Libelo de sangre
CAPÍTULO 38 La Bolsa de la Esperanza
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CAPÍTULO 38La Bolsa de la Esperanza
Sumido en caóticas cavilaciones y oscuros augurios, Alonso llegó a la calle Nueva de la Puente.
Hambriento, aterido, extenuado, desesperado y desorientado, la tentación de refugiarse en don Martín arreciaba.
—El maestro no dudaría en ampararme, pero ¿cómo exponerlo a la Inquisición de tan peligrosa suerte? Si le descubrieran protegiendo a un prófugo, lo arrestarían.
De repente, dos palabras escaparon de aquel argumentario y le iluminaron la mente: amparo y protección. ¡Claro! ¡He ahí la solución! Sus padres necesitaban alguien que los amparase y protegiese. ¡Necesitaban un abogado!
—¿Y de dónde diantres saco el peculio para pagar un abogado? —Gruñó abatido mientras sorteaba el cotidiano tráfico del lugar—. ¡Si no me queda una blanca!
De pronto, varias damas, hartas del atasco que saturaba la Puente Segoviana, se apearon de sus sillas de manos y, en jovial griterío, cruzaron la plataforma a la carrera.
Alonso imaginó que se dirigían a una fuente ubicada en la orilla opuesta del Manzanares que su madre frecuentaba mucho. La llamaban fuente del Acero y suministraba unas aguas ferruginosas sanadoras de la opilación, esa extraña enfermedad que solo atacaba a las hembras y que a él se le antojaba un arcano insondable. No entendía en qué consistía y nadie se lo aclaraba, porque el sector femenino no admitía preguntas sobre el particular y el masculino no sabía responderlas.
Don Martín parecía el único conocedor de la incógnita, circunstancia de muy tibia utilidad, sin embargo, pues sus magníficas dotes pedagógicas decaían de manera ostensible cuando de explicar el asunto se trataba. Al menos, eso demostró un día de escuela en que un niño le interpeló al respecto y brindó tan enrevesada contestación que, lejos de desentrañar el misterio, lo enredó aún más.
—La cuestión gira en torno a la visita de una dama colorada que las mujeres reciben una vez al mes. En ocasiones la dama no se presenta, lo cual puede ocurrir por dos razones: o bien la mujer ha encendido fuegos que provocan un abultamiento abdominal, tesitura jubilosa o angustiosa según los casos, o bien sufre de opilación, trastorno que se diagnostica cuando ni la dama colorada asoma ni el abdomen se abulta y que, en opinión de los galenos, deriva de la afición femenina a masticar barro.
Semejante parrafada recabó un desconcertado silencio y su autor, un montón de ojos mirándolo como se mira a un desnortado. Únicamente Juan de la Calle descifró el jeroglífico y, ante el pasmo general, estalló en socarronas risotadas.
—Juanillo, ¿has visto la nevada de hoy? —siseó don Martín en tono torvo—. Suelta alguna de tus habituales patochadas y pasarás una jornada en el patio que te congelará las ganas de chanza.
—Maestro, ¿por qué a las mujeres les sale una joroba en la panza cuando encienden fuego? —inquirió un muchachito desdentado.
—Se refiere a los fuegos de la tripa, melón —informó otro de pelo hirsuto—. Así llaman los cultivados a los pedos. Si la mujer se atiborra a garbanzos, enciende los fuegos de la tripa y entonces se le hincha.
—Pero el maestro ha dicho que el hinchamiento tripal es jubiloso o angustioso según los casos —insistió el desdentado—. ¿En qué casos los fuegos de la tripa son jubilosos y en qué casos son angustiosos?
—Está muy claro, bocapez —intervino un tercero que chupeteaba un trozo de pan—. Los pedos que uno se tira con mucho gusto son jubilosos y los que cuesta expulsar son angustiosos.
—Entonces, si no recibimos visita de una dama vestida de colorado y mi madre se tira pedos, ¿es que ha enfermado? —infirió el desdentado, frunciendo el ceño.
