Libelo de sangre
CAPÍTULO 31 El tercer caído
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CAPÍTULO 31El tercer caído
Despachados los interrogatorios y concluidas las pesquisas realizadas en solitario, el comisario estructuró todos los datos recolectados y confeccionó un contundente expediente que, junto a la no menos contundente prueba del corazón, ponía a los Castro en un aprieto muy serio.
Si bien la culpabilidad del matrimonio parecía palmaria, el inquisidor en Corte y el comisario sabían que un adecuado cumplimiento de su labor requería recabar de los sospechosos una confesión e inequívocas muestras de arrepentimiento para así poder castigarlos con misericordia.
El reglamento inquisitorial exigía sancionar al ofensor de la fe católica, pero demandaba a los juzgadores ejecutar el correctivo con misericordia, demanda que cobraba especial importancia para el acusado si el delito acarreaba la pena capital, porque, de obtener misericordia, recibía garrote antes de ser quemado y, de no obtenerla, sufría en vida el calvario del fuego.
El problema estribaba en que el mismo reglamento restringía la aplicación de misericordia a los supuestos en que el acusado confesaba y se arrepentía, actos en absoluto vacuos considerando los requisitos necesarios para otorgar eficacia jurídica a una confesión.
Según la ley procesal del Santo Oficio, una confesión solo se reputaba válida si, amén de reconocer la falta, el acusado delataba a los cómplices. Debían concurrir ambos extremos porque, de lo contrario, la confesión no surtía efecto y, en consecuencia, la misericordia no afloraba.
Sin embargo, como no resultaba sencillo lograr que el acusado confesase ni mucho menos que señalase a terceros, sobre todo si se trataba de sus allegados, se le advertía que el tribunal anhelaba prodigar misericordia; tanto lo anhelaba que utilizaría cualquier mecanismo capaz de arrancar la confesión y la delación, incluida la tortura espiritual y el tormento corporal.
La tortura espiritual consistía en negar al reo el consuelo que procuraba la religión. Así, no se le permitían visitas de un sacerdote ni escuchar el Evangelio ni comulgar ni tampoco recibir la absolución de los pecados, vetos estos que muy a menudo quebraban la voluntad del reo y le instaban a confesar.
El tormento corporal consistía en eso: en atormentar el cuerpo. Aunque esta medida solo se aplicaba en supuestos de extrema gravedad, cuando se aplicaba, solía fructificar porque, luego de un rato experimentando las bondades del potro o la toca de agua, los acusados, culpables o no, confesaban lo inconfesable y gritaban la complicidad de padres, hijos, hermanos o quien fuera menester con tal de detener el martirio.
Una minoría conseguía superar el lance sin mudar su alegato de inocencia. Cierto que esa minoría era bastante minoritaria, pero el diamantino que conquistaba semejante proeza también conquistaba la redención, pues el Santo Oficio estimaba que únicamente los respaldados por Dios aguantaban la hora y cuarto que duraba una sesión de tormento y, como Dios solo respaldaba a quienes decían la verdad, entonces procedía la absolución.
Una mañana el inquisidor en Corte y el comisario se reunieron en una sala del convento de Atocha para revisar el estado del pleito.
—Ha llegado el momento de iniciar las amonestaciones —anunció el comisario—. Espero que ese par de réprobos allanen el camino y confiesen presto. No podrán esquivar las llamas, pero, de confesar, se ahorrarían fatigas.
—En concreto se ahorrarían la fatiga del tormento y de paso nos la ahorrarían a nosotros. Me aflige dañar al prójimo y detesto ese trámite. La gente nos piensa aficionados a él y nadie imagina lo que bregamos para eludirlo.
—Lástima que tan intensa brega apenas triunfe. Los acusados se obstinan en despreciar nuestras piadosas invitaciones a colaborar y prefieren recorrer la senda del dolor.
—Piadosas invitaciones y, además, múltiples, pues les advertimos hasta desfallecer de lo mucho que padecerán —suspiró el inquisidor mientras hojeaba el informe elaborado por el comisario—. Observo en vuestras letras que receláis de Lorenzo Santiesteban.
—Ciertamente. Alguien que avía un habitáculo de la meticulosa guisa que él avía la escribanía a diario habría descubierto el corazón.
