Libelo de sangre
CAPÍTULO 24 La ciencia de Vilhán
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CAPÍTULO 24La ciencia de Vilhán
El tajo nocturno transcurría en una casa de apuestas, donde Juan integraba la red de tramposos profesionales que el dueño del lugar contrataba para engrosar los beneficios del negocio. Y no era el zagal un tramposo mediocre; muy al contrario, gastaba tal habilidad en los naipes que el patrón lo consideraba uno de sus empleados más rentables.
Tanta maña se la debía a Mateo. Antes de conocerle, Juan apenas manejaba los naipes; sin embargo, en cuanto entabló amistad con el chico, este se erigió en su preceptor y terminó convirtiéndolo en un extraordinario representante de lo que en la jerga se denominaba la ciencia de Vilhán.
—¿Y quién es Vilhán? —preguntó durante la clase inaugural.
—Según la cofradía de jugadores, Vilhán es el inventor de los naipes —contestó Mateo.
—No os lo compro, socio. Mi maestro asegura que el inventor de los naipes fue un tal Nicolao Pepin. Fabricó la primera baraja y en ella imprimió sus iniciales, una N y una P, de cuya unión nació la palabra: Na y Pe… naipe.
—¿Y no aludió a Vilhán?
—Que yo recuerde, no.
—Entonces fantochea de sabedor y no sabe un carajo —despreció Mateo—. Lección número uno, compadre. Vilhán y los naipes equivalen a un rey y su corona. Si el maestrucho cita la corona y soslaya al rey, acaso domine el alfabeto, pero en estas componendas anda más triste que un velorio.
—De maestrucho nada. A don Martín le pinchan la testa y, en vez de sangre, le brotan letras. Ese carcamal es muy listo, amigo. No ladra porque no se estila. ¿Ha soslayado a Vilhán? No lo dudéis. El fulano no existe.
—Quizá no desbarréis, pues nunca se le ha visto y nadie lo conoce. De hecho, los expertos opinan que, en efecto, Vilhán solo vivió en las fábulas.
—¿En qué quedamos? —preguntó Juan, confundido—. ¿Existió e inventó los naipes o protagoniza fábulas?
—No se sabe de cierto. Se afirma que, en realidad, tras Vilhán, se oculta Lucifer.
—¿Lucifer? ¿Y qué diantres pinta Lucifer en la vaina?
—Pinta mucho. Lucifer desea que el hombre vulnere los mandamientos de Dios y, para conseguirlo, desde los albores del mundo le ha rodeado de tentaciones. Empezó embaucando a Eva. Le entregó la manzana prohibida, la pavitonta le hincó el diente y, merced a la tarascada, aún nos duelen las muelas a todos. Luego azuzó el vicio de Adán ofreciéndole una baraja, él aprendió a usarla y, gracias a eso, el pecado original aflojó las apreturas. De repente, el dolor de muelas de la cristiandad se esfumó.
—¿Se esfumó? —Bizqueó Juan—. ¿Y por qué se esfumó?
—Porque cuando los cristianos ya han perdido hasta las vergüenzas y no les resta una blanca que apostar, apuestan las muelas, también las pierden… y lo que no se tiene no duele —explicó Mateo, estallando en carcajadas.
—¡Menuda flamencada! Porfiad en la guasa y yo os dejaré sin muelas de una gayona. Veréis cuánto os aflojo las apreturas del pecado original, jangalandón.
—Confieso que, en cuanto a la baraja de Adán, chanceo; no así cuando os digo que Lucifer se oculta tras Vilhán. De las tentaciones que el Maligno plantea al hombre, el juego es una de las más seductoras, amén de muy traicionera, pues promete dulce y da acíbar. La mayoría apostamos esperando catar mieles y acabamos atragantados en vinagre. De ahí el alias. Vilhán significa «vil hambre», porque vil resulta el hambre que genera una afición desaforada a los naipes y que empuja a cometer barbaridades e incluso a vender el alma al diablo, circunstancia harto celebrada en el infierno.
—¡Demontres, zagal! ¡Qué miedo! Oyéndoos se me antoja que echar unas partidas y crucificar a Cristo entrañan igual falta.
—Depende de la cantidad y la calidad de las partidas, crucificar a Cristo podría considerarse una falta venial —rio Mateo—. En todo caso, leyenda o no, grabaos en el chapitel la lección número uno. Ciencia de Vilhán: dícese de lo relativo al juego y los naipes. ¿Entendido?
