Libelo de sangre

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CAPÍTULO 12 Un zafiro para el asesino

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CAPÍTULO 12Un zafiro para el asesino

Al llegar al camino de San Bernardino, Márquez resolvió marchar a casa. Además de requerir una cura en el brazo, no convenía prodigarse herido y manchado de sangre en un festejo atestado de gente.

Enrique accedió a la mansión por el portillo de la huerta y corrió a sus aposentos. Escondió la ropa sucia, se aseó, se calzó un atuendo idéntico al anterior y se reincorporó a la celebración.

—¿De dónde diantres vienes? —reclamó doña Francisca—. ¿Te parece de recibo que el anfitrión desatienda su propio boato?

—Bajad la voz y suavizad el rictus que los invitados no pierden ripio —conminó Enrique, esbozando una sonrisa circunstancial—. Vengo de mi alcoba. Las numerosas muestras de afecto me han abrumado y necesitaba relajarme.

—Llevas meses jeringando con la fiesta y, llegado el momento, ¿desapareces porque las muestras de afecto te abruman? ¿Me piensas nacida ayer, majadero?

—Admito que me ha acompañado alguien. ¡No me miréis así, madre! ¿Qué hay de censurable en retozar una miaja?

—Debías aprovechar el evento para posar los ojos en una doncella principal, iniciar una relación y caminar rumbo al altar.

—Tal he hecho —rio Enrique—. He posado los ojos… y el resto del cuerpo en una doncella hasta iniciar una relación harto placentera.

—¿No habrás deshonrado a una aristócrata, berzotas? Desprestigia el apellido Valcárcel y te arrancaré todos los pelos de esa cabezaalberca que tienes.

—Sosegaos, madre. No he deshonrado a nadie. La doncella continúa doncella. Al menos, por mi parte.

—¿Y a qué doncella has consagrado tan ardorosas gentilezas? Creí que tu musa se llamaba Isabel Salazar y, desde luego, no se trata de ella. Ha permanecido en el salón la velada entera.

—Mi musa se llama Isabel Salazar y así se llamará mi cónyuge —masculló Enrique, enrojeciendo de rabia al recordar el desplante de la joven—. Os repito que la desposaré.

—No se me ocurre mejor manera de lograrlo que enredado en otras faldas —se mofó doña Francisca—. ¡Enhorabuena, hijo! Los lazos que Isabel y tú habéis estrechado esta noche se me antojan indestructibles.

—¿Cómo pretendéis que estreche lazo alguno si no se separa de los Soto de Armendía?

—Querido mío, aunque te resulte inconcebible, se pueden estrechar lazos con una dama sin desatarle los del jubón. Préstame mientes y plantéate alternativas. En mi opinión, Isabel no ha extrañado tus atenciones. Si añadimos que se encuentra prometida, veo más factible que el oso despose a la hormiga.

—Ignoro a quién desposará el maldito oso, pero Enrique Valcárcel desposará a Isabel Salazar. Rendiré su voluntad y terminará bailando al tenor que un servidor preceptúe.

—Entonces, cambia el paso y pule la coreografía, tesoro, porque, de lo contrario, rematarás el cuento bailando solo —replicó doña Francisca en tono escéptico—. Ahora dispénsame. Los invitados empiezan a recogerse y, como tú andas encalabrinado en quimeras, debo despedirlos yo.

Enrique no la escuchaba. Desde el extremo opuesto del salón, Isabel acababa de mirarle y, mientras él le había dedicado una reverencia, ella, en vez de corresponderle con una sonrisa, había torcido el gesto y girado el rostro.

Enojado ante los reiterados desprecios de la joven, abandonó de nuevo el convite y se dirigió a la biblioteca, una elegante estancia forrada en roble de suelo a techo y repleta de lujosos volúmenes.

Las titilantes llamas de un velón de plata, la chisporroteante chimenea y varios pebeteros que sahumaban ámbar creaban un cálido ambiente que consiguió serenarlo.

Se preparó una copa de vino y tomó asiento en una jamuga de terciopelo carmesí.

Transcurrido un rato, don Pelayo abrió la puerta.

—¿Estás bien, hijo? Te he visto marchar casi a la carrera y parecías turbado.

—Estoy bien. Solo buscaba un poco de paz.

—¿Tú buscando paz en la biblioteca? —bromeó don Pelayo—. ¿Te ha subido la calentura, muchacho? Pero si nunca la pisas, ni buscando paz ni, desafortunadamente, lectura.

