Libelo de sangre
CAPÍTULO 39 El Abogado de las Causas Imposibles
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CAPÍTULO 39El Abogado de las Causas Imposibles
El licenciado Bernardo Núñez de Belmonte era conocido en la Villa como el Abogado de las Causas Imposibles.
Lejos de lo que pudiera parecer, tan florido título no aludía a heroicas batallas judiciales, sino a lides abyectas.
Había ciertos procedimientos, llamados de injusticia o iniquidad, en los que la pretensión de una de las partes pecaba de tal ignominia que no merecía defensa y, de obtener el beneplácito judicial, comprometería el crédito de la Justicia.
El reglamento de la abogacía prohibía a sus ejercientes intervenir en esta clase de procedimientos y, pese a las babilónicas remuneraciones que los clientes interesados en su sustanciación les ofrecían, los letrados solían acatar la prohibición. Una minoría la acataba por ética sincera; la mayoría, por una ética farisea que, en realidad, ocultaba el temor a la censura del gremio, y la totalidad, por prudencia, para no incrementar de forma innecesaria su historial de fracasos, pues únicamente un exiguo grupo de avezados cosechaba sentencias favorables en la defensa de casos deshonestos.
Bernardo Núñez de Belmonte no integraba ni la minoría ética, ni la mayoría farisea, ni la totalidad prudente; integraba el exiguo grupo de avezados que cosechaban sentencias favorables en la defensa de casos deshonestos.
Y no solo integraba aquel exiguo grupo de avezados; podía afirmarse sin riesgo de caer en la hipérbole que lo presidía, porque era un auténtico virtuoso del derecho, capaz de arrancar al juez la absolución del asesino tras convencerle de que la víctima actuó de mala fe muriéndose.
Semejante pericia le permitía coger casos de injusticia o iniquidad, ganarlos… y facturarlos en proporción al éxito recabado, o sea, con unas minutas desorbitadas.
Aunque tamaños triunfos suscitaban una enorme admiración en el colectivo legal, lejos de manifestarla, este los condenaba tildándolos de «vejaciones del oficio y de la Justicia», condena que, amén de acarrear el rechazo del gremio, también acarreaba el de la alta sociedad, siempre reacia a arrimarse a los apestados.
Así, debido al encono de sus colegas y a la aprensión de la élite, en lugar de paladear el almíbar de la admiración, Bernardo tragaba el acíbar de la marginación.
Sin embargo, la marginación de la alta sociedad no era absoluta, porque, si bien nadie reconocía que contrataba sus servicios, los aristócratas, los comerciantes prósperos e incluso las cumbres clericales sí lo hacían. No para temas lícitos, huelga decir; esos los encomendaban a los célebres, que, aparte de solucionarles los problemas cotidianos, engrosaban su prestigio, pues utilizar lo mejor de cada casa hablaba de señorío.
A Bernardo le encargaban asuntos espurios y camandulerías vidriosas que ni los célebres ni, en general, ningún profesional respetuoso de la ley aceptaría.
Él se resignaba a su suerte y, aunque esa suerte le rentaba, y de magna guisa además, gustoso la habría ahuyentado, porque, pese a su turbia práctica del derecho, no siempre fue un abogado de alas negras.
Oriundo de una aldea de Lugo, nació en una familia muy pobre, trance que le obligó a crecer alimentando el cuerpo con frugal pitanza y la mente con un férreo objetivo: emanciparse de la miseria.
Aferrado a tan estimulante objetivo, luchó hasta la extenuación para costearse la formación en la Universidad de Salamanca y, tras años de ahincado estudio, múltiples calamidades y lacerantes hambres, se convirtió en un erudito saco de huesos dueño de un diploma que pesaba más que él.
Adquirido el grado de bachiller en Leyes, penó otro largo lustro de preceptiva pasantía en el despacho de don Carlos Román, un abogado de los Reales Consejos salmantino que exprimió al máximo su genuina maestría jurídica.
Una mañana don Carlos entró en el habitáculo donde Bernardo prácticamente vivía y le anunció su decisión de ascenderle de pasante a pasante de pluma. Al principio el joven se alegró, pero, cuando se percató de lo que entrañaba, maldijo la promoción y maldijo al patrón.
