Libelo de sangre

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CAPÍTULO 19 Las Losas de Palacio

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CAPÍTULO 19Las Losas de Palacio

El segundo mentidero más importante de Madrid se denominaba las Losas de Palacio.

Enclavado en una amplia explanada a los pies del Alcázar, ofrecía un comadreo distinto al de las Gradas de San Felipe, pues allí solo se debatían asuntos gubernamentales, financieros y empresariales.

No obstante, la honestidad imponía admitir que también se hablaba de banalidades tales como la limitada o ilimitada elegancia de doña Isabel de Borbón, la fogosidad del príncipe de Asturias, las infidelidades de un prócer, la arrogancia de algún consejero, el boato de su asistente, las extravagancias del duque de fulano, las borricadas del marqués de mengano, los escándalos del conde de zutano y trivialidades similares de muy discutible envergadura intelectual.

Pese a todo, era cierto que el cotilleo de las Losas superaba en erudición al de las Gradas y, en siendo erudito el cotilleo, los cotillas debían estar a la altura, circunstancia que exigía porte, instrucción y posición.

Al contrario que en las Gradas, donde no se analizaba la facha de la feligresía, garbear en las Losas requería lucir emperejilado y con el porte de quien vive entre sedas.

También se precisaba una instrucción adecuada porque, mientras en las Gradas se aceptaban letrados o iletrados, a las Losas, o se iba dominando los libros y diciendo cosas inteligentes, o no se iba.

Por último, se demandaba posición social. No se aplaudía la llegada de cualquier descamisado como en las Gradas; las Losas acogían público de postín… postín auténtico o postín impostado, pero postín.

Quien tenía mimbres de pavo real extendía la cola y quien no los tenía se los inventaba. De ahí que hubiera pavos reales genuinos y pavos ni tan reales ni tan genuinos. La diferencia brillaba cual candela en la noche, pues los primeros se pavoneaban y los segundos… paveaban.

El grupo de los pavos pavoneadores integraba inversores, financieros, abogados, escribanos, relatores, cortesanos e hidalgos enjundiosos. El de los pavos paveantes albergaba estadistas venidos a menos que proclamaban laureles pasados o fabulados; algunos que no eran estadistas, aunque juraban serlo; unos cuantos que no eran nadie y no lo asumían; bastantes que lo asumían y en el «me da igual» lo sumían; muchos que no sabían lo que eran y en averiguarlo andaban, y numerosos que tampoco sabían lo que eran, pero sí sabían que algo querían ser.

En particular, proliferaban los afiliados a la liga del «no sé lo que soy, pero sí sé que algo quiero ser», y ello porque, si los aspirantes a soldado debían acudir a las Gradas y alistarse, los aspirantes a un puesto en la Administración debían personarse en las Losas, arrimarse a un árbol que procurase buena sombra y escanciarle a diario pleitesías y coba hasta que el árbol recompensase tan deleitoso riego con un cargo donde se ganase mucho faenando poco.

De repente, entre el contundente cacareo de los pavos y el estridente de los apavados, se escuchaba el augusto quiquiriquí de los verdaderos gallos del corral: magistrados, fiscales, oidores, consejeros reales y gentileshombres del Rey.

Altivos e impasibles a la expectación que despertaban, atravesaban el recinto rumbo al Alcázar exhibiendo garnacha, lacayos, escuderos, pajes de bolsa, lujosos carruajes y una manifiesta displicencia ante los rumores, pues ¿quién necesita rumores cuando se posee información de primera mano?

Al igual que las Gradas, el mentidero de las Losas también tenía covachuelas; existían, no obstante, tres diferencias.

De un lado, las covachuelas de las Gradas se ubicaban en las entrañas de un entarimado y las de las Losas se alineaban en los soportales del Alcázar. De otro lado, las covachuelas de las Gradas alojaban comercios y las de las Losas acuartelaban oficinas de funcionarios. Y, finalmente, mientras los que trabajaban en las covachuelas de las Gradas recibían el nombre de covachuelistas de San Felipe, a los funcionarios de las Losas se les retiraba el apellido y se les denominaba covachuelistas a secas.

Pese a componer el estrato más humilde del mentidero, los covachuelistas resultaban esenciales para el correcto funcionamiento de este; no en vano ellos se ocupaban de crear rumores o alimentar los ya creados revelando datos extraídos de los documentos que manejaban.

Hartos de estar confinados en aquellos habitáculos insalubres y dejarse los ojos bajo candiles de endeble llama, cada cierto tiempo salían al exterior para despejarse. No salían, sin embargo, mostrando el rictus amargado de quien escribe pero no firma, sino la actitud encrestada de quien firma pero no escribe. Y en verdad podían permitirse derrochar ínfulas, porque, en cuanto emergían de la cueva, una legión de hombres los rodeaba, lisonjeaba e incluso agasajaba a cambio de que aflojasen la húmeda, cosa que solo hacían luego de dedicar un rato a engordar el misterio y disfrutar de su momento de gloria.

