Libelo de sangre

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CAPÍTULO 14 Secretos de familia

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CAPÍTULO 14Secretos de familia

En cuanto noviembre empezó a decaer, Madrid se sumió en los preparativos de la Navidad.

El patriciado instaló en sus mansiones magníficos belenes donde delicadas tallas de marfil y maderas nobles se distribuían entre puentes, ríos, cascadas, empalizadas, senderos, árboles, montañas, casitas, cuevas, el castillo de Herodes e infinitas florituras más.

En cambio, el bolsillo de los humildes solo permitía un Niño Jesús. La Virgen consistía en una esquirla de junco; san José, en un guijarro, y los pastores, en mondadientes. La mula y el buey nunca estaban. Según los pragmáticos, en el portal no cabía tanto paisano; los del «yo te lo cuento y, aunque sea, me lo invento» decían que se habían mudado al arca de Noé, y los doctos aseguraban que la Biblia no mentaba aquellos animales.

Hallándose de camino, a los Reyes Magos no procedía ponerlos. Al Caballero de la Estrella tampoco porque, si él se encargaba de guiar a los Reyes hasta Belén y estos se hallaban de camino, se le suponía a su vera. Talmente sucedía con la figura del Heraldo, quien, responsable como era de anunciar el feliz nacimiento, debía andar de viaje divulgando el pregón. Los ríos, puentes, montañas y demás «zarandajas de opulentos» también se excluían del cuadro y, en cuanto al portal, la cuestión se limitaba a colocar la Sagrada Familia en una escudilla de barro, rodearla de tierra y, si acaso, añadir una miaja de musgo.

En conclusión, el belén de los desheredados se reducía a un Niño Jesús, un junco y una piedra encajados en un plato, mondadientes alrededor, la mula desaparecida, el buey también, reyes con guía que aún no habían llegado y heraldos que ya se habían ido. Cierto que el lienzo renqueaba un poco, pero a la buena voluntad no acusen de austeridad.

Las parroquias se esmeraban en sus Nacimientos porque los exponían al público y después exigían limosnas remuneratorias del esfuerzo.

Las más animosas incluso probaban nuevas experiencias y, trascendiendo lo estático, organizaban belenes humanos e involucraban a los fieles, iniciativa que solía terminar en desastre debido al desmadre de la feligresía.

Y es que en verdad la feligresía se desmadraba. El intérprete de san José galanteaba a la Virgen María; la Virgen le pedía feria a cambio de quitarse el manto; el esposo de la Virgen, que ejercía de ángel, notaba excesiva complicidad en la Sagrada Familia y, en vez de orar a Dios, invocaba a Lucifer; y la esposa del san José, en su papel de pastora portando una cesta de huevos, los arrojaba al marido y a la Virgen, tachando a uno de asaltavírgenes y a la otra de asaltamaridos.

Mientras, los espectadores, lejos de guardar silencio y reverenciar la mística escenificación, silbaban a la Virgen, jaleaban a la pastora, recomendaban al san José que atase en corto a la parienta lanzahuevos, gritaban al ángel que ese carpintero tenía demasiado peligro o le tiraban un pellejo de vino para aplacarle el disgusto.

Al final, escandalizado ante tamaña impudicia, el cura montaba en cólera y expulsaba a aquella caterva de blasfemos ordenándoles personarse en el confesionario so pena de recalar en el infierno.

Pero los blasfemos no le echaban cuentas porque, en esos días, nadie pensaba en el infierno; mucho menos en Madrid, donde todo olía a Navidad.

Manadas de pavos y capones colonizaban la Plaza Mayor; el turrón, el guirlache y los mazapanes abarrotaban los puestos de la plaza de Santa Cruz, y los conventos horneaban remesas y más remesas de dulces colmando el ambiente de un delicioso aroma que en nada recordaba al infierno.

En las calles se escuchaban panderos y tamboriles; en los saludos, un «felices pascuas nos brinde el Altísimo», y en los templos, villancicos, aquellas entrañables melodías que comenzaron siendo tonadillas populares cantadas por los habitantes de las villas (los villanos y de ahí lo de villancico) y acabaron convirtiéndose en la música típica del momento cuando las letras se centraron en el advenimiento del Mesías.

El Concejo dispuso la colocación de luminarias urbanas en lugares de frecuente tránsito y decretó su encendido hasta el alba en los días más señalados. Esta medida cobraba especial importancia en Nochebuena porque, luego de reunirse en torno a la mesa, las familias visitaban otras casas y después acudían a la Misa del Gallo, trasiegos cuya seguridad garantizaban las luminarias en un Madrid de tenebrosas madrugadas que en absoluto invitaban a pasear.

