Libelo de sangre

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CAPÍTULO 56 Auto de fe

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CAPÍTULO 56Auto de fe

Mientras fuera hilvanaban su muerte, Sebastián y Margarita continuaban dentro deshilvanados de vida. Y ello no obstante el cambio radical de su situación desde la visita de Alonso, porque, a partir de entonces, el alcaide comenzó a colmarlos de atenciones. Les proporcionó mantas decentes, desratizó las celdas, les retiraba los grilletes al atardecer, vaciaba las bacinillas a diario, trocó en jarra el vaso de agua, añadió dos cebollas a la ración de pan e incluso un día les trajo una empanada de carne y un pellejo de vino.

Aunque los cautivos reconocieron la mano de Alonso en tan insólitos agasajos y, orgullosos de la bravura del muchacho, se lo agradecieron, quizá habrían preferido permanecer como antes, pues, si bien dormir libres de cadenas, una mejor alimentación, la limpieza y la ausencia roedora los vigorizó, también los arrancó de la dulce inconsciencia para apuntalarlos en una cruel lucidez.

La noche del sábado, veinte de marzo, Sebastián advirtió extrañado que el alcaide no había acudido a quitarles las prisiones.

Andaba cavilando la razón cuando escuchó pasos, voces y una puerta abriéndose. Intuyendo que recién accedían al calabozo de Margarita, pegó la oreja a la pared y aguzó el oído. Primero captó bisbiseos; luego, un grito de mujer, y, después, sollozos.

Angustiado, se preguntó qué sucedía y no tardó en averiguarlo. Al poco, el cerrojo de su mazmorra chirrió y la puerta se abrió.

Al principio solo entraron dos personas: el alcaide antorcha en ristre y un mozo que, tras depositar en el suelo una bandeja con frutas de sartén, cidra confitada, camuesas, ciruelas, pan y vino, volvió a salir.

A continuación, asomaron el comisario, el escribano del secreto y un sacerdote franciscano. De inmediato, Sebastián dedujo que por eso el alcaide no los había desengrilletado; esperaba visita de la autoridad y no había querido que le sorprendieran desacatando la orden de mantenerlos aherrojados. Se le escapaba, sin embargo, el motivo de la visita y, sobre todo, las intempestivas horas en que esta se rendía.

La solemne alocución del comisario le desveló la incógnita.

—Sebastián Castro, vista la causa cursada contra vos, este tribunal os encuentra culpable de los cargos en conflicto y os condena a la pena ordinaria, siendo la dicha el tipo de pena que entraña muerte. El tenor de la sentencia se os leerá tras esta luna en auto de fe y, luego de levantar acta de muerte, seréis relajado al brazo seglar de la ley.

»Os hemos traído una pequeña colación que confiamos sacie vuestras hambres y os permita enfrentar la jornada de mañana con la mayor entereza posible. Fray Nicolás de Orozco os acompañará desde el momento presente hasta el trance final. Se ocupará de atemperar las fatigas físicas o espirituales que os asalten y de recoger vuestro arrepentimiento si es que resolvierais manifestarlo. Señor escribano del secreto, conste en autos que el fallo se ha notificado al reo en tiempo y forma.

Sebastián reaccionó de suerte opuesta a Margarita. Ella gritó para esputar la congoja; él calló para tragársela.

—¿Habéis entendido el significado de mis palabras? —inquirió el comisario, asombrado de no recibir respuesta.

—¿Os referís a si he entendido que nos vais a matar? —replicó Sebastián, aparcando el miedo y aferrándose a la rabia—. Lo he entendido; como también entiendo que estáis auspiciando el asesinato de dos inocentes y que, tarde o temprano, rendiréis cuentas ante Dios.

—No auspiciamos un asesinato —refutó el comisario, tocado en su pundonor—. Auspiciamos el castigo correspondiente a un crimen infame que os recuerdo habéis confesado.

—¡Confesar! —masculló Sebastián en tono sardónico—. Una confesión obtenida del tormento es una confesión estéril. Nos sometisteis a tal suplicio que habríamos admitido cualquier enormidad.

—Si fuerais inocentes, el Altísimo os habría ayudado a resistir un suplicio mucho más enconado que el que se os aplicó y yo no lo percibí a vuestra vera.

—Claro que no lo percibisteis. El Altísimo vive en el cielo y no acostumbra a bajar al infierno.

—Bueno, ¡ya está bien! —cortó el comisario, airado—. Amén de despotricar contra el procedimiento y censurar nuestra labor, ¿deseáis realizar alguna declaración de interés para lo que nos ocupa? ¿Expresar arrepentimiento, quizá?

—Deseo leer la sentencia.

—Vos no leeréis la sentencia. Os acabo de participar que se os leerá mañana en auto de fe.

—Me asiste el derecho de estudiar mi sentencia de muerte.

—El reglamento solo nos exige comunicaros el veredicto antes de celebrar el auto de fe. Cumplimentada la diligencia y comprobado que no planeáis manifestar nada digno de incorporar a los autos, el escribano y yo nos retiramos. Fray Nicolás, el reo queda a vuestro cuidado. Alcaide, regresaremos al repique de laudes. Disponedlo todo para entonces.

Cuando comisario, escribano y alcaide marcharon, Sebastián se dirigió al clérigo.

—Fray Nicolás, ¿hay algún hermano vuestro atendiendo a mi esposa?

—Sí, hijo mío.

—Somos inocentes, padre.

—Al parecer, habéis confesado.

—Nos torturaron con saña y el sufrimiento venció a la verdad.

