Libelo de sangre
CAPÍTULO 33 Amonestaciones
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CAPÍTULO 33Amonestaciones
Tal como temía el comisario, el nada discreto arresto de Lorenzo enardeció los rumores y el inquisidor en Corte le dedicó el enésimo rapapolvo a propósito de la ruptura del secreto.
Su siguiente tarea consistía en organizar el traslado de Sebastián y Margarita al convento de Atocha para diligenciar las amonestaciones, traslado que, dadas las circunstancias, configuró con extrema meticulosidad.
En particular, le desazonaba el preceptivo paso por la calle Atocha, pues, pese a no alcanzar las cotas jaraneras de la de Francos, tampoco le iba a la zaga.
En horario diurno el trasiego de gente a pie, en montura o vehículo era constante y al anochecer las tabernas de la zona se encargaban de mantener alejado el sosiego.
Empeñado en evitar una nueva reprimenda de su patrón, el comisario decidió efectuar el traslado a las cinco de la mañana, un lapso intermedio entre la luna y el alba que garantizaba escasa concurrencia. Además, trazó un itinerario que eludía en lo posible la calle Atocha y recorría la mucho menos transitada calle de Santa Isabel. A la altura del Hospital General girarían a la izquierda y enfilarían la alameda que desembocaba en el convento.
En esta ocasión sus afanes sí fructificaron, porque aquella gélida madrugada de enero la comitiva inquisitorial realizó la singladura en absoluta soledad y franqueó el acceso de Nuestra Señora de Atocha cuando los campanarios anunciaban las siete.
Sebastián y Margarita padecieron un calvario en el interior de las sillas durante las dos horas de viaje. La encapuzada cabeza no les permitía ni ver ni respirar y, como llevaban los brazos encadenados a la espalda, no podían amortiguar los bandazos del vehículo que martirizaban sus entumecidos huesos.
Al llegar, dos alguaciles los condujeron a la parte trasera del edificio principal, descendieron unas angostas escaleras y recalaron en un sótano. Luego de atravesar varias galerías, entraron en una sala cuadrada, congelada y carente de mobiliario.
Uno de los guardias quedó escoltando a Margarita; el otro acompañó a Sebastián a una estancia contigua y allí le quitó el capuz.
Cegado ante la repentina claridad, Sebastián cerró los ojos; al abrirlos de nuevo y mirar en derredor, un espasmo de pánico le sacudió el cuerpo.
Se hallaba en una especie de gruta construida en piedra, de suelo entierrado, claustrofóbico techo abovedado e iluminación a cargo de antorchas encastradas en los muros y de cirios verdes apostados en un rincón. Amén de esas lumbres, Sebastián no divisó ninguna fuente de calor adicional y por un instante sintió más frío que miedo.
Presidía la cámara un crucifijo grande e intimidante que, lejos de sugerir la piedad de Dios, hablaba de su puño ejecutor.
Justo debajo del crucifijo se alzaba una mesa estrecha y alargada. La cubría un mantel de terciopelo morado; encima se desperdigaban los legajos del procedimiento, un reloj de arena, una campanilla de bronce, tres tinteros y algunas plumas; un par de candeleros dorados flanqueaban las esquinas y entre ambos, más pequeño aunque igual de inquietante que el primero, se erigía un segundo crucifijo de plata.
Tras la mesa, acomodado en un frailero con respaldo de cordobán, aguardaba don Gaspar Barrionuevo de Peralta, el inquisidor en Corte.
Vestía el hábito dominico blanco y una capa de lana negra. De testa tonsurada, aureola de cabello muy corto, nariz ganchuda, labios finos y barba rasurada, sus ojos estaban clavados en Sebastián.
A su diestra, instalado en una banqueta mallorquina tapizada en damasco carmesí y entornados los párpados, el comisario murmuraba letanías mientras pasaba los agallones de un rosario; a su siniestra el escribano del secreto afilaba el cañón de una pluma.
Inspeccionado el lúgubre lugar y el no menos lúgubre trío clerical, Sebastián se contempló a sí mismo. Ni en la penumbra de la mazmorra ni en la del capuz había tenido ocasión de hacerlo y, cuando enfrentó su triste aspecto, el temple le flaqueó.