El pasante a secas analizaba los pleitos nuevos, dictaminaba si cabía o no defensa acorde al código deontológico, elaboraba el informe correspondiente, buscaba jurisprudencia, estructuraba el planteamiento de los asuntos, configuraba los fundamentos de derecho y gestionaba el papeleo. En definitiva, salvo tratar con los clientes y cobrar, el resto del trabajo concernía al pasante.
El pasante de pluma ocupaba el escalafón superior y se dedicaba a redactar los escritos que se presentaban en el tribunal. Sin embargo, en abogacía la letra pequeña marca la diferencia y el epígrafe pasante de pluma tenía truco, porque, aunque su desempeño parecía limitarse a usar la pluma, en realidad, aunaba dos competencias: la de pasante y la de pluma. En consecuencia, el desdichado ascendido conservaba las tareas del pasante y, además, asumía las del pasante de pluma.
Y así, en aquel inefable, que no afable, puesto de pasante de pluma, Bernardo faenó tanto que a veces se preguntaba quién llevaba la carga del negocio, si don Carlos o él, triste pregunta que una somera comparación entre el saludable porte de don Carlos y lo macilento de sus propias trazas respondía presto: la carga era suya y el negocio… de don Carlos.
A pesar de las fatigas, o quizá gracias a ellas, Bernardo acabó la pasantía manejando el ordenamiento jurídico mejor que un fraile la Biblia. Igual se comportaba como un orfebre del derecho que como una raposa de tribunal y, gastando idéntica maña en las dos facetas, se encarnaba en una u otra según le convenía. O montaba demandas de tal calidad que incluso el contrario lo felicitaba, o entretenía los pleitos formulando peticiones, alegaciones y recursos hasta conseguir que el juez, mareado e incapaz de aclararse en tamaño galimatías, demorase la resolución sine die.
Bernardo regresó a su tierra, superó las pruebas de acceso al ejercicio ante la Real Audiencia de Galicia y abrió un estudio en Lugo. Allí permaneció durante años y se labró una buena reputación que le generaba un jornal nada despreciable. Sin embargo, él aspiraba a más. Quería ganar mucho dinero y, consciente de que el dinero estaba a la vera de los adinerados y de que los adinerados estaban a la vera del Rey, embaló su vida en Lugo y emprendió viaje a la sede del trono español: Madrid.
Compareció ante el Consejo de Castilla y aprobó el examen de abogado de los Reales Consejos, título que le facultaba para litigar en los tribunales de Corte. A continuación, tramitó la carta de vecindad en el Concejo de Madrid y luego se inscribió en la Congregación de Abogados de Corte[72].
Satisfechos los prolegómenos burocráticos, se centró en aposentarse; pero no se aposentó de cualquier manera, sino acorde a sus pretensiones. Se sabía brillante y, convencido de que la brillantez brillaba más envuelta en brillos, eso hizo: envolverse en brillo.
Primero arrendó un inmueble en la reputada calle de Preciados; después suprimió su grado de bachiller y se autoadjudicó el de licenciado, una modalidad de intrusismo muy común en el sector forense, pues el pedigrí de un licenciado excedía en mucho al de un bachiller; por último, fijó unos honorarios dignos del gran Ulpiano y, como en aquel Madrid de postizos oneroso equivalía a valioso, alcanzó notoriedad antes siquiera de poner un pie en el juzgado.
Los casos empezaron a acumularse y las sentencias favorables también, ventura que, aparte de procurarle gloria, le llenó las arcas.
Transcurrido un tiempo, desposó a una madrileña de familia acomodada y colmó el vaso de la felicidad engendrando tres vástagos.
En aquellos prósperos años fue uno de esos prestigiosos abogados dedicados a los menesteres lícitos de los ricos y de quienes estos se jactaban de contratar, porque, si utilizar lo mejor de cada casa hablaba de señorío, en materia de asesoría jurídica Bernardo era el mejor.
La fatídica aceptación de un pleito de injusticia o iniquidad truncó su éxito.
El pleito en cuestión lo iniciaron dos criados que reclamaron a un opulento empresario genovés el jornal correspondiente a una década de labor.
Fieles a la costumbre de no abonar los salarios del personal doméstico, los notables se limitaban a decretar el pago vía testamentaria de suerte que el siervo cobraba cuando el amo moría. El hábito estaba tan arraigado que pocos se rebelaban, pues, amén de no poder costearse un letrado, afrentar a un principal solía acarrear funestas consecuencias. No obstante, si alguno lograba reunir guita y arrestos e interponía una demanda, la deuda asomaba indubitada, circunstancia que dejaba al notable carente de defensa y, a la postre, carente de abogado, porque, siendo una causa insostenible, ninguno asumía el encargo escudándose en el veto deontológico.
