Libelo de sangre
CAPÍTULO 34 Vestigios de inocencia
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CAPÍTULO 34Vestigios de inocencia
Días después se celebró la segunda audiencia.
Como la vez anterior, el comisario se afanó en realizar el traslado en categórico sigilo y evitar así reprimendas de la superioridad. Para conseguirlo, volvió a elegir una madrugada tranquila y mantuvo el mismo itinerario.
La comitiva desfilaba en un silencio sepulcral cuando, a la altura del monasterio de Santa Isabel, Sebastián sufrió un fuerte ataque de tos y, sintiendo que se ahogaba bajo el capuz, estalló en desesperados gritos de socorro.
Alarmado, el comisario se apresuró a detener la marcha.
—Abortad este vocerío de inmediato, alguacil —ordenó, serenándose un poco al mirar en derredor y ver la calzada desierta.
—¿Qué diantres os sucede? —espetó el aludido, acercándose al vehículo de Sebastián—. Callaos al punto o sumaré una mordaza al capuz.
—¡Me asfixio! Permitidme salir un instante. Necesito aire fresco.
—Sacadlo y retiradle el capuz —concedió el comisario—. No diviso un alma y solo nos faltaba que se nos quedase en el camino.
Ya en el exterior y redimido del embozo, Sebastián aspiró hondo intentando recomponerse, pero, lejos de lograrlo, los rigores carcelarios terminaron quebrándole y se desvaneció.
—¡Virgen de la Caridad! —exclamó el comisario, desmontando—. ¿Qué le pasa?
—Se ha desplomado, señor —contestó el alguacil—. ¡Pajes de hacha! Aproximad la luz a sus ojos. El fulgor le cegará y le ayudará a recuperarse.
—Que alguien traiga agua —demandó el comisario, agachándose junto a Sebastián—. Alguacil, vigilad que no asome nadie. ¡Hemos de proteger el secreto! ¡Sebastián! ¡Sebastián! ¡Ni se os ocurra expirar! ¿Me escucháis? Ni se os ocurra expirar, ¡maldita sea!
—¡Esposo! —chilló Margarita desde el interior de la otra silla—. ¡Dios bendito! ¿Por qué nos castigas así? ¡Esposo! ¡No me abandonéis! ¡Aguantad!
Aunque el lugar parecía desierto, no lo estaba. La expedición había interrumpido el avance frente a la costanilla del monasterio donde Juan y Antonio tenían su hogar y en ese momento los muchachos se encontraban orinando fuera de la gruta.
En cuanto oyeron el alboroto e identificaron una procesión inquisitorial, se agazaparon en un rincón. Gracias a la insondable negrura que reinaba en la costanilla, ellos distinguían la escena de la calle, pero los de la calle no podían distinguirlos a ellos.
Cuando atisbaron el rostro del caído, ambos se comportaron de manera diferente. Antonio lo observó con la impasibilidad de quien observa a un desconocido; en cambio, Juan se encrespó porque él sí conocía a Sebastián de verlo en la escuela visitando a don Martín. Le sabía, pues, padre de Alonso Castro e, igual que todo Madrid, le pensaba el autor de los Crímenes del Ritual y, a la postre, el asesino de Mateo.
Mientras el joven se tragaba las ganas de abalanzarse contra aquel judío miserable, el supuesto judío miserable tragó agua, se restableció y la comitiva reanudó el viaje.
Entonces Juan se incorporó y asestó una rabiosa patada al muro conventual.
—¡Hideputa! No me equivocaba recelando de Alonso. ¡Petulante boquirrubio! Siempre jactándose de ilustrado y resulta que los padres veneran a Satanás. De seguro él mismo colaboró en el final de Mateo y por eso se ha esfumado. ¡Mal rayo lo parta! Como me lo cruce, de una catorce le separo la sombra del cuerpo y después entrego su fiambre a los curas para que lo socarren en la pira. ¡Gustoso prendería la mecha!
Un atónito Antonio le tiró de la manga y se encogió de hombros en actitud interrogante.
—Lo lamento, canijo. Ese echabuitres me ha soliviantado.
