Libelo de sangre
CAPÍTULO 26 El hálito del terror
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CAPÍTULO 26El hálito del terror
Pese a no imaginar que los engranajes inquisitoriales ya chirriaban en torno a él, Sebastián andaba desazonado.
Los rumores de sus raíces judías le perseguían desde hacía años y, aunque se había acostumbrado a ignorarlos, en esta ocasión intuía algo diferente. Algo muy turbio.
Sabía que los mentideros hablaban de los Castro, que el Santo Oficio dudaba de su limpieza de sangre y que el episodio del crucifijo protagonizado por Margarita agravaba la situación. No obstante, intentaba conservar la calma, mantener la cuestión dentro de un contexto razonable y no caer ni en exaltaciones ni en congojas que en absoluto le beneficiaban.
Había sufrido antes aquel tipo de asedio y siempre lo enfrentó con cristiana templanza. A buen seguro esas dos cosas, su templanza y el hecho de que esta fuera sinceramente cristiana, habían logrado marchitar el asedio y, si ahora se conducía de igual suerte, sucedería lo mismo.
En consecuencia, desplegaría templanza, demostraría al mundo que Dios la inspiraba y así, negando al asedio el agua del miedo, terminaría matándolo de inanición.
Desgraciadamente, se equivocaba.
Ni su templanza cristiana ni su impasibilidad ante el miedo consiguieron agostar el asedio. Al contrario, este crecía y cobraba brío conforme transcurrían los días.
Los bisbiseos se intensificaron, la escribanía apenas recibía clientes, Teodora se quejaba de hostilidad en el mercado y Margarita le había comentado que notaba sonrisas forzadas en la iglesia, murmullos en derredor y reticencias a la hora de brindarle saludo.
Cuando descubrió que el comadreo lo involucraba en los Crímenes del Ritual, las alarmas se le dispararon, pero, decidido a no engordar semejante dislate prestándole mientes, ni siquiera lo mencionó en casa.
La víspera de Nochebuena llegó a la escribanía y halló a Lorenzo descompuesto.
—¡Caray, amigo! —le dijo, sorprendido—. ¡Vaya cara de acelga gastáis esta mañana! ¿Qué ocurre?
—¿Que qué ocurre? ¿Acaso no os funcionan las orejas? Sois la comidilla de los mentideros. Ayer, al salir de misa, escuché a un cabezabuque afirmar que militáis en la Secta. No le arreé un guantazo porque recién me confesaba y no me pareció apropiado volver a pecar tan pronto. ¡Virgen del Carmen, patrón! La gente os piensa el asesino de esos crímenes y vos preguntando qué ocurre. No entiendo vuestra cachaza. Palabra que se me escapa.
—En cambio, a mí se me escapa que una astracanada de esa envergadura consiga atribularos —replicó Sebastián, ocultando la angustia tras una mueca despectiva—. La presunta existencia de una liga hereje en Madrid ha enconado las malicias y ha puesto en el centro de la diana a los sospechosos de raíces conversas, Lorenzo. De seguro todos los que, como yo, sufren el recurrente agravio de ver cuestionado su credo en Dios han de soportar idénticas calumnias.
—Entonces, ¿por qué yo solo oigo vuestro nombre?
—Porque es el nombre que conocéis y el que os atañe. Probablemente los cercanos del resto no oyen mi nombre, sino el de sus respectivos. A río crecido, sentarse en la orilla, amigo. Hacedme caso. Esto es nube de verano y se evaporará en cuanto nuevas vicisitudes insten a los roehonras a escorar el ojo e hincar el aguijón del chismorreo en otros infelices.
—Hacedme caso vos a mí y extremad las precauciones. ¡Os digo que pintan bastos!
—Pintan navidades, compadre, y una panda de pelagallos con cagalera mental no me las va a amargar. Me niego a concederles ese poder.
—Tres jornadas ha, dos funcionarios del Santo Oficio trataron de tirarme de la lengua. ¿Ellos también se os antojan pelagallos con cagalera mental?
—También —contestó Sebastián—. Y, además, muy cansinos. La Inquisición ha fisgado en mi vida múltiples veces y nunca ha encontrado nada. Tampoco lo hará en esta ocasión porque nada se encuentra donde nada hay.
—Encuentren o no encuentren, tener a la Santa enredando a vuestra vera no invita al sosiego —rebatió Lorenzo, pálido de preocupación—. Si encima los mentideros se empeñan en difamaros, el brete se torna harto apurado.
—A los enredos de la Santa estoy habituado y el apestoso estiércol de los mentideros no me quita el sueño.
—Quizá el estiércol apeste, pero tierra que se estercola, tierra que arbola, patrón. Como la simiente de vuestra supuesta participación en los Crímenes del Ritual arraigue en la parroquia, espigará cual mala hierba.
—Nadie creerá tamaña estolidez. Los vecinos me saben incapaz de matar una mosca.
—¿Habéis reparado en la escribanía? —interpeló Lorenzo en tono mordaz—. Desde que «tamaña estolidez» nació, aquí no entra ni la sombra de don No Existo requiriendo vuestros servicios.
—Confiad en mí y apead las fatigas. La Inquisición terminará aburriéndose de perder el tiempo conmigo y se dedicará a menesteres más productivos. En cuanto a los mentideros, la mala hierba presto crece y presto envejece. En consecuencia, templanza y paciencia.
