Libelo de sangre
CAPÍTULO 13 Desaparecidos
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CAPÍTULO 13Desaparecidos
Al día siguiente, la desaparición de la hija de los Bouza era el único tema de conversación entre los habituales de la Plaza Mayor.
El comadreo comenzó al alba de boca de quienes allí faenaban: los tahoneros de la Casa de la Panadería, los carniceros de la Casa de la Carnicería, los artesanos de las tiendas ubicadas en los soportales y los cajoneros del mercado central.
Todos hablaban de Candela; todos visitaban el puesto donde trabajaban los desesperados padres; todos culpaban a los alguaciles de la inseguridad reinante, y todos callaban en cuanto se acercaba alguno con intenciones de inspeccionar el género y, de terciarse, confiscarlo.
A la novena campanada y capacho en mano, aportaron las criadas de los afortunados que las tenían, prestas a hacer la cotidiana compra de pan, carne y leche. Las menos todavía no sabían nada y se enteraban en ese momento; bastantes ya lo sabían todo, pero, como andaban apuradas, simulaban no saber nada y marchaban, y un abultado montón que, si bien no sabía nada, decía saberlo todo, se sumaba a los corrillos elucubrando e inventando teorías cuya veracidad apuntalaban arguyendo que «la menda es muy larga y las caza al vuelo».
Al rato, seguidas de dueña, escoltadas por escudero y ocultas de pies a cabeza bajo oscuros mantos, asomaron las féminas ilustres, esas que, aunque Márquez llamase damas de manto y medio, los madrileños denominaban tapadas o arrebozadas.
La recomendación moralista consistente en que las mujeres debían evitar mostrarse en público para mantener a raya la lujuria masculina gestó dos tipos de arrebozadas: las pudorosas que se cubrían completamente respetando el decoro cristiano y las no tan pudorosas que se cubrían de aquella manera derrochando descaro pagano. La diferencia saltaba a la vista porque, mientras a las primeras no había forma de atisbarles el semblante, las segundas gustaban de izar el velo en actitud sugerente y desencapotar un ojo hechicero que, lejos de mantener a raya la lujuria masculina, la enardecía.
Muchas redituaban en beneficio propio la costumbre de llevar manto. Muchas… y muchos. A ellas les permitía acudir a citas furtivas en absoluto anonimato y a ellos, cometer fechorías fingiéndose castas doncellas. En el caso de ellos, la cosa se complicaba cuando otro hombre, convencido de que el visillo celaba una afrodita, empezaba a lisonjearlos obligándolos a elegir entre aguantar el envite o aflojar la impostura y hacer tragar sus romanzas al trovador.
Las arrebozadas, muy en particular las pudorosas, apenas se prodigaban. Concluida la misa diaria, montaban en sillas de manos, paseaban una miaja espiando la calle tras tupidos cortinajes y regresaban a casa. Sin embargo, esa fría mañana de noviembre, el morbo flotaba en el ambiente de la Plaza Mayor y, como ninguna resistió la tentación de regodearse en él, aliviaron el recato y allí que se personaron.
Las recibieron los lindos, galanes devotos del amor trompetero: tantas veo, tantas quiero. Expertos seductores, sibaritas, admiradores de la belleza, aficionados a ella, atentos a las últimas tendencias y más emperejilados que cualquier fémina, siempre rondaban a alguna. La requebraban, la agasajaban, la enviscaban en una telaraña de almíbar donde prendían promesas de casorio e insistían e insistían hasta que, al final, la víctima capitulaba y les entregaba la llave de su ciudad. Victoriosos, pisaban tierra de conquista, gozaban un tiempo y, cuando se aburrían, marchaban en busca de un nuevo desafío.
Aprovechando el escabroso tema de la jornada, abordaron a las señoritas y se interesaron por su estado de ánimo.
—No penéis, hermosa nereida —les decían en ademán bizarro—. Este pobre cautivo de vuestros suspiros no dejará que nada similar os ocurra a vos.
Las señoritas, que no tenían un pelo de tontas, les seguían el juego.
—¡Ay, mi gentil caballero! —se lamentaban, derramando lágrimas más urdidas que sufridas—. Dios sabe qué calamidades han caído sobre la muchacha desaparecida. Quizá el destino me procure iguales congojas y me aterra imaginarme en semejante tesitura.
Ellos picaban el anzuelo.
—A mi vera el destino solo os procurará venturas. ¡Venid conmigo! Os subiré en un trocito de luna y os llevaré al país de los sueños cumplidos.
