Libelo de sangre

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CAPÍTULO 17 Mentiras en el mentidero

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CAPÍTULO 17Mentiras en el mentidero

Las Gradas de San Felipe eran el principal mentidero de la Villa.

Paritorio de rumores, cuartel general del comadreo y camposanto de secretos, todo suceso digno de atención se ventilaba allí.

Su apelativo aludía a las gradas del convento de San Felipe el Real, residencia de los monjes agustinos calzados y sagrado lugar que, pese a derrochar austeridad, mesura y humildad, se ubicaba al inicio de la calle Mayor, la vía menos austera, mesurada y humilde de la ciudad.

Para sortear la pronunciada inclinación del terreno, el complejo se había construido en lo alto de un entarimado que se unía a la calzada mediante la escalinata o gradas que acogían y daban nombre al mentidero. En el centro del entarimado se erigía el convento y alrededor de este se extendía la denominada lonja de San Felipe, una gran explanada delimitada por una barandilla de hierro que servía de apoyo a los habituales e impedía caídas[38].

El entarimado, hueco en el interior y adosado a robustas pilastras, alojaba un conjunto de tiendecillas llamadas covachuelas de San Felipe, las cuales, salvo escasas excepciones, agrupaban tres tipos de comercio: bazares, bodegones y librerías.

Los bazares despachaban juguetes y otras cosas.

Entre peonzas, canicas, soldados de trapo, figuritas talladas, espadas de madera, muñecas, boliches y aros, emergían cacharros de cocina, afeites femeninos, ajuares domésticos, armas, utillaje de oración como rosarios, estampitas y crucifijos o de expiación como cilicios, cadenas y látigos.

El género nadaba en variedad y los tenderos procuraban colocarlo sí o sí. Talento no les faltaba, imaginación les sobraba y el descaro lo llevaban en la sangre.

Al grito de «tengo el increíble exprimidor de melones, el que extrae jugo de todos los rincones», se afanaban en vender un artículo de difícil expedición: el cilicio. Según ellos, al ajustarlo en un melón, los pinchos lo agujereaban y el zumo brotaba.

Aunque unos cuantos ingenuos mordían el anzuelo, la mayoría les espetaba que apeasen las sandeces o «les meterían el exprimidor de melones por sus recónditas habitaciones». El gremio soltaba entonces un irritante «quien no arriesga huevos no saca pollo, maese», a lo que el maese replicaba con un inquietante «quien trata de estúpido al personal se arriesga a quedarse sin huevos… y sin la hembra del pollo».

Los bodegones ofrecían vino agrio y una vianda muy popular en Madrid: las empanadas de carne picada. No se especificaba de qué animal procedía la carne picada y la cautela recomendaba abstenerse de preguntar porque las alternativas eran gato, rata, pájaro, perro sarnoso, alimañas putrefactas y algunos incluso insinuaban que los ahorcados en la Plaza Mayor no llegaban íntegros al cementerio. En realidad, no merecía la pena intentar discernir la materia prima de las benditas empanadas, pues llevaban tanta pimienta que desentrañar el misterio rozaba la quimera; no obstante, el irrisorio precio del producto tampoco invitaba a fabular ambrosías.

Las librerías, sin embargo, sí atesoraban buena fama. Gozaba de especial predicamento la de Antonio Mancelli, cartógrafo vendedor de mapas y globos terráqueos que distraía a los paisanos narrándoles sus exóticos viajes. En esos días el hombre trabajaba en un plano de la Villa; aunque los vecinos le tildaban de chalado, él no echaba cuentas porque intuía que, andando los siglos, el mundo querría conocer el trazado de aquel Madrid[39].

Las covachuelas tenían tal afluencia de público que entrar en ellas demandaba una labor ímproba y no siempre se triunfaba en el empeño. Encima, la gente acostumbraba a estacionar los vehículos en total anarquía sin importarles trabar la salida del vehículo aparcado detrás, el acceso a una tienda o el tránsito urbano, desgobierno que naturalmente propiciaba constantes rifirrafes.

Los conductores de carruajes se disputaban el mejor sitio a fustazos; los fustados replicaban con iguales bríos; el resto jaleaba la tarascada; los silleteros encajaban las sillas de manos en exiguos recodos, y los escuderos la emprendían contra el dueño del jamelgo que recién aliviaba el intestino a los pies de la litera impidiendo a su patrón montarse sin pisar el lastre. Y, mientras los unos increpaban a los otros, los tenderos increpaban a todos ordenándoles desbloquear la entrada a sus locales.