—Templanza, paciencia… y Providencia, porque, de prosperar los comadreos, a fe que necesitaremos su amparo. Y, a propósito de comadreos, me ha llegado uno jugoso. ¿Os acordáis del linajudo que hizo testamento y me solicitó de testigo?
—¡Don Pelayo Valcárcel! —exclamó Sebastián, golpeándose la frente como si acabase de recordar algo—. Os agradezco la mención. Olvidé notificar la derogación de su primer testamento a don Froilán Giraldo, el fedatario que lo rubricó. ¡Caracoles! ¡Menuda negligencia la mía! Pero no me extraña. Todo este alboroto me tiene despistado, ¡maldita sea!
—En ese caso, os sugiero que aflojéis el despiste y apremiéis el trámite porque es muy posible que la apertura del nuevo testamento se precipite —apuntó Lorenzo—. Don Pelayo ha enfermado y, según he oído, tiene un pie en el cajón.
—¡Qué raro! Lucía sano como flor de mayo.
—Pues me temo que la flor se ha secado. ¡Pobre familia! Entre el infausto asunto de la criada y la súbita visita de la Parca, diríase que los ha mirado un tuerto.
—¿A qué infausto asunto os referís? —preguntó Sebastián.
—Al de Candela Bouza, la muchacha de los Crímenes del Ritual. ¿No os habéis enterado? Faenaba en la mansión Valcárcel.
—¡Caramba! Ignoraba ese detalle. ¿De veras faenaba en la mansión Valcárcel?
—De veras. La desventurada sirvió durante la fiesta de cumpleaños del heredero y, cuando regresaba a casa después del tajo, la Secta la raptó.
—Dudo que exista ninguna secta. De seguro el asesino es un perturbado que ya anda lejos de la Villa. En mi opinión, no lo atraparán y el crimen quedará impune.
En ese momento asomó el carbonero portando la provisión semanal de cisco. Mientras Lorenzo lo atendía, Sebastián se fijó en la pila de escrituras pendientes de protocolizar y decidió rescatar el testamento de Pelayo Valcárcel antes de despachar la jornada. Al parecer, no tardaría en precisarlo.
Recabada la acusación de la fiscalía, el inquisidor en Corte dictó orden de arresto contra los Castro y se la entregó al comisario. A su vez, este se la dio al alguacil del Santo Oficio, único autorizado para efectuar el acto físico del prendimiento; al tiempo, le trasladó las instrucciones pertinentes.
—Procederemos en cuanto anochezca, alguacil. De esta forma nos aseguraremos de hallarlos en casa y los cogeremos desprevenidos, aparte de que nos facilitará la discreción del trámite y reduciremos el número de vecinos al corriente de lo que acontece. Hemos de proteger el secreto de nuestra institución y, aunque me consta lo complicado que resultará evitar que el pueblo se percate del apresamiento, os ruego que me ayudéis a desmesurar el sigilo. Os acompañaremos el notario de secuestros don Cristóbal Ordoñez, el receptor de bienes don Ramiro Chacón, cinco familiares y yo.
El secreto de la institución aludía a la absoluta reserva que caracterizaba a los procesos de fe, término jurídico aplicado a los pleitos inquisitoriales. Juzgadores, fiscales, abogados, funcionarios, familiares, denunciantes, testigos o cualquier otra persona involucrada tenían prohibido desvelar nada relativo a ellos. Quebrantar el deber de silencio suponía incurrir en ruptura del secreto, delito susceptible de duras sanciones, incluida la prisión.
Los arrestos solían realizarse con enorme celeridad y generalmente durante la noche para sorprender al sospechoso cenando o durmiendo, tesituras ambas causantes de un aturdimiento óbice de forcejeos e intentos de evasión. Como el crepúsculo siempre vaciaba las calles de gente, también era posible actuar sin testigos minimizando así la publicidad de la diligencia y los consiguientes comadreos de mentidero que tanto dañaban la ambicionada confidencialidad inquisitorial.
Consumado el prendimiento, se confinaba a los cautivos en las denominadas cárceles secretas y, a partir de ahí, el secreto de la institución alcanzaba un nivel exacerbado porque no se les informaba de los cargos que enfrentaban y tampoco se les permitían visitas, ni siquiera de los parientes directos, quienes no volvían a saber de su ser querido hasta que este reaparecía más muerto que vivo en un auto de fe.
A las nueve de la noche Lorenzo clausuró la jornada y marchó. Antes de hacer lo mismo y temiendo despistarse de nuevo, Sebastián buscó el testamento de don Pelayo.
Al no localizarlo en la montaña de escrituras pendientes de protocolizar, revisó sin éxito los volúmenes que contenían las ya protocolizadas. Perplejo, abrió la librería, miró en las estanterías superiores y luego se arrodilló para comprobar las inferiores. De la que estaba en un lateral sacó un montón de legajos polvorientos; aunque no esperaba encontrar el testamento allí, los ojeó y, como, en efecto, no lo encontró, regresó los papeles al interior de la estantería. Cuando lo hizo, casi rozó un hatillo ubicado al fondo. Si lo hubiera visto, quizá… Pero no lo vio.
—¿Dónde diantres para? —farfulló, desconcertado—. He batido la escribanía entera y nada que aparece.
Mesándose las puntas del bigote, empezó a recorrer la estancia de arriba abajo.
—No me lo explico. En años de ejercicio nunca he extraviado ningún documento.
