Libelo de sangre
CAPÍTULO 32 Retrato de un recuerdo
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CAPÍTULO 32Retrato de un recuerdo
Despachada la sucesión y obtenida la titularidad del patrimonio familiar, Enrique anunció a doña Francisca su deseo de expulsar a Miguel de los predios Valcárcel.
—Imposible, hijo. Aparte de que, a ojos de Madrid, Miguel es sobrino carnal de tu padre y siempre ha morado aquí, yo he asumido su tutoría y la ley me obliga a ampararle. Además, si lo expulsamos, provocaremos un escándalo, la gente indagará en los motivos de tan drástica medida y podría atar cabos muy peligrosos. En estos momentos no debemos prodigarnos y una decisión de tamaño calado nos colocaría en el núcleo del chismorreo.
—Me da igual, madre. No le soporto y me exaspera saberle gozando de regalías ajenas. Lo quiero fuera de inmediato.
—A mí tampoco me entusiasma saberle gozando de regalías ajenas que, para colmo, proceden de la fortuna de mi estirpe. Y mucho menos me gusta ejercer la tutela del espurio que engendró el adúltero de mi esposo.
—Entonces, ¿por qué os empeñáis en cobijarle? —Arremetió Enrique, ofuscado—. ¿No os basta la humillación de padre en vida que estáis dispuesta a seguir tragando vinagre allende su muerte? ¿Acaso no tenéis dignidad?
—Sí tengo dignidad —rebatió doña Francisca en tono severo—. Y también tengo sentido común, virtud que tú pareces haber extraviado. Hemos de mantenernos serenos o cometeremos un error capaz de desbaratarlo todo y abocarnos a la hoguera. Te conmino, pues, a conservar la calma. Una cabeza fría espanta la tontería y un corazón caliente espanta lo inteligente.
—¿De veras estimáis menester apostillar cada frase con vuestras estúpidas coplillas?
—Porfía en esa actitud de cafre cerril e insolente y quizá apostille mis frases con un mojicón, majadero. No consentiré que tus pueriles ataques de ira trunquen nuestros propósitos. Hazme el favor de abandonar el corazón y subir al piso de la razón. Solo cuando llegues a esos lares, te consideraré en condiciones de escuchar el futuro que reservo a Miguel.
—De acuerdo —rezongó Enrique—. Recién accedo al gélido piso de arriba. Ya me hallo a salvo de los ardores del corazón y en condiciones de escuchar el futuro que le espera al revientaherencias. Ilustradme. ¿Qué pretendéis?
—Pretendo desarraigarle del círculo social de los Valcárcel —expuso doña Francisca.
—¿Y cómo pensáis hacer semejante cosa? Para empezar, don Cristóbal Echenique integra el círculo social de los Valcárcel y es el preceptor de Miguel. Mientras ese avatar persista, el bastardo permanecerá agarrapatado a nuestro círculo.
—Ese avatar ha decaído, querido. Echenique tuvo que partir a Nápoles con urgencia y apenas pudo despedirse de nadie. A resultas de tan venturoso suceso, Miguel ha perdido a su preceptor.
—¿De qué venturoso suceso habláis? —protestó Enrique—. Eso significa procurarle otro preceptor y continuar financiándole la educación.
—No le procuraremos otro preceptor.
—¿Así proyectáis abortar escándalos? Un Valcárcel no puede adolecer de preceptor, madre. ¿Qué responderemos cuando nos pregunten quién ocupará el puesto de Echenique?
—Responderemos que, debido a su introvertido talante, Miguel no desea un nuevo preceptor y que mi afecto hacia él sumado a un denodado afán de no suscitarle cuitas me ha instado a transigir.
—Pero ¿a qué se dedicará, entonces? Si ya me encorajina financiarle la educación, que viva de bellota a mi costa me enerva la sangre.
—No vivirá de bellota —objetó doña Francisca—. Aunque me encantaría ponerlo a faenar como el asqueroso huelegateras que es, el linaje me lo impide. Porta el apellido Valcárcel y un Valcárcel doblando el lomo arruinaría nuestra reputación. Seguirá, pues, estudiando, pero de una forma que, considerando su aversión al roce humano, le supondrá un auténtico calvario.
