Libelo de sangre

Libelo de sangre


CAPÍTULO 29 Buscando cómplices

Página 34 de 67

CAPÍTULO 29Buscando cómplices

Pese a las precauciones adoptadas por el comisario para preservar el secreto inquisitorial, la detención de los Castro y su presunta implicación en los Crímenes del Ritual se propagaron como chispa en chasca seca.

El Santo Oficio no confirmó el prendimiento, no desveló los cargos, no habló de los asesinatos ni mucho menos desglosó el hallazgo del corazón en la escribanía. En definitiva, celó hasta el más vacuo pormenor del caso cual honra de doncella; sin embargo, tanto hermetismo cayó en tierra árida, porque ni una luna había transcurrido desde que arrestaran a los Castro y Madrid entero ya estaba al corriente.

Excepto la prueba del corazón, único dato que no trascendió, el resto de los detalles surcaron los mares del boca a boca, recalaron en los mentideros, echaron el ancla allí y entonces sucedió lo inevitable: la cháchara popular nació y el secreto inquisitorial murió.

Aunque al principio la gente se resistía a creer que el íntegro Sebastián y la virtuosa Margarita hubiesen perpetrado tamaña salvajada, escasas jornadas después el morbo, harto más entretenido que la sensatez, transformó el escepticismo en certeza y lo que inicialmente parecía inconcebible de repente asomó palmario. Los madrileños incluso se inquietaron. ¿Acaso su infalible olfato detectivesco amarilleaba? ¿Cómo no se habían percatado antes? Los Castro siempre obraban bien y quien se afanaba demasiado en obrar bien no tenía tiempo de ser bueno.

Mientras las tertulias se preocupaban de enmarañar el asunto, la Inquisición se ocupaba de desenmarañarlo.

Ahora que los culpables ya penaban en prisión, el comisario abrió una nueva vía de investigación destinada a buscar cómplices.

A tal fin y eludiendo toda referencia a los crímenes, interrogó a los allegados de los Castro y permaneció atento a cualquier mueca, actitud o titubeo indicativo de una implicación en los hechos. Al concluir el interrogatorio, los obligó a jurar que mantendrían en categórica reserva el contenido de la reunión y les advirtió de las consecuencias inherentes al quebranto del deber de secreto.

Teodora y Bieito inauguraron las declaraciones.

La mañana posterior al arresto acudieron al trabajo y encontraron la casa custodiada. Cuando se identificaron, uno de los centinelas los conminó a acompañarle y los llevó al convento de Atocha, donde aguardaba el comisario.

Aunque no les explicaron qué ocurría, ambos criados se lo barruntaban, pues camino del tajo ya habían escuchado algo. No obstante, como ignoraban si habían apresado solo a los patrones o a la familia al completo, decidieron gastar prudencia y no mentar a los hijos.

Teodora entró primero.

—Eu he servido a los Castro un longo tempo e colocaría miña mano en la fogueira por eles —asentó en tono firme—. Teñen unha fe ardente en Deus e sempre respetan os mandamentos da Igrexa. Teñen un corazón de ouro e nunca estragarían a ningunha persoa.

—¿A qué viene la apostilla? —inquirió el comisario—. He preguntado si estimáis sincero su credo en Dios. Nada he dicho de dañar a un semejante.

—He oído que los culpáis de comandar la Secta e de difuntar aos nenos dos Crimes do Ritual. Consentid un consello de este galo que ya ha piado moitas mañanciñas. Estáis cometiendo un desacerto moi grávido e os vais a dar unha pancada del carallo, porque, mentres la Inquisición consagra o tempo a roer los zancajos de boas persoas, os verdadeiros asesinos están liberados y gargallándose de vuecencia.

—Quizá la pancada del carallo la sufráis vos de no frenar la lengua, señora. Ni os he pedido consejo ni os lo consiento. Aparcad, pues, las majaderías y ceñíos a las preguntas.

—Pero ¿los culpáis de los Crimes do Ritual ou non?

—Lo reitero: ceñíos a las preguntas.

—Ouriñáis fóra do pote, cabaleiro. Mis patrones son caneleira en rama.

—¿Los Castro consumen cerdo? —interpeló el comisario, obviando los comentarios de la criada.

