Libelo de sangre

Libelo de sangre


CAPÍTULO 11 Fiesta sangrienta

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—Nadie honesto; los apóstoles de lo ajeno sí lo conocemos. Yo solía utilizarlo, pero desistí de mis expediciones cuando escuché que también lo usaban amantes furtivos. Al parecer, un roldán se citó allí con una doña alojada en el mesón y quedó atrapado.

Aunque el episodio se tilda de leyenda, yo me lo creo porque el paso es muy estrecho. Un chichaparva cabe, pero más no, y ni de chanza una pareja enhebrada en lance pasional. Total, que, por si había verdad en la baila, este apóstol de lo ajeno consagró sus habilidades a menesteres menos aventurados.

—Me consta que había verdad en la baila. El roldán se atoró entre los muros de la cueva clandestina y los de la cueva femenina y, como la cosa no iba ni adelante ni atrás, hubo de aguardar a que los ardores escamparan para desenredarse.

—¿Imagináis el heraldo del pregonero? —rio Mateo—. ¡Seductor de mancebas la espicha entre dos cuevas!

Estallando en socarronas carcajadas, ambos muchachos empezaron a bambolear las caderas imitando a los protagonistas de la historia. Sin captar el erotismo del baile, un entusiasmado Antonio se unió a la diversión y no tardó en cosechar un desconcertante pescozón de los mayores.

—Marcho ya —dijo Juan, interrumpiendo las risas—. Conservad el torzal. Conozco la ruta de memoria y no necesito luz.

—De poco nos servirá. Le resta un amén.

—En cuanto recobre la calle, os buscaré. A más ver.

—Suerte, compadre.

Mateo y Antonio contemplaron la silueta de Juan desvaneciéndose en la oscuridad. Instantes después, el torzal expiró y la penumbra se apoderó del paraje.

Los hermanos se recostaron, se arrebujaron en los mantos y admiraron el espectáculo que ofrecía una inmensa luna llena tratando de franquear los nubarrones.

De pronto, un ruido rompió la quietud. Mateo se incorporó de un salto, cogió a Antonio, lo arrastró tras unos madroños y le ordenó sigilo.

Cuando Candela alcanzó el portillo de la huerta, Márquez la agarró, la amordazó, la envolvió en una tosca frazada de arpillera, la instaló cual fardo a lomos del caballo y, como la chica se retorcía desesperada, la neutralizó de un puñetazo. A continuación, enfiló hacia San Bernardino.

Al rato, asomó Enrique, que, oculto el rostro bajo un embozo y un enorme sombrero, tendió a su compinche una tela negra conminándole a embozarse también.

Así pertrechados y ahorrando conversación, espolearon a los animales y se internaron en el camino del Molino Quemado.

Luego de frenar en una calva del bosque a los pies del cerro donde holgaban Mateo y Antonio, frotaron eslabón y pedernal, prendieron las velas de dos farolillos e inhibieron las tinieblas.

Si bien una frondosa vegetación escondía el claro a quien transitase el sendero, no ocurría lo mismo con los hermanos, que, desde su atalaya y a la luz de los farolillos, divisaban la escena perfectamente.

Aunque resultaba inviable avistar ni el semblante ni el cabello de los rufianes, pues mantuvieron embozo y sombrero, varios detalles proporcionaron información a Mateo y Antonio.

La agilidad de uno al desmontar revelaba lozanía; su magnífico alazán y las espuelas de plata, cuartos, y los autoritarios ademanes que exhibía, alcurnia.

El otro parecía más mayor, no gastaba igual prestancia y su capa escarlata indicaba milicia. Sin embargo, como sofocado por la carrera, se la quitó en cuanto descabalgó, ni Mateo ni Antonio repararon en los adornos capilares de la pechera. En cambio, gracias a que, tras la capa, también se quitó los guantes, sí atisbaron su mano lisiada.

Cuando Mateo observó que el rocín del soldado transportaba un bulto, frunció el ceño; cuando el bulto cobró vida y empezó a agitarse, contuvo el aliento; cuando los hombres lo tiraron al suelo y del interior brotó un quejido apagado, olió problemas, y, cuando lo desembalaron y apareció una mujer maniatada, supo que pintaban bastos.