Cuando Antonio volvió a encogerse de hombros preguntándole el motivo de su enojo, Juan lo miró desconcertado.
Si, como sospechaba, el niño presenció los Crímenes del Ritual y vio al asesino, tuvo que ver a Sebastián. Sin embargo, lejos de alterarse tras topárselo de nuevo, permanecía tranquilo. Quizá ni presenció los crímenes ni vio al asesino; quizá marchó a jugar y, al regresar, halló los cadáveres. ¿O sí vio al asesino, pero no vio a Sebastián? ¿Acaso Sebastián no mató a Mateo?
Confundido, frunció el ceño. Algo no cuadraba. Si Sebastián no mató a Mateo, ¿por qué la gente le acusaba? ¿Por qué la Santa le acusaba? Por eso lo habían arrestado, ¿no? ¿O no lo habían arrestado por eso? ¡Qué raro! Según los mentideros, sí lo habían arrestado por eso; aunque, en realidad, la Santa nunca ratificó ese extremo. Ni ese ni ningún otro.
—¿Te suena la cara del fulano que se ha desmayado? —interpeló a Antonio.
El niño negó con la cabeza.
—¿De veras no te suena? Ese leviatán… asesinó a tu hermano.
Antonio reaccionó como siempre que le mencionaba aquel aciago asunto: desorbitó las pupilas, detuvo el pestañeo y empezó a convulsionar.
Reacio a procurarle más cuitas, Juan ya se disponía a claudicar cuando, de pronto, ocurrió algo inesperado.
La tragedia había traumatizado tanto a Antonio que este no se atrevía a dormir, pues, apenas cerraba los ojos, le asaltaba la imagen de Mateo ensartado en una espada. Si se abrazaba a Juan, la estampa no aparecía y lograba un buen descanso, pero, si el muchacho se iba a trabajar a la casa de apuestas, cosa que acontecía cada noche, debía resignarse a la vigilia.
El caballo de madera que Juan le regaló le ayudó a solucionar el problema.
Una madrugada sucumbió a la fatiga y al rato despertó preso de la aterradora imagen. Temblando de miedo, arrimó el rostro a la talla y su contacto consiguió calmarle. Luego entornó los párpados cautelosamente y comprobó sorprendido que no visualizaba la muerte de Mateo, sino el Paraíso de los Caballos donde Juan había prometido llevarlo. Descubrió así que abrazarse a la figura tenía el mismo efecto que abrazarse a Juan: la pesadilla no lo visitaba y él recababa un sueño tranquilo.
Cuando la alusión de Juan al asesinato de Mateo lo sumió en el acostumbrado ataque de pánico, decidió valerse de su talismán para superarlo.
Cogió la talla, apoyó la frente en ella, cerró los ojos y, al poco, se sosegó. Después miró a Juan, que observaba pasmado el extraño ritual, y sacudió la cabeza.
—¿No qué, zagal? ¿Qué diablos haces con el jamelgo?
Antonio dirigió el índice a la calle y volvió a sacudir la cabeza.
—¿Intentas decirme que el desmayado no mató a Mateo?
Antonio esbozó una sonrisa satisfecha.
—Entonces, ¿presenciaste el asesinato?
Al advertir que el pánico le embargaba de nuevo, Antonio repitió la ceremonia de aproximación al caballo, respiró hondo, se recompuso y asintió.
—¿Viste al canalla que nos arrebató a Mateo? —inquirió Juan, expectante.
Antonio frunció el ceño y caracoleó la mano; después señaló a la calle otra vez y reiteró la negativa.
—¿Te refieres a que le viste de soslayo, pero lo que viste no coincide con el desmayado?
Antonio afirmó y mostró dos dedos.
—Fueron dos —tradujo Juan.
El niño escondió un dedo.
—Vas a describirme al primero. Muy bien. Adelante.
Antonio empinó la nariz, adoptó un gesto arrogante y empezó a caminar de arriba abajo.
—¿Un lindo? ¡Un fardón! ¿Un barbilucio? ¿Un perdonavidas?
Antonio rechazó las sugerencias y estiró más el cuello mientras arrugaba los labios en una mueca engreída.