El genovés recurrió a varios, pero todos declinaron batallar y le recomendaron apoquinar. Todos…, menos Bernardo, que, tras escuchar su versión, decidió apoyarlo alegando que en ocasiones la mugre de una mentira ocultaba la verdad y que la justicia exigía a sus apóstoles que, antes de negársela a quien quizá la merecía, probasen a rascar mugre.
Obviando el escandalizado pasmo de sus colegas, escarbó en la mugre y, luego de verificar el relato del genovés, contraatacó formulando una reconvención en la que reclamaba a los criados los gastos de manutención generados durante la década en conflicto. Al efecto, acreditó insubordinaciones, desplantes, un precario cumplimiento de competencias y múltiples hurtos, conductas que, en un derroche de piedad, el genovés había perdonado.
Un alegato fáctico sublime, unos irrefutables fundamentos de derecho y un contundente arsenal de evidencias alzaron a Bernardo con el santo y la limosna. El magistrado absolvió al genovés, condenó a los criados a reembolsar el sustento correspondiente a diez años, les impuso una multa de mil maravedís en concepto de mala fe y ordenó su encausamiento penal por robo.
Semejante victoria le supuso a Bernardo una cara y una cruz en el sentido estricto del término, pues, de un lado, emitió una muy cara minuta y, de otro lado, la comunidad legal lo crucificó.
Acusándole de quebrantar el código deontológico, sus compañeros lo excluyeron de los círculos jurídicos, le despojaron de predicamento y le retiraron la palabra.
La élite secundó el destierro y también lo denostó. Los clientes ilustres se volatilizaron y, con ellos, las invitaciones a fastos, ágapes, cacerías, veladas intelectuales, funciones teatrales…
En cuestión de días, todo cambió. Los destellos del éxito se apagaron y el crepúsculo de los destronados prendió en el horizonte.
Bernardo se hundió y ya se planteaba regresar a Galicia cuando descubrió que Madrid ocultaba un submundo habitado por personas muy respetadas en la sociedad que, en asuntos no tan respetables, preferían vivir al margen de ella.
Era el mundo de los ladrones de guante blanco y se presentó ante Bernardo semanas después del escándalo.
Se hallaba en su despacho viendo crecer las telarañas del techo y pensando que, de no mejorar la situación, habría de saciar el hambre recolectando los bichos pegados en aquellas urdimbres cuando, de repente, un cliente llamó a la puerta. Al día siguiente, apareció un segundo; al siguiente, un tercero; al siguiente, un cuarto y un quinto; al siguiente, un sexto, un séptimo y un octavo… De esta forma, lo que comenzó siendo una incipiente llovizna cobró brío y se transformó en un diluvio; un diluvio de clientes… de antiguos clientes.
Aunque en un principio Bernardo los recibió entusiasmado, su alegría tornó en tristeza al advertir que ya no le traían decencias a pulir, sino miserias a purgar. Pero, como necesitaba comer y el galeón de la honestidad había dejado de procurarle alimento, besó aquella bandera negra con una calavera blanca y embarcó en una carabela negra con una bandera más negra todavía que ahora él se encargaría de blanquear.
Y así fue como Bernardo Núñez de Belmonte, el celebrado jurista otrora experto en limpiar de mentira la verdad, se convirtió en el Abogado de las Causas Imposibles, un renegado del derecho dedicado a engalanar de verdad la mentira.
Los vientos volvieron a soplar en su favor e incluso le reportaban mayores ingresos; sin embargo, él añoraba los viejos tiempos, porque, aunque la cartera de clientes no había variado, la relación con ellos sí lo había hecho. Y de formidable suerte, además.
Ayer lo admiraban; hoy lo despreciaban y simplemente aprovechaban su fabuloso dominio de la ley para vulnerarla. Ayer vivía en su mismo mundo, un mundo repleto de estrellas; hoy era un estrellado. Y lo peor de todo, ayer sabía lo suficiente de todos; hoy sabía demasiado de muchos y, de estorbar a alguno, su cuello valdría menos que la santiguada de un infiel.