—¿De qué forma seguirá estudiando?
—Lo mandaré a una escuela pública de primeras letras. Tiene trece abriles y esos centros admiten alumnos de hasta catorce. Le pagaremos este año y el próximo. Después, cuando las cosas se hayan calmado, cavilaremos un modo de desembarazarnos de él sin armar jaleo.
—¿Una escuela pública? —exclamó Enrique, atónito—. ¿Os habéis desnortado? Los principales reciben lecciones de preceptores privados, madre. No se concibe la asistencia de un Valcárcel a una vulgar escuela. Además, si procedemos de tan insólita guisa, el argumento anterior hará aguas. No podéis alegar que consentís a Miguel prescindir de preceptor porque al pobrecito le azoran los desconocidos y luego enviarlo a una escuela rebosante de ellos.
—He ahí el calvario del bastardo —apuntó doña Francisca, esbozando una sonrisa pérfida—. A Miguel le aterran los sitios concurridos y el contacto con personas. ¿Le imaginas forzado a pasar jornadas enteras en un lugar atestado de extraños? Padecerá lo que no está en los escritos.
—Insisto: si lo mandáis a una escuela pública, la piadosa supresión de preceptor naufraga. Nuestros cercanos lo tildarán de incoherente.
—Nuestros cercanos sabrán que le he consentido prescindir de preceptor, pero ignorarán que asiste a una escuela pública. En consecuencia, nadie tildará mis argumentos de incoherentes porque nada los rebatirá.
—Entonces, si, de cara al exterior, Miguel no tiene preceptor y tampoco asiste a la escuela, ¿qué diremos cuando nos pregunten en qué invierte el tiempo?
—Diremos que la muerte de su tío lo ha sumido en tal consternación que se niega a abandonar su alcoba. Mientras, irá a la escuela en secreto. Será mi particular manera de martirizar a ese malnacido.
—Irá a la escuela en secreto hasta que alguien lo descubra y se desencadene el escándalo que queréis eludir —matizó Enrique.
—Nadie lo descubrirá porque la escuela que he elegido está lejos de aquí y, en no conociendo a Miguel los vecinos de aquella zona, no le vincularán a nosotros.
—Lo harán en cuanto se presente como un Valcárcel.
—Me encargaré de que se cuide mucho de revelar su apellido —señaló doña Francisca con el gesto torcido de rabia.
—¿Y si algún allegado le sorprende entrando en esa escuela y corre el rumor?
—Miguel se afanará en evitar que eso ocurra. También me encargaré de ello.
—¿Y si, a pesar de afanarse en evitarlo, ocurre?
—Entonces aduciré que mi excesiva tolerancia al eximirle de preceptor generó una exacerbada radicalización de su desabrido carácter —explicó doña Francisca en ademán teatral—. Cuando noté que permanecía encerrado en su recámara y que ni un preceptor solucionaría ya el problema, decidí matricularlo en una escuela pública para ayudarle a superar ese enfermizo apocamiento. Cierto que, valiéndome de tan chabacano recurso, comprometo el prestigio de la casa Valcárcel; sin embargo, el profundo cariño que le profeso me ha vencido.
—¡Caracoles! —Silbó Enrique, fascinado—. ¡Menuda comedia! Al final parecerá que os desvivís por él.
—Parecerá que me desvivo por él, pero, en realidad, lo aislaré de nuestro ilustre mundo y lo meteré en un hediondo entorno propio de su hediondo origen.
—Su aislamiento gestará malicias, madre. La gente se extrañará de no verlo nunca.
—No se extrañará. Todos le saben de natural retraído y completamente reacio a alternar. Si a eso le añadimos una honda aflicción tras la pérdida de tu padre, su esquiva conducta resulta hasta lógica.
—¿Y los criados? En cuanto descubran la situación, empezarán a murmurar.