—No te entiendo, ¡caray! —protestó Juan, frustrado—. Deja de arbolar el gaznate de esa guisa que te vas a descoyuntar. ¿Qué significa ese guiño? Parece que estás oliendo una boñiga.
Antonio cogió un jirón de tela de una montaña de basura que se hacinaba en un rincón, unió los vértices para fabricar una faltriquera e hinchó los carrillos.
—¿Un hombre de posibles? ¡Un prócer!
Antonio simuló secarse el sudor de la frente, hizo un afirmativo aspaviento de obviedad y señaló a Juan.
—¿Un pudiente como yo? ¿De qué carajo hablas? ¡La Virgen! Si a mí me pintas de pudiente, aviados vamos con tus descripciones.
El niño se golpeó el pecho y negó; se encorvó en actitud achacosa y negó también; entonces apuntó a Juan y asintió.
—¡Ya comprendo! Ni arrapiezo ni abuelo. Un mozo como servidor. Un prócer joven.
Antonio sonrió y le mostró el segundo dedo.
—Descripción del segundo.
El chiquillo blandió una espada imaginaria y se fingió en una contienda.
—¿Un macareno? ¿Un roldán? ¡Un duelista!
Antonio se tocó el torso, dibujó una cruz y se arrebujó en una capa ficticia cuyo color indicó exhibiendo un rasguño sangrante que tenía en el codo.
—¿Manteo rojo y borgoñona? Un soldado.
Complacido, el chiquillo le palmeó el hombro. A continuación, extendió cinco dedos y después encogió todos, menos el pulgar.
—Le faltan cuatro dedos —descifró Juan.
Antonio aplaudió entusiasmado. Aparte de divertirse, sentía una inmensa liberación vomitando una experiencia que no lograba digerir en solitario y la expectativa de que Juan le ayudase a estibar aquella carga atemperaba las umbrías.
—Un bisoño ensedado y un lidiaguerras de mano fantasma —recapituló Juan—. Con razón dices que, pese a verlos de soslayo, no puede tratarse del plumilla. Tiempo ha que abandonó la bisoñez, una sor de clausura derrocha más mimbres bélicas que él y tiene la mano entera. ¡Demontres! Entonces, ¿la vaina de los Castro capitaneando la Secta es filfa? Quizá los rumores desvaríen y los curas los acusan de otra cosa. Espero que sí porque, como de veras los involucren en los Crímenes del Ritual, se les ha torcido bien el naipe. En cualquier caso, de menudo tragantón se ha librado el pechopalomo tirabuzonado de Alonso Castro. Me lo llego a cruzar pensándole hijo del herodes que masacró a mi amigo y le ombligueo la notomía.
La revelación le impactó tanto que en ningún momento relacionó al «lidiaguerras de mano fantasma» con Márquez, su patrón. Tampoco era extraño. Madrid rebosaba milicianos mancos, circunstancia que en absoluto propiciaba la asociación. Una mención a los mechones prendidos en la capa sí habría desencadenado un enlace inmediato, pero Márquez se la quitó en cuanto desmontó y, desde su clandestina atalaya, Antonio no captó el detalle.
—¿Y qué significa que los viste de soslayo? ¿Acaso no les viste el semblante?
Antonio negó. Primero se tapó la cara con el jirón de tela que había rescatado de la basura. Luego adoptó una pose femenina, gesticuló a modo de lucha, se asestó un topetazo en el gorro, se despojó de él y se agarró el cabello. Después volvió a encasquetarse el chapeo y se tapó la cara de nuevo. Terminó el relato mirando a la calle y redundando en la negación inicial.
—Asomaron embozados —tradujo Juan—. Agredieron a la chica, la chica se resistió, consiguió retirarles el sombrero y, antes de que se embozaran otra vez, les viste la pelambrera, una pelambrera diferente a la del desmayado.
Antonio formó un círculo con los brazos y alzó los ojos al cielo.
—¿Una rueda en el cielo? —preguntó Juan, rascándose la cabeza—. ¿Te refieres a la luna?
Antonio frunció el ceño desdeñando la tentativa y agitó la mano simulando airearse.