En las Gradas de San Felipe se congregaban los seis estamentos sociales: indigentes, militares, clérigos, comerciantes, notables y pueblo llano. Los seis comparecían a diario y los seis lo hacían a la misma hora: a las once de la mañana.

Indigentes y militares asomaban al alimón. Los indigentes, hambrientos de pan y empeñados en vivir, se alineaban frente al templo; los militares, sedientos de guerra y empeñados en morir, frente a un bufetillo enclavado en un lateral de la lonja.

De repente, las puertas parroquiales se abrían y salía el clero personificado en una pareja de frailes que portaba una olla. Era la sopaboba y reclutaba menesterosos. Al tiempo, una pareja de oficiales se acomodaba tras el bufetillo y empezaba a preguntar nombres. Era el alistamiento y reclutaba soldados.

Arribaban entonces los comerciantes en forma de libreros que, a falta de local en las covachuelas, acampaban en la lonja. La mayoría instalaba un modesto cajón; algunos, un señor tenderete, y los privilegiados se agenciaban un palio que los guarecía de las inclemencias climatológicas. En realidad, la infraestructura no importaba porque, ya fuera un cajón de pobretón, un tenderete de don o un palio de relumbrón, ninguno adolecía de lo esencial: literatura.

En incesante goteo, iban llegando los dos últimos estamentos. De un lado, los notables, principales consumidores de la palabra escrita, pues solo ellos sabían leerla y solo ellos podían comprarla; de otro lado, el pueblo llano, más aficionado a la palabra hablada. No había que descifrarla, era gratis y satisfacía una necesidad igual de vital que la del comer: comadrear.

Y es que a eso se acudía a las Gradas de San Felipe: a comadrear, bien difundiendo noticias, bien recabándolas.

Las noticias, difundidas o recabadas, solían consistir en una opinión; a veces en un rumor, y casi siempre en lo que daba sentido a un mentidero: una mentira.

Todos lo sabían y a todos divertía, porque allí cabía cualquier coyuntura. Lo que existía se comentaba, lo que no existía se inventaba, lo que agonizaba se resucitaba, lo que se resistía a morir se remataba y lo que se resistía a nacer se paría a empujones.

En definitiva, quien quisiera gestar un chisme, únicamente debía plantarse en las Gradas, lanzar un barrunto al aire y aguardar a que mudase a certeza, mudanza que, tarde o temprano, acontecía.

La frenética actividad de las once terminaba a las doce, hora del Ángelus. En cuanto las campanas emplazaban al rezo, la gente interrumpía cualquier actividad, oraba en silencio y después marchaba a almorzar.

En el lugar solo quedaban la comunidad religiosa de San Felipe y otra comunidad menos casta. Se ubicaba frente al convento, junto al callejón de la Duda, y la componían las empleadas de la mancebía más famosa de la Villa: las Soleras[40].

La mancebía de las Soleras comenzó a funcionar en época del Segundo Felipe bajo un nombre tan ilustrativo como de cuestionable originalidad. Se llamaba Casa de la Putería.

Al Rey le llovían quejas de los frailes de San Felipe, según los cuales no se concebía tamaña caverna de concupiscencia frente a los feudos de Dios ni tampoco en mitad del camino entre el Alcázar y dos monasterios muy visitados por los monarcas: Nuestra Señora de Atocha y San Jerónimo el Real.

El argumento de burdel frente a convento no triunfó, pues, nadando Madrid en conventos, pretender la supresión de vecindades enojosas rozaba la utopía. Sin embargo, la mención de un burdel interpuesto en la ruta real hacia el Altísimo sí cuajó y, a resultas de ello, el soberano decretó su traslado a una calle cercana a la Puerta del Sol.

Los propietarios del lupanar amortiguaron los inconvenientes del éxodo valiéndose de dos maniobras empresariales.

Primero desterraron el título de Casa de la Putería y pergeñaron uno de mayor empaque: las Soleras.