Intrigado, siguió caminando durante un buen rato mientras barajaba otras teorías, pues la del extravío no le cuadraba y se resistía a aceptarla.
De pronto, se detuvo en seco.
—¡El asalto! Lo que me deslumbró antes de desvanecerme fue… ¡Ya me acuerdo! Me cegó un fulgor azul. Un fulgor azul inconfundible.
Cariada por fin la tupida bruma del olvido, los detalles de la agresión acudieron en tropel a su memoria.
—El embozado llevaba un anillo idéntico al de don Pelayo… el anillo que iba a regalar al hijo… Entonces… el hijo… ¡Por los clavos de Cristo!
Cuando ató cabos, el corazón se le desbocó.
—Enrique Valcárcel averiguó las intenciones de su padre y, tal como este vaticinó, lejos de acatarlas, pretende truncarlas.
Trató de recuperar la certificatoria que acreditaba la entrega en mano de la copia del testamento enviada a don Pelayo; sin embargo, el intento resultó baldío, pues Lorenzo siempre unía los documentos accesorios al principal y, desaparecido este, todo lo adjunto a él también se había esfumado.
—¿Qué importa la certificatoria? Si ese bellaco se ha afanado tanto en apoderarse del testamento original es porque de alguna manera se ha agenciado la copia. Cree que, destruyendo ambos ejemplares, el primer testamento resucitará. Claro que… ¡Dios mío! Eso exige que don Pelayo expire antes de descubrir la felonía… en cuyo caso… el repentino trastorno que lo ha postrado…
Aturdido, tomó asiento.
—Se me antoja demasiada casualidad que don Pelayo, un hombre fuerte y sano, enferme justo después de testar de muy adversa suerte para el heredero. Y más chirriante resulta que yo pierda precisamente ese documento cuando nunca he perdido ninguno.
»Sin el original, sin la copia y sin el otorgante, Enrique me estima incapaz de probar el acto. ¿De verdad considera así de sencillo desbaratar el testimonio de un fedatario público? Aunque no disponga del testamento, cualquier juez haría prevalecer mi palabra frente a la de un tercero; en particular, si el testamento desaparecido perjudica a ese tercero.
»Además, la diligencia se efectuó ante testigos. ¿Acaso también los ha olvidado? ¡Piensa, Sebastián, piensa! Algo se te escapa. Atracar una escribanía, varear al escribano y asesinar a un padre, amén de sangre fría, requiere inteligencia. Nadie inteligente despreciaría el valor jurídico que tiene la palabra de un escribano ni mucho menos olvidaría a los testigos.
Pese a su turbación, una reflexión le instó a esbozar una sonrisa.
—¡Dios bendiga las enseñanzas de mi añorado mentor!
Don Severo le enseñó todo sobre el oficio de escribano, incluidos sus trucos secretos, uno de los cuales consistía en elaborar una copia adicional de las escrituras controvertidas y guardarla en un fichero confidencial. Muy a menudo papeles cuyas letras averiaban los intereses de algunos desaparecían de las escribanías y de esta forma don Severo evitaba el triunfo de aquella mezquina componenda.
No obstante la extensión de los documentos notariales y lo tedioso de su transcripción, el hombre porfiaba tanto en la precaución que Sebastián terminó asumiéndola. Por eso en los supuestos polémicos siempre sumaba un ejemplar a los legalmente obligatorios y por eso, tras escuchar la truculenta historia de don Pelayo, no vaciló en integrar su testamento en la categoría de supuesto polémico.
Sin aliviar ni la sonrisa ni las bendiciones a don Severo, se dirigió a la mesa cantarera, la apartó, descorrió la cortina, se arrodilló ante la pared y, extrayendo una piedra de ella, destapó una amplia cavidad donde ocultaba su archivo privado. Excepto Alonso, merced a un secreto que le reveló hacía tiempo, nadie más, ni siquiera Lorenzo, lo conocía.
Hurgó entre los documentos allí recopilados y, cuando encontró el que buscaba, lo cogió, encajó la piedra de nuevo y arregló el mobiliario.
Las diez veces que doblaron las campanas en ese momento le conminaron a apresurarse. Era noche cerrada y la familia le esperaba.
Metió el testamento de don Pelayo en un cartapacio de cordobán negro y ató los cordones.
—Mañana iré en derechura a la Sala de Alcaldes y lo aportaré a la denuncia que formularé contra Enrique Valcárcel. Lo acusaré de allanamiento, robo, agresión y sugeriré que se investiguen las dolencias de don Pelayo. Luego notificaré a Froilán Giraldo la derogación del primer testamento.
Aunque el plan le ayudó a ordenar las ideas, no logró tranquilizarse porque, si no disparataba y de veras ese miserable había desgraciado a su propio padre, ¿qué le impediría atacarle a él?
Respiró hondo. El asunto le azoraba, pero tenía que volar a casa, así que agarró el cartapacio, se envolvió en la capa, apagó las luces y marchó.
Las cuitas se desvanecieron en cuanto traspasó el umbral del hogar y una sonriente Margarita le recibió con Diego en los brazos.
—Al fin asomáis, esposo. Apuraos o la cena se enfriará.
—Disculpad la demora, querida —dijo Sebastián, depositando la capa y el cartapacio en el banco prismático del vestíbulo, besando a su mujer y haciendo unas carantoñas al bebé—. Avatares de la escribanía me han entretenido.