No obstante, con o sin luminarias, ningún madrileño faltaba a la Misa del Gallo, y ello pese a la modorra emergente tras los excesos gastronómicos de la cena. Conscientes de esta circunstancia, muchos sacerdotes intentaban mantener despiertos a sus fieles explicándoles el origen de aquella liturgia nocturna.

—Queridos hermanos, cuenta la leyenda que el primero en conocer el nacimiento de Cristo fue un gallo que en ese momento se hallaba dentro del portal.

De pronto, unos ronquidos brotaban del auditorio y, lanzando miradas asesinas, el sacerdote alzaba la voz.

—Un gallo respetuoso que no sestea en los predios del Señor… a diferencia de algunos que se están ganando la excomunión.

La palabra excomunión tenía un efecto relámpago, pues de inmediato numerosos ojos se abrían de par en par y quedaban fijos en el furibundo cura.

—El gallo voló a anunciar el sagrado suceso —proseguía este en tono severo—. Y, en aconteciendo el anuncio ad galli cantus o con el canto del gallo, el oficio que homenajea la llegada al mundo de Jesús se denominó Misa del Gallo.

—Os dije que no procedía poner la mula y el buey en el Nacimiento —susurraba uno al vecino—. Esos animales no estaban en el portal. Solo había un gallo. El próximo año me agencio uno y completo el belén.

—No obstante, el relato del gallo en el portal encierra más leyenda que verdad —matizaba entonces el sacerdote—. En realidad, fue Su Santidad Sixto Tercero quien, en el quinto siglo de la era de Nuestro Señor, instauró el hábito de celebrar una eucaristía al comienzo del día de Navidad. Como el día comienza a medianoche, la eucaristía en cuestión se celebra en la medianoche de la víspera de Navidad y, como los clásicos llamaban al inicio de la jornada ad galli cantus, tal nombre recibió esa eucaristía: Misa del Gallo.

—¿Os habéis enterado, mendrugo? —rebatía el vecino—. Lo del gallo es una filfa. Os repito que todo Nacimiento debe disponer de mula y buey.

—Queridos hermanos, momento de venerar al Mesías —indicaba el sacerdote—. Dediquemos una oración al alma de san Francisco de Asís, creador del primer belén de la historia y de la hermosa costumbre de besar la imagen del Niño Dios en la Misa del Gallo.

»Ocurrió hace cuatro centurias en Greccio, una localidad italiana de la región de Lazio. Deseoso de oficiar una Misa del Gallo especial, Francisco montó un Nacimiento viviente…, que, dicho sea de paso, fue harto más deferente que el teatralizado por algunos de los presentes, a quienes Belcebú ya aguarda frotándose las manos.

—Os advertí que cortejar a la Virgen os traería fatigas —musitaba el lugareño situado junto al individuo que había encarnado a san José—. Pero vos os encalabrinasteis en la macada y ahora miraos: rumbo al averno.

—Francisco buscó una gruta y metió una talla de piedra en un pesebre —continuaba el sacerdote—. Pidió a dos campesinos que interpretasen a la Virgen y a san José, los instaló a la vera del pesebre y detrás colocó una mula y un buey.

—¿Veis? —rezongaba el vecino de antes—. Otra evidencia de que la mula y el buey sí aparecen en la baila. Admitid que no los ponéis porque no os alcanza la pana.

—No los pongo porque allí solo había un gallo, tocaturmas. Recién lo confirma el abate.

—Lo que recién confirma el abate es que se trata de una leyenda.

—Bueno, pues a mí me da igual. El próximo año un servidor pondrá un gallo; un gallo grande y garboso con sus plumas y su quiquiriquí.

—Poned un gallo, la gallina y hasta una camada de pollos si gustáis, pero, sin mula ni buey, no hay belén.

—Concluida la homilía de aquella Misa del Gallo, san Francisco sacó la talla del pesebre para bendecirla y comprobó estupefacto que se había convertido en un rorro humano —narraba el sacerdote—. Conmovido, le besó un pie e invitó a los feligreses a imitarle. El milagro traspasó las fronteras italianas, recorrió Europa y convenció a la gente de que, san Francisco mediante, el Altísimo había conminado al mundo a representar el Advenimiento empleando figuras. Así surgió la tradición de los belenes y del beso al Niño Dios durante la Misa del Gallo. Ejecutemos, pues, el ritual y procedamos con el divino ósculo. ¡Alegrémonos, hermanos! ¡Jesucristo ha nacido!

