Libelo de sangre
CAPÍTULO 15 Libelo de sangre
Página 20 de 67
CAPÍTULO 15Libelo de sangre
A los pocos días, Enrique comunicó el resultado de sus pesquisas a doña Francisca.
—Sebastián Castro es un escribano de férrea honestidad, particularidad que, al parecer, irrita a sus colegas.
—No lo comprendo —apuntó doña Francisca—. En este mundo de desfachatados, un hombre honesto se me antoja una rara avis digna de encomio, no de enojo. ¿A quién puede molestar que el prójimo se conduzca con decencia?
—A quien no se conduce con decencia, madre, y nadie ignora que la decencia no suele presidir la práctica notarial.
—Ahí te concedo la razón. Ni la decencia ni ninguna otra virtud cristiana preside la práctica de esa panda de golfos. Solo el descaro y el latrocinio. ¡Sabandijas rastreras y miserables! Me fío más de un ciego empuñando una espada que de un escribano empuñando una pluma.
—El caso es que en la Cava de San Francisco entablé parlamento con una de esas sabandijas rastreras y miserables —continuó Enrique—. Pensando que el vino abre camino, le invité a un pichel en la taberna de Celedonio, el Ciempiés, y me fingí interesado en el oficio notarial. Y acerté: el vino abrió camino. ¡Vaya si lo abrió! Al principio me aburrió entonando el habitual lamento de la cofradía fedataria relativo a la discriminación social que los escribanos padecen frente a los abogados.
»Que si «el abogado no domina suficiente derecho para sacar tanto pecho», que si «abogado no ha menester ciencia, pues igualmente recaba reverencia, mientras el escribano, colmado de experiencia, solo recibe indiferencia», que si «¡pobre escribano!, en Leyes, soberano y tratado cual gusano» y necedades del estilo, que, como encima decía en rima, resultaban aún más tediosas.
»Yo ya empezaba a bostezar cuando el sujeto se embuchó varios tientos seguidos y entonces desató la lengua. Comenzó renegando de su exiguo jornal; luego admitió engordarlo mediante lo que llamó «triviales picardías típicas del gremio», y, por último, tildó de traidores a los escribanos que rehúsan perpetrarlas sin importarles dejar en evidencia a la mayoría de sus «sufridos» compañeros de profesión.
—Así que consideran «trivial picardía» vender la fe pública al mejor postor, traidor a quien repudia esa villanía y mártires a los buitres que la cometen. No doy crédito a tamaño cinismo.
—No daréis crédito a lo que viene ahora —replicó Enrique, frotándose las manos—. Le pregunté sobre los traidores en cuestión y adivinad qué nombre escupió.
—¡No! —farfulló doña Francisca, perpleja—. ¿Sebastián Castro?
—En efecto. Lo puso como hoja de perejil y después disparó el gran arcabuzazo.
—¿Qué dijo?
—Dijo que, antes de evangelizar a la parroquia, debería evangelizarse él.
—¿Y eso qué significa?
—Se rumorea que oculta raíces conversas —expuso Enrique.
—¿Y hay verdad en esos rumores?
—Lo ignoro. Su pasado rebosa sombras. Solo conseguí averiguar que procede de la Alcarria, que se comporta cual perfecto cristiano y que se proclama un devoto de los torreznos.
—¿Devoto de los torreznos? —repitió doña Francisca en actitud suspicaz—. Un cristiano viejo no se siente obligado a proclamar devoción por la carne de cerdo. Un cristiano nuevo sí.
—Sobre todo, si ese cristiano nuevo finge su fe en Dios. De hecho, la desmesura con que nuestro amigo publicita sus pasiones porcinas suscita malicias entre los vecinos.
—No me sorprende. Pasión gritada, aversión celada.
—Tal parece ser la táctica de Sebastián Castro, pues también averigüé algo que contradice su pregonada afición a los torreznos.
—¿Qué averiguaste?
—Semanas atrás, declinó un agasajo de puerco.
—¿En serio? —exclamó doña Francisca, esbozando una sonrisa maquiavélica—. ¡Caramba! Sucesos menores activan los engranajes de la Inquisición.