—Inocentes o no, el tribunal se ha pronunciado y debéis resignaros. ¿No queréis manifestar arrepentimiento?

—¿Cómo arrepentirme de un pecado que no cometí?

—Reflexionadlo bien, Sebastián. Os han impuesto la hoguera. Si os arrepentís, los inquisidores gastarán misericordia y os ahorrarán el martirio del fuego en vida autorizando el garrote. ¿No preferís un óbito instantáneo en vez de agonizar prendido en llamas?

—Si me arrepintiera de una falta que no mora en mi haber, quebrantaría el octavo mandamiento justo antes de encarar el juicio final, y de ninguna manera lo haré. No condenaré mi alma al fuego perpetuo para librar al cuerpo de uno efímero.

—Ciertamente es efímero, pero tan doloroso que se os antojará eterno, hijo.

—No abandonaré este mundo acarreando una mentira de semejante envergadura. Ya sucumbí en el tormento y de eso sí me arrepiento. No, padre; no agacharé la cerviz. Muy al contrario, la alzaré y afrontaré el último envite con la tranquilidad de saberme inocente. Dure lo que dure y duela lo que duela.

—Acaso mañana, al sentirlo inminente, cambiéis de opinión. Sea como sea, yo no me separaré de vos. Ni siquiera cuando os aten a la pira. Si en ese momento o en cualquier otro anterior decidís manifestar arrepentimiento, avisadme sin dilación y al punto reportaré al comisario. Y ahora descansad. Os aguarda una jornada complicada y precisaréis de todo vuestro coraje.

Sebastián se tumbó pensándose incapaz de conciliar el sueño, pero, en cuanto imaginó la paz que hallaría al expirar, la tensión aflojó y se durmió.

Le despertó el rechinar de los goznes y la entrada del alcaide. Llevaba este en las manos el atuendo que solían vestir los reclusos involucrados en un auto de fe: un gorro cónico de papel engrudado y una túnica de lino crudo que descendía hasta las rodillas.

—Calzaos el sambenito y la coroza —le ordenó, quitándole los grilletes y tendiéndole las prendas.

Azorado, Sebastián las observó. Eran negras, con pinturas de llamas ardiendo hacia arriba, leviatanes y una frase demoledora en la pechera: «Sebastián Castro. Judaizó y asesinó».

Al coger el sambenito, evocó la tarde en que don Martín le contó que aquel peculiar vocablo surgió de unir las palabras saco y bendito para referirse a exactamente eso: a un saco bendecido que los cristianos utilizaban en la antigüedad cuando expresaban arrepentimiento en público.

Torciendo el gesto en una mueca afligida, se recordó a sí mismo escuchando las explicaciones del maestro con el interés desinteresado de quien no atisba ese tipo de sombras en su horizonte. Porque, en los felices tiempos en que don Martín le habló del sambenito, él no imaginaba que un día lo luciría, que moriría luciéndolo… que moriría así.

Resignado a su suerte, aparcó los viejos tiempos felices e, intentando digerir los funestos actuales, se apoyó en la muleta y se dispuso a encarar el lance de levantarse, lance en absoluto afable, pues sus descoyuntadas extremidades no toleraban el más mínimo movimiento. Aunque aquejado de virulentos calambres, logró incorporarse solo, cuando trató de ponerse la indumentaria, los brazos no le respondieron y fray Nicolás tuvo que auxiliarlo.

En cuanto el sacerdote le colocó el sambenito y el áspero lino crudo le raspó la piel, sintió un picor insoportable. Desesperado, olvidó sus limitaciones físicas y empezó a retorcerse, lo que resultó en tal recrudecimiento de los calambres que se mareó y, de no haberlo sujetado fray Nicolás, habría regresado al suelo.

—Templanza, hijo —le dijo el clérigo al advertir lágrimas ofuscadas en sus pupilas—. Yo os ayudaré a caminar.

El alcaide condujo a ambos hombres a la calle, donde ya aguardaban el comisario y el escribano del secreto. Un criado los instaló en dos sillas de manos, la habitual de pino para Sebastián y una menos destartalada para el fraile. Luego, a una orden del comisario, emprendieron viaje rumbo a la Cárcel de Corte.

Al llegar y acceder al atrio, Sebastián buscó a Margarita. Pese a las tétricas circunstancias, le ilusionaba reencontrarse con ella, pero, cuando la localizó y vio su aspecto, la ilusión se extinguió y la sangre se le heló.

Consumida y macilenta, parecía un ánima a punto de evaporarse. El sambenito le caía sobre los hombros cual inmenso nubarrón negro, las magras carnes asomaban infestadas de dentelladas roedoras, las piernas eran juncos laxos que apenas la sostenían, la mugre enterraba los pies desnudos y la rígida inacción de los brazos delataba las secuelas del tormento.

Con los ojos llenos de lágrimas, lo miraba. Sebastián creyó que lloraba de miedo y no se apercibió de que, en realidad, lloraba por él, pues sus trazas también suscitaban bastante lástima. Quizá incluso más. A la escualidez, debilidad, tez marchita y mordiscos de ratas, se sumaban el calamitoso arrastrar de la pierna luxada, la no menos calamitosa movilidad de la otra, no luxada del todo pero casi, y el crispado temblor del brazo dislocado, que, apoyado en la muleta, tenía que aguantar el peso del cuerpo.