En Navidad los madrileños derrochaban fervor y también cuartos; sobre todo en vitualla, aunque, eso sí, cada cual lo hacía acorde a sus posibilidades.

Las mesas prósperas ofrecían jamones de Cerdeña y Lamego, hojaldres rellenos de enjundia porcina, lechones asados en sopas de queso, perdices en salsa de membrillo, pasteles saboyanos de ternera, capón de leche, pichones ahogados, palomas torcaces en salsa negra, truchas fritas con tocino magro, aves a la tudesca, jigote de pierna de carnero, salpicón de vaca y el codiciado besugo.

Las mesas modestas ordeñaban sus ya escurridas arcas para sustituir las mollejas por duelos y quebrantos, la ensalada de lechuga por albondiguillas de gallina, el gato asado por morcillo de vaca, el abadejo por pies de carnero y la manteca de cerdo por el aceite de oliva. Los guisos llevaban menos vinagre y más almíbar; se menguaba la pimienta y se añadía una pizca de azafrán; las cebollas abrían paso al membrillo, los ajos al queso y el pan moreno al tierno candeal; se ponía algún torrezno en las gachas, una puntita de jamón en las migas y doble ración de garbanzos, verduras o alubias en la olla podrida, y, si el estofado incluía una morcilleja o, en el colmo de la exquisitez, un pellizco de ternera, el homenaje adquiría categoría de gaudeamus.

Lo costeasen faltriqueras aterciopeladas o acalaveradas, en un banquete pascual nunca faltaban la carraspada y un ave.

La carraspada era una mezcla de vino tinto, agua, miel y especias que, amén de estimarse un brebaje medicinal, se servía caliente, circunstancia muy a tenor de las temperaturas invernales.

El hábito de comer un ave en estas fiestas provenía de los tiempos clásicos en que los romanos, al comenzar los fríos, pedían a sus dioses el pronto regreso de las aves migratorias portadoras de la primavera y honraban el ruego consumiendo una.

Mientras los de clase media escogían la gallina, considerada un plato digno y de precio ajustado, las cumbres del poder degustaban el delicioso y carísimo capón de leche. Los bajos fondos también degustaban capón, pero no era ni tan delicioso ni tan carísimo y ni siquiera tan capón, porque de capón solo tenía el nombre: capón de galera.

El capón de galera consistía en un caldo elaborado a base de espinacas, ajos, espinas de anchoa, aceite, vinagre y sal.

Solía acompañarse de bizcocho, término nacido de la unión de bis («dos») y coctus («cocido»). Se trataba, pues, de un pan que se cocía dos veces para prolongar su conservación. No llevaba levadura ni tampoco la harina procesada de los tahoneros, sino la cruda de salvado, tosco ingrediente padre de un bodrio pétreo que, o se mojaba en el capón de galera durante un buen rato, o se perdían los dientes al primer mordisco.

Aunque aquel triste matrimonio de capón y bizcocho constituía el alimento básico de los condenados a remar, en ocasiones surcaba los mares y recalaba en los rincones más desolados de tierra firme[35].

Había una vianda que entusiasmaba a los madrileños de tal suerte que la comían en Navidad, en san Antón, san Jorge, santa Rita o san Simón. No importaba; cualquier época admitía el manjar blanco, una crema elaborada con pechugas trituradas de gallina o capón, almidón de arroz, leche, almendras y azúcar.

La ambrosía triunfó tanto en la Villa que incluso parió un oficio: los manjarblanqueros, vendedores ambulantes que recorrían las calles asegurando despachar «el auténtico manjar blanco de los ilustres». Sin embargo, como los ingredientes del «auténtico manjar blanco de los ilustres» valían demasiado dinero y eso obligaba a fijar precios inasumibles por su clientela habitual, numerosos mercaderes abarataron costes mesurando las pechugas e incrementando el almidón de arroz. Resultó una dulce amalgama de leche, almidón, almendras y azúcar que, si bien era un manjar y lucía muy blanco, ni se asemejaba al «auténtico manjar blanco» ni mucho menos al «de los ilustres».

Tras Nochebuena y Navidad, el pueblo celebraba el uno de enero intercambiándose puñaditos de lentejas, signo de prosperidad y típica manera de desear feliz año a los allegados.