Como si lo persiguieran las huestes enemigas, Alonso bajó la escalera a toda velocidad, cabrioleando sobre los peldaños y aferrado al tablero de ajedrez.
—Padre, he de mostraros mi último jaque mate. Se trata de una jugada regia.
—No lo dudo, hijo. Eres el rey del ajedrez. Regias han de ser, pues, tus jugadas.
—Es el rey de la tontería —rezongó Margarita—. ¡Valiente afición le habéis inculcado, esposo! Me parece más absurda que peinar calvos.
—De absurda nada —replicó Sebastián en tono solemne—. Ajedrez, fragua del caballero…
—… y del honor, escudero —remató Alonso, divertido.
—¿Podrían los escuderos del honor aparcar las mentecatadas? —bufó Margarita—. Alonso, saca fuera de mi vista el dichoso ajedrez y encárgate de Diego. Pasa a la sala, instálate en mi estrado y que no se te ocurra jeringar al niño. Como le oiga llorar, la tendremos. Advertido quedas.
Alonso fue al estrado, dejó el ajedrez en un rincón, regresó y tomó al rorro, que gorjeó entusiasmado cuando le sintió. Alonso sonrió y lo arrebujó en el manto rojizo de Margarita.
—Esposo, pasad a la sala también. Antes de marchar, Teodora y Bieito han puesto la mesa ahí.
—¿Qué cenaremos? —preguntó Sebastián—. Huele a gloria.
Aspirando deleitado, ocupó la mesa y el resto de la familia acampó en el estrado de Margarita. Solo los varones adultos comían en la mesa. Luego de llenarles plato y copa, las féminas se sentaban en el suelo o, de admitirlo las dimensiones de la estancia, en su estrado. Admitiéndolo la sala de los Castro, en una esquina se alzaba el de Margarita: una tarima alfombrada, rodeada de cojines y amueblada con delicadas alhajas de estrado.
La pitanza comenzó en amena distensión. Alonso charlaba, Diego dormitaba, Margarita comía sentada a la morisca y Sebastián intentaba ahogar en el vino la zozobra que lo consumía.
De repente, unos aldabonazos en la puerta congelaron el momento.
—Sebastián Castro y Margarita Carvajal, abrid al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.
Durante un instante, Sebastián, Margarita y Alonso quedaron paralizados. Después los dos primeros echaron a correr rumbo a lugares diferentes.
Sebastián se encaminó al vestíbulo y cogió el cartapacio donde había guardado el testamento de don Pelayo. Aunque no relacionó la visita inquisitorial con el entramado Valcárcel, el instinto le empujó a agarrarlo y confiárselo a Alonso.
—Padre, ¿qué sucede? —le preguntó este cuando regresó a la sala—. ¿Qué busca aquí la Santa?
—Cualquier trivialidad, hijo. Ya sabes cuánto gustan esos fabricapenas de intimidar al personal. Préstame atención, muchacho. Custodia esto hasta que volvamos. No lo pierdas y no se lo enseñes a nadie.
—¿Hasta que volváis de dónde? —inquirió Alonso, metiéndose el cartapacio en los ropajes—. ¿Adónde vais?
—Gritan mi nombre y el de tu madre —contestó Sebastián, tratando de controlar los nervios—. Me temo que habremos de acompañarlos.
—¿Acompañarlos dónde? ¿Qué quieren de nosotros?
—Abrid en voluntad o impondremos la fuerza —conminaron las voces desde el exterior.
Sebastián entró en el estrado de Margarita, cogió a Diego, lo puso en el regazo de Alonso y le habló de modo atropellado.
—Seguramente quieren que respondamos algunas preguntas, pero, por si acaso, es mejor que no os encuentren ni a Diego ni a ti. Debéis huir. Utiliza el hueco que hay en el muro del patio y procura que no os vean. Toma mi faltriquera y serénate. Lo solucionaremos y regresaremos. Mientras, evita esta casa, la escribanía y la escuela. Permanece oculto, no te prodigues ni te identifiques. ¿Me has entendido?
Entretanto, Margarita había subido a su alcoba.
Llevaba días sufriendo cuchicheos, sabía que los mentideros mencionaban a los Castro e intuía que el accidente del crucifijo acarrearía problemas. Por eso, en cuanto sonaron los golpes en la puerta, un sexto sentido la compelió a hacer algo de gran envergadura.
De una arquilla extrajo el relicario de plata que el verdadero padre de Alonso le regaló como prenda de amor la noche que se despidieron para siempre. Estaba cerrado con llave y el interior albergaba dos mechones de cabello. Uno, rubio y liso, era de ella; el otro, castaño oscuro y rizado, le pertenecía a él.
También cogió el rosario de madera que Diego lució cuando lo bautizaron y en cuya cruz habían grabado su nombre.
Relicario y rosario en mano, retornó a la sala donde Alonso ya aguardaba embozado en su capa y con Diego en brazos.
Un violento impacto estremeció las paredes.
—¡Dios bendito! —exclamó Sebastián, corriendo al vestíbulo—. Están tirando la puerta abajo.
—Madre, ¿qué sucede? —balbuceó Alonso cuando Sebastián marchó.
—Escúchame bien, cariño, pues apenas tenemos unos instantes —demandó Margarita, poniéndole el relicario en el cuello y escondiéndoselo entre la ropa—. De seguro se trata de una equivocación que enmendaremos presto. No obstante, preciso darte este relicario.
