Libelo de sangre

Libelo de sangre


CAPÍTULO 11 Fiesta sangrienta

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CAPÍTULO 11Fiesta sangrienta

Anochecía cuando una interminable fila de carruajes empezó a recorrer la calle Ancha de San Bernardo rumbo a la residencia Valcárcel, donde se celebraba el decimoctavo cumpleaños del heredero.

La finca ocupaba toda la manzana, una prominente muralla la delimitaba y su torre esquinera de puntiagudo chapitel hablaba de alcurnia.

Construida en piedra berroqueña, ladrillo y madera, mostraba la austeridad típica de las casonas nobles de Madrid, austeridad que, sin embargo, solo alcanzaba a la fachada porque, como los inmuebles más excelsos que el Alcázar irritaban al Rey, los acaudalados enmascaraban el poderío de su bolsillo mesurando el exterior y desmandándose en el interior.

Aparte del edificio principal, el recinto constaba de cocheras, caballerizas, gallinero, cocinas, patio de servicio, almacenes de cera, leña, carbón, aceite y nieve, aguadero, bodega, horno, silo y otras dependencias accesorias de uso general. En un lateral había un jardín donde cinco parterres formaban veredas adoquinadas que confluían en una plazuela presidida por una fuente de mármol, y en la zona trasera se extendía una huerta, morada de almendros, cerezos, membrilleros, ciruelos, perales y una higuera centenaria que proporcionaba sombra a un cenador.

La mansión resplandecía como nunca gracias a un exagerado celo de los criados. Todos se habían esmerado más de lo habitual temerosos de correr igual suerte que el esclavo Joselillo, a quien días atrás los patrones propinaron tan brutal vareo que todavía seguía postrado e inconsciente.

A las siete de la tarde los invitados comenzaron a llegar.

La proliferación de carruajes en absoluto evidenciaba las severas restricciones que el Consejo de Castilla había impuesto al empleo de este medio de transporte dentro de la ciudad al objeto de reducir las hordas de coches que saturaban las calles y eliminar el caótico tráfico responsable de un sinfín de problemas.

Se prohibía el alquiler o préstamo de carruajes y únicamente se permitía su uso a propietarios, los cuales debían obtener una licencia que autorizaba el tiro de dos o cuatro caballos, reservándose al Rey el privilegiado de seis.

La gente prefería la licencia de dos caballos porque lucía suficiente y atemperaba el gasto. Sin embargo, como el reglamento exigía cuatro animales en los vehículos de cuatro ruedas y la mayoría de los vehículos tenían cuatro ruedas, solían concederse cédulas de cuatro caballos, escollo de utópico efugio para quienes alardeaban de pujanzas ficticias, pues, si ya hipotecaban la vida intentando mantener un carruaje y dos jamelgos que les garantizasen una cierta reputación, sumar ocho patas al antojo iba allende sus posibilidades.

La sanción asociada a viajar en un carruaje ajeno, ya fuera prestado, alquilado o afanado (que de estos últimos también había), implicaba la incautación de vehículo, monturas y guarniciones, una abultada multa y la divulgación pública de la identidad del infractor, gravoso y muy humillante castigo que en verdad estimulaba la observancia del decreto.

Pese a ello, un boato como el de los Valcárcel exigía aparcar los miedos y arriesgarse, porque no se podía acudir a un acto de semejante categoría sin desplegar señorío, real o impostado. Y, considerando que, a efectos vehiculares, el señorío residía en el carruaje de cuatro caballos, todos los invitados arribaron en uno gritando al mundo que integraban ese selecto grupo capaz de asumir cualquier dispendio.

Algunos no vulneraban ni la normativa ni el octavo mandamiento; otros, en cambio, hacían pleno, pues se exponían a escuchar su nombre en boca del heraldo público de la Villa y, desde luego, tendrían que personarse en el confesionario. Pero no importaba. Aquella noche la ley del artificio primaba sobre el resto de leyes, incluida la de Dios, y nadie la ignoró.

Un ejército de lacayos los recibió y guio al primer piso. Allí atravesaron una galería donde se exhibían cuadros de diferentes escuelas, estilos y tiempos, muebles de ébano nacarado, esculturas de bronce apoyadas en pilastras de alabastro y vitrinas rebosantes de vajillas de porcelana china, figurillas de marfil y cofrecillos de oro con piedras preciosas engastadas.

La galería desembocaba en un salón de baile de planta rectangular cuyo techo mostraba un fabuloso fresco representativo de la primavera y las paredes, una colección de tapices flamencos que narraban la historia de Rómulo y Remo.

Velones de plata alumbraban la estancia y varios donceles vigilaban que no ahumasen. Braseros también de plata caldeaban el ambiente, búcaros venecianos llenos de agua de ámbar lo perfumaban y un cuarteto de músicos lo amenizaba.

Alrededor de la pista de danza se alineaban numerosos fraileros de caoba y taburetes acolchados con cojines de damasco. Tupidos cortinajes de terciopelo carmesí cubrían dos miradores, en medio de los cuales había una puerta acristalada que conducía a una terraza dotada de braseros y más fraileros. Aunque las gélidas temperaturas no alentaban coloquios al raso, la bella panorámica del jardín y las luminarias multicolores que lo engalanaban bien merecían una tiritona.

Apostados a la entrada del salón y enfundados en libreas de seda, dos pajes anunciaban a los invitados.

—Don Rodrigo Salazar y Hernández de Somoza Miranda de Jovellanos, duque de Villasolano y grande de Castilla —proclamó uno—. Le acompañan su esposa, doña Elena Aguado de Alarcón, marquesa de Riodulce, y su hija, doña Isabel Salazar y Hernández de Somoza Aguado de Alarcón.

—Don Gonzalo Soto de Armendía y Fresneda de Peralta y su esposa, doña Elvira Núñez del Álamo, marqueses de Velarde y condes de Valdemayor —añadió el otro—. Los acompañan sus hijos, don Álvaro y doña Mencía Soto de Armendía Núñez del Álamo.