—Pese a no frecuentarlos, estos lares me apaciguan.

—Me alegra oírlo. Un buen libro de las cuitas es alivio.

—¿Se os ofrece algo más, padre? —Gruñó Enrique, malhumorado—. No tengo el ánimo para chanzas ni coplillas.

—¿Y para un obsequio? —inquirió don Pelayo, tendiéndole una arqueta nacarada—. ¿Tienes el ánimo para un obsequio?

—¿Un obsequio? ¡Caramba! No lo esperaba.

—¿Y por qué no lo esperabas? ¿Acaso no se reciben obsequios en el cumpleaños?

—¡Virgen María! —exclamó Enrique al abrir la arqueta—. ¡Qué maravilla! ¿Disparato o este zafiro es igual que el vuestro?

—No disparatas. Son iguales y únicos. No hay ningún zafiro similar en el mercado. Solo existen estos dos y simbolizan la estirpe de los Valcárcel. Yo luzco uno como actual cabeza del linaje y estimo oportuno que tú luzcas el otro como mi digno heredero.

—¿En serio me consideráis vuestro digno heredero? —Receló Enrique, en absoluto habituado a los laureles paternos.

—Tal mensaje deseo transmitirte regalándote este anillo. Cuando el Altísimo me convoque, te convertirás en el jefe de la casa Valcárcel y sé que no te limitarás a gozar de las prerrogativas inherentes a tan venerable título; de seguro también lo honrarás aceptando sus servidumbres con nobleza y valor.

En realidad, don Pelayo quería que Enrique aceptase «con nobleza y valor» dos servidumbres muy concretas: la mudanza testamentaria en favor de Miguel y el auténtico vínculo que le unía al muchacho.

Sin embargo, no se atrevía a desglosarlas a calzón quitado… no se atrevía y, al tiempo, anhelaba hacerlo.

Ya lo admitió en la escribanía: confiaba en la discreción de todos los involucrados en su nuevo testamento, menos en sí mismo. Y no confiaba en sí mismo porque llevaba demasiados años callando un secreto que le lastraba la conciencia y no le concedía solaz.

Romper las cadenas del silencio frente a Sebastián Castro le permitió probar el sabor de la confesión y, una vez experimentado el enorme consuelo que brindaba, ansiaba seguir bebiendo de aquella copa y pedir perdón a quienes ostentaban la facultad de otorgárselo: Enrique, Miguel y doña Francisca.

A los tres había enredado en una telaraña de falacias y los remordimientos le estaban consumiendo. Regalando el anillo a Enrique esperaba calmarlos, pero en ese momento sentía que, lejos de calmarse, se habían recrudecido.

¿Con qué derecho demandaba a Enrique honrar la estirpe de los Valcárcel «con nobleza y valor» cuando él la había tiznado de traición y encima pretendía expirar sin intentar siquiera purgar la mácula? ¿Con qué derecho exigía a Enrique nobleza cuando él prodigaba mezquindad cambiando su testamento a hurtadillas y ocultándolo allende la muerte? ¿Con qué derecho pedía a Enrique valor cuando él nadaba en la cobardía de quien confiesa su engaño en un papel funerario y después se esconde en un ataúd para eludir el legítimo reproche de los engañados?

La ruindad de sus actos trascendía lo tolerable de tan desaforada suerte que le costaba asumir que realmente los hubiera perpetrado… que continuase perpetrándolos.

De repente, la repulsión hacia su abominable proceder adquirió unos bríos insoportables y una imperiosa necesidad de desembarazarse de aquel peso le embargó. Aunque intentó aferrarse a la prudencia y resistir estoico los envites de la vergüenza, no lo consiguió e, incapaz de aguantarlo más, resolvió participar la verdad a Enrique. De momento, solo le hablaría del nuevo testamento y del legado instituido en beneficio de Miguel… Miguel, el sobrino. Empezaría así y, según se terciase la conversación, desvelaría la coyuntura filial o la mantendría en la reserva.

—Siéntate, Enrique —solicitó, respirando hondo—. He de comentarte algo.

Un toque en la puerta le interrumpió. Doña Francisca apareció en el umbral y, al verlos en concordia, alzó las cejas asombrada.

—¿Estoy soñando o de veras os encuentro en plácido parlamento y no lanzándoos cuchillos como de costumbre?