—Miguel solo frecuentaba al esclavo Joselillo y, tras obtener la libertad, su madre se lo ha llevado a Portugal. Los demás criados le temen y no los culpo. Entre la palidez mortuoria de su semblante y esa tétrica manía que tiene de escrutar al de enfrente sin mediar palabra, incluso yo le creo un ánima errante.
—De acuerdo —cedió Enrique—. Actuaremos según proponéis y de momento no lo expulsaré, pero os ruego que me ahorréis el trago de cruzármelo en los pasillos.
—Tranquilo, hijo mío. No te lo cruzarás y acabarás olvidándole. Madrid entero le olvidará y cuando eso acontezca… nos desharemos definitivamente de él. Y ahora excúsame. He de comunicar al bastardo las novedades.
El deceso de don Pelayo destrozó a Miguel. Sin él a su vera, se sentía huérfano de afectos, vacío de familia y espeluznado ante la idea de estar bajo la tutela de doña Francisca.
La marcha de Joselillo agudizó la pena y lo dejó yermo de motivos para abandonar su alcoba. Ni siquiera su preceptor le compelía a hacerlo, pues llevaba días sin asomar. Desconocía la razón, pero doña Francisca le inspiraba tal pavor que ni a preguntar se atrevía.
Dedicaba las horas a dibujar, una afición que, ignota por todos, incluido don Pelayo, le ayudaba a evadirse de una existencia demasiado solitaria y también de aquella horrible casa donde, expirado su tío, ya nada le quedaba.
Y así lo halló doña Francisca: evadido de su triste existencia y dibujando.
—Buenas tardes, Miguel —dijo en el tono sinuoso de una víbora presta a la mordida.
El chico, que no había reparado en su llegada, se asustó y, cuando se apresuró a incorporarse para cuadrarse ante la mujer, el cartapacio repleto de dibujos que tenía en el regazo rodó al suelo. Fija la mirada en los papeles desperdigados alrededor, se planteó agacharse y recogerlos, pero el miedo le congeló la intención.
—Dispensadme, señora —balbuceó, achantado—. No os escuché entrar.
—De haber entrado precedida de trompetas y timbales, tampoco me habrías escuchado entrar, tan enfrascado andas en bambarriadas —increpó doña Francisca sin prestar atención a las hojas caídas.
—En realidad, no os esperaba. Nunca visitáis mis lares.
—Estos no son tus lares, mequetrefe. Son los lares de mi hijo y tú, un guiñapiento miserable detentor de una vida regalada que ni te corresponde ni mereces.
—No os obligaré a asilarme —musitó Miguel, atragantado—. Prepararé la impedimenta y hoy mismo partiré.
—Tentadora sugerencia que por desgracia la ley no me permite aceptar. Mi esposo te encomendó a mí y he de cumplir su última voluntad. En consecuencia, continuaré asilándote, pero conforme a unas normas de inmediata aplicación.
—Lo que ordene vuesa merced —tartamudeó Miguel, incapaz de entender qué locura llevó a don Pelayo a dejarlo en manos de tamaña arpía.
—A excepción de estos aposentos, las restantes estancias de la casa te quedan vetadas. Aquí residirás, comerás y dormirás. Considerando que apenas desocupas estas paredes, no te resultará difícil complacerme. No obstante, se trata de una demanda que debes mantener en categórica reserva. Si desglosas tu verdadera situación a alguien, vilipendias a los Valcárcel o promueves chismorreos, te arrancaré la piel a tiras.
—No me golpeéis, os lo ruego —susurró Miguel, aterrorizado—. Prometo callar.
—Créeme que te conviene; tanto te conviene callar que, en un derroche de misericordia, te explicaré cómo debes hacerlo. Es muy sencillo. Simplemente desaparecerás del mundo.
—¿Desaparecer del mundo? No… no os comprendo.
