Libelo de sangre
CAPÍTULO 28 Cárcel y calle
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CAPÍTULO 28Cárcel y calle
Cuando Margarita despertó, miró en derredor desorientada. ¿Dónde estaba? No recordaba nada y la insondable penumbra que la envolvía baldaba cualquier intento de despejar la incógnita.
De pronto, una bengala prendió en su entendimiento y chispas de realidad le iluminaron la memoria. En cuanto eso ocurrió, la incógnita se despejó y una sucesión de estremecimientos le sacudió el cuerpo sumiéndola en una penumbra mucho más pavorosa que la que colmaba sus ojos: la penumbra del miedo.
Primero se estremeció de frío porque su atuendo, empapado a causa de la humedad reinante y el barro del suelo, apenas la abrigaba.
Luego se estremeció de terror a resultas de los alfilerazos que notaba en los pies. En un principio se los figuró agarrotados y hormigueándole, pero, al percatarse de que no era un hormigueo fruto del agarrotamiento, sino dentelladas de ratas, agitó las piernas espantada.
Entonces se estremeció de impotencia, pues las prisiones de los tobillos no le permitían moverse y apartar a los roedores.
Como no podía patearlos, decidió taparse los oídos para no escuchar sus horrísonos chillidos y así arribó el cuarto estremecimiento: el de dolor… unido al de impotencia, porque, de un lado, los brazos encadenados a la espalda truncaron el amago y, de otro, los hombros, anquilosados tras pasar la noche en tan desdichada posición, respondieron al brusco movimiento crujiendo de lacerante suerte.
El último estremecimiento clausuró aquel atracón de sensaciones ácidas. Se estremeció de ansiedad y, cuando los cinco estremecimientos actuando en comandita ya amenazaban con provocarle una crisis de pánico, se conminó a dominarse pensando que, o se calmaba, o solo conseguiría intensificar el sufrimiento.
Buscando esa calma, resolvió concentrarse en tratar de localizar el hatillo de ropa que el alcaide metió en la celda y agenciarse alguna prenda capaz de procurarle un poco de abrigo.
Esforzándose en ignorar los calambres con que sus entumecidos huesos reaccionaban ante el más sutil cimbreo, se incorporó y, atenta al sentido del tacto, deslizó las manos sobre el pavimento. Palpó extrañas bolitas que se descomponían al estrujarlas, pero, como no logró determinar su origen, continuó la exploración. De repente, rozó la peluda testa de una rata y gritó espeluznada cuando el animal, igual de asustado, se defendió a mordiscos.
El inesperado ataque acabó venciéndola y rompió en un llanto que se agudizó en cuanto intentó secarse las lágrimas y ni siquiera ese pequeño alivio pudieron brindarle sus brazos maniatados a la espalda.
De pronto, un minúsculo rayo de luz se coló a través de un orificio del muro, inhibió las tinieblas y le mostró una estancia solo concebible en los feudos de Belcebú.
Se encontraba en una claustrofóbica mazmorra, muy estrecha, de techo abovedado y tan bajo que alguien de cierta alzada debía inclinarse so pena de descabezarse.
En las paredes de ladrillo y pedernal divisó un siniestro surtido de argollas claveteadas a diferentes alturas según el miembro corporal a engrilletar.
El suelo de tierra estaba encharcado de orines y sembrado de heces secas, heces con forma de bolitas… las mismas que instantes antes sus dedos ciegos habían tocado e incluso desmenuzado.
Reprimiendo las náuseas al percatarse del detalle, se fijó en un rincón donde una bacinilla desportillada y atestada de excrementos despedía una fetidez irrespirable. Seguramente esa fetidez atraía a la legión de ratas que colonizaban aquel rincón. Aunque no solo había ratas allí. Las había por doquier y encararlas impactó tanto a Margarita que, incapaz de aguantar la aprensión, cerró los ojos ansiando regresar a la oscuridad, pues, si percibirlas en la negrura ya suponía un calvario, verlas pulular en torno a su persona y encima de su persona cruzó la frontera de lo soportable.
