Libelo de sangre

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CAPÍTULO 16 Veneno para el traidor

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CAPÍTULO 16Veneno para el traidor

—¡Santo Dios, patrón! —exclamó Lorenzo, poniendo un paño húmedo en la frente de Sebastián—. ¡Qué susto! ¡Entrar y encontraros desmadejado en el suelo! Creí que estabais…

—Estoy bien, amigo —cortó Sebastián, todavía aturdido—. Solo me duele la cabeza.

—No comprendo la bondad de asaltar una escribanía. Aquí no hay cuartos ni género de interés.

—Hay libros y enseres valiosos, Lorenzo. Entre proveedores y clientela, mucho gato frecuenta este sitio. Alguno nos habrá visitado de día y, en oliendo sardina, ha decidido regresar a hora lechucera. ¿Habéis comprobado si falta algo?

—Nada falta. Pillasteis al gato en medio de la gatada y le obligasteis a esfumarse sin sardina. ¿De veras no atisbasteis ningún rasgo que ayude a identificarle? ¿Alto? ¿Menguado? ¿Rubio? ¿Moreno?

—No le atisbé ni la sombra —masculló Sebastián—. Iba completamente embozado. Además, todo sucedió en un pestañeo. Escuché un grito tras las cortinas y, al acercarme, se abalanzó sobre mí, me golpeó y me desvanecí. Recuerdo, no obstante, que un destello me deslumbró. Me resultó familiar, pero no consigo adivinar el motivo.

—Natural que andéis atochado, patrón. Ese rufián os sacudió una turronada de padre y muy señor mío. Cuando descanséis, aclararéis las ideas. Ahora vayamos a reportar a los alguaciles de lo acontecido.

—No reportaré a los alguaciles, Lorenzo. La criminalidad arrecia en la Villa y mis rondas nocturnas tienen a Margarita en un ay. Si se entera de este episodio, redoblará su desazón y prefiero ahorrarle pesares.

—¿Acaso el mamporro os ha afectado el oremus? Debéis denunciarlo. ¡Han atacado a un escribano del número en su propia escribanía! ¡Es el colmo!

—Las autoridades están volcadas en la búsqueda de la zagala desaparecida. El caso ha soliviantado tanto a la gente que incluso temen un levantamiento popular. Necesitarán echar bota y merienda para amainar la tormenta y no pienso interrumpir su tarea por un chichón sin secuelas. Olvidémoslo y os lo ruego: ni una palabra a Margarita.

—Lo estimo un error, don Sebastián, pero allá cuidados. Y mentando a vuestra esposa, la presumo inquieta. No os ha visto desde ayer.

—Conoce mi manía de trabajar después de una ronda. No obstante, enviad un mozo a darle razones. Nosotros iremos a la Plaza Mayor. Os convido a un letuario con aguardiente.

Camino de la pitanza, Lorenzo inició una agradable plática a la que Sebastián atendía solo en apariencia porque, en realidad, intentaba discernir de qué le sonaba el destello que le deslumbró durante la agresión.

Arrellanada en los cojines de su estrado de cumplimiento, doña Francisca aguardaba a las damas invitadas al agasajo que gustaba de ofrecer a sus amistades una tarde a la semana.

El estrado, ubicado al fondo de un salón, estaba delimitado por una balaustrada de madera. Una alfombra turca cubría la superficie, recios tapices revestían las dos paredes que ocupaba y un braserillo de plata caldeaba el ambiente.

Doña Francisca se distraía bordando un palio que donaría al colegio de Santo Tomás en observancia de las instrucciones moralistas que recomendaban a las mujeres distinguidas mostrar devoción cristiana tejiendo avíos para engalanar los lares del Altísimo.

Entre puntada y puntada, masticaba trocitos de búcaro.

Esta costumbre de las ilustres españolas consistente en comer barro pasmaba a las foráneas.

Según las españolas, blanqueaba la tez y, como una tez blanca se consideraba sinónimo de belleza e hidalguía, todas lo integraban en su alimentación cotidiana. Sin embargo, las foráneas no veían una tez blanca, sino de un extraño tono amarillento. Y no disparataban porque el barro obstruía los conductos biliares e intestinales originando un trastorno denominado opilación, uno de cuyos síntomas era, en efecto, la ictericia cutánea.

