Libelo de sangre

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CAPÍTULO 35 Metamorfosis

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CAPÍTULO 35Metamorfosis

Madrid, uno de febrero del año 1621 de Nuestro Señor.

—Aguanta, hermano —susurró Alonso a Diego mientras lo introducía en el torno de la Inclusa—. Te juro que regresaré.

Loco de dolor, huyó, encontró a una agonizante Luisa en los aledaños de la iglesia de San Sebastián y, luego de acompañarla en su triste final, se perdió en la noche de sí mismo.

Los remordimientos lo consumían. Nunca se perdonaría el abandono de Diego; sin embargo, no se le ocurrió otra forma de salvarlo. Tras un mes de ayuno, sus rollizas carnes habían desaparecido y su llanto, antes vigoroso, ya sonaba alarmantemente débil.

Le había ofrecido todo tipo de leches: de vaca, de burra, de cabra, de oveja… incluso de cerda, pero el estómago del niño solo admitía la materna y vomitaba cualquier variedad. Al principio, chupar pan, fruta o un pañuelo empapado en agua lo calmaba; después, nada surtía efecto. El pobre se desgañitaba durante horas hasta que el instinto de supervivencia acudía al rescate y lo sustraía del hambre sumiéndolo en el sueño.

Alonso desesperaba. Aquel incomprensible trance se alargaba y no atisbaba el modo de paliar las cuitas del pituso. Precisaba de Margarita o de una nodriza y, a falta de la primera, empezó a elucubrar dónde localizar a la segunda.

Aunque acarició la idea de rogar auxilio a alguna mujer con visos de estar criando, su condición de prófugo le obligó a desestimarla. De conseguir una dispuesta a ayudarle, lo tundiría a preguntas comprometidas e igual terminaba denunciándolos.

Pensó entonces en la Inclusa. Si dejase a Diego en el torno, las monjas lo alimentarían y él podría buscar a sus padres, búsqueda que la situación actual le impedía realizar porque los berrinches del rorro llamaban demasiado la atención y el miedo a ser capturado lo mantenía atado a los alrededores de la Puente Segoviana e imposibilitado de averiguar qué sucedía.

Estaba tan ocupado en ocultarse e intentar sobrevivir que ni siquiera prestaba mientes a los avatares de la Villa. De ahí que, no obstante saber de los Crímenes del Ritual, ignorase que la gente involucraba a los Castro y que, según los rumores, el Santo Oficio también lo hacía.

Las jornadas siguientes al arresto se dedicó a rondar la casa familiar aguardando el retorno de Sebastián y Margarita. Sin embargo, como siempre divisaba alguaciles en las proximidades y encima los lloros de Diego dificultaban en exceso el sigilo de la empresa, resolvió distanciar las visitas. Debía porfiar en ellas por si la cuestión se enderezaba, pero ahora solo iba de vez en cuando y mientras el bebé dormía.

El resto del tiempo no se alejaba de la Puente Segoviana. Allí compraba víveres a los feriantes foráneos, evitando así que nadie lo reconociera, y paseaba un poco para estirar las piernas. Luego volvía al refugio del río, resignado a enfrentar el acongojado y acongojante llanto de Diego, el cual comenzaba en cuanto este abría los ojos y no se interrumpía hasta que, extenuado, los cerraba de nuevo.

Aunque las circunstancias imponían una solución y la Inclusa parecía la única factible, Alonso se negaba a asumirlo. Aferrado a la esperanza, cada atardecer vertía una promesa en el oído de Diego.

—Aguanta un día más, hermano. Madre regresará mañana; entonces podrás comer.

Una gélida madrugada, después de reiterar aquella promesa a Diego, decidió que, por si acaso ese mañana no asomaba tan venturoso como él auguraba, debía hallar la manera de encararlo.

Tras el robo que sufrió la primera noche de mano del espectro y Pitusín y comprobado que el devenir de los acontecimientos no invitaba a exaltar el optimismo, concluyó tres cosas. Una, que el infierno de la indigencia era para demonios, no para ángeles indefensos; dos, que ellos apestaban a ángeles indefensos; y tres, que, aunque esperaba abandonar pronto ese infierno, mientras tuviera que habitarlo necesitaba eliminar las trazas de ángel indefenso y mutar a demonio.

La satánica metamorfosis requería tres elementos: empaque, atuendo y voz.

La estatura le procuró el empaque. Aparentaba una edad superior a sus trece primaveras y esa ventajosa particularidad desbarataba la tierna estampa de ángel.

Los ropajes del gigantón accidentado contribuyeron a borrar la apostilla de indefenso proporcionándole un aspecto torvo y harto perturbador. Así, la descomunal capa le permitía embozarse completamente; idéntica cobertura le licenciaba el enorme sombrero y, encima, como la anchísima ala de este le exigía apañárselas para ver a los demás sin que los demás pudieran verlo a él, practicó hasta adquirir la capacidad de captar el vuelo de una mosca pese a tan encapotada panorámica. Además, se acostumbró a caminar agachando la cabeza de suerte que resultaba imposible atisbarle el semblante ni con el rostro al viento ni mucho menos con el mentón besando el pecho. A este ya muy lóbrego cuadro le sumó otra siniestra pincelada: cuando se dirigía a alguien, ladeaba el cuello y miraba hacia arriba por debajo del ala de una inquietante guisa que no dejaba indiferente al interlocutor.

