Libelo de sangre

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CAPÍTULO 57 Fuego

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CAPÍTULO 57Fuego

Clausurado el auto de fe, el alguacil mayor del Santo Oficio relajó a los reos de muerte al brazo seglar de la ley entregándolos a los representantes de la jurisdicción civil.

Seis acémilas se encargarían de trasladarlos al quemadero. Sin silla ni paño que facilitase la cabalgadura, las seis mostraban una expresión tan compungida en el rostro que parecían conocer el destino de sus jinetes. Estos fueron obligados a montar a horcajadas con las manos atadas al frente para poder agarrarse al pelaje del animal. Ninguno tuvo problema en hacerlo, excepto Sebastián, quien casi se desmayó de dolor cuando se vio forzado a abrir las piernas, calvario que alcanzó niveles intolerables en cuanto el borrico comenzó a trotar.

La gente, libre ya de la represiva solemnidad del auto de fe, se enfervorizó y, agolpándose en torno al muro de alguaciles que escudaba a los reos, inició una cencerrada de insultos, abucheos, escupitajos y lanzamiento de proyectiles.

Tratando de soslayar la intensa agonía de sus piernas, Sebastián mantenía la vista clavada en Margarita.

La mujer viajaba al principio de la fila y, a juzgar por las convulsiones de sus hombros, lloraba. Llevaba la cabeza gacha, el torso inclinado en un vano intento de esquivar las piedras que le llovían encima y el sambenito chorreando esputos y huevos podridos.

Sebastián mascullaba todo tipo de improperios contra aquella panda de cretinos que osaba vilipendiarla de tan denigrante guisa cuando, de repente, observó que una figura espigada, envuelta en una capa negra y oculto el semblante bajo un sombrero enorme salvaba el cerco policial y se situaba junto a ella.

Al instante identificó a Alonso.

—¡Madre! —gritó el muchacho, seguro de que en mitad del ensordecedor bullicio nadie le escucharía llamarla así—. Estoy aquí, madre. No tengáis miedo. Mañana despertaréis en el paraíso y la pesadilla habrá terminado. No os abandonaré, ¿me oís? Os acompañaré hasta el final.

Margarita lo miró y, entre lágrimas, sonrió.

—Cuídate mucho, mi bien. Y cuida de Diego. Yo os protegeré. No importan los pagos donde Dios afinque mi eternidad. Desde el cielo, el purgatorio o el infierno, siempre velaré por mis dos tesoros. Confía en tu corazón, hijo mío. Y también en el relicario. Ambos le señalarán cuando le encuentres.

Pese a entiesar la oreja, la formidable algarada impidió a Alonso captar el mensaje. En ese momento un guardia le enganchó el brazo e intentó alejarlo, pero el chico le propinó un empujón y regresó a la vera de Margarita.

—Jamás os olvidaré, madre —sollozó—. En mi alma nunca moriréis.

Temiendo que lo apresaran y al tiempo feliz de ver a su hijo por última vez, Sebastián contemplaba la escena.

De pronto, el zagal se perdió en el tumulto y de manera instintiva Sebastián se irguió en la montura tratando de localizarlo.

El brusco movimiento le provocó tal calambrazo en las piernas que se mareó y se desplomó sobre el lomo del borrico. Reparó entonces en cuatro individuos que lograban atravesar la barrera de alguaciles y se aproximaban garrote en ristre. Desfallecido, cerró los ojos y esperó el estacazo. Sin embargo, el estacazo no llegó, pues los alguaciles abortaron la agresión interceptando a los maleantes y tundiéndolos a varazos.

Sorprendido de no sentir el golpe, Sebastián abrió los ojos y, al distinguir a Alonso caminando a su lado, parpadeó creyendo que deliraba.

Pero no deliraba. Aprovechando el altercado entre alguaciles y exaltados, el joven había vuelto a cruzar el cordón policial y había conseguido arrimarse a él.

—Estoy aquí, padre —le gritó, ignorando los empellones de la enervada muchedumbre—. No penéis y partid tranquilo. Yo restauraré el honor de los Castro.

—¿Qué demonios rumiáis ahí, gallofero? —bramó uno de los alguaciles—. ¡Apartaos! ¡Vamos! ¡Que os apartéis, rediez!

Alonso sorteó al guardia, se instaló en el costado opuesto del borrico, pegó los labios al oído de un desmoronado Sebastián y le habló.

—Iré a la universidad, me convertiré en abogado y haré justicia, padre. Consagraré mi vida a devolver la dignidad a nuestra familia. Os lo juro.

Aunque, exhausto y semiinconsciente, Sebastián no encontró fuerzas para contestar y solo pudo mirarle, un brillo de orgullo iluminó sus pupilas.