Aparte de blanquear la tez, o eso pensaban las féminas patrias, el consumo de barro tenía dos propiedades adicionales muy interesantes. De un lado, sumía cuerpo y mente en una relajación tan placentera que incluso generaba adicción y, de otro lado, eliminaba el flujo menstrual, circunstancia que permitía devaneos exentos de consecuencias.

Así, ya fuera para armiñar la piel, para flotar en un vergel o para evitar al churumbel, las españolas ingerían barro a diario.

Los búcaros más codiciados procedían de Badajoz o de la ciudad portuguesa de Estremoz y el súmmum de la exquisitez venía de las Indias; concretamente de Chihuahua, Méjico.

Y, en habiendo diferencias sociales también en la degustación de tierra, las damas de insultante solvencia demandaban remesas enteras de búcaros mejicanos, las de solvencia moderada adquirían los lusitanos o los extremeños y las de bolsillo renqueante se conformaban con calidades inferiores.

De mejor o peor jaez, ninguna pasaba una jornada sin su apetitosa ración de barro y tal nivel alcanzó la obsesión que los confesores adoptaron la costumbre de imponer a sus feligresas la restricción temporal de la golosina como penitencia purgadora de pecados, pues habían comprobado que el miedo a esa abstinencia superaba al de la excomunión[37].

Doña Francisca tragaba el último pedazo de búcaro mejicano cuando Enrique asomó.

—Madre, ¿qué le sucede a padre? —inquirió, accediendo al estrado sin recabar la preceptiva licencia y apoyándose en la barandilla—. Recién me comunican que yace en cama.

—¿Te parece cortés irrumpir así en mi estrado? —recriminó doña Francisca, airada.

—No esquinéis la pregunta y contestad. ¿Qué mal arrastra padre? Hace unos días rebosaba salud y hoy agoniza.

—Sal de mi estrado. No te he autorizado a entrar.

—Exijo una respuesta, madre.

—Y yo exijo respeto a mis predios. ¡Sal de mi estrado!

Soltando una imprecación, Enrique abandonó el territorio femenino y se sentó en una jamuga.

—Ya estoy fuera de vuestros predios. Ahora desembuchad. ¿Qué le habéis hecho a padre?

—¿Yo? —exclamó doña Francisca, abriendo unos ojos inocentes—. ¿Qué le podría hacer yo si no lo he visto desde que nos anunció sus magníficos planes de futuro?

—No os creo, madre. Dijisteis textualmente: «me encargaré de ese cretino» y, justo después, el cretino en cuestión enferma. Percibo vuestra mano en tan súbita indisposición, de modo que os lo preguntaré sin ambages: ¿le habéis envenenado?

—¿Que si le he…? ¿Cómo osas acusarme de tamaña animalada? El cretino en cuestión sufre calentura, nada insólito en mitad de un invierno gélido. Quizá las fiebres ya lo acompañaban antes de tu cumpleaños y de ahí sus desatinos.

—Pensé que compartíamos bando en este pleito, pero, al parecer, me equivocaba —suspiró Enrique, levantándose y dirigiéndose a la puerta—. Así las cosas, reservaré mis novedades para oídos menos cínicos. Disfrutad la tarde.

—¡Ni se te ocurra dejarme a nube incierta! ¿Qué novedades traes?

—Confesad y os las contaré.

—De acuerdo, lo confieso —declaró doña Francisca en el tono indolente de quien admite haber cometido una trastada anodina—. Le he envenenado. A veces un veneno neutraliza otro veneno y considero la presente una de esas veces.

—¿De qué veneno hablamos? —preguntó Enrique con idéntica indolencia.

—Cianuro. Tu padre acostumbra a tomar un licor de almendras antes de acostarse y, como lo hace prescindiendo del empleado responsable de la cata previa, he aprovechado hábito e imprudencia para verter en la frasca el veneno que precisamente sabe a eso: a almendra amarga. En consecuencia, ha ingerido un poquito cada noche.

—¿Morirá?

—Tal espero —replicó doña Francisca, encogiéndose de hombros—. ¿Acaso le llorarás?

—Antes de derramar una sola lágrima por ese desgraciado, me arranco los ojos —masculló Enrique, envarado—. No obstante, estimo precipitado vuestro proceder. Padre debe fallecer al mismo tiempo que el escribano. Si fallece antes, el escribano ejecutará el auténtico testamento y, si el escribano se le adelanta, padre acudirá a otro escribano.