Ajeno al auténtico motivo que provocaba las lágrimas de Margarita y convencido de que la mujer lloraba de miedo, Sebastián trató de evitarle congojas adicionales esforzándose en ocultar el infierno que le suponía estar de pie y, en particular, caminar. Sin embargo, no lo consiguió, porque, aunque procuraba mantenerse estoico, solo lograba mantenerse. Lo de estoico quedaba en una heroica porfía que naufragaba cada vez que el fémur crujía y él palidecía de dolor.

Alrededor de la pareja pululaban los otros diez encausados que el comisario había reunido. Los diez lucían el sambenito en el cuerpo y, dadas las circunstancias, una muy lógica angustia en el semblante.

Una causa de fe, o bien culminaba en absolución, o bien culminaba en condena.

La absolución podía ser total o ad cautelam. La absolución total acaecía en escasas ocasiones y la absolución ad cautelam exigía una revisión posterior pudiendo desembocar en condena si esa revisión devenía insatisfactoria.

Las condenas acarreaban dos clases de penas: la pena ordinaria y la pena arbitraria.

La pena ordinaria era un sinónimo suave de la pena de muerte, pues tal comportaba, y, aunque en un pleito laico se ejecutaba utilizando diferentes métodos, en un pleito inquisitorial invariablemente se ejecutaba hoguera mediante. Sin embargo, como solo la autoridad civil estaba legitimada a quitar la vida, cuando el Santo Oficio condenaba a muerte, lo hacía diciendo «relájese al reo al brazo seglar de la ley», fórmula jurídica que consistía en entregar al infeliz a la jurisdicción ordinaria para que esta procediera al ajusticiamiento.

La pena arbitraria englobaba un amplio surtido de castigos: pena de abjuración, de destierro, de galeras, de vergüenza pública con o sin azotes, multa, vestir sambenito, incapacitaciones o sanciones de naturaleza mística como ayunar, efectuar peregrinaciones, rezar el rosario o penitencias del estilo.

Estos castigos podían imponerse de manera individual o conjunta, pero había uno que siempre se incluía en el fallo condenatorio de una causa de fe: la pena de abjuración.

Abjurar significaba retractarse y, conforme a ello, el reo debía abjurar o retractarse de sus «errores», como paternalmente denominaba la Inquisición a los delitos contra la fe o la moral.

Existían tres tipos de abjuración: abjuración formal, abjuración de vehementi y abjuración de levi.

La abjuración formal afectaba a los acusados de alta herejía fehaciente. Dicha fehaciencia requería, o pruebas irrebatibles, o una confesión. Aunque en estos casos procedía la pena ordinaria, según el pecado y la actitud del pecador, la cosa podía acabar bien o francamente mal.

Si el pecador se negaba a arrepentirse, lo declaraban impenitente y lo incineraban; en cambio, si se arrepentía, lo declaraban penitente, circunstancia que unas veces interrumpía el periplo al quemadero y otras no.

Las herejías de suma gravedad encendían la lumbre con o sin arrepentimiento. Cierto que el arrepentimiento posibilitaba el garrote previo, pero, aparte de esa caridad, la leña ardía igual.

Las herejías graves aunque de tolerable calidad convertían al juzgado en hereje reconciliado, condición que permitía sustituir la pena ordinaria por una o varias penas arbitrarias.

A pesar de haber esquivado el brasero, los herejes reconciliados debían extremar las precauciones, porque, como el Santo Oficio volviera a encontrarlos culpables de la misma transgresión u otra distinta, fuera de notoria o ínfima entidad, no hallarían redención. Un reconciliado reincidente recababa la calificación jurídica de relapso y recibía el fuego purificador.

Las abjuraciones de levi o de vehementi también recaían sobre acusados de herejía, pero, a diferencia de la abjuración formal, basada en pruebas irrebatibles, en las de levi o vehementi no existían evidencias, sino indicios leves o vehementes.

No obstante, como en los pleitos inquisitoriales regía la presunción de culpabilidad y no la de inocencia, cuando el tribunal apreciaba indicios leves o vehementes de herejía, imponía pena de abjuración de levi o pena de abjuración de vehementi.

Aunque, al ser penas arbitrarias, ninguna de las dos conducía a la hoguera, sí tenían consecuencias de calado, porque, sin perjuicio de los castigos adicionales que procedieran, si un abjurante de levi reincidía, tornaba en abjurante de vehementi y, si lo hacía un abjurante de vehementi, mudaba a relapso y la leña comenzaba a crepitar.

En ocasiones sucedía que un reo de levi o de vehementi clamaba inocencia y rechazaba abjurar. En estos casos se le excomulgaba y se le concedía un año para reflexionar. Si, transcurrido ese plazo, insistía en no obedecer, lo estimaban relapso con lo que ello implicaba: la hoguera.

Dependiendo del tenor de la sentencia, a los reos se les adjudicaban sambenitos distintos.

El de los herejes reconciliados era amarillo, color representativo de la traición, pues traición a la Iglesia se consideraban sus pecados. Además, tenía figuras dibujadas en la tela. De un lado, se veían llamas invertidas, reveladoras de que la hoguera rondó a su portador y el arrepentimiento lo salvó; de otro lado, llevaba pintada la cruz de san Andrés, en referencia a la humildad de aquel mártir que murió luego de resistir dos lunas clavado a dos troncos dispuestos en forma de X[90].

Aunque el sambenito de los reos de levi y de vehementi también se tejía en amarillo, el de los reos de levi carecía de dibujos y el de los vehementi solo mostraba un aspa de la cruz de san Andrés.

Por su parte, el sambenito impuesto a las teas humanas en ciernes era negro y, junto a la cruz de San Andrés completa, exhibía llamas que ardían hacia arriba, dragones, diablos y otros símbolos demoniacos.

