Libelo de sangre
CAPÍTULO 27 Solos
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CAPÍTULO 27Solos
Atrincherado en un meandro de la calle, Alonso vigilaba la casa a la espera de acontecimientos.
Cuando Sebastián y Margarita salieron encapuzados, engrilletados y trastabillando, quedó tan abrumado que ni siquiera reaccionó, pero, cuando vio al alguacil meterlos a empellones en unas toscas sillas de manos, tuvo que reprimirse para no abalanzarse sobre aquel miserable y arparle la cara.
Su cabeza no cesaba de parir interrogantes. ¿Qué ocurría? ¿Por qué vejaban así a sus padres? ¿Por qué Diego y él debían escapar? ¿De qué debían escapar? Y lo más acongojante: ¿por qué intuía que la pesadilla recién comenzaba?
Angustiado, estrechó a un durmiente Diego buscando alivio en su contacto y lo encontró acoplando la respiración a la del bebé, pues, mientras la de este se sucedía a un ritmo pausado, la suya iba a tal velocidad que apenas le permitía coger aire.
La comitiva que custodiaba a Sebastián y Margarita partió, pero la presencia de varios hombres registrando la vivienda le forzó a descartar la posibilidad de refugiarse allí. ¿Dónde ir, entonces? Sebastián le había ordenado no mostrarse en ningún sitio y eso le impedía acudir a Teodora o a don Martín. Aunque, pensándolo bien, de haber obtenido la venia paterna para pedir ayuda a alguno de los dos, tampoco la habría ejercido porque, estimando menos peligroso internarse en una caverna de lobos hambrientos que en el Madrid nocturno, salir de excursión no se hallaba entre sus opciones favoritas.
—Lo mejor será permanecer aquí escondido —musitó, decidido a reducir al máximo los riesgos del lance—. Tarde o temprano esos fulanos se largarán y podré volver a casa. Además, carece de sentido marchar. De seguro la Santa ha cometido un error y antes de la amanecida los soltará.
Un buen rato después escuchó caballos alejándose y, como, pese a aguzar el oído, solo percibió silencio, creyó tener el camino expedito.
Abandonando su guarida, se aproximó a la vivienda de puntillas y ya llegaba a puerto cuando distinguió a un sujeto que, apostado en el acceso de la morada, paseaba una linterna en derredor escudriñando la oscuridad. Al advertir que el haz de luz estaba a un instante de posarse sobre él, pegó un salto y se parapetó en otro esquinazo de la calle.
Encastrado en la pared, contuvo la respiración. De repente, notó a Diego agitándose bajo la capa y, con el corazón desbocado, rogó a Dios que no rompiese en llanto.
Una voz emergió entonces desde el interior de la casa.
—Entiesad párpados y orejas, Carrillo. Si divisáis a los hijos, un zagal de trece abriles y un rorro, apresadlos. Órdenes del comisario.
—Perded cuidado —respondió el centinela—. De asomar el ala, los cazaré.
Alonso quedó patidifuso. ¿También los perseguían a ellos? ¿La Inquisición? ¿Por qué diablos los perseguía la Inquisición?
Aunque la situación se le antojaba tan demencial que no conseguía digerirla, sí extrajo tres conclusiones. Una, de momento no podían volver a casa; dos, o se esfumaban, o los atraparían; y tres, pese a seguir prefiriendo internarse en una caverna de lobos hambrientos, la opción de hacerlo en el Madrid nocturno se imponía.
Resignado a su suerte, trató de reunir arrestos para emprender viaje rumbo a ninguna parte, pero el miedo le anquilosaba los pies y no lograba arrancar. Sin embargo, el anquilosamiento, que no el miedo, se evaporó presto cuando Diego empezó a emitir ese tipo de pucheros que solían preceder a una batería de escandalosos berridos.
Tan pronto los reconoció, Alonso espabiló y, azorado, comenzó a andar hacia atrás. Primero iba despacio; luego aceleró, y, cuando, ya en la plazuela de Santiago, el menino elevó el volumen de los gemidos hasta transformarlos en un aparatoso berrinche, se volteó y echó a correr.
El instinto le guio a la escribanía, pero, a pocas puertas del lugar, avistó claridad en la ventana y, recordando las instrucciones de Sebastián, frenó.
