Libelo de sangre
CAPÍTULO 21 Los Crímenes del Ritual
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CAPÍTULO 21Los Crímenes del Ritual
Cuando, a la mañana siguiente, las campanas anunciaron el alba tocando a muerto y Madrid se enteró del siniestro hallazgo, todos quedaron sobrecogidos.
El asesinato de Candela podría haber supuesto una salvajada más de las múltiples cometidas a diario. Sin embargo, la aparición de un niño descorazonado revelaba un sacrificio judío, una salvajada igual de atroz pero en absoluto habitual.
Quizá por eso, porque no era habitual, la reacción del pueblo distó un mundo de la que tuvo cuando Candela desapareció. Así, mientras el secuestro de la moza suscitó una virulenta arremetida contra las autoridades, su inopinado desenlace gestó un solidario afán de colaborar con ellas en la resolución del caso.
Y, merced a aquel solidario afán, los lugareños se prepararon para desentrañar el misterio.
Primero se fijó el centro de operaciones en las Gradas de San Felipe y después se licenció la participación de cualquiera, madrileño o foráneo, que estuviera versado en el arte del comadreo y la elucubración.
Los madrileños se autoproclamaron «jefes de equipo», caudillaje que nadie discutió. Metódicos e inasequibles al desaliento, siempre buscaban el pelo al huevo y siempre lo encontraban, virtudes que los convertían en los capitanes idóneos de aquel galeón destinado a surcar muy zozobrantes mares.
Constituida la brigada de investigación, sus voluntariosos miembros se arremangaron y se pusieron manos a la obra.
El punto de partida consistía en la delimitación de conceptos. Se imponía, pues, una labor bautismal urgente, disciplina en la que Madrid no tenía rival. El interesado en llamar a una persona, animal o cosa de forma innovadora solo debía venir a la Corte y en un periquete obtendría el nombre perfecto.
Dos cuestiones básicas requerían apelativo: quién y qué.
En lo relativo al quién, se había extendido el rumor de que una secta de judíos se ocultaba en la Villa. En consecuencia, el alias no originó polémica. La secta de judíos se denominó la Secta.
El qué aludía al suceso y, tratándose este de crímenes rituales, alguien sugirió un título impactante: los Crímenes del Ritual.
Una calurosa ovación recibió tan encomiable derroche de imaginación y el autor de tamaña virguería alfabética recabó un puesto de honor en aquella particular logia de mentes creativas.
Despachado lo esencial, surgieron las preguntas tangenciales.
¿Qué perseguía la Secta? Estaba claro. Violentar niñas y descorazonar niños.
¿Con qué fin? Palmario. La Secta adoraba a Satán y Satán gustaba de comer corazones.
¿Por qué un corazón de zagal y no de zagala? Porque el hombre era un ser simple y la mujer no y, si, como parecía, la cuestión giraba en torno a la cata de corazones, Satán digeriría mejor el masculino. Uno femenino le causaría problemas gástricos, amén de muchos gastos, pues de seguro, incluso desde la barriga, pediría ferias.
Si la Secta pretendía un chico, ¿qué motivó, entonces, el rapto de la chica? Otra obviedad. Cualquier Adán necesitaba una Eva.
¿Y el ultraje carnal? ¿Por qué forzarla de tan despiadada guisa? Aquí las conjeturas divagaron. Este punto asomaba insondable y nadie lograba explicarlo. De repente, un espontáneo (madrileño, huelga decir) expuso una hipótesis brillante: Satán deseaba saborear la manzana de Eva, pero, como de la manzana se comía todo menos el corazón, devoró el cuerpo de Eva y culminó el festín manducándose el corazón de Adán.
Orgullosos y satisfechos, los detectives se felicitaban entre sí. ¡Qué impresionante sagacidad! En una mañana habían desenredado la madeja. Nombres acertadísimos, móviles razonables y teorías harto plausibles. Las autoridades recibirían el trabajo masticadito. Solo restaba identificar a los culpables y, considerando que la tarea más fatigosa ya se hallaba diligenciada, semejante insignificancia carecía de dificultad.
A la hora del Ángelus, los Crímenes del Ritual habían nacido, crecido, procreado, fallecido y resucitado varias veces. No obstante, ese pequeño extremo todavía sin discernir y cuya averiguación competía a las autoridades desazonaba al personal. ¿Quiénes eran los responsables de tamaña barbarie?