—He dicho que os aventéis —insistió el alguacil, interponiéndose entre padre e hijo y obligando al muchacho a retroceder—. Obedeced presto o de un tabanazo os descrismo, merluzo.

—No compliquemos las cosas y larguémonos —conminó Juan, que no se separaba de Alonso—. Ya les habéis proporcionado alivio dejándoles saber que andáis cerca. Ahora tomemos camino. Antonio nos aguarda en el quemadero.

Arrastrándolo fuera de la enloquecida turba que se apelotonaba alrededor de los reos, lo condujo hacia la Puerta de Alcalá.

En cuanto Antonio los vio, empezó a gesticular, atribulado. Entendiéndole al instante, Alonso salió disparado rumbo al brasero rogando al Altísimo que el niño estuviera desvariando. Al llegar y comprobar que en absoluto desvariaba, tragó saliva. Habían sustituido la leña regada la víspera por otra seca.

—¡Dios bendito! Han cambiado la gavilla.

—Tal parece —confirmó Juan, desolado—. Lo lamento, amigo.

—¿Qué hacemos? ¡Hemos de hacer algo!

—No podemos hacer nada. Os advertí que los porquerones se coscarían de la tarascada.

—No pienso quedarme quieto mientras prenden tamaño mar de chasca crujiente con mis padres dentro. ¡Sufrirán lo indecible!

—No está en vuestra mano, Alonso. Os habéis enfrentado a mil infiernos para ahorrarles fatigas, pero se acabó. Ahora debéis permitir que el destino siga su curso.

—El destino planea dispensar a mis padres la peor de las muertes, Juan —replicó Alonso, rompiendo en llanto—. No me pidáis que le permita seguir su maldito curso sin luchar hasta el último aliento.

—Habéis luchado hasta el último aliento, hermano, pero los malos han vencido, así que viremos el talón. La procesión no tardará en asomar.

—¿Virar el talón? —repitió Alonso, incrédulo—. ¿De qué diantres habláis? No viraré el talón a ninguna parte. Lo anclaré aquí y solo lo moveré cuando mis padres descansen en paz. Permaneceré junto a ellos. Ya que no puedo abolir su martirio, al menos lo compartiré.

—Compartidlo si gustáis, pero ni de chanza consentiré que lo hagáis acodado al pretil del horno. Os exponéis a un arresto, amigo. Los curas saben que esta ejecución únicamente afligirá al hijo prófugo y quizá hayan infiltrado secuaces en el público con la consigna de calzar los grillos al primero que gima, llore o adopte cualquier actitud diferente a la jarana reinante.

—Me calaré el sombrero y nadie distinguirá si gimo, lloro o invoco el báratro más siniestro para la Iglesia y toda su detestable comparsa. Acompañaré a mis padres hasta que expiren, Juan. Caiga quien caiga.

—¡Caeréis vos, carajo! ¿Qué sucederá cuando las llamas los alcancen y estallen en aullidos? ¿De veras os pensáis capaz de petrificar notomía y frontispicio ante semejante estampa? Muy al contrario, apuesto la diestra a que saltaréis al brasero y bregaréis por sacarlos de ahí tumbando de un pencazo a quien pretenda deteneros.

—A la mínima oportunidad, vive Dios que lo haré —contestó Alonso, encajando la mandíbula.

—En tal caso, los Castro morirán con la angustia de veros aherrojado y atrapado en el mismo abismo que ellos. ¿En serio les deseáis tan honda pesadumbre en el último suspiro?

—Deseo que mueran mirándome a los ojos. Me consta que eso les mitigará el suplicio.

—En cuanto suelten el primer chillido, os derrumbaréis, muchacho. Los bargelos se pisparán y os echarán la red. Eso es lo que mirarán vuestros padres mientras mueren y se me antoja favor harto flaco considerando lo que ya tienen encima.

—¿Qué proponéis, entonces? —inquirió Alonso, comprendiendo lo razonable del argumento—. En algún sitio habré de acoplarme, porque marchar queda excluido de toda negociación.

—Os enseñaré un sitio desde donde podréis asistir al final. Podréis gritar con ellos, llorar con ellos y despediros de ellos, pero sin terminar como ellos. He mandado a Antonio a inspeccionarlo y le he dicho que solo regrese si no lo halla desierto. En no habiendo regresado, entiendo que disponemos de carta blanca.

—De acuerdo —cedió Alonso, resignado—. Mi promesa de restaurar el honor familiar me exige conservar la libertad y la vida, de modo que adelante. Llevadme a ese sitio donde dejaré de llamarme Alonso Castro hasta que llegue el momento de recuperar mi nombre.

Abandonaron el recinto, enfilaron el camino de Alcalá y, luego de avanzar un trecho, escalaron una loma cuya cumbre ofrecía una espléndida panorámica del quemadero con la Puerta de Alcalá al fondo.