Las medias de seda lucían desgarradas, el jubón había mudado a harapo, la ropilla casi no existía y de los calzones emergía una peste nauseabunda, pues el alcaide del penal lo mantenía engrilletado a la pared imposibilitándole el uso de la bacinilla.
Un toque de campanilla inauguró el acto.
El alguacil puso una biblia delante de Sebastián y le ordenó apoyar la mano derecha.
—¿Juráis por Dios Nuestro Señor que diréis verdad pura y entera de lo que se os cuestionare sin omitir detalles ni levantar falso testimonio? —interpeló el inquisidor—. Conteste el prisionero: «lo juro».
—Lo juro —repitió Sebastián, acongojado.
El alguacil le obligó a sentarse en un taburete de madera; después abandonó la sala.
—Se declara iniciado el trámite de amonestaciones —anunció el inquisidor—. Según el código rector de la sagrada encomienda de este tribunal, se amonestará al sospechoso tres veces para que confiese sus pecados y diga la verdad. Primera amonestación. Dispóngase el escribano del secreto a la transcripción.
—Dispuesto, don Gaspar —musitó el aludido, mojando la pluma en el tintero.
—Nombre —demandó el inquisidor.
—Sebastián Castro.
—¿Qué fe profesáis?
—La fe cristiana.
—¿Descendéis de conversos?
—Yo no he conocido ni practicado credo diferente al católico —esquivó Sebastián, ruborizándose.
—No os he preguntado eso. Responded a la pregunta. ¿Descendéis de conversos?
En silencio Sebastián pidió perdón a Dios; aunque recién juraba sobre el Evangelio que no mentiría, las circunstancias le compelían a ello, pues nunca admitiría el fraude de su limpieza de sangre ni comprometería a quienes contribuyeron a pergeñarlo.
—No, señoría. No desciendo de conversos. Así lo acredita mi certificado de limpieza de sangre.
—Corren rumores de este jaez.
—Infundios.
—Ya… —comentó el inquisidor, escéptico—. Recitad el pater noster.
Intentando controlar el temblor de la voz, Sebastián obedeció.
—¿Os constan las razones de vuestro arresto?
—No, señoría.
—¿Las imagináis?
—No, señoría.
—El Santo Oficio no prende a nadie sin causa. Os ahorraréis múltiples fatigas si confesáis y no obligáis al fiscal a formalizar la acusación.
—Desglosadme los cargos y gustoso alegaré lo que consideréis menester.
—Sois hombre curtido en leyes, Sebastián. De seguro no ignoráis que el reglamento nos prohíbe desglosar los cargos en esta fase procesal. Es el fiscal quien los enumera en el escrito de acusación, trámite que, reitero, no os conviene provocar. Evitaos cuitas y confesad ahora los pecados que empañan vuestra conciencia.
Sebastián vaciló. ¿A qué pecados se refería? No se le escapaba que los mentideros lo involucraban en los Crímenes del Ritual, pero el Santo Oficio no cometería la estupidez de creer tamaña necedad y aludir a ello, aunque fuera para decir que era un embuste, podía empeorar el problema. Entonces, ¿de qué le culpaban? ¿Habrían averiguado que falsificaba certificados de limpieza de sangre? Esperaba que no, porque moriría antes de delatar a buenos cristianos como don Martín. De todas formas, tampoco debía mencionarlo, pues, de equivocar las elucubraciones, revelaría un secreto que, en realidad, la Inquisición no manejaba.
Al final, decidió conducirse con prudencia y no hablar hasta descubrir qué tenían contra él.
—Ningún pecado digno de este desafuero empaña ni mi conciencia ni la de mi esposa.
—¿Os barruntáis una delación?
—¿Existe una delación? —se sorprendió Sebastián.
—No he dicho que exista. He preguntado si os la barruntáis.
—No, señoría. No me barrunto tal cosa.
—Suponed una hipotética delación. ¿Se os ocurre alguien con motivos para formularla?
—Entonces…, alguien me ha delatado.
—Aparcad las conjeturas y contestad.
—No se me ocurre nadie con motivos para crearme este desventurado trance —respondió Sebastián, pues, pese a conocer la animadversión que le profesaban sus colegas escribanos, en ningún momento se abrió a la posibilidad de que alguno la hubiera llevado al extremo de meterlo en semejante apuro.
