Libelo de sangre

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CAPÍTULO 55 Afilando la guadaña

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CAPÍTULO 55Afilando la guadaña

Aunque marzo avanzaba, aquel día amaneció con un sol flácido y el relente de un invierno que se resistía a claudicar.

Cuando los campanarios repicaron las nueve, una comitiva empezó a recorrer las vías principales.

Varios corchetes despejaban el camino, tarea que, contra todo pronóstico, no resultó difícil, porque, aunque a esas horas una auténtica turba ya iba y venía entregada a sus rutinas matutinas, en cuanto la gente reconocía los blasones de la Santa Inquisición, enmudecía y, amedrentada, se apartaba.

Al son de atabales y chirimías, una banda de música abría la procesión.

A continuación, desfilaba el pregonero, a quien escoltaban dos alguaciles, dos escribanos del secreto y dos adjuntos. Los siete lucían enlutados y montaban mulas blancas gualdrapeadas en terciopelo oscuro.

Detrás marchaba un escuadrón de familiares del Santo Oficio de cuyas capas pendían la cruz de Santo Domingo, insignia con la que se distinguía a los miembros de la institución, y la venera de la cofradía de San Pedro Mártir, hermandad estrechamente vinculada a la Inquisición. Cerrando aquel grupo, tres caballeros enarbolaban una enseña que mostraba el stemma liliatum o escudo de la orden dominica: la cruz flordelisada sobre un campo de plata y sable, siendo los términos plata y sable los utilizados en heráldica para designar al blanco y al negro, los dos colores de la vestimenta dominica.

Seguían el comisario de Corte, Juan González de Centeno, y el inquisidor en Corte, Gaspar Barrionuevo de Peralta, ambos a lomos de gallardos morcillos castaños. Debido al hábito clerical, no cabalgaban a horcajadas, sino a la amazona y en una silla de corneta. Colocaban las piernas a un lado, apoyaban la derecha en la corneta y, alineando el torso con el rocín, mantenían el equilibrio.

En último lugar, sobre un morcillo idéntico y en representación de la cúspide jerárquica del Santo Oficio, viajaba don Pedro de Cifuentes, fiscal del Consejo Supremo. Sostenía el Estandarte de la Fe, un pendón que solo se sacaba en acontecimientos de calidad. De damasco carmesí bordado en seda dorada, el envés exhibía las armas papales y reales y, el frontal, el emblema de la Inquisición: un crucifijo central, símbolo de la muerte de Cristo; una rama de olivo a la izquierda, alusiva de la misericordia dispensada a los pecadores arrepentidos, y una espada a la derecha que anunciaba castigo a los impenitentes.

El séquito partió del convento de Santo Tomás, atravesó la plaza de Santa Cruz y la Plaza Mayor, salió a la Puerta de Guadalajara por la calle Nueva, llegó a la Puerta del Sol, subió Preciados, franqueó la plazuela de Santo Domingo y enfiló San Bernardo. Luego se volteó, volvió a recorrer San Bernardo, cruzó la calle del Carmen, alcanzó Carretas y desde allí regresó a Santo Tomás.

Durante la singladura, la robusta voz del pregonero silenciaba los murmullos expectantes del personal.

—Vecinos moradores, estantes y residentes en esta Villa y Corte de Madrid: el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición celebrará auto de fe particular a los veintiún días del presente mes de marzo, domingo, en la plaza de San Salvador y con asistencia del excelentísimo señor inquisidor general, fray Luis de Aliaga. Los sumos pontífices concederán cuarenta días de gracias e indulgencias a los que acompañaren y favorecieren el ceremonial. Mándese pregonar y que venga en conocimiento de todos.

Como el heraldo se repitió siete veces en cada alto, cumplió su objetivo de holgada suerte, porque, en efecto, vino en conocimiento de todos.

Sin perder detalle ni de la procesión ni del pregón, la concurrencia intercambiaba conjeturas preguntándose qué sentencias se leerían, pues tal era el propósito de un auto de fe: publicitar el veredicto de un pleito inquisitorial.