Antonio los esperaba sentado en el suelo y, no bien los vio, se dirigió a Alonso y le tendió su caballo de madera.

—El jamelgo le ayudó a superar el deceso de Mateo y cree que ahora os ayudará a vos —explicó Juan—. ¡Menudo privilegio, compadre! Es su tesoro más preciado y os lo está regalando. Ni siquiera a mí me permite tocarlo, y eso que se lo compré yo.

El niño sonrió y asintió. Alonso cogió la talla, la besó y se la devolvió.

—Te lo agradezco, pero el rocín solo funciona en tus manos. Prefiero que lo custodies tú. Así me brindarás un apoyo reforzado que de seguro necesitaré.

Mientras Alonso se instalaba en el lugar donde, rodeado de amigos, perdería el nombre, Sebastián y Margarita recalaron en aquel donde, rodeados de enemigos, perderían la vida.

Los alguaciles acordonaron el brasero e intentaron contener a la enardecida muchedumbre apostada alrededor.

Los reos desmontaron y subieron la escalera. Sebastián y Margarita nunca habían visitado ese tétrico rincón de Madrid y, al encararlo, un escalofrío les recorrió el espinazo.

Era un cadalso de un hombre de altura, planta cuadrada y enormes dimensiones cuyo corazón se abría en una fosa rellena de leña y cisco. En medio de la fosa había siete estacas y tras ellas, lóbrega e intimidante, se alzaba la Cruz Blanca.

En una esquina se ubicaba el garrote, una silla de madera con un collar de hierro en el respaldo y un manubrio trasero que lo accionaba. Al lado un verdugo de cuerpo enlutado y rostro encapirotado aguardaba el momento en que, de encartarse, habría de utilizar el artilugio.

Y se encartó, porque, cuando los sacerdotes volvieron a recomendar a los condenados expresar arrepentimiento y eludir el tormento del fuego en vida, los dos mozos, acongojados ante el escenario, accedieron. Aunque igual congoja asaltó a la anciana, a la muchacha y a Sebastián, los tres resistieron y, clamando inocencia, se negaron a arrepentirse. Margarita estaba tan espeluznada que se planteó aceptar; sin embargo, en cuanto imaginó la pena que sentiría Sebastián viendo cómo la estrangulaban, desestimó la idea. Morirían de forma atroz, pero lo harían juntos y a la vez.

Condujeron a los mozos al garrote donde un fraile los escuchó en confesión y los absolvió. A continuación, ocuparon el triste trono y el verdugo giró la manivela. Primero una y después otra, las corozas cayeron al suelo cuando el cuello crujió y, quebrado, escoró.

Entretanto, quitaron el sambenito al resto de los reos e, indiferentes al pudor de Margarita, la anciana y la doncella, les desvistieron el torso; luego los ataron a las cuatro piras centrales frente a una exaltada turba que no cesaba de abuchearlos e increparlos. En las piras laterales colocaron los cadáveres de los dos jóvenes recién agarrotados y el arca con los vestigios de Lorenzo.

Sebastián buscó a Alonso en el público, pero no le localizó. Pese a ello, porfió, pues le percibía cerca.

De pronto, a lo lejos, en la cresta de una colina, distinguió una silueta espigada. Estaba de pie, inmóvil, de cara al brasero y con la capa ondeando al viento. Aunque la amplia visera del sombrero le celaba el semblante, lo reconoció.

Esbozando una sonrisa, clavó las pupilas en la figura y al instante el miedo aflojó.

Al lado, Margarita temblaba de pavor y derramaba lágrimas abochornadas al verse desnuda delante de semejante multitud. Anhelando evadirse del escarnio, se volvió a Sebastián y, al encontrarle absorto en un punto del horizonte, lo emuló. Entonces identificó a Alonso y, en cuanto lo hizo, su miedo también aflojó.

—He ahí nuestro hijo, Margarita —declaró Sebastián, orgulloso—. Un joven noble, valiente y tenaz como pocos. No contento con pelear hasta desfallecer para evitarnos la hoguera, hoy nos ofrece su imagen para atemperarla. Sabe que así nos facilitará el tránsito y, pese al impacto que le supondrá presenciarlo, helo ahí, mostrando el coraje que solo tienen los hombres grandes. No se me ocurre mejor manera de decir adiós a este mundo que refugiado en el retrato de la gallarda huella que dejamos en él.

—¡Cuánto me consuela mirarlo! —musitó Margarita sin apartar los ojos de Alonso—. Que el cielo lo bendiga por el alivio que nos procura.