—Bo… —vaciló Teodora, ruborizándose—. Dalgunha maneira… non.

—¿Qué significa de alguna manera?

—Significa que a don Sebastián sí le agrada el porco, pero a doña Margarita non; e, como, cando a la muller le gusta, el home degusta e, cando a la muller no place, el home no pace, don Sebastián lo come poucas veces. Aunque le gostan los torresmos e non perdoa unha sartaña en la mañanciña, aparte de ese apoucado caprichiño, en almuerzos y cenas comen tenreira, pollo o galiña.

—En conclusión, no comen cerdo —resumió el comisario, anotándolo en un legajo.

—Non busquéis los tres pezuños al gatiño, cabaleiro. Eu non he dicho que non comen porquiño; eu he dicho que comen pouco porquiño. Recién expoño la querenza de don Sebastián por los torresmos. E anotad tamén que, si comen pouco porquiño é porque esa carne encerella as tripadelas da miña patrona, non porque profesan o credo de Moisés.

»Mi madre, que ya repousa xunto a Deus, non comía porquiño; tampoco mi abuelo. Ellos eran de vaca, pues vivían en Galicia e alí hai moutas vacas, pero iso non los converte en judíos, sino en unhos galegos que laurean el mu da sua terra. O mesmo pásalle a dona Margarita. Ela laurea el mu da sua tripadela e eu non creo pecado non comer lo que trousa la tripadela.

—Porfiad en las impertinencias y, mientras un servidor busca los tres pies al gato, acaso vos os topéis de frente con las dos orejas del lobo. Estoy planteando preguntas concisas y demando réplicas de idéntico jaez. ¿Entendido?

—Excusadme, señor. Eu só quería matizar o detalle.

—¿En casa de los Castro se almuerza adafina los sábados?

—¿A la fina? —repitió Teodora, irguiéndose ufana—. Eu cociño todo a la fina, cabaleiro. Deus me dispense si fachendeo, pero fray Modesto non llegó a prior do convento. O certo é que eu cociño moi ben. ¿Me pedís austeridade nas miñas respostas? Nesta cuestión podo compraceros e daros unha resposta enxebre: sí, meus amos almuerzan a la fina sábados e o resto da semana grazas a meu gollerías.

El comisario la escrutó intentando dilucidar si estaba disimulando o si de veras ignoraba lo que era la adafina, el guiso que los judíos comían los sábados porque sus ingredientes permitían prepararlo el viernes en una olla de barro, que conservaba mejor la temperatura, dejarlo sobre las brasas y degustarlo tibio al día siguiente. De esta forma acataban la norma de la Torá consistente en abstenerse de trabajar el sábado, abstención que incluía cocinar y también encender fuego.

Aunque el comisario intuía genuino el desconocimiento de Teodora y esa circunstancia reducía las probabilidades de complicidad, decidió continuar tanteándola.

—No he dicho a la fina, señora mía, sino adafina, un puchero de garbanzos y cordero.

—¡Qué alafina ni qué carallo! —exclamó Teodora, esbozando una sonrisa inocente—. Vuecencia se refiere al pote podrido de sempre. Garavanzos, chicha e verdura, caldeirada que mil peleiras cura.

—¿Los Castro comen eso los sábados? ¿Sí o no?

—Lo comen. El sábado es día de pote podrido e eu acostumo a poñerle cordeiro; recalco que tendo en conta as preferencias dixestivas da miña ama, non as del rabudo Moisés.

—¿Lo cocináis en olla de barro?

—Ás veces sí, ás veces non —respondió Teodora en ademán experimentado—. El barro traballa ben, pero eu prefiro carolos de cobre.

—¿Cuándo lo cocináis? ¿El viernes o el sábado?

—El sábado, señor. A la alborada eu aparello os garavanzos. El pote podrido require moitas horas de cocemento. Eu imito a receita da miña abuela; ela mergullaba os garavanzos en agua para abrandarlos e…

—¡Basta! —cortó el comisario, frustrado porque no sacaba nada en claro—. Una crónica más sobre vuestra madre, abuelo, abuela, vacas o nostalgias varias y os excomulgo. ¿Estamos?

—Estamos, cabaleiro. Estrañábame tanta curiosidade nas cousas caseiras, pero me habéis ordenado que me ajuste a los interrogantes e onde hai galo non manda galiña.