—Al punto te lo explico. Observarás tres directrices. En primer lugar, no hablarás con ninguna persona de esta morada; ni con Enrique ni conmigo ni con los criados. A estos les diré que, a causa de tu perturbada naturaleza, exiges soledad y que quien ose dirigirte la palabra recibirá cien latigazos. El esclavo Pompeyo aviará tu pieza y te traerá la comida. Es sordomudo, tara que acaso le proteja del látigo, pues ni queriendo podría hablarte. Si, pese a todo, alguno quebranta mi decreto e intenta entablar tertulia, le obviarás y marcharás en silencio cartujo. Te lo advierto, Miguel. Si me entero de que siquiera un saludo se ha terciado entre un criado y tú, te anegaré la conciencia con la sangre del criado. ¿Me has entendido?
—Sí, señora.
—En segundo lugar, no volverás a ver a ninguna persona a la que hayas tratado en fecha previa al óbito de mi esposo. Me consta que te agradan Álvaro y Mencía Soto de Armendía e Isabel Salazar. Interrumpirás esos contactos y, de rendirte ellos visita, declinarás recibirlos. No temas. Yo te excusaré pretextando el carácter eremita que gastas. De toparte en la calle a alguien conocido, le esquinarás y, si te resulta imposible esquinarle, únicamente dirás que te encuentras bien y que los Valcárcel te colmamos de cortesías. ¿Está claro?
—Sí, señora.
—Directriz final: no revelarás tu apellido a las personas que en breve frecuentarás.
—¿A qué os referís? —se alarmó Miguel—. ¿A quién frecuentaré?
—Te he retirado las lecciones privadas —anunció doña Francisca de forma pausada y regodeándose en la turbación que, poco a poco, iba demudando el semblante del muchacho—. A partir de ahora estudiarás en una escuela pública.
—¿Una escuela? —saltó Miguel, comprendiendo la súbita desaparición de don Cristóbal Echenique—. ¡Os lo suplico, señora! Acataré la soledad y el silencio que me requerís, pero no me impongáis la presencia de extraños.
—No te financiaré la instrucción del ilustre que no eres. Por tanto, asistirás a una escuela pública. Allí celarás tu origen Valcárcel y te afanarás en que nadie te descubra entrando o saliendo. Todos deben pensarte recluido en esta alcoba y suponer que, cuando la abandonas, te vas de paseo. Extrema el tiento, jovencito. Como tu formación en una escuela llegue a los mentideros, lo lamentarás.
—Os lo imploro, doña Francisca. Redimidme de la escuela. Además, si me confino aquí y me abstengo de pisar la calle, reduciré el riesgo de rumores.
—No consentiré que consagres soles y lunas a haraganear a nuestra costa. Irás a la escuela y punto redondo. ¡Menuda ingratitud la tuya, zagal! Te ofrezco una mansión, yantar de potentados, una escuela y libertad de ruar; a cambio, solo te pido que ningún conocido te reconozca y ningún desconocido te conozca y ¿todavía me replicas? No se me antoja un transitar espinoso para un descomulgado.
Presa de un ataque de ansiedad al visualizarse en una escuela, Miguel no respondió.
En ese momento, doña Francisca se fijó en los dibujos del suelo y quedó estupefacta al distinguir auténticas obras maestras. En concreto, le impresionó un bello retrato de don Pelayo. Mostraba la dulzura de su mirada, los elegantes rasgos, su expresión circunspecta y al tiempo amable… Era tan real que, conmovida, se agachó, lo cogió y acarició los trazos fabulando que lo acariciaba a él.
—¿Tú has dibujado esto?
—Sí, señora —contestó Miguel, aún extraviado en sus particulares sombras.
—No sabía que te gusta dibujar. Tu tío no me lo comentó.
—Mi tío lo ignoraba. Todos lo ignoran.
—Si tu tío lo ignoraba, ¿he de entender que no posó para ti en este retrato?
—Talmente, señora. Le pinté de memoria.
La posibilidad de que solo un puñado de recuerdos y el pincel de aquel fulastrón hubieran gestado tamaña maravilla enervó a doña Francisca con tal virulencia que el cúmulo de amargura y rabia que le corroía las entrañas emergió de repente e impactó contra el chico.