Los festejos se despedían el día de Reyes, momento en que los estudiosos gustaban de explicar a quien quisiera escucharlos las metáforas ocultas en los obsequios de los Magos.

—El oro, distintivo de un soberano, señala al rey de los judíos; el incienso, representativo de la veneración, alude a la debida a Cristo porque él encarna a Dios, y la mirra, resina del árbol de la mirra utilizada para embalsamar difuntos y símbolo mitológico de las lágrimas, augura una muerte temprana.

—¿Y qué tiene que ver la resina de un árbol con las lágrimas? —inquiría un oyente.

—Bastante, maese —contestaba un resabidillo—. La resina del árbol de la mirra se extrae en trozos diminutos que parecen lágrimas.

—Exacto —confirmaba el estudioso—. Y no solo parecen lágrimas; también se relacionan con ellas. ¿Y por qué?, os preguntaréis. La mitología griega nos responde. Según la fábula, una princesa llamada Mirra se encandiló de su padre, el rey Cíniras, lo llevó al lecho mediante engaños y concibió. Al enterarse de la trampa, el padre montó en cólera y ordenó matarla. Mirra huyó a Arabia e imploró amparo a los dioses, quienes la ayudaron convirtiéndola en un árbol de mirra que, meses después, alumbró a Adonis. Las lágrimas de resina se refieren a las lágrimas que Mirra derramó durante el parto.

Varias reacciones se sucedían tras estas palabras. Primero todos callaban, desconcertados; a continuación, dedicaban muecas laudatorias a la erudición de aquel menteflorida, y, al final, llegaba lo inevitable: un estallido de socarronas carcajadas.

—¡Qué picaruela, la Mirra! —gritaba uno.

—¡Menudo pichabrava, el padre! —coreaba otro—. Cato a la zagala y luego la acuso de mala.

—Hija mía, sumidme en la confusión mientras yo me bajo el calzón —recitaba un tercero.

—Querida Mirra, vuestro engaño me pirra —se desternillaba el cuarto.

El estudioso aguardaba resignado a que la lluvia de tonterías amainase y entonces proseguía.

—Las dispares edades de los Magos de Oriente tampoco obedecen a la casualidad. Melchor es un anciano; Gaspar, un maduro, y Baltasar atesora una insultante lozanía. El conjunto engloba las tres edades del hombre e indica que cualquier edad resulta propicia cuando de adorar a Dios se trata.

Las carcajadas volvían a estallar.

—El imberbe Baltasar debió gozar de lo lindo magreando el tronco de Mirra para agenciarse una buena colección de lágrimas —se mofaba uno.

—Cuidado, Baltasar, que, si a la niña le pica, la vida se os complica —reía otro.

—¡Mirra que nos ha salido traviesilla Mirra!

Cuando este último comentario desmadraba el jolgorio, el estudioso claudicaba y cogía portante.

Los jóvenes, y los no tan jóvenes también, festejaban la víspera de la Epifanía del Señor echando los estrechos, un juego que, como el tradicional guiso de ave, surgió en la época clásica. Consistía en meter papeles con el nombre de los participantes en dos urnas, una para ellos y otra para ellas. Cada cual debía extraer un papel de la urna correspondiente al sexo opuesto convirtiéndose en el estrecho de la persona allí mentada. Las damas solían regalar a su estrecho una cinta de algún color que encerrase un significado especial y los caballeros se comprometían a lucirla en su escudo hasta la siguiente Epifanía[36].

No solo el guiso de ave y el juego de los estrechos surgieron en la época clásica. En realidad, todo lo relativo a la Navidad surgió en la época clásica.

A finales de diciembre, Roma celebraba el término de la siembra honrando a Saturno, dios de las cosechas, y, al efecto, organizaba unos fastos llamados Saturnales.

Al autoproclamarse única representante del Altísimo en la Tierra, la Iglesia Católica estimó perentorio suprimir aquella pleitesía pagana. Sin embargo, como la cancelación de fiestas no solía recibir aplausos, resolvió dejar intacto el boato y limitarse a transformar su contenido.

Primero quitó a Saturno y puso a Cristo; después buscó un acontecimiento mesiánico digno de encomio que reemplazase la cuestión agrícola y, en no existiendo acontecimiento mesiánico más encomiable que el día en que Dios se hizo hombre, la Iglesia decidió conmemorar el nacimiento del Señor. Pero ¿cuándo nació el Señor? Nadie lo sabía, porque ese detalle nunca importó… hasta que importó.