—Ahí tenéis la solución a nuestras cuitas, madre. Hemos de lograr que lo acusen de judaizar.
—Hemos de lograr que lo acusen de judaizar… mucho; tanto que le condenen a morir en la hoguera. Lo necesitamos finado, no castigado a lucir sambenito. Y no se me antoja tarea sencilla. La Inquisición únicamente aplica la pena máxima en supuestos extremos.
—Yo sé la manera de fabricar un «supuesto extremo» merecedor del fuego purificador —anunció Enrique en tono triunfante.
—¿De qué se trata?
—De gestar un crimen ritual característico de los judíos y hacer que las pruebas le señalen.
—¿Te refieres a provocar un libelo de sangre? —inquirió doña Francisca, frunciendo el ceño—. ¿Esas querellas que culpan a los judíos de secuestrar a un niño cristiano, torturarlo, acopiar su sangre y luego crucificarlo?
—Exacto. ¿Conocéis el caso de Dominguito de Val, el monaguillo de la Seo de Zaragoza?
—No demasiado. Tan escabrosos avatares me turban en exceso y prefiero esquinarlos.
—Dominguito de Val era un menino de siete abriles que desapareció en el verano de 1250 y reapareció a orillas del Ebro sin cabeza ni pies. El obispo acusó a los judíos de la aljama maña de haber crucificado al crío para satirizar y escarnecer la pasión de Jesús. Arrestaron a varios y, cuando, bajo tormento, confesaron el crimen, los ajusticiaron. Luego canonizaron a Dominguito, lo invistieron patrono de los monaguillos y lo enterraron en la Seo de Zaragoza.
—Ha llovido mucho desde 1250, Enrique. ¿No te parece fábula añeja?
—No es una fábula, madre. Es el primer crimen de este tipo ocurrido en España que se imputó a los judíos. El primero, pero no el último. A partir de entonces, numerosos asesinatos de niños cristianos se han reputado rituales heréticos y siempre se ha culpado a los judíos de cometerlos.
—¿Y pretendes componer uno de esos asesinatos y endilgárselo a Sebastián Castro? —preguntó doña Francisca, escéptica—. Perdona mis recelos, hijo, pero estimo más factible sacar punta a una bola.
—Al contrario. Resulta completamente factible. Un libelo de sangre gira en torno a un crimen ritual atribuido a los judíos y Sebastián Castro se comporta como un falso cristiano que judaíza en secreto.
—Un libelo de sangre gira en torno a un crimen ritual consistente en crucificar a un párvulo, querido. ¿De veras lo ves factible?
—No precisamos un párvulo crucificado —rebatió Enrique, que llevaba la estrategia bien trazada—. Solo precisamos un cadáver infantil con visos de haber sido el triste protagonista de una liturgia judía. Un cadáver al que hayan desgajado el corazón, por ejemplo.
—¿Y de qué modo piensas implicar a Sebastián Castro en semejante barrabasada?
—Muy sencillo. Me colaré en su escribanía, esconderé el corazón y, de paso, me agenciaré el testamento original. Entonces le denunciaremos a la Inquisición. Registrarán la escribanía, encontrarán la prueba de cargo y problema solventado.
—Empezaré planteando el inconveniente menos inconveniente. Esta clase de rituales recrean la pasión y muerte de Jesús, evento inherente a la Semana Santa. Carece de sentido celebrar uno con la Navidad a la vuelta de la esquina.
—Un servidor sabe la manera de neutralizar ese detalle.
—Ilústrame, por favor.
—Antes de que aparezca el cadáver, propagaremos el rumor de que una camarilla de judaizantes sedientos de colorada cristiana se oculta en la Villa. Un comentario en los mentideros y el boca a boca comenzará a funcionar. Cuando Madrid tiemble de miedo… ¡zas! Hallarán los restos de un niño sin corazón. Todos lo atribuirán a un ceremonial hereje propio de los judíos sea Navidad, Semana Santa o Santiago el Verde. Se organizará tal revuelo que nadie prestará mientes al calendario.