—Salvo que conociera de su existencia y, lejos de descubrirlo, pretendiera ocultarlo.
—En mi opinión, conocía de su existencia —aseveró el comisario—. Cuando le pregunté si guardaba pertenencias en la escribanía, se amapoló de muy ostensible suerte y comenzó a balbucear.
—Quizá él está involucrado, pero el escribano no. Podría haber participado en la liturgia hereje, le encomendaron custodiar el corazón y decidió esconderlo en la escribanía pensando que Sebastián no se percataría. De ahí que asomase al alba cada día. Pretextaba faenas domésticas y lo que realmente hacía era vigilar el corazón.
—Lo dudo, don Gaspar. De un lado, las pesquisas en torno a los Castro revelan hábitos judíos manifiestos y, de otro, nadie se arriesgaría a esconder el fruto de un ceremonial hereje en feudos ajenos sin previa venia del dueño. A mi entender, Santiesteban asistió a los Castro en los asesinatos y de sus rutinas se desprende una evidente sociedad en el crimen.
—Entonces, propongo prenderle y someterle a tormento in caput alienum.
—¿Tormento in caput alienum? —repitió el comisario, sorprendido—. ¿Para qué queréis atormentarlo in caput alienum?
—Supongamos que los Castro se mantienen pertinaces en las amonestaciones. Si diéramos caput alienum a Santiesteban y este se declarase socio en el crimen, se lo comunicaríamos a los Castro, quienes de seguro confesarían su pecado y delatarían al cómplice sin temor a perjudicarle, pues él mismo se habría inculpado ya. Evitaríamos a los Castro el caput proprium, harto más doloroso que el caput alienum, y encima obtendríamos una confesión plena susceptible de misericordia.
—El reglamento solo permite aplicar el caput alienum al testigo de un pleito que se halle condenado a la hoguera a resultas de sus propios pecados, don Gaspar. Nosotros todavía no tenemos cargos contra Santiesteban dignos de tamaña condena.
—Podríamos limar una miaja las aristas de ese precepto. Os reitero que me desagrada dañar al prójimo y en el caput alienum se acostumbra a moderar el sufrimiento del atormentado, ventura que no suelen disfrutar los del caput proprium. Además, nuestra tarea consiste en castigar prodigando misericordia, seráfico objetivo que bien merita cierta… elasticidad.
—Lamento discrepar, pero provocar penurias de mayor o menor dureza a un semejante no licencia elasticidades —refutó el comisario—. Si en la actual fase del litigio no concurren los requisitos que legitiman el caput alienum, no deberíamos recurrir a él. Considero menos retorcido, amén de más pertinente, prender a Santiesteban, acusarle de sociedad en el crimen y tramitar su causa conforme a ley. Si durante el transcurso de la misma se muestra contumaz y nos obliga a decretar el tormento, le impondremos la variedad adecuada para este caso: el in caput proprium. Y, si logramos que confiese y no nos fuerza a martirizarle, Dios así lo encarte, le condenaremos, momento en el que, de insistir los Castro en su mutismo, el in caput alienum sí devendría ajustado a derecho. Hemos de respetar el procedimiento, don Gaspar. No consintáis que vuestro encomiable afán de resolver este asunto os melle el rigor jurídico.
—De acuerdo —cedió el inquisidor, resignado—. Respetaremos el procedimiento y actuaremos como sugerís.
—Creedme, es lo mejor —sonrió el comisario, satisfecho de su victoria.
—Solicitaré al fiscal que formule acusación contra Lorenzo Santiesteban y luego redactaré la orden de arresto. Cuando lo prendáis, llevadlo a la Cárcel de Corte. No le deseo en contacto con Sebastián Castro.
—Pediré al alcaide una celda inclemente y la privación de asistencia eclesiástica. Acaso un entorno intimidante unido a la falta de consuelo espiritual sea suficiente para quebrarle la voluntad y le evitemos el in caput proprium que tanto os incomoda.
—Dios nos conceda esa merced. Decidme: ¿qué sabemos de los hijos?
—Continuamos buscándolos porque hay indicios de herejía en Alonso Castro, el primogénito. Pero se han desvanecido. No los localizamos ni vivos ni muertos.
