Libelo de sangre
CAPÍTULO 22 Delación
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CAPÍTULO 22Delación
Damián sucumbió al pánico y, obviando al matrimonio santa Prudencia-san Picocerrado, no marchó al matadero, sino al convento de Nuestra Señora de Atocha, uno de los principales enclaves del Santo Oficio madrileño.
Pese a ostentar la dignidad de Corte, la Villa carecía de tribunal inquisitorial y se hallaba sometida a la jurisdicción de Toledo. Al no disponer de instalaciones propias, el personal del Santo Oficio adscrito a Madrid utilizaba las de dos conventos muy vinculados a la institución: el convento de Santo Domingo el Real y el de Nuestra Señora de Atocha, ambos pertenecientes a la orden dirigente de la Inquisición: los dominicos[48].
A lomos de una mula torda, Damián subió Carretas, atravesó la plazuela del Ángel y enfiló Atocha, calle así bautizada porque llevaba al santuario de Nuestra Señora de Atocha. Aunque la etimología del término atocha generaba múltiples polémicas, según muchos, derivaba de lo que aquella zona fue en sus orígenes: un campo de atochas, arbusto de cuyas hojas se extraía el esparto usado en la fabricación de canastas, maromas, alpargatas y enseres del estilo.
Avenida larga e imponente, la calle de Atocha llegaba a los confines de Madrid y allí se ramificaba en tres veredas. La vereda izquierda ascendía por un escarpado montículo y culminaba en la ermita de San Blas; la vereda derecha era el camino real de Valencia, y en la vereda central se abría el camino de Atocha, que conducía al Real Santuario de Nuestra Señora de Atocha[49].
La Villa veneraba a la Virgen de Atocha y la Corona de España también. Desde tiempos añejos, los monarcas la visitaban de continuo y, cuando el Segundo Felipe la denominó «patrona de Madrid y de todos mis reinos», la equiparó a la patrona oficial de la ciudad: la Virgen de la Almudena[50].
Los reyes patrios visitaban tanto el santuario que los alrededores, incluida la calle Atocha, acabaron recibiendo las mayores atenciones higiénicas de la Villa. Sin embargo, estas atenciones solo se dispensaban los viernes porque, como el periplo soberano se sucedía los sábados, el regidor responsable de la limpieza urbana destinaba la víspera al acicalado.
Aquel jueves, transcurridas seis jornadas desde el último repaso, Damián encontró la avenida repleta de escarcha, fango, basura, fluidos humanos, excrementos equinos, cadáveres de animales e incluso el de algún desventurado rendido al frío, al hambre o a ambas cosas. Cierto que al día siguiente el lugar luciría esplendoroso, pero en ese momento parecía una porqueriza.
Al final de la calle pasó ante el Hospital General, institución surgida de la reestructuración ambulatoria del Segundo Felipe. Al principio estuvo ubicado en la Carrera de San Jerónimo, pero, andando el tiempo, se consideró un lugar de parca salubridad y, a sugerencia del galeno real don Cristóbal Pérez de Herrera, se trasladó a las postrimerías de Atocha, un enclave idóneo para combatir la enfermedad, pues se hallaba lejos del centro, rodeado de vegetación y colmado de aire puro.
Al objeto de separar hombres de mujeres, se diseñaron dos edificios. El Hospital General se destinó a los varones y en breve el sanatorio femenino de la Pasión abandonaría la plaza de la Cebada, donde ahora se afincaba, e iniciaría la mudanza[51].
Superados los amplios terrenos sanitarios, Damián cruzó el puentecillo que salvaba el arroyo del Prado y se internó en el camino de Atocha, un sendero arbolado que, a la espera como estaba del adecentamiento de los viernes, halló intransitable, pues las copiosas nevadas habían desbordado los riachuelos del entorno convirtiéndolo en un lodazal.
Cabalgaba daga en ristre y ojo avizor porque, aunque en verano mucha gente frecuentaba aquellos remotos parajes, bien paseando entre las frondosas alamedas, bien peregrinando al santuario de Nuestra Señora de Atocha, en invierno escaseaban los paseantes, faltaban peregrinos, abundaban duelistas lavando afrentas en los campos de San Blas y sobraban bellacos.
Cuando llegó al humilladero de Atocha, recordó una charla que mantuvo con su hijo, el mismo a quien ahora intentaba proteger de la Secta.
—Padre, ¿los humilladeros humillan a las personas? Según el maestro, humillar al prójimo es pecado y, si los humilladeros humillan, no creo que a Dios le agraden.
—Los humilladeros no humillan a nadie y sí agradan a Dios —había respondido Damián—. Se trata de sitios píos instalados en las lindes de las ciudades donde los fieles se humillan, es decir, se arrodillan y rezan.