—No os retiréis ni el rebozo ni el chapeo —exhortó Enrique.

—Aquí no hay un alma y apenas puedo respirar —protestó Márquez.

—A aguantarse tocan. Las paredes tienen oídos y los matorrales, ojos. Y ahora al avío. Procedamos rápido y retornemos a la fiesta. No deben apercibirse de mi ausencia.

Los maleantes forzaron y sodomizaron a la pobre Candela. Al principio la joven se resistió e incluso consiguió arrancarles el sombrero, logro que permitió a los horrorizados testigos de su calvario distinguir la rubia pelambrera de Enrique y la alopécica coronilla rodeada de greñas canosas de Márquez.

Ella lloraba, chillaba y suplicaba. Ellos la apaleaban, la embestían y la sometían a sadismos imposibles de digerir por una mente cabal.

Después cayó un silencio aún más aterrador.

Ella yacía desnuda sobre la tierra escarchada; ellos se limpiaban las ropas de tierra escarchada. Ella estaba morada de golpes y roja de sangre; ellos, morados de violencia y rojos de arrebato… y también de sangre. Mucha sangre. Sangre de ella.

Mientras Antonio presenciaba el ultraje paralizado, agarrado a la peonza y con las pupilas desorbitadas, Mateo se debatía entre acudir al rescate de la muchacha o abandonarla a su suerte. Al final y pese a saber que un canijo como él nunca batiría a aquellos salvajes, fue incapaz de desentenderse.

—Los ahuyentaré o, de lo contrario, la matarán —susurró, quitándose el manto y colocándolo en los hombros de su hermano—. No te muevas de aquí, Antonio. Ocurra lo que ocurra, no saques los pies fuera de estos arbustos hasta mi regreso. ¿Me has comprendido?

Acongojado, el chiquillo asintió. Mateo extrajo una daga, descendió el promontorio, se internó en la espesura y se escondió detrás de un árbol.

—Deteneos al punto —gritó, engrosando la voz en un intento de amedrentarlos—. He avisado a los alguaciles y asomarán en un jesús.

Márquez y Enrique pegaron un respingo y, de forma refleja, se reajustaron el embozo y se calaron el sombrero.

—¿Quién va? —preguntó Márquez, blandiendo la espada—. ¡Salid!

Al darse cuenta de que su treta no había surtido efecto, un escalofrío acalambró el espinazo de Mateo. Creía que se esfumarían en cuanto se vieran sorprendidos y supieran que un escuadrón de alguaciles se aproximaba; sin embargo, en vez de eso, habían desenvainado.

—He dicho que salgáis —insistió Márquez—. Atreveos a escupir vuestras amenazas a la cara.

Mateo no sabía qué hacer… bueno, en realidad, sí sabía qué hacer, pero no conseguía hacerlo porque la idea le acoquinaba. Y es que disponía de una única alternativa. Si retrocedía, el crujido de la hojarasca le delataría y, aunque corriera, a caballo no tardarían en capturarle. Además, se arriesgaba a que también descubrieran a Antonio y, ante todo, debía proteger al niño. En consecuencia, no le quedaba otra que enfrentarse a ellos y confiar en la Providencia, opciones ambas que en absoluto le seducían, pues enfrentarse a ellos implicaba una muy probable derrota y comprobado tenía que la Providencia no era dama digna de confianza.

Solo pensar que, mientras estuvieran ocupados en él, se olvidarían de la chica, le procuró el coraje necesario para empuñar la daga, renunciar al refugio del árbol y salir al claro.

—Heme aquí. Os repito que los alfileres arribarán en breve.

Cuando le vieron, unos atónitos Márquez y Enrique miraron en derredor buscando un compañero de mayor empaque y, al no divisar a nadie, se sosegaron. Lejos de suponer ningún peligro, aquel sietemesino acababa de sellar su destino.

—Apea el cuento de los alfileres, que no cuela, estúpido —increpó Enrique a través del embozo—. ¿Quién eres y cómo osas interrumpirnos?