Los aludidos avanzaron y se dirigieron a don Pelayo, doña Francisca y Enrique, que aguardaban dentro para darles la bienvenida.

Don Rodrigo era un aristócrata de impresionante estatura e imponente prestancia cuyo aspecto irradiaba afabilidad, pero también una autoridad que intimidaba y, a la vez, fascinaba.

Gracias a una prolongada temporada en el campo de batalla y al entrenamiento militar que no abandonó al regresar a casa, tenía el torso musculado y las infinitas piernas, tan fuertes y estilizadas que ni siquiera necesitaba relleno en las pantorrillas.

El cabello, un bosque de rebeldes bucles de un tono castaño oscuro, estaba peinado hacia atrás despejando un semblante sumamente atractivo compuesto de nariz aguileña, mandíbula marcada y unos ojos grises que destilaban nobleza e inteligencia. La perilla ocultaba un mentón partido y el bigotillo confería seriedad a una sonrisa pícara.

Sobre un jubón de tabí de oro vestía una cuera de chamelote rojizo que dibujaba aguas áureas y se abrochaba con botones de rubí. Mangas de análogo paño ceñían los fornidos brazos y más rubíes pespunteaban las costuras. De las bocas emergía una cascada de puños de níveo encaje holandés y la lechuguilla, almidonada e impoluta por obra y gracia del afamado polvo azul de ultramar, le erguía la barbilla multiplicando el garbo.

Las galanuras del tren inferior prodigaban idéntico tronío. Llevaba calzones negros de terciopelo rizado de Granada atacados al jubón, medias de pelo blancas, ligas de seda y zapatos cortesanos de horma angosta, punta redondeada y atados con colonias rojigualdas maridadas en forma de rosa.

Mucho menos largo y bastante más ancho, aunque don Gonzalo no gozaba de igual porte, también derrochaba hidalguía.

El escaso cabello rubio ya albeaba, la amplia frente mostraba profundos surcos, la nariz tenía las venas hinchadas y la flacidez de las mejillas se camuflaba tras los cabos de un frondoso mostacho entiesados a base de alquitira.

Bajo el mostacho afloraba una sonrisa ladina pero simpática, y bajo unas cuidadas cejas los ojos azules brillaban con la misma inteligencia que los de don Rodrigo, mas no con la misma nobleza.

Envuelta en unos greguescos de brocado turquesa bordado en plata, su pierna derecha renqueaba, tara que, lejos de afearle, lo envolvía en un halo de augusta veteranía.

Ambos hombres abrazaron jubilosos a don Pelayo.

Años atrás, los tres lucharon a las órdenes de don Pedro Téllez-Girón, duque de Osuna. Aquella dura época gestó una entrañable amistad entre don Gonzalo y don Rodrigo, amistad que pronto culminaría en lazos familiares merced al compromiso de sus primogénitos, Beltrán e Isabel.

Si bien don Pelayo les profesaba un hondo aprecio y, de hecho, ellos eran los dos aristócratas a quienes se planteó poner de testigos en el nuevo testamento, sus constantes viajes le impedían frecuentarlos y, poco a poco, se había ido apartando.

Pese a todo, en cuanto el trío se reencontraba, renacía la camaradería que otrora los unió.

—¡Mis queridos amigos! —exclamó don Pelayo, alborozado—. ¡Qué alegría veros!

—Nos veríais de continuo si asistieseis a nuestras tertulias —reprendió don Gonzalo—. Rodrigo y un servidor las celebramos a menudo, pero nunca asomáis.

—¡Os lo imploro, Pelayo! —bromeó don Rodrigo—. Apiadaos de mí y acudid alguna vez. No imagináis lo tediosa que resulta una tarde con este cojo soporífero.

—Este cojo soporífero quedó cojo tras salvaros del acero turco en Cabo Corvo, bocachancla desagradecido —protestó don Gonzalo.

—Razón no le falta, Rodrigo —corroboró don Pelayo—. Sin su tizona, llevaríais un lustro vistiendo el traje de madera. Deberíais rendirle pleitesía.

—¿Y qué creéis que he hecho todos los benditos días de Dios desde entonces sino rendirle pleitesía? Ocurre que en ocasiones se me antoja tan tremendo esfuerzo que casi habría preferido morir en el lance.

—Citémonos en armas y satisfaré ese antojo vuestro de diñarla que ciertamente no me disgusta —rezongó don Gonzalo—. ¿En qué demonios estaría yo pensando para arriesgar la pelleja por semejante cafre descastado?

—¿Citarme a mí en armas? —rio don Rodrigo—. Mi estimado pobrecito, una estocada y os mando al paraíso. Mi destreza en la espada aventaja la de cualquiera. En cambio, vos la esgrimís a lo colchonero. Admito, no obstante, que el único mandoble atinado que habéis dado en vuestra vida salvó la mía. Al César lo que es del César.

En agosto de 1613 participaron en la batalla del Cabo Corvo, el segundo mayor triunfo español sobre el Imperio otomano después de Lepanto y uno de los más gloriosos del duque de Osuna.

En mitad de la refriega, don Rodrigo cayó al suelo y un moro se aprestó a asestarle el tajo definitivo, tajo que, sin embargo, recibió la pierna de don Gonzalo cuando este se interpuso y degolló al adversario.

La herida no curó bien y la infección sumió a don Gonzalo en una agonía que a punto estuvo de vencerle. El percance le valió una cojera irremediable y la eterna gratitud de don Rodrigo, quien, entre guasas rebosantes de afecto, no desperdiciaba ninguna oportunidad de tomarle el pelo.

Mientras los hombres charlaban y doña Francisca agasajaba a las esposas, Enrique rindió pleitesía a los hijos, aunque no en iguales términos, pues saludó a Álvaro en actitud displicente, a Mencía, de manera indiferente y a Isabel, con una sonrisa ardiente.

