Libelo de sangre

Libelo de sangre


CAPÍTULO 23 Adiós, amigo

Página 28 de 67

CAPÍTULO 23Adiós, amigo

Cuando Juan se topó con un Antonio solo y trémulo en el camino del Molino Quemado, dedujo tres cosas. Una, que Mateo había muerto, porque el muchacho adoraba a su hermano y nunca lo abandonaría. Dos, que Antonio presenció su final; de ahí los espasmos del niño ante cualquier pregunta relativa a lo sucedido. Y tres, que el cadáver no andaba lejos, pues, si Antonio lo vio todo y él le encontró en el mismo montículo donde se despidió de ambos, el siniestro debió acaecer allí o en un lugar próximo.

Fracasados los reiterados intentos de que el chiquillo soltara prenda, se afanó en buscar el cuerpo. Recorrió los alrededores de arriba abajo y rastreó arboledas, cerros, cerrillos, sembrados, huertas, bosques… También pasó cerca del socavón donde yacían Mateo y Candela e incluso escudriñó el interior, pero el grueso manto de nieve que cubría el fondo le impidió distinguir nada.

El hallazgo de las autoridades lo dejó conmocionado. Pese a barruntarse el peor de los desenlaces, no imaginaba las singularidades de la tragedia y, cuando las averiguó, una intensa tristeza le devastó el ánimo; sin embargo, apenas pudo llorar porque, en cuanto las lágrimas afloraron, el estupor y la incredulidad se las secaron. ¿Mateo víctima de un ritual judío? ¿De veras le habían extirpado el corazón? Y lo más escalofriante: ¿Antonio fue testigo de semejante atrocidad?

Desorientado, volvió a interrogar al niño. ¿Qué sabía de Candela Bouza? ¿Cómo llegó a esos andurriales? ¿La conocía? ¿Habló con ella? ¿Habló Mateo con ella? ¿Qué demonios ocurrió? Pero Antonio no contestaba; muy al contrario, desorbitaba los ojos, extraviaba la mirada, detenía el parpadeo y empezaba a convulsionar.

Cansado de provocarle fatigas y pensando que, si el pobre crío presenció el salvaje asesinato de Mateo, bastante infierno arrastraba ya, Juan se compadeció y claudicó. Quizá algún día venciese el pánico y desembuchase; quizá no. Dios proveería. De momento, respetaría su silencio y, tal como le prometió cuando Mateo desapareció, se limitaría a cuidar de él.

Y en eso, en cuidar del pequeño, se volcó, pío empeño que le obligó a consumar un acto largamente soslayado: abandonar a su padre.

Así, lo que no se permitió hacer para salvarse a sí mismo lo hizo para salvar al pituso. Renunció a un hogar que quería, pero no existía; al hombre que, tras darle la vida, ahora porfiaba en quitársela, y a unos lazos de sangre rotos a fustazos.

Marchó desnudo de familia y vestido de amistad, la entrañable amistad de dos hermanos a quienes deseaba corresponder honrando la muerte del uno con el amparo brindado al otro.

Sin embargo, amparar a un infante no resultaba tarea baladí; conllevaba mucha responsabilidad y también muchos gastos, circunstancias ambas que le forzaban a trabajar de día y de noche.

El trabajo diurno consistía en picarear. Aparte de sonar más afable que delinquir, encajaba mejor en el título de su profesión, pues, igual que un arador araba o un cocinero cocinaba, un pícaro picareaba. ¿Y cómo picareaba? En este punto la realidad impedía dulcificar los términos porque solo había una manera de picarear: delinquiendo. En consecuencia, bien bajo el gentil paraguas del picarear, bien bajo el crudo raso del delinquir, robaba comida, sajaba faltriqueras, estafaba a incautos, trampeaba en los naipes, mendigaba fingiéndose lisiado, asaltaba las huertas aristócratas o saqueaba las cuadras del Mesón del Peine.

