Libelo de sangre
CAPÍTULO 20 Anónimo en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte
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CAPÍTULO 20Anónimo en la Sala de Alcaldesde Casa y Corte
Arrellanado en el frailero de su despacho y a la vera del brasero, Juan Torres, alguacil mayor de Corte, degustaba un chocolate caliente con hojaldres comprados en la pastelería de la calle del Mesón de Paredes[47].
Aunque procuraba concentrarse en el delicioso sabor de aquellos manjares y olvidar los problemas que lo acuciaban, lejos de conseguirlo, no dejaba de pensar en las pésimas finanzas del Reino, coyuntura que, como al resto de funcionarios, le tenía ayuno de jornal desde hacía meses.
Cuando su hijo se encontraba en el frente, resistía el envite intensificando las marrullerías típicas del oficio, pero ahora que el muchacho había regresado, apenas subsistía porque el joven, un pendenciero de sangrientos empeños, provocaba constantes grescas cuyas consecuencias eludía gracias a la faltriquera paterna.
Sin embargo, a raíz de tanto desembolso, en la faltriquera paterna ya se escuchaba el eco y la situación empezaba a resultar agónica. Para colmo, la ausencia de castigo generaba un sentimiento de inmunidad en el zagal que vigorizaba sus letales alas y, a la postre, la virulencia de sus escaramuzas. La última, acontecida en la taberna del Orejapincho, lo habría llevado al cadalso de no haber mediado una vez más la faltriquera de papá.
Obtener el indulto había costado una augusta fortuna y Torres no perdonaba tamaño dispendio ni al hijo ni tampoco a Sebastián Castro, el puntilloso escribano que no se avino a razones y declinó el soborno.
—¡Condenado pusilánime! —rezongó, encolerizado—. «Ni mi fe pública ni mi honestidad están en venta, señor Torres». ¡Estúpido bragazas! De hallarse su hijo al borde del abismo, veríamos si no vendería al mismísimo Satanás la fe pública, la honestidad y lo que se encartase.
Mojando un hojaldre en el chocolate, continuó hilando lamentos. En esta ocasión, le tocó el turno a su hijo.
—En negra hora engendré a ese gaznápiro. Otra calaverada y allá se las componga porque un servidor no moverá un dedo. Si lo engrilletan, le visitaré en el penal y, si lo visten de madera, en el camposanto, pero por mis turmas que no vuelvo a ordeñar el costal. El muy tarugo me ha dejado a la cuarta pregunta, ¡la madre que lo parió! Y encima no me pagan la soldada. ¡Me cago en mi mala suerte! Apenco cual bracero y no huelo un maravedí.
En verdad le sobraban motivos para quejarse del exceso de trabajo, pues el personal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte faenaba a destajo.
Los alcaldes, representantes del Consejo de Castilla en el territorio donde residía el Rey, protegían el orden público, impartían justicia, garantizaban el abastecimiento de los mercados, controlaban el respeto de los precios tasados, supervisaban los alimentos introducidos en la Villa, vigilaban la humanidad del trato dispensado a los presos en la Cárcel de Corte y una interminable lista de encomiendas adicionales que agotaban al más voluntarioso.
Concluidos los extenuantes días, comenzaban las no menos extenuantes noches, durante las cuales debían efectuar rondas urbanas hasta cerca de la amanecida.
Todavía no habían conciliado el sueño cuando les tocaba despabilar de nuevo y comparecer en las tempraneras audiencias en que cada alcalde daba parte de las intervenciones realizadas en la ronda de la víspera. Aunque muchos intentaban esquivar esta engorrosa diligencia, no había modo de lograrlo porque, al finalizar la reunión, se levantaba un acta con el nombre de los asistentes y se remitía al Consejo de Castilla. Una ausencia se toleraba; dos, quizá; pero la tercera originaba una llamada a capítulo, y una llamada a capítulo de la superioridad acarreaba múltiples perjuicios.
Como los alguaciles ayudaban a los alcaldes en todas sus competencias, también estos andaban derrengados y hartos de que semejante sacrificio no tintinease.
Pese a lo enojoso de la tarea, alcaldes y alguaciles aguantaban el desafío, conscientes de que aquel árido desierto desembocaría en un edén cuando, algún día, las cumbres estimaran cumplido su particular calvario y decretaran el ascenso.
Mientras, se dedicaban a dulcificar tanto acíbar compensando el sobrio e intermitente jornal a golpe de arterías.