—Evita esta casa, la escribanía y la escuela —le había dicho—. Permanece oculto, no te prodigues ni te identifiques.
Se giró, regresó a la plazuela de Santiago, enfiló San Nicolás, cruzó Platerías y se adentró en la calle del Sacramento.
Aunque la noche era negra cual entrañas de leviatán, podía avanzar con rapidez gracias a los blandones enquiciados en el mampuesto de las residencias ilustres allí ubicadas; sin embargo, como, asustado por los bandazos de la carrera, Diego sollozaba ahora desesperado, temió que se ahogara en sus propias lágrimas y se detuvo. Abriéndose la capa, acercó el rostro al del pequeño y lo calmó susurrándole ternuras.
Mientras lo mecía, miró en derredor.
Se encontraban en la plazuela del Cordón y, a la luz de los farolillos circundantes, vislumbró las dos mansiones que se alzaban a derecha e izquierda. Un lado lo ocupaba el palacio del Cordón, lares de los condes de Puñonrostro y precursor del apellido de la glorieta. Enfrente se erigía otro palacio, el de don Rodrigo Salazar, duque de Villasolano, grande de Castilla y uno de los amigos de don Pelayo Valcárcel[58].
Alonso conocía el palacio del Cordón, antigua prisión de Antonio Pérez, el secretario del Segundo Felipe. Del palacio de don Rodrigo Salazar no sabía nada; sin embargo, le desconcertó porque, en cuanto lo encaró, una extraña paz le aplacó la angustia.
—¿Quién habitará estos muros? ¡Qué raro! Al verlos, me he sentido mejor.
De pronto, justo donde llevaba el relicario que Margarita acababa de ponerle en el cuello, percibió calor e, intentando separarlo de la carne, se restregó las ropas, empeño que, con Diego en brazos, le resultó de difícil conquista.
—¿Qué diantres le pasa a este colgante? —masculló, retorciéndose zozobrado—. Me está quemando el pecho.
Los bruscos meneos provocaron un nuevo lloriqueo de Diego.
—Sosiégate, hermano. Buscaremos una zona en penumbra que te favorezca el sueño.
Se internó en la costanilla de Puñonrostro y, cuando llegó a la altura del convento de las Carboneras, lo miró consternado porque sus padres, Diego y él habían acudido allí la tarde anterior a visitar el belén indiano que las monjas exponían en la iglesia durante la Navidad[59].
—¡Menudo nombre feo han endilgado a las sores! —se recordó a sí mismo comentando en medio de una alegre cola de madrileños, que, como ellos, aguardaban turno para contemplar el Nacimiento—. Convento de las Carboneras. No suena muy místico.
—En realidad, se llama convento del Corpus Christi, hogar de jerónimas de clausura —precisó Sebastián—. Doña Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa de Castellar, lo fundó tres lustros ha, en 1607.
—¡Magna dama! —exclamó Margarita mientras acunaba a Diego.
—¿Magna por qué? —inquirió Alonso—. ¿Qué proezas honran a esa señora? Yo no la conozco.
—Recién te lo dice tu padre. Erigió este convento donde una comunidad de religiosas ruega al Altísimo una miaja de entendimiento para cabestros como tú. ¿Se te antoja liviana proeza?
—Tan liviana que ni proeza se me antoja. ¿Qué proeza hay en erigir un convento? Madrid tiene más madrigueras de roerosarios que estrellas el cielo.
—Ni un convento es una madriguera ni las profesas, roerosarios, descarado —recriminó Margarita—. Un convento es un lugar pío y encomiable igual que doña Beatriz Ramírez, quien, además, desciende de otra eminente dama: Beatriz Galindo. ¿Tampoco conoces a Beatriz Galindo?
—De seguro también se dedicó a engendrar conventos —se mofó Alonso—. ¡Así hay tantos! Cuando Dios se aburra en el paraíso, que se dé un garbeo por estos andurriales. Podría pernoctar cada día en uno diferente durante años y nunca repetir.
—Porfía en las baladronadas y la tendremos, jovencito. Madrid venera a Beatriz Galindo. Amén de conventos, creó hospitales como el de la Concepción de Nuestra Señora, apodado de la Latina en homenaje a ella[60].