Después decidieron divulgar sus servicios y no se les ocurrió mejor idea que usar la talla de una virgen desaparecida hacía tiempo de una ermita toledana. Le serraron los brazos, la maquillaron, le endilgaron el medio manto típico de las prostitutas y la instalaron en un balcón del inmueble. A continuación, contrataron a un enano, lo ocultaron tras la figura y le mandaron tocar un violín o mover los brazos de guisa sugerente invitando a los varones a entrar de forma que, desde abajo, la figura parecía tener vida propia.

Como nadie antes había osado publicitar lujuria de modo explícito, el boca a boca se precipitó y, al poco, la ciudad entera ya sabía que la Casa de la Putería se había mudado, que ahora se llamaba las Soleras y que una meretriz incitaba a pecar contoneándose en un mirador.

El negocio prosperó de fulgurante suerte hasta que unos monjes vieron a la supuesta meretriz, la reconocieron y, escandalizados, pusieron el grito en el cielo y el asunto, en manos de la Inquisición.

Esta sancionó muy severamente a los dueños, quemó al enano y clausuró la mancebía, clausura que afectó sobremanera a los frailes de San Felipe, pues volvieron a padecer la vecindad del burdel cuando este regresó a su antiguo emplazamiento portando, amén de su ya célebre alias de las Soleras, una clientela superior a la primitiva.

De un lado, el Concejo desagravió a la virgen ultrajada otorgándole la dignidad de Nuestra Señora de Madrid y enclavándola en la capilla del Hospital General.

De otro lado, la Inquisición ordenó derribar la vivienda cuna de la aberración y erigir un convento en el solar. Y, en efecto, se erigió un convento, se puso bajo la advocación de san Dámaso y, en compensación a las tierras víctimas del robo mariano, se cedió a los carmelitas calzados de Toledo.

Esta nueva casa de Dios no tardó en sufrir la afición bautismal de los madrileños, quienes, obviando a san Dámaso, se inspiraron en los carmelitas para nombrar al convento y a la calle donde este estaba. Así surgieron el convento de Nuestra Señora del Carmen y la calle del Carmen[41].

Próximo a las Soleras se ubicaba el palacio de Oñate, morada de don Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana y correo mayor del Reino, y, colindante a él, se alzaba la residencia del licenciado Melchor de Molina, consejero de la Cámara de Castilla. Una de las fachadas de este edificio daba a la Puerta del Sol y exhibía una torrecilla que los lugareños, en un alarde superlativo de creatividad, llamaban Torrecilla de la Puerta del Sol[42].

Considerando la extensa población divina y humana que solía atestar el recinto de la Puerta del Sol, vivir en una casa cuyas ventanas lo encaraban no era una experiencia aburrida.

La población divina abundaba. Nada menos que tres iglesias demarcaban la explanada: San Felipe el Real, Nuestra Señora de la Victoria y Nuestra Señora del Buen Suceso, esta última afincada en el Hospital Real de Corte, popularmente denominado del Buen Suceso.

Aledaña a la iglesia del Buen Suceso, se asentaba la fuente del Buen Suceso. En ese momento la estaban remodelando, pero, cuando finalizasen las obras, luciría regia y, en opinión del Concejo, «digna de la grandeza de esta Corte». Incluso la coronaría una blanquísima escultura de Venus que traería desde Italia el prestigioso marchante de arte Ludovico Turqui[43].

La población humana también abundaba y lo hacía en forma de comercio. Los cajones de carne y verdura se apostaban a la vera del Buen Suceso y los de fruta, en un costado de la Victoria, estratégicos emplazamientos que no salían gratis, pues ambos templos exigían una tasa en concepto de cesión de espacio.

Los vendedores ambulantes preferían faenar como indicaba el título de su oficio: deambulando; así no tenían que pagar ni tasas municipales ni tasas clericales y, de escasear los ingresos, podían mudarse a zonas mejores.

Su género variaba según el oficio. Los ropavejeros ofrecían prendas de segunda mano… o tercera o cuarta… o quinta; los quincalleros despachaban artefactos metálicos cuya utilidad solo sabían ellos y, si no la sabían, se la inventaban; las barateras distribuían bagatelas; los buhoneros, más bagatelas; las abridoras de cuellos almidonaban lechuguillas a precios arrastrados, y los zapateros de viejo apedazaban calzado despedazado.