No carecía de gusto el mozo, porque, a sus trece años, la muchacha ya era un primor de espectacular melena de color negro azabache, finas cejas morenas y espesas pestañas escoltas de unos deslumbrantes ojos grises que igual lanzaban destellos esmeraldas que se oscurecían cual océano nocturno argentado de luna. Un cutis de nívea porcelana, los pómulos altos, una nariz elegante, una boca diminuta y una dentadura perfecta completaban un rostro francamente arrebatador.

Su íntima amiga Mencía, también de trece años, era otra beldad de cabello largo, ondulado y dorado, tersas mejillas teñidas de rubor natural, labios rojos y pequeños en forma de corazón, nariz recta cuyo puente mostraba una encantadora hilera de pecas y delicadas cejas bajo las cuales se abrían dos enormes ojos de un azul tan bonito que parecían albergar el cielo de Madrid.

Álvaro tenía quince abriles. Rubio como Mencía, sus ojos no reflejaban sin embargo el azul del cielo, sino el áureo de la miel. Cordial, cálido y risueño, adoraba los caballos, los torneos, las armas y… a Isabel.

Tratándose de la prometida de su hermano Beltrán, intentó olvidarla, pero fracasó, pues la amaba desde el mismo instante en que aquella mirada de mar se posó en él y le sonrió. Para su dicha, Isabel le correspondía y ambos mantenían un romance furtivo que solo Mencía conocía.

—Álvaro y Mencía, un placer —dijo Enrique—. ¡Mi querida Isabel! Estáis radiante.

—Agradecida —contestó la aludida, sonrojándose al sentirse distinguida en el saludo—. Felicitaciones. Espero que disfrutéis de vuestra fiesta.

—¿Cómo no hacerlo hallándose en ella la dama más deliciosa? —aseveró Enrique.

—Me uno a los parabienes —terció Álvaro, frunciendo el ceño al notar azorada a la muchacha.

—¡Enhorabuena! —añadió Mencía, percatándose también de la turbación de su amiga—. Habéis organizado unos fastos regios.

—Excusa la ausencia de mi hijo mayor, Enrique —intervino don Gonzalo, que, distraído en la conversación adulta, no advirtió el tenso ambiente juvenil—. Ya sabes que es uno de los hombres de confianza del duque de Osuna y, aunque este ha regresado a Madrid, él sigue guerreando en Nápoles. Recibe su congratulación a través de un servidor.

—Excusas aceptadas, señor. Transmitidle mis respetos, por favor. Estimo digno de encomio el arrojo de nuestros soldados.

—En el encomio de la ciudadanía encuentran nuestros soldados el arrojo que mencionas —afirmó don Gonzalo, orgulloso—. Pierde cuidado. En mi próxima misiva le participaré tus reconfortantes palabras.

—Lamento truncar esta agradable plática, pero los invitados continúan aportando y debemos cumplimentarlos —interrumpió doña Francisca, esbozando una sonrisa circunstancial.

—Cuando concluya mis obligaciones de anfitrión, os buscaré y evocaremos glorias bélicas —anunció don Pelayo, dirigiéndose a sus camaradas.

—Vos y yo evocaremos glorias bélicas —se chanceó don Rodrigo, palmeando afectuoso el hombro de don Gonzalo—. Como nuestro compadre adolece de ellas, se las inventará. Seguidle la corriente y así se callará pronto.

—Igual que Jacobo, cuanto más grande, más bobo —graznó don Gonzalo—. Esa infinita estatura que gastáis es la culpable de tanta majadería. La cabeza queda demasiado arriba, el entendimiento no os llega y he ahí el calamitoso resultado: un duque estólido escupiendo estolideces a diestro y siniestro.

En amena algarabía, el grupo se unió al festejo; al instante, unos lacayos les ofrecieron los obsequios con que los Valcárcel agradecían a los invitados su asistencia. Los varones recibieron puños de encaje y una faltriquera de piel; las mujeres, guantes adobados en ámbar procedentes de Ocaña y abanicos de marfil.

Mencía e Isabel juguetearon abriendo los abanicos, cerrándolos y ensayando miradas insinuantes. Había una que no fallaba. Consistía en entornar los párpados de manera lánguida y adoptar una expresión somnolienta. Aunque algunas féminas se excedían y, en vez de besarlas, apetecía bostezar e irse a dormir, esos mohines aletargados arrasaban entre los galanes.

En la distancia, Enrique acechaba a Isabel, pero la joven simulaba no apercibirse. A diferencia de Mencía, que lo detestaba, ella lo consideraba atento y gentil; sin embargo, allende eso, no le interesaba. Tampoco le interesaba Beltrán Soto de Armendía, a quien la prometieron cuando cumplió siete años, porque su corazón, ajeno a casorios concertados, eligió al hermano equivocado.

—¿Qué harás si Enrique se acerca? —le preguntó Mencía.

—Lo que hace una dama educada ante un cortejo indeseado. Mostrarme correcta y esquiva.

—Me enerva que ese cretino os ronde —masculló Álvaro, malhumorado.

—Entonces, llevadme lejos —musitó Isabel, sonriéndole arrobada.

—Al país de las estrellas os llevaría —suspiró él, acariciándola con los ojos.

—¿Os importaría refrenaros? —exhortó Mencía—. Apestáis a romanza y no se me antoja la actitud propia de dos futuros cuñados.

—Templad, hermana. Solo pretendo librar a una diosa de un moscardón.

—Decid mejor escorpión —refunfuñó Mencía—. Enrique se comporta de una forma que siempre parece presto a sacar el aguijón.

—Se comporta de forma solícita y amable, amiga —rebatió Isabel—. Además, es muy apuesto. Si le lanzas miradas adormiladas, quizá se prende de ti y a mí me olvide.