—¿A qué indicios de herejía os referís? —preguntó el inquisidor, frunciendo el ceño.
—Al parecer, el muchacho también vilipendia la santa cruz.
—¿Qué edad tiene?
—Trece años.
—La normativa exime de responsabilidad criminal a los menores de catorce, comisario.
—Si probamos que ha hereticado y apostatado de la fe católica, estamos autorizados a ajusticiarlo tenga la edad que tenga.
—Espero que no se tercie tamaña calamidad —comentó el inquisidor sin dejar de leer el informe—. Perseverad en la búsqueda, no obstante. Aquí decís que el hijo pequeño es un rorro de meses. Si de veras Alonso Castro ha hereticado, podría forjar umbrías en el corazón de su hermano y, de no intervenir, contribuiríamos a esparcir la simiente de Belcebú.
—Talmente opino yo.
—Habladme ahora de las damas presentes en el ultraje a la sagrada forma.
—Había cuatro y han declarado tres. La cuarta, acaba de enviudar y ha decidido cumplir el período de luto recluida en el convento de Santa María de los Ángeles. Atendiendo a tan tristes circunstancias, determiné respetar su retiro, salvo inapelable coyuntura.
—La inapelable coyuntura concurre, de modo que interrogadla. El testimonio de tres testigos inhábiles, como son las mujeres, no constituye prueba plena. Precisamos más de tres.
—No ha menester. Disponemos de dos testigos hábiles: el aguador y Bieito, el criado. Y el testimonio de dos testigos hábiles sí constituye prueba plena.
—Constituye prueba plena cuando ambos testimonios coinciden, comisario, y aquí no coinciden. Según el aguador, Margarita Carvajal vejó el crucifijo y, según el criado, tropezó. Sin embargo, el testimonio de las mujeres respalda la versión del aguador y ese testimonio únicamente generará prueba plena si las cuatro declaran. Solo así recabaremos los dos testigos contestes requeridos.
—Insisto en que no ha menester perturbar el duelo de la viuda, don Gaspar. El sobrino de la criada también respalda la versión del aguador. Es un menor y, a la postre, inhábil. Su testimonio sumado al de las tres mujeres forma el cuarto necesario para la prueba plena.
—La inquina que ese mancebo profesa hacia Margarita Carvajal por haberle despedido debilita la sinceridad de sus palabras y no deseo arriesgarme a una tacha —objetó el inquisidor—. En consecuencia, obedeced. El procedimiento exige dos testigos contestes y nosotros aportaremos el del aguador y el de las cuatro mujeres. Punto redondo. Me sorprende que siempre andéis jeringando con el rigor del procedimiento y ahora pretendáis soslayarlo.
—Tenéis razón, y celebro vuestra inflexibilidad. En verdad el procedimiento es prioritario y acatarlo, muy conveniente. Recién lo comprobamos. Gracias a nuestro rigor, la Suprema ha obviado las protestas de Toledo y ha autorizado la sustanciación del pleito en Madrid.
—Gracias a nuestro rigor y a mi capacidad de persuasión. No olvidéis mis ahincadas gestiones sobre el particular.
—Por descontado, señoría —concedió el comisario en tono adulador—. Un éxito de enjundia el vuestro, huelga decir.
—Y no creáis que fue sencillo obtenerlo —se jactó el inquisidor—. Hube de hilar fino porque al principio la Suprema proyectaba secundar el postulado toledano. Sin embargo, cuando alegué que estos crímenes han soliviantado a la Villa y que temía un alzamiento popular si los asesinos expiaban culpas en otros lares, mudaron el criterio.
—Felicitaciones, don Gaspar. Se me antoja un argumentario irrefutable.
—Afortunadamente cuajó y al fin tenemos el camino expedito para juzgar a los Castro aquí. Ahora retiraos y organizad el arresto de Santiesteban. Y os recomiendo que lo organicéis con el sigilo propio de nuestra institución. No quiero más comadreos en este caso y ya os expuse mi opinión sobre la ineficiente manera en que habéis diligenciado los interrogatorios.
—Intento preservar el secreto, pero lograrlo en esta ciudad de chismosos resulta harto complicado —se defendió el comisario, frustrado.
