Al alba, partía alcarraza en ristre rumbo a la fuente de los Relatores y regresaba con la cántara llena de agua. Cuando las campanas llamaban al culto, se encaminaba a la iglesia del cercano convento de la Merced. Tras el Ángelus, marchaba de nuevo y reaparecía portando el almuerzo: torreznos y un cuartillo de vino. A la caída del sol, se iba otra vez y, como si hubiera hecho una promesa a la Virgen, traía las mismas viandas: torreznos y vino. Concluida esa última excursión, no volvía a pisar la calle hasta la mañana siguiente, de lo cual Alonso dedujo que vivía en el presidio.

La tarde de la quinta jornada alguien se sentó a su lado y le ofreció una empanada de carne. Sin necesidad de mirar para identificar al dueño de aquella mano amiga, Alonso cogió la vitualla y, hambriento, la engulló.

—¿Cómo me habéis localizado?

—La cuestión no requiere mucho caletre —respondió Juan—. Me he abstenido de venir porque os barruntaba con apetencias de soledad y decidí respetarlas.

—En tal caso, os ruego que perseveréis en el respeto —masculló Alonso en tono desabrido—. Aún no he satisfecho mis apetencias de soledad.

—Tenéis a Antonio en un ay, socio. Os cree enojado y no deja de llorar. Acercaos un rato y sosegadlo una miaja. Ya me figuro que no estáis para dispendios afectivos, pero hacedlo por el canijo.

—¿Os parece poco lo que hago por el canijo? —saltó Alonso, incapaz de reprimirse—. Entre mis padres y él, he elegido salvarlo a él.

—Ambos sabemos que su testimonio no solucionaría el problema y encima lo empadronaría en una casa de orates.

—Entonces, ¿por qué me referisteis la historia?

—Porque teníais que conocerla. Teníais que conocer la verdad.

—¡La verdad! —resopló Alonso, ofuscado—. ¿De qué demonios me sirve la verdad? Acusan a mis padres de un crimen ajeno, desentraño el misterio y, haga lo que haga, alguien saldrá perjudicado. Si callo, mando a mis padres a la hoguera y, si me pronuncio, le busco la ruina a un párvulo desvalido. ¡Maldita encrucijada, Juan! Ojalá no me lo hubierais contado. De ignorarlo, me libraría de elegir y, al menos, no engordaría la pena con remordimientos.

—No os falta razón —musitó Juan, consternado—. Quizá debí tapiarme la guardamuelas.

—En realidad, sí me falta razón —reculó Alonso, arrepentido—. Honrasteis nuestra amistad contándomelo y os lo agradezco. Perdonadme, hermano. Me siento tan impotente que escupo rabia a quien se me arrime. Por eso me largué. Se me antoja harto injusto volcar mi frustración en vos, pero la cólera me vence y no logro domeñar la húmeda. Es mejor que me aísle un tiempo; de lo contrario, temo heriros soltando dislates que no merecéis.

—De aislaros nada, compadre. Aunque me enterréis en escupitajos de rabia y frustración, no permitiré que encaréis este lance en soledad, de modo que aflojad las tonterías y consagremos los bríos a lo importante. Hemos de hallar la manera de amparar a los Castro.

—No hay manera de ampararlos, Juan. Su suerte está escrita… y con letras de fuego.

—Tal vez no. A mí se me ocurre una manera que acaso evite el fuego y cambie las tornas.

—¿De qué se trata?

—De algo que os obligará a usar la Bolsa de la Esperanza —anunció Juan, esbozando una sonrisa pícara—. Al fin comprendo por qué quería que la multiplicásemos en la coima. Definitivamente a la muy tunanta le gusta la acción.

—¿De qué diantres habláis? —inquirió Alonso, confundido—. No entiendo una palabra.

—Yo sí. De hecho, ya lo entiendo todo. Siempre he sospechado que la Bolsa de la Esperanza maneja los hilos de su propio destino, pero ahora no me cabe duda. Ha intervenido desde el principio, Alonso.

»Determinó que necesitabais un compañero de fatigas, eligió al menda y pergeñó un contubernio que nos cruzase.

»Empezó encargándose de vos. Os hizo recordarla, recuperarla, intentar gastarla en la Plaza Mayor y rescatar a Antonio, avatar que provocó nuestro reencuentro. Sin embargo, antes de sucederse ese reencuentro, era menester convencerme a mí de la inocencia de los Castro, pues, de lo contrario, yo no habría vacilado en vengar a Mateo aflautándoos el gaznate.

