Libelo de sangre
CAPÍTULO 54 Paseo por el infierno
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CAPÍTULO 54Paseo por el infierno
Cuando Juan y Alonso llamaron a la Cárcel de la Corona y un gigante enlutado les abrió la puerta, tragaron saliva a la vez. Su anchura se extendía allende las jambas y su altura sobrepasaba tanto el dintel que hasta Alonso, acostumbrado a mirar al personal desde arriba, hubo de levantar la cabeza.
—¿Qué se os ofrece? —les preguntó con voz lúgubre.
Alonso fue el primero en recuperar el aliento. De inmediato adhirió el mentón al pecho, torció el cuello y, refugiado en el ala del sombrero, habló en un tono que superaba en sordidez al del guardia.
—Queremos ver a los Castro. Nos consta que penan aquí sus miserias.
—Aquí nadie pena nada —replicó el alcaide, disponiéndose a cerrarles la puerta en las narices—. Marchaos.
Alonso metió la bota en el quicio y truncó la abrupta despedida.
—Acaso esto os incite a brindarnos una acogida menos cetrina —sugirió, alzando la Bolsa de la Esperanza.
—Acaso —convino el alcaide, hechizado ante los cimbreos del hatillo.
—Procuradnos una entrevista con los Castro y os lo agenciaréis.
—¿Cómo sabéis que este presidio aloja a esos dos?
—¿Cómo no saberlo? —intervino Juan—. En Madrid se sabe hasta el misterio de la Santísima Trinidad, jefe.
—Ningún vivo ajeno a la causa lo sabe —rebatió el alcaide sin apartar los ojos de la Bolsa.
—Quizá no estamos vivos y venimos del infierno portando información privilegiada —sugirió Alonso en tono macabro.
El alcaide logró vencer el embrujo del metal y agachó la testa intentando atisbarles el rostro, pero fracasó en el empeño porque los muchachos porfiaban en ocultarlo bajo el sombrero.
—Insisto en que nadie ajeno a la causa, ni vivo ni difunto, lo sabe. ¿Quiénes sois que manejáis esos datos? ¿No seréis los hijos? La Inquisición busca a dos vástagos.
—Busca a un rorro de meses y a un efebo de suaves costuras —matizó Alonso, tratando de controlar los nervios—. ¿De veras lucimos de tan virginal suerte?
—Ciertamente no —admitió el alcaide luego de escrutarlos y concluir que no podía existir filiación entre los melifluos del sótano y aquella pareja de fabricamuertos—. ¿A qué el interés, entonces?
—¡Caramba, maese! —exclamó Juan—. O andáis harto aburrido, o nadáis en plata. Os ponen delante una mochila repleta de sustancia y, en vez de trincarla y arrear, os encalabrináis en pegar la hebra.
—Os daremos la mitad ahora y la otra mitad al final —anunció Alonso—. A cambio, me conduciréis a mí ante los Castro mientras mi compadre permanece a vuestra vera. Ganaréis mucho bregando muy poco.
—Ganaré mucho arriesgando el puesto, que no es lo mismo —objetó el alcaide—. Hablamos de reclusos aislados por decreto del Santo Oficio y eso tiene enjundia. Así que nada de mitades. Me daréis la bolsa entera.
—Claro que os daremos la bolsa entera, pero de mitad en mitad.
—Quiero decir que, o me dais toda la bolsa ahora, o no hay trato.
—No tentéis a los hados, cancerbero. Este triste faenar os empareda igual que a los desgraciados que custodiáis y yo os ofrezco caudal suficiente para mandarlo al carajo. Si montáis en el barco, navegaremos a mi manera; de lo contrario, zarparemos sin vos. Quedaréis en tierra y olvidaos de una segunda baza; en algunas playas el galeón de la fortuna solo recala una vez.
—Navegando a vuestra manera, visitaréis a uno de los dos.
—Visitaré a los dos o levaremos anclas.
—Uno —se obcecó el alcaide.
Marcándose un farol, Alonso guardó el dinero y quitó la bota de la puerta.
—Hagamos camino —exhortó a Juan—. El caballero parece preferir una galera de presos a la galera de la fortuna.
—Deteneos —saltó el alcaide, temeroso de perder la oportunidad de su vida—. Arriad la rampa de ese bajel que un servidor desea enrolarse.
—Bienvenido a bordo, pues —declaró Alonso, reprimiendo un suspiro de alivio—. Os comunico, no obstante, que en esta nave viajan más marineros. Nos están esperando ahí fuera y, de no vernos salir a una hora prudente, entrarán gastando bastante menos gentileza de la que hemos mostrado nosotros. Ciñéndonos al símil náutico, digamos que su intervención se asemejaría a la embestida de un barco pirata. En consecuencia, si planeáis jugar sucio, mudad la idea porque palabra de honor que no os trae a cuenta.
—Yo nunca juego sucio, de modo que aflojad las amenazas y sacad las perras de nuevo —rezongó el alcaide, haciéndose a un lado—. Pasad.
Cuando accedió a una estancia similar a una cochiquera, Alonso se tambaleó. Si así era la jaula del enjaulador, no quería imaginar cómo serían las de los enjaulados.
—Colocad la guita aquí encima —indicó el alcaide, retirando de una mesa cochambrosa enseres de escritura, torreznos mordisqueados, un pellejo de vino y huestes de invertebrados.
Alonso vació la mitad de la Bolsa y entregó el resto a Juan.
—Conducidme ante los Castro —ordenó, rogando a Dios no inaugurar la excursión cruzando una inquietante puerta de hierro ubicada en el lateral del habitáculo.
Al comprobar que el alcaide se dirigía precisamente a esa puerta y descorría el cerrojo, inspiró hondo; al escuchar un siniestro crujido de goznes, se estremeció, y, al distinguir un abismo oscuro allende una escalera de exigua anchura, se preparó para lo peor.
—Seguidme —conminó el alcaide, cogiendo dos hachas enganchadas en el muro.