—¿Un relicario? ¿Por qué diantres me dais un relicario ahora?
—Porque te pertenece, Alonso. No te lo quites nunca. No lo muestres ni se lo entregues a nadie…, salvo a una persona.
—¿A quién os referís?
Un nuevo empellón en la puerta crispó a Margarita.
Se debatía en un tremendo dilema y no conseguía decidirse. Aunque no había tiempo de revelar la verdad a Alonso, las entrañas le decían que no dispondría de otra oportunidad para hacerlo. Pero ¿y si estaba fabulando enormidades merced a la apabullante situación y cometía un error irreparable?
No podía precipitarse. No podía confesar a Alonso que Sebastián no era su padre de manera descarnada y sin ponderar las secuelas de una noticia así. De regresar mañana, habría devastado el apacible hogar que tanto le costó construir y, de no regresar, dejaría al muchacho rumiando semejante mazazo en soledad.
Al final, resolvió limitarse a sembrar la semilla, pues un potente pálpito le susurraba que, de materializarse sus tenebrosos presagios, el destino guiaría a Alonso hasta él.
—Madre, respondedme. ¿A quién he de entregar el relicario?
—Entrégaselo a la persona que te indique el corazón. No temas. En cuanto veas a esa persona, tu corazón la señalará. Quédate a su vera y no juzgues lo que hizo.
—Lo que hizo ¿quién? —farfulló Alonso, perplejo—. ¿Y qué hizo que no debo juzgar? ¿De qué demonios habláis?
—Ahora no pienses en eso —exhortó Margarita, muy angustiada ya—. Solo prométeme que lo has comprendido. Prométemelo, Alonso. Es crucial que recuerdes mis instrucciones.
—Sosegaos, madre. He comprendido vuestras instrucciones y las recordaré. No mostraré el relicario a nadie y únicamente lo entregaré a la persona que me sugieran las tripas.
—¡Rápido, Margarita! —apremió Sebastián, volviendo del vestíbulo—. La puerta no aguantará mucho más. Los niños tienen que irse.
Reprimiendo las lágrimas, Margarita enroscó el rosario en la muñeca de Diego y le acarició la cabeza.
—Adiós, mi pequeño. Que la Virgen te proteja.
Luego abrazó a Alonso, que, ante la inminente separación, sucumbió al miedo y comenzó a temblar.
—Regresaréis, ¿cierto? Padre y vuesa merced… ¿regresaréis?
—Claro que sí, cielo mío. En unas horas nos reencontraremos.
—¿En cuántas horas? —Acució Alonso, desesperado.
—¡Margarita! —gritó Sebastián, histérico—. Han de irse ya.
—Te quiero con toda mi alma, hijo —musitó Margarita, atragantada de tristeza—. Cuídate y no permitas que le suceda nada malo a mi bebé. Ahora corre. ¡Corre!
Alonso se dirigió al patio de la cocina, atravesó el hueco descascarillado del muro y salió fuera.
En ese instante una contundente arremetida derribó la puerta.
Aterrorizado, Alonso tapó a Diego bajo la capa y se agazapó en un recodo de la calle.
—Villa de Madrid, veintitrés de diciembre del año 1620 de Nuestro Señor —leyó el alguacil—. Don Gaspar Barrionuevo de Peralta, inquisidor residente en Corte, decreta el arresto de Sebastián Castro y Margarita Carvajal en cumplimiento de la normativa procesal rectora de las ejecutorias del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.
—¿Arresto? —repitió Sebastián, atónito—. Creí que simplemente nos pedirían contestar unas preguntas. ¿De qué se nos acusa? Exijo una explicación.
—Se os explicará lo que corresponda cuando corresponda —intervino el comisario—. De momento, consideraos presos y a disposición de la jurisdicción inquisitorial. Alguacil, embozadlos y ajustadles las prisiones.
El aludido engrilletó los brazos y los tobillos del estupefacto matrimonio; a continuación, les enfundó la cabeza en un capuz negro.
—Sebastián, ¿a qué se debe este trato? —sollozó Margarita bajo la tela—. ¿Qué hemos hecho?
—No hemos hecho nada. Tranquila, esposa. En breve lo solventaremos.
—Señor Domínguez, recopilad ajuar de cama e inventariad los bienes a requisar en concepto de posada carcelaria —ordenó el comisario a uno de los familiares.
—¿Qué significa eso, Sebastián? —interpeló de nuevo Margarita—. ¿Nos van a confiscar nuestras cosas?
—¿Acaso pretendéis pernoctar gratis en el penal, mujer? —replicó el alguacil—. La estancia allí cuesta perras y el recluso las abona aportando sus bienes.
—No ha menester requisar nuestros bienes —repuso Sebastián—. Esclareceremos este craso error antes de la amanecida.
—Basta de cháchara —cortó el comisario—. Alguacil, aplacad las crónicas y faenad en silencio. Llevadlos a la vía pública e instaladlos en las sillas.
—Disculpas, señor —se excusó el funcionario, empujando a los cautivos—. ¡Andando!
Sebastián dio un paso más largo de lo que admitían los hierros, trastabilló y cayó de bruces.
—Tan severas medidas sobran —protestó desde el suelo—. No opondremos resistencia. Al menos, apiadaos de la dama y retiradle las prisiones.
—El reglamento preceptúa prisiones y prisiones portaréis —espetó el alguacil, levantándolo de guisa poco gentil—. Cerrad el pico y arreando.
