Libelo de sangre

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CAPÍTULO 54 Paseo por el infierno

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—La entrevista ha terminado —anunció el carcelero.

—Búscale y entrégale el relicario —musitó Margarita, sin fuerzas para explayarse en el requerimiento—. Escucha a tu corazón. En cuanto lo tengas delante, tu corazón lo señalará.

—Pero ¿a quién debo buscar? —preguntó Alonso, ofuscado.

—Repito que la entrevista ha terminado —insistió el alcaide—. Salid.

—Un momento, ¡rediez! ¿No veis que la dama precisa decirme algo?

—¡Me importa un ardite lo que precise deciros! Os he concedido tiempo de sobra para que os cuente la historia del mundo desde Adán y Eva. La entrevista se acaba aquí y ahora. ¡Salid al punto!

—Perdónale, Alonso —suplicó Margarita, ajena al altercado y obcecada en encaminar al muchacho hacia su auténtico padre—. Cuando descubras lo que hizo, perdónale.

Entonces, como si al fin hubiera conquistado su objetivo, se desmayó de nuevo.

Ignorando al alcaide, Alonso le dispensó las mismas atenciones que a Sebastián. La tumbó, le colocó unos trapos bajo la cabeza y la envolvió en una manta agujereada.

—Hasta siempre, madre —le dijo en un tono apenas audible—. Jamás dejaré de lloraros.

Luego le besó la frente y, enloquecido de dolor, marchó.

Una vez arriba y, a un gesto suyo, Juan pagó lo pactado al alcaide.

—Muy bien —declaró el hombre, satisfecho—. Todos contentos, pues.

—No, maese, me temo que no todos estamos contentos —rebatió Alonso, encolerizado—. Los Castro viven rodeados de ratas, enfangados en sus propios excrementos, soportando un relente de mil demonios y privados de alimento, calamidades de las que os responsabilizo a vos porque, amén de custodiarlos, también os compete procurarles un cuidado digno.

—¿Vais a decirme cómo hacer mi trabajo?

—No os digo cómo hacerlo. Os digo que lo hagáis.

—¿De veras pensáis que acataré vuestras órdenes? —desafió el alcaide.

—Ya lo creo que las acataréis —respondió Alonso sin arredrarse—. Tengo entendido que los dominicos gustan de comparar la pulcritud de las mazmorras inquisitoriales con la desidia que impera en las civiles y que las autoridades seculares entablan la comparación inversa sosteniendo que las civiles aventajan en limpieza a las inquisitoriales. Al parecer, ambos bandos siempre andan compitiendo sobre el particular y yo podría inclinar la balanza en perjuicio de la Iglesia. Si participo al Concejo que las ínfulas del Santo Oficio son de barro, al menos en lo referente a este presidio, apuesto a que enviarán una expedición y, luego de comprobarlo, desmentirán las glorias clericales ante Madrid entero. No os arriendo las ganancias cuando los curas se cobren tamaño bochorno.

—¿En serio pretendéis denunciarme? ¿Y qué alegaréis? ¿Qué os habéis colado en una secreta de la Inquisición?

—No me he colado. He conseguido entrar porque, previo unte, el cancerbero me ha abierto la puerta y tal alegaré, pero no lo haré nombre mediante, sino con un anónimo incapaz de comprometerme a mí y muy comprometedor para vos. Perderéis el puesto, maese, e incluso puede que os den una miaja de vuestra propia medicina y os manden una temporadita a disfrutar de una de esas pocilgas.

—¿Así remuneráis mis desvelos por vos? —protestó el alcaide, sintiéndose acorralado.

—Vuestros desvelos por mí se me antojan harto remunerados. Desvelaos de igual suerte por los Castro y os remuneraré manteniendo la boca cerrada.

Consciente de que no atendía a los Castro como correspondía y que, de llegar a oídos de sus superiores, tendría problemas, el alcaide decidió someterse… en apariencia. Aceptaría ocuparse de los cautivos, pero no cumpliría. Al fin y al cabo, aquel sujeto no se enteraría, pues ni de chanza le franquearía el paso de nuevo.

—De acuerdo —dijo, esbozando una sonrisa arrogante—. Me esmeraré.