Víctima de un pánico repentino, Alonso lanzó una última mirada a Juan, quien, escondido en el ala del sombrero, asintió en un gesto de ánimo.
Alonso inició el descenso y se internó en una absoluta penumbra solo mermada por la luz que sostenía el alcaide. Al llegar abajo, una intolerable fetidez le provocó virulentas arcadas; el aterrador silencio, un escalofrío, y los chillidos de roedores que lo quebraban, un ataque de ansiedad.
De pronto, reparó en que no pisaba suelo, sino una camarilla de ratas. Apabullado e incapaz de asumir que sus padres llevaran meses en tan espantoso lugar, se aferró a la posibilidad de que el alcaide se hubiera confundido y lo estuviera guiando a la celda de otros infelices.
—Os advertí que no jugaseis sucio, cancerbero —repuso en un tono autoritario que le ayudó a disimular la turbación—. ¿Dónde me habéis traído?
—¿A qué vienen esas malicias? —protestó el alcaide, airado—. Os he traído donde solicitasteis: a la banasta de los Castro. Si os faltan tragaderas y deseáis abortar, sea, pero conste que, en habiendo cumplido, me corresponde el parné.
—No deseo abortar, así que ahorradme vuestras sentencias y continuad —refutó Alonso, acongojado.
Luego de atravesar toda la galería, el guardia abrió el calabozo más alejado de la escalera, entró agachado, encajó una de las antorchas en una arandela del muro y le invitó a avanzar.
—Aquí tenéis al individuo. Cuidado, no os desnuquéis. Se me antoja que vuestra alzada y esta techumbre no congeniarán. Ahora os dejo a solas. Aprovechad el tiempo porque, en cuanto achique el morapio de un pichel, regresaré.
Dicho esto, salió y echó el cerrojo.
Petrificado, encorvado y aturdido, Alonso quedó en medio de aquel agujero sin poder digerir la sordidez del lugar.
Jurando vender el alma a Belcebú a cambio de no hallar a su padre en tamaño averno, miró en derredor.
Pese a que la pobre llama de la antorcha le impedía apreciar con detalle las infrahumanas trazas de la celda, no importó; el nauseabundo olor, la gélida temperatura y el ejército de ratas que percibió ya se encargaron de doblarle las rodillas. Entonces cayó de hinojos y, una vez allí abajo, el entorno siguió regalándole sensaciones que no demandaban luz; en particular, la arena enfangada sobre la que sus pies resbalaron le procuró una repugnante. Al principio, imaginó agua en esa humedad, pero, cuando de su hedor dedujo que, aparte de agua, también la componían orines, vómitos y heces, el coraje lo abandonó.
De repente, captó un tenue quejido procedente de un rincón.
Temiendo encontrar a quien por nada del mundo quería encontrar, se acercó y escrutó las tinieblas.
Vislumbró a un hombre con una argolla en el cuello que lo encadenaba a la pared. El cabello, otrora moreno, corto y liso, lucía blanco, largo y desgreñado. Oculto tras la pelambrera, asomaba un semblante cadavérico, de pómulos demacrados, párpados caídos, barba destartalada y el fuelle labial propio de un desierto dentario. El cuerpo, calzado en harapos mugrientos y excrementados, tiritaba de frío. Las muñecas y los tobillos estaban engrilletados, lo que, junto al anillo de la garganta, le forzaba a permanecer en una postura insufrible.
Trataba en ese momento de arrebujarse en una manta raída, pero no lo lograba porque los brazos parecían no responderle. Estaban agarrotados y, además, la pierna derecha yacía yerta en una posición dolorosamente independiente de la cadera, como si se hubiese descoyuntado.
Cuando Alonso reconoció a Sebastián en aquel hatillo de piel rota, su cerebro le inhabilitó los sentidos en un baldío intento de minimizar el impacto de la atroz estampa. Le cegó las pupilas llenándoselas de lágrimas; le ensordeció los oídos con un pitido estridente; la nariz, que andaba saturada merced a la peste reinante, se le taponó; notó un sabor metálico en la boca, y las crispadas manos quedaron sin tacto.
—¡Padre! ¡Virgen santa! ¿Pero qué os han hecho?
Sebastián levantó la cabeza, que colgaba inerte sobre la argolla, y abrió los ojos.
—¿Alonso? —susurró—. Alonso, hijo mío, ¿de veras eres tú o estoy soñando?
Agarrándose a la rabia, el chico consiguió recomponerse. De un furioso zarpazo, ahuyentó a las ratas que pululaban en torno a Sebastián, le apartó el pelo del rostro y le besó la frente. Después cogió la manta y lo arropó.
—No soñáis, padre —contestó, quitándose el sombrero para facilitarle la identificación—. Soy Alonso.
Un brillo de alarma encendió la extinta mirada de Sebastián.
—¿Qué haces aquí? ¿Te han capturado?
—Nada de eso. He venido a visitaros y a deciros que estamos bien.
—¡Gracias a Dios! ¡Qué gran alivio me regalas! He temido tanto por vosotros. ¿Y Diego? ¿También se encuentra bien?
—En óptimas condiciones —mintió Alonso, incapaz de confesar la verdad—. Has cambiado, muchacho. Tu expresión se me antoja diferente. Ya no es la del zagal atolondrado de antaño. Es la de un caballero que destila determinación y bizarría.
—Viéndoos en esta situación, la determinación y la bizarría del caballero renquean. ¿Qué demonios os han hecho esos malditos tonsurados? Los mentideros aseguran que os han torturado.
—Y no desbarran. Me han destrozado las extremidades y hasta respirar me cuesta un calvario. Pintan bastos, Alonso. Nos acusan de los Crímenes del Ritual.
—Lo sé, pero se me escapa el motivo. ¿Qué pruebas tienen de semejante estupidez?
—Una de enjundia. Hallaron el corazón del infante oculto en la escribanía.
—¿Qué? —saltó Alonso, palideciendo de golpe—. ¿Cómo ha sucedido tal cosa?
