Libelo de sangre

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CAPÍTULO 37 En casa de don Pelayo

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CAPÍTULO 37En casa de don Pelayo

—Ante mí, Sebastián Castro, escribano del número de la Villa y Corte de Madrid, a dieciséis de noviembre del año 1620 de Nuestro Señor, Pelayo Valcárcel de Lozoya y Torrejón otorga última voluntad.

Al anochecer, en el refugio de la Puente Segoviana, Alonso leía y releía el testamento en busca de alguna alusión al paradero de Pelayo Valcárcel.

—¡Zagal estúpido! —exclamó de pronto—. ¡En las narices lo tenía y no lo veía! «Yo, Pelayo Valcárcel, domiciliado en la calle de la Palma». ¡Helo aquí! Le visitaré mañana mismo. Debo, no obstante, urdir la forma de llegar hasta él; de seguro es un principal y, luciendo estos pertrechos, no creo que la servidumbre me rinda pleitesía. Muy al contrario, en cuanto me acerque, me echarán.

Luego de un rato de reflexión, elaboró un plan.

Asomaría embozado y solicitaría audiencia con don Pelayo. Cuando el mayordomo amagase expulsarlo, le soltaría una homilía relativa a lo engañoso de las apariencias y le forzaría a atenderlo.

Superado este escollo, se presentaría como un antiguo camarada de don Pelayo residente en el extranjero: Arturo Cruz de Astaldama, conde de Taraldaya.

Don Pelayo no reconocería el nombre y la posibilidad de agraviar a un notable le empujaría a recibirlo. Ya frente a él, se confesaría amigo de Sebastián, le interpelaría a propósito del testamento y, de terciarse, también le enseñaría el documento. Aunque su padre le conminó a no mostrarlo a nadie, la espinosa situación exigía asumir el riesgo. Además, el instinto le incitaba a confiar en don Pelayo y le aseguraba que, de revelarle la verdad, lejos de denunciarle, le ayudaría.

No temía que lo vinculasen al hijo fugado porque, si vestido de guisa normal, no aparentaba ser un mancebo de trece años, disfrazado de Belcebú, ni siquiera aparentaba ser humano. No obstante, mantendría la alerta activada en todo momento y, al mínimo recelo que percibiese en su interlocutor, se aventaría.

Rematado el plan, se encomendó a Dios, se acomodó en el suelo y trató de dormir.

Al día siguiente, se desperezó, volvió a encomendarse a Dios e inició camino.

Sorteó el insólito número de tartanas que, rumbo a los mercados, atestaban la Puente Segoviana y subió la Cuesta de la Vega. Cruzó las Losas de Palacio, los Caños del Peral, la plazuela de Santo Domingo, recorrió San Bernardo y arribó a la mansión Valcárcel.

Respirando hondo, se embozó en la capa, se caló el sombrero, adoptó su inquietante aire de ente tétrico y enfiló el zaguán. En la entrada un lacayo sujetaba las riendas de un soberbio purasangre negro y un portero custodiaba la puerta.

El lacayo estaba en posición de firmes y, cuando vio a Alonso, ni se inmutó. El portero, en cambio, torció el gesto y se puso en guardia.

Esquivando caballo y lacayo, Alonso se acercó al portero, elevó un ápice la cabeza, ladeó el cuello y lo miró bajo el ala del sombrero.

—Deseo saludar a don Pelayo Valcárcel —dijo con voz de ultratumba—. Ruego a vuesa merced me lleve a su presencia.

—¿Llevaros a vos ante mi señor? —replicó el portero, disfrazando de desprecio el temor que le suscitó tan oscuro individuo—. ¡Fabuláis! No pienso llevaros a ninguna parte, así que despejad la zona al punto.

—No me apeéis el tratamiento, amigo —exhortó Alonso, fingiéndose ofendido—. Yo os he brindado el vuesa merced que estimo merecéis y demando idéntica deferencia.

—Yo merezco el vuesa merced; un harapiento pestilente no merece ni el de los esclavos. Agradeced, pues, que os dedique el vos. Y ahora largaos.