—¿Los Castro hacen limpieza exhaustiva los viernes?

—¿Limpieza exqué…? —Bizqueó Teodora, rascándose la cabeza—. ¿Exhalativa? Non conozco esa modalidade de limpeza. Eu conozco la limpeza de sempre. Consiste en tirarse ao piso e frotarlo. ¿En qué consiste la limpeza exhalativa, señor? ¿Quizais en exhalar el polvo? Na miña terra exhalar significa «bufar» o «soplar»; polo tanto, los galegos falariamos de limpeza bufeira, pero non conozco ningunha galega que limpe desta maneira. Na miña opinión, quen inventou lo de exhalativa non limpa moito, porque hai roña que non extirpa ni un tornado exhalando infernos. Ou se fricciona con afervoamento, ou non queda limpo.

—Me refiero a un expurgado intenso de la casa —siseó el comisario, respirando hondo.

—¿E qué importa iso? —protestó Teodora, confundida, pues ignoraba que los judíos limpiaban el hogar los viernes para evitar trabajar el sábado—. ¿Acaso é un pecado ser limpo?

—Contestad, ¡rediez! ¿Ahondáis en la higiene los viernes?

—Eu branqueo a morada todos os días, cabaleiro.

—Profundizad. Tanta concisión me escama.

—¡Quen os comprenda que os compre! Si me alongo, os abafallais e, si me couto, os escamáis.

—¡Contestad! —rugió el comisario, exasperado.

—¡Acabo de facelo! Eu branqueo a morada todos os días. ¿Qué queréis que alonge?

—Quiero que especifiquéis si los viernes acentuáis la limpieza. ¿Escobáis la casa de abajo arriba?

—Eu la escobo de arriba abaixo —se chanceó Teodora—. Probad a escobar unha escaleira de abaixo arriba e cataréis o difícil que é.

—Señora, os recomiendo… —empezó el comisario muy torvamente.

—¡De acordo, de acordo! Non os enfociñéis, que era bromiña. Xa os respondo. Eu deixo a vivenda dos Castro como os chorros do ouro todos os días, incluido os venres.

—¿Sebastián Castro faena los sábados? —inquirió el comisario, renunciando a porfiar en la cuestión doméstica.

—A la novena campanada xa está traballando.

—¿También los domingos?

—¡Qué toleirada! ¿Cómo va a traballar os domingos? O bo cristiano non traballa os domingos nin festas de gardar. Cando la tarea se le amontóa e le obriga a traballar en días vetados, el amo sempre solicita licenza ao Santo Oficio para perpetrar do crime de plumas.

—¿El crimen de plumas?

—Parvalladas mías —rio Teodora—. Como don Sebastián escribe moito, gasta moitas plumas e eu dígolle que las asasina. Non colláis a meu apuntamento por onde queima, pues non falo de defuntar persoas. Non se pode matar la pluma dun paxaro morto. Outra cousa é si aún vive e le han arrincado as plum…

—¡Silencio! —saltó el comisario, soliviantado—. Estáis colmando mi paciencia, señora. Continuad profiriendo sandeces y os pondré en un brete que os dejará sin ganas de ellas. Sigamos. ¿Conocéis el paradero de Alonso y Diego Castro?

—Non, cabaleiro —señaló Teodora, reprimiendo un suspiro de alivio al deducir que los muchachos habían logrado huir—. ¿Por qué jeringáis aos nenos? ¿En eso emprega o tempo la Inquisición? ¿En asediar meniños inocentes?

—Una palabra fuera de lugar sobre la bondad del Santo Oficio y os engrilleto. Recelo en gordo de vuestras declaraciones y quizá resuelva aplicaros medidas más… convincentes.

—¿Medidas más convincentes? ¿De qué medidas falades?

—Del tormento in caput alienum.

—¿El tormento in onde? Desculpade a miña torpeza, pero gastáis unha laracha moito ilustrada e esta humilde doncela non os entende.

—Podría someteros a tormento en calidad de testigo y obligaros a revelar datos de un procedimiento diferente.

—¿E por qué carallo vais a mortificar a esta pobre obreira? —farfulló Teodora, atragantada—. Eu son unha boa cristiana e o único que fago é traballar e padecer desde o alborada ata a noite.