—Nosotros no hemos matado a nadie —gimió Sebastián—. Debes creerme.
—Naturalmente que os creo, padre. Además, me consta. El finado se llamaba Mateo y yo conozco al hermano, un rapacillo de siete abriles, mudo y una miaja retrasado que presenció la masacre. Ambos estaban en un altozano del camino del Molino Quemado cuando divisaron a un par de rufianes ultrajando y asesinando a Candela Bouza. Mateo acudió al rescate y corrió idéntica suerte. Aunque, atando cabos, los he identificado, me resulta imposible hilar una historia lógica que los señale de modo indubitado. Quizá vuesa merced sepa algún detalle que me sirva.
—Quizá. Descríbeme a los homicidas y te lo diré.
—El primero es un militar manco apellidado Márquez. Regenta una casa de apuestas en la plaza de la Cebada y siempre porta una capa roja con guedejas prendidas en la pechera. ¿Os suena?
—No, hijo. Lo lamento. ¿Qué hay del segundo?
—Antonio habla de un principal joven. No les vio la faz porque iban embozados, pero, al resistirse, Candela les arrebató el chapeo y entonces distinguió una pelambrera rubia. Creo que se trata de Enrique Valcárcel. Su padre, Pelayo Valcárcel, otorgó el testamento que me confiasteis.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —preguntó Sebastián, perplejo y a la vez admirado.
—Me sorprendió que os lanzarais tras el testamento en cuanto escuchasteis a la Inquisición aporrear la puerta y eso me instó a vincularlo al arresto. Lo leí, presumí que el tal Pelayo me aclararía qué ocurría y me personé en su mansión. Entonces me salió al paso Enrique Valcárcel, un trigueño de espeluznantes pupilas azules, y me comunicó el reciente óbito paterno con tal displicencia que me llamó la atención.
—¡Dime que no le enseñaste el testamento! —Se asustó Sebastián.
—A punto estuve de hacerlo. En aquellos días todavía no conocía a Antonio e ignoraba lo que se cocía. Sin embargo, ese tipo me dio tan mala espina que desistí y me largué.
—Una decisión harto inteligente, hijo. Continúa, te lo ruego.
—Después entablé amistad con Antonio y me contó su trágica experiencia. En cuanto mentó a un prócer joven y rubio, la imagen de Enrique me vino a las mientes. Luego me enteré de que Candela integraba la servidumbre de la hacienda Valcárcel y ese dato consolidó mis sospechas.
Alonso se detuvo un instante, reordenó las ideas y prosiguió.
—Aunque algo dentro me asegura que no desvarío, me faltan piezas. Antonio no les vio la cara ni tampoco los vio mutilar a Mateo; no existen lazos aparentes entre Márquez y Enrique; el testamento no me cuadra en ningún sitio; la muerte de Pelayo Valcárcel al poco de otorgarlo me escama; no comprendo la farsa del ritual judío cuando, en realidad, estamos ante un estupro de los múltiples perpetrados a diario que se complicó porque un espontáneo trincó a los agresores en plena faena, y no concibo qué diantres hacía el corazón cercenado en la escribanía. Nada encaja, padre, y, si bien percibo un nexo que lo engarza todo, no consigo hallarlo.
—Me enorgullece comprobar el coraje con el que has peleado por nosotros, muchacho —comentó Sebastián, esbozando una débil sonrisa de gratitud.
—De saber los disparates que he cometido desde el comienzo de este condenado delirio, no os sentiríais tan orgulloso —aseveró Alonso, frunciendo el ceño.
—Disparates en absoluto disparatados si te han conducido hasta Enrique Valcárcel, pues, en efecto, no desvarías. Él es el principal que tu pequeño amigo vio.
Sebastián le relató los avatares del testamento, el robo en la escribanía, su costumbre de elaborar una copia adicional de los documentos polémicos y sus conclusiones sobre lo acontecido.
—¿Por qué implicáis a Enrique en el asalto de la escribanía? —preguntó Alonso, intentando asimilar aquellas novedades y ensamblarlas con la información que ya manejaba.
—Por un impresionante e inconfundible zafiro que don Pelayo le obsequió en su cumpleaños y que luce en el dedo. Al golpearme, el anillo refulgió y lo reconocí, pero, como estaba casi inconsciente, se me borró de la memoria y no lo recordé hasta la tarde del arresto. Tras deducir que Enrique era el ladrón, decidí denunciarle y, en planeando hacerlo al alba de la mañana siguiente, me llevé a casa la copia del testamento para aportarla a modo de prueba. Sin embargo, esa noche nos apresaron y no tuve ocasión.
—Pero si Enrique pretendía incriminaros en un sacrificio humano, debió urdir la trama dirigida a ese propósito y ni el asesinato de Candela ni el de Mateo hablan de sacrificio humano. Lo de Candela fue una violación harto habitual en estas tierras y lo de Mateo más parece un escabechado coyuntural que ritual. De haber permanecido quieto, el zagal continuaría vivo.
—Aunque, hasta ahora, pensaba que Enrique perpetró los dos asesinatos ex profeso con el objetivo de endosármelos, de tu crónica infiero que la cuestión se sucedió de otra manera. Primero, ese tal Márquez y Enrique violentaron a la moza de fatal suerte, estoquearon al chico que los sorprendió en flagrante delito y escondieron los cadáveres. Después Enrique descubrió el nuevo testamento del padre y resolvió abolirlo neutralizando a los involucrados, fedatario incluido. Escarbó en mi pasado, escuchó los rumores de mis ancestros conversos e ideó la forma perfecta de eliminarme: enredarme en un ritual hereje y aprovechar su salvajada para enjaretarme una prueba irrefutable.