—¿A qué te refieres? —Bizqueó don Martín, que asistía atónito a la disparatada conversación.
—Habéis dicho que, si la señora de rojo no viene a casa y la tripa de mi madre se hincha, todo marcha más o menos bien, pero que se le diagnostica una enfermedad si la señora no asoma y a mi madre se le deshincha la tripa arrojando los fuegos que ha encendido comiendo garbanzos. De momento, me siento tranquilo porque, como a mi madre no le placen los garbanzos, no enciende fuegos; como no enciende fuegos, no se tira pedos, y, como no se tira pedos, arrastra una buena panza. Sin embargo, ¿y si empieza a pearse, la barriga desaparece y la encopetada no aparece? ¿He de suponerla enferma?
—Pues mi madre se pea un montón y afirma que su tripa es más plana que el gracejo de mi padre —se alarmó un rapacillo que padecía un tic nervioso y guiñaba los ojos constantemente—. Encima, ninguna señora de rojo nos ha rendido pleitesía. ¿Eso significa que mi madre sufre dilapición, maestro?
—Se dice compilación, ¡guiñoloco! —corrigió el que chupaba pan.
—¿Qué compilación ni qué compilación? —desdeñó el pelo pincho—. Se dice disipación, ¡espantapájaros!
—Se dice opilación, ¡merluzos! —rezongó don Martín, lanzando una mirada asesina a Juan, que lloraba de la risa.
—¿Qué importa compilación o depilación cuando recién me entero de que mi madre se está muriendo? —rebatió el chiquillo, tan azorado que incrementó los guiños.
—¿Seguro que no afecta a los hombres? —se interesó un quinto arrapiezo—. Mi padre siempre comenta que mi madre le enciende todos los fuegos del cuerpo; sin embargo, como también se pea de continuo, no tiene la tripa redonda. Y la señora de rojo tampoco ha pasado por mi casa. Aunque, ahora que lo pienso…, acaso lo ha intentado y, al oler el tufo de los fuegos de mi padre, ha huido despavorida.
—¿Os podéis callar de una vez, cuadrilla de animales? —vociferó don Martín—. ¿En qué momento me he expresado yo en términos escatológicos?
—A mí muy lógicos no se me antojan vuestros términos, maestro, pero me habéis dejado tieso anunciándome la muerte inminente de mi madre —protestó el del tic nervioso.
Una nueva explosión de carcajadas resonó en la parte trasera del aula.
—Juanillo, cesa el jolgorio de inmediato o palabra de honor que no abandonarás el patio en lo que resta de invierno —exhortó don Martín, enojado—. ¿Por qué no me ayudas a aliviar la curiosidad de tus compañeros? El Altísimo te lo recompensaría.
—El Altísimo anda igual de entretenido que yo y no me agradecerá que le estropee la comedia —replicó Juan, enjugándose las lágrimas—. No os detengáis, dómine. Os explicáis de tan cristalina guisa que lo mismo la dama de rojo termina visitándonos a nosotros y se une a la tertulia.
Salvo Juan, que sí parecía versado en el tema, nadie entendió quién era la enigmática dama de rojo y en qué consistía la opilación. Alonso tampoco. Por eso, cuando vio aquel tropel de mujeres corriendo hacia la fuente del Acero, decidió seguirlas y resolver la incógnita.
Sin embargo, al llegar, no observó nada concluyente. Un nutrido grupo de señoras bebía de los caños y otras aguardaban su turno charlando animadamente. Mientras, un enjambre de caballeros pululaba alrededor, circunstancia en absoluto inusual, pues, como cualquier enclave de frecuente tránsito femenino, los varones solían garbear la zona esperando cruzarse a la amada para requebrarla o, en el colmo de la fortuna, arrancarle una cita.
Frustradas las pesquisas, Alonso volvió a atravesar el puente sumido en sus actuales y más acuciantes desvelos.