—¿En homenaje a ella? La habéis llamado Beatriz Galindo, no Beatriz Latina.
—Adquirió fama bajo el sobrenombre de la Latina a cuenta de su insólita maña en el latín. Incluso impartió lecciones a la Reina Católica y a su prole. Ya podías emularla afanándote en los clásicos en vez de perder el tiempo con el ajedrez.
—No le riñáis —intercedió Sebastián de buen humor—. El latín del muchacho os asombraría. ¿Quién sabe? Quizá se convierta en Alonso Castro… ¡el Latino!
—¡Qué bonito, esposo! —rezongó Margarita mientras padre e hijo estallaban en carcajadas—. Continuad celebrándole las gracias; luego arribarán los lamentos y esos habré de lidiarlos yo.
—El alias de Carboneras surgió a raíz de una imagen mariana que unos zagales encontraron en una carbonera —explicó Sebastián a Alonso—. Un cura se la compró a cambio de unas monedas y la donó a este convento. Las monjas la emplazaron en el templo, la bautizaron como Virgen de la Carbonera y, a resultas de ese bautismo, Madrid empezó a llamarlas las Carboneras. En consecuencia, nadie les endilgó el alias; ellas mismas lo crearon.
—Según Teodora, las sores son esclavas con la piel de color carbón y de ahí el alias —apuntó Alonso—. Al parecer, escaparon, se acogieron a sagrado e instituyeron un régimen de clausura para que sus amos no pudieran echarles el guante.
—¿De dónde diablos se ha sacado tamaño desvarío? —rio Sebastián—. ¡Cristo bendito! ¡Qué imaginación! Si la montásemos en un jamelgo y le procurásemos un Dulcineo, obtendríamos la versión femenina del desnortado caballero don Quijote.
—Su barriga no cabría en una armadura —bromeó Alonso, coreando las risas—. Yo la veo más cercana a Sancho Panza. Un Sancho Panza gallego, claro. ¡Sancha Panziña, la escudeira de la oronda basquiña!
—¡Basta! —interrumpió Margarita, atizando un pescozón al chico—. ¿Estimáis gentil mofaros así de una mujer adorable volcada en la ingrata tarea de cuidaros? Esposo, que este estulto caiga en semejante ruindad resulta bochornoso, pero que vos auspiciéis y alimentéis la guasa trasciende lo tolerable.
—Tenéis razón —admitió Sebastián, arrepentido—. Disculpadme.
—Disculpado quedáis. Y ahora apremiad, que ya nos toca. Espero que sepáis comportaros ante el Nacimiento… los dos.
—¿Cómo no comportarse y reverenciar este prodigio? —replicó Sebastián, mirando entusiasmado el Nacimiento—. Obsérvalo bien, Alonso. Procede de las Indias y las figuras derrochan tal hermosura que muchos las piensan esculpidas por Dios. En mi opinión, un halo de eternidad las envuelve. Apostaría la diestra a que los madrileños disfrutaremos de su belleza durante siglos.
—¡Qué primor! —Silbó Alonso, deleitándose en las tallas de madera policromada—. Me gusta la del fondo.
—Es el Heraldo, una de las imágenes medulares de todo belén. A lomos de un rocín y a golpe de trompeta, anuncia la llegada de Jesús. Fíjate en la que camina junto a los Magos de Oriente sosteniendo un lucero y guiándolos al portal. Es el Caballero de la Estrella, una imagen también imprescindible.
—¡El Caballero de la Estrella! Me recuerda a don Quijote, el Caballero de la Triste Figura.
—¡Y vuelta la mula al trigo! —resopló Margarita—. Ajedrez y Quijote. ¿No tienes otro tema de conversación, hijo?
—Don Quijote y yo compartimos nombre, madre.
—¿Y qué? ¿En ese inusitado extremo confluyen la vida y la muerte?
—¡Vamos, Margarita! —concilió Sebastián—. Aflojad una miaja, mujer, que estamos en Navidad.