»Acompañado del soldado o en solitario, regresó al lugar del crimen, desgajó el corazón, lo ocultó en la escribanía, de paso se agenció el testamento original y aguardó la aparición de los difuntos. Quizá agilizó el trámite enviando un anónimo a los alguaciles con indicaciones de búsqueda o alguna raposería similar. La noticia de una Secta sembrando el terror en Madrid exacerbó las conjeturas sobre mis raíces, la Inquisición entiesó las orejas y sospechó de nosotros, sospechas que se confirmaron cuando el registro de la escribanía derivó en el hallazgo del corazón.
—¡Dios bendito! —exclamó Alonso, estupefacto—. Desde el principio Enrique se me antojó de tan siniestras entrañas que me lo barrunté responsable del óbito paterno merced al enojo que le suscitaría el legado al espurio, pero ni de lejos imaginé que no solo el óbito paterno, sino la vaina al completo trae causa de eso. ¿En serio todo este embrollo se ha gestado porque Enrique no desea ceder un miserable puñado de cuartos al hermanastro?
—Mismamente y lo peor es que su canallada ha prosperado, porque, muerto don Pelayo, de seguro se ha ejecutado el testamento primitivo. Y me resulta imposible abortar tamaña iniquidad. Sin el ejemplar original del testamento posterior, sin don Pelayo y en mi situación actual, no tengo modo de probar la auténtica última voluntad de este.
—¿Y qué hay de los testigos? Según leí en el testamento, dos tipos y Lorenzo ejercieron de testigos.
—Enrique también se ocupó de ellos. Los dos tipos a los que te refieres eran asistentes de don Pelayo y, si, como ambos intuimos, Enrique no ha vacilado en asesinar a su propio padre, presumo a esos pobres diablos en el camposanto. Además, nadie los creería. Es insólito que un prócer designe testigos de un acto tan esencial a unos simples criados. En cuanto a Lorenzo…
La voz se le quebró y rompió a llorar.
—Lo sé, padre —cortó Alonso, abrazándole—. Sé que lo prendieron, pero he ahí la solución. La declaración de Lorenzo coincidirá con la de vuesa merced. Entonces destaparemos el contubernio de Enrique y os liberarán.
—Lorenzo no podrá declarar. Sus pulmones sucumbieron a los rigores penitenciarios y falleció.
—¿Lorenzo ha… muerto? —balbuceó Alonso—. ¡Santo cielo!
—Los siguientes somos nosotros, hijo mío —sollozó Sebastián.
—No lo permitiré —se enervó Alonso, olvidando su intención inicial de no arriesgar la seguridad de Antonio—. El hermano de Mateo dirá a los frailes que presenció lo ocurrido y que el cabello de los culpables no se asemeja al vuestro. Después yo mostraré el testamento y explicaré el desarrollo de los acontecimientos. Ahora dispongo de una historia razonable que ofrecer y la ofreceré.
—Si aprecias a ese chiquillo, no lo expongas a la Inquisición. Las palabras de una criatura huérfana, indigente, muda y retrasada carecen de validez jurídica. Si habla, luego de reputarlo inhábil, lo encerrarán en una galera de alunados y entonces sumaríamos otra víctima a este desastre. Y en lo referente a explicar el desarrollo de los acontecimientos, ni te molestes. Ya lo hice yo e incluso señalé a Enrique, pero no me creyeron. El hallazgo del corazón en mi escribanía pesa demasiado y encima no tengo pruebas que apoyen mi versión.
—Sí tenéis pruebas. Tenéis la copia del testamento.
—En cuanto advertí que, dijera lo que dijese, el tribunal haría oídos de mercader a mis conjeturas, me abstuve de mencionar ese dato en el ánimo de protegerte. Los del Santo Oficio recaudan generosas donaciones de la familia Valcárcel y, si acusan a Enrique de semejante barbarie, las perderán. Recurrirán a cualquier argucia para evitarlo y de ahí mis reservas con respecto a la copia que tú custodias. Como descubran que la posees, no pararán hasta capturarte y silenciarte.
—Ese testamento prueba vuestra inocencia, padre, y lo esgrimiré ante el Rey si ha menester. No me quedaré mano sobre mano mientras esos demonios ensotanados os endilgan las barrabasadas de un degenerado solo porque sus dádivas les miman la codicia.
—El testamento no prueba nuestra inocencia y tampoco inculpa a Enrique, hijo. No demuestra que mató a Candela y a Mateo, ni que allanó la escribanía, ni que escondió allí el corazón. Si yo hubiera denunciado el asalto y avisado al primer fedatario de la mudanza sucesoria, quizá las cosas se habrían terciado de guisa distinta, pero, sin denuncia ni aviso, nada avala mi teoría. Además, resulta tan inverosímil que un ilustre llegue a estos extremos por unas fanegas de tierra que el escepticismo del tribunal me parece hasta lógico. Si a mí, que soy el afectado, me cuesta creerlo, figúrate alguien a quien no le interesa dar curso a la verdad.
—Inverosímil o no, interese o no dar curso a la verdad, hemos de intentarlo —insistió Alonso, desesperado—. Dejadme intentarlo. Yo me ocuparé de convencer a los curas.
—No los convencerás, muchacho. Al contrario. Te meterán en una conejera infecta y se las ingeniarán para legitimar las atrocidades que te infligirán, pues te aseguro que de ninguna manera renunciarán a patricios caritativos e influyentes por pelagatos plebeyos como nosotros. Lejos de salvarnos, nos impondrás la angustia de saber a Diego solo en el mundo y a ti, en el mismo infierno que estamos penando tu madre y yo.
—Entiendo lo empinado de la empresa, pero confiad en mí. Lograré liberaros.
—No lo lograrás porque… hemos confesado —susurró Sebastián, derrotado—. No resistimos el tormento y los dos confesamos que cometimos los asesinatos.
—¿Cómo que confesasteis? —exclamó Alonso, pegando un respingo del susto—. ¡Dios bendito, padre! ¿Tanto padecisteis que os arrancaron semejante enormidad?
—Padecimos mucho, hijo. El sufrimiento alcanzó límites inauditos y, al final, nos venció.
—Pero, si os martirizaron así, esa confesión no sirve.