El miedo alteró tanto las rutinas de aquella jornada que las actividades cotidianas se ejecutaron atendiendo a una única cosa: la Secta.
Los templos se abarrotaron de almas implorando a Dios que las protegiese de la Secta. Los sacerdotes advirtieron a los feligreses que, de no explayarse en las limosnas, penarían el fuego eterno como la Secta. Los carniceros de la Plaza Mayor vendieron todo el género porcino porque la gente se apresuró a adquirirlo para esquinar los recelos de la Inquisición, que ya rastreaba los movimientos de la Secta. Los padres encerraron a sus hijos en casa, temerosos de dejarlos a merced de la Secta; de ahí que las escuelas quedasen desiertas o, según algún ocurrente, de-sectas. Menesterosos, ciegos, llagados y tullidos increpaban a quienes les negaban caridad echándoles la maldición de la Secta. Los adivinadores escrutaban las manos de los transeúntes y vaticinaban si los rondaba la Secta. Y los alquimistas fabricaron el perfume Antisecta, «unas gotas en la zona correcta alejan a la interfecta».
Las tabernas, en cambio, conservaban su público, pues ni la Secta de los judíos ni el Sursum Corda de los cristianos truncaría el culto diario al vino de los devotos de Baco. Pese a ello, la consternación reemplazó a la jovialidad acostumbrada y solo se hablaba de la Secta.
A las damas les angustiaba pisar la calle porque les aterraba que la Secta las engullera. Las valientes afirmaban no correr peligro argumentando que, si de veras el corazón femenino sentaba regular a Satán, la Secta no se lo extirparía; las amedrentadas replicaban que un corazón en mitad de unas hechuras descuartizadas no servía de nada, y las prácticas se aventuraban al exterior metiéndose una manzana en los ropajes, convencidas de que, en realidad, al demonio le agradaba esta fruta, procediera de Eva o de otro lado. Por consiguiente, si la Secta las intentaba devorar, le ofrecerían la manzana y listo.
La cofradía de esportilleros convocó una asamblea extraordinaria en la plaza de Herradores.
La noche anterior, cuando el escuadrón de rescate regresó a la Villa acarreando los dos cadáveres, un esportillero identificó a Mateo y avisó a sus compañeros de oficio.
Entre todos, dilucidaron que, si nadie había denunciado la desaparición de Mateo, y tal se desprendía de las circunstancias, los justicias lo pensarían un golfillo huérfano e indagarían en el gremio que sindicaba a la mayoría de los golfos huérfanos de Madrid: la esportillería.
Decididos a evitar un previsible y harto inconveniente asedio policial, acordaron negar a la víctima para desviar las pesquisas a lares distintos y lograr que los dejaran tranquilos. Al poco, los alguaciles comenzaron a interrogarlos, pero, como ninguno quebrantó el pacto de silencio ni admitió conocer al finado, marcharon de vacío.
Las Gradas de San Felipe estaban sumidas en un auténtico frenesí. Aquella mañana el mentidero honró su esencia de formidable suerte porque las mentiras proliferaban y, en cuanto una languidecía, surgía otra. Las había de todo tipo: incoherentes, verosímiles, extravagantes, divertidas, lamentables, peregrinas y descabelladas… muy descabelladas. Y lo peor era que muchas cosechaban tal crédito que algunos volvieron a casa persuadidos de que fueron los de la Secta y no los romanos quienes crucificaron a Jesús.
En medio del apabullante diluvio de chismes, uno floreció como rosa en primavera gracias a la previa siembra de Enrique.
Sebastián protagonizaba numerosos bisbiseos y, encima, las «amigas» de Margarita que presenciaron el tropiezo de esta con la sagrada forma habían divulgado el episodio tachándolo de «depravado ultraje a los símbolos católicos».
Uno de los corrillos donde se hablaba de los Castro lo componían un colchonero de la calle Toledo y un latonero de Puerta Cerrada, espectadores ambos de la infamante comedia que representó Enrique en su día.
Los dos comunicaban las novedades a un bordador de San Ginés de mínima estatura y a un ebanista empleado en un taller de la calle Carretas, ninguno de los cuales participó en aquel coloquio.
