Libelo de sangre

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CAPÍTULO 30 R.I.P.

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CAPÍTULO 30R.I.P.

A pesar de haber jurado silencio, los interrogados no resistieron la tentación de soltar la lengua y al cabo de unas cuantas jornadas todo Madrid manejaba casi la misma información que la Inquisición.

Casi.

Dos aspectos se mantenían vírgenes de indiscreciones: el hallazgo del corazón y el delito imputado a los detenidos. Nadie imaginaba lo primero y de lo segundo solo existían rumores que, aunque recios, no pisaban tierras de certeza.

El Santo Oficio ni afirmaba ni negaba y en Damián Palacios, el único enterado de la denuncia por razones obvias, pesó más el miedo a las consecuencias de romper el secreto que las ganas de hacerlo.

Como, excepto la de Lorenzo, los interrogatorios no revelaron otras coautorías y encima el inquisidor en Corte montó en cólera al descubrir que el procedimiento campaba a sus anchas en los mentideros, el comisario decidió abandonar la porfía de interpelar a chismosos de verborrea febril y comenzó a rastrear en solitario.

Pensando que quizá los cómplices no estaban en el entorno de los Castro, sino en el de los asesinados, a falta de datos del zagal mutilado, se centró en Candela.

Acudió al mercado de la Plaza Mayor y, de forma solapada, indagó en los asuntos del dueño del puesto donde trabajaban los Bouza. Después investigó a los tenderos de alrededor, a los criados que les compraban e incluso a los ilustres a quienes estos servían.

Como no sacó nada en claro, dirigió su atención al festejo que celebraron los Valcárcel y tras el cual Candela desapareció.

Muy sigilosamente se agenció la lista de criados e invitados y analizó sus coartadas, análisis que también devino yermo, pues ninguna chirriaba. El cotejo del anónimo en ese contexto tampoco lanzó pistas. Los criados no sabían escribir y la pulcra caligrafía de los invitados distaba un mundo de los burdos trazos garabateados en el papel.

Luego se dedicó a los Valcárcel y contrastó que consagraron la velada a atender el evento; que, tras clausurarlo, se reunieron en la biblioteca; que después se acostaron, y que de madrugada llamaron al galeno debido a una severa indisposición del hijo.

Ante tales evidencias unidas a que nadie mencionó la ausencia de Enrique durante la fiesta porque nadie la advirtió, el comisario desvinculó a la familia de los hechos.

Cuando doña Francisca se cercioró de esta disociación, trató de averiguar si el Santo Oficio había encontrado el corazón. Aunque sus pesquisas no fructificaron, sí confirmó el registro en la escribanía de Sebastián, avatar que, dado el arresto, la convenció de que el órgano extirpado ya obraba en poder de los dominicos.

—El original y la copia del testamento han ardido en el fuego y el notario desfila en la misma procesión —musitó, esbozando una sonrisa perversa—. Estamos en condiciones, pues, de rematar al miserable que ha provocado este embrollo.

El miserable en cuestión continuaba muy grave, pero, al interrumpirse la ingesta de veneno, la enfermedad no había progresado y todavía vivía.

Duró poco ese todavía.

La víspera de Reyes, doña Francisca vertió una dosis letal de cianuro en el frasco de la medicación y el seis de enero amaneció viuda.

A ojos de Madrid, don Pelayo murió víctima de un mal febril; a ojos de doña Francisca, murió víctima de la soberbia por arrogarse el derecho de expiar una vil traición perpetrando otra peor; y, a ojos de Enrique, murió víctima de sus víctimas.

Y, mientras las campanas de Madrid doblaban en su honor, doña Francisca y Enrique se apresuraron a desdoblar el testamento otorgado ante don Froilán Giraldo.

—Quiero organizar las exequias conforme a la voluntad de mi idolatrado padre y eso exige una inmediata apertura del testamento —le dijo Enrique al escribano, fingiéndose desolado—. Os suplico que apremiéis los trámites y me permitáis enterrarlo acatando sus instrucciones al pie de la letra. Necesito obedecerle hasta el final, don Froilán. Necesito sentirme digno de él. Esta inesperada pérdida me produce tanta pena e impotencia que, o me aferro a ese consuelo, o temo derrumbarme.