—No me importa cuán complicado resulte. Ahondad en el empeño y ahorradme el bochornoso espectáculo de ver un proceso de fe protagonizando tertulias de mentidero.
—Haceos cargo, don Gaspar. Celar el secreto en Madrid es más difícil que morderse un codo. Palabra de honor que se trata de una tarea en extremo fatigosa.
—Entonces, fatigaos hasta caer extenuado, ¡maldita sea! —se sulfuró el inquisidor—. Os lo advierto, comisario. Esmeraos en vuestras labores o me obligaréis a expedientaros por distraer el secreto.
—De acuerdo —suspiró el comisario—. Os prometo que no escatimaré en precauciones.
—En ello confío. Cuando hayáis despachado el arresto de Santiesteban, disponed las amonestaciones de los Castro.
—¿Las celebraremos en la Cárcel de Corte?
—¡Ni hablar! Esa cárcel siempre está atestada y encima la plaza donde se ubica, la de Santa Cruz, es otro gallinero de categoría. Solo conseguiríamos enardecer los rumores. Las celebraremos aquí, en la intimidad del convento. No obstante, os conmino a orquestar el traslado de los presos bajo estricta discreción.
—Perded cuidado, don Gaspar. Me ocuparé de adoptar severas medidas de seguridad.
—Yo perderé cuidado si no lo perdéis vos —rezongó el inquisidor, malhumorado—. Regresad a recoger la orden de prendimiento de Santiesteban al toque de vísperas. Con Dios, comisario.
Los hados esquivaban al comisario, pues Lorenzo residía en la calle de Francos, un enclave cuyo perpetuo bullicio diurno y nocturno en absoluto facilitaban el bendito secreto inquisitorial[69].
Durante el día, dos sitios aledaños al domicilio del oficial sumían la zona en un auténtico frenesí: el Mentidero de los Representantes y el convento trinitario descalzo de Nuestra Señora de la Encarnación.
Afincado en la contigua calle del León, el Mentidero de los Representantes era el centro de operaciones del gremio teatral.
Comediantes, autores reputados, los no reputados también, directores, tramoyistas, músicos, bailarines, cantantes… Toda persona relacionada con las artes escénicas acudía a este mentidero para buscar trabajo, jactarse del que ya tenía, cambiar el que ya tenía por uno que no tenía pero codiciaba, criticar al compañero, encandilar al autor, agasajar al director, contratar al tramoyista, alternar o simplemente lucir palmito.
La prolija caterva de madrileños que se plantaba allí deseando conocer a sus comediantes favoritos intensificaba la algarabía. Aunque ellas querían ver de cerca a los actores y ellos pretendían cortejar a las actrices, en realidad, cada cual se fijaba en sus congéneres. Los hombres estudiaban a los actores, ansiosos de aprender sus técnicas de conquista, y las mujeres escrutaban a las actrices, tratando de discernir si al natural resultaban tan hermosas como entre bambalinas.
De otro lado, la iglesia del convento de los trinitarios era muy popular porque a misa de once asistían las tres comediantas más célebres del momento: María de Córdoba, apodada la Bella Amarilis, María Riquelme y María Calderón.
Llamada la Misa de las Marías merced al común nombre del trío de beldades, aquel oficio religioso generaba tal aglomeración de admiradores y curiosos en los alrededores del templo que la calzada quedaba intransitable[70].
La quietud también rehuía las noches de la calle de Francos.
Frente a la casa de Lorenzo se emplazaba la mejor mancebía de la Villa, denominada por cierto al más puro estilo madrileño, esto es, de guisa harto elaborada. Se llamaba la mancebía de la calle Francos.
El constante trasiego de clientes provocaba una extraordinaria agitación.
Decenas de caballeros entraban y salían del local, las espadas chocaban en pleitos de honor, los carruajes obstaculizaban el paso, los rocines relinchaban, los escuderos se enzarzaban, los postillones los apartaban de sus vehículos a fustazos, unos cuantos barateros vociferaban bujerías y varios bodegones de puntapié expendían vitualla.