—¿En las lindes de las ciudades? No comprendo, padre. Hay humilladeros en muchas plazas de Madrid.
—Los hay porque, al ampliarse las fronteras urbanas, han quedado dentro, pero al principio estuvieron extramuros. Sin embargo, existen otros que siguen fuera de la ciudad. El humilladero de Atocha es un buen ejemplo[52].
Sonriendo enternecido al evocar aquella conversación, Damián desmontó, se arrodilló e imploró amparo frente a la Secta.
A continuación, reanudó la marcha y desembocó en el Real Santuario de Nuestra Señora de Atocha, un impresionante complejo formado por la iglesia, la capilla mariana, el convento e inmensas huertas que abastecían a los frailes.
Contaba la leyenda que, cuando Madrid sufría el dominio árabe, la Virgen de Atocha era una figura sin nombre colocada en un oratorio de un islote del Manzanares. Un día del octavo siglo, la talla desapareció y Gracián Ramírez, un caballero muy devoto de ella, organizó una partida de rescate que no dejó de buscarla hasta que la halló en un lejano atochar próximo al antiguo camino de Valencia.
En honor al cobijo que las atochas habían procurado a la imagen, los miembros de la partida la llamaron Virgen de Atocha. Además, en el punto donde la localizaron comenzaron a construir una ermita y en ello andaban cuando los moros se percataron de la obra y, creyendo que estaban levantando una muralla para presentar batalla, alzaron las armas.
Al comparar el endeble ejército cristiano con las hercúleas filas musulmanas, Gracián Ramírez perdió la esperanza de salir ileso y, decidido a impedir que los soldados vencedores violasen a su esposa e hijas, las degolló, depositó los cuerpos en la ermita de la Virgen y, luego de dedicarles un afligido adiós, marchó a la guerra.
Contra todo pronóstico, el enemigo cayó derrotado y, tan pronto pisó Madrid, Gracián corrió a la ermita para agradecer a la Virgen tamaña victoria. Quedó estupefacto al encontrar a su familia junto a la talla, pero no muerta como la dejó, sino viva y exhibiendo una profunda cicatriz en el cuello.
Aunque nadie podía asegurar si el nacimiento de aquella ermita a instancia de Gracián Ramírez y los truculentos avatares que le siguieron encerraban fábula o verdad, lo cierto era que, en el décimo siglo, la ermita existía, se erigía en mitad de un atochar, anidaba la imagen de la Virgen de Atocha y, por decreto del Arzobispado de Toledo, la cuidaban los monjes de Santa Leocadia.
Se trataba de una construcción de planta humilde, muy pequeña, pues los moros no permitían grandes símbolos católicos en Madrid, y con una feligresía prolija pero no desmesurada.
Sin embargo, cuando en el año 1085 el Sexto Alfonso de Castilla liberó Madrid del yugo infiel y los madrileños atribuyeron semejante ventura a un milagro de la Virgen de Atocha, el fervor hacia ella se agudizó tanto que la ermita empezó a recibir riadas de gente ansiosa de rendirle culto. La situación alcanzó tal nivel de saturación que, al final, se estimó imperativo ampliar los espacios y, junto a la ermita, se levantó una iglesia.
Andando el tiempo, el emperador Carlos ocupó el trono de España y, al ver el ruinoso estado de ermita e iglesia, mandó demoler ambas estructuras, edificar un templo augusto acorde a la enorme devoción que inspiraba la Virgen de Atocha y construir al lado un convento para alojar a los custodios de la imagen. Sin embargo, el emperador no encomendó esta labor de custodia a quienes hasta entonces la habían desempeñado, los monjes de Santa Leocadia, sino a los dominicos, y ello a sugerencia de fray Juan Hurtado de Mendoza, su confesor y precisamente miembro de esa orden[53].
Damián franqueó la cerca del recinto y accedió a un atrio repleto de escudos monárquicos que evidenciaban el estrecho vínculo del santuario con la Corona. Al frente magníficas escalinatas daban un aspecto regio a la iglesia y al oratorio de la Virgen.
Tras explicar el motivo de su visita, un novicio le condujo a través de un claustro construido en torno a una fuente de piedra berroqueña y una rosaleda. Aunque Damián lo imaginó bonito y relajante en verano, en esos días de inminente invierno no irradiaba ni belleza ni relax porque la nieve enterraba la hierba, la rosaleda se había congelado, el agua de la fuente estaba cristalizada y el chorro de los caños era un carámbano.