—Entendido.
—Lección número dos: terminología básica. Flor y florear; en la jerigonza, trampa y trampear.
—¿Me tomáis el pelo? —bufó Juan—. ¿Quién ignora que a la trampa se le llama flor?
—A medida del santo, hago las cortinas, socio. No conocíais a Vilhán, calamitoso preámbulo que anuncia tierra yerma.
—Recién comprobáis que no está tan yerma, doctrino de tres al cuarto; así que bajad esa nariz de garambainas y aparcad las obviedades.
—Precisáis apuntalar conceptos elementales, pupilo —replicó Mateo en tono arrogante—. Abrid, pues, las orejas y cerrad la boca. Herramienta medular del juego: la desencuadernada, tecnicismo asignado a la baraja. Si excluimos ochos y nueves, la reducimos a cuarenta naipes y entonces hablamos de cuarentena. Más vocablos fundamentales. Naipes limpios: no han sufrido ultraje; naipes hechos: lo han sufrido. Desde este instante quedan restringidas las palabras baraja, naipes falsos, fraudulentos, apañados o bujerías típicas de profanos. Os quiero expresándoos en el lenguaje de los eruditos. Desencuadernada, cuarentena, naipes limpios y naipes hechos. ¿De acuerdo?
—Todo eso me lo sé, hermano —bostezó Juan.
—Miembros de una partida —continuó Mateo, desatendiendo las protestas—. Versado: conocedor de las reglas y las flores, cumple las primeras y abomina de las segundas. Son zorros astutos que conviene esquivar. Negro o fullero: también controla reglas y flores, pero, al contrario que el versado, infringe las reglas y honra las flores. Blanco: pardillo capaz de confundir una sota de bastos con un as de copas y víctima favorita de los negros. Tahúr: individuo tan adicto al juego que pasa más horas apostando que fraile rezando.
—¿En serio me pensáis así de iletrado? Meted aguja de una vez, ¡diantres!
—La categoría de los negros tiene tres niveles: el acemilón, el del montón y el campeón. Al acemilón siempre le cantan la flor y le santiguan el frontispicio; el del montón, en ocasiones atina y en ocasiones patina, y el campeón es un volatinero de los naipes que roza una desencuadernada y la transforma en oro. ¿Queda claro?
—¿Os importaría aflojar la teoría? Aburrís a las vacas.
—Aprovechad tan apacible tedio porque, a partir de mañana, lo extrañaréis —respondió Mateo, esbozando una sonrisa perversa—. Mi proyecto educativo os dejará extenuado. Primero os enseñaré las reglas y practicaréis hasta alcanzar el título de versado; luego aprenderéis a romperlas y entonces os convertiréis en un maestro de la flor. Preparaos para sufrir, compañero.
Demostrando que no exageraba ni un ápice, el zagal comenzó a entrenar a Juan con tal dureza que ciertamente lo dejó extenuado.
Empezó explicándole que los palos de una baraja representaban a los distintos estamentos. Así, los oros aludían a la monarquía y sus riquezas; las copas, al clero y el cáliz sagrado; las espadas, a la nobleza y su adiestramiento militar, y los bastos, a los campesinos y sus aperos de labor.
Continuó hablándole de las pintas, una singularidad de las barajas patrias que dificultaba la trampa. Consistía en orlar el naipe e interrumpir esa orla incluyendo pequeños cortes en la parte superior e inferior. Los oros no tenían pintas; las copas tenían una; las espadas, dos y los bastos, tres, pues, según algunos, implicando las pintas una imperfección de la orla y componiendo los campesinos la clase más imperfecta de la sociedad, ellos meritaban la mayor cantidad de pintas. De este modo, en cuanto el jugador divisaba el número de naipe y las pintas, situados ambos en la zona alta de este, identificaba su mano y no precisaba desplegarla, impidiendo a los guiñones, sujetos apostados tras los miembros de una partida, vislumbrarla y soplársela al contrincante con quien estaban conchabados[56].
Sentados los cimientos básicos de la materia, pasó a instruirle en los tres tipos de juego existentes: los juegos de sangrado, que desangraban el bolsillo igual que una herida el cuerpo: gota a gota; los de estocada, donde haciendas enteras volaban en una única apuesta, y los dados, de idéntico riesgo que las estocadas.