En ocasiones un correo les usurpaba el momento de gloria cuando, sediento de idéntico protagonismo, asomaba al galope, aminoraba la marcha, se erguía sobre la montura y comenzaba a trotar mirando a los presentes de manera fatua, alardeando de trazas polvorientas y con el gesto circunspecto de quien custodia el secreto del santo grial.

Aunque normalmente los admiradores del covachuelista olvidaban a este y corrían hacia el recién llegado ansiosos de averiguar el tenor del mensaje que traía, a veces, en el colmo del ridículo, era el propio covachuelista el que abandonaba a sus admiradores y perseguía al jinete tratando de agenciarse la exclusiva que después le reportaría a él un aluvión de reverencias.

Mientras covachuelistas y correos se peleaban por recoger mieles, los comerciantes las despachaban.

Así, alojeros, chocolateros, manjarblanqueros, aguadores, hojaldreros y tahoneros colocaban sus cajones en los aledaños del mentidero e intentaban rentabilizar la holganza de los ilustrados. También había libreros que huían de la feroz competencia de San Felipe e innumerables pintores que decidían enseñar su obra a quienes apreciaban el arte, deseaban comprarlo y, huelga decir, podían pagarlo.

Enrique compareció en las Losas de Palacio a las diez de la mañana.

Como hiciera el día previo en las Gradas, escogió un avío acorde al lugar: estiloso y de calidad, pero sin excesos que llamasen la atención. Vestía calzas de paño de Baeza, ropilla de palmilla azul de Cuenca, borceguíes de terciopelo, zapatos de cordobán, lechuguilla y capa de bayeta segoviana. El sombrero, calado hasta el fondo, le ocultaba los trigueños cabellos y la ancha ala le celaba el rostro de suerte que resultaba imposible ni conocerle ni reconocerle.

El tema de la jornada versaba sobre la orden real de decomisar a los potentados sevillanos un porcentaje del oro y la plata llegados de ultramar dos meses atrás para sufragar las campañas bélicas españolas. Indignados, los hispalenses habían solicitado la intercesión del Consejo de Indias y amenazaban con una rebelión si el soberano no reculaba.

Enrique se unió a un corrillo donde un covachuelista pregonaba las novedades.

—El gallinero anda alborotado, señores. Un correo acaba de partir a la Casa de Contratación de Sevilla llevando un mensaje de don Bernardino de Velasco y Mendoza, conde de Salazar.

—Me figuro que el mensaje comunica la abolición de ese decreto leonino —aventuró un próspero comerciante de sedas—. El conde de Salazar preside el Consejo de Hacienda y lo presumo hombre cabal. De seguro ha impedido la consumación de tamaño expolio.

—Lejos de impedirla, la ha cursado —objetó el covachuelista—. El mensaje ratifica la confiscación de la octava parte del oro y la plata. Cerca de un millón de ducados entrarán en las arcas monárquicas y se destinarán a subvencionar los gastos de la milicia patria.

—¿Un millón de ducados? ¡Santo Cristo! Semejante dineral permitiría adquirir el ejército enemigo. Ya no necesitaríamos subvencionar los gastos de la milicia porque no necesitaríamos milicia.

—Este disparate huele a bribonada del duque de Uceda —aseveró un relator—. Pretexta la financiación castrense y, en realidad, pretende costearse la construcción de su palacio.

—No me extrañaría un ápice —despreció un procurador—. ¿Qué se puede esperar de un bellaco que ha conquistado las cumbres del Alcázar traicionando a su padre?

—De mala cepa no nace buen sarmiento —replicó un prestamista—. Que el padre tampoco tenía alas de ángel, maese. Las tenía de buitre, ¡qué carajo!

—No lo discuto. El duque de Lerma merece el calificativo de mayor ladrón del Reino y así le recordarán los siglos, pero su astucia maravillaba a muchos. El muy zorro metía un dos de bastos y sacaba un as de oros. Sin embargo, las cabildadas del hijo son tan mediocres que ni por sátrapa le mentará la memoria de España.

—Discrepo, amigo —bufó un rico latifundista en tono iracundo—. La choza que se está levantando fraguará múltiples capítulos de la memoria de España. ¡Chupasangres engallado! De cada cinco reales que gano, ese camandulero me requisa tres y los invierte en su condenado caserón. ¡Allá se le caiga encima!

—Aunque dudo que se le caiga encima, sí os garantizo que le granjeará calamidades —pronosticó el relator.