Totalmente ajeno a la verdad, don Froilán se compadeció y satisfizo la petitoria.

Adverado el testamento, el contrito heredero y la doliente viuda acataron lo estipulado.

Calzaron al difunto el hábito franciscano, lo sepultaron en la capilla que los Valcárcel poseían en el convento de la Santísima Trinidad, celebraron el novenario, misas del alma y honras postuladas por don Pelayo, repartieron limosnas entre las parroquias preceptuadas, donaron importantes sumas a la Inquisición, abonaron soldadas pendientes y entregaron atuendos luctuosos a la servidumbre.

También manumitieron al esclavo Joselillo y a su madre, regalía a la que doña Francisca se avino no por bondad ni por el afán de respetar los deseos de don Pelayo, sino porque sabía que ambos emigrarían a Portugal y esa partida dejaría al bastardo Miguel sin aliados en la casa y a su merced.

Despachado el sepelio, se verificó la transmisión de bienes y Enrique se convirtió en titular de todo el patrimonio Valcárcel bajo la administración materna hasta su mayoría de edad. Miguel no recibió ni un maravedí y encima quedó sometido a la tutela de su maléfica tía.

Cuando las trabas más problemáticas se solucionaron, doña Francisca se ocupó de neutralizar a los tres únicos individuos capaces de destapar la conjura contra don Pelayo: Manuel Encinas, Munio Cuevas y Lorenzo Santiesteban, testigos del testamento destronado.

Primero convocó a Manuel Encinas y a Munio Cuevas.

—Mi añorado esposo me habló de vuestra rúbrica en un testamento posterior al que hemos consumado —les explicó, componiendo un ademán de honda aflicción—. Al iniciar las diligencias para cursarlo, advertí que lo elaboró el notario a quien, según los rumores, el Santo Oficio involucra en los Crímenes del Ritual. Como de ningún modo consentiré que los mentideros asocien el noble linaje de los Valcárcel a tamaño satán, me he visto obligada a ilegitimar el testamento nacido de su vil pluma y rescatar el anterior.

Guardando un teatral instante de silencio, les tendió una bolsa con peculio suficiente para procurar a su dueño un opulento transitar durante varias eternidades y reanudó la disertación.

—La extraordinaria calidad humana de mi esposo le empujaba a confiar en el prójimo allende la prudencia y eso ha propiciado una coyuntura muy sensible al comadreo que me urge enmendar. Os ruego que colaboréis en mi empeño de preservar el buen nombre de esta familia olvidando ese testamento y vuestra participación en él.

Aunque los criados eran fieles a la causa de don Pelayo, sus respectivas circunstancias aniquilaron la fidelidad e impusieron la tranquilidad.

Manuel Encinas ocultaba un pasado judío y no ambicionaba interrogatorios de la Inquisición a propósito de los Crímenes del Ritual, pues una cosa llevaba a la otra e igual empezaba de interpelado y terminaba encarcelado. Habría callado incluso gratis, pero, si, además de protegerle, su mutismo le rentaba, miel sobre hojuelas. Oriundo del Reino de Murcia, extrañaba su bella tierra y soñaba con regresar, sueño que se dispuso a cumplir sirviéndose de aquellos dineros.

Munio Cuevas, hombre de mediana edad, sin mujer ni hijos, anhelaba surcar los mares y hacer fortuna en las Indias, anhelo que tenía enterrado en el baúl de las fantasías y que de repente se teñía de realidad.

Ninguno lo dudó. Cogieron los cuartos, prometieron no hablar y pocas lunas después emprendieron viaje rumbo a una vida mejor.

Doña Francisca se encargó entonces de Lorenzo Santiesteban.

Tras investigarle y comprobar su férrea lealtad a Sebastián, supo que no la quebraría ni con engaños ni mucho menos con monedas. En consecuencia, solo se le ocurría una alternativa: liquidarlo.

Ya maquinaba un accidente mortal o un asalto nocturno cuando el destino acudió en su auxilio.

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