Volvió a abrir los ojos cuando oyó pasos y de la gatera inferior de la puerta emergió una escudilla con capón de galera y un trozo de bizcocho, vitualla, por cierto, harto celebrada en las filas roedoras.
—Despojadme de los hierros, os lo ruego —se apresuró a solicitar antes de que el hombre se fuera de nuevo—. Los tengo al dorso y me impiden alimentarme.
Un silencio después el cerrojo se descorrió y un hacha silueteó la figura del alcaide, que entró encorvado para no peinar el techo, la desamarró, le acomodó los brazos al frente y volvió a esposarlos.
—Retiradnos las cadenas, señor. ¿Acaso no veis que a ningún sitio hemos de marchar?
—Ya escuchasteis al comisario. Los anillos han de mantenerse.
—Pero ¿por qué? ¿Qué delito nos imputan que exige tamaño rigor?
—No me compete a mí proporcionar esa información. Me limito a cumplir órdenes.
—Al menos, limpiad la bacinilla. El ambiente aquí dentro es hediondo.
—Las bacinillas se limpian una vez al año y, habiéndose procedido en verano, aún restan unos meses hasta el siguiente vaciado —aclaró el alcaide, haciendo un gesto despectivo tras echar un vistazo a la bacinilla—. Además, todavía hay hueco para lo que preciséis liberar.
—Preciso liberar mi alma, señor. Llamad a un sacerdote, por favor. Anhelo confesarme y comulgar. Apiadaos de mí y no me vetéis el sagrado consuelo.
—Esas piedades tampoco me corresponden a mí. Os repito que me limito a cumplir órdenes y no me han ordenado traer un aleluya.
Dejando a Margarita de nuevo sumida en las tinieblas, el alcaide entró en el calabozo de Sebastián, depositó el condumio en una esquina y también le recolocó los brazos.
—¿De qué nos acusan? —preguntó Sebastián—. Me estoy volviendo orate. No comprendo nada.
—No debéis comprender nada. Debéis embanastar la lengua y procurar no hincharme los redondos. He ahí vuestro cometido. Acatadlo y os ahorraréis cuitas.
—Me niego a aceptar esta ignominia. No pueden confinarnos en semejante cochiquera sin siquiera glosar los cargos. ¡Soltadnos de inmediato!
—Teneos, maese —siseó el alcaide en tono peligroso—. No me estomaguéis o sacaré el Cristo gordo.
—¿Me demandáis contención cuando están coceando nuestros derechos de superlativa suerte?
—Por última vez, cerrad el pico o lo lamentaréis.
—No quiero cerrar el pico, ¡maldita sea! —Se rebeló Sebastián, enervado—. ¡Esto es un abuso inadmisible!
Mascullando un improperio, el alcaide lo agarró, lo obligó a sentarse, lo estampó contra la pared, cogió una argolla que pendía de ella y se la puso en el cuello.
—¿Qué diantres hacéis? —protestó Sebastián, retorciéndose.
—Os advertí que, de exasperarme, sacaría el Cristo gordo y vos erre que erre. Pues ¡ea, llegasteis a la aldea!
—¡Ave María! ¡Quitadme esto! ¡Me asfixio!
—Callaos de una condenada vez, hideputa —rugió el alcaide, asestándole una bofetada—. Otra barrumbada y os calzaré el pie de amigo. Ese sí que asfixia.
—Esposo, ¡por el amor de Dios! —gritó Margarita—. ¡Obedeced y guardad silencio!
—Prestadle mientes —espetó el alcaide, saliendo y atrancando la puerta—. Se me antoja consejo inteligente.
Y allí quedó Sebastián. Engrilletados los tobillos, presas las muñecas, maridado a la pared por el cuello y con todo su ser entonando un adagio elegiaco a tres compases: el de sus jadeos en un agónico intento de respirar, el de los sollozos rezumantes de desconcierto e indignación y el de las cadenas, que, aunque porfiaban en inmovilizarle el cuerpo, sonaban estridentes cada vez que este convulsionaba de miedo.
Alonso y Diego tampoco estaban disfrutando del lance.