Don Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Uceda, era el jefe del gobierno y obtuvo el cargo tras conspirar contra su predecesor: el duque de Lerma, su propio padre.

Antes de acaparar el poder, adquirió varios inmuebles ubicados frente a la parroquia de Santa María, entre ellos, las casas de los Vozmediano, antigua morada de don Juan de Austria. Los anexionó, comenzó a reformarlos para convertirlos en un ostentoso palacio y justo al lado fundó el monasterio del Santísimo Sacramento de bernardas descalzas.

El monasterio se erigía en una calle con cuyo nombre los madrileños se habían coronado, pues tenía un origen tan manifiesto como el talento bautismal de sus creadores. Se llamaba la calle que va a Santa María. Afortunadamente, un detractor de los alias rezumantes de tal evidencia que ya rozaba lo tragicómico empezó a denominarla calle del Sacramento en referencia al monasterio. Tampoco se quebró el magín, pero, al menos, dio a aquella tragicomedia nominal una pincelada gallarda que aplacaba la risa y, sobre todo, el llanto.

Sin embargo, no era el monasterio, sino el palacio lo que los lugareños consideraban fuente de desdichas para el duque de Uceda. Su magnificencia superaba la del Alcázar y, como esa circunstancia enojaba al monarca, la mayoría vaticinaba que el cetro soberano no tardaría en baquetear al soberbio aristócrata[45].

—En mi opinión, esto no lo ha pergeñado el de Uceda, sino Fernando Carrillo —conjeturó un abogado—. Preside el Consejo de Indias, el órgano competente en los menesteres de ultramar y, a la sazón, el más interesado en asaltar el oro sevillano.

—Desbarráis, licenciado —rebatió el procurador—. Muy al contrario de lo que maliciáis, Carrillo se entrevistó con el Rey en el palacio de El Pardo y le recomendó aflojar, pero fue inútil. El Felipe no se apea de la burra.

—¡Tamaña burra! —masculló el latifundista—. Nadie resiste la tentación de embolsarse un millón de ducados sin despeinarse. Mucho menos el Rey, que, donde va, moja.

—Precisamente él debería resistir la tentación y no sucumbir a la codicia de tan mezquina guisa —reprobó el abogado—. Estos desafueros empuercan su imagen y marchitan el favor del pueblo. De un monarca se espera nobleza. Es el don de los dones y como tal ha de conducirse.

—Don sin din, cojones en latín —sentenció el relator—. Si en las arcas reales ya se distingue el fondo, Su Majestad se pasa por la ingle el favor del pueblo.

—Yo me retiro, señores —cortó el covachuelista—. Mi tiempo de asueto ha concluido y la faena se me acumula.

—La porfía del Rey en este abuso suscitará un motín hispalense —comentó Enrique cuando el funcionario marchó.

—La sangre no llegará al río —refutó el prestamista—. Al final tendrán que tragársela. Dios repartió y se adjudicó el cielo; aquí abajo reparte Su Majestad y se adjudicará lo que se le antoje. Hoy se ha encaprichado del oro sureño y acaso mañana arrample con los cuartos madrileños.

—Con los cuartos madrileños arrampla a diario, ¡mal rayo lo acalambre! —rezongó el procurador.

—Concedamos al trono un voto de confianza —sugirió el abogado—. Pensemos que nuestras tropas recibirán el peculio y, gracias a él, intensificarán los bríos en la lucha contra la herejía.

—Lástima que dediquen tanta riqueza a preservar la fe católica allende las fronteras y no la cuiden en suelo patrio —insinuó Enrique, aprovechando el apunte—. Anda harto extraviada en estas tierras.

—¿La fe católica anda extraviada en estas tierras? —se sorprendió el comerciante de sedas—. ¿Os referís a Madrid, caballero?

—A Madrid me refiero.

—Me temo que no os comprendo. Mi oficio me obliga a viajar mucho y en pocos sitios he respirado el fervor cristiano que respiro en Madrid.

—No todo lo que canta es ruiseñor —descartó Enrique—. En San Felipe se rumorea que Moisés late bajo el fervor cristiano de algunos.

—¿De qué algunos habláis? —inquirió el prestamista.

—La cautela me impone silencio. El chisme atañe a un intelectual reputado y estimo improcedente airearlo sin cotejo previo.

—Yo, en cambio, estimo improcedente exaltar la curiosidad del personal y luego dejarle con las ganas —recriminó el latifundista.

—En especial, si el chisme atañe a un intelectual reputado —agregó el abogado—. Este corrillo rebosa testas cultivadas y, si hay un judío entre los de nuestra instruida condición, merecemos saber su identidad.