Luego de cruzar el claustro, el novicio se detuvo ante una puerta, inclinó la cabeza y, en completo silencio, le dejó frente a un portero y un clérigo, escoltas ambos de la puerta.
El portero vestía de gris, tenía el emblema de la Inquisición en la pechera y sostenía una vara. El clérigo lucía la testa tonsurada y la indumentaria típica de los dominicos: túnica, escapulario y esclavina blancos, capa negra y un rosario de quince misterios al cinto.
—Bienvenido al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición —saludó el portero en un tono del que no se desprendía bienvenida alguna—. ¿Qué se os ofrece?
—Deseo denunciar a un hereje —expuso Damián, esforzándose en frenar el temblor de la voz.
—Adelante —exhortó el portero, apartándose—. Fray Cástulo os guiará a la cámara del comisario.
Damián siguió a fray Cástulo, quien subió al primer piso, atravesó un arco ojival y enfiló una galería porticada que se asomaba al jardín del claustro y constaba de varias puertas. El clérigo se detuvo ante la última, llamó y entró.
Hecho un manojo de nervios, Damián aguardó fuera hasta que, transcurridos unos instantes, fray Cástulo reapareció y, sin pronunciar palabra, le invitó a pasar y a utilizar una pililla situada a la derecha para persignarse. Después volvió a salir y cerró la puerta.
Damián se encontró en una estancia de medianas dimensiones y mobiliario espartano.
En el rincón ardía un brasero de latón, una alfombra turca de felpa entorchada en seda engalanaba el suelo de piedra, tapices místicos guarnecían las paredes y gruesos cortinajes morados cubrían la ventana aislando la pieza del relente.
Una librería de nogal que forraba el tabique del fondo mostraba volúmenes de temática jurídica, religiosa e inquisitorial alineados en escrupuloso orden, y a la izquierda había un oratorio compuesto de escabel y crucifijo.
En el centro de la habitación se alzaba un bufete de caoba con un montón de legajos encima, un reloj de arena, un rosario de marfil y un candelabro de bronce donde seis velas de sebo despedían mucho humo y poca candela.
Damián se estremeció al sentir la penetrante mirada de un eclesiástico acomodado tras el bufete en un frailero de cordobán. Calzaba sotana negra, manteo de lanilla, muceta de terciopelo carmesí, una cruz de plata en el pecho y un bonete oscuro sobre la despoblada testuz.
Se trataba del licenciado Juan González de Centeno, comisario de Corte del Santo Oficio. Aunque su rango equivalía al de un inquisidor, cuando Toledo o el propio inquisidor general enviaba uno de verdad a Madrid bajo el título de «inquisidor en Corte», él descendía a la categoría de «adjunto», degradación que, lejos de disgustarle, anhelaba porque el puesto en solitario acarreaba excesiva tarea y una enorme responsabilidad en absoluto recompensada ni en gratitudes ni en cuartos.
Canónigo de la catedral de Sevilla y antes comisario del Santo Oficio en Logroño, llevaba bastante tiempo al frente de la Inquisición madrileña y mucho más rogando a sus superiores que le asignasen alguien con quien compartir la exorbitante carga de trabajo. Al fin, el persistente ruego fructificó y los superiores mandaron a un inquisidor procedente del tribunal de Toledo que desde entonces dirigía la delegación madrileña.
—Me refieren que queréis formular una denuncia —le dijo a un acongojado Damián.
—Sí, señor. En cumplimiento de mi deber cristiano y de los preceptos de la santa madre Iglesia.
—Hablad —conminó el comisario, sacando papel de una gaveta, cogiendo una pluma de ganso y mojándola en un recipiente de estaño.
—Denuncio al escribano del número Sebastián Castro.
—¿Motivo?
Damián relató que Sebastián declinó un agasajo de puerco, añadió que Margarita vejaba los símbolos católicos y terminó insinuando la participación de ambos en los Crímenes del Ritual.
El comisario anotaba la información con gesto desganado, pero, en cuanto Damián mencionó los asesinatos, alzó la vista, sorprendido.
—¿Qué os induce a maliciar tal cosa? Cuidad vuestras acusaciones, señor Palacios. Aludís a sucesos muy onerosos y os conviene extremar las mesuras. Al Santo Oficio no le incumben las rencillas personales de la ciudadanía.
—No existen rencillas personales. Apenas conozco a los Castro. Simplemente compran las velas en mi tienda, pero, allende eso, ninguna relación nos une.
—No se convida a desconocidos a un ágape en la casa de uno —rebatió el comisario.
—El escribano me mostró una honestidad inusitada en su gremio y pretendía agradecérselo. Nada más.
—De acuerdo. Reitero la pregunta, entonces. ¿Qué os induce a estimarlos culpables de esas muertes?