Al alba, Alonso regresó a la calle del Espejo confiando en que el problema ya se hubiera solucionado. Sin embargo, un nudo le oprimió la garganta cuando, agazapado en un recodo, comprobó que ni el problema se había solucionado ni las cosas habían cambiado. Su casa seguía precintada; el acceso, vigilado, y los Castro, ausentes.
Mientras se alejaba gastando el mayor de los sigilos, luchó por controlar la angustia, consciente de que la situación demandaba una cabeza fría barajando alternativas, no un ánimo ovillado en la desesperación.
Y es que en verdad la situación no le permitía ovillarse ni en la desesperación ni en ninguna otra parte. Muy al contrario, le compelía a trillar camino y no detenerse hasta encontrar un refugio, pues intuía una segunda noche al raso y encima no se trataba de cualquier noche.
Era veinticuatro de diciembre y, concluida la cena de Nochebuena, la gente visitaría a sus familiares e iría a la Misa del Gallo, avatares ambos que implicaban hordas de alguaciles patrullando la ciudad con la encomienda de proteger los festivos garbeos de la ciudadanía y probablemente con una encomienda adicional, esta dimanante de la Inquisición: capturarlos.
Y como esa encomienda adicional los forzaba a permanecer ocultos, lejos de ovillarse en un recoveco de aquel incomprensible laberinto y esperar a que sus padres vinieran a mostrarle la ruta de salida, debía dedicar el día a buscar un sitio donde pasar una Nochebuena que de seguro tendría muchas trazas de noche y muy pocas de buena.
Las campanas repicaron las nueve de la mañana y desperezaron a un Madrid ilusionado ante la inminente Navidad.
En absoluto ilusionado y harto preocupado, Alonso vagó sin rumbo ni puerto.
Diego dormía y él rogaba al cielo que se mantuviese así, porque, tan pronto despertase, empezaría a berrear y llamaría demasiado la atención. Desgraciadamente no tardaría en hacerlo, pues hacía horas que no probaba bocado y sus hambres, como el resto de sus rutinas, se sucedían con exactitud militar; sin embargo, pensando que ya saciaría el hambre del pituso cuando esta se manifestase, decidió saciar la suya propia invirtiendo en comida algo de lo afanado al gigante.
En el mercado de la Puerta del Sol adquirió un par de cebollas y las devoró. Todavía hambriento, acarició la idea de procurarse otra cebolla, pero entonces el temido despertar infantil aconteció y, además, de la manera augurada: en medio de un ensordecedor recital de berridos.
Perplejo ante la potencia pulmonar de un ser tan diminuto y maldiciendo al ser diminuto en cuestión, compró un cuartillo de leche a un hombre que voceaba las bondades de su burra.
Sentado en la escalera de un portal, mojó el cabo de un pañuelo en la frasca y se lo ofreció al niño. Aunque al principio este lo chupó, casi de inmediato vomitó lo ingerido y, pese a los reiterados intentos de Alonso, rehusó volver a probarlo, apartando la cara cada vez que su hermano le acercaba el pañuelo. Él consumía calostro materno y no toleraría sucedáneos.
Aguantando estoico los lloros, Alonso lo meció y le tarareó la melodía gallega que solía cantarle Margarita hasta conseguir amodorrarlo de nuevo. No obstante, la tesitura desazonaba al muchacho. ¿Qué haría cuando el bebé despertase y reanudase las petitorias?
Acudir a don Martín o a Teodora no abandonaba ni su mente ni los primeros puestos de su lista de opciones, pero, en cuanto se planteaba la posibilidad, la desestimaba. Se las tendría que apañar solo, pues profesaba un hondo afecto hacia ambos y de ningún modo los expondría al Santo Oficio.
Absorto en estas reflexiones, llegó a la plaza de Puerta Cerrada, lugar donde a diario se citaban los cuatro elementos: agua, fuego, aire y tierra.