—Mirad, madre —dijo Enrique, enseñándole la mano—. Padre me ha regalado un zafiro gemelo al suyo. ¿No es magnífico?

—¡Caracoles! —exclamó doña Francisca, deslumbrada por los fulgores de la piedra—. ¡Qué barbaridad! Casi me deja ciega.

Mientras contemplaba la escena, don Pelayo se debatía entre abortar la confesión o consumarla. De primeras acarició la idea de abortarla, pero, luego de una breve reflexión, decidió consumarla. Ahora que había reunido los arrestos, no quería desperdiciarlos. Además, también había traicionado a doña Francisca y también precisaba su perdón.

—Os aplaudo el gesto, esposo —la escuchó espetarle—. Al fin mostráis una miaja de afecto a Enrique.

—¿A qué viene semejante estolidez? —protestó, airado—. ¿Cuándo no he mostrado yo afecto a Enrique?

—Preguntad mejor cuándo lo habéis hecho y tardaré menos en contestar. Al pobre muchacho le dedicáis tan pocas lisonjas que, si las contase, me sobrarían dedos. En cambio, colmáis de atenciones a Miguel. Inclináis la balanza por el lado incorrecto, querido. La sangre determina la intensidad de los afectos y no se debe profesar mayor estima hacia un sobrino que hacia un hijo.

—Me niego a discutir esas comparaciones absurdas que no conducen a ninguna parte. En cuanto a vuestra singular balanza de afectos, me permito aclararos que su intensidad la determina el corazón, no la sangre. De ahí que muchos matrimonios se amen sin compartir una gota.

—Templad la desfachatez y no traigáis a colación el amor conyugal porque esas dos palabras se tornan sucias en vuestra boca. Y en lo referente a mis absurdas comparaciones que no conducen a ninguna parte, quizá sí conduzcan a una parte; una parte oscura repleta de apegos oscuros.

—¿Y eso qué demonios significa? ¿Acaso consideráis oscuro que quiera al hijo de mi hermana?

—Considero oscuro que lo queráis más que al vuestro.

—No lo quiero más que al mío. Correría al cielo para volcarlo a los pies de Enrique.

—Yo también correría al cielo, pero para interrogar a vuestra hermana a propósito de la preñez de Miguel —siseó doña Francisca en un murmullo imperceptible—. Intuyo que resultaría una charla sumamente ilustrativa.

—¿Qué susurráis? No os he oído.

—Os he pedido que me ilustréis sobre ese bello sentir —improvisó doña Francisca, reacia a desglosar sus humillantes sospechas delante de Enrique—. De vuestra actitud se desprende que preferís volcar el cielo a los pies de Miguel.

—Me importa un ardite lo que se desprenda de mi actitud. Adoro a mi hijo y no consentiré malicias al respecto. Y en lo relativo a Miguel, lo he criado. Me nace quererle y se lo demostraré como me venga en gana, os guste o no.

—¡Basta ya, padres! —cortó Enrique, ofuscado—. ¿Podríais trocar el enojo mutuo en deferencia hacia mí y regalarme un instante de armonía familiar en el día de mi cumpleaños? Solo uno. No se me antoja una plegaria descomedida.

—Ciertamente no lo es —reculó doña Francisca—. Disculpadme, esposo. La extenuante jornada me ha extraviado la mesura y he desatado rencores que en nada conciernen al muchacho.

—Yo también presento excusas a los dos —declaró don Pelayo, instalándose tras un bufete de nogal—. Tomad asiento, os lo ruego. Francisca, cuando habéis entrado, me disponía a comentar un asunto a Enrique del cual os deseo al corriente.

—¿De qué se trata? —preguntó Enrique, intrigado.

—De mi testamento —soltó don Pelayo sin perderse en rodeos—. He otorgado uno nuevo.

—¿Un nuevo testamento? —se sorprendió doña Francisca—. ¿Y por qué?

—Por Miguel. En el antiguo no le mencionaba y esa laguna me desazonaba. En el nuevo le he incluido.

—¿Y de qué manera le habéis incluido? —balbuceó Enrique, asustado.

—De una manera insignificante —suavizó don Pelayo—. Le he asignado un pequeño legado. Comparado con la heredad que tú percibirás, roza la categoría de minucia, pero le posibilitará un futuro acorde a su apellido. Consciente de vuestras desavenencias, he creído conveniente acomodarle. Así no habrás de procurarle sustento cuando yo fallezca.