—Si planeáis trampearme pensando que no he de regresar y, en consecuencia, no lo descubriré, permitidme aclararos algo —puntualizó Alonso, adivinándole la intención—. Posiblemente los Castro enfrenten un auto de fe y, de suceder, yo acudiré a presenciarlo. Espero hallarlos en mejores condiciones que hoy porque, de lo contrario, os garantizo que no brillarán dos lunas sin que vos durmáis en una de las banastas de ahí abajo. Y no penséis que me resultará complicado conseguirlo. Solo necesito sugerir al Santo Oficio que habéis incurrido en conductas poco cristianas: imprecaciones contra Dios, vejación de las sagradas formas o alguna irreverencia similar. Considerando que los dominicos primero arrestan y luego investigan, presumo que inaugurarán el procedimiento mudándoos al sótano.

»Cuando eso acontezca, volveré y ofreceré una fortuna a vuestro sustituto a cambio de que os rinda una pleitesía gemelar a la que vos rendís a los Castro. Le pediré que os encastre el cuello en la pared, que os desnude hasta amorataros de frío, que os dosifique el pan hasta mataros de hambre y que os niegue el agua hasta remataros de sed. Después os llenará el aposento de ratas ávidas de devoraros a mordiscos y os alejará tanto una bacinilla repleta de heces añejas que, maridado al muro como estaréis, habréis de evacuar en los calzones, en el suelo o donde se encarte hasta ahogaros de fetidez. Al final, imploraréis a Dios el infierno de Lucifer, pues un edén os parecerá al lado del que yo os procuraré.

La apocalíptica homilía fulminó las arrogancias del alcaide. Una delación ante la Inquisición, verdadera o falsa, nunca acarreaba mercedes y, pese a ignorar si Alonso osaría meterlo en semejante charco, prefirió no arriesgarse.

—He dicho que me esmeraré —manifestó, adoptando una actitud ofendida y también sumisa—. No comprendo vuestros recelos. Desde el principio he obrado conforme al acuerdo.

—Soy un alma desconfiada… y muy negra. Cumplid y entonces sí estaremos todos contentos; retadme y vuestra contentura trocará en amargura. Y ahora abridnos la puerta. Hemos terminado.

Cuando salieron del penal, los muchachos caminaron sin mediar palabra; Juan respetando el silencio de Alonso y Alonso intentando no derrumbarse delante de Juan. Sin embargo, los esfuerzos de Alonso no tardaron en resquebrajarse y, a la altura de la fuente de Santa Isabel, se sentó en el pretil y rompió a llorar.

—¡Si los hubierais visto! —sollozó, desconsolado—. Ni en mis peores pesadillas imaginé tamaño espanto.

—Serenaos, amigo —animó Juan, pasándole un brazo por los hombros—. Los rescataremos y tendréis toda la vida para ayudarlos a reponerse de tanto acíbar.

—No la tendré y ellos tampoco. Organizarán un auto de fe y los mandarán a la hoguera.

—¿De dónde sacáis esa certeza? ¿Acaso no os han referido algo útil? ¿No hay forma de salvarlos enseñando el testamento?

—No hay ninguna forma de salvarlos. Ni enseñando el testamento ni declarando Antonio ni de ninguna otra manera.

—Pero ¿por qué estáis tan seguro?

—Porque los rumores no desbarraban. Los sometieron a tormento y el suplicio alcanzó tal magnitud que acabaron confesándose culpables de los Crímenes del Ritual.

—¡Diablos! Eso sí se me antoja de difícil remedio.

—Si fuera de difícil remedio, porfiaría en la batalla. El problema es que no tiene remedio. Una confesión no se puede revertir, Juan. Aunque quizá, andando el tiempo, el testamento me sirva para limpiar el nombre de los Castro y he jurado a mi padre dejarme la piel en el empeño de lograrlo, de momento, he de resignarme. ¡Resignarme! ¡Dios bendito! ¿Cómo resignarme a que los quemen?

—Lo lamento, hermano. Pensad que al menos os habéis despedido. Pocos allegados a un reo inquisitorial disfrutan de esa prebenda.

—No resistiré su ausencia —gimió Alonso, deshecho en lágrimas—. Durante estos meses la esperanza de liberarlos me ha mantenido en pie, pero ahora que conozco el fatal desenlace solo quiero compartirlo con ellos. Si van a morir, yo quiero morir también, pues nada me queda ya por lo que luchar.