El agua se encarnaba en la fuente de Diana. Alrededor de sus caños se aglomeraban los aguadores. Unos remolcaban el género en el hombro, en borrico o en batea y lo despachaban en las calles; otros lo distribuían a domicilio, servicio este que suscitaba una enorme desconfianza en los esposos porque, según ellos, «esos revientahogares primero placen la tinaja oficial y luego complacen la tinaja conyugal».
Junto a los aguadores, pululaban los vecinos, que comparecían cántaro en mano y prestos a pegar la hebra.
El ritual no variaba.
Un «a la paz de Dios» inauguraba la tertulia, el típico «me he enterado de…» la azuzaba y, a partir de ahí, el palique transcurría fiel a la lírica madrileña.
El adulterio de la esposa de Fulano desembocaba en un despectivo «quien halle mujer sin tacha llene de rosarios el mar»; los comentarios sobre el talante levantisco del zagal de Mengano provocaban un «si mal barro no gesta buen botijo, mal padre no gestará buen hijo», y las procacidades de la criada del párroco originaban un «fámula de cura, puta segura».
Se hablaba del Rey insinuando que «acaso Lucifer sí tenga hermanos»; de los gobernantes diciendo que «esos miserables nos sonríen y a tributos nos fríen»; del clero mascullando un indignado «camanduleros alfaquines que portan la cruz en el pecho y al diablo en los hechos», y ante el gremio castrense, cuyos atropellos aterrorizaban a la población, el corajudo advertía «como me toquen el bigote, los desmiembro», a lo que el cabal respondía con un escéptico «vos, ciervo, ¿vais a cazar?».
Si alguien prosperaba, sonaba un envidioso «aquí hasta los escarabajos empinan la cola»; si casaba, se escuchaba un «¡con menuda arpía va a amalgamar los meaos!»; si procreaba y alardeaba de vástago, le llovían socarrones «¿dónde oculta mi hijo lo feo, que yo no lo veo?», y, si expiraba, uno preguntaba «¿por qué le plañimos si destilaba acíbar?» y el otro contestaba que «recién muerto, el peor parece mejor».
Un «me retiro o el patrón soltará la gallina» solía hilvanar la charla y un sumiso «a palabra de Dios, amén» la remataba.
El fuego crepitaba en las fraguas de herreros, espaderos, latoneros, cuchilleros, tijereteros y cerrajeros apostadas en las lindes de la plaza y alrededores.
Todos estos profesionales vaticinaban un pronto traslado porque, como las fraguas despedían continuas centellas candentes, los vecinos se quejaban de vivir en mitad de una alegoría del infierno y el Concejo no tardaría en atender el aluvión de protestas.
Si al final el traslado se sucedía, tampoco los pillaría novicios, pues ya habían padecido bastantes mudanzas en el pasado. De hecho, años atrás aquella explanada estaba al otro lado de una de las puertas de acceso a Madrid y el Concejo los ubicó allí al objeto de alejarlos del núcleo urbano e impedir así que las chispas de sus fraguas provocasen accidentes.
Sin embargo, los avatares políticos, el trazado de la puerta y su enclave obligaron a las autoridades a clausurarla en múltiples ocasiones.
En lo relativo a la política, a veces la puerta se cerraba por motivos de índole militar; en lo relativo al trazado, sus zigzagueantes tramos propiciaban a los atracadores un escondite idóneo para emboscar a los transeúntes, circunstancia que también originó más de un precintado; en cuanto al enclave, el abrupto terreno y el muladar existente entre la muralla y la calle Toledo generaban constantes estancamientos de agua sucia que, aparte de erosionar la construcción, dificultaban el tránsito, lo que muy a menudo implicaba la inoperatividad de la entrada.
Precisamente estos reiterados cierres fraguaron, y nunca mejor dicho, el nombre del recinto donde en ese momento se asentaban el sector metalúrgico y sus fraguas: plaza de Puerta Cerrada.
Andando el tiempo, la puerta se demolió y la plaza, junto con los gremios que la ocupaban, quedó de nuevo dentro de la ciudad[62].