—Sí sirve porque al día siguiente la ratificamos —aclaró Sebastián mientras dos lagrimones le surcaban las descarnadas mejillas—.
Nos amenazaron con volver a torturarnos y nos faltaron redaños para afrontar de nuevo tamaño trance. Ya ves, pues, que no existe redención. Nos condenarán y nos quemarán en la hoguera.
—No os condenarán —rechazó Alonso, encalabrinado en soslayar la realidad—. Despediré a ese pataliebre de abogado que os han asignado y buscaré uno capaz de exprimir al máximo la baza del testamento. Obligaré a los curas a procesar a su amiguito, el pudiente depravado. A mí no me harán oídos de mercader. ¡Antes les tiro el convento abajo!
—¿Conoces a nuestro abogado? —se sorprendió Sebastián—. Pensé que la Inquisición abroquelaba los detalles del pleito.
—A tal aspiran. Los muy cretinos aún no se han enterado de que en Madrid los secretos mueren pronto, incluidos los de su sacra institución. Supe que Andrés de Bascal os asistía y que rendía cuentas a los dominicos. Intuyéndole reacio a poner brío en impugnar la acusación de sus patrones, le visité e intenté contratarle a título privado, pero rehusó. Previamente acudí a otro abogado que tampoco asumió el caso.
—Me extraña que no te delataran. Solo nuestro hijo querría auxiliarnos.
—Mis hechuras no sugieren trece abriles y ambos esperaban un mancebo de esa edad. Pese a todo, el primer letrado era zorro viejo y me identificó al instante. Sin embargo, le supongo en aguas turbias y reticente a tratar con varados, pues ni amago hizo de delatarme. Aunque Andrés de Bascal no me identificó, me rechazó por las prebendas que recibirá de los abates a cambio de lamerles el estantino. ¡Menudo majadero! Me soliviantó tanto que antes de marchar le solté cuatro frescas sobre su execrable forma de honrar el oficio.
Sebastián sonrió, conmovido y henchido de orgullo. Ahora comprendía el desconcertante e inopinado esmero que el licenciado puso en la defensa.
—No obstante, perded cuidado, padre —continuó hablando Alonso, ajeno a las reflexiones paternas—. No cejaré en el empeño de localizar a un abogado presto a luchar.
—Ni luchando hasta desfallecer, triunfaría. Hemos confesado, Alonso. Eso es definitivo.
—¡Y un carajo, definitivo! Una confesión nacida del dolor no es una confesión. Es una maldita pantomima.
—Nacida del dolor o de la voluntad, una confesión implica condena.
—Me niego a aceptarlo. De algo ha de servir la copia del testamento que custodio, ¡por el amor de Dios!
—Mediando una confesión, la suerte está echada, hijo. Esa copia no sirve… de momento; sin embargo, andando el tiempo, sí servirá.
—¿Andando el tiempo? No resta tiempo, padre. La situación apremia. Debemos probar vuestra inocencia y sacaros de este averno.
—No te discuto que debes probar nuestra inocencia, pero no para sacarnos de este averno, sino para limpiar el nombre de los Castro.
—Limpiaré el nombre de los Castro sacándoos de aquí —reiteró Alonso, estallando en llanto—. No me rendiré. Me lo habéis repetido decenas de veces. «Jamás permitas que el rey muera, porque entonces la partida termina. El ajedrez es la vida y el rey son los sueños; si abandonas la lucha de los sueños, los sueños morirán y, si los sueños mueren, la vida termina». Yo sueño que regresáis a casa, padre, y no permitiré que mi sueño muera. No permitiré que muráis. Haré lo que sea, iré donde sea, pero, por favor, no os rindáis. No me dejéis solo, padre. ¡Por favor! ¡No me dejéis solo!
Sebastián intentaba no dormirse, pero las secuelas del tormento le provocaban tal sufrimiento que el cerebro trataba de eludirlo sumiéndole en la inconsciencia. Pese a anhelarlo, se resistía a refugiarse en el tentador letargo. El brasero se cernía sobre ellos y sabía que no volvería a ver a Alonso. Aquel inesperado reencuentro le brindaba la oportunidad de instruirlo y no podía desperdiciarla. Aunque al chico le sobraban agallas y recursos, quedaría huérfano a una edad muy temprana y en una tesitura de alto riesgo frente a la Inquisición.
Debía orientarlo en el futuro que le aguardaba, procurarle pautas para esquinar a sus perseguidores, infundirle el ánimo que de seguro le abandonaría cuando la hoguera clausurase una etapa de su vida… Debía explicarle que, en este mundo o en el otro, su padre y su madre continuarían amparándolo. Debía decírselo. Únicamente así expiraría en paz.
—Yo también atesoro un sueño, Alonso —musitó, tomándole las manos y estremeciéndose de dolor, pues el leve movimiento ocasionó un chasquido en los hombros que lo dejó sin resuello—. Sueño que mis hijos disfrutan de un largo y jubiloso transitar. Ese sueño siempre me arranca una sonrisa y por él pelearé hasta mi último aliento. Nuestro mañana ya está escrito y no consentiré que, tratando de esquivarlo, expongas ni el tuyo ni el de tu hermano. Partiremos y…
—¡No partiréis a ningún sitio, maldita sea! —sollozó Alonso, ocultando la cara en aquellas cadavéricas manos—. Regresaréis a casa con Diego y conmigo, olvidaremos esta pesadilla y recuperaremos la felicidad. Yo me ocuparé de conseguirlo.
—Hijo mío, comprendo tu aflicción, pero no consagremos a ella estos valiosos instantes juntos. Apenas aguanto despierto y todavía he de encomendaros algo de suma importancia. Te ruego que hagas un esfuerzo por serenarte y me prestes atención.
—Claro, padre —accedió Alonso, secándose el rostro y recobrando la entereza—. ¿Qué precisáis?
—Deseo que restaures la dignidad de los Castro.