Pese a resultar inviable, continuaba acariciando la idea del abogado y, pese a no dejar de acariciar la idea, le seguía resultando inviable.
Cerca de los lavaderos, escuchó cantar a la lavandera de voz similar a la de Margarita y, cerrando los ojos, echó a volar los recuerdos.
Mañanas de escuela, tardes de ajedrez, madrugadas leyendo a don Quijote, gallegadas de Teodora, gorjeos de Diego, ternuras maternas, confidencias paternas…
De repente, pegó un respingo y abrió los ojos. ¡Confidencias paternas!
Al instante evocó una noche de hacía meses en que, tras marchar Lorenzo de la escribanía, quedó a solas con Sebastián traduciendo latín y, antes de regresar a casa, este le contó un secreto.
Primero extrajo una piedra del sillar situado bajo la ventana y le mostró una cavidad oculta; después apartó unos legajos y señaló un hatillo de color rocoso.
—¿Ves el fardillo del fondo? —le preguntó.
—¿Ese trapo viejo?
—No es un trapo viejo, Alonso; es una bolsa especial. Se llama Bolsa de la Esperanza.
—¿Por qué se llama de esa extraña guisa?
—Porque contiene esperanza, hijo mío.
—La esperanza no se contiene; se tiene.
—Aguda observación, muchacho —sonrió Sebastián—. Y no te falta razón, pues ciertamente esa bolsa no contiene esperanza, sino algo capaz de reavivarla cuando esta agoniza.
—¿Qué contiene?
—Dinero.
—¿Una bolsa de dinero llamada Esperanza? —repuso Alonso, escéptico—. No estimo al vil metal digno de tan bello nombre.
—Utilizado de cristiana suerte, el vil metal torna en luz de esperanza, hijo. Y, como yo he utilizado el dinero que contiene esa bolsa de muy cristiana suerte, ya no es vil; ahora es fuente de esperanza.
—¿De qué cristiana suerte lo habéis utilizado?
—Llevo años ahorrándolo para protegeros a Diego y a ti de las desventuras que el destino os depare. De perder algún día la esperanza, la Bolsa os ayudará a recuperarla.
—¿A qué desventuras os referís, padre? ¿Acaso se avecinan problemas?
—No creo; sin embargo, hombre precavido tarda más en caer herido y, como ignoro en qué curva del camino acecha el infortunio, prefiero adelantarme a él. Diego aún no ha celebrado su primer abril, pero tú ya eres adulto y debes saber de la Bolsa de la Esperanza. Nadie está al corriente. Tampoco Lorenzo y ni siquiera tu madre. ¿Mantendrás silencio sobre el particular?
—Claro que sí. Podéis confiar en mí.
—¿Juras por tu honor que solo emplearás esas monedas cuando te sientas carente de esperanza y al borde del abismo?
—Lo juro.
—¿Juras por tu honor que no las emplearás en ninguna otra coyuntura?
—Lo juro.
—Recién formulas un juramento de honor, Alonso. Nunca quebrantes un juramento de honor, muchacho. La palabra comprometida vincula al caballero y la cumplida lo ennoblece.
—No quebrantaré mi juramento. Sin embargo, no alcanzo a comprender qué es lo que he jurado. Entiendo que he de gastar los cuartos si pierdo la esperanza, pero si pierdo la esperanza ¿en qué?
—En conquistar tus sueños, hijo. Solo debes utilizar la Bolsa de la Esperanza cuando algún sombrío avatar te arrebate la esperanza de conquistar tus sueños. ¿Recuerdas nuestro lema de ajedrez?
—Jamás permitas que el rey muera, porque entonces la partida termina —recitó Alonso—. El ajedrez es la vida y el rey son los sueños; si abandonas la lucha de los sueños, los sueños morirán y, si los sueños mueren, la vida termina.