—¿Lanzar miradas adormiladas a tamaño asustasierpes? ¡Deliras! No imaginas la repulsión que me suscita su persona.

—Reportaos, Mencía —conminó Álvaro—. El asustasierpes viene hacia nosotros.

Enrique se incorporó al corrillo y se situó junto a Isabel… demasiado junto.

—¿Cómo va la velada? —inquirió.

—A la altura del acontecimiento —contestó Álvaro, incapaz de reprimir una mueca de fastidio al verlo tan arrimado a la joven—. Los dieciocho suponen una mudanza de enjundia.

Enrique captó la mueca y, ofendido porque pensó que su presencia molestaba al muchacho, se desquitó soltándole una saeta.

—Sobre todo si los cumple el heredero —replicó en tono soberbio—. Cumplidos los dieciocho, los herederos afrontamos numerosas responsabilidades y ¿para qué engañarnos? También obtenemos múltiples prebendas. En cambio, a los segundones os llueven los obstáculos. ¿No os resulta frustrante pertenecer a un linaje egregio y, sin embargo, tener que labraros el mañana que a Beltrán se le regala?

—Muy al contrario, me enorgullece pertenecer al egregio linaje de los Soto de Armendía y anhelo labrarme un mañana que me permita ayudar a Beltrán en lo que se encarte —le encaró Álvaro, desafiante—. Además, a mi hermano no se le regala nada. Os recuerdo que lucha en Nápoles por España mientras otros herederos celebran fiestas y profieren agrios e injustificados comentarios a sus invitados.

—¿A qué agrios comentarios os referís? Solo he preguntado si no resulta…

—¡Qué emotivo ha sido el reencuentro de nuestros padres con don Pelayo! —cortó Mencía, temiendo que se enzarzaran en mitad del salón—. ¿No te ha conmovido, Isabel?

—Mucho, querida. Los tres bailaban de alegría.

—Hablando de bailes, ¿me concederéis uno? —inquirió Enrique.

—Lo lamento —rehusó Isabel, determinada a vengar las despectivas palabras que el joven había dedicado a Álvaro—. Ya he comprometido todos.

—De seguro alguno de los afortunados cederá el privilegio al anfitrión —aventuró Enrique, humillado.

—No creáis —jeringó Álvaro, aprovechando para devolvérsela—. Este segundón es uno de los afortunados y no os cederá el privilegio. ¿No os resulta frustrante heredar un linaje egregio y, sin embargo, tener que labraros un baile que a un servidor se le regala?

—¡Mirad, Enrique! —exclamó Mencía, atajando de nuevo la reyerta—. Vuestro primo Miguel recién asoma. Pero… ¿dónde va?

Intentando pasar desapercibido, Miguel se encaminaba a un rincón.

Aunque de la misma edad que Isabel y Mencía, sus escuálidos pertrechos le restaban años y apenas sugerían diez o, a lo sumo, once. De cabello negro carbón y profundos ojos oscuros, su piel era de un blanco tan transparente que se le habría confundido con un espectro ingrávido de no ser por dos enormes orejas que, siempre ruborizadas, demostraban que, al contrario de lo que parecía, en aquel cuerpo sí había vida.

Don Pelayo también lo vio llegar. Andaba el hombre tratando de soslayar las cuitas que le atormentaban abismándose en la divertida conversación de don Rodrigo y don Gonzalo, pero no lo lograba.

El día anterior, junto a sus tres testigos, había otorgado testamento en la escribanía de Sebastián Castro y los remordimientos le tenían sumido en una desazón que no aflojaba. Aunque el futuro de Miguel ya estaba arreglado, sentía que, actuando a hurtadillas, había traicionado a Enrique y una imperiosa necesidad de confesar le bullía dentro.

Advirtiendo que Miguel no planeaba alternar, se excusó ante sus camaradas y se acercó.

—Buenas noches, sobrino. ¿Piensas esconderte tras los tapices hasta que concluya el boato?

—Talmente —confirmó Miguel, irritado—. Detesto estas ceremonias y, aun así, me obligáis a asistir. Además, no deseo verbenas mientras Joselillo agoniza.

—¿El galeno que le procuré no le ha calmado las fatigas?

—Ese miserable alegó que él no atendía a esclavos y apenas le prestó mientes.

Don Pelayo se descompuso. La paliza a Joselillo había motivado una colosal trifulca con doña Francisca y desde entonces no se dirigían la palabra.

—Tan infame proceder lleva el sello de Francisca —masculló, iracundo—. Me figuro que le ha conminado a negar cuidados al chico. ¡Condenada mujer! Le cantaré las cuarenta de nuevo.

—No la reprendáis —suplicó Miguel, atemorizado—. Se enojará, descargará sobre Joselillo y lo matará. Me dijo que yo le distraigo de sus quehaceres y que de ahí el castigo. No me perdonaría que falleciese por mi culpa.

—Si Joselillo falleciese, no sería por tu culpa, sino por culpa de Francisca.

—Protejamos la vida de Joselillo y así evitaremos las culpas de nadie. Juradme que no la reconvendréis, tío.

—De acuerdo. No la reconvendré. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve hablarle al demonio de bondad? Me limitaré a requerir un segundo galeno y me encargaré de que cumpla.

—Os lo agradezco.

—Agradécemelo uniéndote al festejo. Los hermanos Soto de Armendía y la hija de los Salazar han venido y me consta que los tres integran el exiguo grupo de personas que toleras.

—Quizá después —declinó Miguel al vislumbrar a Enrique en el corrillo—. De momento, prefiero sentarme y descansar un rato.

—Descansar ¿de qué? ¡No será de socializar! Admite que te resistes porque Enrique los acompaña.

—Admito que él no integra el exiguo grupo de personas que tolero.

—Debes plantarle cara, Miguel. No reconozco a mi sobrino en este pelalágrimas huraño y retraído. Te he criado y antes derrochabas alegría.