—Resulta aventurado juzgar al prójimo conforme al ajuar —repuso Alonso con el mentón pegado al pecho—. Los harapos proporcionan anonimato y os asombraría saber la cantidad de próceres que trasiegan la ciudad camuflados de tal suerte. Les permite pasear de incógnito, estudiar la naturaleza de las gentes, comprobar quiénes muestran humanidad no obstante la fachada y quiénes, merced a la fachada, obvian la humanidad e increpan sin causa. El propio soberano gusta mucho de esta práctica. En ocasiones la delega en sus íntimos y después les pide razones para premiar a los usuarios de humanidad y castigar a los devotos de la grosería. Cuidado, caballero. La bienvenida que recién me dispensáis podría enojar a don Pelayo Valcárcel… y también al Rey de las Españas.

La treta funcionó.

Desconcertado, el portero escrutó a Alonso y advirtió que, pese a sus sórdidas trazas y su velada faz, destilaba hidalguía. Además, aunque hablaba como si morase en el infierno, se expresaba de un modo autoritario y en extremo cultivado. ¿Sería un comisionado real? Ciertamente múltiples aristócratas, monarca incluido, acostumbraban a calzarse avíos de limosnero y espiar al pueblo.

Convencido de que estaba frente a uno de esos aristócratas, resolvió eludir problemas y reculó.

—Excusad la aspereza, señor. Me han encomendado atalayar estos predios e intento desempeñar mi tarea con la mejor diligencia, desempeño que requiere exceder el rigor y moderar las confianzas. Si vuesa merced me traslada su nombre, complacido os anunciaré a mi patrón.

—Excusado quedáis —contestó Alonso en actitud condescendiente—. Soy Art…

En ese momento, Enrique salió del interior de la casa.

Lujosamente emperejilado, lucía greguescos de terciopelo rizado toledano de color gris perla, ropilla a juego, rígidos brahones de los que emergían mangas perdidas, borceguíes forrados con piel de marta, zapato fino de roseta, capa de albornoz revestida de armiño, un alfiler de oro abrochándola, guantes de gamuza perfumados de ámbar, sombrero de castor y un cintillo de diamantes alrededor de la copa.

Al ver que portero y lacayo se doblaban en una reverencia, Alonso le supuso Pelayo Valcárcel e, intrigado, le estudió. Al principio le pareció de mimbres galantes y rasgos agraciados, pero, cuando encaró sus ojos, se estremeció. De un intenso y gélido azul, las tinieblas de aquella mirada le impactaron tanto que de manera involuntaria retrocedió.

—¿Qué hace este pisacardos en mis feudos, Fredesvindo? —Le escuchó interpelar al portero.

—Señor, yo… —tartamudeó el aludido, amedrentado.

—Busco a don Pelayo Valcárcel —intervino Alonso—. ¿Me hallo ante él?

Al oír la mención paterna, Enrique se tensó. No alcanzó a entender el motivo, pero de repente recordó a Sebastián Castro y un fugaz brillo de miedo le prendió las pupilas.

—Os halláis ante Enrique Valcárcel —informó, intentando distinguir el semblante del desconocido—. ¿Quién sois vos?

Desconcertado, Alonso frunció el ceño. El testamento nombraba heredero a Enrique Valcárcel; si el mancebo de ojos de hiel era Enrique Valcárcel y llamaba «mis feudos» a los de don Pelayo, ¿dónde paraba don Pelayo, entonces?

Determinado a averiguarlo, decidió abortar el plan inicial. Esgrimiendo un título nobiliario pretendía embaucar al criado temeroso de las represalias del amo y al amo temeroso de las represalias de un conde agraviado, pero no al hijo del amo, que ni tenía amo a quien temer ni parecía presto a creerle conde de ningún sitio.

Necesitaba adjudicarse una identidad más vulgar que no interesase a Enrique y, a la vez, le instase a ordenar al tal Fredesvindo que le guiase hasta don Pelayo. Ya lidiaría después la bilis del portero, que de seguro se sentiría burlado tras haberse tragado el cuento del espía real.

—Responded a mi pregunta —se impacientó Enrique—. ¿Quién sois?

—José del Pozo Viejo, oficial de don Tobías Trujillo —improvisó Alonso, obviando el furibundo aspaviento del portero—. Don Pelayo encargó un jubón a don Tobías y este me envía para verificar las medidas que constan en nuestros libros de registro.

—¡Qué raro! Mi padre y yo siempre acudimos a Desiderio Trocón, uno de los mejores jubeteros de Madrid.