—De acuerdo —se avino Enrique, fingiéndose resignado—. Pero conste que transijo muy a mi pesar, pues ni siquiera conozco al interfecto. Se llama Sebastián Castro.

—¿El escribano? —exclamó el procurador—. ¡Caracoles! Últimamente su nombre suena más que las campanas el día de difuntos.

—¡Vive Dios! —coincidió el abogado—. Menudo berenjenal ha organizado en el pleito que enfrenta al alguacil mayor y al regidor.

—¿Os importaría ampliar la glosa? —pidió Enrique, intrigado—. ¿Qué pleito enfrenta a esos dos notables?

—Los vástagos de don Juan Torres, el alguacil mayor de la Sala de Alcaldes, y de don Ramón Cortés, regidor del Concejo, se enzarzaron en una reyerta. Un tercer joven murió en el altercado y el acta de Sebastián Castro inculpa al zagal de Torres. Cuentan que es amigo del regidor y, en no queriendo perjudicar al hijo de este, señaló al del alguacil mayor.

—Si medió un óbito, me barrunto que ejecutarán al hijo de Torres —aventuró Enrique.

—Se ha librado gracias a que el padre ha conseguido el perdón de la familia del finado y, a la postre, el indulto, perdón e indulto que de seguro no le han salido gratis.

—Dudo que Sebastián Castro manipulase los hechos para favorecer al regidor —intervino el relator—. Ese hombre abomina de las corruptelas. Dicen que le han ofrecido auténticas fortunas por adulterar su fe pública y nunca ha aceptado. Incluso he oído que el propio Torres intentó untarle y fracasó.

—El asunto ha generado una enorme polémica —arguyó el procurador—. Y ahora el chupaplumas nos brinda otra crónica.

—Una crónica comprometida, según las palabras de vuecencia —ponderó el latifundista, dirigiéndose a Enrique—. Habéis insinuado que Sebastián Castro judaíza, ¿cierto?

—Tal se comenta en las Gradas —confirmó Enrique, creyendo oportuno exagerar la historia—. Al parecer, le han invitado varias veces a degustar un cochinillo de Casa Botín y siempre declina adargándose en razones peregrinas.

—¿Razones peregrinas? —saltó el comerciante de sedas—. ¿Qué razón peregrina justifica rechazar un cochinillo de Botín? Solo en caso de muerte inminente se rechaza un cochinillo de Botín y ¡ni siquiera! Si yo estuviera agonizando y me concedieran un último deseo, pediría exactamente eso: un cochinillo de Botín.

Salivando deleitados, todos estallaron en carcajadas sin dejar de mostrar un categórico apoyo a aquel testimonio.

Pese a su reciente inauguración, en enero de ese año 1620, los horneados de cochinillo, cordero o cabrito de Casa Botín ya se consideraban los mejores de la Corte y sus hojaldres, dulces y salados, tampoco le iban a la zaga, pues eran los más codiciados.

El dueño, un cocinero francés llamado Jean Botin, se había afincado en la Villa y arrendado un local en la plaza de Herradores al que denominó Casa Botin. No duró mucho la nacionalidad gala del apellido, porque de inmediato los madrileños lo castellanizaron endilgándole el acento. Así, Casa Botin se transformó en Casa Botín[46].

—¡Caray con el recto y cristiano Sebastián Castro! —Silbó el relator, recobrando la seriedad—. Resulta que no es ni tan recto ni tan cristiano.

De pronto, un covachuelista apareció en uno de los soportales y al instante se produjo un revuelo de gente a su alrededor.

—Vayamos, amigos —propuso el prestamista—. Se trata de Julián Atienza, funcionario del Tesoro. Suele brindar primicias muy interesantes.

—Yo he de retirarme —anunció Enrique—. Os agradezco la tertulia. ¡Feliz Natividad del Señor!

—Lo mismo para vuesa merced —contestó el procurador—. Escarbaremos en los trasiegos del escribano. A ver qué esconden esas reticencias a la cata porcina.

Enrique marchó presto a abordar la parte final del plan: la elaboración del anónimo que desvelaría el paradero de Candela Bouza.

De un montículo de basura acumulada en el rincón de una costanilla, rescató un papel arrugado y una pluma gastada. Después compró una tinta de ínfima calidad y, cuando llegó a casa, redactó el mensaje utilizando la mano izquierda. De esta forma, si investigaban el anónimo, ni el papel ni la tinta ni la caligrafía le delatarían.

A continuación, decidió enviarlo a Juan Torres, el alguacil mayor. Quizá la inquina que aquel hombre profesaba hacia Sebastián allanase el camino o quizá lo dejase igual, pero, en no teniendo más contactos en la Sala de Alcaldes, se serviría del único nombre que manejaba.

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