—Me convence. Vayamos ahora al nudo gordiano del asunto. ¿De dónde diantres sacarás un corazón pituso y, a la postre, un pituso sin corazón?
—Tranquila —contestó Enrique en tono misterioso—. Me las apañaré.
—¿Y eso qué significa? —saltó doña Francisca, asustada—. No estarás planeando matar a una criatura, ¿cierto?
—¿Por quién me tomáis, madre? Claro que no estoy planeando matar a ninguna criatura, pero no se me antoja complicado recabar el cadáver de una. Las calles rebosan indigentes y, con estos fríos, caen como moscas.
—También necesitas el corazón. ¿Tampoco se te antoja complicado extirpar el corazón a un difunto?
—Complicado o no, habré de enfrentar el envite —se impacientó Enrique—. Si queremos el corazón de un difunto, debemos echarle redaños. ¿O acaso pretendéis que le pida la merced a un galeno?
—Lo que pretendo es que tuesten al notario, no a ti —espetó doña Francisca, airada—. Atempera, pues, el sarcasmo, porque ni procede ni resulta gracioso. Temo tus borricadas más que las ovejas al lobo y, considerando la larga ristra que lamentablemente coleccionas, no creo exagerar cuando exacerbo mis temores.
—En esta intriga os garantizo que vuestros temores adolecen de fundamento. Sosegaos, os lo ruego. Os prometo que extremaré las precauciones.
—No puedo sosegarme, hijo. Me parece una componenda disparatada y muy arriesgada. ¿Y si te sorprenden en la escribanía con un corazón en las manos? De cazarte robando papeles a cazarte portando tamaña monstruosidad media un abismo.
—No me sorprenderán. Lo ocultaré presto, buscaré el testamento y marcharé. Tardaré el guiño de un loco.
—En verdad no has de tardar —cedió doña Francisca en ademán pensativo—. El testamento recién se otorga y los escribanos suelen acumular bastantes escrituras antes de protocolizarlas. Revisa el puesto del oficial. Como ellos se encargan de tal menester, siempre tienen una pila de documentos pendientes de protocolizar encima de sus bufetes. De seguro el bufete del oficial de Castro alberga esa pila de documentos y apuesto la diestra a que el testamento está ahí.
—De acuerdo. Me centraré en los dominios del oficial.
—En cuanto al corazón, rocíalo con aguardiente y sal; luego envuélvelo en un paño de lino. Así evitarás que se pudra y que el hedor alerte al notario.
—¿Cómo sabéis eso? —preguntó Enrique, admirado.
—Los egipcios elaboraban sus momias de guisa similar. Aunque añadían resina y otras cosas, en lo que nos trae, la sal y el aguardiente serán suficientes. Dime: ¿cuándo actuarás?
—Esta misma madrugada. No deseo demorarlo.
—Que Dios te proteja, entonces —suspiró doña Francisca—. Y que también proteja a Sebastián Castro. Siento el destino que se le avecina, pues en nada nos ha ofendido, pero de ninguna manera permitiré que un bastardo viva entre algodones a costa de mi fortuna. Caiga quien caiga, ¡no lo permitiré!
La lóbrega noche intimidaba. El frío era glacial, las heladas ráfagas de viento no daban tregua y una tormenta de nieve principiaba.
Más achantado por su espeluznante misión que por las inclemencias del tiempo, Enrique enfiló el camino del Molino Quemado.
Solo le tranquilizaba saberse una silueta inidentificable y en verdad tal parecía, porque, arrebujado en una capa de albornoz impermeable, oculto el rostro bajo un sombrero de ala ancha, las manos enguantadas y embozado con un papahígo, únicamente se le distinguían los ojos.
Aunque el sendero lucía desierto, creyó prudente prescindir de alumbrado y emplear el sentido de la orientación, precaución que le obligaba a cabalgar muy despacio.
Al llegar, continuó gastando cautela y, antes de aliviar las tinieblas, inspeccionó los alrededores. Tras lo ocurrido la última vez, no quería arriesgarse a encontrar testigos sorpresa y verse forzado a sumar otro difunto a su ya nutrido surtido de víctimas.