Mientras los sangrados eran juegos lícitos, las estocadas y los dados estaban prohibidos y, como fruto vetado, fruto anhelado, si bien los sangrados gustaban, las estocadas y los dados entusiasmaban.
Juan cultivó los juegos de sangrado: el siete y llevar, el tenderete, la flor, el rentoy, el cientos, las quínolas, el juego del hombre y muchos más. Dominados estos, estudió las estocadas tradicionales: la dobladilla, la cargada y la andaboba.
Superada esta fase, Mateo le adentró en el oscuro señorío de la flor.
Aunque la asignatura se le resistió, pues no tenía una maña genuina para trampear, gracias a arduas jornadas de trabajo, a su hercúleo esfuerzo y al rigor de Mateo, logró conquistar la excelencia.
Sobre todo, lo logró gracias al rigor de Mateo, porque el muchacho utilizaba un método severo e incluso cruel que, no obstante, resultaba muy efectivo.
Primero lo tuvo días enteros cimbreando los dedos de continuo hasta obtener movimientos imperceptibles. Luego le ataba las manos a la espalda y le instaba a liberarse procurándole así una fabulosa elasticidad en las muñecas que le permitía contorsionarlas de formas inverosímiles y dar el cambiazo a dados, naipes o barajas completas. También lo sentaba en una silla, le ensogaba las extremidades y, tras ordenarle permanecer petrificado, le vertía encima un saco de cucarachas, calvario que abolió su manía de zapatear el suelo o palmearse la rodilla cuando se ponía nervioso.
Otras veces lo colocaba en un muro y le lanzaba cubos de agua escarchada que debía encarar impávido, pues un guiño fugaz provocaba una nueva riada. La tortura solo concluía cuando capeaba impertérrito cinco envites consecutivos, adusto modo con el que consiguió domeñar los gestos instintivos y armar un rostro hierático imposible de descifrar por el adversario. Este arte de mantener la expresión imperturbable lo perfeccionó mediante lo que Mateo llamaba «sesiones de escrutinio», durante las cuales le obligaba a mirarle sin parpadear y le atizaba un pescozón en cuanto sucumbía.
Padeció agotadoras lecciones de interpretación en las que Mateo se calaba un chapeo de ala ancha que le celaba las facciones y empezaba a muequear. Juan debía estudiar esas muecas y adivinar qué intenciones ocultaban. Al principio empleaban bastante luz, pero, poco a poco, Mateo fue reduciéndola hasta que al final el candil casi no alumbraba. De esta forma, atisbando apenas una sombra entre el chapeo y la penumbra, Juan habituó los ojos a traducir la mímica rival en pésimas condiciones de visibilidad.
También ejercitó la técnica del barajado y, cuando logró velocidades vertiginosas, Mateo le describió las flores que solían utilizarse en ese momento, no sin antes advertirle que solo los auténticos genios osaban ejecutarlas.
La primera consistía en coger el taco de naipes para barajarlo y justo entonces reemplazarlo por uno trucado, trampa que a Juan se le antojaba de una complicación extraordinaria. En la segunda flor se colaba una empanadilla, es decir, encima o debajo de la baraja se colocaban varios naipes sutilmente pegados de manera que, al repartir, llegaban en bloque a las manos adecuadas. En la tercera se asestaba un astillazo metiendo una carta perjudicial entre las del contrario para frustrarle una buena partida. Y en la cuarta el fullero hacía un amarre preparando la baraja de tal modo que le saliese el naipe ambicionado.
La adulteración de barajas culminó aquel curso intensivo de marrullero profesional.
Sirviéndose de un alfiler, punzaba el naipe y creaba una señal llamada verruguilla; un inapreciable mordisco en el borde fraguaba un ala de mosca; de un tiznado de ceniza en el dorso surgía un humillo, y de un leve arañado nacía un raspadillo.
—¡Felicitaciones, camarada! —dijo un orgulloso Mateo meses de dedicación absoluta después—. Lo habéis conseguido. Yo os declaro maestre de la ciencia de Vilhán.
Aunque, obtenida la licenciatura en tan peculiar oficio, Juan gastaba tal destreza que podía jugar y trampear donde y a quien se le antojase, el joven se limitaba a intervenir en partidas callejeras evitando las casas de juego, pues su padre las frecuentaba y, como le sorprendiese en una, lo mandaría con san Pedro de una solfa.