—Eso ya lo veremos. De momento, hemos terminado. El alguacil os tomará el juramento del secreto inquisitorial. Quebrantadlo y comprobaréis lo que de veras significa padecer.

Tras Teodora, entró un Bieito aparentemente tranquilo pero, en realidad, muy asustado.

—¿Os prohíben los Castro encender la chimenea en sábado? —empezó el comisario.

—Nunca me han ordenado tal cousa. En inverno la prendo todos os días.

—Los vecinos han observado ausencia de humo en la chimenea algunos sábados.

—Non sei a qué se refieren. Quizais en verano o en días nubrados cando o fuscallo non posibilita ver el humo. Eu non sei, señor. Eu só sei que, si o relente é galudo, braseiros e chimenea se prenden, sea luns, sea mércores, ou sea sábado.

—¿Es cierto que Margarita Carvajal pisoteó y escupió un crucifijo?

—¿Quen os ha contado esa cicallada? La dona xamais asoballaría unha cruz.

—Varios testigos presenciaron el episodio. ¿Vais a impugnarlo vos? Cuidaos de incurrir en falso testimonio. Acarrea el confinamiento en prisión.

—Non me confinaréis en ningunha cárcere porque digo a verdade. La dona non pisó la cruz nin moito menos salivó sobre ela. La basquiña le atrapalló los pies e tropezou.

—¿Con qué tropezó?

—Cunha cruz colgada da parede que se destrabó e caeu a terra.

—Ergo… la pisó.

—Foi un accidente, comisario. Ela non pretendía brearla. O fillo dos patróns e o meu sobrino non se levan ben, polemizaron e la emprendieron a cacholadas. En el fragor da contenda, la dona intentou poñer paz e trastabilló.

—¿Estáis exculpando una afrenta a la sagrada forma? ¿Acaso practicáis idénticos rituales y de ahí vuestros paños calientes?

—¿De qué rituales falades? Eu nunca me comportaría así.

—¿Así cómo? ¿Como Margarita Carvajal? ¿Pisoteando y escupiendo a Dios?

—¡Por suposto! —exclamó Bieito, sofocado y cada vez más desorientado—. Quero dicir que eu nunca ofendería a Deus.

—Entonces, ¿confirmáis que Margarita Carvajal sí lo hace?

—¡Non, pola Virxe dos Ollos Grandes! La basquiña le atrapalló los pies e tropezou.

—Hemos terminado —anunció el comisario, malhumorado, pues, pese a tergiversar el interrogatorio para abrumarlo e instarle a cometer un error, tampoco percibía complicidad en Bieito—. Quedáis vinculado al secreto de la Santa Inquisición. Al salir, os recabarán juramento.

—Antes de partir deseo deixar claro que la dona non escarneció la sagrada forma —insistió Bieito, temeroso de haber perjudicado a Margarita—. Ela profesa un credo sólido e…

—He dicho que hemos terminado. Llamad a vuestro sobrino.

—Pero, comisario…

—¡Obedeced!

Fernando compareció ansioso de descargar inquina sobre Alonso y vengarse de Margarita por haberle despedido.

—El ama pisó un crucifijo, lo insultó y lo escupió —aseveró sin vacilar—. Y no es algo esporádico. Lo hace a menudo y el hijo mayor también.

—¿Estás seguro? Me consta que no congenias con Alonso Castro. Si tu acusación se apoya en rencillas privadas y no en la verdad, te crearás problemas.

—No negaré la animadversión existente entre Alonso Castro y un servidor, pero ni afectos ni tirrias restan validez a lo que he visto. Doña Margarita vilipendia la santa cruz y talmente Alonso. Además, eluden el cerdo y esa abstinencia engrosa las suspicacias.

—Teodora afirma que Sebastián Castro come torreznos a diario.

—Don Sebastián la engaña, comisario. Apenas los prueba. Finge catar unos pocos y, cuando cree que nadie lo advierte, se los saca de la boca. De hecho, siempre sobra la fuente entera.

—¿Sabes dónde portan Alonso Castro y su hermano?

—No, señor. Sin embargo, de topármelos en la calle, al punto os lo comunicaría.