Cuando se cercioró de la soledad del lugar, encendió la luz y la dirigió a la zanja donde, semienterrados en barro escarchado, estaban Mateo y Candela.
Extrajo una soga del zurrón, ató un cabo al árbol más cercano y se rodeó la cintura con el cabo contrario. Apagó el farol, descendió y, en cuanto pisó el fondo, volvió a prender la vela.
Encarar los cadáveres le supuso un estremecimiento del que tardó en recobrarse porque, como las bajas temperaturas habían impedido su descomposición, en un primer momento se le antojaron vivos. Las pupilas desorbitadas de Candela lo escrutaban clamando venganza y la herida de Mateo todavía parecía sangrar.
—¡Todos los demonios del infierno se traguen a mi padre! —masculló, amedrentado—. Por culpa de sus mentecatadas me veo en tan dantesco lance.
Si bien extrañaba a Márquez, había resuelto no involucrarle en la excursión. Los trapos sucios de la familia se lavaban en casa y, en apestando aquellos trapos, estimó oportuno abordar la tarea en privado.
Se agachó al lado de Mateo e, inspirando hondo, le clavó un cuchillo en el pecho, diseccionó la carne congelada, cortó los lazos que unían el corazón al cuerpo y lo extirpó.
Al palpar el viscoso tacto, le sobrevino una arcada y a punto estuvo de vomitar. Temiendo desfallecer, se concentró en la momificación. Roció el corazón con aguardiente, le echó sal, lo embaló en un paño de lino y lo metió en el zurrón.
Ansiando largarse, soterró los cadáveres de nuevo, trepó a la superficie, montó el caballo y lo espoleó.
De regreso a la Villa, atravesó San Bernardo, cruzó la plazuela de Santo Domingo y callejeó hasta San Nicolás. Empeñado en no relajar las medidas de precaución, amarró el rocín a una reja y recorrió a pie la distancia que le separaba de la escribanía de Sebastián. Allí manipuló la cerradura con un alambre y, luego de varios tanteos, el pestillo cedió.
En el interior atrancó la puerta, encendió el farol, se quitó los guantes para poder maniobrar mejor y miró en derredor buscando un lugar donde esconder el corazón.
Abrió la librería y, en la balda inferior de un lateral, vio una montaña de legajos cubierta por un grueso manto de polvo que revelaba abandono. La sacó, introdujo el hatillo hasta el fondo y lo recolocó todo.
Se dedicó entonces al testamento. Como adelantó doña Francisca, un montón de escrituras se apilaban en el bufete del oficial. Empezó a examinarlas y, de repente, esbozó una sonrisa.
—Don Pelayo Valcárcel de Lozoya y Torrejón otorga última voluntad. ¡Lo tengo!
Se guardó el documento, ordenó los expedientes y ya partía cuando unas voces en el exterior le detuvieron.
Aterrado, escuchó el ruido de una llave en la cerradura. La puerta se abrió y un rayo de luz se dibujó en el suelo.
Rápidamente, sopló la vela del farol, corrió a la ventana y, esquivando la mesa cantarera instalada justo debajo de esta, se ocultó tras la cortina de terciopelo.
Entre el susto, el espesor de la cortina y que no se había desembozado, apenas podía respirar. Encima, rompió a sudar y estrías húmedas le cosquillearon la nariz amenazando con provocarle un estornudo. Medio asfixiado, notando inminente el estornudo y temiendo sufrir un ataque de pánico si no se controlaba, se conminó a reprimir temblores, sofocos, estornudos o cualquier menester humano capaz de delatarle. Después inhaló el escaso aire que le permitían embozo y cortina, apretó los párpados y anquilosó todo el cuerpo hasta dejarlo petrificado.
—Esto supera lo razonable, señor alcalde —oyó protestar al recién llegado—. Os he asistido en tres rondas nocturnas esta semana mientras vuestro escribano del crimen anda de taberna en taberna adorando a Baco.
—No se me escapa, don Sebastián, y os lo agradezco infinito —respondió otro hombre desde la calle.