—Cosa de la madurez, supongo —aseveró Miguel, encogiéndose de hombros.

—¡Y un cuerno, cosa de la madurez! Cosa de tu terror a mi esposa y a mi hijo. El diablo no es tan feo como lo pinta el pánico, zagal. Saca las uñas y enfréntalos. Si te conduces cual cordero, el lobo te devorará, pero, si te conduces cual lobo, no te atacará porque lobo no come lobo.

—Ni soy cordero ni soy lobo, tío.

Soy prudente.

—El prudente tiene miedo, Miguel; el valiente lo vence. Portas el apellido Valcárcel y los Valcárcel no damos la espalda a los problemas escudándonos tras la prudencia. Damos el pecho enarbolando valentía y no consentimos que nadie nos pise. Apea, pues, las prudencias y compórtate como un Valcárcel.

—Os lo ruego…

—Se acabó la discusión, jovencito. Pon rumbo hacia los Soto de Armendía y enseña a Enrique tus colmillos de lobo.

Mostrando escasos colmillos de lobo y demasiadas trazas de cordero degollado, Miguel obedeció.

—Me complace en gordo la asistencia de Miguel —afirmó Mencía mientras tío y sobrino departían—. Tiempo ha que no lo veía.

—Nosotros tampoco lo vemos mucho y eso que compartimos techo —señaló Enrique en tono arisco—. No sale de sus aposentos y, cuando sale, parece un ánima errante de visita entre los vivos. No habla, no sonríe, no gesticula… Resulta inquietante.

—En cambio, a mí me resulta entrañable —rebatió Isabel—. Imagino que un muchacho tan introvertido no se siente bien en esta concurrencia y, pese a ello, ha comparecido en vuestro honor. Se me antoja un bonito regalo de cumpleaños.

—El regalo de cumpleaños que yo anhelo depende de vos —replicó Enrique, suplicante—. Concededme un baile y me colmaréis de gozo.

Consciente de que otro rechazo rozaría el insulto, Isabel claudicó y ya se disponía a aceptar cuando una tímida voz la detuvo.

—Buenas noches, Álvaro. Un placer saludaros.

—¡Dichosos los ojos, Miguel! —exclamó Álvaro, experimentando tal alivio ante la providencial interrupción que casi se lanzó a los brazos del recién llegado—. ¿Recordáis a mi hermana Mencía y a doña Isabel Salazar?

—¡No he de recordarlas! —contestó Miguel, esbozando una sonrisa cohibida—. Es difícil olvidar a ninguna de las dos. Lucís espléndidas, señoritas. Como siempre, huelga decir.

—¿Y cómo sabéis que lucimos «espléndidas como siempre» si apenas nos frecuentáis, tunante? —bromeó Mencía.

—Hay bellezas que prenden en la memoria y nunca la abandonan. Aunque pasase años sin veros, sería capaz de describiros al detalle.

—¡Zalamero! —rio Mencía, halagada—. ¿Dónde os metéis? Comentábamos que os prodigáis poco.

—No gusto en exceso de la gente.

—Mejor continuad sin prodigaros, pues la gente tampoco gusta de vos —espetó Enrique, furioso porque la intervención del chico había truncado la concesión del bendito baile—. Hasta los criados se santiguan cuando andáis cerca.

Una tensa quietud se apoderó del grupo. Amedrentado, Miguel agachó la cabeza.

—Marcho a la terraza —anunció Isabel, incómoda—. Necesito airearme.

—Permitidme acompañaros —solicitó Enrique.

—No, gracias —refutó la joven fríamente—. Os debéis a vuestra fiesta. Álvaro y Mencía me acompañarán. Miguel también. Nosotros sí gustamos de él.

—¿Y el baile? No me habéis…

Isabel fingió no escuchar y se alejó. Álvaro, Mencía y un atribulado Miguel la siguieron en silencio.

Perplejo y abochornado, Enrique se quedó solo en mitad del salón. Al percibir cuchicheos e incluso risitas a su alrededor, salió de la estancia y se refugió en una galería desierta. Rojo de humillación, se apoyó en la pared y cerró los ojos.

De repente, alguien le palmeó el hombro.

—¡Márquez! —exclamó, pegando un respingo—. Me habéis asustado, ¡rediez!

—He visto que la manceba se os ha escapado y vengo a consolaros.

—Esa condenada calientaturmas me seduce y después me esquiva —bramó Enrique, temblando de rabia—. Me ha negado un baile. ¡A mí! ¡Al anfitrión! ¡Tamaña desfachatez! Y encima me ridiculiza delante de todos dejándome con la palabra en la boca.

—Os quiere batiendo el cobre por ella, compadre. Típico de las damas de manto y medio. Sofocan al caballero y luego se largan. Menos mal que las de medio manto se encargan de aplacar los ardores.

Enrique no pudo evitar sonreír, divertido ante el modo en que Márquez distinguía a las mujeres honestas de las prostitutas.

La normativa exigía a estas taparse bajo un medio manto negro, circunstancia que las identificaba de inconfundible suerte, pues las damas honestas llevaban un manto entero que llegaba hasta el suelo.

Este característico atuendo alumbró el alias de las siervas de Venus: damas de medio manto. La acepción damas de manto y medio era invención de Márquez y aludía a la otra cara de la moneda.

—Las facilidades no me excitan y las damas de medio manto ofrecen demasiadas —comentó Enrique, borrando la sonrisa al recordar el desplante de Isabel—. A mí me encienden las que se me resisten. Isabel lo hace, pero se trata de una ilustre y no puedo rendir a una ilustre utilizando mis habituales galanteos.

—¿Vuestros habituales galanteos? —Se carcajeó Márquez—. ¿Os referís a torturarla, estuprarla y asesinarla? ¡No, amigo! No se me antojan arrumacos muy del gusto aristócrata.

—¡Zorra del infierno! No soporto a las hembras que dicen no y apestan a un maldito .