—Hazlo. Aunque no los imagino trasegando las calles. Dos mocosos criados entre algodones no soportan las fatigas de la intemperie. O han sucumbido, o alguien los ha cobijado y, en no habiéndolos localizado muertos, me los barrunto ayudados por alguien. He comprobado la estima que tus tíos les dispensan. Quizá se hayan prestado a esconderlos.

—Mis tíos no los esconden, señor. Vivo con ellos y me habría enterado.

—¿Se te ocurre quién aceptaría hacerlo?

—Don Martín Valdiviesa, el maestro de escuela, o Lorenzo Santiesteban, el oficial del patrón. Son muy cercanos a la familia.

—Agradecido, muchacho. Hemos terminado. ¡Alguacil! Tomadle juramento e informadle de las consecuencias del quebranto.

Aunque don Martín defendió de manera rotunda a los Castro, quedó libre de sospecha, pues no prosperó ni el registro de su casa, ni el interrogatorio del comisario, ni el cotejo entre su caligrafía y la del anónimo.

Lorenzo no corrió igual suerte porque, si bien no lograron asociarle al anónimo, el hallazgo del corazón en la escribanía le señalaba tanto como a Sebastián.

A resultas de ese aspecto, el comisario intentó sonsacarle, tarea harto complicada cuando las circunstancias le obligaban a soslayar toda alusión a los Crímenes del Ritual y, muy en particular, a la prueba principal.

—¿Hay objetos de vuestra propiedad en la escribanía?

—Un contador italiano regalo de mi difunta esposa —respondió Lorenzo.

—¿No guardáis más cosas? —insistió el comisario, perforándole con la mirada—. ¿Algo que ocultéis y de lo que Sebastián Castro no tenga noticia?

Aunque obviamente no esperaba un «en realidad, oculto el corazón del niño que asesiné», buscaba intimidarle y provocar un brillo de miedo en sus ojos, un respingo, un gesto, una mueca… cualquier reacción sospechosa. Y lo consiguió. Turbado por el intenso escrutinio, Lorenzo agachó la cabeza y empezó a sudar.

—¿Qué iba a ocultarle yo al patrón? —balbuceó, ruborizado—. Solo guardo el contador.

—¿Llegáis a la escribanía antes que Sebastián Castro? —inquirió el comisario, convencido ya de su complicidad.

—Mucho antes. Don Sebastián llega a las nueve y yo asomo al alba.

—¿Al alba? ¡Caramba! ¡Sí que madrugáis!

—Desde la pérdida de mi esposa el sueño me esquiva. Además, mi morada me la recuerda demasiado y restrinjo las estadías a lo indispensable. En cuanto el gallo canta, parto al tajo.

—¿Y a qué dedicáis esos tempraneros ratos?

—Arreglo la pieza para que don Sebastián la encuentre en condiciones.

—Explicaos, os lo ruego. ¿De qué modo arregláis la pieza?

—Surto las jarras de agua, compro nieve, prendo el brasero, enciendo las velas, acicalo la estancia… Menesteres del estilo.

—He visitado la escribanía y no la estimo necesitada de tanto avío. Imagino que os sobrarán horas.

—No creáis. A veces las campanas repican tercias y aún sigo trajinando. Gusto de esmerarme en mis labores y el esmero exige tiempo.

—Entonces, a diario disponéis de una eternidad a solas allí —musitó el comisario en ademán reflexivo—. Podéis hacer y deshacer a vuestro libre albedrío.

—No hago nada a mi libre albedrío, señor —refutó Lorenzo, nervioso—. Cumplo mis obligaciones y me afano en cumplirlas bien.

—Dios os lo recompensará —repuso el comisario, satisfecho, pues el comportamiento de aquel hombre le parecía de una culpabilidad palmaria—. Habladme del final de la jornada. ¿Quién marcha el último?

—El final de la jornada se sucede al revés. Yo marcho y don Sebastián permanece trabajando hasta muy avanzada la noche. En ocasiones le sorprende la aurora.

—¿Cómo sabéis que invierte esos momentos en trabajar?

—¿En qué los iba a invertir si no?

—No lo sé. Decídmelo vos.