—¿Y la Navidad exige dispensar sus fantochadas? ¿Habéis olvidado la zalagarda que organizó con el sobrino de Teodora? Angostad la manga, esposo. La holgáis en exceso y el zagal se aprovecha. Crece muy rápido y, como no le atéis en corto, se os subirá a las barbas.
—¡A fe que crece rápido! Rápido y mucho. Tanto que, de seguir estirándose a ese ritmo, acabará saliéndose del mundo.
Palmeándose el hombro amigablemente, padre e hijo renovaron las carcajadas.
—Helos ahí —bufó Margarita—. Gil y flor; uno tonto y el otro, peor[61].
Los gemidos de Diego arrancaron a Alonso de la entrañable evocación y le forzaron a reanudar la marcha. Dejando atrás el convento de las Carboneras, avanzó y se internó en la calle del Codo.
—Las tinieblas de esta costanilla te ayudarán a coger el sueño, hermano —murmuró, arrebujando al bebé en la mantilla roja de su madre.
Luego de mecerlo y tararearle la melodía gallega con que Margarita solía arrullarlo, el niño se durmió.
Alonso permaneció quieto porque no deseaba despertarle… y también porque percibía una presencia rondándole y ni a parpadear se atrevía.
Compeliéndose a conservar la calma, trató de horadar la penumbra para determinar si estaba en lo cierto o si, muy al contrario, sus temores eran infundados y no meritaban ni alarma ni desazón. Sin embargo, alarma y desazón iban en aumento a causa de la oscuridad imperante, tan impenetrable que no lograba determinar nada.
Rígido el cuerpo y en vilo el alma, escudriñó el frente y los laterales, pero solo atisbó abismo. Después se giró lentamente y, como se topó con un horizonte igual de opaco, inspiró hondo y se serenó un poco.
Ya se giraba de nuevo censurando su acoquinamiento y diciéndose que los tipos duros no se achicaban por chuminadas cuando de repente el blanco de unos ojos rasgó la negrura.
Infartado del susto, el muchacho pegó un respingo y salió disparado rumbo al iluminado entorno de las Carboneras.
Al escuchar pasos tras él, supo que los ojos le perseguían y estaban a punto de alcanzarle. Aunque intentó acelerar, el agotamiento de los últimos acontecimientos le estragó el afán y, en lugar de acelerar, comprobó horrorizado que su velocidad menguaba.
De pronto, sintió un roce en el cuello, acicate harto eficaz para espantar el agotamiento y también a él. Olvidando la flojera, se aferró a las alas del miedo y voló de regreso a la plazuela del Cordón. Sin embargo, una vez allí, ni siquiera las alas del miedo pudieron impedir que frenara la fuga. Le resultaba imposible continuar corriendo. Las piernas le flaqueaban y tenía los brazos agarrotados de cargar a Diego, quien, pese a la carrera, seguía durmiendo.
Jadeante y medio ahogado, se agachó tosiendo con violencia.
Cuando, recuperado el resuello, se incorporó, un estremecimiento le erizó la piel porque advirtió que la presencia se hallaba a su espalda. La percibía de manera nítida. Notaba aquellos espeluznantes ojos clavados en el cogote y los adivinaba prestos a atacarle en cuanto se voltease.
Crispado de pánico, sopesó las opciones. O reanudaba la huida, o encaraba al enemigo. Reanudar la huida se le antojaba absurdo, pues, exhausto como estaba, el enemigo tardaría un amén en atraparle. En consecuencia, debía echarle arrestos y encararlo.
Encajando la mandíbula, no lo pensó más. A ínfima velocidad se volvió y descubrió que, desgraciadamente, no se equivocaba. En efecto, había alguien.
Un sujeto espectral, muy alto, famélico, de greñas canosas, semblante descarnado y gesto escalofriante lo escrutaba.
Se llevó tal sobresalto que de nuevo las alas del miedo acudieron al rescate y le brindaron un asidero. De inmediato las agarró y rotó los pies dispuesto a largarse, pero no pudo ser. Iba a dar la primera zancada cuando casi chocó con un perro enorme y rabioso que le mostraba dos afilados colmillos en actitud muy poco cordial.
Al verse preso entre un espectro y su mascota, contuvo la respiración. No sabía qué hacer. Cualquier amago de evasión fracasaría, liarse a trompadas con Diego en brazos no le parecía ni inteligente ni viable y seguir petrificado tampoco.