Un par de mozos, una anciana y una muchacha vestían un sambenito idéntico al de los Castro: negro y con llamas hacia arriba.

Los seis restantes, todos varones, calzaban un sambenito amarillo. El de dos de ellos tenía la cruz de san Andrés y llamas invertidas; el de un tercero lucía sin dibujos, pero el hombre llevaba una soga al cuello con un nudo, lo cual significaba que recibiría cien azotes; el cuarto también llevaba un sambenito sin dibujos y una soga al cuello, si bien esta incluía dos nudos representativos de doscientos azotes; el quinto, un clérigo de la orden mercedaria, no exhibía ni sogas en el cuello ni dibujos en su túnica, y el sexto, amén de vestir sambenito con un único aspa de la cruz de san Andrés, iba embozado, método utilizado para silenciar a los blasfemos.

Una frenética actividad se sucedía en torno al desdichado grupo. Los diez debían procesionar hasta la plaza de San Salvador y varios familiares del Santo Oficio intentaban ponerlos en fila; sin embargo, como los sacerdotes responsables de cuidar a los enlutados se empeñaban en permanecer junto a ellos en todo momento, entorpecían la organización y al tiempo increpaban a los alguaciles, que, tratando de ayudar a los familiares, los apartaban a empujones.

Tras un rato de auténtico caos, los reos quedaron alineados y listos para comenzar.

A la cabeza y en pareja, desfilarían los seis de amarillo escoltados por un familiar del Santo Oficio a cada lado.

A continuación, solían viajar los ausentes, vocablo jurídico atribuido a los prófugos, y los difuntos, expresión esta que aludía a dos clases de difuntos: los fallecidos durante el proceso, o bien por los rigores carcelarios, o bien por los del tormento, y los fallecidos antes de incoarse el proceso, pues, si se denunciaba que alguien había actuado contra la fe o la moral, no importaba que llevara años muerto y enterrado; se exhumaba su cadáver y se le encausaba.

En definitiva, fugados o finados, la Inquisición los juzgaba igualmente y, de culminar el pleito en pena ordinaria, los quemaba.

A los prófugos los condenaba en estatua y los quemaba en efigie, siendo la efigie un muñeco de humanas dimensiones al que se ataba a una pira y se aplicaba mecha. En cambio, a los finados se les quemaba en huesos, lo que implicaba la incineración del cadáver o de lo que quedase de él, porque algunos eran juzgados años después de haber expirado.

En aquel auto de fe no había prófugos, pero sí había un finado en cautiverio a quien el tribunal había declarado culpable de complicidad en los Crímenes del Ritual y había relajado al brazo seglar de la ley: Lorenzo Santiesteban.

De ahí que, tras los reos de amarillo, una mula cargase un arca envuelta en una tela negra repleta de llamas ardiendo hacia arriba y con el cuerpo del oficial en el interior.

Clausurando la hilera de penitentes, iban los enlutados, de uno en uno y acompañados del religioso asignado a su cuidado.

El comisario mandó situar a Sebastián y Margarita al final de la comitiva. Buscaba la máxima audiencia durante la ceremonia entera y, como las sentencias se leían conforme al orden procesional, la suya sería la última, coyuntura que engordaría el misterio y trabaría la deserción de la gente antes del amén.

Concluida la tarea de alinearlos, el familiar entregó a cada uno de los reos los complementos que, según su condición, debían llevar en la procesión.

Los reos de levi y de vehementi sostendrían velas amarillas apagadas que solo se encenderían cuando pronunciasen la oración de abjuración y, en consecuencia, retornasen al seno de la Iglesia; los reconciliados, pequeñas cruces verdes, representativas de la alegría de Dios ante la sumisión de un alma sublevada, y los condenados al brasero, cirios verdes, a través de los cuales la Iglesia les decía que no perdía la esperanza de recabar su arrepentimiento.

Ya colocados y pertrechados, los alguaciles conminaron al grupo a avanzar y salir al exterior.

Aunque hacía tiempo que había amanecido, en la calle apenas había claridad, pues recias nubes encapotaban el cielo y una espesa niebla flotaba en el aire. Además, soplaba un viento tan gélido que los charcos del suelo estaban escarchados.

Aquel veintiuno de marzo, un Madrid invernal cerró la puerta a la primavera… o quizá fue la primavera la que rechazó entrar en un Madrid presto a festejar el invierno de la injusticia y prefirió reservar sus flores para mejor ocasión, pensando que las flores crecen con agua de vida, no con lágrimas de muerte.

A las ocho en punto las campanas de la parroquia de Santa Cruz proclamaron el inicio de la procesión. Mientras, el resto de los templos enclavados en el itinerario de la carrera prepararon las suyas, pues también doblarían al paso del cortejo.

Precedidos todos de alguaciles, unos rodeados de familiares y otros apoyados en sacerdotes, los reos comenzaron a caminar.

Ansiosos de averiguar quiénes protagonizaban el espectáculo, hordas de madrileños se agolpaban a lo largo del recorrido y, en cuanto identificaban a los Castro, propinaban un codazo al vecino, que asentía, satisfecho de ver confirmados los rumores: el matrimonio lideraba la Secta, perpetró los Crímenes del Ritual y ahora pagaría su animalada.

Entre esas hordas de madrileños solo había tres que ni se propinaban codazos ni mucho menos asentían satisfechos ante nada de lo que acontecía. Eran Alonso, Juan y Antonio.