»Lo consiguió haciéndonos presenciar a Antonio y a mí el parraque del plumilla en medio de Santa Isabel. Sabía que ver al presunto asesino de mi camarada me entriparía, mi bilis sorprendería a Antonio y la vaina culminaría con el crío piando.

—Admito que eso me pasma. ¡Menuda casualidad que estuvierais ahí en aquel preciso momento!

—No es una casualidad. Es la primera parte de la trama urdida por la Bolsa. La segunda parte ya os la referí cuando decidimos esquilmar a Márquez. Como ambicionaba multiplicarse y vos parecéis nacido de la costilla de Vilhán, os instó a hablarme de ella, consciente de que yo os animaría a apostarla en el mandracho de mi jefe.

—Ciertamente ese capítulo del cuento ya me lo habéis contado, así que avancemos —exhortó Alonso en tono sardónico—. Ilustradme, por favor. ¿En qué consiste la tercera parte de esta fascinante conjura de la no menos fascinante Bolsa? ¿En abrirme los ojos y mostrarme a los auténticos culpables para luego cerrarme la boca e impedirme desenmascararlos?

—Pues fijaos que vuestra mofa ni una miaja desatina. Yo me propuse no revelaros nunca el amargo trago de Antonio porque me olía el pleito, pero, como la Bolsa sí os quería al tanto de todo, me azuzó la lengua. Aunque sabía que, uniendo las informaciones de ambos, devanaríamos la madeja, también sabía que el ovillo resultante no valdría para tejer la libertad de los Castro. Y sabía otra cosa. Sabía que averiguarlo os hundiría en la desesperanza y que la desesperanza os traería aquí, al lugar donde reside la esperanza de vuestros padres. Esa esperanza que da nombre a la bendita Bolsa y sentido a este truculento peregrinar.

—¿Al lugar donde reside la esperanza de mis padres? ¿Su esperanza reside en la cárcel que los retiene?

—Su esperanza y la vuestra, socio. Al fin hemos descifrado en qué manos desea terminar la dama.

—Lo habréis descifrado vos, porque un servidor anda más perdido que Adán el día de su cumpleaños, zagal —refunfuñó Alonso.

—¿En serio no lo veis? A mis ojos asoma palmario. Desea terminar en las manos del carcelero. Ahí tenéis el destino de la Bolsa de la Esperanza: propiciar un encuentro con vuestros padres.

—¡Encontrarme con mis padres! —balbuceó Alonso, abrumado ante la posibilidad—. ¡Dios, amigo! Ansío abrazarlos de nuevo.

—Abrazarlos y, sobre todo, recabar datos. Olvidad las romanzas que no está la merienda para arrumacos, hermano. Don Sebastián podría facilitarnos detalles que apuntalen nuestras conclusiones. Quizá conoce la relación que existe entre Márquez y el albino o el modo de esgrimir el testamento de forma provechosa o lo ocurrido al prócer que la espichó al poco de testar… Algo que nos ayude a descorrer el cerrojo de sus banastas. ¿Qué os parece? ¿Lo intentamos?

—No sé, Juan —vaciló Alonso, que, tras la excitación inicial, había vuelto a desmoralizarse—. Os confieso que… no me atrevo. Ayer pasaron unos parroquianos rumbo a la Merced comadreando que «a los asesinos del Ritual les han dado tormento».

—Vos mismo lo decís: comadreaban. ¿Desde cuándo prestáis mientes al comadreo?

—Desde que no fallan una, ¡rediez! Ningún rumor en este condenado asunto ha desbarrado. El motivo de la detención, la implicación en los Crímenes del Ritual, el abogado de presos, sus visitas a la Cárcel de la Corona… ¿Por qué cerrar oídos a lo del tormento?

—Porque os conviene hacerlo —sentenció Juan—. Descalabazarse con tamañas negruras no os sirve de nada; al contrario, os mina el arrojo y ahora lo precisáis más que nunca. Enfocaos en verlos y punto. ¿O acaso no queréis verlos?

—Claro que quiero verlos, pero, si los han torturado, temo el estado en que me los puedo encontrar. Me falta coraje para enfrentar eso.

—No penséis en vos; pensad en ellos. Los prendieron y llevan semanas sin noticias de sus hijos, dos doños acostumbrados al terciopelo que, de repente, quedaron al raso. De seguro han penado un calvario imaginándoos finados o sufriendo desventuras. ¿Os hacéis una idea de cuánto les consolaría confirmar que estáis bien?