Sin embargo, el adiós a Mateo y el cuidado de Antonio alteraron las prioridades. Los frugales condumios, en lugar de aplacar el hambre, la agudizaban; la sisa no rendía; las limosnas tampoco, y las timbas al raso forjaban apuestas exiguas.
La situación invitaba a ampliar horizontes y ampliar horizontes implicaba personarse en los antros donde los cuartos corrían libres. Aun así, Juan temía arriesgarse. No obstante haberlo abandonado, su padre todavía le inspiraba pavor y prefería robar en el Alcázar a cruzárselo en un mandracho.
Andaba indeciso entre los bríos del hambre y el miedo a la fusta cuando la vida acudió al rescate… la vida… o Lucifer, que, encarnado en Vilhán, vislumbró la oportunidad de reclutar un feligrés reticente a contactos más íntimos y no la desperdició.
Vida o Vilhán mediante, Juan pasó de repudiar las casas de juego a ejercer de experto fullero en una. Y no en una cualquiera. Ejercía en la casa de juego perteneciente a un sujeto directamente involucrado en el ocaso de Mateo: el soldado Márquez.
En Madrid bastantes casas de juego pertenecían a los denominados militares estropeados, soldados cuyas heridas de guerra los forzaban a regresar del frente y reincorporarse al mercado laboral.
Lisiados y consagrados durante demasiados años a la tarea de matar, no se manejaban bien en menesteres diferentes. En consecuencia, nadie los contrataba y quedaban condenados a la mendicidad o a seguir matando como asesinos a sueldo.
Aunque la Corona los amparaba concediéndoles licencias para abrir un garito de apuestas, únicamente los que gozaban de un padrino las obtenían. En particular, Márquez debía su negocio al sargento Salcedo, quien tiró de influencias y le recabó la cédula.
Cuando, tiempo después, Salcedo perdió el ojo e intentó ganarse los garbanzos de igual suerte, comprobó que, tuerto y excluido del ejército, era un pobre diablo carente de poder, porque, luego de aldabear todas las puertas, solo un agradecido Márquez le respondió.
Desde entonces Salcedo subsistía merced a la caridad de Márquez. Este le fiaba dinero, lo abastecía de pitanza, no le cobraba el acceso a sus feudos y lo ayudaba a trampear en los naipes.
Los caminos de Juan y Márquez se enhebraron una tarde de diciembre, al poco de hallar los restos de Mateo.
Juan floreaba a un infeliz en una de las timbas que solían celebrarse en el cementerio de la iglesia de Santa Cruz y, al acabar la partida, Márquez, que llevaba un rato observándole en la distancia, se acercó a él.
—Me inclino ante tu talento en el arte de la flor, mozo.
—Os equivocáis, señor —objetó Juan, fingiendo no captar la auténtica lectura del comentario—. Jugábamos al tenderete, no a la flor.
—Bien sabes que no me refiero al juego, sino a la trampa.
—Retirad presto tamaña infamia o lo lamentaréis —exhortó Juan, blandiendo su daga.
—Trágate las agrias, joven, que porto bandera blanca. Y emboza la faca, te lo ruego. ¿Acaso ignoras el lema del acero? No me saques sin razón ni me guardes sin honor. Ahora no tienes razón para sacarlo y, si lo sacas sin razón, siempre lo guardarás sin honor.
—¿Me ofendéis tildándome de fullero y no tengo razón para sacar el acero?
—Pretendía encomiarte, no ofenderte. Años ha que no veía semejante habilidad en el floreo y me han vencido las ganas de reverenciarlo. Además, quiero llevar esa agua a mi molino.
—¿De qué habláis? —preguntó Juan, intrigado.
—Poseo una casa de Ginebra… ya me entiendes… una casa de juego.
—Sé lo que es una casa de Ginebra. Abreviad los magisterios e id al grano.
—Relaja la quijada o se te fracturará —bromeó Márquez de buen humor—. Y alegra el gesto, ¡caramba! Hoy la fortuna te sonríe.
—Cuando la fortuna me sonríe, yo sonrío y, de momento, estoy a leguas de siquiera amagar.
—En cuanto te participe mi oferta de tajo, esbozarás una sonrisa radiante.