Por si fuera poco, en la misma calle de Francos vivía Félix Lope de Vega, cuya afición a celebrar tertulias literarias en sus lares sumaba gentío ilustre a la también ilustre parroquia del burdel vecino, amén de la consiguiente parafernalia inherente al dinero: lacayos, escoltas, pajes de hacha y el correspondiente caos vehicular de coches, jamelgos, sillas de manos y literas[71].
Consciente del permanente alboroto del lugar y achantado tras la reprimenda del inquisidor, el comisario ni se planteó efectuar el arresto en horas diurnas porque cualquier conato de discreción naufragaría en la vorágine de la Misa de las Marías y el Mentidero de Representantes.
El ocaso no se presentaba mejor, pero, considerando las gélidas temperaturas, pensó que Lope de Vega no montaría ningún sarao y que el nido de impudicia colindante estaría tranquilo. Pese a todo, decidió no correr riesgos y proceder allende la madrugada.
Sin embargo, de nada sirvió tanta precaución.
Cuando, rozando el alba y en mitad de una tormenta de nieve, la comitiva inquisitorial enfiló la calle, la halló abarrotada de una turba que, impasible a las inclemencias del tiempo, continuaba fiel a la rutina.
En los pagos de Lope había festejo y la mancebía no solo se encontraba a rebosar, sino que, para colmo, precisamente esa noche al príncipe de Asturias se le antojó un garbeo por los predios de Venus y, aunque asomó de incógnito, le escoltaba tal séquito que lo de incógnito parecía una chanza.
Al encarar tamaña concurrencia, el comisario acarició la posibilidad de desistir, pero el miedo a que el sospechoso descubriese el acecho policial y se fugase le instó a porfiar. Ordenando avanzar al alguacil, familiares y silleteros que le acompañaban, cabalgó hasta detenerse ante la morada de Lorenzo.
En cuanto la gente identificó los blasones del Santo Oficio, las conversaciones, improperios, gritos, pendencias y risas se interrumpieron. Nadie ignoraba que los apresamientos solían sucederse durante el crepúsculo y todos temieron ser los destinatarios de tan siniestra visita.
Suspiros de alivio quebraron el súbito silencio cuando el alguacil aldabeó la puerta de enfrente.
Al poco, Lorenzo apareció en el umbral. De su somnoliento aspecto se desprendía que, encallecidos los oídos e indiferentes ya a la inveterada vocinglería exterior, recién le arrancaban de un sueño profundo.
—¿Qué ocurre? —farfulló, restregándose los legañosos ojos—. ¿A qué vienen esos golpes?
—¿Sois Lorenzo Santiesteban? —preguntó el alguacil.
—El mismo que viste y calza. ¿Qué se os ofrece?
—Don Gaspar Barrionuevo de Peralta, inquisidor en Corte, ha decretado vuestro arresto.
—¿Qué desatinos decís? —exclamó Lorenzo, despabilándose en el acto—. ¿De qué se me acusa?
—Se os aclarará en el momento oportuno —intervino el comisario—. Alguacil, ajustadle las prisiones.
—¡Soltadme presto! —Forcejeó Lorenzo—. Yo no he hecho nada.
Ignorando sus protestas, lo maniataron y lo introdujeron en una rústica silla de manos.
Mientras, el público, hasta entonces sumido en el mutismo, empezó a dispersarse cuchicheando malicias que probablemente recalarían en los mentideros en cuanto amaneciera.
Convencido de que volvería a recibir una filípica del inquisidor, el comisario respiró hondo.
«Habiendo trabado un muy previsible conato de fuga, la filípica merecerá la pena», pensó, intentando animarse.
Llegados a la Cárcel de Corte, encerraron a Lorenzo en una celda aislada, mugrienta, oscura y helada.
Temblando de miedo y estremecido de frío, el pobre hombre trató de abrazarse el cuerpo, pero le habían encadenado las muñecas a la espalda y ni siquiera ese calor pudo procurarse.
Un violento ataque de tos le asaltó y, aunque estuvo a punto de ahogarse, lejos de angustiarle, el incidente le serenó. Sus débiles pulmones no resistirían aquel envite y tan lúgubre expectativa entrañaba algo que llevaba muchos años anhelando.
Sonrió ilusionado cuando en el horizonte atisbó a su añorada esposa y supo que al fin se reuniría con ella.