Abstraído en estas reflexiones, enganchado a la mirada feroz de la mascota y alerta a sus sinuosos movimientos, no se percató de los del espectro hasta que un apestoso aliento le llegó a la nariz y una voz cavernosa, al oído.
—Entregadme los pertrechos o Pitusín os hincará el diente.
Temblando de miedo, Alonso se giró y quedó a un palmo de aquella pavorosa sombra vacía de cuerpo. Le superaba en alzada y se cernía sobre él de tan inquietante forma que le creyó más proclive a hincarle el diente que el perro.
Pese a todo, lejos de achantarse, le desafió.
—No os entregaré nada. Pitusín y vos podéis, pues, ahuecar el ala.
—No tentéis a la suerte, pimpollo. Me sobra gazuza y me falta paciencia.
—En mi opinión, os sobran amenazas y os falta prudencia. Mal adversario habéis elegido, amigo. La noche se me ha torcido y ando de un humor de perros más bravíos que Pitusín.
—¿Sabéis que le pirran las chichas tiernas? —comentó el espectro, mirándole de arriba abajo y relamiéndose—. El menda tampoco os rechazaría. La gusa no hace distingos e igual mastico cabrito que rata que… mozalbete.
—Rozad siquiera mis chichas tiernas y os escarzo el alma —masculló Alonso, forzándose a sofocar el terror que lo atenazaba.
—Tranquilo, gavilán. Yo no me arrimaré. De la tarea laboriosa se ocupa Pitusín. A una orden mía, os desgajará las precordias… a vos y al menino que amadrigáis bajo el manteo. Estoy hambriento, no ciego.
—Me importa un carajo si estáis hambriento, ciego o difunto y recién escapáis del infierno —replicó Alonso, estrechando a Diego—. Juro por Dios que, como no os esfuméis, os fabrico una flauta en el gaznate.
—Me impresionan vuestros redaños, zagal, y, en impresionándome ya pocas cosas, recompensaré este inesperado placer que me habéis regalado proponiéndoos un trueque —declaró el espectro, esbozando una sonrisa macabra—. A cambio del lechón, os perdonaré el atuendo… y la vida. De paso, os aligeraré la estiba. Parece un lechón rollizo y me barrunto vuestros brazos molidos de cargarlo.
—Y yo me barrunto deshilachado vuestro caletre si pensáis que aceptaré.
—Es un buen trato. De aveniros, Pitusín y yo cenaremos chicha tierna e incluso os invitaremos a un muslito de rorro; de no aveniros, obtendremos doble ración. He ahí las opciones: o la diña solo el churumbel, o la diñáis los dos.
—No me subestiméis, maese —contestó Alonso, intentando ganar tiempo mientras se exprimía el magín cavilando la manera de salir del brete—. Quizá no amadrigue un churumbel bajo el manteo, sino una barrabasa que desenvainaré en cuanto Pitusín amague mover la pezuña. Gastad tiento porque acaso la diñéis vos de una catorce en el corazón… y, ya de paso, os aligeraré la estiba del hambre.
—De vuestras palabras deduzco que declináis la oferta —dijo el espectro, extendiendo un garfio de falanges cadavéricas—. Como os negáis a entregar el rorro, ni os perdono el atuendo… ni la vida. Dadme, pues, los pertrechos y preparaos para saludar a la Virgen María.
Alonso tragó saliva. No se le ocurría nada, ¡maldita sea!
—No lo repetiré —siseó el espectro, avanzando hacia él—. Dadme los pertrechos.
—No os acerquéis o… —empezó Alonso, apartándose.
De pronto, notó el hocico del perro en las pantorrillas e instintivamente se volteó. El espectro aprovechó el descuido y le propinó un tremendo empujón en absoluto acorde a su etéreo aspecto. Al apretar a Diego contra sí en afán protector, Alonso perdió el equilibrio y cayó de bruces.
Un momento después el gélido viento le estremeció y observó atónito que no tenía la capa. Ni los zapatos, ni el bonete, ni la faltriquera. Temiendo que también le hubieran robado a su hermano, se miró el regazo.