Así, impartían justicia fallando en favor del más desprendido; confiscaban los cajones de los ambulantes reacios a mimarles el bolsillo y fingían no ver a los que sí apoquinaban; en el control de precios tasados, permitían redondear al alza a quienes sabían agradecerlo; verificaban si los puestos de los mercados se adecuaban a la normativa declarando válidos aquellos que se avenían al abono de una comisión «por las molestias» y multando a los que se negaban a satisfacerla; en los altercados nocturnos se conchababan con el escribano y corroboraban la versión del dadivoso; en la cárcel propiciaban el denominado bautismo de novicios, consistente en encargar a un recluso veterano que ejerciera de san Juan y propinase una paliza de bienvenida a los nuevos para alarmar a los familiares e incitarlos a costear la comisión de seguridad carcelaria…, y un infinito etcétera de bribonadas que, no sin fundamento, habían gestado en la ciudadanía una honda aversión hacia alcaldes y alguaciles.
—¡Y un cuerno, bribonadas! —masculló Juan Torres, cogiendo otro hojaldre—. ¡Qué fácil es opinar sobre el camino cuando lo transita el vecino! Bregamos de sol a sol sin recabar ni un real y ¿hemos de quedarnos de brazos cruzados? ¿Acaso piensan que vivimos del aire?
La entrada de su secretario interrumpió la diatriba.
—He encontrado esto enganchado en la puerta de la calle, señor —le informó, tendiéndole una misiva destartalada—. Aunque parece cochambre, el nombre de vuecencia reza al dorso.
Torres lo desplegó, lo alisó y lo leyó, menester en el que hubo de esforzarse, pues el papel estaba arrugado, la ajada pluma lo había rasgado, la tinta emborronaba el texto y la calamitosa caligrafía apenas se entendía.
—¡Dios santo! —exclamó cuando consiguió descifrar el mensaje—. ¿Quién lo ha traído?
—No lo sé, señor. Lo acabo de descubrir prendido en el quicio de la puerta, pero ignoro quién lo ha traído ni cuándo lo ha traído. ¿Qué sucede? ¿Algo grave?
—¡Gravísimo! Esta nota indica el paradero del cadáver de Candela Bouza.
—¿El cadáver? Entonces, ¿ha…?
—Ha muerto, sí. Habría firmado en barbecho este desenlace. Aviad una partida de apremio y comunicad al alcalde del cuartel de San Martín que hemos de viajar al camino del Molino Quemado.
—¿Al camino del Molino Quemado? —balbuceó el secretario, azorado—. Pero si eso está donde Cristo perdió el sayo, señor. La noche principia, la nevada no amaina y el río baja crecido. Es muy peligroso. Además, los agentes recién terminan las rondas diurnas y andan descalentados a resultas del adeudo salarial. No aceptarán de buen grado la expedición.
—¿Algún otro inconveniente que deseéis añadir? —inquirió Torres en tono inquietante.
—Os ruego que lo reconsideréis, señor. La privación salarial ha tensado mucho la cuerda y este dislate podría romperla.
—¿Tildáis de dislate intentar resolver un crimen que tiene en jaque a todos los cuarteles de la Villa y a los paisanos escupiendo el suelo que alcaldes y alguaciles pisamos?
—Tildo de dislate exigir a unos hombres exhaustos e impagados que se aventuren entre precipicios, de madrugada y bajo un temporal de nieve merced a un anónimo mugriento —replicó el secretario sin amilanarse.
—Este anónimo mugriento nos brinda la oportunidad de zanjar un caso del que no tenemos ni una miserable pista y no lo voy a desdeñar solo porque no nos haya llegado envuelto en lazos de seda. De modo que, si los agentes andan descalentados a cuenta de la soldada, que se arrimen al brasero y se templen. Yo también me paso las jornadas de Galicia a Sevilla, tampoco percibo una blanca y no lloro tanto.
—Gastemos prudencia y aguardemos a la aurora.
—¿Y si hoy la moza está donde este papel asegura que está, pero mañana no? ¿Y si el mensaje lo ha enviado el asesino, se arrepiente de su arrebato y traslada el cuerpo? No nos lo podemos permitir. La indignación del pueblo ha calado en el Alcázar y el Consejo de Castilla nos presiona a diario. Nos han advertido que, o apaciguamos el corral, o tomarán cartas en el asunto. ¿Recordáis lo ocurrido la última vez que el Consejo de Castilla tomó cartas en un asunto de la Sala de Alcaldes?