—Os recomiendo una seria reflexión al respecto —señaló el inquisidor—. De existir una delación, podéis desvirtuarla identificando al denunciante y acreditando una enemistad manifiesta. Insisto: de existir una delación.
Aunque sabía que la prueba del corazón primaría frente a cualquier enemistad manifiesta, el inquisidor también sabía que los recelos del interrogado sobre su entorno solían acentuar la zozobra e incertidumbre, sensaciones ambas harto traicioneras que aligeraban las cautelas y activaban la lengua.
Era una técnica que los inquisidores utilizaban a menudo para recabar información y obtener delaciones involuntarias; y les funcionaba, pues numerosos detenidos sucumbían a la histeria y les brindaban un nutrido listado de personas asociadas a dudosas conductas que luego ellos usaban de muy provechosa suerte.
En el caso de Sebastián, el ardid triunfó a medias, porque, aunque le empujó a enunciar un nombre vinculado a un comportamiento ilícito, se trataba de una transgresión civil ajena a la competencia del Santo Oficio.
—Don Juan Torres, alguacil mayor de la Sala de Alcaldes, me ofreció una fortuna a cambio de adulterar los hechos de una escaramuza en la que su hijo asesinó a un caballero. Yo me negué a participar en el contubernio y quizá haya intentado desquitarse vertiendo calumnias sobre mi persona.
—¿Alguien más? —reclamó el inquisidor, adoptando un hierático rictus del que resultaba complicado discernir nada.
—No desatino, ¿cierto? —preguntó Sebastián, preso de la ansiedad.
—La normativa me impide explayarme. No obstante, este tribunal evaluará vuestro testimonio en lo que incumba a los presentes autos y, de encartarse, lo trasladará a la jurisdicción encargada de dirimir infracciones como la que recién describís. Os invito a someter al escrutinio del Santo Oficio cuantos nombres reputéis conveniente y ayudarlo así en su sagrada encomienda.
—No dispongo de más nombres —musitó Sebastián, reacio a destrozar la vida de gente inocente solo porque él no había resistido la angustia.
—Centrémonos, pues, en vos. Confesad vuestras culpas.
Pese al intenso frío reinante en el lugar, Sebastián sudaba. Trataba de encontrar una explicación a aquel disparate, pero se sentía tan aturdido, exhausto y abrumado que no lo conseguía.
—Os repito que ni mi esposa ni yo hemos incurrido en faltas censurables a ojos de la ley.
—Confesad y hallaréis misericordia —exhortó el inquisidor, impertérrito—. Porfiad en el silencio y actuaremos conforme a la justicia de Dios.
—¿Justicia de Dios? —se sulfuró Sebastián—. Ninguna justicia ampara acusaciones embozadas ni confesiones a ciegas; mucho menos, la de Dios.
—Serénese el sospechoso y confiese sus culpas —demandó el inquisidor en un tono exasperantemente pausado.
—¿Sospechoso de qué, maldita sea? ¿Qué demonios queréis que confiese?
—Las culpas que os empañan la conciencia.
—Lo único empañado aquí son mis derechos, señoría. Tengo derecho a un abogado.
—Estamos en los preliminares del pleito —aclaró el inquisidor en actitud condescendiente—. El fiscal todavía no ha formalizado la acusación y, sin acusación, no procede asistencia letrada. He ahí el piadoso propósito de las amonestaciones: conceder al sospechoso la oportunidad de confesar y soslayar la acusación, porque ese trámite, el de la acusación, inaugura un muy escabroso camino para todos; en particular, para el sospechoso. Este tribunal desea evitaros males mayores, Sebastián. En consecuencia, redundo en la petitoria: haced examen de conciencia y exponed las máculas que la ensombrecen.
—Lo lamento, señoría. Ignoro qué máculas he de exponer.
—¿Persistís en no decir la verdad?
—Al contrario. Persisto en que digo la verdad. Ni mi esposa ni yo hemos vulnerado la ley.
—De acuerdo —concluyó el inquisidor—. Primera monición evacuada. Os comunico que celebraremos dos moniciones más. Si transcurrieran de igual triste suerte que la presente, el fiscal formulará su acusación. Procurad no desencadenar esa coyuntura, pues os acarreará profusos y lacerantes padecimientos. Aprovechad la caridad de las amonestaciones y escarbad en vuestra alma, Sebastián. Qui quaerit invenit; quien busca halla.