Luego de cavilarlo bien, se pensó que, celebrándose las Saturnales a finales de diciembre y consistiendo la treta en evangelizarlas sin armar jaleo, debía escogerse una fecha compatible y el privilegio recayó en el veinticinco de diciembre, día en que los romanos festejaban el solsticio de invierno y el Sol Invictus o nacimiento del sol inconquistado, pues, a partir de ese fenómeno, la duración de la noche se acortaba y, a la sazón, el sol se alzaba triunfante sobre las tinieblas.

Cuando el pueblo se enteró de aquella enmienda, cundió el pánico, pero, tan pronto se supo que la costumbre de celebrar el fin de año comiendo, bebiendo y holgando permanecía incólume, los ánimos se aplacaron y la gente accedió a sustituir el nacimiento del sol por el de Jesús.

Y así fue como las Saturnales mudaron a Natividades; diciembre pasó de ser un mes harto pagano al de mayor fervor cristiano, y enero se convirtió en un arranque de año siempre satisfactorio para todos: el rebaño estaba contento tras renovar su fe en el Pastor; los pastores del Pastor, más contentos aún tras lloverles agasajos del rebaño, y la Iglesia Católica, en el colmo de la contentura tras conseguir lo imposible de un solo golpe. Eso sí. Un golpe maestro.

Mientras Madrid se sumergía en una distendida algarabía, en la mansión Valcárcel reinaba una tensa quietud.

Desde la agarrada posterior a la fiesta, don Pelayo no dirigía la palabra ni a doña Francisca ni a Enrique. Ni siquiera se interesó por este último, a quien la turbulenta noche venció y lo tuvo vomitando hasta la amanecida. Doña Francisca, en cambio, vivió una vigilia angustiosa y solo se tranquilizó cuando el galeno diagnosticó vientre húmedo y le garantizó que, con reposo e infusiones de manzanilla, el joven se restablecería.

Y, en efecto, Enrique se restableció, pero únicamente a nivel físico, porque, a nivel emocional, estaba desquiciado. No soportaba saber a Miguel legatario de su herencia y, encima, la exaltación de la Villa a cuenta del caso Bouza tampoco contribuía a sosegarle.

Por fortuna, la investigación desvinculó a los Valcárcel de lo sucedido gracias a las declaraciones de los criados, que, lejos de reparar en la ausencia de Enrique durante la fiesta, confirmaron su presencia y la de sus padres en la misma «de principio a fin».

También confirmaron la presencia de Candela, aunque, en este punto, el testimonio fue menos contundente porque, mientras nadie vaciló en lo del principio, en lo relativo al fin, solo unos cuantos dijeron que «si bien me pareció distinguirla retornando a casa, no puedo asegurarlo».

Sin embargo, como la suma de varios pareceres daba una evidencia, los investigadores obviaron la apostilla del «no puedo asegurarlo» y concluyeron que, habiendo desaparecido Candela en la ruta de regreso a casa, los Valcárcel quedaban libres de sospecha. Además, otras tres circunstancias acreditadas reforzaban este veredicto: la permanencia de los anfitriones en la velada, su posterior reunión en la biblioteca y la indisposición nocturna de Enrique.

La mañana que Juan encontró a Antonio en el camino del Molino Quemado, un mozo se plantó en la mansión Valcárcel portando un paquete cuyo sobreescrito exhibía el nombre de don Pelayo y una frase: «en su propia mano».

El mozo se internó en el zaguán, se dirigió al portero e inició una errática lectura del destinatario que revelaba una muy cuestionable maña en aquel arte.

—Busco a don Pel… Peláez… Val… Valmoral… y… ¡bah! Y un rosario interminable de apellidos que no interesan porque me barrunto un único Peláez Valmoral viviendo en esta choza.

Tieso cual escoba, con la barbilla erguida y la nariz arrugada, el portero le lanzó una mirada furibunda.

—Don Pelayo Valcárcel de Lozoya y Torrejón no se halla —replicó, silabeando cada palabra—. No se llama Peláez Valmoral y huelga decir que los restantes apellidos sí interesan. Previo a requerir al dueño de esta hacienda, que no choza, procura aprenderte su nombre. Esas no son formas de mentar a un notable.

—Desarrugad la chimenea, hermano, que se os va a acalambrar —repuso el chico, guiñándole un ojo cómplice—. Yo me aprendo el nombre, pero admitid vos que estos godos arrastran más apellidos que Lucifer pecados. Empiezan a firmar en maitines y consuman cuando las espantaalbures repican completas.