Había tres tipos de autos de fe: los generales, los particulares y los individuales. Los generales se consagraban a la lectura de un importante número de sentencias, se celebraban en la Plaza Mayor y congregaban al pueblo, a las autoridades seculares, al clero, a la aristocracia e incluso al Rey; los particulares, destinados a unas pocas sentencias, se celebraban en privado y sin público, y en los individuales, también denominados autillos, se leía una única sentencia.

Merced al secreto inquisitorial, nadie sabía nada de los procedimientos que el Santo Oficio tramitaba hasta que estos culminaban en un auto de fe. Por eso, cuando se anunciaba alguno, la gente ignoraba la identidad de los presos, las acusaciones y las pruebas de cargo; solo conocían el tipo de auto de fe previsto, la fecha de celebración y el lugar.

Si las sentencias objeto de lectura despachaban litigios de nulo calado, la Inquisición, o no se esmeraba en el pregón, o ni siquiera se molestaba en articularlo; pero, si la sentencia resolvía un caso de envergadura u hondo interés social, procuraba conseguir un amplio auditorio orquestando un auto de fe general. Sin embargo, no siempre la situación permitía el enorme dispendio inherente a un auto de fe general; entonces se organizaba uno particular y los dominicos intentaban captar la atención de la ciudadanía engordando el misterio sobre los encausados, prometiendo indulgencias a quien acudiese o agenciándose la presencia de un dignatario renombrado que magnificase el espectáculo.

En lo relativo a los Castro y disponiéndose como se disponía a desvelar el desenlace de los Crímenes del Ritual, el tribunal ambicionaba convocar a toda la Villa para presumir de su eficiente labor y obtener así una ovación multitudinaria.

El inquisidor en Corte y el comisario dedicaron varios días a cavilar la manera de lograrlo.

Aunque un auto de fe general garantizaría el gentío deseado, les llevaría semanas levantar el escenario en la Plaza Mayor, enviar invitaciones a personalidades y recolectar una nutrida hornada de reclusos pendientes de fallo, semanas que, dada la polémica generada en torno al suceso, no tenían. En consecuencia, habrían de conformarse con un auto particular e ingeniárselas para atraer a los plebeyos y, sobre todo, a los patricios.

Los plebeyos les parecían presas fáciles, pues solo había que azuzar su curiosidad aviando un pregón fastuoso impropio de un vulgar auto particular. De ahí el paseo del Estandarte de la Fe, el desfile de la cúpula del tribunal en Corte, el recorrer la ciudad entera voceando la noticia y el ubicar la ceremonia en un enclave tan relevante para Madrid como relevantes fueron los Crímenes del Ritual para los madrileños: la plaza de San Salvador, sede del Concejo y máxima representación municipal.

Además, habían tomado en consideración otro detalle. Pese a que los autos particulares se tramitaban en el interior de una iglesia, si alguno de los veredictos decretaba la pena capital, solía diligenciarse en el exterior y lejos de suelo sagrado. Así, emplazando la liturgia en la plaza de San Salvador, dirían sin decir que esta cursaba con muerte, circunstancia que agudizaría el suspense.

De esta forma, la plebe quedaría intrigada; el comadreo, servido, y la concurrencia, asegurada.

Los patricios necesitaban un aliciente de mayor trascendencia y el más eficaz consistía en anunciar la comparecencia de una eminencia.

Pensaron en el Rey, pero desistieron, pues últimamente don Felipe sufría graves calenturas y pasaba mucho tiempo postrado. El duque de Uceda, muy angustiado por la precaria salud del monarca, rechazó la invitación; la cortesanía restante también, y a los de Toledo prefirieron mantenerlos en la distancia, convencidos de que intentarían adjudicarse los méritos y acabarían aguándoles la fiesta.

Desmoralizados, ya se rendían cuando fray Luis de Aliaga, el inquisidor general, se enteró de la repercusión del caso y manifestó su intención de ir. Al instante el evento adquirió notoriedad y los principales que otrora declinaron se apresuraron a solicitar asiento.

El comisario y el inquisidor en Corte estaban encantados. Si el adalid del Santo Oficio asistía, nadie faltaría y encima los arrogantes toledanos rabiarían de envidia.