—¿Calor? ¡Ah! La rueda del cielo no es la luna; es el sol. ¿Las greñas de uno recuerdan al sol? ¡Era rubio! ¿Quién? ¿El ensedado?
Antonio asintió.
—¿Qué hay del soldado?
El niño se palpó la coronilla y, luego de negar, trazó un cerco en torno a ella, arrugó la nariz asqueado y señaló el hielo sucio del suelo.
—Tiene la coronilla pelada y rodeada de canas cenicientas.
Antonio volvió a asentir.
—De encontrarte a ese par de tarascas, ¿los reconocerías?
Antonio se amohinó en actitud de disculpa.
—No te castigues, canijo. ¡Bastante viste! En esos cerros, de noche no se distingue un carajo.
Antonio se embozó de nuevo y simuló sostener un farolillo.
—Comprendo. Los viste gracias a sus candiles. Y dime: ¿te sientes capaz de contarme cómo ocurrió?
Respirando hondo, Antonio se aferró a la figura del caballo y obedeció. Aguantó estoico durante toda la narración, pero, al concluirla, se desmoronó y rompió en llanto.
—Tranquilo, ya pasó —consoló Juan, abrazándole—. Eres un valiente, muchacho. Solo te pido un último esfuerzo. Aparte de presenciar el asesinato de Mateo, ¿presenciaste algo más? ¿Algún ritual extraño?
Como, tras escuchar su relato, intuía que Antonio ignoraba que a Mateo le habían extirpado el corazón, cuidó la manera de formular la pregunta. Si no erraba y de veras lo ignoraba, prefería ahorrarle cuitas y dejarle en aquella feliz inopia.
Y, en efecto, no erraba. Antonio lo ignoraba y por eso no entendió a qué se refería Juan con lo de ritual extraño. A modo de respuesta, volvió a representar el desenlace de la historia: blandió una espada ficticia y fingió clavarla en la espalda de alguien; después puso un puño sobre el otro, giró ambos en direcciones opuestas y, sacando una lengua lánguida, destensó la cabeza. Al final imitó el arrastre de un difunto y cerró los ojos.
—Únicamente presenciaste el asesinato. A Mateo lo ensartaron por detrás y a la Bouza le quebraron el pescuezo; luego se los llevaron y ahí acabó la función.
Apesadumbrado, Antonio afirmó.
«Así que no vio cómo descepaban a Mateo», pensó Juan. «Suerte que, al menos, se libró de tan espeluznante espectáculo; de lo contrario, nunca lo habría superado».
El niño señaló a la calle y gesticuló preguntando si achacaban el deceso de Mateo a Sebastián.
—Se me escapa. La Santa no suelta prenda, pero todo apunta a que sí.
Antonio entrechocó los dedos de las manos indicando que la gente hablaba demasiado.
—Exacto, amigo. Es rumor de mentidero y no hay certeza de que el arresto se deba a este asunto. Sin embargo, considerando que al poco de hallar los cadáveres engrilletaron al desmayado y a la parienta, no cabe otra explicación. Blanco, redondo y de gallina, ¡vamos! No sé por qué recelan de ellos, pero, si el comadreo anda atinado y de veras los acusan de matar a tu hermano y a la moza, los curas están cometiendo un error de mesa reina.
Antonio le tiró del brazo y le instó a correr tras la comitiva inquisitorial para prevenirlos de la inocencia de Sebastián.
—¿Se te ha desmadejado la chaveta, zagal? Ni de chanza haremos nada semejante. Esos measalmos blanquinegros son muy peligrosos.
Antonio imitó los aullidos de un reo en la hoguera.
—Talmente, socio. Como les endilguen el asesinato de Mateo, les auguro una muerte calentita.
El niño desorbitó los ojos y negó con violencia.
—¿Y qué pretendes? No puedes presentarte ante la Inquisición y proclamar a velas desplegadas: «resulta, señor cura, que una noche negra cual pata de hormiga divisé a dos siniestros de mimbres harto distintas al del moreno que acusáis, a quien por cierto vi besar el suelo en mitad de un paseo que de seguro no ambicionaba testigos».