Seguidos del siniestro ruido de las cadenas, Sebastián y Margarita avanzaron. Tropezaban, buscaban anhelantes el contacto del otro, movían la cabeza a derecha e izquierda intentando captar algo de luz a través de la caperuza y respiraban fatigosamente, pues el recio tejido les escamoteaba el oxígeno.
En la calle el alguacil los dejó bajo la custodia de dos familiares y regresó a la casa.
—¿Dónde los trasladamos, señor comisario? ¿A la Cárcel de Corte?
—A la Cárcel de la Corona. La de Corte está atestada y el alcaide afirma no disponer de calabozos aptos para ejercer de secreta.
—De acuerdo, señor.
—Caballeros, yo acompañaré a los sospechosos y tramitaré el confinamiento —informó el comisario, dirigiéndose al notario de secuestros y al receptor de bienes—. Don Cristóbal, verificad el inventario realizado por el señor Domínguez y luego registrad la vivienda. Tres familiares os ayudarán en la tarea. Licenciado Chacón, como receptor de bienes, debéis certificar la hacienda requisada. Después personaos ambos en la escribanía y proceded de igual suerte. En cuanto despache las gestiones del penal, acudiré allí y finiquitaremos la diligencia.
—Entendido, comisario.
—Los Castro tienen dos hijos y me los barrunto escondidos en alguna pieza del inmueble. Atrapadlos y traédmelos. El pequeño es un rorro de meses y no me preocupa; sin embargo, las trece primaveras del mayor nos permiten interrogarlo.
—Si no ha cumplido los catorce, se le considera impúber y exento de responsabilidad criminal —señaló el receptor de bienes—. La ley prohíbe encausarlo.
—Prohíbe encausarlo, no plantearle unas inofensivas preguntas —rebatió el comisario—. En consecuencia, reitero la petitoria: atrapadlos y traédmelos. Nos reuniremos en la escribanía, señores. Que el Altísimo ilumine vuestras pesquisas.
Mientras, Sebastián y Margarita aguardaban dentro de dos sillas de manos individuales de roído pino y con tupidos cortinajes celando el interior. Al lado se apostaban los silleteros del Santo Oficio; al frente cuatro lacayos montados en asnos llevaban las hachas que alumbrarían el camino, y, a lomos de percherones pardos, el alguacil y dos asistentes cerraban el grupo.
Sumida en un pesado silencio solo rasgado por los intermitentes gemidos de Margarita, la comitiva cruzó la Villa y arribó a la Cárcel de la Corona, ubicada en una calle de lúgubre nombre y lúgubre historia: la calle de la Cabeza.
Según la leyenda, allí residió un adinerado sacerdote cuyo criado, luego de decapitarlo y robarle una fortuna, huyó a Portugal. La cabeza desapareció y el delito no se resolvió hasta que años después el homicida volvió a España convertido en un próspero caballero gracias al botín.
Un día se le antojó un guiso de carne y para darle sustancia compró una cabeza de carnero en el Rastro. La ocultó bajo la capa y marchó sin percatarse del reguero de sangre que iba dejando. Un alguacil que sí se percató lo interceptó y, cuando le pidió que se abriese la capa, el rufián comprobó estupefacto que, en lugar de llevar la cabeza de un carnero, llevaba la del fraile asesinado.
Horripilado, confesó y lo condenaron a morir ahorcado en la Plaza Mayor. En su postrero paseo rumbo al patíbulo, le precedía una comparsa que portaba la cabeza del fraile en una bandeja de plata, pero, no bien emitió el último suspiro, la cabeza recobró la forma de carnero. Aunque él murió, su villanía no lo hizo; muy al contrario, quedó grabada para siempre en el mapa de Madrid tras propiciar el nombre de la calle donde aconteció: calle de la Cabeza[57].
Sebastián y Margarita se apercibieron del final del viaje cuando los silleteros soltaron el vehículo gastando escaso cuidado y ellos recalaron en el suelo de manera abrupta.
Como la penumbra resultaba insondable y no había un alma en derredor, el comisario se compadeció y ordenó quitarles los capuces. Casi asfixiados, los cautivos aspiraron ansiosos el aire, que, si bien soplaba gélido, les pareció caricia de Dios.
Lamentablemente, el deleite no les duró mucho y mudó a pavor en cuanto vieron el sombrío caserón que albergaba la Cárcel de la Corona.
—No os alarméis, Margarita —susurró Sebastián—. Solucionaremos este embrollo y regresaremos a nuestro hogar.
Al mirarla, se le encogió el corazón. Con el cabello desgreñado, el semblante anegado de lágrimas, los brazos amarrados a la espalda y los pies cargados de cadenas, la pobre mujer era la viva imagen de la desolación. Temblaba de miedo y también de frío, pues el arresto la había sorprendido vistiendo un liviano avío doméstico en absoluto acorde a la situación.
—¿Y los niños, Sebastián? —balbuceó, rompiendo a llorar de nuevo.
—¡Shhh! ¡No los mentéis! Hemos de protegerlos y únicamente callando lo conseguiremos.
El alguacil aldabeó la puerta y, cuando esta se abrió, una figura enorme en grosor y alzada ocupó todo el marco. Era el alcaide de la prisión, aunque sus imponentes dimensiones, su siniestra apostura y el luto que exhibía recordaban más a un verdugo.