—Precisamos solemnizar la ceremonia reuniendo al menos una docena de procesados —señaló don Gaspar—. No se me antoja de recibo ofrecer al inquisidor general un auto de fe con solo dos reos, aunque sean de tan estimulante espuela como los líderes de la Secta.

—Me ocuparé de recabarlos —contestó el comisario—. Mostraremos a la Suprema el inconmensurable trabajo que realizamos en Madrid y la apremiante necesidad de instaurar en estas tierras un tribunal independiente de Toledo.

Mientras los promotores del auto de fe lo estructuraban, la Villa lo comentaba; el patriciado, en tertulias de postín y la plebe, en los mentideros.

—¡Demasiada tela para tan poca araña! —apuntó un habitual de las Gradas de San Felipe—. ¿Desde cuándo un miserable auto particular merita tamaño pregón? ¡Pero si hasta el Estandarte de la Fe han sacado!

—A mí también me escama —corroboró otro—. Ese banderín solo rúa en los autos generales.

—La asistencia del gran fraile sí que me ha dejado tieso —afirmó un tercero—. ¿El de Aliaga en un auto particular? ¡Vamos, hombre! O planean asar carne de categoría, o no me lo explico.

—Es palmario que se trata de los Crímenes del Ritual —dictaminó un cuarto—. Por eso han montado el sarao en San Salvador y a la vera del Concejo. No se me ocurre sitio más ilustrativo donde finiquitar una vaina que ha traído de cabeza a Madrid entero.

—No me parece ningún desatino —ponderó el primero—. Probablemente la Santa ha esclarecido el entuerto y, como quiere gorjear los toisones delante de la parroquia, busca la gloria del auto general encajando el baile en un económico particular. Y, si encima lo preside el capitán del barco, miel sobre hojuelas.

—Pretenden aguijonear nuestra curiosidad y vive Dios que lo han conseguido —adujo el segundo—. Todos nos olemos que los Castro protagonizan la verbena y acudiremos en tropel. Yo desde luego no me lo pierdo.

—Ni yo —se sumó el tercero—. Además, conceden indulgencias, de esas que liberan la conciencia cuando se yerra con frecuencia.

—Erremos, entonces, echándonos al coleto un pichel de violeto, que menester tan natural ha de ser pecado venial —remató la coplilla el cuarto.

Prodigando bastante menos entusiasmo, Alonso y Juan escucharon el pregón en la Puerta del Sol.

—¿Estamos pensando lo mismo, Juan? —aventuró Alonso, trémulo.

—Me temo que sí, amigo. Esto va por los Castro.

—¡Virgen santa!

—No nos pilla novicios, Alonso. Después de la visita a la secreta, ya nos lo barruntábamos.

—Pero entre el barrunto y la constatación del barrunto hay un trecho largo. ¡Dios mío! Lo imagino y desfallezco.

—¿Asistiréis?

—Si de veras el asunto se refiere a mis padres, por descontado que asistiré. Los acompañaré hasta el brasero y, de presentárseme la ocasión, no vacilaré en meterme dentro para sofocar las llamas.

—Quizá no prendan ninguna llama y les impongan una sanción más liviana. Un auto de fe no siempre implica la hoguera.

—Se diligenciará fuera de un templo. ¿Conocéis lo que muy a menudo significa ese matiz?

—Lo conozco —admitió Juan, bajando la cabeza—. Significa pena de muerte.

—Pena de muerte que, Inquisición mediante, entraña hoguera.

—Igual el auto de fe no va por los Castro —sugirió Juan, intentando reconfortarle, aunque ni siquiera él se lo creía.

—¿Y si se trata de ellos? —inquirió Alonso con el rostro demudado.

—Entonces, tendréis que tirar de coraje, hermano. Sin embargo, de terciarse ese desierto, no lo atravesaréis en soledad. Antonio y yo os apoyaremos.

La plaza de San Salvador era un lugar muy emblemático de Madrid debido a su céntrica ubicación y a la actividad consistorial allí desarrollada.

Pese a llamarse desde tiempos remotos plaza de San Salvador por la parroquia de ese santo que se alzaba enfrente, una minoría recién empezaba a denominarla Plaza de la Villa en recuerdo al título de Noble y Leal Villa que en el decimoquinto siglo el Cuarto Enrique de Castilla concedió a la ciudad.