Todos voceaban las bondades de su empresa ojo avizor porque, como la venta itinerante estaba prohibida en Madrid, en cuanto asomaba algún varado, agarraban portante y emprendían la huida.

A los mercaderes, fijos o móviles, se sumaban otros gremios. Los pintores exponían sus cuadros en los muros de la Victoria, los predicadores advertían que Lucifer acechaba, los alquimistas aseguraban extraer oro del barro, los quirománticos prometían brillantes futuros, los pícaros sisaban monedas y los mendigos las rogaban.

En medio de semejante turba emergían borricos o bateas de aguadores, albañiles que apencaban en la reforma de la fuente del Buen Suceso, ancianos en literas, damas en sillas de manos, galanes requebrándolas, escuderos apartándolos y dueñas increpándolos.

En ocasiones, aquel mundo bullangero y desenfadado se teñía de solemnidad al paso de los hombres del Rey. Se dirigían al Alcázar rezumantes de tronío y seguidos de pajes de bolsa, criados encargados de llevarles los documentos. Tras ellos caminaban lechuguinos aspirantes a excelencias similares. No rezumaban tronío, pero sí los seguía una segunda categoría de «pajes de bolsa» que no les llevarían documentos, sino la faltriquera en cuanto se descuidasen.

A la mañana siguiente de la plática con doña Francisca, Enrique se personó en las Gradas de San Felipe a la hora de mayor concurrencia: las once.

Como no deseaba que nadie lo reconociera, escogió un atuendo modesto acorde al jaez de los habituales del lugar. Vestía calzas de bollejo, ropilla de bayeta de Pradelunga y zapatos de obra gruesa fabricados con piel de carnero, calzado basto en cuya elaboración se empleaba piel sin curtir. El sombrero le ocultaba la rubia cabellera y el embozo de una capa de lana negra le camuflaba el rostro, en particular, sus inconfundibles ojos azules.

El mentidero rebosaba gente y las tertulias giraban en torno a la enésima helada del Manzanares, a la reciente muerte en la hoguera de un zagal de dieciséis abriles acusado de perpetrar el pecado nefando y al tema estrella de la semana: días antes, el veinticinco de noviembre, el príncipe de Asturias y la princesa Isabel de Borbón habían consumado su matrimonio.

Casaron un lustro atrás, en 1615, cuando don Felipe contaba diez primaveras y doña Isabel, doce. Estimando que el acto carnal requería una mayor madurez, se decidió aguardar una temporada y aprovechar ese tiempo de espera para instruirlos en los menesteres del amor.

La princesa aprendió la teoría y ahora, cumplidos los dieciocho, solo le restaba practicar. En cambio, el príncipe desechó la teoría y se dedicó a estudiar sobre el terreno. ¡Y vaya si estudió! Tenía quince años y ya había yacido con prostitutas, plebeyas, aristócratas, novicias e incluso monjas en régimen de clausura.

Presumiéndolos preparados, la Corte organizó el encuentro en El Pardo y, cuando Madrid lo descubrió, las guasas se desataron.

Riendo a carcajadas, los paisanos se preguntaban si el lance se habría ejecutado en la intimidad o frente a una legión de consejeros responsables de guiar el apareamiento y recreaban absurdas parodias en las que, mientras la pareja copulaba, don Baltasar de Zúñiga, ayo del príncipe, y fray Luis de Aliaga, confesor del Rey, pleiteaban junto al lecho. Don Baltasar aseguraba que una u otra postura garantizaba la concepción de un varón y fray Luis denostaba esos movimientos tildándolos de obscenos y contrarios a la moral católica.

Célebre como era la afición del príncipe Felipe a la caza, a las mujeres y a la caza de mujeres, el hecho de que la cita se hubiera orquestado en El Pardo, un cazadero de exclusivo uso soberano, también azuzó el ingenio madrileño.

¿Dónde puso más empeño

nuestro Filipo, el pequeño?

¿En la gacela de cuatro patas

que, pica en mano, le obligó a correr

o en la que, pica en alza, le hizo correr-se,

con dos patas y hechuras de mujer[44]?

Divertido ante el cachondeo general, Enrique paseó entre los corrillos escrutando a sus integrantes. Pretendía incorporarse a uno compuesto de artesanos, profesionales que propagaban los chismes muy rápido porque, aparte de frecuentar las Gradas, trabajaban en comercios donde maestros, oficiales, aprendices y clientes comadreaban igual que en un mentidero.