—¡Donde haya marranas que se quiten las puritanas, camarada! Sacáis la faltriquera, ellas se suben las faldas y arreando. Nada de andar disolviendo celosías de castidad a golpe de agasajo y requiebro. ¿Sabéis cómo llamamos los militares a las daifas que nos desahogan en el frente? Maletas. ¡Dios bendiga a esas gloriosas comadres! De mi época en Flandes, recuerdo a la Tomasa. ¡La Virgen! Un pestañeo suyo aguaba a un finado.

—Un pestañeo de Isabel me agua a mí. Y me cuesta un mundo reprimirme.

—¡Vamos, muchacho! No consintáis que una siesa os amargue el cumpleaños. El salón rebosa florecillas ansiosas de vuestras atenciones.

—No me interesan las florecillas ansiosas de mis atenciones. Os repito que detesto las facilidades.

En ese instante, apareció una criada de ojos claros y bucles morenos que se asemejaba mucho a Isabel. Portaba una bandeja de viandas y, al percatarse de que los hombres le obstruían el paso y no tenían intención de moverse, se detuvo.

—¿Me permiten los señores? —musitó, ruborizada.

Intercambiando una mirada cómplice, Enrique y Márquez se apartaron en silencio y la chica reanudó la marcha.

—Como os comentaba, detesto las yeguas dóciles —señaló Enrique, esbozando una sonrisa sádica—. Prefiero someterlas. Y mientras someto a la que pretendo, me entretendré con otra de rasgos similares.

—¿Estáis pensando lo que creo que estáis pensando? —inquirió Márquez, empezando a relamerse.

—Yo no pienso, soldado. Yo actúo. Llevad vuestro caballo a la parte trasera. La de la huerta. La zagala volverá en breve. La esperaré y la mandaré allí pretextando algo. En cuanto asome, agarradla y salid al galope. En el ínterin, buscaré mis botas de monte, cogeré un jamelgo de las caballerizas diferente al mío y me escabulliré. Nos reuniremos en el camino de San Bernardino.

—¿Seguro? Es vuestra fiesta, Enrique. Acusarán la ausencia del anfitrión.

—No lo harán. ¿Acaso os parece extraño que me esfume junto a una de esas florecillas ansiosas de mis atenciones?

—En absoluto —rio Márquez—. Divirtámonos, entonces. Nos veremos en el camino de San Bernardino.

A solas en la galería, Enrique aguardó a la criada.

—Un momento —la interceptó cuando esta regresó—. No os conozco. ¿Quién sois?

—La nueva doncella, señor. Candela Bouza para servir a vuesa merced.

—¿Cuándo os incorporasteis?

—Ayer mismo.

—¿Qué referencias traéis?

—Ninguna. Llegamos de Asturias hace una semana. Mis padres encontraron labor en el mercado de la Plaza Mayor y yo, en esta casa gracias a doña Constancia Cubillo.

Enrique reprimió un gesto satisfecho. ¿Nueva? Perfecto. ¿Sin referencias? Mejor.

—¿Quién es Constancia Cubillo?

—Es madre de mozas de servicio. Al arribar a la Villa, me recomendaron que me personase en la lonja del Buen Suceso porque allí reclutan criadas desempleadas y doña Constancia se ofreció a conseguirme faena a cambio de dos reales.

—¿Cuántos años tenéis?

—Quince, señor.

—Muy bien, Candela Bouza de quince años. Id al portillo de la huerta y verificad que está cerrado. Lo utilicé antes y ahora no recuerdo si puse el candado. Temo que se cuele un facineroso y nos dé un susto.

—No puedo ausentarme. Si lo deseáis, informaré al jefe de servicio y él enviará a quien corresponda.

—Os envío yo que soy el patrón del jefe de servicio y también el vuestro.

—¿Vuesa merced es…? ¡Dios bendito! Excusadme, señor. Aún no conozco a todos los Valcárcel.

—Recién conocéis a uno. Enrique Valcárcel. Obedeced y volad a comprobar ese portillo.

—Al punto, don Enrique —dijo Candela, echando a correr rumbo a la huerta.

Con la parsimonia del depredador y una mueca salvaje en el rostro, Enrique la siguió.

Juan de la Calle y su padre vivían en un chamizo cerca del puente de Leganitos.

El vocablo leganitos procedía del árabe algannet. En cristiano significaba «huertas» y se había adjudicado a aquella zona de Madrid porque durante el dominio infiel rebosaba huertas gracias al magnífico riego que procuraban los múltiples riachuelos del entorno.

La parte alta de la calle Leganitos ocupaba uno de los tres promontorios, junto al de las Vistillas de San Francisco y al del Alcázar, sobre los que se alzaba la cornisa oeste de Madrid.

En medio de los tres promontorios había dos profundos barrancos: el barranco de San Pedro y el de Leganitos.

El barranco de San Pedro separaba el cerro de las Vistillas de San Francisco y el del Alcázar y debía el apelativo al arroyo que siglos atrás surcaba el fondo: el arroyo de San Pedro.

Aunque los lugareños lo bautizaron así porque nacía en los alrededores de la iglesia de San Pedro, empezó llamándose arroyo Matrice y, cuando, en época musulmana, los invasores adaptaron el término a su lengua, se convirtió en el arroyo Mayrit.

Los dos apellidos de aquel arroyo, Matrice y Mayrit, significaban «madre de aguas» y aludían al caudal de agua que hallaba su origen en él. Pero no solo un caudal de agua halló su origen en él. La Villa también lo hizo, pues allí, en el arroyo Mayrit, halló su nombre: Madrid[24].

El barranco de San Pedro, una imponente quebrada de tortuoso tránsito, atestada de pendientes impracticables, lóbrega y siempre embarrada, helada o nevada, proporcionaba el único acceso a la ciudad desde Segovia y, como el puente que se levantó en tiempos remotos sobre el Manzanares para facilitar aquel acceso estaba casi derruido, el Segundo Felipe orquestó el acondicionamiento de la zona cuando asentó la Corte imperial en Madrid.