El aire soplaba gracias a los toneleros, pellejeros, cordeleros, guarnicioneros y talabarteros. Como sus tiendas estaban próximas a los acólitos de Vulcano, estos resignados menestrales venteaban el humo procedente de las forjas intentando proteger de hollín los artículos que suministraban a los negocios de la Cava Baja de San Francisco.
La tierra emergía en esos negocios de la Cava Baja, pues allí arrieros, feriantes y tratantes se rendían a los placeres más terrenales: comer, beber, dormir y copular.
Nacida en Puerta Cerrada, la Cava Baja discurría hasta la plaza de la Cebada entre tabernas de beber y bodegones de comer.
Las tabernas solo expendían vino. Los bodegones también dispensaban condumio y los había postineros o pordioseros. Los postineros ofertaban liebre, ponían liebre y cobraban liebre. En los pordioseros ofertaban liebre, ponían gato y procuraban cobrar liebre. Si el timo triunfaba, el bodegonero lo celebraba y, si fracasaba, lo lamentaba durante el paseo vergonzante con azotes al que lo condenaban tras acusarlo de un delito muy habitual en Madrid: dar gato por liebre.
El tercer placer, el del dormir, se satisfacía en posadas, mesones y albergues.
Las posadas hospedaban a gente principal y proporcionaban lujosos aposentos, salas auxiliares e incluso estancias de respeto donde recibir visitas. El precio era exorbitante; el servicio, insuperable, y el riesgo, ineludible porque, olfateando suculentos botines, los cacos a menudo se colaban en las habitaciones y las desvalijaban.
Los mesones alojaban a humildes y proporcionaban agujeros similares a una porqueriza. De precio exiguo y servicio deplorable, el riesgo de hurtos no templaba, sin embargo. Cualquier ocasión valía al ladrón y, mientras unos picaban alto acechando a los opulentos usuarios de posada, otros practicaban el vuelo rasante sangrando las flacas haciendas de la parroquia del mesón.
Pero existían haciendas aún más flacas que las del mesón; tanto más flacas que ni a los apóstoles de lo ajeno interesaban. Pertenecían a los mendigos e indigentes, clientela típica de los albergues.
Había muchos albergues en Madrid y la mayoría ofrecía pernocta en el llamado régimen de media con limpio, consistente en compartir habitación con alguien «limpio». Considerando los mimbres que solía lucir el huésped de albergue, el concepto limpio debía entenderse en un contexto realista. No se requería, pues, asomar perfumado de lavanda, sino libre de tiña, sarna o piojos. El requisito resultaba baldío, no obstante, porque, aunque las lanas del compañero no tuviesen colonos, las del jergón tenían tal cantidad de pulgas, chinches y garrapatas que podía caminar solo. Huelga decir que estas anécdotas de albergue acontecían en caso de haber jergón, ventura harto insólita en aquellos tristes pagos.
El último placer terrenal, pero no por ello menos importante, aludía al ayuntamiento carnal.
Si bien la Cava Baja no era aposento de mancebías, bastantes siervas de Venus rentabilizaban la prolífica actividad comercial del entorno prestando sensuales servicios. Sin embargo, como anunciarse abiertamente transgredía la moral, lo hacían de manera subrepticia colgando un ramillete de flores en su puerta, consigna que, según algunos, auspició uno de los múltiples alias del gremio: rameras.
Alonso encontró la plaza en pleno contubernio de los cuatro elementos.
En la fuente de Diana los aguadores llenaban sus cántaros utilizando los caños que les correspondían y los que no les correspondían también.
Responsable de repartir los caños de las fuentes urbanas, el Concejo adjudicaba una parte a los profesionales y dejaba el resto para el autoabastecimiento vecinal, autoabastecimiento que causaba constantes conflictos porque los aguadores acostumbraban a obviar el reparto consistorial y se surtían de cualquier caño, fuera el legítimo o el ajeno.
Y en tales se hallaban cuando Alonso llegó. Los vecinos recriminaban el abuso a los aguadores, los aguadores los mantenían a distancia salpicándoles agua y los vecinos reaccionaban al ataque de manera furibunda.