—¿Tajo? Fea palabra y madre de pocas sonrisas, maese.
—Si te llena el bolsillo haciendo lo que te divierte hacer, no la estimarás fea.
—Y, según voacé, ¿qué me divierte hacer?
—Lo que recién haces —contestó Márquez, encogiéndose de hombros—. Florear. Y con la maestría de los mejores, si me permites la apostilla.
—Si habéis olido flores, quizá no merito acomodo entre los mejores.
—He olido flores porque soy zorro añejo y, en lo concerniente a Vilhán, huelo hasta el pedo de una hormiga. Sin embargo, hay más paz en el mundo que hocicos como el mío. Solo Dios y yo habríamos cazado la empanadilla que le has colado a ese chamarillón.
—A fe que no necesitáis cera del prójimo, señor. Os bastáis y os sobráis para poneros en los cuernos de la luna.
—En materia de juego, no me pongo, sino que dis-pongo de los cuernos de la luna. De hecho, reino en ellos y me gustaría instalarte en un escaño a mi lado, pues me consta que honrarías tan ilustre ubicación. Acompáñame y te prometo que masticarás más que ahora.
—¿Creéis que mastico poco?
—Tal delatan tus ropajes.
—¿Qué delatan mis ropajes?
—Delatan dos cosas: que la chicha es parca y que el esqueleto se marca. No obstante, insisto: hoy la fortuna te sonríe.
—De acuerdo —accedió Juan—. Extended el paño. Os escucho.
—Es muy sencillo. En mi palomar abundan las palomas y preciso un buitre que rentabilice su candidez. Quiero que juegues para mí, florees para mí y ganes para mí. Como ves, no me pierdo en zarandajas y extiendo el paño a pecho descubierto. Aunque no suelo desglosar mis estrategias empresariales a extraños, confío a ciegas en mis tripas y mis tripas me susurran que tú me reportarás mucha guita.
—Vuestra franqueza me conmueve y me obliga a corresponderos con igual franqueza: nunca he pisado un palomar.
—¿En serio? —exclamó Márquez, pasmado—. Alguien que surca los mares de Vilhán derrochando esa pericia ¿todavía no ha embarcado en un galeón? ¿Puedo saber el motivo?
—Avatares personales —esquivó Juan—. En fin… Imagino que, abortadas las expectativas de vuestras tripas, aquí nos despedimos.
—Al revés. Mis tripas aplauden la noticia porque, en no habiendo pisado un mandracho, nadie te identificará y nadie recelará. En consecuencia, mi oferta de trabajo sigue en pie.
—En tal caso, entremos en detalles. Me parece haber entendido que solo he de florear a blancos, ¿cierto?
—Cierto.
—¿Cómo he de proceder?
—Acudirás a la coima al ocaso. Hilario, el custodio de la puerta, te dirá si hay labor o no. Si no hay, marcharás; si hay, te indicará la mesa donde te deseo sentado. Fingirás no conocerme ni a mí ni a mis hombres y nos comunicaremos mediante consignas. A la hora de cierre entregarás los beneficios de la noche a Hilario. Le profeso igual confianza que a mis tripas y ni un maravedí me birlará.
—¿Qué jornal recibiré?
—Cada día que asomes, apenques o no, recibirás un cuartillo de vino, pan tierno y una ración de guiso con alubias, hortalizas, jamón, morcillo de vaca y pezuña de carnero. De lo que ganes, te abonaré un tercio y los cirios que consumas corren de mi cuenta.
—¿De qué depende que Hilario me franquee el paso o me ordene volver a casa?
—De la parroquia. Si luce blanca, te franqueará el paso; si apesta a versado o fullero, volverás a casa.
—Supongamos que surge labor diaria. Los habituales terminarán descubriendo que soy buitre y no paloma.
—Mi templo carece de habituales. Está en la plaza de la Cebada y únicamente lo visitan viajantes que arriban en fechas de mercado. Cuando hay feria, no damos abasto; cuando no la hay, el negocio se resiente, pero no me quejo. He aprendido a gestionar las fluctuaciones concertando alianzas similares a esta que te propongo.
—Si no gano, ¿también me pagaríais?
—La primera vez que no ganases transigiría; a la segunda nuestra alianza amarillearía, y a la tercera expiraría.