Primero mandó demoler el antiguo puente y luego encargó a Juan de Herrera la construcción de otro, encargo que el arquitecto cumplió diseñando la llamada Puente Segoviana, una bella estructura con sillares de piedra berroqueña, nueve arcos que iban empequeñeciéndose según se acercaban a las orillas fluviales y dos tajamares en cada arco, picudos por donde entraba el agua y curvados por donde salía, para evitar la erosión de la roca.

Después el Rey ordenó soterrar el arroyo Mayrit, allanar el barranco de San Pedro y pavimentar el terreno, disposiciones de las que surgió la calle Nueva de la Puente[25].

Mientras el barranco de San Pedro dividía el cerro de las Vistillas de San Francisco y el del Alcázar, el segundo barranco, el de Leganitos, hacía lo propio con el cerro del Alcázar y aquel tercer cerro donde se asentaba el extremo noroeste de la ciudad.

En el fondo de este barranco circulaba el arroyo de Leganitos. Su curso comenzaba extramuros, atravesaba el subsuelo de la Villa y rebrotaba al término de la calle Leganitos. Allí caía desde lo alto del cerro, aterrizaba sobre el lecho del barranco de Leganitos, continuaba hacia el oeste, se unía al arroyo del Arenal en los aledaños del Alcázar y ambos en comandita desembocaban en el Manzanares.

A la vera del arroyo Leganitos transcurría un sendero que principiaba en lo alto del barranco, descendía hasta la base y proseguía rumbo al río. Aunque no ofrecía un paseo afable, pues, en realidad, se trataba de una escarpada cuesta que baldaba las piernas, nadie se quejaba porque, al menos, permitía alcanzar el Manzanares sin necesidad de rodear toda la ciudad.

Haciendo gala de una sublime originalidad bautismal, los madrileños llamaron a aquel sendero Camino del Río[26].

El arroyo Leganitos emergía a la superficie con tal virulencia que, sumado a la existencia del barranco, no se podía cruzar, inconveniente auspiciador de dos construcciones: una alcantarilla y un modesto puente de estilo herreriano. La alcantarilla trababa los frecuentes desbordamientos y el puente posibilitaba el paso a la calle del Pardo, al camino de San Bernardino, al del Molino Quemado y a las huertas de alrededor.

Al lado se alzaba una fuente que suministraba aguas de extraordinaria calidad y, un poco más adelante, había un extenso prado muy concurrido en las noches de verano.

Como si los uniesen lazos de sangre, alcantarilla, puente, fuente y prado recibieron el mismo apellido: de Leganitos[27].

La calle del Pardo empezaba al otro extremo del puente y, luego de un trecho, se escindía en dos veredas. Una continuaba en línea recta y correspondía al camino de San Bernardino. La segunda giraba a la izquierda e inauguraba el camino del Molino Quemado.

El camino de San Bernardino acababa en el convento de idéntico nombre y albergaba el viacrucis de la Villa, un circuito místico que escenificaba el suplicio de Jesús. Lo componían catorce estaciones referentes a catorce momentos acaecidos desde el arresto mesiánico hasta la crucifixión y cada estación estaba representada por una cruz ante la cual los feligreses debían arrodillarse y orar.

Ese viacrucis era el heredero del que, años atrás, funcionó entre el convento de San Francisco y la calle del Calvario. Lo instaló san Francisco de Asís, pero hubo de trasladarse cuando Madrid creció y andar arrodillándose en medio de su delirio vehicular mutó de acto devoto a temeridad. El nuevo emplazamiento recayó en el camino de San Bernardino, un paraje despoblado cuya tranquilidad permitía a los fieles rezar sin riesgo de llegar al camposanto antes que Cristo a la cruz[28].

El camino del Molino Quemado bordeaba un hondo precipicio y moría en un brazo del Manzanares donde los lugareños solían aliviar los calores estivales. Junto a una plataforma que salvaba el río, se erigía el Molino Quemado, ya existente en tiempos de los Reyes Católicos, calcinado y nunca restaurado.

En verano aquella senda rebosaba bañistas, paseantes y, sobre todo, harineros que, en sus tartanas, iban y venían de los molinos ubicados en la orilla fluvial. En invierno, sin embargo, la senda quedaba desierta y ni el precipicio ni el terreno, resbaladizo e invariablemente escarchado, aconsejaban aventurarse en ella[29].

Como Juan vivía cerca del puente de Leganitos, a menudo lo cruzaba y se dirigía al camino del Molino Quemado. Adoraba recorrerlo en verano y, pese a los peligros, también en invierno.

Le fascinaba desafiar el precipicio y gustaba de afanar viandas en las magníficas huertas que los aristócratas poseían en esos andurriales. La huerta de la Florida, de la Buitrera, del Molino Quemado, de las Minillas… Había muchas por allí y, aunque todas se encontraban tapiadas, el zagal sabía el modo de acceder a cada una de ellas.

En particular, le entusiasmaba la huerta de la Florida, una enorme parcela enclavada en una colina llamada los Altos de San Bernardino. A veces, Juan trepaba hasta la cima y contemplaba soberbios atardeceres que, según decía, daban al cielo de Madrid la belleza que las miserias del hombre usurpaban a su tierra[30].

No obstante ofrecer los atardeceres más bonitos, los Altos de San Bernardino era una propiedad privada y no convenía exceder las visitas, pero, afortunadamente, la zona estaba repleta de cerros similares sin nombre ni patrón cuyas panorámicas en absoluto decepcionaban.

Aquella gélida noche de noviembre Juan se hallaba en la cumbre de uno de esos cerros anónimos acompañado de Mateo y Antonio, la pareja de huérfanos a quienes, tal como descubrió don Martín, el joven protegía.