—Es evidente que judaízan y los Crímenes del Ritual revelan un sacrificio judío. De otro lado, en las Gradas de San Felipe se les señala. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
—En este caso y que Dios me dispense, del agua bendita, poquita. La gravedad del asunto no admite comadreos y las Gradas de San Felipe representan la quintaesencia de tan ignominiosa práctica. De prestar oídos a una ínfima parte de las bobadas nacidas en semejante foco de impudicia y zanganería, habríamos de ajusticiar a medio Madrid.
—Faeno de sol a sol, señor, y no me considero ni impúdico ni zángano —reivindicó Damián, ofendido y trocando el miedo que le inspiraba aquel fraile en amor propio—. Frecuento las Gradas, sí, y no me avergüenzo de ello, pues no vislumbro ignominia alguna en disfrutar de afables tertulias durante el parvo asueto que me concedo.
»Lejos de avergonzarme, esa costumbre me congratula porque allí he aprendido a distinguir fábula de verdad, y lo que estoy denunciando ni peca de fábula ni adolece de verdad. No deseo perjudicar a los Castro, pero he de proteger a mi familia. Si no han hecho nada, nada les ocurrirá y, si lo han hecho, yo habré servido al Altísimo reportando la información que manejo. Ahora corresponde al Santo Oficio dilucidar los pasos a seguir.
—Vuestra diatriba prodiga sinceridad —apreció el comisario tras un momento de reflexión—. Os otorgaré un voto de confianza y cursaré la denuncia.
Luego de apuntar los últimos detalles en la cuartilla, cogió un libro, buscó una página en concreto y empezó a leer en tono solemne.
—Quede enterado el denunciante de que ha formulado denunciación judicial en pena y punición de delito de los llevados a edicto y decreto apostólico del Tribunal de la Santa Inquisición. Quede enterado el denunciante de que no se trata de una denunciación evangélica de las que se interponen ambicionando corrección fraterna porque, atañendo a crímenes de muy nociva calidad y harto perniciosos para la república cristiana y el bien público y común, no se pueden extirpar vía enmienda, sino vía vindicta y con reparación de los daños ocasionados.
»Quede enterado el denunciante de que su identidad no se desglosará a los denunciados. Quede enterado el denunciante de que este tribunal reprueba y castiga las denunciaciones impostadas o aviesas que lastimen a la república cristiana o a miembros inocentes de la misma. Quede enterado el denunciante de que cualquier actuación procesal del Santo Oficio, incluidas las pesquisas dimanantes de la presente denunciación, se realizará en el marco del deber de secreto inquisitorial.
»Quede enterado el denunciante de que a partir de hoy este tribunal le entiende vinculado al dicho deber de secreto inquisitorial, circunstancia que le obliga a mantener en rígida reserva la denunciación y las diligencias que de ella adquiera conocimiento. Quede enterado el denunciante de que las filtraciones que perturben el procedimiento generarán la apertura de una investigación y, si procediere, encausamiento por infracción del deber de secreto. ¿Quedáis enterado de lo expuesto?
Aunque, lejos de «quedar enterado», el denunciante en cuestión quedó atorado en aquel galimatías, no se atrevió a manifestarlo y se limitó a asentir.
—Quedo enterado.
—¿Lo comprendéis y lo aceptáis?
—Lo comprendo y lo acepto.
—¿De veras comprendéis que la Inquisición os exige riguroso silencio sobre el procedimiento que recién principiáis? —insistió el comisario—. ¿Comprendéis que riguroso silencio significa no mentar este pleito ni a vuestra sombra? Os confesáis cotidiano en las Gradas de San Felipe, hábito que, acaso según vos, no indica zanganería, pero sí una exacerbada afición al cotilleo. Afanaos en sellar los labios, señor Palacios; si vulneráis el deber de secreto del Santo Oficio, os procesaremos y creedme que no os trae a cuenta.
—No diré una palabra —musitó Damián, aterrorizado—. Ni siquiera a mi esposa.
—Más os vale. Ahora rubricad la denuncia. Os apercibo de que la rúbrica implica el inicio del procedimiento y también un juramento sobre la Biblia de no haber levantado falso testimonio.
—No he levantado falso testimonio —declaró Damián, firmando el documento—. Lo rubricaré y juraré sobre la Biblia o sobre lo que ha menester.
—Dios os haga merced por la ayuda prestada a su sagrada labor —repuso el comisario, aplicando polvos secantes a la tinta—. Hemos concluido.
Orgulloso y muy tranquilo ya, Damián regresó a casa pensando que quizá su coraje salvase a un niño; quizá salvase a su propio hijo.