Deshabitado, su negro atuendo se veía elegante; acoplado en aquel descomunal cuerpo, solo se veía. Eso sí; se veía… mucho.
La ropilla de paño intentaba estar a la altura de las circunstancias, pero apenas lograba estar a la anchura porque reventaría en cuanto una tos corcovease siquiera una miaja la insólita barriga que se esforzaba en fajar. Las mangas de damasquillo del jubón batallaban en idéntica lid. Los calzones, en cambio, gozaban de mejor ventura, pues, tan ahuecados que Madrid entero cabría dentro, resistían las colosales piernas. No les sucedía lo mismo a las ajustadas botas de badana, que, pese a tratar de enfardar unas pantorrillas donde lo de illas pecaba de optimista, las crispadas costuras parecían a punto de troncharse.
—Tarde asomáis, señor comisario —censuró con una voz igual de rotunda que él—. Horas ha que os espero.
—Apead las impertinencias, alcaide, que la olla ya hierve y podría salpicaros —advirtió el aludido, entrando en el lugar seguido del alguacil y los detenidos—. Supongo que esa tediosa espera ha transcurrido a la vera de una cálida lumbre y una frasca de vino. Un servidor no ha probado bocado desde el Ángelus y lleva de zarandillo toda la jornada enfangado en labores de seguro menos pausadas que las vuestras.
—Dispensad la observación —reculó el alcaide, achantado—. Os retrasabais y me inquieté. Demasiados turbaalmas encapotan la noche.
—Y demasiado tiempo libre os encapota a vos la sesera. Aligeremos el trámite, os lo ruego. Aún me queda mucha brega por delante.
Mientras, un atribulado Sebastián examinaba la estancia.
No había ventanas ni casi luz. Las paredes estaban desconchadas, el pavimento de tierra rebosaba vida invertebrada y los agonizantes rescoldos del braserillo explicaban la glacial temperatura reinante.
Un candil que ni de lejos cumplía su cometido manchaba de aceite un bufete de madera carcomida, restos de vitualla se pudrían sobre un bufetillo auxiliar y un desvencijado taburete anunciaba el colapso total en cuanto las ciclópeas posaderas de su usuario habitual se sentasen en él.
Enfrente había una puerta; en el lateral derecho, un pasillo, y en el lateral izquierdo, otra puerta.
El pasillo parecía conducir a una corrala donde Sebastián imaginó que habría celdas, quizá algún almacén y dependencias destinadas al asueto del alcaide y sus subalternos.
La puerta frontal se encontraba entornada, mostraba una escalera ascendente y expelía murmullos sordos que, sumados a ruido de cadenas, delataban la presencia de penantes en el piso superior.
La puerta lateral, de hierro y atrancada con un inmenso cerrojo, no mostraba nada, pero su aspecto no invitaba a fabular nirvanas, impresión esta que las palabras del comisario confirmaron.
—Traemos a los prisioneros de los que os di noticia esta mañana, alcaide. Recluidlos en las mazmorras del sótano. Los quiero en riguroso aislamiento, engrilletados en todo momento y únicamente atendidos por vos. Los guardias no deben enterarse de su ingreso en este centro y no ha menester añadir que los internos tampoco.
Estremecido, Sebastián luchaba contra el terror, el desconcierto y la incredulidad. ¿De veras estaba allí o se había extraviado en una pesadilla ajena?
—Se procederá como estipuláis, comisario —dijo el alcaide—. Yo me ocuparé de atenderlos y, en cuanto a las cautelas que demandáis, perded cuidado. En las celdas comunes no cabe un alfiler y a los guardias les sobra la faena. Además, el sótano no asila a nadie y eso facilita las cosas. Había unos clérigos acusados del nefando, pero ayer los trasladaron a Toledo. Les auguro tres lunas; a la cuarta los quemarán.
—Excesivas se me antojan —comentó el alguacil, tendiéndole un legajo y dos hatillos—. Rubricad el acta de confinamiento. En las valijas hallaréis el ajuar penitenciario.
—Poco les rendirá engrilletados como han de permanecer —aseveró el comisario—. Recordad que así los quiero en todo momento, alcaide.
—Y así permanecerán, no temáis —declaró el funcionario, garabateando el papel y devolviéndoselo al alguacil.
—Os apercibo sobre el categórico silencio que debéis mantener a propósito de los prisioneros, de su identidad, de su estancia aquí y de cualquier pormenor adicional que relativo a este asunto venga en vuestro conocimiento —añadió el comisario—. Habéis jurado el secreto inquisitorial, alcaide, y vulnerar el secreto inquisitorial acarrea gravosas consecuencias. Procurad no cometer el error de desmandar ni la prudencia ni la lengua.
—No desmandaré ninguna de las dos, señor. Podéis confiar en mí.
—Os trae a cuenta. Y ahora nos retiramos. A más ver.
Cuando comisario y alguacil se marcharon, Sebastián y Margarita quedaron a solas con el alcaide, quien se dirigió a la puerta lateral y descorrió el cerrojo.
Impasible al lóbrego chirrido de los goznes y al eco que, procedente del otro lado de la puerta, multiplicó la tétrica melodía, agarró una antorcha enganchada en la pared, iluminó una estrecha escalera que parecía descender al infierno y, apartándose, cedió el paso a los apabullados esposos.
Recalaron en una angosta galería de techo abovedado y tan baja que obligaba al alcaide a avanzar encorvado.