Entonces ellas extendían la mano y anunciaban el jaque mate.
—Feriadme e iniciaré viaje a ese país donde vos cumpliréis mis sueños y quizá yo… cumpla los vuestros.
Feriar a una dama consistía en comprarle un regalo y no existía mujer en Madrid, ni patricia ni plebeya, que no lo demandase.
La feria oscilaba entre triviales golosinas y ostentosas joyas, no siendo menester añadir que, a mayor dispendio, mayores posibilidades había de encandilar a la amada.
Según la intensidad del afecto y la salud del bolsillo, el pretendiente podía escoger feria, pero no podía eludirla. O, al menos, no le convenía eludirla, pues las féminas se vengaban de quien no se sometía a la regla número uno del cortejo proclamando su nombre a los cuatro vientos, represalia que dejaba al insurrecto estigmatizado en el mundo del devaneo e inscrito en la hermandad de los denostados por agarrados.
Feriar a una dama también implicaba feriar al pariente, amiga, dueña o fámulo que la acompañase en ese instante, prerrogativa que algunas exprimían de descomedida suerte rodeándose de auténticos séquitos. Sin embargo, tamaño abuso no solía prosperar, porque, en cuanto los galanes veían a su ninfa seguida de una comitiva más larga que despedida de enamorados, se escabullían antes de escuchar el temido «feriadnos, mi gentil caballero».
Los varones gastaban prudencia y no se alejaban de la Puerta del Sol, la calle Postas o la Plaza Mayor, zonas comerciales cuyos asequibles precios protegían la faltriquera de un doloroso tajo.
En particular, evitaban recorrer las vías contiguas a la calle Mayor: la Puerta de Guadalajara y Platerías. Sede del gremio joyero, eran las más caras de Madrid y, huelga decir, de frecuente tránsito femenino. Los avezados vendedores incluso instalaban bancos en la entrada de sus locales para que las señoritas se sentasen e indicasen al insensato que osara pasar por delante dónde comprarles una sonrisa.
Mientras los lindos pretendían a las damas tratando de no rendirse a la feria y las damas pretendían la feria tratando de no rendirse al lindo, arribaron los esportilleros y los pícaros, dos oficios que, aunque parecían distintos, se asemejaban bastante, pues los esportilleros afanaban faenando y los pícaros faenaban afanando.
Ese día la ocasión la pintaban calva y ni esportilleros ni pícaros pensaban desperdiciarla.
Los esportilleros acechaban a las hordas de cotillas que acudían a la Plaza Mayor a conocer a los Bouza, seguros de que, tras saciar la curiosidad, muchos aprovecharían la visita para adquirir viandas y entonces contratarían los servicios de un porteador. En cambio, los pícaros vigilaban a los tenderos, que, como andaban distraídos comentando la desaparición de Candela, tenían la guardia baja y eso facilitaba la sisa del género. Algunos desmesuraban la negligencia y, atraídos por la tertulia del cajón colindante, llegaban al extremo de abandonar sus cajones, craso error que invariablemente culminaba en una carrera al grito de «¡al ladrón!».
A pesar de que a esas horas pocos ignoraban ya el infortunio de los Bouza, el heraldo municipal lo pregonaba. Había, no obstante, más noticieros ambulantes. Unos cuantos eran empleados del Concejo y el resto ejercía en el sector privado. Los del Concejo divulgaban la actualidad de la Villa y los privados publicitaban mercancías, ofertas, rebajas o lo que desearan los pagadores del anuncio.
En aquel momento unos y otros voceaban la llegada del correo de Sevilla, el robo de un borrico en San Ginés, los fascinantes descuentos de un bazar de la calle Postas, la deliciosa olla podrida del bodegón de Rogelio o la próxima colocación de luminarias en preparación de la Navidad.
Sin embargo, y pese al batiburrillo publicitario reinante, los madrileños solo prestaban mientes al pregón relativo a Candela y estallaban en exabruptos e insultos cada vez que el heraldo lo repetía. Y no se alteraban de tan exacerbada guisa porque de veras les soliviantaran las cuitas de los Bouza; se alteraban porque los niveles de criminalidad comenzaban a rozar el límite de lo intolerable.