—Hace varias lunas un forastero comentó que una camada de herejes vestidos de cristianos se ocultaba en la Villa —repuso el colchonero—. Probablemente se refería a la Secta.
—Sostenía que el escribano de San Salvador militaba en ella —añadió el latonero—. En una librería de las covachuelas oyó que practicaba el judaísmo bajo cuerda y que la Santa le seguía la pista. Llegó a acusarlo del secuestro de la Bouza.
—Un servidor se perdió esa interesante tertulia, pero, en mi opinión, lo del secuestro y el sacrificio ritual son falacias —señaló el bordador—. Una clienta de mi tienda me ha contado que los difuntos mantenían un idilio y que, al sorprenderlos marraneando otro fulano prendado de la moza, se le descontroló la mano.
—¡Qué pollinada, compadre! —refutó el colchonero—. Cuando a uno se le descontrola la mano, atiza un torniscón y si acaso un tajo de filosa, pero no desempotra el corazón como quien extrae un clavo.
El bordador calló en actitud cavilosa mientras chupeteaba un mondadientes. Siempre lo llevaba en la boca para indicar que recién disfrutaba de un fastuoso ágape y alardear así de sus prósperas arcas, típica treta utilizada por los de yerma faltriquera, que, en vez de admitir el hambre, preferían enmascararla mediante quiméricos artificios.
—Yo no desecharía la teoría del crimen pasional, maese —secundó el ebanista—. Cupido empuja a dislates desmesurados. Igual el galán derrotado le espetó al victorioso: «antes de que me arrebatéis el corazón de mi musa, os descepo el vuestro»; y luego se vengó de la musa dándole felpa hasta apiolarla.
—Ambos meáis fuera del tiesto —se empecinó el colchonero—. Aquí no hay romanzas. La Bouza le sacaba varios abriles y una cabeza de alzada al infanzón mutilado. Podría ser su madre.
—Ni la edad ni la talla interfieren en el amor —rebatió el bordador, irguiéndose ufano—. Mi Simeona me saca diez años y tres cabezas. Sin embargo, ¿sabéis lo que me susurra en el lecho? «Hombre pequeño y madrileño, hombre de ensueño».
—Habéis entendido mal —rio el latonero—. En realidad, os susurra «hombre pequeño y madrileño, hombre de errado diseño».
—De errado diseño nada, papanatas. Ya quisierais vos mi donosura. Las hembras suspiran por mis entretelas y mi Simeona la primera. ¡Anda que no presume de esposo!
—La Simeona es la i y presume de punto, figura —bromeó el colchonero—. Apuesto que, al pasear, en vez de cogerse de vuestro brazo, os giba a hombros para no desriñonarse.
—Chanceaos cuanto gustéis, que a quien buena planta tiene le resbala lo que va y lo que viene —desdeñó el bordador, impasible al coro de carcajadas—. Insisto en mi barrunto. La Bouza cojeaba del mismo pie que mi Simeona y también le atraían los chiquitos pero matones. Esto huele a toro encelado.
—Esto huele a Lucifer, amigo —corrigió el latonero, aparcando el jolgorio—. Es una liturgia demoniaca perpetrada por la Secta.
—¿Y pensáis al escribano de San Salvador un miembro de ella? —inquirió el ebanista.
—Tal nos reveló el forastero. Si no falló cuando avisó de la existencia de una liga hereje en la Villa ni tampoco cuando involucró a los de Moisés en el infortunio de Candela, dudo que disparatase inculpando al de Castro.
—Según mis pesquisas, no disparató un ápice —terció el colchonero—. Incluso me atrevo a formular una elucubración. El de Castro no solo milita en la Secta… La lidera.
—¡Demontres! —soltó el bordador—. Gruesa elucubración se me antoja. ¿A qué pesquisas os referís?
En ese momento se incorporó al corrillo Damián Palacios, el cerero a quien Sebastián rechazó un banquete porcino.
—A la paz de Dios, señores —se limitó a decir.
—¡Caramba, Damián! —exclamó el colchonero—. ¡Menuda cara de escupidera arrastráis!
—Cierto, socio —coincidió el ebanista—. Rendís un saludo más seco que el ojo de Inés. ¿Qué tripa se os ha roto?