Alonso seguía el desfile con los ojos fijos en la lastimosa estampa de sus padres; Juan lo seguía a él con los ojos fijos en su persona, y Antonio seguía a ambos con los ojos fijos de manera alterna en un desencajado Alonso y en un vigilante Juan.

La plaza de San Salvador rebosaba gente y cada estamento esperaba el inicio del evento acorde a su condición.

Los plebeyos se apiñaban en el recinto conversando a gritos, tiritando de frío y bebiendo vino. Algunos aguardaban encaramados a las pilastras de la fuente de los Leones; otros, en lo alto de escaleras traídas de casa; bastantes, sentados en banquetas, y la mayoría, sobre los perniles.

Los menguados trepaban a los hombros de los espigados, los espigados estiraban el cuello, los del fondo chillaban a los de delante, los de delante les chistaban, muchos intentaban avanzar posiciones empujándose mutuamente y todos intercambiaban comentarios a propósito de lo arrogante que resultaba el patriciado de arriba.

Porque arriba, en las balconadas de los palacios aledaños, estaban los patricios y ellos no sufrían tanto inconveniente. Sentados en bancos almohadillados, arrebujados en cálidas mantas, arrimados a los braserillos que tenían a sus pies y degustando chocolate caliente, conversaban en voz tenue e intercambiaban comentarios a propósito de lo burdo que resultaba el populacho de abajo.

Al llegar a la plaza y ver que la muchedumbre bloqueaba el acceso, Alonso trató de abrirse paso a base de empellones y patadas, agresiones que, como los afectados respondían de guisa parecida, desencadenaron un altercado general que alarmó a Juan.

—¡Basta, zagal! —exhortó, apartando a Alonso de un individuo con quien el chico acababa de enzarzarse—. ¿No comprendéis que el coso está atestado y que no hay forma de entrar? Así solo conseguiréis llamar la atención y no os trae a cuenta. Alguien podría reconoceros y os recuerdo que los dominicos arden en deseos de echaros el guante.

—Voy a entrar, Juan —masculló Alonso, histérico—. Aunque tenga que pisar la nuez a esta panda de morbosos hideputas, voy a entrar. Nadie me impedirá acompañar a mis padres hasta el final.

—Si no dejáis de vociferar que son vuestros padres, vive Cristo que los acompañaréis hasta el final, porque ni media tos tardarán en aviaros una pira.

—Entonces, ¿qué demonios hago? ¿Me quedo aquí fuera tan tranquilo mientras los juzgan?

—Ya los han juzgado, amigo, y, a la vista de los sambenitos que calzan, los han condenado… del todo —repuso Juan, procurando no expresarlo de manera cruenta.

—Ahorraos los melindres y decidlo sin almíbares: los han condenado a la hoguera —se sulfuró Alonso—. Por eso he de entrar ahí. Ahora más que nunca necesitan mi apoyo.

—Van a leerles una sentencia que ya conocen, socio. En consecuencia, no necesitan vuestro apoyo ni ahí dentro ni ahora. Lo necesitarán después… en el quemadero.

—No os falta razón —convino Alonso luego de meditarlo un instante—. De acuerdo. No entraré. Me apostaré junto a la escribanía de mi padre y, cuando tomen camino al quemadero, intentaré acercarme a ellos. Sentirme a su vera los aliviará.

—En ese caso, enviaré a Antonio a la Puerta de Alcalá y le diré que nos espere allí. Yo permaneceré a vuestro lado y no me despegaré de vos. Lleváis el diablo metido en el cuerpo y temo que cometáis cualquier mentecatada.

Entretanto, los reos arribaron a la grada lateral izquierda del coliseo y varios familiares del Santo Oficio los distribuyeron según lo prescrito por el comisario.

Los sacerdotes ocuparon el nivel inferior y los reos de amarillo, el segundo y el tercero. En los tres niveles superiores emplazaron a los reos de negro; dos en cada bancada y cada uno en una punta. Así, el cuarto se asignó a la anciana y la muchacha; el quinto, a la pareja de mozos, y el más alto, a los Castro.

Aunque cojeando, Margarita logró subir sin ayuda. No le sucedió lo mismo a Sebastián, que, enajenado de dolor, trastabilló y solo gracias a fray Nicolás no rodó escaleras abajo.

Una vez instalados en los extremos de su lúgubre escaño, Sebastián y Margarita se miraron. Ella lloraba y, cuando él lo advirtió, se tragó sus propias lágrimas y esbozó una sonrisa tierna para transmitirle coraje.

Atabales y chirimías anunciaron la llegada de las autoridades.

En orden ascendente de jerarquía, primero desfiló un séquito de ministriles. A continuación, asomaron el vicario general de Madrid y el corregidor de la Villa. Siguieron el inquisidor en Corte, el comisario, dos inquisidores de Toledo y el comisario general del Santo Oficio. Por último, apareció fray Luis de Aliaga, inquisidor general y confesor real. Viajaba en una lujosa silla de manos y rodeado de una docena de lacayos que lo remolcaron hasta la tribuna presidencial, pues su precaria salud no admitía fatigas.

En cuanto los criados lo acomodaron en el sitial, lo envolvieron en una manta de lana, le pusieron los pies en el cojín y le aproximaron el braserillo, fray Luis agitó la campanilla e inauguró el auto de fe.

Luego de celebrarse una misa, el escribano del secreto recitó el juramento que los asistentes a toda liturgia inquisitorial debían prestar. Consistía en apoyar la labor del Santo Oficio, perseguir la herejía y negar dignidades públicas a los ofensores de Dios. Después el padre prior del convento de San Felipe el Real pronunció el Sermón de la Fe.