Acostumbraba a actuar en solitario, excepto en un enclave donde precisaba el auxilio de Antonio: el mercado de pan de la Red de San Luis.

Lo de red aludía a las mallas que protegían las hogazas de dedos cimbreantes similares a los suyos; lo de san Luis, a la iglesia de San Luis, obispo de Tolosa, construida al inicio de la calle Montera y encargada de ayudar a la parroquia de San Ginés en sus múltiples actividades piadosas[54].

Juan y Antonio visitaban el lugar a diario y, mientras, apostado en el extremo de uno de los puestos, Antonio distraía al tahonero gesticulando enloquecido, Juan cortaba la red y descuidaba una pieza.

La treta surtió efecto hasta que los tahoneros acabaron vinculando la aparición de aquel mocoso a la desaparición del género y el día que uno amenazó a Antonio con una barra de hierro, Juan resolvió prescindir del niño y apañárselas solo.

Las primeras veces se le antojó harto complicado porque los tahoneros tenían ojos en el cogote y no resultaba fácil sortearlos; sin embargo, como de la práctica nace el maestro, al final adquirió tal destreza que podía rasgar la tela ante las mismísimas narices de la araña.

Antonio contribuía a la economía doméstica afanando viandas en los cajones de fruta de la Plaza Mayor y limosneando en la iglesia de la Victoria. Concluida la misa de tarde, Juan iba a recogerlo y regresaban juntos a casa.

Residían en una muy peculiar morada que Juan encontró al poco de escapar del yugo paterno y estrenar nido bajo las estrellas.

Aunque al principio disfrutaba mucho del cálido olor a libertad que flotaba en su nuevo domicilio, pronto advirtió que esa calidez menguaba en exceso si nevaba, llovía o helaba y, como en invierno aquellos fenómenos menudeaban, empezó a plantearse la mudanza a un cobijo de bóveda menos bucólica pero más abrigada.

Una mañana de diciembre, tras una gélida noche a la intemperie, Antonio despertó entumecido de frío y afiebrado. Decidido a arreglar la penosa situación, Juan dejó al chiquillo a las puertas de la Victoria y se dirigió a la calle Santa Isabel, en particular al Real Monasterio de Santa Isabel, donde una comunidad de agustinas recoletas profesaba en régimen de clausura.

Un día de escuela don Martín contó que aquel monasterio lo fundaron un beato llamado Alonso de Orozco y una linajuda de nombre Prudencia Grillo. Juan se acordaba del dato porque soltó un chascarrillo a propósito del apellido de la dama, la clase estalló en carcajadas, el dómine se enojó y le arreó un pescozón.

Abortado el jolgorio general, don Martín explicó que las primeras habitantes del monasterio de Santa Isabel procedían del convento de Nuestra Señora de Gracia en Ávila, convento en el que, al parecer, Alonso Sánchez de Cepeda internó a su hija Teresa para encarrilarla y tanto se encarriló la muchacha que terminaría convirtiéndose en santa Teresa de Jesús.

Cuando las hermanas abulenses arribaron a Madrid, se instalaron en un inmueble propiedad de Prudencia Grillo y aledaño al corral de comedias de la calle del Príncipe. Tiempo después, debido a la absoluta incompatibilidad existente entre las pausadas rutinas clericales y la constante algarabía que originaba el vecino corral de comedias, Margarita de Austria, esposa del Tercer Felipe, les habilitó una finca de recreo emplazada casi extramuros, otrora perteneciente a Antonio Pérez, secretario del anterior Felipe, y ahora incluida en el patrimonio de la Corona. Pese a ser un edificio de descomunales dimensiones, Antonio Pérez, en un derroche de falsa modestia, lo llamaba la Casilla.

Aparte de las dependencias conventuales, el recinto integraba la Casa Recogimiento de Santa Isabel, un orfanato creado por el Segundo Felipe en honor a su hija Isabel Clara Eugenia y puesto bajo la advocación de santa Isabel de Hungría[55].