Antonio encogió los hombros en actitud interrogante.
—¿Cómo que por qué? Pues porque no te creerían, compadre. Encima, iban embozados y no puedes identificarlos. Además, y sin ánimo de ofender, dudo que el testimonio de un mocoso de siete primaveras, mudo y descaletrado goce de validez en menesteres legales.
Enfurruñado, Antonio se cruzó de brazos.
—No te avinagres, canijo. ¿No comprendes que solo trato de protegerte? ¿Quién echaría cuenta a unos descomulgados que viven en el agujero de un muro conventual? Si te expones a la Santa, te embanastarán en una casa de alunados. ¿Eso quieres? ¿Que te aparten de mi vera?
Asustado, el chiquillo se abrazó a él.
—Entonces, hemos de guardar silencio. Lamento en gordo que esos infelices estén penando bellacadas ajenas, pero, si intentásemos ayudarlos, nosotros terminaríamos escaldados y ellos seguirían en las mismas. Ahora entremos en la cueva. El alba principia y necesito planchar la oreja una miaja.
La segunda amonestación concluyó de idéntica suerte que la primera: sin confesión.
La víspera de la tercera audiencia, Sebastián reflexionaba sobre la única información extraída de los interrogatorios: existía una delación.
Si bien el inquisidor no se pronunció cuando citó a Juan Torres, dedujo que no era el delator, pues, de lo contrario, ya los habrían liberado. ¿De quién se trataba, entonces?
Pensó en Damián Palacios, pero rechazó la idea.
—Damián nunca me metería en semejante aprieto por declinar una invitación a almorzar puerco —musitó para sí—. De ninguna manera mentaré su nombre ante el tribunal. No expondré a un buen hombre a los abusos del Santo Oficio merced a un peregrino barrunto fruto de la desazón.
Otra alternativa más factible le rondaba la cabeza. Enrique Valcárcel. Aunque no lograba vincularle a lo que sucedía, le intuía relacionado.
Allanó la escribanía, robó, le agredió, probablemente envenenó a don Pelayo… Siendo capaz de tamañas barbaridades para evitar la ejecución del nuevo testamento, nada le impediría neutralizar al fedatario que podía quebrarle la jugada.
Quizá indagó sobre él y, luego de averiguar los recelos del vecindario a propósito de sus raíces conversas, aprovechó que los Crímenes del Ritual revitalizaron esos recelos y lo acusó de judaizar. Sin embargo, no le cuadraba. La Inquisición lo había investigado muchas veces y nunca halló conductas censurables. ¿Qué había hallado ahora que la legitimaba a procesarlos y a mantenerlos presos, engrilletados hasta los dientes e incomunicados?
—No creo que Enrique nos haya delatado. Si pretendiese eliminarme, me habría rematado durante el asalto a la escribanía. ¿Por qué involucrar al Santo Oficio? ¿Y cómo trama conseguirlo? ¿Acaso me piensa camino del brasero? Solo así vencería, pero eso se me antoja imposible. Yo no he cometido ningún delito susceptible de hoguera.
Aunque carecía de sentido señalar a Enrique, sus tripas insistían en hacerlo.
—¿No veis que resulta ilógico? —les habló a sus tripas—. Además, no existe nexo alguno entre Margarita y Enrique. ¿Qué demonios le reprochan a ella? Es una cristiana vieja de incuestionable fervor religioso. Quizá el episodio del crucifijo ha desencadenado este desastre. Pero, entonces, ¿por qué me encierran a mí si no me encontraba en casa cuando aconteció?
Desesperado, respiró hondo y trató de serenarse.
—¡Dios bendito! Me siento tan aturdido que ya no sé qué pensar. ¡Me estoy volviendo loco!
La tercera y última monición transcurrió igual que las dos previas.
Incapaces de discernir qué confesión se esperaba de ellos, ni Sebastián ni Margarita satisficieron las expectativas del tribunal.
—Se tiene por evacuado el trámite de amonestaciones —anunció el inquisidor—. En aferrándose los sospechosos a contumaz y soberbio mutismo, dese traslado de los autos al fiscal para que formule acta de acusación.