—Estupendo, muchacho —aplaudió Sebastián, regocijado—. Has de saber que la esperanza late en los sueños como el corazón late en el hombre. Mientras el corazón palpite, el hombre seguirá respirando aunque parezca que en su cuerpo ya se acabaron las primaveras. Igual ocurre con los sueños. Aunque parezca que todo está perdido, mientras la llama de la esperanza titile, el sueño seguirá vivo. Recuérdalo siempre, Alonso: mientras sientas palpitar la esperanza de un sueño, no renuncies a él.
—Tranquilo, padre. Ningún avatar sombrío me apartará de mis sueños.
—Si alguna vez te desmoronas y no vislumbras el camino, ven aquí y coge la Bolsa de la Esperanza. Ella te guiará.
—¿Y en qué he de invertir el dinero?
—Lo sabrás cuando se presente la ocasión… si se presenta, Dios no lo quiera. De momento, me conformo con que conozcas de este pequeño tesoro y del lugar donde lo oculto. Ahora disfrutas de una existencia dichosa y exenta de fatigas, así que supongo que olvidarás cuanto recién te desvelo. Sin embargo, de terciarse las circunstancias, insisto en que Dios no lo quiera, ten por cierto que esta conversación y la Bolsa de la Esperanza regresarán a tu memoria.
—¿Y si la gasto en algo incorrecto? ¿Y si, creyéndome en un lance extremo, gasto los cuartos y luego me percato de que no era para tanto? ¿Rompería mi juramento de caballero?
—Eso no sucederá, hijo. Confía en ti… y en la Bolsa de la Esperanza. Ella prenderá luz en tus peores tinieblas.
Los vaticinios de Sebastián se cumplieron.
Alonso olvidó aquella charla y no volvió a recordarla hasta que se desencadenó un avatar francamente sombrío. Entonces, tal como le anunció Sebastián, la Bolsa de la Esperanza prendió luz en sus tinieblas y le indicó el sueño por el que debía luchar: recuperar a su familia. En consecuencia, tenía que gastar el dinero en un abogado capaz de liberar a los Castro.
—Iré a la escribanía esta noche. Seguro que la Inquisición no ha descubierto el escondite; de lo contrario, no se me habrían iluminado las mientes. Si he recordado la Bolsa de la Esperanza es porque continúa allí.
La madrugada avanzaba cuando cruzó una desierta plaza de San Salvador.
Tras verificar que, transcurrido más de un mes desde el arresto, ya nadie vigilaba el acceso a la escribanía, se acercó y encendió un torzal.
La puerta lucía un pergamino clavado en la madera. «Propiedad precintada a instancia de la autoridad vigente. Prohibido el paso so pena de prisión», rezaba.
Intentó abrirla, pero, como estaba cerrada, metió la mano entre las rejas de la ventana, rasgó el papel encerado con su cuchillo y maniobró el pestillo interior hasta accionarlo.
Cuando entró y enfrentó una estancia absolutamente vacía, un nudo le oprimió la garganta. No quedaba nada. El bufete de Sebastián, los enseres de escritura, la librería, la colección de libros, el velón, los candiles, el brasero, las jamugas, las cortinas, los búcaros, la mesa cantarera, la de Lorenzo, el contador italiano regalo de su esposa… Todo había desaparecido.
—¡Bastardos! —mascullo, encrespado—. No han dejado ni el polvo, ¡mal rayo los parta!
Sin perder tiempo, se arrodilló junto a la ventana y, al ver la piedra intacta, sonrió aliviado. La extrajo y allí estaba: rodeada de legajos, la Bolsa de la Esperanza.
La agarró, se la guardó en los ropajes y marchó.
En el refugio del puente desenvolvió el hatillo y soltó un silbido de admiración.
—¡Por Cristo! ¡Menuda fortuna! No le faltaba razón a mi padre cuando afirmó que la Bolsa de la Esperanza podía reavivar la esperanza. ¡Y tanto que la ha reavivado! Gracias a estos cuartos, la bendita esperanza brilla ahora con bríos renovados.