El recinto albergaba tres edificios célebres: la casa Cisneros en el centro; las de los Lujanes a un lado, y el palacio de don Juan de Acuña al otro.

La casa Cisneros enturbiaba el aspecto del recinto porque ofrecía la trasera correspondiente a la zona de servicio, caballerizas y corrales. El acceso principal estaba en el ala opuesta, en la señorial calle del Sacramento.

Muchos creían que allí vivió el cardenal Cisneros, regente de Castilla hasta el desembarco en España del emperador Carlos, y que de ahí el nombre de la mansión. Sin embargo, los sabios repudiaban aquella teoría asegurando que se erigió luego de fallecer el prelado y que el alias aludía a su sobrino-nieto Benito Jiménez de Cisneros, el arquitecto que la construyó[86].

Las casas de los Lujanes, una de ellas con torre incluida, eran dos de las múltiples propiedades que poseía en la ciudad la familia Luján, un poderoso linaje de origen aragonés popularmente conocido como los Lujanes. Levantadas en el decimocuarto siglo, se encontraban entre los inmuebles laicos más añejos de la Villa y, aunque al principio pertenecieron al regidor don Gonzalo García de Ocaña, después las compró don Pedro de Luján.

Los leídos sostenían que, tras caer prisionero del emperador Carlos en la batalla de Pavía de 1525, el Primer Francisco de Francia sufrió cautiverio en la torre hasta la firma del Tratado de Madrid, en cuya virtud Francia cedió a España los territorios de Génova, Borgoña, Nápoles, Milán, Artois, Tournai y Flandes.

Contaba la leyenda que, como don Francisco se negaba a inclinarse ante el monarca español, este, aprovechando la considerable estatura del francés, ordenó bajar el dintel del portón de la torre para obligarle a cruzarlo agachado. Llegado el momento, el emperador pasó primero y esperó la genuflexión, pero esperó en vano, porque el preso frustró la treta girándose y entrando de espaldas[87].

El palacio de don Juan de Acuña, marqués de Vallecerrato y eminente hombre de Estado, protagonizó otro acontecimiento muy destacado. Seis años atrás, en 1615, el príncipe de Asturias y futuro Felipe Cuarto presenció desde sus balcones la llegada a Madrid de Isabel de Borbón y Médicis, a quien había desposado por poderes merced al Tratado de Fontainebleau.

A los pocos días de verse distinguido con tamaño privilegio, el marqués de Vallecerrato expiró, circunstancia que el Concejo, harto de celebrar sus asambleas en el pórtico de la vecina parroquia de San Salvador, aprovechó para comprar el palacio, instalar allí su sede y, andando el tiempo, convertirlo en lo que se llamaría la Casa de la Villa[88].

El sábado, veinte de marzo de 1621, la plaza de San Salvador ya estaba lista para el auto de fe del domingo siguiente.

Al alba una legión de alguaciles la acordonó con la encomienda de vigilar el acceso e impedírselo a hombres armados, vehículos y caballos.

En unas cuantas jornadas de intensa labor, los gremios de carpinteros y albañiles habían levantado un coliseo dividido en cuatro partes: un escenario central, dos graderías laterales y una frontal.

Adherido al envés de la casa Cisneros, el escenario era de planta rectangular y se hallaba ornamentado de inquietante suerte.

En el medio se alzaban un altar y un crucifijo de plata rodeado de ocho cirios blancos, y en los extremos una pareja de peanas vacías esperaba la llegada del Estandarte de la Fe y de la Cruz Verde, símbolos ambos de la Inquisición que, al caer la tarde, procesionarían hasta allí para ser velados durante la noche. La Cruz Verde asomaría oculta bajo un manto negro representativo del luto de la Iglesia por los pecadores, velo que se retiraría cuando, al terminar la ceremonia, estos consumasen el acto del arrepentimiento.

A la diestra del altar mayor se veía otro altar más pequeño; a la siniestra, un púlpito, y, frente al púlpito, dos jaulas de madera. Desde el altar auxiliar se oficiaría la misa; desde el púlpito se pronunciaría el Sermón de la Fe y se leerían las sentencias, y desde las jaulas los reos escucharían su destino final.