Entre esos muchos clientes de quienes sabía demasiado y que, de estorbarle, ni un instante dudaría en rebanarle el cuello, destacaba don Gonzalo Soto de Armendía, marqués de Velarde y conde de Valdemayor, íntimo amigo de don Rodrigo Salazar y del finado don Pelayo Valcárcel.
Dueño de incontables señoríos, inmuebles, negocios, cargos públicos, molinos, ganado, viñedos, tierras, juros y censos, don Gonzalo poseía tal fortuna que los réditos de un día superaban la recaudación anual de un próspero comerciante.
El Rey le concedió el marquesado de Velarde en recompensa a los servicios militares prestados al Imperio de los que salió cojo y habiendo salvado la vida a don Rodrigo Salazar.
En cuanto al condado de Valdemayor, lo adquirió al desposar a doña Elvira Núñez del Álamo, heredera del condado y también de un mayorazgo millonario.
Antes del casorio, el padre de la novia le obligó a prometer que no fundaría un mayorazgo Soto de Armendía y se dedicaría a enriquecer el de los Núñez del Álamo, promesa que honró… a su manera. Ciertamente enriqueció el mayorazgo de los Núñez del Álamo, pero lo hizo utilizando unos muy cuestionables métodos que de seguro ni conciliaban bien con los fabulados por el suegro ni habrían enorgullecido a este.
Como los copiosos frutos de sus trasiegos requerían un abogado que los blanquease, durante años empleó a un secretario personal que, aunque gustaba del vino y del juego, no se desmandaba. Sin embargo, andando el tiempo, la afición evolucionó a obsesión y entonces don Gonzalo, pensándose al albur de una lengua inquieta, resolvió curarse en salud. Contrató a un mercenario, cursó un asalto fortuito con fatal desenlace, fingió lamentar la muerte de su «apreciado colaborador» y luego buscó un sustituto entregado a inclinaciones menos comprometidas.
Al enterarse de que, víctima del oprobio social por intervenir en un pleito vil, el letrado más afamado de Madrid ejercía ahora liberado de corpiños deontológicos, le ofreció el puesto. Pero Bernardo, al corriente de la suerte del anterior secretario y reacio a tragarse el cuento del asalto fortuito, decidió mantener las distancias y, argumentando que no podía abandonar al resto de sus clientes, declinó la propuesta…, aunque no del todo.
—Sabed, no obstante, que me desagradan las diversiones auspiciadoras de paliques inconvenientes —añadió, lanzándole una mirada intencionada—. Llevo la discreción por bandera y la húmeda, encadenada al silencio. Si tales tendencias os complacen, quedo a disposición de Su Ilustrísima.
—¿Seréis mi asistente, entonces?
—No seré vuestro asistente, don Gonzalo. Seré vuestro abogado… como lo soy de otros. No acepto exclusividades ni tampoco igualas periódicas. Cada asunto devengará una minuta de honorarios, honorarios a fijar según se trate de una encomienda de naturaleza procesal o de naturaleza más… delicada.
—De acuerdo —se conformó don Gonzalo, convencido de estar ante su hombre y determinado a no dejarle escapar—. Nada de exclusividad, pero creedme: a mi vera ganaréis tanto dinero que en breve podréis prescindir de vuestra parroquia.
No le faltaba razón. Años después de aquel primer contacto, las arcas de Bernardo andaban pletóricas gracias a las intrigas de don Gonzalo; pese a ello, aunque, en efecto, podría prescindir de los demás clientes, se negaba a hacerlo, pues le procuraban una autonomía a la que no deseaba renunciar.
Una tarde de ese mes de febrero de 1621, ambos se encontraban reunidos en el estudio de Bernardo.
—Informadme sobre el progreso de nuestros intereses en la reconstrucción de la iglesia de Santa Cruz —conminó don Gonzalo.
—Hemos adjudicado el suministro de cal a las caleras de Hernando Balboa y Antonio Salas —anunció Bernardo—. Como la cal de ninguna de las dos reúne siquiera una mínima parte de las condiciones de calidad especificadas en los pliegos, les he exigido el pago de una comisión mayor. Ya he lavado los beneficios. A ojos de la ley, los han generado vuestros viñedos andaluces.
—¿Seguro que no surgirán problemas? Los de Salas no me preocupan. Adulteran la cal de tan imperceptible guisa que ni los alarifes se percatan. Además, se destina a construcción y no requiere el pulcro aspecto de la utilizada en menesteres de ornato. Sin embargo, la de Balboa sí me preocupa; su cal se emplea para adornar y deben blanquearla hasta que parezca mármol.