—Os garantizo que los invierte en trabajar. A menudo los alcaldes de Casa y Corte le solicitan ayuda en las rondas y, al concluirlas, regresa a la escribanía para redactar el informe.

—¿A qué se debe tamaña premura?

—Es sumamente minucioso en la descripción de las intervenciones practicadas y afirma que, o anota los detalles al instante, o se le olvidan.

—¡Diantres! ¡Juan Grillo, de memoria poquillo!

—La memoria, como el mal amigo, cuando se requiere, falla. Mejor no confiar demasiado en ella. Las actas de ronda se reportan al Consejo de Castilla y, en leyendo sus letras tales eminencias, no estimo insólitas las precauciones del patrón.

—Tampoco yo —coincidió el comisario en tono cínico—. De hecho, se me antojan de una diligencia encomiable… si de veras consagra los ocasos a escribir actas de ronda, claro.

—¿Qué estáis maliciando? —protestó Lorenzo—. Si no me creéis, preguntad a los alcaldes. Ellos corroborarán mis palabras.

—Absteneos de enmendarme la plana, caballero. Preguntaré a quien considere conveniente de considerarlo conveniente. Hemos acabado.

—¿Ya puedo entrar en la escribanía? Hay mucha labor pendiente y me gustaría adelantarla.

—La escribanía se encuentra precintada.

—¿Por qué? —saltó Lorenzo, incapaz de reprimir la desazón—. ¿Por qué este dislate? Se rumorea que la Inquisición acusa a los Castro de los Crímenes del Ritual. ¿Es cierto? Si el arresto responde a ese motivo, cometen un error funesto. No prestéis atención a los mentideros, comisario. Sus habituales se divierten embusteando sin importarles el daño que causan.

—¡Basta! La Santa Inquisición no presta atención ni a los liantes de los mentideros ni a impertinentes escupidores de criterios que nadie les ha pedido. Me habéis preguntado si podéis entrar en la escribanía y os he contestado. Fin del pleito.

—¿Y qué haré yo mientras? —se desesperó Lorenzo—. Preciso ganarme el jornal.

—Rezad a Dios y rogadle que os muestre el camino. Ahora retiraos.

El resto de las declaraciones no revelaron complicidades, pero sí contribuyeron a ensombrecer el horizonte de Sebastián y Margarita.

Solo Teodora, Bieito, don Martín, Lorenzo y unos pocos leales adicionales clamaron inocencia. Los demás, creyéndolos líderes de la Secta y autores de los Crímenes del Ritual, se dedicaron a echar leña al fuego.

El aguador y tres de las cuatro damas que presenciaron el incidente del crucifijo calificaron el suceso de «sañudo escarnio de Cristo». La cuarta dama estaba ausente y no pudo declarar, laguna que en absoluto palió lo adverso del resto de testimonios.

Damián Palacios, obcecado en proteger a su familia, apuntaló su delación inventándose que los jueves Sebastián compraba velas más largas de lo normal. No era baladí la fábula porque, como el veto hebreo de hacer lumbre en sábado incluía el encendido de velas, los devotos de Moisés las adquirían de alto pábilo para que perdurasen durante la madrugada del viernes y el sábado; así lograban luz sin transgredir el precepto.

Temiendo que los reputasen cómplices, numerosos vecinos desorbitaron su fervor católico calumniando el de Sebastián y Margarita. Alegaron ver lamparillas llameando las noches de viernes y percibir excesiva quietud y falta de humo en la chimenea los sábados.

Los escribanos, acérrimos enemigos de Sebastián por censurar las corruptelas del gremio, denunciaron que la escribanía no funcionaba los sábados y Juan Torres, el alguacil mayor de Corte, ejerció su particular desquite ratificando esa mentira.

Satisfecho de la tragedia que se cernía sobre Sebastián, el hombre se frotaba las manos.

—A todo marrano le llega su san Martín y vos, señor Castro, sois un maldito marrano disfrazado de cristiano. No os dolieron prendas en rubricar una fe de ronda que le habría supuesto la horca a mi hijo y ahora he ahí vuestro castigo y mi venganza. Todavía no la había planeado y fijaos: la vida me ahorrará el esfuerzo. Arderéis en el infierno y un servidor lavará la afrenta sin mover un dedo.

Ir a la siguiente página

Report Page