Libelo de sangre

Libelo de sangre


CAPÍTULO 36 Días de gallofa

Página 41 de 67

CAPÍTULO 36Días de gallofa

Una noche, poco después de abandonar a Diego, estalló una brutal tormenta y el Manzanares se desbordó.

Temiendo que la corriente lo arrastrase, Alonso no se atrevía a dormir. Tiritando de frío, arrebujado en la capa y encastrado en la pared del arco de la Puente Segoviana, decidió encarar la obligada vigilia haciendo una comprobación.

Encendió un torzal y se sacó de los ropajes el cartapacio que Sebastián le confió antes del arresto.

Hasta entonces, entre lo desconcertante de la situación y las cuitas de Diego, ni siquiera lo había recordado, pero ahora, descubierto el presunto motivo del prendimiento, intuía que el cartapacio estaba vinculado a lo sucedido.

—Padre lo cogió en cuanto la Santa empezó a aporrear la puerta y en un momento así de apremiante uno solo se ocupa de lo crucial —infirió mientras desataba los cordones del cartapacio—. Aquí dentro ha de haber algo capaz de aclararme qué diantres ocurre.

Extrayendo el documento que contenía el cartapacio, lo leyó.

—Ante mí, Sebastián Castro, escribano del número de la Villa y Corte de Madrid, a dieciséis de noviembre del año 1620 de Nuestro Señor, Pelayo Valcárcel de Lozoya y Torrejón otorga última voluntad.

Perplejo, frunció el ceño.

—¿Un testamento? ¿Qué pinta un testamento en todo este disparate?

Continuó leyendo y, al terminar, metió el legajo en el cartapacio y se lo guardó de nuevo.

—He de localizar al tal Pelayo Valcárcel y preguntarle por qué padre consideraba su testamento tan importante como para procurarle custodia en una tesitura en extremo acuciante. Luego averiguaré dónde los tienen encerrados y encontraré la forma de reunirme con ellos sin que me engrilleten a mí también. Necesito que me expliquen qué carajo está pasando y por qué los culpan de los Crímenes del Ritual.

De repente, una tromba de agua lo empapó.

Increpando al Manzanares, a las glaciales temperaturas y, muy en particular, a la Inquisición, se apretó más contra el muro y reanudó las elucubraciones.

—Mañana acudiré a San Felipe e indagaré sobre Pelayo Valcárcel. De paso me agenciaré una escudilla de comida. No queda una blanca en la faltriquera del titán finado y mi gazuza anda igual de subida que el río.

Amaneció exhausto, calado, congelado y famélico; sin embargo, reacio a perder el tiempo en lamentos, se embozó y puso rumbo a las Gradas.

Llegó cerca de las once, cuando el mentidero rebosaba gente, pero, aunque estuvo un buen rato arrimado a los corrillos y con las orejas tiesas, nada escuchó a propósito de Pelayo Valcárcel.

Frustrado y desfallecido de hambre, se unió a la fila de menesterosos que esperaban el reparto de la sopaboba.

Mientras pensaba cuán insólito le resultaba verse en aquella calamitosa hilera de desventurados, las puertas se abrieron y dos frailes emergieron del interior olla en mano. De inmediato los postulantes de yantar se agolparon en torno al puchero provocando tal algazara de gritos, insultos, escupitajos, empujones y codazos que Alonso resolvió separarse un poco para eludir problemas.

Lástima que los problemas no le eludieran a él. En mitad de la confusión reinante, un hombre esquelético se colocó a su espalda, le palpó la capa y comenzó a hablar de manera sinuosa.

—En no pudiendo los de nuestro linaje costear estas calidades, me la barrunto robada y, como quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón…, perdonado quedo.

Entonces tiró de la prenda de tan fiera guisa que, si Alonso no hubiera reaccionado al instante brincando hacia atrás, habría logrado consumar el delito.

Consciente de que no debía llamar la atención, el muchacho reprimió el impulso de arrearle una turronada al mangante y se limitó a defenderse explotando su reciente metamorfosis, la cual ciertamente no requería de violencias para amedrentar al personal.

Le bastó encajarse el sombrero, agachar la cabeza, erguirse cuan alto era y emplear su ensayada voz de Lucifer.

—Los de nuestro linaje no roban a un compañero de fatigas, maese. Rozadme de nuevo y juro por Dios que os quito las ganas de afanarme siquiera el saludo.

Acoquinado, el hombre echó a correr y desapareció entre la muchedumbre.

Alonso miró en derredor y, luego de constatar que nadie había prestado mientes a la bronca, se reincorporó a la fila.

Cuando le llenaron la escudilla, se alejó sorbiendo el caldo. Sabía a col podrida y a tocino rancio, pero, al menos, estaba caliente.

Pese a lo desdichado de su situación, sonrió.

«La mutación de ángel a demonio se me antoja de lo más provechosa», pensó, dando el último trago a la escudilla. «De toparme ahora con el espectro y Pitusín, otro gallo cantaría».

Ir a la siguiente página

Report Page