Al fondo del escenario se divisaba una mesa revestida con un tapete de seda morada que exhibía los blasones inquisitoriales bordados en oro. En ella se sentarían el secretario y el escribano del secreto, responsables de custodiar dos arquillas; una contenía el resumen de las causas y la otra, sus respectivos veredictos.

Las graderías laterales se habían construido en forma de pendiente con seis alturas y una escalera medianera. Los juzgadores se acomodarían en la de la derecha y los juzgados, en la de la izquierda.

Aunque ambas tribunas eran iguales, la decoración de cada una dejaba claro quién disfrutaría de la liturgia y quién la padecería.

Largos velones de cera blanca, símbolo de la pureza eclesiástica, flanqueaban el pabellón juzgador; un toldo de albornoz carmesí, protector de inclemencias meteorológicas, lo techaba; cálidos tapices forraban la trasera; el suelo estaba alfombrado; la escalera también, y cojines de tafetán dorado acolchaban los duros bancos.

En la fila superior, en el lugar de honor, se enclavaba el sitio reservado al inquisidor general: un solio con dosel, guarnecido en terciopelo azul, de mullido asiento y provisto de una manta de lana, una almohada de pies y un braserillo de bronce. Al lado había un bufetillo de ébano y, encima del bufetillo, un crucifijo de plata, un rosario y una campanilla.

El interior del teatro era hueco y en las entrañas de aquella afortunada grada se habían habilitado tres estancias donde atender imponderables, aliviar necesidades y servir refrigerios. Así, agua de canela, de guindas, vino dulce, chocolate caliente, confitura de naranja, empanadas de carne, hojaldrillos de nata, manjar blanco, frutas de sartén y torreznos se suministrarían a la mañana siguiente para obsequiar a los ministros de Dios.

El pabellón de los juzgados lucía muy diferente. No había solios, ni doseles, ni tapices, ni alfombras, ni mucho menos cojines, braseros o mantas. Solo un lienzo oscuro se extendía sobre la bancada de la hilera inferior asignada a los sacerdotes encargados de asistir a los procesados.

Carentes de mimo alguno, los aposentos del hueco interior se destinaban a aplacar vahídos e indisposiciones de quienes llevaban meses o años pudriéndose en un calabozo infecto, a tramitar audiencias privadas con los inquisidores, pues los acusados podían efectuar alegaciones en cualquier momento previo a la lectura del fallo, y a recoger arrepentimientos de los reos de muerte que decidían hacerlo para obtener el piadoso garrote y esquivar así el fuego en vida.

Remataba el sombrío aspecto de aquella infausta tribuna una cerca de cirios verdes que, aunque alegorizaban la esperanza, más bien parecían anunciar el término de ella.

Enfrente del escenario se erigía una tercera gradería de generosas dimensiones que se prolongaba hasta la fuente de la plaza, llamada de San Salvador o, popularmente, de los Leones a cuenta de los cuatro leones de donde manaba el agua. Allí, por riguroso orden de preeminencia, se instalarían dignatarios reales, embajadores, autoridades municipales y miembros del Santo Oficio con cierto señorío dentro de la institución como familiares, relatores, calificadores, notarios, secretarios, abogados de presos y galenos de tormento.

Desde los balcones de las casas de los Lujanes y del palacio del marqués de Vallecerrato, la aristocracia presenciaría el acto cómodamente sentada, abrigada e incluso agasajada con delicias propias de muelas hidalgas.

En cambio, la plebe habría de apelotonarse en el escaso espacio sobrante de la plaza, que, huelga decir, no ofrecía ni asientos ni abrigo. En cuanto al masticado, los ambulantes sí lo facilitarían, pero no facilitarían delicias propias de muelas hidalgas ni desde luego las regalarían. Muy al contrario, despacharían comistrajos solo aptos para paladares encallecidos y, lejos de regalarlos, los cobrarían a los abusivos precios que les permitiría la ingente demanda que esperaban.

Al caer el sol comenzó la procesión del Estandarte de la Fe y la Cruz Verde. Desfilaba la cúpula de la Inquisición madrileña, destacados componentes de la Suprema, el Concejo y muchos familiares del Santo Oficio.