—¿Bien? No estamos bien, Juan. Yo estoy al borde del abismo y Diego está en la Inclusa. ¿Cómo le cuento a mi madre que lo abandoné en el torno? ¡No me lo perdonará! La he pifiado en todo, ¡mal rayo me parta! Ni siquiera he sabido cuidar de un rorro.

—No os acanelonéis así, amigo. Cualquier otro la habría diñado la primera noche. En cambio, vos tirasteis de arrestos y aprendisteis a manejaros en la peligrosa universidad de la calle mejor que san Pedro en el Reino de los Cielos. Respecto a Diego, me juego la diestra a que lo librasteis de la Parca. Y ¿qué decir de vuestros viejos? Referidles lo que habéis bregado por socorrerlos y se les ensanchará la cintura de puro orgullo.

—Os agradezco los ánimos, pero si les refiero que, amén de dejar a Diego en los predios de Lucifer, he robado a un difunto, fulleado en un palomar, embusteado de continuo, amedrentado al personal con estos mimbres de desuellacaras e incluso amenazado a dos abogados, me correrán a gorrazos.

—Robasteis a un difunto para no sucumbir al relente; fulleasteis en un palomar para procurarles un profeta y de paso regalar paz al alma de Luisa, una desconocida cuyo crimen jurasteis vengar; embusteasteis para sobrevivir; amedrentasteis al personal para que no os amedrentaran a vos, y amenazasteis a los doctrinos luego de intentar en vano contratarlos… Todo lo que habéis hecho lo habéis hecho para manteneros a salvo y buscar la forma de rescatarlos. ¿De veras creéis que os correrían a gorrazos?

—No lo sé, socio —contestó Alonso, encogiéndose de hombros—. Solo sé que volvería a obrar de idéntica guisa una y mil veces. Ya os dije que por ellos bajaría al mismísimo infierno.

—Pues ha llegado el momento de demostrarlo. Nunca he pisado una secreta inquisitorial, pero me las barrunto bastante similares al infierno.

—Ni lo mentéis —refutó Alonso, acongojado—. Lo pienso y se me suben al garguero.

—Aceptad un consejo, compadre: empezad a concebir el peor de los escenarios; os ayudará a encajar el golpe que probablemente recibiréis. Recién decís que teméis hallarlos hechos un san Bartolomé y, tortura o no mediante, os advierto que así será. Las cárceles no suelen colmar de atenciones a sus inquilinos, y menos tratándose de los supuestos líderes de la Secta.

—Hay algo que temo más. ¿Y si mi padre no dispone de información útil? En ese caso, no podré ofrecerles ninguna esperanza.

—En ese caso, quizá no podréis ofrecerles esperanza de salvación, mas sí de consuelo: el de saberos vivos. Y se me ocurre otro tipo de consuelo que ojalá no sea menester, pero que, de encartarse, también les proporcionaría esperanza. A ellos y a vos. El consuelo de una despedida… una última despedida.

—¿Una última despedida? —farfulló Alonso, trémulo—. ¿Despedirme de mis padres para siempre os parece un consuelo?

—De terciarse las cosas malamente, Dios no lo permita, sí me lo parece, pues no es merced que la Inquisición conceda a sus reos. Cuando les calzan la red, se desvanecen sin dejar rastro y sus seres queridos se quedan a la luna de Valencia esperando un regreso que nunca llega. Bien lo sabéis vos que lleváis meses tragando esa hiel.

—Tibia se me antoja comparada con la que me supondría despedirme de ellos para siempre. ¡Cielo santo! Me siento incapaz de encarar semejante envite.

—No adelantemos acontecimientos porque acaso vuestro padre tenga datos de enjundia y nos estemos perdiendo en dramas estériles. Le prometisteis emplear la Bolsa de la Esperanza en una baza final y, después de semanas intentando adivinar en qué consistía esa baza final, hemos tocado puerto. Ahora es tiempo de cumplir vuestra promesa y eso exige colarnos ahí dentro. Centrémonos en dilucidar la manera de lograrlo y ya cruzaremos el siguiente puente cuando arribemos a él.

—De acuerdo —repuso Alonso, aparcando los miedos y echando mano de todo su arrojo—. ¿Cómo lo haremos?

—Pues del único modo posible: sobornando al carcelero. La Bolsa de la Esperanza a cambio de una entrevista con los Castro. Extremaremos las precauciones entregando la mitad al principio y la otra mitad al marchar. Así evitaremos que juegue sucio.

—¿A qué carcelero sobornaremos? Yo he visto unos cuantos.

—Al alcaide de la prisión. Tratándose de reclusos inquisitoriales, los presumo al cuidado exclusivo del alcaide para trabar la proliferación de rumores.