El último elemento de aquel singular tránsito de ángel a demonio consistía en colmar de tinieblas su aflautada voz típica del varón en ciernes. Para conseguirlo, imaginó la voz de Lucifer y se propuso imitarla. Tras mucho ensayar, aprendió a hablar arrastrando las palabras y a emplear un tono cavernoso que rezumaba peligro.

La amalgama de empaque, atuendo y voz fraguó un tétrico personaje cuyas mimbres abortaban cualquier amago de aproximación. Fuera con intenciones gentiles o fuera con intenciones aviesas, nadie osaba arrimársele, coyuntura que le facilitaba un extraordinario escudo protector.

Lástima que el «extraordinario escudo protector» apenas le rindiese, porque, mientras los padecimientos de Diego continuasen vigentes, no se atrevía a aventurarse allende la Puente Segoviana. En cuanto el niño empezaba a entonar la elegía del hambre, su halo de leviatán se derrumbaba, el retrato de ángel indefenso cuidando de rorro más indefenso todavía resucitaba y, en siendo tan inocente cuadro el que perseguía la Inquisición, se veía forzado a volver al refugio del río.

Cuando esto sucedía, estelas de Inclusa se redibujaban en el horizonte, pero el muchacho las dispersaba redundando en su promesa.

—Aguanta, hermano. Madre regresará mañana.

Sin embargo, un día ocurrió algo que devastó la promesa y barrenó su empeño en dispersar estelas de Inclusa.

Sentado en la fuente de los Caños Viejos, saciaba la sed de Diego cuando escuchó la conversación de dos paisanos que estaban llenando el cántaro.

—Desde los Crímenes del Ritual me cuesta un triunfo separarme de mis chiquillos —se lamentó uno—. Aunque la Santa haya trincado a los Castro, todavía no han desarticulado la Secta.

—Aparcad los temores —animó el otro—. He oído que también han echado el guante al oficial de la escribanía. Los curas no sueltan prenda, pero apuesto la diestra a que el triple engrilletado responde a los Crímenes del Ritual. Los Castro acaudillaban la Secta y el oficial colaboraba. Enmazmorrados los tres, los nubarrones se han esfumado.

—No se han esfumado, compadre. Los demás miembros de la Secta aún andan libres y podrían estar planeando un nuevo ritual judío.

—No creo. De seguro han visto que tocan a rebato, se han asustado y han volado. Aliviad, pues, el gesto, amigo. Ninguna zarpa maligna amenaza ya a nuestros zagales.

—Quizá, pero yo no respiraré tranquilo hasta que tuesten a Sebastián Castro. El mundo se me antojará un lugar mejor cuando ese endriago expíe sus perfidias en el infierno.

—Hasta que tuesten a Sebastián Castro… y a su parienta. Porque ¡menuda pécora, la parienta! Devota de día y bruja de noche.

Escondiendo la cara bajo el ala del sombrero y a Diego dentro de la capa, un estupefacto Alonso asistía a la tertulia.

—¿He entendido bien o me he deschavetado? —farfulló cuando los parroquianos marcharon—. ¿Los acusan de los Crímenes del Ritual? ¿Y a Lorenzo también? ¿Por eso se los llevaron? ¡No puede ser!

Determinado a salir de dudas, arrulló a Diego y esperó a que se durmiera. Entonces, obviando los riesgos de la excursión, partió a las Gradas de San Felipe, donde tardó un amén en confirmar la terrible revelación.

Abrumado, volvió al refugio del Manzanares y, una vez allí, analizó la envergadura del problema.

—¡Dios bendito! —exclamó, atragantado de la angustia—. O busco la manera de ayudarlos, o los quemarán. Sin embargo, me resulta imposible. Los lloros de Diego me limitan demasiado. Cierto que los briosos chillidos del principio se han debilitado, pero su incesante gimoteo emergiendo de la capa me delata y, ahora que ya sé la verdad, he de engrosar las precauciones. Si me capturan, moriremos todos. Mis padres, en el brasero; mi hermano, de hambre, y yo, o en el brasero como los unos, o de hambre como el otro.

En ese momento Diego despertó y el plañido comenzó.

Alonso lo observó preocupado. Percibía el sollozo demasiado frágil, su cuerpo apenas pesaba y las mejillas lucían mortecinas. Incapaz de porfiar en la reconfortante promesa de un mañana junto a Margarita y consciente de que solo le quedaba una opción, claudicó.

Las circunstancias le conminaban a dejarlo en la Inclusa. Las monjas lo alimentarían y él ganaría libertad de movimientos. Sabía que los remordimientos le atormentarían siempre, pero también sabía que era el único modo de salvar al niño, a sus padres y a sí mismo.

La desgarradora madrugada del uno de febrero de 1621, Alonso regaló vida a Diego introduciéndolo en el hueco de un cilindro que hablaba de muerte.

Tras acompañar a Luisa hasta las postrimerías del último hálito, sus pasos le condujeron de regreso a la Inclusa. Allí se apoyó en sus muros y, quebrado por la pena, rompió a llorar.

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