En el umbral de los talleres las fraguas alborotaban el ambiente y lo asolaban de ígneas chiribitas. Los lugareños iban a duplicar llaves, adquirir armas blancas, reparar ollas y menesteres del estilo e, instalados en el pilón de la fuente, esperaban su turno mientras aliviaban la sed de agua con agua, la de chismes con chismes y la de sangre interviniendo en la guerra acuífera en ciernes.
En la glorieta también se vendía pescado y, además, solía afincarse alguna castañera que, al grito de «a la rica castaña», tostaba el género en un caldero dispuesto sobre ascuas. Si peinaba canas, todos la ignoraban, pero, si derrochaba juventud, los hombres se agolpaban en torno a ella.
Esa mañana una zagala de bucles rubios y ojos verdes originó una nutrida hilera de hombres ansiosos de comer castañas y, de encartarse, a la castañera. La trifulca que libraban los aspirantes superaba la de la fuente. Unos se situaban delante de los otros, los otros empujaban a los unos, los terceros increpaban a los segundos y los cuartos vareaban a los primeros.
De pronto, apareció el maestro de la seducción: el lindo.
Impecablemente emperejilado, se colocó en la fila y aguardó su turno al tiempo que, en actitud displicente, observaba la reyerta de los adversarios sin inmiscuirse, pues, sabiéndose néctar en un mar de esputos, no dudaba de su victoria.
Cuando le tocó la vez, se inclinó ante la castañera y le tendió una azucena mustia.
—Aunque la corté lozana para vos, el fulgor herbal de dos gemas recién la marchitan —le dijo en tono galante.
Los combatientes interrumpieron la zapatiesta y se miraron entre sí preguntándose qué significaba lo de «fulgor herbal de dos gemas». El nombre de la moza era Baltasara. Entonces ¿por qué el culopollo la llamaba Gema? ¿Y por qué hablaba de dos Gemas? ¿Acaso había otra? Quizá venía de camino y traía la hierba que fulguraba.
En mitad de aquel surtido de elucubraciones, alguien insinuó que lo de herbal aludía al color verde y las dos gemas, a los ojos de la chica, pero, luego de reflexionarlo un instante, los demás estimaron inconcebible tamaño nivel de memez y rechazaron la sugerencia.
Como todos auguraron una áspera reacción de la castañera, pues obsequiar flores marchitas no les parecía fértil método de conquista, sellaron la paz, se aliaron contra el enemigo y, mofándose de él, apostaron cuánto tardaría este en recibir vinagre. Sin embargo, el vinagre lo recibieron ellos cuando la castañera aceptó la azucena mustia, sonrió al lindo, le regaló castañas, recogió los pertrechos y lo peor: ¡marchó colgada de su brazo!
Mientras así transcurrían la guerra del agua y la guerra del amor, los comerciantes cruzaban la plaza rumbo a los mercados remolcando carretas repletas de género e ilusionados porque en Nochebuena solían agotar las existencias.
Desayunaban en la Cava Baja, donde los bodegones de puntapié también provocaban incesantes altercados.
Plantados junto a los bodegones con establecimiento fijo, ofertaban aguardiente y letuario a precio muy inferior. Los dueños de los locales les exigían aventarse en voluntad o «aquí arderá Troya», pero los ambulantes ni se inmutaban y continuaban despachando. Entonces el bodegonero sacaba la fusta, el cajonero se defendía y, al descuidar el cajón, los golfillos se lo desvalijaban.
El zafarrancho concluía cuando aparecía la autoridad. Honrando el nombre del negocio, el ambulante desarmaba el bodegón de un puntapié, se esfumaba y dejaba al otro rindiendo cuentas ante los alguaciles, quienes, aprovechando la coyuntura, primero le acusaban de alterar el orden público y luego le imponían una multa, que, «no obstante y previo pago de una módica cantidad, podríamos amnistiar».
Embozado en la capa, escondiendo en ella a un durmiente Diego y ocultando el rostro bajo el ala del sombrero, Alonso atravesó Puerta Cerrada a toda velocidad porque sabía que Fernando, el sobrino de Teodora, trabajaba en una de las fraguas y, si los descubría, no vacilaría en dar la voz de alarma.