—El gremio de jubeteros está saturado de trabajo, señor —fabuló Alonso, esperando no decir ninguna astracanada que le delatase, pues lo ignoraba todo sobre el gremio jubetero—. Don Desiderio y mi patrón son amigos. Quizá el uno no pudo atender el pedido de don Pelayo y se lo cedió al otro.

—Mi padre ha fallecido, de modo que poco importa ya —declaró Enrique en un tono sorprendentemente impasible.

Alonso quedó noqueado. ¿Don Pelayo fallecido? ¡Si acababa de testar!

—¿Muerto? —balbuceó—. ¿Ha… muerto?

—Sucumbió a unas fiebres en la Epifanía del Señor —explicó Enrique, renovando los intentos de atisbarle el semblante—. ¿Qué sucede? Os noto turbado bajo ese enorme sombrero con el que ocultáis el rostro de tan descortés suerte.

Imaginando al heredero capaz de facilitarle información, Alonso se planteó entrar en detalles, pero el mismo instinto que lo animó a confiar en el padre, le selló los labios frente al hijo. Aquel tipo le provocaba un repeluzno mayúsculo y las tripas le recomendaron guardar silencio; muy en particular, en lo relativo al testamento.

—La Parca turba a cualquiera, don Enrique —se limitó a contestar—. Os acompaño en el sentimiento. En cuanto al embozo, lamento la descortesía. Mi salud renquea y he de proteger la testuz del relente.

—En mi opinión, os renquea más la educación —espetó Enrique, zanjando la conversación, subiendo al caballo y espoleándolo—. Marchaos y transmitid a vuestro patrón la cancelación de ese encargo. Con Dios.

Cuando desapareció, la cólera del portero no permitió a Alonso digerir la demoledora noticia.

—Así que me asombraría saber la cantidad de próceres que trasiegan la ciudad disfrazados de andrajosos, ¿eh? —bramó, abalanzándose sobre él vara en ristre—. ¡Maldito rodamontes patrañero! Como vuelvas a asomar el hocico por aquí, te descalabro.

Alonso echó a correr y no aminoró hasta alcanzar la plazuela de Santo Domingo. Allí, a salvo ya de enojos cancerberos, caminó hacia la Puente Segoviana sumido en una tolvanera de elucubraciones.

La cercanía entre la fecha del testamento y el ocaso de don Pelayo le escamaba. Quizá este enfermó y, vaticinando un desenlace fatal, otorgó última voluntad; sin embargo, algo chirriaba.

La actitud de Enrique tampoco se le antojaba normal. ¿Por qué sus espeluznantes ojos brillaron de miedo cuando él mencionó a don Pelayo? ¿Y por qué le comunicó la defunción con la indolencia de quien habla de un extraño? Recién perdía a su padre. ¿No debería prodigar aflicción?

Lo mismo ambos andaban a la gresca. Fuentes de discordia no faltaban, desde luego. En el testamento don Pelayo admitía la paternidad de un bastardo y le asignaba un abultado legado. Si Enrique se enteró, probablemente no celebró ni la existencia de un hermanastro adulterino ni el reparto de la herencia.

Pero ¿cómo encajaban las desavenencias familiares de los Valcárcel en el arresto de los Castro? ¿Por qué Sebastián le entregó el testamento en cuanto escuchó golpes en la puerta? ¿Acaso lo vinculó a la visita inquisitorial? ¿Acaso sabía que podía ayudar a demostrar su inocencia? Pero su inocencia ¿en relación con qué delito? ¿Con los Crímenes del Ritual? ¿Y qué pintaban los Valcárcel en esos crímenes? Y, sobre todo, ¿qué pintaban sus padres? Y si Sebastián pensaba que el testamento podía ayudar a demostrar su inocencia en lo que fuera que los acusasen, ¿por qué le exigió esconderlo en lugar de pedirle que se lo enseñase a los frailes?

—No entiendo un carajo, ¡rediez! —masculló, desmoralizado.

No entendía un carajo… ¿o sí entendía? Las cosas no cuadraban… ¿o sí cuadraban?

Porque, aunque todo sonaba cacofónico y desordenado, él intuía una sinfonía de estructura perfecta; una sinfonía que, lejos de serenarlo, lo desazonaba mucho, pues la percibía elegiaca y profeta de tragedias.

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