Cadáveres ensangrentados, mujeres violentadas, menesterosos incinerados, zagales desmembrados, comercios asaltados, hogares saqueados… Los episodios truculentos se sucedían a diario y la crispación de los vecinos iba en aumento. La desaparición de Candela colmó el vaso y, harta de la situación, la ciudad se sublevó contra las autoridades. Eso sí; se sublevó al más puro estilo madrileño: a golpe de coplilla.
—Si la policía no hace nada, desenvainemos nosotros la espada —chillaban los beligerantes.
—Más coger finantes delincuentes y menos recoger finados inocentes —coreaban los resolutivos.
—Si no sirve el alguacil, quemémosle a candil —bramaban los radicales.
Según avanzaba la jornada, la indignación general crecía y, aunque los alcaldes de Casa y Corte intentaban templar los ánimos garantizando que averiguarían el paradero de la joven, la gente no cesaba de exigir una solución definitiva a tanta barrabasada.
Todos hablaban de Candela, pero nadie mencionaba a Mateo. Todos clamaban por Candela, pero nadie lo hacía por Mateo. Nadie… todavía.
De un lado, los esportilleros no le extrañaron, y ello debido a la dinámica predominante en el oficio de la esportillería. Estos ladronzuelos acostumbraban a mudar el radio de acción cuando, cansados de sus raterías, los lugareños empezaban a negarles labor y, como las cimbreantes manos de Mateo ostentaban una fama considerable en la zona, sus compañeros lo imaginaron ganándose los garbanzos en el área de San Bernardo, Alcalá, Atocha o el Rastro.
De otro lado, el pequeño Antonio, incapaz de digerir la tragedia, seguía oculto en el cerro donde Mateo lo dejó y aún no había logrado reaccionar.
Y el único que sí echaría en falta al zagal se hallaba confinado en casa y penando la fusta paterna.
Una semana después de lo ocurrido, el padre de Juan consiguió faena en la reconstrucción de la fuente del Buen Suceso y el muchacho recobró la libertad.
Tan molido a palos que ni erguirse podía, se dirigió a la Plaza Mayor, centro de trabajo de Mateo, y, al no localizarle, preguntó a varios esportilleros.
—Los paisanos ya andaban amoscados con las uñas de ese gato —le contestaron, encogiéndose de hombros—. En no logrando encargos por aquí, habrá virado el talón a predios anónimos. Mirad en la plaza de la Cebada. Tiempo ha, dijo que el mercado de allí procura servicios de categoría.
Pero en la plaza de la Cebada no lo encontró. Ni en la calle Alcalá, ni en Atocha, ni tampoco en San Bernardo.
Desconcertado, buscó a Antonio en la iglesia de la Victoria, donde este iba a limosnear, y también fracasó. Después indagó en las covachuelas de San Felipe e incluso interrogó a los dueños de los bazares que vendían caballitos de juguete, pues el niño adoraba la raza equina y solía deambular entre los cajones que contenían cualquier menester relativo a ella. Sin embargo, volvió a fracasar.
Recorrió la calle Mayor, enfiló la Puerta de Guadalajara, cruzó Platerías, se detuvo en la plaza de San Salvador, atravesó la calle de la Almudena y culminó la ruta en el Alcázar. Pero no halló ni rastro de los hermanos[33].
Tras descansar una miaja en la fuente de San Salvador, regresó a la Puerta del Sol.
El lugar rebosaba espectadores que aguardaban la celebración simultánea de un cortejo fúnebre y una vergüenza pública.
Primero empezó el cortejo fúnebre. Los monaguillos de San Ginés lo encabezaban tocando campanillas, el sacerdote los seguía encomendando a Dios el alma del difunto y varios ministriles porteaban el ataúd. Alrededor del grupo, lloraban las plañideras, aunque no siempre lloraban igual, pues, según lo apoquinado por la parentela del expirado, se deshacían en lágrimas o las reservaban para voluntades más desprendidas.
Los Niños de la Doctrina cerraban la comitiva.
Ubicado en la calle de San Francisco y financiado por el Concejo, el colegio de San Ildefonso de Niños de la Doctrina acogía en régimen de internado a varones huérfanos de siete a nueve años, los cuales, a raíz del título de la institución, eran conocidos en Madrid como Niños de la Doctrina o Doctrinos.
Sus letanías se escuchaban en todas las procesiones luctuosas porque los zagales debían contribuir al sustento del colegio realizando tareas de interés social y una de esas tareas consistía en amenizar la última singladura terrenal de quienes partían rumbo al juicio final[34].
Pisándoles el sayo, avanzaba la vergüenza pública.
