Libelo de sangre

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CAPÍTULO 18 Ultraje a la santa cruz

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CAPÍTULO 18Ultraje a la santa cruz

Cuando las campanas de la parroquia de Santiago tocaron las seis, ya había oscurecido, el viento soplaba furioso y unos incipientes copos anunciaban otra noche glacial.

Alonso llegó a casa y aspiró el aroma del chocolate caliente. Ansioso de saborear la jícara acompañada de frutas de sartén con que Teodora solía mimarle las muelas al regresar de la escuela, echó a correr rumbo al manjar, pero unas voces procedentes de la sala donde Margarita atendía el agasajo de la tarde frenaron su estampida.

Al ver la puerta abierta, el joven frunció el ceño fastidiado porque alcanzar la cocina exigía pasar por delante y, si su madre le descubría, le obligaría a saludar a sus amigas, tesitura en absoluto deseable.

Esas tediosas mujeres siempre cacareaban las mismas tonterías: «Virgen santa, ¡qué estatura!», «tamaño enjambre de rizos» o «bello esmeralda el de tus ojos, criatura». Ahí se acababa el apasionante surtido de glosas. En ocasiones alguna incluso cometía la osadía de pellizcarle los carrillos, cucamona que Margarita le ordenaba tolerar, pues, según ella, la cortesía demandaba tales sacrificios.

Extremando el sigilo, pegó la nariz al umbral de la sala, se asomó y estudió la disposición del grupo confiando en que nadie se hubiera sentado mirando en dirección a la puerta, circunstancia que le permitiría avanzar.

Inmerso como estaba en la vigilancia, no advirtió la presencia de Fernando tras él hasta que escuchó un siseo a su espalda.

—Vos y yo tenemos una conversación pendiente.

Alonso soltó un bufido exasperado. Prefería los arrumacos de las amigas de Margarita a una nueva disputa con aquel majadero.

—Lo que de seguro tenéis pendiente son un montón de tareas —contestó, girándose y encarándolo—. Id a cumplimentarlas y a mí dejadme en paz.

—Mi única tarea consiste en lavar el agravio del otro día —apostilló Fernando, irguiéndose ante el rival.

—¿De qué agravio habláis? Os impedí matar a golpes a un pobre ciego. No se me antoja ningún agravio. Lástima que no os trincaran los corchetes. Ahora viviríais en el penal y un servidor no sufriría vuestras estupideces diarias. ¡Hacedme la merced y olvidadme de una maldita vez!

—¿En serio creéis que voy a concederos esa merced?

—¿En serio creéis que voy a liarme a turronadas frente a los predios de mi madre con mi madre y sus invitadas dentro?

Desgraciadamente, Fernando conocía el modo de lograr que Alonso se liase a turronadas frente a los predios de su madre o frente a los predios del mismísimo san Pedro.

—¡Hummm! —exclamó, emitiendo un suspiro sensual—. ¡Hermosa hembra vuestra madre! Ayer la vi amamantando a Diego. ¡Qué peras, compadre! ¡Quién fuera el renacuajo para poder catarlas!

La treta surtió un efecto inmediato.

—¡Giboso repugnante! —masculló Alonso—. Retirad esa ofensa o juro por Dios que os arranco la lengua.

—¡No retiraré un carajo! ¿He ofendido al barbilindo? Entonces, ya estamos igualados. Ajustemos cuentas, pues.

Encrespado, Alonso le asestó un puñetazo en el estómago y Fernando replicó con una patada. Instantes después, se enzarzaron en mitad del corredor.

El alboroto alertó a toda la casa. Margarita emergió de la sala seguida de cuatro damas, Teodora llegó desde la cocina y Bieito apareció detrás acompañado del aguador, que en ese momento se hallaba rellenando las tinajas.

—¡Alonso! —gritó Margarita—. ¡Detente al punto!

—¡Eu te difunto, neno! —abroncó Teodora, enganchando a su sobrino de una oreja—. ¿Ónde piensas que estás? ¿Nun toril? Isto é unha morada pudorosa, rabudo.

Zafándose de las garras de la mujer, Fernando sacudió tal mamporro a Alonso que el muchacho salió despedido y chocó con la pared de tan virulenta suerte que el impacto provocó la caída de un crucifijo que pendía de ella.

—¡Basta, Alonso! —rugió Margarita al ver que este se disponía a contraatacar—. Palabra de honor que no doy crédito a semejante espectáculo.

—Dedica la jornada a encocorarme, madre —protestó Alonso, limpiándose la sangre de la nariz.

—¿Y tú lo solucionas a barquinazos?

—Intento ignorarle, pero…

—¡Pero nada! ¡No reconozco a mi hijo en este echacuervos! Y en cuanto a ti, Fernando, hasta aquí hemos llegado. No consentiré que conviertas mi hogar en una taberna. Confínate en la cocina. Te quiero alejado de las demás estancias y, muy en particular, de Alonso. ¿Entendido?

—Entendido, doña Margarita. No obstante, entienda vuecencia que, si el señorito me busca, me encontrará. En consecuencia, sugiero a vuesa merced que le conmine a comportarse, pues disfruta en gordo zahiriéndome.

—¡Miente, madre! Él me…

—¡Cállate, Alonso! —cortó Margarita—. Fernando, aparte de no tolerarte lecciones a propósito de las conminaciones que he de imponer a mi hijo, quizá te interese saber que serás tú quien me encuentre a mí como porfíes en buscarme. Y te garantizo que, de encontrarme, lo lamentarás.