—¿Y lo decís luego de haberlo hecho? —farfulló doña Francisca, perpleja.

—En realidad, proyectaba celarlo hasta mi deceso para evitar tribulaciones innecesarias. Sin embargo, esta noche me he sentido muy cerca de mi hijo y esa cercanía me ha impulsado a confiar en él. Es mi sucesor y sé que aceptará mis decretos. No albergo ninguna duda de que actuará esgrimiendo nobleza e imprimiendo honor en la estirpe Valcárcel. ¿Me equivoco, Enrique?

—De medio a medio, padre —replicó el aludido, rojo de rabia—. Nunca os pensé capaz de asestarme semejante puñalada. Lleváis años despreciándome frente a Miguel. Queriéndole a él y odiándome a mí, alabándole a él y abroncándome a mí, mimándole a él y arrinconándome a mí. Ahora anunciáis vuestro propósito de extender el agravio allende la muerte y ¿pretendéis que lo acepte?

—Querer a Miguel no entraña odio hacia ti, Enrique. No podría odiar a la sangre de mi sangre. Ocurre, sin embargo, que eres mi heredero y esa condición me obliga a exigirte más que a Miguel. De él no espero lo que espero de ti y tal circunstancia, lejos de agraviarte, debería enorgullecerte. Dejaré mi linaje en tus manos, no en las de Miguel.

—Y eso os solivianta, ¿verdad? Si pudierais, nombraríais heredero a Miguel, pero, en trabándoos la ley tan miserable ambición, os resarcís nombrándole legatario. Y encima os escudáis en la nobleza Valcárcel. «Enrique actuará esgrimiendo nobleza e imprimiendo honor en la estirpe». ¿Qué significa eso? ¿Significa que, si no transijo, peco de innoble y deshonro mi estirpe? Pues lamento discrepar, padre. No resulta infame que yo rechace una infamia, sino que vuesa merced la pergeñe y después intentéis imponérmela invocando una nobleza de la que os sabéis huérfano.

—Quiero a mi sobrino y deseo arreglarle el mañana. No lo estimo una ambición miserable. Además, te reitero que el legado es una minucia. Tú recibirás la mayor parte del patrimonio Valcárcel.

—Recibiré todo el patrimonio Valcárcel —corrigió Enrique en tono peligroso—. Ese advenedizo no tocará un maravedí de lo que me pertenece. Repudio esta ignominia y os garantizo que no la consumaréis.

—De momento, no te pertenece nada, pues un servidor continúa vivo —se sulfuró don Pelayo—. Y, a mi muerte, Miguel obtendrá su legado. Así lo he decretado en pleno uso de mis facultades y así sucederá.

—¿Qué perseguíais regalando el zafiro al muchacho? —intervino doña Francisca—. ¿Subyugar su voluntad para endilgarle la vuestra?

—Haced el favor de no sembrar más cizaña y manteneos al margen —conminó don Pelayo—. Os he integrado en la conversación porque se trata de un avatar familiar y en familia he determinado manejarlo. Sin embargo, mientras mi testamento respete lo pactado en nuestro convenio matrimonial, y os confirmo que lo respeta, ni el reparto de mis propiedades ni el futuro de mi linaje os compete.

—Cuando casamos, las propiedades y el linaje de los Valcárcel agonizaban en débitos y mi fortuna os salvó de la ruina. En consecuencia, sí me compete el reparto de una hacienda gestada a partir de la mía y os comunico que difiero categóricamente del que recién planteáis.

—Comunicado queda —espetó don Pelayo, encajando la mandíbula—. Pese a ello, yo soy quien decide y no cambiaré de opinión.

—Si, según vuesa merced, se trata de un avatar familiar y en familia habéis determinado manejarlo, ¿no consideráis nuestro criterio digno de ponderación? —arguyó Enrique—. Ni vuestra esposa ni vuestro heredero bendicen el legado de Miguel. ¿En serio vais a obviarnos a los dos?

—No comprendo esta crispación por un ridículo legado. Me pareció oportuno liberarte de Miguel. ¿Acaso habrías preferido que añadiera una cláusula ordenándote sustentarle sine die?

—Habría preferido que hubiera permanecido en Valencia y que mi herencia no mencionase su maldito nombre —tronó Enrique, descompuesto.

—¿Quién sabe del flamante testamento? —inquirió doña Francisca.

—Nadie. Ni siquiera se lo he participado a Miguel.