—De seguro no desatináis. Pero ¿y si rechaza el trueque? Ir a un sitio presto a invertir la Bolsa y fracasar se ha convertido en una irritante rutina.

—Porque la moza no quería que la invirtierais en ninguno de los sitios donde habéis ido. Quiere que la invirtáis aquí. En consecuencia, el carcelero no rechazará el trueque.

—¿Qué contestaremos de interrogarnos sobre nuestro interés en los presos? Ni mis trazas ni mi estatura sugieren trece abriles, pero las vuestras no resultan igual de contundentes. Si yo suelto la filfa del siniestro a quien los Castro ayudaron en el pasado, imagino que picará el anzuelo. Sin embargo, ¿qué diréis vos? Quizá os piense el hijo prófugo y terminemos entre rejas.

—¿Yo el retoño de un don? —rio Juan, divertido—. Ni forrándome las entrañas de seda me creerían de tan noble cuna. Respirad tranquilo, socio. Aunque no gaste vuestras hechuras de árbol infinito plantado en el averno, me las apaño bien fingiéndome un muerdecuellos. Cuando me cobijo en las sombras del chapeo como hacéis vos y adopto la pose de Torcuato, cuidado que os mato, tiembla el Misterio.

—Acaso tiemble el Misterio, pero os aseguro que el alcaide ni se inmutará. Tiene unas dimensiones tan descomunales que, si lo troceasen, surgirían cuatro y de talla fornida. Hablo en serio, Juan. ¿Y si recela y nos tiende una trampa? Podría agarrar la mitad de la Bolsa, conducirnos a una banasta simulando que es la de mis padres, enjaularnos, confiscarnos la otra mitad y luego avisar a los tonsurados.

—A un servidor no lo conducirá a parte alguna. Yo me quedaré con él mientras vos consumáis y, al menor movimiento extraño, le saetearé el principal izquierdo. Ya sabéis que mi puntería supera la bondad de Cristo.

—Ni se os ocurra apiolarlo. Pretendemos llegar hasta mis padres, no saetear a nadie.

—Pretendemos llegar hasta vuestros padres y salir de una pieza, hermano, de modo que, si el carcelero se me pone bravo, lo mando al cielo y descanse en paz. Pero no penéis, pues no planeo quedarme con él daga en ristre, sino desencuadernada en mano. Me limitaré a proponerle una partida y le entretendré floreándole y azuzándole la codicia. Quizá así os olvide y consigamos estirar vuestro tiempo.

—Quizá me olvide si le gustan los naipes, porque, como le guste el ajedrez, voy aviado —bromeó Alonso—. Antes de saludar a mis padres os habrá derrotado.

—Mi estimado e ingrato infeliz, os reitero que solo el plumilla y el memo de su heredero prefieren el sopordrez a Vilhán. El resto de los humanos veneran al dios de las apuestas y os garantizo que ese fulano no excepciona la regla. En cuanto le muestre la baraja, se acodará al madero y os esfumaréis de sus mientes.

—Ojalá, amigo, ojalá. Entonces, ¿cuándo actuamos?

—¿Habéis traído la Bolsa?

—Nunca me separo de ella.

—En tal caso, pronto es tarde. Actuemos ahora mismo.

—Aguardemos mejor al toque de vísperas —señaló Alonso—. He observado que a esa hora todos los guardias menos el alcaide abandonan el penal y no regresan hasta la noche. Hallaremos al alcaide solo y así reduciremos el riesgo de la incursión.

—De acuerdo. Aprovechemos el margen y vayamos a comprar un pichel de vino. Lo necesitaré para nublarle la testa a nuestro hombre.

—Gracias, camarada. Si no hubierais asomado, seguiría aquí sentado y desesperando.

—Agradecédselo a la Bolsa de la Esperanza —graznó Juan—. Me siento su títere, ¡demontres! Debió de verme cara de recadero, me endilgó vuestra cansina persona y, cada vez que se le antoja un palique con vos, encomienda a Juan el Correveidile transmitiros mensajes que, al parecer, solo yo descifro. Mucho oremus en el sopordrez y en Justinio, pero, cuando se trata de confiar en alguien avispado, la Bolsa os obvia, compadre; de modo que bajad la barbilla, pues alardeáis de listo y me temo que no lo sois tanto.

—Quizá no sea listo, pero soy muy afortunado —sonrió Alonso, pasándole un brazo por los hombros—. Tengo el mejor amigo del mundo.

Ir a la siguiente página

Report Page