La mujer se fijó entonces en el crucifijo caído y fue a recogerlo, pero estaba tan aturdida que los pies se le enredaron en las faldas, trastabilló, lo pisoteó y, al tratar de mantener el equilibrio, le propinó un zapatazo.

El vocerío trocó en tenso silencio.

El aguador, las invitadas, Teodora y Bieito enmudecieron ante la vejación de la sagrada forma; Fernando entornó los ojos en actitud perversa; Margarita palideció, y Alonso, ocupado en atajar la hemorragia nasal, ni se percató.

Convencido de que recién presenciaba una flagrante herejía, el aguador murmuró que regresaría a cobrar otro día y se esfumó; el resto del grupo continuó mirando de modo alterno a la ultrajadora de la cruz y a la cruz ultrajada.

Margarita se apresuró a coger la forma, la besó con un fervor que multiplicó las suspicacias y volvió a ponerla en su sitio.

—Dispensad la deplorable conducta de mi hijo y mi criado —dijo a sus comadres en un vano intento de salvar la espinosa situación—. Este disparate carece de justificación.

—No te apures —tranquilizó una de las damas, fingiendo una comprensión que en absoluto sentía—. Son cosas de muchachos. Ni ya párvulos ni todavía adultos, transitan una senda imprecisa que los desconcierta en grado sumo.

—En cualquier caso, debemos irnos —intervino una segunda dama, exhibiendo idénticos fingimientos—. Los escollos domésticos han de ventilarse en privado.

—Felicita a la cocinera —solicitó la tercera, esbozando una sonrisa circunstancial y muy falsa—. Su delicioso chocolate nos ha transportado al cielo.

—Talmente las hojuelas y los melindres —añadió la cuarta, intercambiando una mirada taimada con la tercera—. ¡Ave María! ¡Qué exquisitez!

—Agradecida, amigas —repuso Margarita, tan abrumada que no reparó en la doblez de las mujeres—. ¿Me visitaréis en breve? Ansío compensaros.

—Claro que sí —mintieron las cuatro, pues no tenían intención de regresar a lo que ya consideraban un nido de renegados—. Gustosas repetiremos. Con Dios, querida.

Al quedar solos, Margarita se dirigió a Alonso.

—Enciérrate en tu cuadra y no salgas de ahí hasta que tu padre y yo determinemos un castigo a la altura de esta barrabasada.

—No merezco castigo, madre. No he hecho nada.

—Te enzarzas delante de mis invitadas como un zaragatero de la peor estofa, ¿y no has hecho nada?

—Me azuzó y, al final, salté.

—Cierra la boca de una vez porque no respondo. ¡A tu habitación!

Sofocado y sangrando, Alonso lanzó una mirada furibunda a Fernando, quien esbozó una sonrisa triunfante.

—Te repito que, si me buscas, me encontrarás, zagal —le advirtió Margarita, interceptando el gesto del chico—. Cambia, pues, el paso o de un mojicón te quito esos humos de macareno. ¿Estamos?

—Contesta ao ama, maruleiro —exhortó Teodora, pegándole un pescozón.

—Estamos —silabeó Fernando, desafiante.

—Bieito, apartadlo de mi vista y aseguraos de que no abandona la cocina —decretó Margarita.

Luego de arrearle otro pescozón, el aludido cogió al mozo de los pelos y se lo llevó bramando gallegadas muy malsonantes.

—Non nos despidáis, miña dona —suplicó Teodora—. Non volverá a suceder. Eu mantendré al milhomes do meu sobriño distante del neno Alonso.

—Fracasarás en el empeño. Ese par de cafres reincidirán en cuanto se crucen. Lo lamento, pero me temo que en esta ocasión no puedo transigir.

—Entón, ¿nos despedís? —inquirió Teodora, pesarosa.

—A Bieito y a ti no; a Fernando sí —respondió Margarita en tono decidido—. Debe abandonar la casa antes de que el asunto se encone y ocurra una desgracia. Si ello implica la mudanza de los tres, lo asumiré.

—Non implica la muda dos tres, miña dona. Un achegado do meu Bieito é tijeretero e ten obradoiro en Porta Cerrada. Le mandaremos a traballar allí. Quizais en la fragua se le derrita la pecheira de lata que gasta.

—Te agradezco el arreglo. Me afligiría mucho perderos, Teodora.

—Eu sento o disgusto, patroa. Meu Bieito e eu procuramos encarreirar al raparigo, pero non logramos res. A quen Deus non da fillos el demonio le da sobriños e a min tocoume un fanfurriñeiro buscabulla.

—El comportamiento de Fernando en absoluto excusa el de Alonso.

—Las dos sabemos que Fernando lo encordia de contino, dona.

—No lo disculpes, Teodora. No tiene defensa. Ahora subo a mi estrado. Diego no tardará en espabilarse. En un rato visita a Alonso y cúrale las heridas. Yo prefiero calmarme antes de encararlo de nuevo porque, como se encastille en el «no he hecho nada», terminaré vareándolo.

Mientras Margarita desaparecía escaleras arriba, la criada se dirigió a la cocina presta a cantarle las cuarenta al zángano que su hermana le dejó en triste herencia.

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