—¡Maldito desfachatado! —vociferó, rompiendo el dibujo en mil pedazos—. ¿Cómo te atreves a utilizar la imagen de mi esposo sin su autorización y pintarrajearlo de tan abominable e irreverente guisa?
Aparte de acoquinarle, la sañuda reacción devastó la poca confianza que Miguel tenía en sí mismo y en su talento. Nunca había mostrado sus trabajos a nadie y, en consecuencia, nunca había enfrentado una opinión, ya fuera positiva o negativa. Ni siquiera se había enfrentado a su propia opinión, porque no era capaz de apreciar la calidad de su obra. Se limitaba a plasmar en un papel lo que le nacía de los dedos, pero carecía de conocimientos para determinar si gastaba maña o solo ganas.
La de doña Francisca inauguró su repertorio personal de críticas y lo hizo de una manera francamente demoledora. Sabiéndola una erudita en arte, el muchacho otorgó valor de ley a su envenenado veredicto y permitió que le horadase la autoestima. De pronto, sus bocetos le parecieron ridículos y decidió que jamás los enseñaría a terceros.
Mientras Miguel se hundía en un mar de vergüenza, doña Francisca continuaba inmersa en una espiral de cólera que iba en aumento.
—¡Fantasmón enmoñado! —tronó, soltándole una bofetada y lanzándole a la cara los trozos del retrato de don Pelayo—. ¿Acaso te piensas Boticelli? Esas chafarrinadas no son dignas ni de alfombrar una cochiquera.
Deshecho en lágrimas, Miguel cayó de rodillas junto a la triste lluvia de don Pelayo.
—¿Por qué lloras a un hombre que no te quería?
—Sí me quería —sollozó Miguel—. Mi tío me quería.
—No te quería, estúpido. De lo contrario, te habría nombrado en su testamento y ni un maravedí te legó.
—No me importa el dinero. Yo sé que me quería.
—Pues te equivocas —espetó doña Francisca, arrojándole una faltriquera—. No te quería y cuando, luego de no verte en el testamento, Enrique reparó en ello, se apiadó de ti. Te envía esas monedas a través de una servidora.
—Trasladadle mi gratitud, pero no las necesito.
—Las necesitarás para pagar a tu nuevo maestro. Se llama Martín Valdiviesa y tiene la escuela en la calle de San Ginés. Estudiarás allí este curso y el próximo. El lugar queda lejos y el vecindario no te vinculará a nosotros. Emplea el apellido que te apetezca, salvo el de Valcárcel. Y ni se te ocurra soslayar las lecciones. A la primera ausencia te desmiembro. ¿Estamos?
Como, atragantado en lágrimas, Miguel no contestó, doña Francisca le enganchó de una oreja, lo levantó y le asestó otra bofetada.
—¡Te he preguntado que si estamos, gañán! —rugió, consumida de rencor y celos.
—Estamos, señora —hipó Miguel, despavorido.
Doña Francisca lo agarró de los pelos y, tirando de modo salvaje, le alzó la cabeza.
—Si alguien descubre la verdad, juro por Dios que te infligiré tales tormentos que anhelarás expirar —le siseó al oído—. Y nadie podrá impedírmelo porque tu tío, ese que supuestamente te quería, no dudó en ponerte bajo mi custodia pese a saber cuánto te aborrezco. Ahora la ley me permite arbitrar tu destino. Desobedéceme y lo colmaré de infiernos.
A continuación, le propinó una tercera trompada. Miguel volvió a caer al suelo y, temiendo una brutal paliza, escondió el rostro entre los brazos. Sin embargo, la Providencia acudió en su ayuda doblando las campanas que llamaban a la misa vespertina.
—Comenzarás las clases mañana —decretó doña Francisca, dirigiéndose a la puerta—. Escuela de Martín Valdiviesa; en la calle de San Ginés. Al parecer, es la mejor de la zona. ¿Ves? Te quiero tanto como te quería tu tío, que Dios lo tenga en su gloria.