Cumplimentados los preliminares, los dos sacerdotes encargados de las lecturas se dirigieron al bufetillo donde un secretario custodiaba la arquilla que contenía las causas y el escribano del secreto hacía lo propio con la que contenía las sentencias.

Siguiendo el orden procesional, el secretario empezó a entregar causas a uno y el escribano, las correlativas sentencias al otro. Mientras, el alguacil mayor del Santo Oficio organizaba el traslado de los reos al tablado central. Los guardias los conducían allí por parejas, los introducían en las jaulas y, escuchado su veredicto, los devolvían al asiento.

El clérigo mercedario que llevaba el sambenito amarillo sin dibujos y el sujeto con idéntica túnica y la soga de un nudo al cuello, ambos convictos de levi, estrenaron las jaulas.

Los sacerdotes comenzaron a leer; uno leía la causa y el otro, la sentencia.

—Fray Esteban Alarcias Carrión, natural de La Alberca, Salamanca, miembro de la comunidad mercedaria, residente en el convento de la Merced de esta villa de Madrid, de hechuras orondas, pelo enhiesto y castaño, carillena, ojos pequeños y nariz generosa. Requirió favores carnales a una feligresa durante el sacramento de la confesión. Adjetivación jurídica: reo de levi.

—Veredicto: culpable de solicitación en confesión. Sanción: abjuración de levi, suspensión de órdenes, de oficio y de beneficio, prohibición de administración de sacramentos y, en calidad de clérigo regular sometido al estatuto mercedario, privación de voz, de voto y obligación perpetua de ocupar el lugar de menor rango en el refectorio.

—Pablo Losada, natural de Zaragoza, de oficio pañero, de cuerpo despanado, pelirrubio, carilargo y señalado de viruelas. Manifestó que un único apareamiento sin mediar santo matrimonio no es pecado capital, sino, y digo textualmente, un «inocente apretón». Adjetivación jurídica: reo de levi.

—Veredicto: culpable de proposición temeraria. Sanción: abjuración de levi, salida a vergüenza por calles principales de la Villa y cien azotes.

A continuación, les tocó el turno al hombre que lucía sambenito sin dibujos y una soga de doble nudo al cuello y al blasfemo embozado con sambenito amarillo de dos aspas.

—Hernán Montes Manrique, natural de Albarracín, de oficio cordonero, alto, de cuerpo bien alimentado, ojos verdes y trigueño. Auguró el futuro sirviéndose de la astrología judiciaria. Adjetivación jurídica: reo de levi.

—Veredicto: culpable de adivinación en su modalidad de hechicería. Sanción: abjuración de levi, salida a vergüenza por calles principales de la Villa y doscientos azotes.

—Jerónimo de las Huertas, natural de Cádiz, de oficio zapatero de viejo, cuerpo rechoncho, pelo liso y negro, ojos cebollosos y dientes delanteros aconejados. Se le acusa de blasfemia sobresaliente contra la Sagrada Familia. Afirmó que la doncellez de la Virgen María es una patraña porque, y enuncio en literalidad, «el carpintero la desposó y los desposados no dedican el crepúsculo a dormir». Alegando que, a resultas de lo anterior, «la dama es dama de virtud estragada», sugirió eliminar la apostilla de virgen y referirse a la santa madre de Dios como la Mari.

»Luego tildó a san José de amilanado y cornudo porque «no cabe calificar de más afable guisa a quien consiente que una paloma le afane la hembra». De Cristo Nuestro Señor dijo que «menudo pico de oro debía tener el espabilado si había logrado que una caterva de bambarrias lo creyese el Mesías siendo un bastardo mitad hombre mitad palomo».

»Concluyó la retahíla de irreverencias asegurando que, gozando él de un verbo igual de persuasivo, si hubiera nacido en aquella época, se habría llevado el gato al agua y ahora estaría recibiendo pleitesías por los siglos de los siglos en vez de doblar el lomo de sol a sol.

Ruborizado y estupefacto, el sacerdote se detuvo un instante tratando de recuperar el aliento tras poner voz a semejante ristra de enormidades. Mientras, un murmullo escandalizado recorrió la grada de autoridades y algunas risas sofocadas emergieron del área donde se congregaba el populacho.

—En su descargo explicó que esa noche bebió en exceso y no recuerda haber proferido tales barbaridades —prosiguió el sacerdote—. A modo de atenuante y por si acaso las hubiera proferido, invocó sus raíces gaditanas sosteniendo que «de tó se ríe un andaluz, de la cara y de la cruz». Preguntado si porfiaba en blasfemar aludiendo a la santa cruz, lo negó y matizó que hablaba de los lados de la moneda.

»Añadió también que la Inquisición no debería tomarse todo tan a la tremenda porque «a este paso va a ser pecado soltar un “¡ozú, mi arma!” a la parienta o “¡quillo, qué cruz de hijo!” al zagal chinchoso que da perra vida al padre».

Cuando, incapaz de reprimirse, el sector plebeyo estalló en carcajadas, el cura se detuvo de nuevo y, maldiciendo en silencio a aquella recua de insolentes, aguardó a que los alguaciles intervinieran.

Abortado el jolgorio, reanudó la lectura.

—No contento con el comentario, recomendó al Santo Oficio «una puntita de mesura», porque «si se empecina en buscarle las cosquillas a la parroquia, acabará más solo que Judas en una reunión de amigos». Al objeto de frenar tamaña incontinencia sacrílega, el tribunal mandó embozarlo y así comparece en el presente acto. Adjetivación jurídica: reo de vehementi.