La historia de la Casilla impactó tanto a Juan que, pensando en un refugio alternativo al de las estrellas, la recordó y se le ocurrió probar fortuna allí.

Luego de rodear el monasterio e inspeccionar su colosal perímetro, descubrió un boquete en el muro de una costanilla lateral. Se coló dentro y recaló en una gruta de muy aceptables medidas que estimó perfecta. Puso dos farolillos, avió un jergón de paja, sisó un par de mantas de estameña y listo: hogar, dulce hogar.

A la oscurecida, cuando llegaban a su singular domicilio, se sentaban en el jergón de paja, se echaban las mantas encima y, a la luz de los farolillos, cenaban lo que Juan había recolectado a lo largo de la jornada.

La pitanza oscilaba entre sobras de basura, pan de la Red de San Luis o viandas pirateadas de los mercados. Si sangraba una faltriquera, compraba empanadas de Dios sabía qué carne en las covachuelas de San Felipe; si cosechaba verduras en alguna huerta aristócrata, hacía una ensalada, y, si un bodegonero sacaba la olla fuera y despachaba platillos a un real, metía el suyo gratis, recabando a veces una patada en el salvonor y otras, las menos, una ración de guiso.

En ocasiones conseguía capón de galera y bizcocho, torreznos o migas; de manera esporádica, cataban huevos, y de manera aún más esporádica, queso. De bebida se agenciaba leche para Antonio, un pichel de vino agrio para él y agua de la fuente para los dos.

Cada noche regalaba a Antonio una fruslería que le aliviase la pérdida de Mateo y le borrase la tristeza del semblante. Lo llamaba la Zarandaja de la Sonrisa y, a base de repetirlo, se había convertido en un ceremonial vespertino que colmaba de ilusión al niño.

Siempre transcurría de igual suerte.

Finiquitada la cena, Juan empezaba a palparse las ropas de forma teatral ante el expectante escrutinio de Antonio. De repente, extraía algo, lo escondía tras la espalda y adoptaba un tono grandilocuente.

—Damas y caballeros, momento de la Zarandaja de la Sonrisa; quien se haya portado bien la obtendrá a toda prisa. Dime, mozalbete, ¿crees merecer el juguete?

Dando palmas de alegría, Antonio asentía.

—En tal caso, siendo deuda lo prometido, lo debido queda cumplido —decía Juan, entregándole el obsequio.

Solía consistir en frutas de sartén, un hojaldrillo, canicas, simples guijarros de colores o, próxima la Navidad, mazapán o turrón.

Una tarde recaudó buen parné en una partida de naipes y lo invirtió en un caballito de madera alzado sobre las patas traseras y con las crines al viento. Al ver la talla, Antonio la acarició, la abrazó y miró emocionado a Juan.

—Ya sé que idolatras los jamelgos —comentó el muchacho—. Por ahora el bolsillo solo me permite ofrecerte uno de mentira, pero algún día te llevaré al Paraíso de los Caballos, un sitio atestado de rocines de carne y hueso.

Brillantes los ojos, el niño se encogió de hombros en actitud interrogante.

—Ignoro dónde para y he de buscarlo —contestó Juan—. Sin embargo, lo localizaré. Será la Gran Zarandaja de la Sonrisa. ¿Qué te parece?

Consciente de que jamás encontraría tamaño edén, no había terminado de formular aquel juramento y ya se estaba arrepintiendo. Aunque el entusiasmo de Antonio le desazonó, se tranquilizó pensando que el pituso acabaría olvidando el Paraíso de los Caballos y su imprudente juramento de localizarlo.

Satisfecho el culto a la Zarandaja de la Sonrisa, Juan acostaba a Antonio, apagaba la luz y marchaba rumbo al tajo nocturno.

Ir a la siguiente página

Report Page