—Os queda Diego. Le prometisteis regresar a buscarlo y debéis cumplir. Os quedan Antonio y un servidor, dos despanados sin gloria ni fuste que os estiman y os necesitan. Y os queda el honor de los Castro, ese que habéis jurado limpiar. ¿De veras creéis que ya no os queda nada por lo que luchar?

La arenga surtió un efecto inmediato. Alonso se enjugó el llanto y miró al infinito con los ojos brillantes de determinación.

—¡Claro! ¡He ahí mi puerto! Restaurar el apellido Castro. Lo restauraré me cueste lo que me cueste. Y me costará, pues, para empezar, tendré que abjurar de él. La Inquisición siempre me acechará, de modo que habré de asumir otra identidad y preparar el desquite en la sombra. Pero algún día volveré a llamarme Alonso Castro y todos los que hoy mancillan mi linaje mañana lo laurearán.

—¡Así se habla! —Aplaudió Juan—. ¡Y yo al alimón! Arriesgando la pelleja por vos cuantas veces se tercie, cosa que, dicho sea de paso, no he parado de hacer desde que nos cruzamos. Y para muestra, lo que recién ocurre en el penal. ¡Rediez! Temí que, harto de vuestro rapapolvo, el carcelero terminaría encerrándonos. ¡Menudas turmas habéis echado al envite, zagal! Le disteis un repaso que ni Cristo a Judas.

—¿Cómo conseguisteis dilatar el encuentro? Al dejarme con mi padre, el fulano me advirtió que retornaría tras meterse al coleto un pichel de vino. Sin embargo, tardó tanto en reaparecer que le habría dado tiempo a vaciar los predios de Baco. Y en el caso de mi madre sucedió lo mismo.

—El plan de distraerlo jugando a los naipes triunfó —contestó Juan, ufano—. En cuanto regresó del sótano, le propuse una partida, invitación que, huelga decir, celebró. Le sangré poco a poco y, al percatarse de que su montaña de monedas iba menguando, le invadió tal ansiedad que os olvidó. Cuando la montaña se hundió hasta trocar en fosa, os recordó; entonces anunció que bajaba a llevaros a la bruna de doña Margarita y que, al subir, se tomaría la revancha.

—Si lo desplumasteis, ¿qué cuartos pretendía usar en la revancha?

—Me pidió apostar a cuenta de la guita que todavía no le habíamos entregado y acepté. Esta vez, empecé propiciándole victorias esporádicas. De cada tres manos, le permitía ganar una. Así le exalté la codicia y lo sumí en un nuevo estado febril en el que volvió a olvidaros. A partir de ahí, me dediqué a florear todas las partidas beneficiándole el naipe, consciente de que no osaría levantarse por si la suerte lo abandonaba. Cuando logró recuperar lo perdido, se tranquilizó, recobró la memoria y la merienda concluyó. Ya no pude alargarla más.

—Bastante la alargasteis y, considerando las prisas de ese cretino en despacharnos, me parece una proeza.

—¡Qué proeza ni qué carajo! Pan comido, compadre. De haber querido, le habría vuelto a segar el campo y habríamos salido con la Bolsa de la Esperanza intacta.

—Lo habría merecido, el muy miserable. De cualquier modo, os agradezco vuestro denuedo. Gracias por apoyarme en momentos tan duros, amigo. No sé de qué manera corresponderos.

—No empantanarme el tejado ensalzando las bondades de Justinio mañana, tarde y noche se me antoja una manera harto sugerente —bromeó Juan—. Anhelo pasar una jornada completa sin escucharos trovar la vida y milagros de ese iluminado.

—Pensad en una alternativa, socio —replicó Alonso con gesto triste—. Prometí a mi padre estudiar Leyes y ser el mejor abogado de Madrid. En consecuencia, no os libraréis de Justiniano, que no Justinio. ¿Quién sabe? Quizá, de oírme mentar su doctrina día tras día, acabéis prendado de él y convertido en uno de sus apóstoles.

—¿Prendarme yo de ese atoraseseras? Antes se congela el averno, zagal. A mí dejadme tranquilo y centraos en vuestras promesas. Tenéis tantas pendientes que se os empiezan a acumular.

Y así, con el corazón deshilachado y un amigo intentando remendarlo, Alonso se dispuso a encarar el principio del fin.

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