—Veredicto: culpable de blasfemia. Sanción: abjuración de vehementi, sambenito durante un lustro, destierro perpetuo de esta villa de Madrid y confiscación de bienes en mitad.

Siguieron los dos hombres cuyas túnicas amarillas mostraban llamas invertidas.

—Miguel y Eduardo Fuentes, hermanos, naturales de Medina del Campo, de oficio jubeteros, altos, de hidalga figura, pelo castaño, tez amostazada y ojos azules. Tres personas atestiguaron que profesan el credo de Mahoma, triple testimonio que genera prueba plena. Adjetivación jurídica: reos de abjuración formal.

—Veredicto: culpables de apostasía mahometana. Habiendo ambos confesado y expresado arrepentimiento, el tribunal convocó una consulta de fe; luego de analizar las aseveraciones de los reos, estimó sinceros sus propósitos de enmienda y decretó la reconciliación. Sanción: abjuración formal y permuta de pena ordinaria por confiscación total de caudales e ingreso forzoso en el cuerpo de galeras de Su Majestad durante una década. De regreso a España, si es que sobrevivieren y regresaren, sufrirán reclusión perpetua en la Posada de la Hermandad de Toledo.

Despachados los reos de amarillo, empezaron a desfilar los enlutados.

—Catalina del Mediodía y Arundina Mancho del Mediodía, madre e hija, naturales de Cadalso de los Vidrios y de oficio vidrieras. La primera, de cuerpo encorvado, endebles vigores, pelo cano, mentón prominente y amenazado de barba. La segunda, de cuerpo rollizo, curvas estridentes, pelo trigueño, ojos marrones y boca grande. Seis años ha, el Santo Oficio las acusó de practicar brujería y abjuraron de vehementi. Tres personas atestiguaron que porfían en sus heréticas usanzas, triple testimonio que genera prueba plena. Adjetivación jurídica: reincidentes y relapsas.

—Veredicto: culpables reincidentes. Sanción: excomunión mayor, confiscación íntegra de hacienda y relajación al brazo seglar de la ley.

—Matías Benavente y Atilano Navarrete, naturales de la villa de Madrid, de oficios sedero y herrero, respectivamente. El primero, de cuerpo estirado, pelo moreno, ojos espantados, nariz miraalcielo, boca arrugada, aspecto bisoño e imberbe. El segundo, de hechuras entecas, bigote selvático, ojos verdes y tez averrugada. Acusados del pecado nefando y en concepto de tal delito encausados por la jurisdicción civil, fueron puestos en cuestión de tormento y, amén de confesar haber cometido sodomía con al menos una veintena de varones, vil acto cuya pena y punición competen a la jurisdicción civil, también se confesaron sortílegos, error contra la moral que sí concierne al Santo Oficio y del que ya abjuraron de vehementi hace dos años. Adjetivación jurídica: reincidentes y relapsos.

—Veredicto: culpables reincidentes. Sanción: excomunión mayor, confiscación íntegra de hacienda y relajación al brazo seglar de la ley.

Cuando los alguaciles fueron en busca de los Castro, Margarita gimió aterrada.

—Ánimo, mi bien —le susurró Sebastián—. Pensad que pronto dejaremos de padecer.

Dentro de las jaulas, quisieron quitarse la coroza, pues la altura abovedada del armazón no preveía tales tocados, pero, como no se lo permitieron, hubieron de apañárselas para enhebrar la punta del cono entre los barrotes.

El gentío cuchicheaba impaciente. Al fin se desvelaría el misterio.

—Sebastián Castro, natural de la villa de Tendilla, de oficio escribano, estatura discreta, delgado, pelo largo, liso y de cana carcelaria, ojos oscuros, barba también de cana carcelaria y desdentado reciente. Organizó un ritual judío a cuyo efecto secuestró a un infante cristiano, le extirpó el corazón y ocultó el dicho corazón en su escribanía, donde fue hallado por las autoridades. Puesto en cuestión de tormento, confesó. Habiendo aparecido el cadáver de Candela Bouza junto al del párvulo sacrificado, queda bajo sospecha vehementísima su vinculación en el estupro y ulterior asesinato de la doncella. Adjetivación jurídica: hereje apóstata confeso.

—Veredicto: culpable de apostasía judaizante. Dada la oronda calidad de sus errores y su negativa a expresar arrepentimiento, no se le admite a reconciliación. Sanción: excomunión mayor y relajación al brazo seglar de la ley. Afectas a herejía manifiesta su casa y escribanía, se ordena el derribo de ambas, el esparcimiento de sal purificadora en los solares e inmediato vallado de los mismos hasta decidir la santa edificación que ha de construirse en ellos al objeto de purgar la infamia perpetrada. Por último, se inhabilita a sus hijos, hijas, nietos y nietas para el ejercicio de cargos públicos, laicos, religiosos, de honra o poder.

—Margarita Carvajal, natural de la villa de Madrid, cónyuge de Sebastián Castro y de oficio dama de hogar. De cuerpo menudo, pelo liso y rubio, faz delicada, ojos claros, nariz recta y boca fina. Pese a ser cristiana vieja, sucumbió al oscuro hálito de su esposo, renegó de los Santos Evangelios, vejó los símbolos católicos y adoró en secreto el credo de Moisés. Puesta en cuestión de tormento, confesó todo lo anterior y, en particular, confesó haber participado de forma activa en el ritual liderado por Sebastián Castro. Adjetivación jurídica: hereje apóstata confesa.