Llegó a los aledaños de la Puente Segoviana y los halló atestados de gente.
Amén de mercaderes y correos entrando o saliendo de Madrid, había carruajes rodando, sillas de manos ruando, damas coqueteando, galanes requebrando, frailes predicando, menesterosos limosneando, esportilleros porteando, malandrines robando… Tal cristiandad saturaba la zona que Alonso logró relajarse, convencido de que, perdido en semejante frenesí, nadie le prestaría atención.
Una pasarela mediaba entre la calle Nueva y el puente. A un lado se extendían las huertas de la Puente, frondosas y exuberantes gracias al permanente riego del Manzanares. El lado opuesto lo ocupaba el Campo de la Tela, una enorme explanada donde los varones practicaban equitación, realizaban ejercicios militares y participaban en las justas caballerescas que allí se celebraban.
Aparte de usarse como área de entrenamiento y escenario de torneos, el Campo de la Tela se utilizaba como toril durante los eventos taurinos. Ocurría, sin embargo, que, mientras en días de corrida lo habitaban toros de cuatro patas, toros de dos acudían en noches de farra, bien para batirse en duelo por cuestiones de honor, bien para prender fuego en citas de amor[63].
Un poco más allá se distinguía el Parque de Palacio, un bosque a los pies del Alcázar que el Segundo Felipe compró con la idea de transformarlo en vergel privado. Pero el proyecto no cuajó y el terreno se descuidó de tal suerte que al final se convirtió en una espesura solitaria muy utilizada también por los toros de dos patas en lanzas de honor y lances de amor[64].
El Campo de la Tela fascinaba a Alonso. De buena gana se habría quedado a contemplar las lides que en ese momento se sucedían, pero, como Diego volvió a despertar llorando hambres, tuvo que reanudar la marcha.
Se adentró en la calle Nueva y pasó la Cuesta de los Ciegos, una pendiente empinada, peligrosa, lóbrega y, pese a tan calamitosas virtudes, imprescindible, pues era la única que posibilitaba el ascenso al cerro de las Vistillas de San Francisco[65].
A escasa distancia se erigía la Casa de la Moneda, creada un lustro antes, en 1615, para fundir metales preciosos y fabricar monedas de curso legal. El Tercer Felipe nombró tesorero del lugar al duque de Uceda, circunstancia que no escapó a la sorna de los madrileños porque nadie dudaba que, en manos de aquel desfachatado, el oro español se evaporaría.
Los mentideros parían ácidas coplillas a propósito del sombrío futuro de la institución…
Entre chanza e ironía,
tontería y poesía,
responded por cortesía
si es verdad o fantasía:
¿es Uceda policía
de las monedas de usía?
Templad, pues, la alegría,
que antes del mediodía
la Casa veréis vacía
y finada la economía.
… Y a propósito también de las sombrías trapacerías del tesorero.
Aviados vamos y lo que nos queda
si en la Casa de la Moneda
nuestros dineros cela y enreda
Su Ilustrísima, el duque de Uceda[66].
Cuando vio la Casa de la Moneda, Alonso recordó a don Martín contando en clase que poseía uno de los cuatro primeros reales de plata acuñados en aquellos lares. Sin embargo, cada vez que, ufano, porfiaba en su relato, los alumnos, reacios a escuchar historias carentes de dragones o rufianes, empezaban a bostezar, musitaban un «menuda pejiguera» e iniciaban un guirigay que el maestro solía zanjar con airados bufidos y la expulsión de alguno al patio[67].
En ese momento una cuadrilla de alguaciles salió del edificio y se encaminó hacia Alonso. Asustado, el muchacho aparcó las nostalgias, apuró el paso y no aflojó hasta alcanzar la fuente de los Caños Viejos. Allí se sentó en el pilón, mojó el pañuelo y se lo ofreció a un lacrimoso Diego.
Mientras el pequeño lo chupaba, Alonso se distrajo mirando la fuente, una estructura que estaba adosada al muro de una vivienda y lucía el escudo de la Villa.