—Ni soy tu hermano ni te consiento que me apees el tratamiento. Dedícame el vuesa merced o te arreo un turbión que te rompo la quijada, mamarracho.

—No ha menester violencias, caballero. ¿A vuesa merced le place el vuesa merced? Pues el menda os lo pone y, si gustáis, os calzo hasta el majestad. Bueno, ¿qué? ¿Cuajamos conversación y me conduce… vuesa merced… ante el capitán general?

—No te conduciré ante mi señor porque te repito que no se halla.

—¿Y dónde ha ido? —inquirió el zagal en tono insolente.

—A contar frailes que se ha perdido uno —saltó el portero, irritado—. ¿De verdad piensas que voy a reportar los avatares de mi patrón a un perrocostra? Lo que quieras referirle se lo referirás servidor mediante.

—Imposible, maese. Debo entregarle un envío en mano y preciso su rúbrica en la certificatoria. Esperaré a que asome.

—De ninguna manera permitiré que atalayes la privacidad de mi señor. Trae acá el envío. Yo me ocuparé de llevarlo a puerto.

—No se amosque voacé porque a mí lo mismo me da Herodes que Pilatos, pero me han ordenado que solo le suelte el lastre al fulano Peláez.

—¿Fulano? ¿Cómo osas endilgar tan cochambroso epíteto a don Pelayo, merluzo?

En ese momento apareció Enrique envuelto en terciopelo y rumbo a la iglesia de la Victoria, donde confiaba cruzarse a Isabel Salazar, pues, pese al desabrido trato que la joven le dispensó durante la fiesta, ni se planteaba desistir del cortejo.

—¿Qué sucede aquí, Fredesvindo? ¿Quién es este lamecharcos?

—Un mensajero, don Enrique. Viene a efectuar una entrega a don Pelayo. Habiendo salido el señor, me he ofrecido a recoger la encomienda, pero se niega.

—Don Pelayo es mi padre, zagal. Cumpliméntame a mí y lárgate.

—Lo lamento, jefe —rechazó el mozo sin amilanarse—. Mi patrón me manda exclusivamente a don Pelayo.

—Y yo te mandaré al Manzanares de una tabalada en el partido como no me obedezcas a vuela pluma, estúpido —amenazó Enrique, acercándose al muchacho en actitud peligrosa.

Creyendo que iba a atizarle, el chico se asustó, brincó hacia atrás y el paquete se le cayó al suelo. Al reconocer un signo de escribano en el sobreescrito, Enrique adivinó el contenido y se apresuró a cogerlo.

—Os ruego me lo devolváis, señor. Tengo órdenes de…

—… de entregarlo a don Pelayo —cortó Enrique, inspeccionando el envoltorio—. Ya lo has dicho. Respira tranquilo. Yo me encargo. Ahora márchate y no me encrespes más.

—De acuerdo, pero necesito que me rubriquéis la certificatoria.

—Aguarda aquí —exhortó Enrique, tomando la cédula que le tendía el mozo y regresando al interior de la casa.

Se dirigió a sus aposentos y, luego de falsificar la firma de don Pelayo y cursar la cédula a través de un criado, desató el paquete y extrajo un documento compuesto de varias hojas de papel vitela pulcramente manuscritas. El margen de cada hoja mostraba el signo del escribano: una cruz, una S, una C y, al pie, el proverbio latino verba volant, scripta manent.

—Ante mí, Sebastián Castro, escribano del número de la Villa y Corte de Madrid, el decimosexto día de noviembre del año 1620 de Nuestro Señor, Pelayo Valcárcel de Lozoya y Torrejón otorga última voluntad —empezó a leer.

A medida que devoraba el texto, la rabia le iba enrojeciendo el semblante y al final, desencajado e incapaz de continuar, estalló.

—¡Maldito! ¡Mil veces maldito!

Una alarmada doña Francisca entró en la estancia.

—¿Qué significa este alboroto? Hijo, ¿qué ocurre?

—Ocurre lo que el mentenegra de mi padre nos anunció que ocurriría —bramó Enrique, dándole el documento—. Lega Pineda del Campillo a ese fantoche. ¡Pineda del Campillo, madre! ¡El señorío más valioso de los Valcárcel! Amén de rentas, censos y otras prebendas, ¡le transfiere Pineda del Campillo!

—¡Santo cielo! ¿Se trata del nuevo testamento? ¿Cómo diablos lo has conseguido?

—¿Qué importa eso? Echadle un vistazo y os dejará de interesar cómo lo he conseguido.