Se acercó a cuatro hombres cuyas trazas sugerían lo que buscaba. Apoyados en la barandilla, contemplaban el desfile de damas que, rumbo al culto matutino, accedían al templo de San Felipe y lo jaleaban como el resto de los presentes: gritando bravuconadas, soltando socarronas risas y mascando tabaco.

—Buenos días, caballeros —saludó—. Disculpen vuesas mercedes la intromisión, pero deseaba información sobre Candela Bouza, la doncella desaparecida. Aunque soy forastero y pronto abandonaré la ciudad, me atribula su desgracia y celebraría marchar sabiéndola a salvo.

—Lamento no poder complaceros, maese —respondió un colchonero de la calle Toledo—. El asunto continúa del mismo siniestro color o incluso peor, porque, cuanto más tiempo transcurre, más huele a desenlace fatal.

—Ayer los alfileres encontraron a una muchacha merodeando en los aledaños de la casa de las Siete Chimeneas —comentó un pañero de la calle Postas—. Vestía andrajos y andaba desmemoriada. Cuando, creyéndola vagamunda, la internaron en la Galera, las sores se barruntaron a Candela y avisaron a los Bouza. El matrimonio acudió esperanzado, pero trillaron el camino en balde, pues no era ella.

—Esta situación se me antoja calamitosa y el desempeño de las autoridades también —protestó Enrique—. ¡Menuda panda de incompetentes!

—De incompetentes nada, caballero —rebatió un latonero de Puerta Cerrada—. Esos miserables extreman la eficiencia cuando les interesa. De haberse esfumado la hija de un notable, ya la habrían hallado.

—No seamos injustos, Tomás —terció Damián Palacios, dueño de una cerería próxima a San Salvador—. Por una vez, lejos de echarse las cabras mutuamente, la Sala de Alcaldes, el Concejo e incluso la Junta de Policía se han coordinado y todos los bargelos de la Villa participan en las pesquisas.

—Al parecer, nos enfrentamos a una bribonada judaizante —siseó Enrique en tono confidencial.

Al instante, ocho ojos atónitos se clavaron en él.

—¿Judaizantes? —exclamó el cerero—. ¿La han secuestrado marranos?

—Eso se dice. Según cuentan, una camada se oculta en estas tierras fingiéndose devotos cristianos. De día simulan honrar a Dios y de noche veneran a Satán. Y nadie ignora que Satán gusta mucho de jovencitas inocentes.

—¿Dónde ha oído vuesa merced semejante enormidad? —inquirió el colchonero.

—En los bodegones de Atocha. Aunque no sé si es filfa o evangelio. Como les he referido, estoy en tránsito y no me codeo en exceso con la parroquia madrileña.

—El Altísimo nos proteja de una adversidad de tamaña envergadura —gruñó el latonero, santiguándose—. Solo nos faltaba añadir una liga de escupecruces a la colección de cebabuitres que ya padecemos.

—No pretendo asustarles, señores, pero me he enterado del nombre de un posible miembro de la liga judía en cuestión —agregó Enrique.

—Reveládnoslo presto —apremió el pañero.

—Me distraía hojeando libros en una librería de las covachuelas cuando he escuchado a dos paisanos parlamentar a propósito de un tal Sebastián Castro. Sostenían que practica el judaísmo a cencerro tapado y que la Santa le ronda.

—¿Sebastián Castro? —repitió el colchonero, pasmado—. ¿El escribano de San Salvador?

—Se me escapa —contestó Enrique, encogiéndose de hombros—. Cierto que hablaban de un escribano, mas no sé si se trata del que vuecencia apunta.

—Si hablaban de un escribano, ha de tratarse del que apunto. No hay otro en la Villa llamado así.

—Yo no me lo trago —refutó el latonero—. He utilizado los servicios de Sebastián Castro en varias ocasiones y gasta una honestidad harto impropia de un acólito de Moisés. Y de un escribano también, dicho sea de paso.

—A mí me parece un caballero íntegro —intervino Damián Palacios, el cerero—. Compra las velas en mi tienda y paga escrupulosamente. No obstante… ¡Aguardad!… Acabo de recordar un incidente que me escamó en gordo.

—¿Qué incidente? —preguntaron los demás al unísono.