Se trataba de la Casa del Pastor, llamada así porque perteneció a un arcipreste que, según la leyenda, ordenó en su testamento entregarla al primero en atravesar la Puerta de la Vega durante la mañana siguiente a su muerte y la ventura besó a un pastor[68].
Aunque el agua calmó la sed de Diego, sus hambres continuaban igual de insatisfechas y, cuando advirtió que al líquido no le seguía algo más contundente, el bebé reanudó el gimoteo.
—Estos berrinches alborotan demasiado, hermano —gruñó Alonso, angustiado—. Debemos encontrar un refugio de inmediato. En breve oscurecerá y las rondas de corchetes no pueden sorprendernos al raso.
Pensando que un paseo apaciguaría al niño, se levantó y regresó a la Puente Segoviana. Lugareños y foráneos aún la transitaban, pero ya no la abarrotaban, pues la gente empezaba a retirarse para preparar la Nochebuena.
Lejos de apaciguarse, Diego recrudeció el llanto. Exasperado, Alonso se detuvo en mitad de la pasarela previa al puente y cerró los ojos intentando serenarse.
De pronto, Diego interrumpió los sollozos y emitió un alegre gorjeo. Alonso lo miró perplejo y, más perplejo todavía, vio que sonreía. Se preguntaba qué acontecer había obrado el milagro cuando una melodía que reconoció al instante desentrañó el misterio. Era la canción gallega que Margarita tarareaba al rorro y que tanto gustaba a este.
La entonaba una voz femenina muy dulce y, en el colmo de la dicha, casi idéntica a la de su madre. Intrigado, se asomó a la barandilla.
Abajo, desde los lindes de las huertas hasta la ribera del Manzanares, se ubicaban los lavaderos de Madrid, donde decenas de fregonas norteñas se deslomaban entre tajas, ropa sucia, humedad y ceniza.
Unas exigían a las compañeras que se abstuvieran de tender en sus estacas; otras lamentaban que «este tristoño sol non seca un carallo a roupa»; muchas despotricaban contra la Villa porque «nesta malfadada cidade fai máis frío que na miña terra»; la mayoría protestaba del perpetuo dolor de rodillas; casi todas increpaban a la vida, y solo unas pocas preferían cantarle.
Alonso las escrutó buscando a esa que prefería cantarle a la vida y que de paso había devuelto la sonrisa a Diego, pero el quejicoso griterío del resto le trabó el empeño.
—Dios os bendiga, quien quiera que seáis —murmuró, agradecido, pues, aparte de devolverle la sonrisa, la balada había logrado sumir al niño en un sueño profundo.
Aunque la noche principiaba y las circunstancias apremiaban, siguió contemplando a aquellas mujeres, incapaz de desanclar la mirada de su frenético ir y venir. Rollizas, rezongonas, trabajadoras, joviales y soltando incesantes gallegadas, le recordaban a Teodora… y a su hogar.
La añoranza le instó a bajar al río y aproximarse a ellas, para lo cual enfiló uno de los dos brazos laterales en los que se abría la pasarela justo al inicio del puente.
Una vez abajo alzó la cabeza y encaró la monumental Puente Segoviana.
Admiraba fascinado sus nueve arcos cuando se fijó en que el Manzanares no llegaba a tocar el arco colindante a la orilla derecha.
Acariciando una idea, se acercó y comprobó que, como, en efecto, el cauce fluvial no alcanzaba ese arco, sus arenales estaban secos.
—He aquí el refugio perfecto —exclamó, regocijado—. Cierto que es húmedo, frío y peligroso porque el río viaja en exceso crecido y podría desbordarse, pero la opción de recorrer las calles con la Inquisición acechando se me antoja bastante menos apetecible.
Sin pensarlo más, se metió en el hueco, se acomodó bajo el arco, arropó a Diego y se arrebujó en la capa.
El sonido del río y el acento gallego de las lavanderas consiguieron serenarle y, al poco, el agotamiento comenzó a vencerle.
—Feliz Nochebuena, hermano —musitó, besando la frente del bebé—. Negra noche, en verdad.