Doña Francisca empezó a pasar páginas. Ella sí llegó a la última y, cuando lo hizo, cayó de hinojos.

—¡Madre! —gritó Enrique, corriendo a socorrerla—. ¿Estáis bien? No os lo toméis así. Padre ya nos lo advirtió.

—No nos lo advirtió todo, hijo —matizó doña Francisca, trémula—. Celó lo peor.

—¿Lo peor? ¿Acaso hay algo peor?

—Mucho peor. No le imaginaba capaz de confesarlo, pero lo ha hecho. Y del modo cobarde y rastrero digno de la rata cobarde y rastrera que es.

—¿Qué ha hecho? ¿De qué habláis?

—No lo has leído, ¿verdad? Reconoce la paternidad de Miguel. En realidad, no sois primos, Enrique. Sois hermanastros.

—¿Hermanastros? —farfulló el joven, arrebatándole los papeles y revisándolos—. ¿Dónde pone semejante dislate?

—Casi al final.

—¡Por los clavos de Cristo! —balbuceó Enrique, tambaleándose—. Decidme que miente, madre. Decidme que a ese desgraciado se le ha desbaratado la testera y miente.

—A ese desgraciado no se le ha desbaratado la testera, hijo —musitó doña Francisca con gesto derrotado—. Ese desgraciado me engañó, metió en mi hogar al aberrante fruto de su impostura y me obligó a soportarlo día tras día. Después de humillarme y llamarme imbécil a la cara durante años, todavía gasta el descaro de condenar mi aversión hacia el bastardo. ¡Mal rayo lo parta! Le entregué todas mis primaveras y él las hundió en una ciénaga de traición.

—¿Podríamos aparcar las cuitas conyugales y enfocarnos en el problema? —bufó Enrique, indiferente a la pena de la mujer—. No se me antoja el momento idóneo para perderse en naderías románticas.

—Cierto —convino doña Francisca, recomponiéndose—. Ya habrá tiempo de lágrimas. Ahora hemos de encontrar una solución a este despropósito.

—No existe solución. Aunque espurio, la condición de hijo convierte a Miguel en heredero forzoso. La ley le ampara.

—La ley no tendrá ocasión de ampararle porque no consentiré que este testamento trascienda. Seríamos pasto de los mentideros y no me concibo en el centro del chismorreo de tan bochornosa guisa. ¡Judas nauseabundo! Aún intentaba convencernos de que pretendía acomodar al sobrino.

—E insistía en la menudencia del legado —añadió Enrique—. ¡Tamaña menudencia! Pineda del Campillo triplica el valor de cualquier haber incluido en el mayorazgo Valcárcel.

—La afrenta va más allá. Mi padre le regaló Pineda del Campillo cuando me desposó. Ese señorío pertenecía a los Cabrera de Montilla.

—Entonces, sí existe una solución. Al esposo no se le permite enajenar los bienes de la dote, de modo que, al enviudar, recuperaréis la vuestra.

—Recuperaré mi dote, no Pineda del Campillo. No es un bien dotal, sino un regalo; una posesión privativa de la que puede disponer a su libre albedrío, pues el muy canalla no la incorporó al mayorazgo y ahora entiendo el motivo.

—¡Hideputa! —rugió Enrique, frustrado—. Me siento incapaz de tragarme este sapo, madre. Se me abren las carnes solo de pensarlo.

—No tragarás sapo alguno porque te repito que este testamento no trascenderá. La fortuna de los Valcárcel se construyó sobre la de los Cabrera de Montilla y palabra de honor que el bastardo de una rabiza no vivirá de mi estirpe.

—Me temo que vuesa merced habrá de consentirlo y yo habré de ensanchar las tragaderas. El testamento ya se ha otorgado.

—Hasta lavar los cestos, todo es vendimia, hijo mío —replicó doña Francisca, acariciándose la barbilla—. Corresponde al heredero solicitar al juez la adveración y apertura del testamento. Si nos deshacemos de este testamento y presentamos el primitivo, aviaríamos el inconveniente.

—Imposible, madre. Tenemos un vulgar duplicado. Me barrunto el original en el protocolo del escribano y este lo aportaría en cuanto descubriese que he solicitado la adveración del testamento primitivo.

—No podrá aportarlo si desaparece. Las cosas se extravían, querido… o se roban.

—¿Robarlo? —exclamó Enrique, pasmado—. ¿Pretendéis robar el original?