—Eso ni lo dudéis. Os juro que lavaré esta afrenta y me vengaré de los miserables que han truncado nuestra dicha. Cierto que ellos vaciarán de lágrimas mis entrañas, pero yo vaciaré de sangre las suyas.
—No, muchacho, no —rechazó Sebastián, despejándose de repente al percibir un odio profundo en aquellas palabras—. Te pido que limpies el nombre de los Castro, no que lo manches de sangre. Debes presentar noble lid, Alonso. El honor que se arrebata solo con honor se rescata.
—¿Honor? ¿Cómo se puede esgrimir honor ante bellacos que carecen de él?
—Escudándose en la justicia, hijo. Nunca purgues la sangre de un inocente vertiendo encima la de un culpable. Ambas brotan rojas y quien las derrama peca igual. Si matas a Márquez o a Enrique, perderás el derecho a reprocharles que asesinaron porque tú también asesinaste. Quizá de manera distinta, quizá invocando una causa honesta, pero, a la postre, habrás quitado vida y solo la justicia tiene esa prerrogativa. Permite que ella se encargue y tú limítate a facilitarle la tarea sirviéndola y sembrando de honor el camino.
—No serviré a una justicia que bendice semejante atropello —se encrespó Alonso—. ¡La maldigo una y mil veces!
—La justicia no bendice este atropello; lo bendicen quienes la imparten. En consecuencia, es tan víctima como nosotros. No la denuestes y confía en ella, pues siempre termina imponiéndose. Aunque en ocasiones tarda en hacerlo, en ningún momento detiene el paso. Acaso la verdad no emerja ahora; sin embargo, algún día emergerá. Espera a que suceda y, mientras, prepárate para cuando suceda.
—¿Cómo he de prepararme?
—Estudiando, Alonso. En el estudio hallarás la forma de devolver el honor a los Castro utilizando la justicia y aparcando la violencia.
—Estudiaré, padre. Y también serviré a la justicia. De hecho, sabed que la serviré de muy directa suerte.
—¿A qué te refieres? Acabas de maldecirla.
—La impotencia me desboca la húmeda, pero no hablaba en serio —respondió Alonso, encogiéndose de hombros—. Durante mi visita al primer abogado, decidí estudiar Leyes y ejercer el oficio abanderando la verdad. Me reporte cuartos, lisonjas, cuitas o inquinas, mi objetivo siempre será la verdad. Ayudaré a quienes nadie quiera ayudar y obtendré justicia para quienes, mereciéndola, no la reciban. Así, lo que hoy no puedo hacer por mis padres mañana lo haré por otros en su nombre.
—¡Fabuloso, hijo! —dijo Sebastián, emocionado—. No se me ocurre modo más bello de limpiar nuestro apellido.
—Amén de obtener justicia para quienes, mereciéndola, no la reciban, también la obtendré para quienes, mereciéndola, la eludan. Naturalmente hablo de Enrique Valcárcel y de Márquez.
—Eso requiere una estrategia, muchacho. ¿Recuerdas la lección de ajedrez relativa a la importancia de la estrategia?
—Recuerdo la coplilla que compusisteis al respecto. «Sin estrategia, cien golpes fallarás; con estrategia, un solo golpe y acertarás».
—Exacto. A partir de ahora, olvídate de Márquez y Enrique. No dispones de medios para vencerlos y, aunque te líes a mandobles, naufragarás. Ocúltate, dedícate a formarte y, cuando te consideres preparado, ve a la universidad y gradúate en Leyes. Cosechado ese título, estarás en condiciones de asestarles el golpe certero.
—¿Qué sugerís?
—Primero despójales del crédito social que hoy los protege y, en cuanto queden desnudos de nombradía, ataca.
—Resultará sencillo despojar a Márquez de crédito social, pues dudo que lo tenga. En cambio, desnudar de nombradía a un principal me parece una quimera. Lejos de vestir nombradía, esos la llevan cincelada en la piel.
—Lo lograrás convirtiéndote en un caballero cuya palabra goce de igual peso que la suya. Concluida la universidad, asiéntate en Madrid y practica un derecho escrupuloso e íntegro. De este modo te granjearás el respeto de la gente y ese respeto otorgará solvencia a tu verbo. A la vez, husmea en el bagaje de Enrique y Márquez en busca de felonías. Viendo cómo se las gastan, de seguro encontrarás un nutrido puñado de ellas.
»Investígalas todas y, cuando recabes evidencias fehacientes de alguna, denúncialos. Ya no se tratará del delirio desesperado de un reo que escondía un corazón infantil o del frívolo desquite del vástago sediento de venganza; se tratará de la sobria acusación de un jurista reputado y te garantizo que eso gestará un pleito. Como aportarás una prueba irrefutable, condenarán a Enrique y esa sentencia, además de socavar su crédito social, también le mondará la piel donde lleva cincelada la nombradía.
»Alcanzada esta meta, habrá llegado el momento de proclamar que esa canallada, acreditada, juzgada y sentenciada, no es la única que enluta las huellas de Enrique. Muestra entonces el testamento y cuenta la historia de otra canallada que destruyó a dos inocentes: Sebastián Castro y Margarita Carvajal.
»Grita que la nobleza late en nuestro linaje, que nos la confiscaron merced a una infamia y que exigimos que nos la devuelvan. He ahí tu estrategia, Alonso. Solo precisas de un golpe, pero no hablamos de un golpe aleatorio nacido de la rabia y asestado con rabia. Hablamos de un golpe certero nacido del honor y asestado con honor; el honor de la justicia.
—Como en el ajedrez —señaló Alonso, intentando atemperar la congoja que lo embargaba enfocándose en el plan—. Preparación, acecho, paciencia y… jaque mate.
—Mismamente. El ajedrez retrata al caballero, un hombre que conquista sus sueños luchando por ellos sin trampas y en buena lid.
—Pero yo necesitaré años para conquistar mi sueño de convertirme en un abogado de verbo incuestionado. ¿Y si Márquez y Enrique mueren antes?