—En ocasiones las flores no prosperan, maese.
—Jugarás en mesas más inocentes que un niño de teta, zagal. Si tus flores no prosperan en tamaño contexto, entonces quizá esté viendo estrellas donde solo existen chispas.
—Quizá en verdad estéis viendo estrellas donde solo existen chispas.
—En según qué ministerios, nunca confundo estrellas con chispas. Confía en mí. Tus flores prosperarán y las perras nos lloverán.
—¿Y cómo os las ingeniaréis para aglutinar blancos en mi mesa? Los paisanos eligen sitio a voluntad.
—Eso creen, pero, en realidad, otros eligen por ellos —replicó Márquez, guiñándole un ojo.
—¿Qué otros?
—Los enganchadores. En mis predios trabajan cuatro. Examinan a los recién llegados y los etiquetan de tres formas: buitres, zorros y palomas. Obvian a buitres y zorros y enganchan a las palomas mareándolas con chácharas insustanciales mientras las guían a la mesa convenida.
—¡Caray! Admito que organizáis bien vuestro pequeño reino en los cuernos de la luna.
—Un pequeño gran reino que te espera ansioso. ¿Qué me dices? ¿Te vienes conmigo a la luna?
Juan dudaba. De un lado, el terror a cruzarse con su padre le empujaba a declinar la oferta; de otro lado, las paupérrimas cenas le animaban a aceptarla.
—Te participaré un matiz que de seguro te interesa —señaló Márquez—. Aunque en la coima despacho vino bautizado, mi gente recibe caldo turco.
El vino bautizado aludía a la costumbre de aguarlo o bautizarlo para abaratar costes. En cambio, el no adulterado se llamaba vino turco a propósito de esas tierras donde no imperaban ni el catolicismo ni el bautismo. Considerando que, salvo en lares de copa fina, cualquier taberna o bodegón de Madrid vendía vino tan bautizado que ni vino era, la puntualización de Márquez tenía su aquel.
—La nacionalidad del vino se me antoja una ventaja imbatible —bromeó Juan, decidiéndose al fin—. Si hubierais expuesto ese dato desde el principio, habría firmado en barbecho.
—De haberlo sabido, habría sido la frase inaugural de esta plática —rio Márquez—. Pensé que me retarías a duelo por elogiar tu pericia. Entonces, ¿qué? ¿Cerramos el trato?
—Cerramos el trato.
—¡Magnífico, muchacho! No te arrepentirás.
—Tampoco voacé se arrepentirá. ¿Cuándo empiezo?
—Esta noche. Al toque de completas, persónate en el mandracho de la calle Toledo junto a la plaza de la Cebada. Es una casa con la puerta azul. Hilario te identificará y te dará las instrucciones pertinentes. Soy Márquez.
—Yo soy Juan de la Calle. Un placer conoceros, patrón.
Y así, sin sospechar siquiera los siniestros vínculos que unían a Márquez y Mateo, Juan quedó al servicio del primero mientras aún lloraba al segundo.
Como le adelantó el soldado, solo foráneos visitaban la coima y, habiendo muchos blancos, pocos negros y apenas versados, jugaba a diario y ganaba a diario.
El joven estaba encantado.
Las apuestas fuertes le gustaban; cobrar un buen jornal le entusiasmaba; el patrón, un carismático piquero de los Tercios, le subyugaba, y su capa llena de mechones de pelo le fascinaba desde que Márquez le contó que pertenecían a los herejes que mató en el frente.
El nuevo empleo mejoró la economía doméstica de muy relevante guisa e incluso permitía esporádicos festines en algún bodegón.
La Zarandaja de la Sonrisa también evolucionó. Los guijarros de colores se transformaron en muñecos de trapo, estoques de madera, confites o el colmo de la exquisitez: hojaldres de Casa Botín.
Juan se sentía orgulloso. Amén de honrar a Mateo cuidando de Antonio, se había zafado de la tiranía paterna levando anclas del puerto del miedo y convirtiéndose en dueño de sí mismo.
Tanto le deleitaba el privilegio de ser su propio dueño que formuló un juramento: nunca, por nada ni por nadie, renunciaría a la libertad.
No sabía, sin embargo, que cabeza y corazón suelen recorrer caminos opuestos y que, si por amistad rompió con su padre, quizá algún día, también por amistad, rompería aquel juramento.