—Mismamente. De seguro solo se ha elaborado esta copia. Si nos agenciásemos también el original, el desaguisado se resolvería. Llegado el momento de exhibir el testamento, el escribano no lo localizaría y habríamos de ceñirnos al primitivo.

—No lo presumo tan fácil. Aquí constan las firmas de tres testigos. Lorenzo Santiesteban, oficial de Sebastián Castro, Manuel Encinas, ayuda de cámara de Pelayo Valcárcel, y Munio Cuevas, jefe de las caballerizas Valcárcel.

—No conozco al tal Santiesteban, pero sí a Manuel Encinas y a Munio Cuevas. Pese a que ambos veneran a tu padre y nunca le traicionarían, no dejan de ser dos criados. ¿Cómo se le ocurre testar ante dos miserables criados cuando podía recurrir a Gonzalo Soto de Armendía, Rodrigo Salazar o incluso Cristóbal Echenique, a quien nombra albacea y tutor de Miguel?

—Muy sencillo. No se atreve a desvelar su deleznable conducta a los ilustres y ha preferido valerse de chusmeros cuya opinión no le importa siempre que no píen.

—Típico de un bragado como ese felón —desdeñó doña Francisca—. Aunque, en realidad, me alegro porque las rúbricas de unos legañosos nos benefician.

—No veo en qué nos benefician. La ley atribuye idéntico valor a la rúbrica de un legañoso que a la de un prócer.

—Si el testamento desaparece, nadie verá esas rúbricas. De haber firmado un prócer, resultaría complicado desvirtuar su testimonio de que sí lo hizo. Sin embargo, ¿quién creerá a dos muerdebotas cuando declaren que un notable los eligió para avalar un acto de semejante enjundia?

—Quizá no crean a los criados, pero creerán al oficial del escribano.

—No le creerán. Será el oficial de un escribano empeñado en que un testamento fantasma prospere y el juez pensará que respalda la disparatada versión de su patrón so pena de despido.

—Queda un cabo suelto —repuso Enrique, releyendo los papeles—. La última cláusula exige a Sebastián Castro notificar a su colega la derogación del primer testamento. Si desmontar la palabra de un fedatario público supone cuesta empinada, desmontar la palabra de dos se me antoja imposible.

—Ese colega es don Froilán Giraldo, escribano de los Cabrera de Montilla desde tiempos inmemoriales. Nunca nos perjudicaría. Además, este documento data del dieciséis del corriente. Tiene apenas una semana. Apostaría la diestra a que el de Castro aún no ha cursado la notificación. Los notarios suelen postergar ese tipo de diligencias menores.

—Aun así, me preocupa. No imagino a Sebastián Castro cruzado de brazos mientras lo desprestigiamos. Sabe albacea a don Cristóbal Echenique y podría acudir a él. Echenique se licenció en Leyes. Conoce el modo de trabar mi sucesión y no albergo duda de que lo intentaría.

—No te falta razón. En ese caso, debemos deshacernos del testamento… y del escribano.

—¿Deshacernos del escribano? —repitió Enrique, estupefacto—. ¿Os referís a… asesinarle?

—A la guerra con la guerra —contestó doña Francisca, encogiéndose de hombros.

—No estamos en una guerra donde uno mata y se persigna, madre. Estamos en Madrid y en Madrid, si despachas a un escribano, te persigna el cura luego de entregarte al verdugo.

—En la necesidad no hay ley, muchacho. Hemos de actuar; de lo contrario, Miguel se alzará con el santo y la limosna.

—Antes de permitir que tamaño oprobio acontezca, soy capaz de asesinar a toda la cristiandad —se sulfuró Enrique—. Haré lo que sea menester para impedir que ese maldito arribista reciba mi herencia. Explicadme, pues, cómo procederemos.

—De momento, investiga a Sebastián Castro. Veamos a quién nos enfrentamos. Mientras tanto, yo confirmaré que don Froilán ignora las novedades y después le obligaré a abandonar la Villa pretextando algún avatar perentorio. Le precisamos lejos hasta encauzar el asunto.

—¿Y padre? Si Castro fallece, trasladará el testamento a otro escribano.

—Yo me encargaré de ese cretino.

—¿Qué significa eso? ¿Acaso también proyectáis calzarle el traje de madera?

—Al traidor, traidor y medio, querido —replicó doña Francisca, esbozando una sonrisa misteriosa—. Pero tú a lo tuyo. Céntrate en Sebastián Castro y, en cuanto logres información, repórtame. Ahora me retiro. He de digerir lo sucedido en soledad.

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