Mateo y Antonio eran hermanos.

Mateo, de trece años que parecían diez porque no crecía ni a lo largo ni a lo ancho, poseía una esportilla con la que se ganaba el jornal transportando mercancías y, sobre todo, sisándolas.

Antonio, mudo de nacimiento y aquejado de un cierto retraso mental, ya había cumplido los siete abriles. Tenía la boca mellada, los ojos castaños, el pelo liso tirando a pelirrojo, pecas en la nariz y las mejillas quemadas a causa del frío. Amén de un sayo donde cabían tres de sus dimensiones, siempre llevaba un gorro cónico de amplia ala en la cabeza y los pies descalzos.

Juan los conoció un día que, paseando cerca de un bazar de las covachuelas de San Felipe, vio a Antonio prendado de una peonza que Mateo no se podía permitir y, considerando la roqueña vigilancia del tendero, tampoco podía robar. Apiadándose del desilusionado mohín infantil, destinó una faltriquera recién hurtada a comprar el juguete y se lo regaló al chiquillo, quien le abrazó emocionado.

—Agradecido, amigo —le dijo Mateo—. Habéis alegrado el día a mi hermano y a fe que no le sobran contentos. Me llamo Mateo y el menino, Antonio. Es mudo, de sesera desmadejada y, a partir de este momento, un incondicional vuestro.

—Yo soy Juan de la Calle y, aunque me complace haber alegrado el día a vuestro hermano, temo no meritar esa incondicional veneración suya que auguráis.

Así entablaron una entrañable amistad que aliviaba las respectivas cuitas de cada uno: Juan cuidaba de los hermanos consiguiéndoles sustento y los hermanos ofrecían a Juan el afecto que este no encontraba junto a su padre.

En ese momento, las campanas anunciaron las nueve de la noche.

Sentados en la cumbre del cerro y arrebujados en gruesos mantos de lana, los tres amigos encaraban un viento glacial. Frente a ellos, torres esquineras de casas ilustres y atalayas clericales recortaban la oscuridad delineando el perfil de Madrid.

—Parece que celebran jarana en uno de los castillos próximos al beaterio de las Maravillas —comentó Mateo, refiriéndose a la mansión iluminada de los Valcárcel—. ¿Sabéis por qué apodan de las Maravillas al beaterio?

—Porque allí las beatas viven de maravilla —bromeó Juan mientras observaba a Antonio jugar con su idolatrada peonza, de la que ni un instante se separaba.

—Nada de eso, ansarón —rechazó Mateo, irguiéndose ufano, pues presumía de conocer el origen e historia de todos los rincones de la ciudad—. Según cuentan, alude a la maravilla, una flor amarilla y naranja. En el huerto del lugar, las roebiblias hallaron un niño Jesús entre un ramillete de esas flores. Lo pusieron en las manos de una virgen que les había regalado una linajuda y así la bautizaron: Virgen de las Maravillas[31].

—Debo regresar, compadre —anunció Juan, cuya desazón ante la perspectiva le impidió apreciar la erudita diatriba de su amigo—. Esta mañana las tuve tiesas con mi viejo y el condenado me ha prohibido las salidas.

—¿Por qué ha hecho tal cosa?

—Anda sin faena y se distrae dándole al vinate y a mi espalda. Supongo que quiere tenerme enmazmorrado y así poder atizarme a placer. La violina de hoy lo ha tumbado y he aprovechado para venir a avisaros, pero he de apurar el retorno. Como se espabile y descubra mi evasión, me descalabra.

—Me han hablado de unos bacalarios que, a cambio de unas pocas perras, lo descalabrarían a él. Otorgadme carta blanca y os enrolo en la cofradía de huérfanos.

—¡Qué enormidad, hombre! Apiolar a un padre es pecado mortal, mameluco. ¿Acaso me queréis en el infierno?

—En mi humilde opinión, ya estáis en el infierno. No obstante, serenaos. De porfiar en vuestro cristiano sentir, pronto lo abandonaréis rumbo al paraíso.

—Si eso me librase de las hojaldradas que me caen a diario, cerraría el trato —masculló Juan, amargado.

—¿Cuánto tiempo os mantendrá confinado?

—Se me escapa. Piden picapedreros en la remodelación de la fuente del Buen Suceso. Ruego al Altísimo que se agencie tajo allí, porque, de lo contrario, tocan a rebato para un servidor.

—Os extrañaremos, socio —suspiró Mateo, afligido.

—He dejado un suculento botín en nuestro escondite de la parroquia de San Andrés. Disponed de él en mi ausencia.

—¿Un suculento botín? ¿De dónde diantres lo habéis sacado?

—Hace un par de noches vacié una cuadra del Mesón del Peine. ¿Sabéis cuál os digo?

—¿No lo voy a saber? —exclamó Mateo, alzando la barbilla—. Este docto madrileño lo sabe todo sobre la Villa y Corte. Mesón del Peine: lo inauguró Juan Posada en 1610, se ubica en la calle del Vicario Viejo y agasaja a sus clientes de magnífica suerte poniendo un peine en cada habitación susceptible de uso, pero no de robo, pues está atado al lavamanos. Tan insólita cortesía parió el nombre del lugar: Mesón del Peine[32].

—¡Qué pelmazo resultáis, zagal! Os pasáis el día entero escupiendo perogrulladas. Debería presentaros a mi maestro, otro cansaalmas que, no bien abre la boca, el mundo comienza a bostezar.

—Yo no preciso maestros, carapedo. Soy autodidacta.

—De seguro ignoráis por dónde me colé en el Mesón del Peine, listillo.

—Erráis —apuntó Mateo, esbozando una sonrisa altanera—. Empleasteis el pasadizo secreto que conduce al interior.

—¿Cómo demonios lo sabéis? —saltó Juan, frustrado porque nunca lograba pillarle en un renuncio—. Nadie lo conoce.

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