—No deseo gratitudes, don Luis. Deseo que zanjéis esta enojosa situación de una vez y normalicéis las cosas. ¿No comprendéis que, aparte de ponerme a mí en un envite harto comprometido, también vuesa merced queda en evidencia? Tanta condescendencia molestará al resto de escribanos del crimen. ¿Por qué a él se le consienten estos desmanes y a los demás no?
—El resto de los escribanos del crimen entienden lo excepcional de la coyuntura y no se molestarán.
—Lo excepcional es que un escribano del número certifique actas de ronda —replicó Sebastián—. Esa tarea compete a los del crimen.
—Irregularidad que ya me he ocupado de subsanar. He emitido una habilitación especial en favor de vuesa merced que os legitima a acompañarnos en las rondas.
—En lugar de asignarme facultades ajenas a mi oficio, estimo más eficiente cantarle las cuarenta al responsable de ejercerlas.
—Haceos cargo, bachiller. El pobre acaba de perder a su esposa e hijos.
—Lo sé y lo lamento, pero, en tal caso, sugiero que le busquéis un reemplazo.
—De momento, considero cristiano concederle un tiempo para recuperarse de tamaña calamidad. ¿No queréis contribuir a la causa?
—De acuerdo —accedió Sebastián, resignado—. Contribuiré a la causa. Prometedme, no obstante, que, de alargarse la tesitura, os plantearéis una alternativa.
—Tenéis mi palabra de alcalde. Ahora nos retiramos. ¿Deseáis que una pareja de alguaciles os escolte a casa?
—No, gracias. Pretendo redactar la fe de ronda antes de que se me olviden las intervenciones realizadas. Los años no perdonan, don Luis. Ensanchan el talle y estrechan la memoria. Mañana temprano os mandaré un criado con el informe; así podréis adjuntarlo al acta de la audiencia matinal de alcaldes.
—¡Magnífico! El Consejo de Castilla nos exige puntualidad en la remisión de las fes de ronda y pocas son las oportunidades que tenemos de cumplir. ¿Seguro que no necesitáis custodia? Es peligroso trasegar las calles de madrugada, amén de que la tormenta arrecia.
—Precisamente porque la tormenta arrecia, no creo que nadie trasiegue las calles, salvo un servidor.
—Como gustéis. Aprecio vuestra comprensión, bachiller. Gracias de nuevo.
—Dadas las circunstancias, no se merecen. Que descanséis, don Luis.
Sebastián cerró la puerta, se quitó la capa, iluminó la estancia, se acomodó en el frailero y se dispuso a trabajar.
Tras la cortina, Enrique no se atrevía ni a parpadear. Aunque parecía una estatua, su mente funcionaba a un ritmo frenético tratando de hallar una forma de escapar, pero no se le ocurría nada. Mientras, su condición humana pugnaba por emerger y cada vez le costaba más permanecer quieto. O hacía algo, o le sorprenderían en flagrante delito.
De pronto, un golpe de viento en la ventana le sobresaltó y soltó una exclamación involuntaria. Sebastián alzó el rostro al instante.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, levantándose y dirigiéndose al lugar del ruido.
Viendo que, o se lanzaba, o le descubrirían, Enrique no lo dudó. Apartó la cortina, embistió a Sebastián y le asestó un violento puñetazo en la cabeza con la mano donde lucía el zafiro.
El fulgurante destello azul cegó los ojos semiinconscientes de Sebastián y, antes de desmayarse, pensó cuán familiar le resultaba aquel brillo.
Ajeno al detalle del anillo y creyendo que, al haber aguantado embozado, Sebastián no podría identificarle, Enrique huyó felicitándose por su capacidad de resistencia.
En la calle le recibió una furiosa tempestad de nieve, pero, lejos de molestarle, incluso la bendijo. Luego de tomar una enorme bocanada de aire que dio solaz a sus ahogados pulmones, corrió en busca del caballo y se encaminó a casa.
Al llegar a su alcoba, se desplomó sobre el lecho.
—Misión cumplida —susurró, satisfecho—. El libelo de sangre está en marcha.