—Os recomiendo que no lo hagáis —masculló Enrique—. Le daríais falsas esperanzas.

—No son falsas esperanzas, hijo. Es la ley.

—No, padre, no es la ley —objetó Enrique, levantándose—. Es una traición que jamás os perdonaré. Madre, disculpadme, pero necesito retirarme. Me asquea respirar el mismo aire que este hombre.

Y, tras fulminar con la mirada a un desencajado don Pelayo, salió de la estancia.

—Cuánto debéis apreciar a Miguel para ultrajar a Enrique de tan hiriente guisa —atacó doña Francisca—. Tamaño apego por un simple sobrino chirría, esposo. Aunque siempre sospeché la verdad, ahora asoma nítida a mis ojos.

—No sé a qué verdad os referís —esquivó don Pelayo, pensando que, vista la virulenta reacción ante el capítulo menos lacerante de la historia, ni orate confesaría el resto.

—Sí la sabéis. Vos la sabéis; yo solo puedo intuirla.

—La única verdad es que vuestro irracional encono hacia Miguel me ha obligado a prestarle más atención a él que a Enrique y he ahí el resultado: nuestro hijo enfermo de celos y odio.

—¡Qué cinismo, válgame el cielo! ¡Responsabilizarme a mí de las cuitas de nuestro hijo! Hablemos claro de una maldita vez. Vos, que galleáis de nobleza incomparable, decidme: ¿estimáis noble yacer con otra y después forzarme a dispensar afecto al fruto de vuestro adulterio? ¿Estimáis noble tildar mi encono de irracional? ¿Estimáis noble afirmar que mi «irracional encono» os ha obligado a colmar de atenciones a un bastardo cuya presencia he de aguantar en mi propia casa?

—¡Fabuláis! —balbuceó don Pelayo, aturdido porque no esperaba que doña Francisca tuviera el coraje de conceder voz a recelos tan vejatorios para ella—. No lograréis justificar un maltrato injustificable inventando disparates.

—Ni fabulo, ni invento disparates, ni mucho menos me corresponde a mí justificar nada. No he sido yo quien ha engañado y abusado de su familia.

—Ni he engañado ni he abusado de mi familia —se enrocó don Pelayo.

—¡Mentira! —gritó doña Francisca, enervada—. Escuchadme bien, condenado embustero. Quizá no haya hecho valer mi condición de esposa, pero mi condición de madre no conoce fronteras. Protegeré la herencia de Enrique hasta mi último resuello porque los Cabrera de Montilla no amasaron una fortuna para que vos la consagréis a un bastardo. Y en cuanto al bastardo en cuestión, le toleraré como le he tolerado durante años, pues yo sí puedo presumir de honrar el linaje y primarlo frente a mi orgullo de mujer. Sin embargo, llegará el día en que lo despoje de las regalías que ha recibido a costa de mi apellido y lo expulse de estos predios. Juro por Dios que ese día llegará.

Y, vistiendo de altivez la humillación que arrastraba, irguió la barbilla y marchó.

En la soledad de la biblioteca y de sí mismo, don Pelayo desfalleció.

—No anda desprovista de razones —musitó, apoyando la cabeza sobre la mesa en actitud derrotada—. ¡Ay, Pelayo! ¡Menuda soberbia la tuya! Pese a la prolija cartera de pecados que estibas, siempre te creíste un caballero de honor y, en realidad, ni eres caballero ni tienes honor.

Tan cruento veredicto lo dejó ante un camino virgen donde no distinguió las huellas de su existencia. Ni las gloriosas ni las mezquinas. Aquel camino lucía yermo de pisadas, como si nadie lo hubiera pisado nunca; como si quien lo pisó no hubiera vivido la vida, sino una entelequia.

Y así había ocurrido. Él había vivido la bella entelequia de pensarse el abanderado de la hidalguía Valcárcel y recién descubría que, lejos de llevar los blasones de la hidalguía, su bandera portaba el estigma de la mentira.

Por eso, tras escuchar la verdad de boca de doña Francisca, la mentira cobró fuerza y provocó tal ventolera que borró todas las huellas de su existencia.

De pronto, no atisbaba el pasado, no sentía el presente y dudaba del futuro.

Se había perdido en su propia impostura y había extraviado un transitar entero.

Consternado, suspiró.

Ayer zozobraba merced a la presencia de una verdad de vida; hoy le hundía la ausencia de una vida de verdad.

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