Los muros eran de ladrillo y pedernal, y el suelo, de tierra húmeda, albergaba tal ejército de ratas que Margarita se tambaleó de pánico. A la derecha se alineaban cinco puertas de hierro. Todas disponían de un orificio en la zona inferior para introducir comida o sacar excrementos, actividad esta última que, considerando el nauseabundo olor imperante, no debía realizarse a menudo.
El alcaide abrió el primero de los cinco calabozos, tiró dentro uno de los hatillos y después empujó a Margarita. La mujer, que no esperaba el empellón, tropezó con las cadenas y cayó de hinojos en el umbral.
Lejos de ayudarla, el guardia soltó un exabrupto y, asestándole una violenta coz, la metió en el interior.
—¿Qué demonios hacéis? —Se revolvió Sebastián, furioso—. ¿Ha menester semejante rudeza?
—Chitón y andando —ordenó el alcaide, cerrando la celda—. Hasta el final del corredor.
—Instaladme en la pieza contigua, por favor —suplicó Sebastián al ver que pretendía enjaularlo en la más alejada de la que ocupaba Margarita.
—¿Os pensáis en una posada, mamarracho? Aquí no se elige aposento.
—¡Piedad, señor! La cercanía nos aliviará.
—Me importa un ardite lo que os alivie. ¡Caminad!
—Os lo imploro. Somos buenos cristianos y no…
—Que caminéis hasta el final del corredor, ¡carajo! —Ladró el alcaide—. ¡Buenos cristianos, buenos cristianos! Los buenos cristianos no pisan estos predios, estúpido. ¡Apremiad! No tengo toda la noche.
Cuando hubo echado el cerrojo del segundo zulo, elevó la voz.
—Absteneos de entablar tertulias y procurad no desobedecer. ¿Oís el eco? Cualquier mínimo ruido viaja arriba redoblado. Como perciba siquiera un rumor, añadiré el pie de amigo a las prisiones.
Al marchar antorcha en mano, una negrura inescrutable se apoderó del lugar.
Aunque ni Sebastián ni Margarita conocían el pie de amigo, les embargaba tal congoja que el fraternal nombre se les antojó incluso cálido. El otro alias de aquel luciferino artilugio no les habría parecido igual de afable. También se llamaba horquilla de hereje y consistía en un aro de hierro unido a una barra vertical de punzantes extremos. Al colocarse el aro en el cuello, la barra quedaba entre barbilla y pecho clavándose en la una o en el otro cuando su portador amagaba un movimiento de cabeza o boca, dolorosa consecuencia que le forzaba a permanecer quieto y en silencio.
Como, pese a la gentil impresión inicial que les suscitó el nombre del cacharro, ni Sebastián ni Margarita lo intuían gentil, gastaron prudencia y acataron los dictados del alcaide.
Intentando ignorar las ratas, el frío, el hedor y los charcos del suelo, se tumbaron. Exhaustos, sin asimilar lo que estaba sucediendo y tan aterrados que ni llorar podían, cerraron los ojos y se sumieron en un duermevela plagado de pesadillas.
Al llegar a la escribanía y en su afán de proteger el secreto inquisitorial, el comisario despidió a todos los miembros de la comitiva, excepto a los familiares, a quienes ordenó aguardar fuera. A continuación, entró y cerró la puerta.
Halló la estancia revuelta y a los encargados del registro trémulos.
—¿Qué ocurre? Ni que hubierais visto un ánima.
—Mucho peor —balbuceó el notario de secuestros.
—¿A qué os referís?
—A eso de ahí —contestó el receptor de bienes, señalando un fardo que yacía sobre el bufete de Sebastián.
—¡Cielo santo! —exclamó el comisario al verlo—. ¿Es el corazón del muchacho?
—Tal nos barruntamos. Lo encontramos oculto en el fondo de una estantería.
—¡Ave María Purísima! Esto sí que no me lo esperaba. Don Cristóbal, en vuestra condición de notario de secuestros, ponedlo a buen recaudo y ocupaos de que un galeno compruebe si pertenece a la víctima.
—¡Pues claro que pertenece a la víctima! —masculló el aludido—. ¿A quién si no va a pertenecer?
—¡Un escribano sacrificando niños! —farfulló el receptor de bienes—. ¡Dios bendito! Me cuesta digerirlo.
—A mí no —replicó el comisario, frotándose los ojos con gesto cansado—. Me he enfrentado a tantas cosas horribles que nada me asombra ya. Ahora nos urge que los asesinos confiesen y delaten a sus cómplices. No los creo solos en una atrocidad de semejante envergadura.
—Me azora pensar que una congregación marrana acecha a nuestros infantes —repuso el notario de secuestros.
—¡Perros judíos! —bramó el receptor de bienes—. ¿Cuándo lograremos vencerlos?
—Finiquitemos el comadreo y movámonos —cortó el comisario—. La noche envejece y todavía he de redactar el informe. Don Cristóbal, precintad la puerta.
—Amén de precintar la puerta, también necesitamos que alguien la escolte hasta las completas de mañana —indicó el notario—. Será el tiempo que tardaremos en retirar el mobiliario requisado.
—Dos familiares aguardan en la calle. Les encomendaré a ellos la custodia esta madrugada y al alba enviaré un relevo. Os exijo máxima discreción, señores. No preciso recordaros el deber de secreto que rige nuestra institución.