—Veredicto: culpable de apostasía judaizante. Dada la oronda calidad de sus errores y su negativa a expresar arrepentimiento, no se la admite a reconciliación. Sanción: excomunión mayor y relajación al brazo seglar de la ley.

Cuando los sacerdotes concluyeron la lectura, un bisbiseo perplejo invadió el lugar. Aunque desde el principio los rumores atribuyeron los Crímenes del Ritual a los Castro y a nadie sorprendió el tenor de la sentencia, el hallazgo del corazón en los lares de Sebastián pasmó al respetable. Y no tanto por lo macabro del detalle, que también, sino porque resultaba insólito que un traje de semejantes costuras no se hubiera descosido en los mentideros.

Margarita escuchó el fallo sumida en la incredulidad. No lograba asimilar que hablaban de ella ni que se encontraba allí, protagonizando un auto de fe, metida en una pajarera, condenada por judaizar y rumbo a la hoguera.

La hoguera. ¿En serio iba a morir en una hoguera? Intentaba digerirlo, pero la idea le suscitaba tal pánico que su mente no consentía franquearle el paso.

En cambio, otra idea sí consiguió colonizarle el pensamiento.

No estaría en el futuro de Alonso y Diego; no los vería crecer ni convertirse en hombres; no los vería enamorarse, casarse, tener hijos… sus nietos. No vería nada de eso y la perspectiva se le antojó mucho más terrible que la inminente cremación; tanto más terrible se le antojó que, de repente, el miedo al fuego aflojó. Sin embargo, no supuso gran consuelo, porque, aunque la reflexión mitigó el temblor de su cuerpo, le encogió el alma y entonces lágrimas tristes le anegaron el rostro.

Por su parte, Sebastián miraba al infinito brillantes las pupilas de algo parecido a… ¿esperanza? En efecto, era esperanza y se la había procurado un inciso de la sentencia.

—El tribunal inhabilita a mi descendencia para el ejercicio de cargos públicos, no a la de Margarita —musitó, aferrado a los barrotes de la jaula—. Algún día ese matiz cobrará una importancia capital.

De regreso a la grada, observó a dos alguaciles introducir un arca ensabanada de negro en la jaula.

«¡Pobre diablo!», pensó. «Estos desgraciados ni siquiera le van a permitir descansar en paz».

Quedó helado cuando el sacerdote comenzó a leer.

—Lorenzo Santiesteban, oficial en la escribanía de Sebastián Castro y natural de la villa de Madrid. Participó de forma activa en el ritual liderado por su patrón. Fallecido en prisión durante la sustanciación de la causa, comparece bajo la categoría de difunto a través de sus restos mortales. Adjetivación jurídica: hereje apóstata impenitente.

—Veredicto: culpable de apostasía judaizante. Excomunión mayor, confiscación íntegra de hacienda, condena de su fama y memoria y relajación en huesos al brazo seglar de la ley.

—¡Mi fiel Lorenzo! —murmuró Sebastián, rompiendo en llanto—. Lo lamento, amigo. Lamento que este desvarío os haya arrastrado a vos. Ruego a Dios que me conceda una pernocta en el paraíso, donde de seguro ya estáis junto a vuestra esposa, para poder excusarme como merecéis.

Entretanto, el acto seguía su curso.

Mientras los sacerdotes cantaban el Miserere, los alguaciles llevaron a los reos de sambenito amarillo frente al altar. Allí se arrodillaron y uno por uno fueron entonando la fórmula de abjuración. Al objeto de cumplimentar la diligencia, quitaron la mordaza al blasfemo, quien, con un marcado acento sureño, procedió.

—Yo, Jerónimo de las Huertas, me presento ante sus señorías, inquisidores que lo son contra la herética pravedad, autoridad apostólica y ordinaria, reconozco la verdadera y apostólica fe, abjuro y detesto y anatemizo toda herejía y apostasía que se levante contra la santa fe católica y, en especial, de la que yo he sido acusado y estoy en sospecha vehemente, y juro y prometo guardar siempre la sagrada fe en Cristo que custodia y enseña la santa madre Iglesia.

Despachado el trámite, el inquisidor general se calzó el alba litúrgica, una sotana blanca preceptiva en la administración de sacramentos, y la estola morada que los eclesiásticos lucían cuando recibían en confesión e indultaban al pecador. Luego hizo cerca de cuarenta preguntas a cada uno de los que recién abjuraban, a las que estos respondieron «sí, creo».

Satisfecho el interrogatorio, pronunció la jaculatoria de absolución al tiempo que, en señal de justicia y redención, un diácono iba tocando el hombro de los reos con un cetro.

Amnistiados de sus faltas, los de levi y vehementi encendieron las velas que les habían entregado antes de salir en procesión; después, en medio de exaltadas salmodias de aleluya, se retiró el paño negro que tapaba la Cruz Verde.

La rúbrica de abjuraciones clausuró la ceremonia. Se trataba de una formalidad sumamente importante, pues esos documentos se archivaban en el registro inquisitorial y actuarían como prueba en caso de reincidencia.

Todos firmaron rogando a Dios no encarar de nuevo el mismo envite; en particular, Jerónimo de las Huertas, que decidió cuidarse mucho de volver a criticar los avatares de la Sagrada Familia.

—¡Menudo zuzto, quillo! —farfulló mientras garabateaba el papel—. Otra guasa sobre los devaneos de la Mari con la paloma pichabrava y estos jodiosporculo me mandan al carajo pipa. A partir de ahora por mis muertos que no paso del pater noster.

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