—Que el cielo os bendiga a vos, mi dama adorada, por enjaezar de primavera mis inviernos, tal y como me prometisteis aquella tarde de otoño en que me concedisteis el sueño de desposaros. Quizá nuestros cuerpos tornen en cenizas, pero nuestras almas permanecerán incólumes y enhebradas toda la eternidad. Dondequiera que el Señor nos lleve, iremos juntos.

—Siempre juntos, mi gentil caballero. Cualquier sitio se me antoja bello si vos estáis a mi vera.

Cuando el verdugo se aproximó tea en ristre, ambos consiguieron controlar el pánico abismándose en la persona de Alonso.

Al principio no notaron nada y continuaron concentrados en el muchacho. De repente, un humo tenue comenzó a desdibujarlo y, poco a poco, fue desvaneciéndose merced a una espesa niebla. Oyeron entonces un chasquido; luego percibieron calor en los pies, y al final sintieron el fuego.

Las llamas alcanzaron rápido a Margarita. Treparon por sus piernas, llegaron al tronco, se extendieron a los brazos e, instantes después, su cuerpo entero ardía.

Ella jadeaba, lloraba, sudaba, aullaba… más y más alto… hasta que su garganta también prendió y ya ni siquiera pudo gritar. En un angustioso mutismo, se retorcía intentando librarse de las correas y, enloquecida de dolor, rogaba a Dios que le suprimiese la consciencia. Entretanto, el fuego progresaba y seguía calcinando piel, huesos, músculos, órganos… vida.

Como Dios no atendió sus plegarias y la consciencia persistía, trató de anularla estrellando la cabeza contra el poste. Se golpeaba una y otra vez. Con violencia. Con rabia. Con desesperación. Con todas sus fuerzas. Sin embargo, no resultó y, presa de un martirio insoportable, padeció la paulatina incineración de sí misma.

Sebastián y la doncella estaban inmersos en un suplicio muy similar y tampoco a ellos ni Dios ni la consciencia les concedió tregua. La anciana corrió mejor suerte, porque sus ajados pulmones no resistieron el humo y, cuando el fuego la abrazó, ya era cadáver.

El lugar se convirtió en una alegoría del infierno con llamas cimbreantes, reos convulsionando, una densa bruma difuminando el cuadro y el hedor de la carne carbonizada empezando a cobrar protagonismo.

Al principio el auditorio jaleaba la ejecución y, como sus gritos se sumaban a los de las víctimas, el recinto se sumió en un paradójico caos de risas y llantos.

A medida que el fuego avanzaba, el ruido del sufrimiento fue atenuando el del fervor y los vivos callaron. Después, la paz eterna apagó el ruido del sufrimiento y los muertos también callaron. Al final, solo se escuchaba el estridente crepitar de la madera y la opaca salmodia del fuego.

Desde la cima del collado, con los hombros encogidos, los puños apretados, el gesto crispado y distinguiendo claramente los bramidos de sus padres entre los del resto, Alonso tenía los ojos fijos en el brasero.

El entendimiento le suplicaba cerrarlos y ahorrarse así el terrible cuadro, pero él se forzó a aguantar. Se había propuesto acompañarlos hasta el último momento y, aunque el espanto intentase cuartearle la voluntad, aunque lo dejase ciego, aunque le averiase la razón para siempre… hasta el último momento los acompañaría.

Consternados, Juan y Antonio se mantenían en un respetuoso aparte prestos a tenderle la mano en cuanto se lo requiriese.

Cuando en el horno la muerte se alzó victoriosa, el pueblo regresó a casa, satisfecho porque la justicia divina había derrotado a los pérfidos líderes de la Secta y tranquilo porque sus hijos al fin estaban a salvo.

Los familiares del Santo Oficio retiraron la Cruz Blanca y, mientras varios sacerdotes congregados en torno al cadalso entonaron el Miserere, un representante del gremio de ceniceros acudió a recabar la autorización que los facultaba para recolectar las cenizas. Eran un eficaz quitamanchas y los ceniceros se encargaban de comercializarlas. En verdad resultaba irónico que el polvo de los ejecutados por albergar un alma manchada se emplease como quitamanchas, pero ese debía ser otro de los inescrutables designios de Dios.

La luna ya envejecía cuando el fuego se extinguió, todos marcharon y el quemadero quedó desierto.

Aunque no quedó desierto del todo.

A lo lejos, en la cresta de una colina, tres siluetas continuaban recortando el horizonte. Dos permanecían en pie; la tercera yacía de rodillas, hundido el rostro en la tierra y deshecha en llanto.

Alonso Castro murió aquella noche junto a Sebastián y Margarita.

Nació entonces Alonso González de Armenteros, un muchacho vinculado a una promesa: convertirse en abogado, restaurar el honor familiar y, algún día, recuperar su nombre.

FIN

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