—Que incrementaron las rondas —admitió el secretario a regañadientes.
—Mismamente. Y palabra de alguacil mayor que, como me enjareten más noches de ronda, cambiaré mi vara por una azada y me dedicaré a la siembra. No me importa doblar el lomo si, al menos, me pagan y me dejan dormir. Os ruego, pues, que aparquéis la polémica y organicéis la partida. Cuanto antes salgamos, antes regresaremos.
—Sea, señor —suspiró el secretario, resignado—. Lo prepararé todo.
Avanzaba la madrugada cuando el alcalde del cuartel correspondiente a la parroquia de San Martín, Juan Torres, su secretario y una docena de alguaciles se adentraron en el camino del Molino Quemado.
El barranco los obligaba a circular en fila de a uno, y el violento vendaval, a cabalgar encorvados. Al final, los montículos que formó la copiosa nevada trabaron la marcha de las monturas y se vieron forzados a continuar a pie.
Cuando llegaron al socavón mencionado en el anónimo, se detuvieron, lo iluminaron y, al no distinguir nada salvo escarcha, elevaron unas cejas escépticas.
—Que dos hombres desciendan y rastreen la base —ordenó Torres—. El resto sujetaremos la soga desde la superficie.
Reacios a meterse en semejante fosa, a la hora de las ánimas y con el cielo amenazando derrumbarse sobre la tierra, los miembros de la patrulla se miraron entre sí confiando en que algún valiente se presentase voluntario.
—¿A qué vienen esas caras de terror? —Se impacientó Torres—. ¿Acaso os he pedido franquear el umbral del infierno? Solicito que un par de aguerridos agentes de la Noble y Leal Villa de Madrid bajen a un inofensivo agujero y ¿qué me encuentro? Una recua de acoquinados yéndose por las calicatas. ¡Así nos luce el pelo!
Como los «aguerridos agentes de la Noble y Leal Villa de Madrid» se mantuvieron en un prudente silencio, Torres soltó un bufido exasperado y se dirigió al alcalde.
—Don Nuño, certificada la triste circunstancia de que los arrestos de nuestro cuerpo de policía no asustarían ni al miedo, yo me descolgaré.
—Adelante, don Juan —autorizó el alcalde—. Cerecedo, acompañadle.
—Pero, señoría… —protestó el elegido, palideciendo.
—¡Ni pero ni pera! ¡Calzaos la maroma y proceded!
Al poco, Torres y un trémulo Cerecedo alcanzaron el fondo de la sima, encendieron las linternas y empezaron a escarbar.
—Aquí, capitán. Es… es una mano…
—¡Rápido! —conminó Torres, aproximándose—. Seguid escarbando. Apuesto mi vara a que se trata de la Bouza.
Instantes después, Candela y Mateo emergieron.
—¡Dios bendito! —exclamó Cerecedo, santiguándose—. ¿Qué le han hecho a esta infeliz?
—Forzarla hasta finarla —contestó Torres, consternado—. Nada distinto a lo que acontece a diario, por desgracia. Cada noche recogemos mujeres en idénticas condiciones.
—¡Capitán! Mirad el pecho del chico. Le han… ¡Virgen de los Dolores! ¡Le han arrancado el corazón!
—¡Atiza! Esto sí que no me lo esperaba.
—¿Un arrapiezo, seguramente cristiano y sin el principal izquierdo? Me temo que nos enfrentamos a un ritual judío, capitán.
—Opino lo mismo —convino Torres, frunciendo el ceño—. ¡Lo que nos faltaba!
—Según los mentideros, una secta de judíos disfrazados de católicos se oculta en la Villa. Incluso se decía que andaban detrás del rapto de la chica. ¿Habrán sido ellos?
—Quizá. Ya veremos. Ahora apurémonos. La tormenta arrecia y, si nos demoramos, terminaremos enterrados. Atad a Candela. Yo me ocupo del muchacho.
Ya en la superficie, los difuntos quedaron expuestos ante una estupefacta concurrencia.
—Cubridlos —exhortó el alcalde—. Torres, ¿qué sabéis del anónimo?
—Nada, señoría. Lo prendieron en la puerta a hurtadillas y huyeron.
—¡Lástima! Juraría que lo escribió el responsable de esta animalada. Retornemos a la Villa. Debemos reportar al Santo Oficio. Todo apunta a un ceremonial judío y esos asuntos escapan a nuestra jurisdicción.