A continuación, agitó la campanilla.
—Encapuzadlo, lleváoslo y traed a la mujer —ordenó al alguacil.
Las tres semanas pasadas en una mugrienta celda habían estragado a la bella Margarita.
Los rubios cabellos se veían desgreñados, las pupilas brillaban de miedo, negras ojeras las cercaban, lágrimas secas churreteaban las sucias mejillas y su dulce sonrisa había trocado en una mueca crispada.
El cuerpo tampoco andaba en óptimas condiciones, a juzgar por los pies descalzos repletos de dentelladas roedoras y la otrora esbelta silueta cercana ahora a la de un esqueleto.
Al encarar la escalofriante estampa del tribunal, sufrió un ataque de pánico y no logró pronunciar ni el juramento ni su nombre.
Cuando el inquisidor le pidió recitar el avemaría, los nervios le bloquearon la memoria y no consiguió recordarlo, circunstancia que suscitó elocuentes miradas entre los miembros del tribunal.
—¿Os constan las razones de vuestro arresto? —preguntó el inquisidor.
—No, señor.
—¿Creéis en Dios?
—Profundamente.
—No tan profundamente si ni el avemaría habéis sabido recitar.
—Excusadme, por favor —sollozó Margarita—. Me siento en extremo confundida.
—Tal vez el lapsus no se deba a la confusión del momento. Algunos vecinos consideran endeble vuestro credo y me figuro que ellos os han visto en tesituras más serenas.
—Mi credo es recio, señor. ¿Quién me ha infamado así?
—¿Quién imagináis?
—No imagino a ninguno de mis vecinos profiriendo semejantes enormidades sobre mí.
—Acaso no se trate de una enormidad.
—Se trata de una enormidad. Quien haya tildado mi credo de endeble miente.
—Para hilar una mentira se precisa una madeja, Margarita.
—Para hilar una mentira de tan ruin jaez se precisa un corazón muy negro y ningún vecino nuestro tiene el corazón negro.
—Quizá no sean vuestros vecinos los que tienen negro el corazón —insinuó el inquisidor.
—Ignoro el color de mi corazón, señor —replicó Margarita, captando la indirecta—. Solo puedo afirmar que rezuma amor por Dios.
—¿No vais a decir nada más?
—¿Qué más queréis que diga?
—La verdad.
—Recién la digo. Profeso un hondo amor hacia Dios.
—Entonces, ¿no confesaréis vuestras culpas?
—¿De qué culpas habláis?
—Explorad la conciencia. De seguro se os ocurre algo.
—¿Os referís al episodio del crucifijo? —aventuró Margarita, incapaz de creer que un involuntario tropiezo hubiese provocado aquel desafuero.
—¿Qué episodio?
—Mi hijo y un criado se enzarzaron en una pelea. El criado propinó un severo golpe a mi hijo y este colisionó con la pared de tan violento modo que un crucifijo colgado de ella cayó al suelo. Al ir a cogerlo, trastabillé y lo pisé.
—¿Así que confesáis haber vejado a la santa cruz?
—No vejé a la santa cruz. Fue un accidente.
—El escarnio de los símbolos sagrados constituye un delito de herejía contra Dios y contra la santa Iglesia católica —apuntó el inquisidor, obviando el alegato de la mujer.
—Trastabillé, señor. Nunca ultrajaría los símbolos sagrados.
—¿Alguna otra culpa que os lastre el alma? —preguntó el inquisidor, impasible.
—¿Otra culpa? El suceso del crucifijo no alberga culpa.
—Este tribunal determinará si alberga o no culpa. Vos solo debéis decir la verdad. Confesad y gastaremos misericordia; porfiad en el silencio y actuaremos conforme a la justicia de Dios.
—Ya he dicho la verdad —clamó Margarita, deshecha en llanto.
—De acuerdo —claudicó el inquisidor, frustrado—. Primera monición evacuada. Celebraremos dos más. Rogad al Altísimo el coraje necesario para aprovecharlas y desvelar vuestras umbrías porque, como perseveréis en celarlas, sufriréis mucho. Alguacil, lleváosla. Comisario, disponed la segunda amonestación. Se levanta la sesión.