—En tal caso, la justicia de Dios se habrá anticipado a la de los hombres y, en lugar de rendir cuentas ante un juez terrenal, lo harán ante el divino, diligencia en la que no les auguro venturas. Ocurra lo que ocurra, tú persevera en nuestra inocencia. Aunque esos pérfidos mueran sin recibir tu jaque mate, no abandones el empeño de demostrar nuestra inocencia.
—Temo que me derroten, padre. Las guerras, incluidas las del ajedrez, se ganan o se pierden, y es posible que yo pierda esta guerra.
—No la perderás. Si has podido colarte en una secreta de la Santa Inquisición, puedes conseguir lo que te propongas. No importa cuánto tardes. Recorre el camino sin prisa pero sin pausa. Jamás te detengas. Jamás claudiques. Jamás mires atrás. Adelante, hijo; siempre adelante. En tus manos dejo el honor de los Castro.
—Lo restauraré, padre —dijo Alonso, cuyos ojos se humedecieron de nuevo al presentir la despedida—. Me convertiré en el mejor letrado de la Villa. Defendiendo a inocentes honraré la vida de los Castro y acusando a dos culpables honraré… su muerte. Ese será mi sueño. Por él lucharé, por él respiraré y, de terciarlo Dios, por él expiraré. Os lo juro.
—Corresponderé tu gallardo juramento, en verdad bálsamo de mis tribulaciones, con otro que confío alivie las tuyas: allá donde nos mude el Altísimo, aunque el cielo y la tierra nos separen, tu madre y yo consagraremos la eternidad a guiarte en tu cruzada, que también es la nuestra.
—Tiempo ha que ese juramento lo estáis cumpliendo de manera harto satisfactoria —apuntó Alonso, esbozando una sonrisa alicaída—. Desde el principio me habéis guiado en mi cruzada a través de la Bolsa de la Esperanza.
—¡La Bolsa de la Esperanza! —exclamó Sebastián, lanzando un suspiro melancólico—. Sabía que la recordarías en el momento adecuado. Me figuro que te ha asistido en tu pretensión de procurarnos un abogado.
—Me ha asistido en mi pretensión de procuraros un abogado y en alguna otra pretensión menos… jurídica. Esos benditos cuartos se han movido más que galeón en mar furioso.
—Gracias, hijo. Gracias por tan infatigable porfía, pues, tras escuchar la ristra de escollos que has sorteado, de tal jaez se me antoja tu porfía en ayudarnos: infatigable.
—Infatigable pero yerma —apostilló Alonso, consternado—. Pensé que la Bolsa me ayudaría a traeros esperanza y me rompe el corazón haber fracasado. No me agradezcáis nada porque nada he logrado. Siento haberos fallado, padre. Lo siento mucho.
—Te equivocas, muchacho. Lejos de fallarme, has ido allende mis más remotas expectativas. Temí que nunca volvería a verte y que habría de emprender el último viaje arrastrando la pena de no habernos despedido; sin embargo, partiré inmensamente orgulloso porque mi hijo no vaciló en bajar al infierno para evitarme esa amargura.
»Creí que me llevaría a la tumba la verdad de lo sucedido y que los Crímenes del Ritual siempre estigmatizarían el honor de los Castro. En cambio, he tenido ocasión de revelarte esa verdad y encomendarte que, llegado el momento, la proclames ante el mundo entero y restituyas nuestro linaje, encomienda que sin duda culminarás, pues estoy convencido de que protegerás tu palabra igual que has protegido a tus padres.
»Todo eso me proporciona esperanza y todo me lo has regalado tú. No digas, pues, que no meritas mi gratitud porque ni en mil vidas que viviera podría agradecerte el enorme caudal de esperanza que me has traído. Gracias a ti, moriré en paz y saberlo me permitirá afrontar el tránsito libre de zozobras.
—Yo también moriré —sollozó Alonso, desmoronándose—. La tristeza de encarar el mañana sin madre y sin vuesa merced me aniquilará y también moriré.
—No morirás, hijo. Quizá la tristeza te golpee fuerte, pero no te hundirá. Confía en ti. Te sobra coraje para enfrentar lo que venga.
—Al contrario, padre. Me falta coraje. Aunque lo busco dentro de mí, no lo encuentro. Solo encuentro la certeza de que no superaré este envite. ¡Por Dios que no lo superaré!
—Lo superarás y continuarás tu camino. Tienes el alma de un hombre grande, Alonso, y yo, que he contribuido a forjarla, sé que estarás a la altura.
De pronto, un cerrojo y el crujido de unos goznes dieron paso a la áspera voz del alcaide.
—Fin de la tertulia. Salid.
—No hemos terminado —contestó Alonso, apresurándose a agarrar el sombrero y cubrirse.
—He dicho que fin de la tertulia. O salís, o cerraré la puerta y aquí quedaréis.
—Retiradle el grillete del cuello.
—Habrá de aguantar así. Son las órdenes.
—¿Las órdenes de quién? ¿Acaso el hideputa que ha decretado tamaña crueldad entrará en esta pocilga a comprobar si habéis obedecido?
—Ni lo sé ni me importa —replicó el alcaide con irritante indolencia—. Yo me limito a cumplir órdenes.
—Entonces, cumplid la mía o palabra de honor que lo lamentaréis —siseó Alonso de forma siniestra—. Retiradle el grillete del cuello.
—Los presos peligrosos deben permanecer encadenados.
Alonso cogió la antorcha que pendía de la pared y alumbró a Sebastián, que presenciaba la polémica, mitad inconsciente, mitad pasmado y todo él orgulloso.
—¿En serio este preso os parece peligroso? No lo repetiré, amigo. ¡Retiradle el grillete!
La imponente autoridad del joven achantó al alcaide y a regañadientes quitó el collar a Sebastián, quien, esbozando una sonrisa de infinito alivio, se desplomó en el suelo.
—Ahora aguardad fuera un instante —conminó Alonso—. Preciso decirle una última cosa al cautivo. Tardaré un amén.