Un pregonero vociferaba el nombre de una mujer culpable de bigamia y el castigo asociado al delito: cien azotes y paseo vejatorio.
La mujer en cuestión, una anciana cuyos mimbres calzirrotos no sugerían ni bigamia ni nada similar, viajaba a lomos de un borrico con las manos atadas, una coroza en la testa y el torso desnudo.
Un verdugo le disciplinaba la espalda, aunque de tan desmañada guisa que la mayoría de los golpes impactaban en el animal. Pese a todo, la rea no se libraba, porque, amén de algún zurriagazo atinado, la gente participaba en el escarnio lanzándole garbanzos, verduras engusanadas, huevos putrefactos e incluso piedras. Afortunadamente para ella, tampoco destacaban en puntería y gran parte de la munición se estrellaba en el pobre borrico, que trotaba como su jinete: con las orejas gachas y el rictus de la resignación.
Huyendo del tumulto, Juan se adentró en la calle Preciados, desembocó en la plazuela de Santo Domingo, recorrió el postigo de San Martín hasta la Red de San Luis, descendió la calle Montera y, transcurrido un buen rato, retornó a la Puerta del Sol.
Aprovechando que, despachados duelos y vergüenzas, en el lugar reinaba ahora la calma, lo examinó en la confianza de atisbar a Mateo. Allí siempre había muchos forasteros, víctimas habituales de indigentes y tunantes. Unos rogaban caridad y otros la robaban, modalidades ambas que Mateo practicaba de magistral suerte, pues lo mismo se fingía renco y mendigaba que emulaba a las liebres luego de sangrar una faltriquera.
Sin embargo, el chico no estaba en el recinto. Ni rogando caridad ni robándola.
Agotadas las alternativas, se dirigió al escondite de la parroquia de San Andrés y quedó pasmado al comprobar que el botín del Mesón del Peine estaba intacto.
—¡Carajo! ¿Ni siquiera han vendimiado la guita? Que me aspen si entiendo el motivo, pero empiezo a barruntarme que han emigrado.
Perplejo, se apoyó en la pared y, tras un momento de reflexión, resolvió ir al cerro del camino del Molino Quemado donde se despidió de ellos.
Cuando llegó a la cima del cerro y lo halló desierto, claudicó.
Exhausto, se tendió en el suelo escarchado y, mientras se regodeaba en el alivio que el gélido contacto de la tierra procuraba a su desollada espalda, caviló sobre los dos únicos avatares que explicaban la misteriosa desaparición de los hermanos: o habían sufrido un percance, o habían cogido portante.
Lo primero se le antojaba improbable. No creía que los dos hubieran sufrido un percance de manera simultánea y, de estar uno en apuros, el otro habría dejado huella, aunque fuera disponiendo del peculio oculto en San Andrés.
En cambio, sí reputaba factible el éxodo. Como la pobreza en Madrid dolía demasiado y el cuidado de un párvulo de sesera impedida no allanaba el empeño, Mateo llevaba tiempo planteándose viajar a Sevilla; al parecer, allí el clima no mataba y el oficio de la picaresca proporcionaba una existencia confortable. En consecuencia, los imaginó rumbo al sur.
Apenas le sorprendió que Mateo no le hubiera incluido en sus planes de mudanza. Sabía que, pese a las palizas, no abandonaría a su padre y de seguro esa certeza le disuadió siquiera de proponérselo.
Tampoco le sorprendió la ausencia de un adiós. Los pícaros eran tipos duros que aborrecían las cursiladas y, en considerando las despedidas «pazguaterías típicas de azucenos cebollosos», solían esquinarlas. Y tal había hecho Mateo: esquinar la despedida organizando la partida durante su encierro.
—Aunque me alegra que estéis a la cálida vera del Guadalquivir y lejos de este maldito relente, os extrañaré en gordo, amigos —musitó, consternado.
Tumbado boca arriba, se arrebujó en el manto de lana y se tapó la cara con el sombrero. Magullado, extenuado y en ayunas, se durmió.
De pronto, un objeto le rozó la cabeza.
Cuando se incorporó e identificó el objeto, un oscuro presentimiento le erizó la piel. Se trataba de la peonza que regaló a Antonio el día que se conocieron. El niño adoraba aquel juguete y no marcharía a ningún sitio sin él.
—¿Quién va? Antonio, ¿eres tú? Aparca la jácara y sal de inmediato. ¡Me tienes contento! He recorrido la Villa entera buscándoos a los dos.