—Tranquilízate. Las dosis de cianuro que he utilizado únicamente alcanzan a postrarle e impedir que cometa más estolideces. Recibirá la definitiva en cuanto el escribano caiga.

—Muy inteligente, madre. Nunca me defraudáis.

—Me consta —sonrió doña Francisca, satisfecha—. También he averiguado que don Froilán Giraldo ignora la existencia de un segundo testamento. No erraba, pues, al barruntarme que Sebastián Castro todavía no ha cursado la notificación. En conclusión, querido, yo he cumplido mi parte del trabajo. ¿Puedes afirmar lo mismo?

—Puedo —expuso Enrique, tendiéndole un legajo.

—¡Por todos los misterios del santo rosario! —exclamó doña Francisca, hojeándolo—. ¡Has conseguido el original! ¡Estupendo, hijo! Lo quemaré esta noche. ¿Y el libelo de sangre? ¿Está en marcha?

—En marcha y caminando a paso ligero. Sebastián Castro ya dispone de un corazón pituso en su escribanía.

—Prefiero no preguntar de dónde diantres has sacado semejante cosa.

—Solo os participaré un detalle para que luego no os sorprendáis. La víctima del crimen ritual aparecerá junto al cadáver de Candela Bouza.

—¡Jesús, María y José! —saltó doña Francisca, santiguándose—. ¡No andarás involucrado en ese asunto! Recuerdo que te ausentaste de la fiesta y regresaste al final.

—¡Qué majadería, madre! Yo no me involucro en las cuitas de la chusma. Ya os referí que aquella noche estuve regalando pasiones a una invitada.

—Entonces, ¿por qué manejas tanta información sobre la Bouza?

—Porque, buscando un lugar donde esconder al zagal, encontré sus restos en una zanja y, aprovechando la tesitura, lo tiré ahí.

—Ahórrame los matices —pidió doña Francisca, convencida de que Enrique mentía—. No deseo conocerlos. Gracias al cielo, las autoridades han desvinculado a los Valcárcel de la desaparición de esa moza. Continuemos. ¿Qué sigue ahora?

—Propagaré el chisme de que una peligrosa secta judía se oculta en Madrid y, cuando la Villa tiemble de miedo, remitiré un anónimo a la Sala de Alcaldes de Casa y Corte indicando el emplazamiento del menino finado. Incluso podríamos rentabilizar el hallazgo de la criada y, en lugar de revelar el paradero de un zarrapastroso que a nadie importa, revelar el suyo. El percance de la Bouza ha soliviantado a la gente y, si el anónimo alude a ella, los alcaldes aligerarán.

—¿Cómo lograremos que registren las propiedades de Sebastián Castro?

—Pensaba enviar otro anónimo al Santo Oficio sugiriendo que procedan con ese registro.

—Demasiados anónimos, Enrique. Hemos de conseguir que el registro se efectúe a raíz de una denuncia.

—Denunciémosle nosotros, entonces. Padre y vuesa merced sois familiares del Santo Oficio.

—¡Ni hablar! Si van a encontrar a Candela Bouza junto al mocoso, mejor que el nombre Valcárcel no asome. La denuncia no debe partir de esta casa.

—En tal caso, relacionaré al escribano con la secta judía invocando los rumores de su pasado converso y cuestionando su credo cristiano. De este modo, en cuanto localicen los cadáveres y determinen que se ha perpetrado un sacrificio litúrgico, todos recelarán de él. Algún vecino le denunciará o quizá la Santa lo arreste sin necesidad de denuncia. Ya veremos. De momento, mañana comenzaré la ruta de los mentideros. Mientras, mantened a padre enfermo pero vivo.

—Pierde cuidado. El traidor expirará cuando yo decida. Ni antes ni después.

La entrada de varias doncellas interrumpió la conversación. Portaban bandejas con humeantes chocolateras, jícaras de porcelana y surtidos de hojaldres, buñuelos, panes dulces y confituras.

Tras ellas, aparecieron cuatro damas arrebozadas que rodearon a Enrique lanzándole lánguidas miradas bajo el manto.

—Queridas, habréis de excusar a mi hijo, pero sus obligaciones de heredero le requieren y ha de abandonarnos —dijo doña Francisca, acudiendo al rescate—. Subid a mi estrado y degustemos este delicioso chocolate de Guajaca recién labrado.

Dedicando una sonrisa agradecida a su madre, Enrique salió a escape.

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