—¡Gracias a Dios! —suspiró, aliviado al ver que el bebé continuaba allí y, no obstante el costalazo, seguía sumido en un sueño profundo.
Tiritando de frío, buscó al espectro y a Pitusín, pero se habían evaporado.
—¿Cómo diantres lo ha conseguido? Me ha desvalijado en un jesús, ¡mal rayo lo parta! Y ahora ¿qué hago? Sin abrigo ni cuartos, Diego no aguantará este relente y a fe que yo tampoco.
Los cascos de un caballo interrumpieron sus atormentadas deliberaciones.
Un jinete emergió de la travesía de Puñonrostro. Advirtiendo que iba al galope y los arrollaría, Alonso corrió hacia el palacio de don Rodrigo Salazar. Se empotró en la pared, estrujó a Diego, hundió la barbilla en el pecho y cerró los ojos.
El individuo pasó rozándolos. Luego escuchó un relincho, un ruido metálico, un golpe sordo, el rocín alejándose y… silencio.
Preguntándose qué nueva sorpresa le deparaba aquella horrible noche, entornó los párpados y vio a un hombre desmadejado en el suelo.
Un farolillo clavado en la piedra del caserón le mostró la causa del accidente: una reja volada. No le extrañó. En su calle, la del Espejo, había muchas rejas de ese tipo y a diario descrismaban a los insensatos que circulaban a velocidades suicidas e impactaban contra ellas.
—¿Os encontráis bien, señor? —susurró, aproximándose al caído.
Cuando distinguió un charco de sangre deslizándose bajo la nuca, frunció el ceño.
—Me temo que no soy el único que está teniendo una mala noche.
Cuando reparó en las colosales trazas del descoyuntado, soltó una exclamación.
—¡Virgen santa! ¡Menudo titán! Si, en vez de estrellarse contra la reja, llega a estrellarse contra la mansión, la troncha.
Y, cuando se fijó en su vestimenta, una idea le iluminó las mientes.
—¡Demontres! —musitó, dejando a Diego junto al muro y palpando los ropajes del desconocido—. Que Dios me perdone, pero acaso este óbito impida el nuestro.
La capa de albornoz derrochaba calidad y, merced a las dimensiones del dueño, también derrochaba tela; tanta que podría cobijar a toda la cristiandad. El sombrero admitiría la testa de un toro; además, el ala alcanzaba tal anchura que se vencía hacia abajo y ocultaba completamente la faz del portador, circunstancia harto propicia en su actual situación. En cambio, las botas no le convencieron; nunca había visto unas de semejante tamaño y pensó que allí cabría el pisante de un cíclope, pero, como estaba descalzo y las temperaturas no daban tregua, no se permitió melindres.
Luego de quitarle las tres prendas al cadáver, lo cacheó agenciándose la faltriquera y un cuchillo.
Después se puso la capa, el sombrero y las botas.
Al hacerlo y pese a su elevada estatura, el muchacho desapareció del mundo. La capa se posaba sobre él cual inmensa nube negra, el sombrero le enfundaba la cabeza entera y diez Alonsos dormirían holgados en una de las botas.
Convertido en un espectro más tenebroso que el amo de Pitusín, tomó a Diego y empezó a caminar.
Iba muy despacio, pues, de un lado, tenía que encoger los dedos de los pies para no perder las botas y, de otro, necesitaba levantar el mentón para sortear el exagerado vuelo del ala del sombrero y ver por dónde pisaba.
De pronto, algo le instó a detener la marcha y girarse. Al contemplar el palacio artífice del mortal accidente, le embargó la certeza de que ese lugar había cuidado de ellos.
—Ignoro el motivo, pero intuyo que, si permanezco cerca de estos predios, no nos sucederá nada malo. A las pruebas me remito. Sus rejas voladas nos han brindado abrigo descalabrando al hercúleo. Pasaré aquí el resto de la noche y al alba regresaré a casa.
Y, desandando lo andado, se aproximó de nuevo al palacio de don Rodrigo Salazar y se apoyó en sus muros. De inmediato, sintió la paz de antes y el extraño calor del relicario le templó el frío.
Ambas sensaciones consiguieron calmarle la ansiedad y, al poco, se durmió.