Nadie contestó. Solo se escuchaba el furioso ulular del viento.
—He dicho que quién va, ¡rediez! Como hayáis causado fatigas al dueño de esta peonza, os sajo las precordias.
El chasquido de una rama a su espalda quebró la quietud.
Daga en ristre y presto a la pelea, Juan se volteó, pero se detuvo en seco cuando casi colisionó con Antonio, situado justo detrás.
Al principio, se creyó ante el ánima errante del niño. Y no era para menos, porque la glacial semana pasada al raso le había carcomido el rostro. Tenía los labios amoratados, la nariz enrojecida, carámbanos de mocos colgando de ella, las mejillas calcinadas debido al frío y mechones escarchados asomando bajo el gorro.
Aunque semejante estampa impresionó a Juan, tres detalles le impresionaron mucho más. De un lado, el violento temblor de su cuerpo; de otro, el terror que le encapotaba la mirada y lo desorbitado de sus ojos, tanto que ni siquiera pestañeaba; y, por último, algo sumamente perturbador: lucía el manto de Mateo.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde porta tu hermano?
Inmóvil, Antonio se limitó a escrutarle.
—¿Qué haces ahí tieso cual cirio, zagal? —rugió Juan, acongojado—. ¡Responde! ¿Dónde para Mateo?
Asustado ante los gritos, el pequeño se sentó y escondió la cara entre las rodillas.
Tratando de serenarse, Juan se sentó junto a él y le habló con suavidad.
—Discúlpame, muchacho. Os presumía limando la herradura rumbo a Sevilla y, de repente, te encuentro hecho un saco de culebras del espanto que gastas y sin Mateo. Lo lamento. He desmandado la bilis. ¿Me perdonas?
Desde el refugio de sus piernas, Antonio asintió.
—Ahora explícame lo sucedido.
El chiquillo apretó la frente contra las rodillas y negó con la cabeza.
—Te lo ruego, amigo. He de saberlo.
Antonio alzó un semblante anegado de lágrimas y negó de nuevo.
Seguro de que el asunto era muy serio y seguro también de que el pituso no soltaría prenda, Juan reprimió la angustia.
—De acuerdo. Ya me lo contarás. Solo preciso confirmar una cosa. ¿Debemos esperar a Mateo?
Antonio no contestó.
—¡Vamos, rapaz! Dame un sí o un no y te juro por san Junco que no te interrogaré más. Dime: Mateo… ¿va a regresar?
Antonio ladeó la cabeza de derecha a izquierda.
En un hercúleo intento de sofocar el llanto, Juan frunció el ceño. Una honda tristeza se le clavó en el pecho al comprender que aquella noche, cuando en ese mismo cerro se despidió de su amigo, lo hizo para siempre.
—¿Sabes dónde está… el cuerpo?
El niño sacudió la cabeza y volvió a esconderla en las rodillas.
—Tranquilo, pequeño —susurró Juan, abrazándolo—. Todo irá bien.
Antonio se debatía en un agobiante tormento.
Llevaba despierto la semana entera porque, en cuanto cerraba los ojos para dormir, veía a Mateo encastrado en una espada y excretando un mar sanguinolento por la boca. Solo si mantenía los ojos desorbitados y se abstenía de pestañear lograba bloquear el pavoroso cuadro, pero cada vez le costaba más no sucumbir al agotamiento.
Ovillado en el regazo de Juan, se le ocurrió que quizá la cercanía del joven le ayudaría a truncar la visión sin necesidad de emular a las lechuzas y, decidido a probar suerte, plegó los párpados muy lentamente. Cuando, luego de un rato escudriñando la penumbra de sus ojos cerrados, comprobó la efectividad de la argucia, concluyó que, si permanecía junto a Juan, estaría a salvo.
Sin embargo, tan venturoso remedio no resultaría posible. Juan tenía una casa donde le pegaban y le encarcelaban. No le permitirían, pues, acompañarle, lo que implicaba vivir con los ojos abiertos a perpetuidad y asumir que nunca más podría cerrarlos.
Cuando, abrumado ante la expectativa, los temblores de su cuerpo se intensificaron, escuchó la promesa de Juan.
—Me quedaré a tu vera, canijo. Si mi padre me echa el guante, me descrismará a baquetazos, pero me da igual. No te dejaré solo.
Un inmenso alivio le invadió.
Al fin podría cerrar los ojos y dormir.