El padre prior del convento de Santo Tomás abría la marcha; le seguía una mula blanca en cuyo lomo cargaba las arquillas de causas y sentencias; tres familiares escoltaban al animal, y al final iba un escribano del secreto.

A continuación, apareció la Cruz Verde, una inmensa forma de dos hombres de altura que viajaba enlutada y sobre un baldaquino acarreado por ocho cofrades de San Pedro Mártir. Detrás se situaba el fiscal de la Suprema y, a derecha e izquierda de este, el inquisidor en Corte y el comisario. El primero portaba el Estandarte de la Fe; los segundos sostenían las borlas, privilegiada encomienda que ambos desempañaban con gran orgullo y reverencia.

Una nutrida cuadrilla de familiares y otra no menos nutrida de alguaciles sellaban la comitiva.

Llegadas al tablado de la plaza de San Salvador, las insignias fueron entronizadas en sus respectivas peanas e, imbuidos de una fervorosa devoción, varios dominicos se colocaron alrededor y se prepararon para rendirles la preceptiva vigilia nocturna.

Concluida la procesión de la Cruz Verde, empezó la de la Cruz Blanca, una segunda forma de tamaño similar que pernoctaría en el quemadero, ubicado allende la Puerta de Alcalá en un paraje despoblado, solitario y alejado del centro urbano[89].

La madrugada ya avanzaba cuando, clausuradas las procesiones, los dos puntos cardinales del ritual recuperaron el sosiego.

En torno a la Cruz Verde solo quedó un corro de frailes orando y, en torno a la Cruz Blanca, un escuadrón de alguaciles vigilando. Sin embargo, mientras los frailes cumplían su cometido rosario en mano, con los ojos abiertos, acurrucados en el regazo de Dios y murmurando afelpadas letanías, los alguaciles cumplían el suyo pellejo de vino en mano, con los ojos cerrados, acurrucados en el regazo de Morfeo y lanzando estrepitosos ronquidos.

Pasadas unas horas, los murmullos clericales se mantenían inalterables; no así los ronquidos castrenses, que se aplacaron una miaja sumiendo al quemadero en un silencio turbio únicamente astillado por los sibilantes arpegios de aquel dormitar furtivo.

No se veía nada. El firmamento se mostraba cual bruno erial vacío de luna y estrellas, como si esa noche los astros no quisieran iluminar Madrid. No obstante, pese al éxodo de las luces del cielo, se distinguía una figura. Era la Cruz Blanca, que, desafiando a los astros, emergía entre chasca y piras de madera, recortaba la penumbra e imponía su ley.

De repente, algo más recortó la penumbra.

Dos sombras se colaron dentro del brasero y empezaron a derramar tinajas de agua sobre la leña amontonada al pie de las estacas. Al acabar, marcharon a rellenar los recipientes, regresaron y volvieron a verterlos; luego repitieron la operación y así continuaron hasta el alba.

Cuando el brasero quedó convertido en un humedal, Alonso encaró el lugar.

—Si tan vomitivo festejo va destinado a vuesas mercedes, padres, me afanaré en arruinárselo a quienes lo auspician —masculló, rabioso—. Aunque, infeliz de mí, no he podido libraros de la muerte, en un triste anhelo de redimir tamaño fracaso, intentaré al menos suavizárosla, pues, para cuando las llamas os alcancen, el humo de la leña mojada ya os habrá asfixiado.

—Apurémonos, amigo —apremió Juan—. El horizonte clarea y debemos aventarnos antes de que los porquerones se espabilen.

Alonso miró al cielo y, brillantes los ojos de quebranto e impotencia, le habló a Dios.

—Quizá mi madre se pliegue a vuestros inescrutables designios, pero yo ni me pliego ni los acepto. Si así funciona vuestra justicia, reniego de ella y reniego de vos. Nunca os perdonaré el cruel final de dos buenos cristianos que consagraron su existencia a complaceros. Congregad todos los demonios del mundo a mi vera, mandadme al infierno o procuradme negruras perpetuas, pero, si permitís este desafuero, en vuestro divino nombre juro que jamás os lo perdonaré.

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