En las distancias cortas y aunque no le vislumbraba la faz, Mateo confirmó la conjetura inicial. Era un ilustre… un ilustre cuyas trazas no prodigaban mañas en batalla y a quien podría vencer explotando al máximo lo escurridizo que resultaba su exiguo esqueleto y meneándose cual lagartija.

Lástima que el soldado baldase tan venturoso desenlace. Porque ciertamente lo baldaba. De hecho, en cuanto le encaró, notó el hálito de la muerte en el cogote.

Consciente de que perdería la vida, decidió que no merecía la pena aferrarse al miedo, de modo que lo soltó y fue lo primero que perdió.

—¿De veras os he interrumpido? —inquirió en tono displicente—. Juraría que habéis concluido. ¿O acaso os restan cucamonas para esta infeliz?

—No te dirijas al caballero con esa insolencia, mamarracho —defendió Márquez.

—¿Al caballero? El caballero es un tragasangres enfermo y talmente vos.

—En efecto, soy un tragasangres que esta noche se tragará la tuya, patamosca del demonio —rugió Márquez.

Acero en ristre, arremetió contra el zagal. Este se dobló sobre sí mismo, pasó entre las piernas del adversario y se incorporó.

Márquez se giró y volvió a atacarle. Mateo lo esquivó, brincó a la derecha, empuñó la daga y consiguió sajarle el brazo. La cuchillada aturdió a Márquez. ¿Un arrapiezo enclenque lo había herido? ¿A él? ¿A un piquero de los Tercios?

Mateo tampoco se lo creía. Olvidando que no enfrentaba a un enemigo, sino a dos, sonrió ufano y se inclinó en actitud condescendiente.

—Patamosca, ¿eh? Mejor chiquitín y matón que grande y torpón, ¿no os parece? ¿Queríais que escupiese mis amenazas a la cara? Desembozaos y mostradme la vues…

De pronto, su cuerpo quedó tenso; la sonrisa, congelada, y los ojos, fijos en ninguna parte. Tosió y un estertor sangriento le brotó de los labios. Asiendo la hoja de la espada que recién le emergía del pecho, miró al promontorio, se despidió de su hermano y expiró.

El súbito final de la lid dejó estupefacto a Márquez. Olvidado también de Enrique, no entendió lo acaecido hasta que este asomó tras el cadáver.

—¿Qué habéis hecho, maldita sea? —espetó, humillado.

—Os sorteó dos veces y os tarascó el brazo —justificó Enrique, extrayendo el estoque del torso yerto de Mateo.

—Era mío, capullo. Nadie derrama mi colorada sin pagarlo caro.

—Este ya lo ha pagado caro.

—Debía pagarlo caro de mi mano, no de la vuestra. Me habéis estragado el desquite, ¡condenado entrometido!

—¿De qué desquite habláis, compadre? Era un rebañavainas insignificante, no las huestes de Flandes. Además, hemos de regresar y urgía liquidarlo, así que abreviad el cacareo. ¿La chica también cría gusanos?

Márquez se agachó y, luego de palpar el pulso de Candela, le retorció el cuello. La muchacha abrió unos ojos extraviados y, un chasquido después, siguió los pasos de Mateo.

—Aún respiraba —explicó el soldado, seccionándole un mechón de pelo y prendiéndoselo en la capa.

—¡Maldito fullero! La reliquia me corresponde a mí.

—La plata, trofeo del que remata, camarada. Yo he rematado, ¿no? Pues la reliquia me corresponde a mí.

—¡Arrieritos somos, Márquez! Esta me la cobraré, pero ahora apurémonos. Allende el follaje, hay un socavón. Los tiraremos ahí.

Cargaron los cuerpos, los lanzaron a una profunda zanja y echaron tierra hasta enterrarlos.

Escondidas las pruebas de su villanía, montaron los caballos y marcharon.

Al alba, el pequeño Antonio continuaba en el mismo sitio y en la misma posición: paralizado, agarrado a la peonza y con las pupilas desorbitadas.

Lastrándole el alma, dos finados; torturándole la memoria, dos satanes; surcándole las mejillas, dos lágrimas.

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