—Hace unas semanas, otorgué ante él un préstamo en favor de mi yerno. Cuando le vi apurar la cuartilla, ya me quedé patidifuso, pero, cuando me pidió excusas por las apreturas del texto y argumentó que de esa forma me ahorraría una nueva hoja diligenciada, creí delirar. ¿Un cagatintas decente? ¡Esos ejemplares no existen!

—¡Vive Dios que no! —Corroboró el pañero—. Todos son unos sablistas despreciables.

—Si no temiesen un linchamiento, usarían una página para cada palabra —opinó el colchonero—. La venta de una triste gallina requeriría más papel que las capitulaciones matrimoniales de los príncipes.

—De seguro un escribano presenció el apareamiento y levantó acta —bromeó el latonero.

—Quizá, aparte de levantar acta, también levantó las sábanas y mostró a los esposos la manera de alargar el placer como los de su gremio alargan la letra —apostilló el pañero.

Los cuatro artesanos estallaron en carcajadas. Enrique las coreó, aunque, al tiempo, anhelaba que Damián reanudase el relato, pues lo presentía de sumo interés.

—Proseguid, amigo Damián —exhortó el latonero, sofocando las risas—. ¿Qué os escamó del bachiller?

—En recompensa a su insólita probidad, le invité a almorzar puerco horneado en mi casa. Sin embargo, declinó la bucólica pretextando componendas familiares. Yo insistí prometiéndole que ni en el Reino de los Cielos degustan una gollería comparable al puerco de mi Ramona, pero reiteró el nones. ¡Ojiplático me dejó! ¿Quién en sus cabales desdeña un asado de cochino?

Colchonero, pañero y latonero le miraron estupefactos. Enrique también. ¡Menudo tino el suyo! Había elegido el corrillo del bendito sujeto a quien Sebastián rechazó un agasajo porcino.

—Los judíos no comen cerdo —aventuró el colchonero.

—Y, aunque Castro afirma poseer un certificado de limpieza de sangre, el runrún sobre sus raíces herejes nunca ha amainado —sugirió el pañero.

—De hecho, su pasado rebosa umbrías —caviló el latonero—. Apenas se sabe nada de su vida antes de avecindarse en Madrid.

—Acaso por eso exhibe una honradez inusitada —conjeturó el colchonero—. La honradez de un cristiano que, en realidad, solapa a un marrano.

—Cierto que tanta rectitud chirría —admitió el pañero.

—Herradura que mucho suena, algún clavo le falta —sentenció el latonero.

—Si bien no conozco a ese individuo, les recomiendo que alejen a sus vástagos de él —aseveró Enrique—. No me extrañaría que esté tras el rapto de la doncella.

—Yo tengo una zagala de la misma edad que la Bouza —declaró el latonero.

—Y yo —repuso el colchonero—. Si me la robasen… ¡Virgen santa! La pena me hundiría.

—Lo del puerco me amoscó desde el principio —musitó el cerero, meditabundo.

En ese momento las puertas del templo se abrieron y empezaron a vomitar damas, señal del final de la misa e inminente toque del Ángelus. Consciente de que la oración exigía descubrirse la cabeza y habiendo sembrado ya la sospecha, Enrique apremió la despedida.

—Señorías, debo retirarme. Al alba tomaré camino de regreso a mi hogar y aún he de despachar varios asuntos y después aviar la impedimenta. Hasta la próxima y que Dios les ampare.

—Buen viaje, amigo —deseó el pañero—. Husmearemos en los misterios de Sebastián Castro. Apuesto a que esconde unos cuantos muy jugosos.

Casi a la carrera, Enrique bajó la escalinata y se perdió en el gentío de la Puerta del Sol.

Al poco, las campanas repicaron y el bullicio cesó.

Algunos se arrodillaron, la mayoría permaneció en pie, los vehículos frenaron, los transeúntes se detuvieron, ellos se quitaron los sombreros, ellas se arrebujaron en los mantos y todos se encomendaron al Señor.

Luego de petrificarse durante un instante fugaz, la ciudad recobró el movimiento y los gritos, risas, pregones, exclamaciones e imprecaciones se reactivaron.

Enrique paseaba deleitado con el magnífico curso del plan.

Mañana acudiría a las Losas de Palacio y continuaría forjando malicias en torno a Sebastián.

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