—Dispensad la tiesura, pero es que traigo el cuerpo del revés —se excusó Damián—. Un dilema me atormenta y no sé a qué santo encomendarme.
—Desembuchad y entre todos decidiremos qué santo merita la vela —animó el colchonero.
—Se trata de la Secta.
—De la misma parlamentábamos —declaró el bordador—. Estos dos relatan que días atrás un foráneo les habló de ella y sospechan de un cagatintas.
—Me consta —contestó Damián—. Yo intervine en esa charla; precisamente mi dilema nace del cagatintas. ¡Me declinó un cochinillo asado, compadre! ¿Y si de veras judaíza? ¿Y si colabora en la Secta? ¿Y si la capitanea?
—Recién lo sugiero —repuso el colchonero.
—Tengo un hijo de la edad del párvulo muerto —explicó Damián—. Me acongoja imaginarlo en las garras de la Secta.
—Y ¿en qué dilema os debatís? —preguntó el latonero.
—No sé si debería contar el incidente del puerco a la Inquisición. Si la Secta secuestrase a mi hijo y luego se descubriese que Sebastián Castro sirve en sus filas, no me perdonaría haber silenciado una información capaz de evitar semejante tragedia.
—La familia al completo apesta a herejía —masculló el colchonero—. ¡Adivinad lo último! La parienta del escribano vilipendia los blasones del Altísimo.
—¡Ángela María! —farfulló el ebanista—. ¿En serio?
—¡Que me aspen si miento! Mi primo el aguador la vio hacerlo. Y también una cuadrilla de linajudas, los criados, unos zagales a la gresca… Allí había más gente que en misa mayor, pero le importó un ardite. Tiró la cruz al suelo, la insultó, la esputó y la pateó.
—¡Y una de abelarda! —desestimó el bordador—. ¡Que no nos mamamos el pulgar, maese! Nadie en sus cabales cometería tamaño desvarío frente a la cristiandad que describís.
—Os repito que mi primo lo vio y yo en mi primo tengo la fe del carbonero porque no suele hiperbolear. Además, ¿acaso un poseído está en sus cabales? Cuando Belcebú les confisca la voluntad, les da igual ocho que ochenta.
—Entonces… ¿creéis que los Castro comandan la Secta? —balbuceó Damián, trémulo.
—Las piezas encajan —aseveró el colchonero—. Primero raptan a la Bouza; después un extranjero apunta a los judíos y, en particular, a un escribano que rehúsa comer puerco; luego localizan a la chica junto a un rapaz desbrozado, lo cual valida el barrunto del extranjero porque ambos parecen haber sido víctimas de un ceremonial oscuro; y, para rematar la fábula, resulta que la esposa del escribano judaizante es otra renegada peligrosa tan dominada por Lucifer que no tiene reparos en ultrajar las sagradas formas delante de quien se encarte. En mi opinión, la cuestión pinta más clara que sopa de convento.
—He de acudir a la Inquisición y denunciar al escribano —musitó Damián, azorado.
—Comprendo vuestra ansiedad, pero a la Santa hay que ponerla como a la Parca: bien lejos —recomendó el ebanista—. Cuanto menos os conozcan, menos sufriréis.
—Aunque esos frailes me asustan en gordo, el riesgo de perder a mi muchacho me asusta mucho más.
—Yo me uno al consejo de nuestro amigo, Damián —secundó el latonero—. No os arriméis a los predios inquisitoriales y dejad que los paters se expriman el magín. El forastero afirmó que recelaban de Castro. En consecuencia, si ha cooperado o auspiciado esta barrabasada, tarde o temprano lo trincarán. No precisáis exponeros.
—¡Qué disyuntiva, maldita sea! Ya os adelanté que no sabía a qué santo encomendarme.
—Encomendaos a una pareja que siempre procura ventura: santa Prudencia y san Picocerrado —propuso el colchonero.
—El pánico es irracional y yo estoy yéndome por las pencas —resopló Damián, desanimado—. Veremos qué decido al final. Os agradezco la escucha y el consuelo, no obstante. Ahora marcho al matadero. Necesito sebo para mis cirios y no puedo demorarme. Quedad con Dios.
—Id con él. Y recordad: santa Prudencia y san Picocerrado nunca defraudan.