—Un amén, maese, ni uno más. Acatad lo pactado o no vacilaré en engrosar la parroquia del lugar.
Cuando el alcaide marchó de nuevo, Alonso colocó la antorcha en su sitio, recopiló varios trapos, los acomodó bajo la cabeza de Sebastián y lo arrebujó en la manta. Procurando no lastimarle, lo abrazó.
—Aunque os asesinen, nunca moriréis en mi corazón —le susurró al oído—. Gracias por vuestro amor y dedicación. Jamás lo olvidaré. Jamás os olvidaré. Adiós, padre.
—Gracias a ti por haberme traído esperanza —respondió Sebastián en un tono imperceptible y a punto de desmayarse—. Adiós, hijo mío. Que Dios te bendiga.
Deshecho en llanto, Alonso lo besó en la frente y se incorporó. Ocultándose bajo el sombrero, volvió a coger la antorcha y, dejando la celda en la misma penumbra que recién se afincaba en su alma, salió.
—Conducidme junto a la dama —ordenó al alcaide con gesto hierático.
Tratando de sofocar el pánico al barruntarse el estado de Margarita, siguió al carcelero hasta el principio de la galería y se internó en el calabozo que este le indicó.
El averno que encontró ya no le impactó tanto; el ángel allí enjaulado sí. Aunque le consoló hallarla sin argollas en el cuello e independizada de la pared, la imagen de su madre rodeada de ratas, desvanecida, esposada, marchita y cubierta de harapos le heló la sangre.
La melena rubia lucía desgreñada; el rostro, apergaminado; los labios, llagados; las esqueléticas mejillas, repletas de dentelladas roedoras, y el ceño, fruncido en una mueca de honda agonía.
Temblando de pena e impotencia, se arrodilló y con sumo cuidado aupó el exiguo cuerpo de la mujer.
—Madre, ¿podéis escucharme? Soy Alonso.
Margarita abrió unos ojos vacíos de vida que, al posarse en el muchacho e identificarlo, brillaron de ilusión. Intentó levantar los brazos para tocarlo y verificar que no sufría una alucinación, pero los hombros luxados se lo impidieron. Advirtiendo el problema, Alonso se inclinó sobre ella y le facilitó el empeño.
—Alonso, ¿eres tú?
—El mismo que viste y calza. Tranquilizaos. No me han prendido. Solo he venido a veros.
—¿Cómo estás, cielo mío? —musitó Margarita en tono mortecino.
—A vuestra vera, mucho mejor —aseguró el chico, acariciándole el cabello.
—¿Y Diego?
—Está bien, madre —mintió Alonso, decidido a ahorrarle cuitas—. No os inquietéis.
—¿Lo alimentas bien? Únicamente tolera la leche materna.
—Conseguí un ama de cría y crece de saludable suerte.
—No así tú. Te noto demacrado, cariño. Y muy delgado. ¿Acaso pasas hambres?
Enternecido, Alonso sonrió. Toda ella era un ay y, en vez de angustiarse por sí misma, se angustiaba por la felicidad estomacal de sus retoños.
—No paso hambres, madre, pero admito que esta situación tampoco me las azuza. Os extraño en gordo.
—Debes ser fuerte, hijo. Las cosas se han torcido demasiado.
—Me consta. Recién visito a padre y me ha contado que esos demonios os torturaron hasta que asumisteis el crimen de otro. ¡Mal rayo los parta!
—Se me antoja inaudito que nos crean culpables de tamaña truculencia. Sin embargo, hemos de confiar en los sabios designios de Dios. Si él ha trazado así nuestra senda, sus razones tendrá. A nosotros nos corresponde resignarnos y rogarle que nos abra las puertas del paraíso.
—Yo, en cambio, le rogaré que abra las del infierno a la cuadrilla de majaderos que lo representan en la Tierra —masculló Alonso.
—No dediquemos estos momentos a increpar a nadie, mi vida —solicitó Margarita, esforzándose en permanecer despierta—. Prefiero centrarme en asuntos más importantes. Quizá no volvamos a vernos y he de participarte algo. Dime: ¿conservas el relicario que te di?
—Lo conservo y, fiel a vuestro mandado, a nadie se lo he mostrado.
—No lo hagas. Solo a una persona has de mostrárselo.
—Tal me pedisteis cuando os arrestaron, pero no pronunciasteis nombres. ¿A qué persona he de mostrárselo?
—Búscale, Alonso —jadeó Margarita al borde del vahído—. Te aguarda desde hace mucho tiempo.
—¿A quién he de buscar? ¿Quién me aguarda?
Margarita luchó por responder, pues, igual que le ocurriera a Sebastián, aunque no resistía los dolores y el cerebro le anulaba la lucidez sumiéndola en un sopor permanente, ansiaba aprovechar los últimos instantes en compañía de Alonso para aleccionarlo. No de cara al futuro, como había hecho Sebastián, sino de cara al pasado. Necesitaba guiarlo al principio de todo; al origen; a sus raíces. Necesitaba hablarle del aristócrata que lo engendró.
Sin embargo, empecinada su mente en evadirse, la voluntad le falló. Trató de aferrarse a la consciencia, pero la inconsciencia pudo más y, emitiendo un gemido frustrado, se sumergió en una oscuridad dulce e indolora.
Reacio a añadirle fatigas, Alonso no intentó reanimarla. Se limitó a mecerla en silencio y, solo cuando la vio entornar los párpados, se permitió desabrochar la tristeza. Entonces ocultó el rostro en aquel amado regazo y rompió a llorar.
Y así transcurrió el postrero encuentro de una madre y un hijo que no volverían a abrazarse; con ella perdida en el principio de todo y con él hundido en el final.
Un buen rato después el sonido del cerrojo, el crujido de la puerta y la torva voz del alcaide arrancaron a madre e hijo de sus respectivos abismos. La madre abrió los ojos, desorientada y el hijo los cerró, desolado.