—No temáis, señor. Los caleros de Balboa dominan la técnica de falsificación de tal suerte que son capaces de convertir un grosero guijarro en primoroso mármol de Carrara.
El fraude de la cal era una de las numerosas componendas de don Gonzalo… de don Gonzalo y de muchos otros regidores madrileños.
En el área de obras públicas, el Concejo acostumbraba a crear comités de construcción o remodelación de edificios cuya presidencia siempre se asignaba a un regidor. Implicando dicha presidencia tareas tan lucrativas como la gestión de peculio estatal y la contratación de proveedores, bastantes regidores se postulaban para el puesto, incluido don Gonzalo, quien solía triunfar gracias al doble voto inherente a las dos regidurías que poseía.
El ritual no variaba.
Establecidas las condiciones que debía tener la cal a usar en construcción y ornato, el comité analizaba las pujas de las caleras aspirantes y elegía las más económicas. Todo parecía lícito, pero, en realidad, las seleccionadas planeaban expender material de inferior categoría, estafa que les permitía plantear licitaciones muy competitivas. A cambio de consentir el gato por liebre, el regidor presidente extendía la mano y, en cuanto recibía una cantidad acorde a la prebenda, alzaba el pulgar.
En labores de construcción el timo resultaba tan sencillo como peligroso, pues, aunque, al servir de aglomerante, la cal adulterada no se veía, provocaba múltiples derrumbamientos.
Cuando esto ocurría, el Concejo templaba la indignación popular garantizando la depuración de responsabilidades. Nacía entonces un comité de investigación capitaneado por un regidor distinto al cabecilla del comité afectado.
Regidor investigado y regidor investigador conspiraban y, previa gratificación del primero al segundo, este dictaminaba que, «considerando irreprochable el desempeño del comité examinado, se concluye que la causa del siniestro es el puño de Dios en escarmiento a los desmanes morales de los madrileños. En consecuencia, se estima de justicia que el pueblo madrileño asuma los costes de restauración».
Y, ante el pasmo del personal, se instituían un impuesto de expiación y un comité de restauración cuya dirección, en el colmo del descaro, se otorgaba al regidor que presidió el inicial, «porque nuestro íntegro edil desea contribuir a la redención de las faltas del pueblo administrando la recaudación de este tributo y acaudillando la reconstrucción del edificio dañado».
Trampear la cal de ornato exigía mayores cautelas, pues este tipo de cal quedaba a la vista. El Concejo siempre la demandaba de color níveo y el albino tono de las impostoras se obtenía esparciendo unas muy medidas dosis de humo lechoso durante el proceso de cocción.
En esos días don Gonzalo presidía el comité encargado de reparar la iglesia de Santa Cruz, víctima de un pavoroso incendio que la había destruido, y las caleras de Hernando Balboa y Antonio Salas suministrarían la cal.
Esa vez la ventura les había sonreído a ellos; otras veces sonreía a caleras diferentes, porque, como había bastantes involucradas en el fraude, don Gonzalo alternaba las concesiones y así eludía recelos.
—A vuesa merced no le preocupa la cal de construcción de Antonio Salas, pero sí la de ornato de Balboa y a mí me sucede lo contrario —apuntó Bernardo—. Mientras la cal de Balboa recuerda a las nieves del Peñalara y nunca nos ha fallado, la de Salas estragó la cripta de San Salvador. Tres semanas después de concluir la reforma, se desplomó durante una misa y decenas de fieles murieron.
—Precisamente por eso no auguro escollos. Desde aquel desastre, he rechazado todas las pujas de Salas. Lleva meses suplicándome una nueva oportunidad y al final me he apiadado de él. No obstante, ya le he dicho que al mínimo error se acabó el amor y, en teniendo mucho que perder, no dudo que gastará tiento.
—Gracias al Altísimo, las pesquisas del siniestro de San Salvador se encomendaron a un regidor dedicado a tejemanejes similares a los vuestros y eximió de culpa al comité que presidíais.
—Una fortuna me pidió el muy sablista a cambio de un veredicto absolutorio —gruñó don Gonzalo.
—Pero mereció la pena. Consiguió que os nombrasen presidente del comité de restauración.
—Cierto. Aunque en esa ocasión me abstuve de cabildadas. Gestioné el impuesto expiatorio de impecable suerte y me ajusté escrupulosamente a las calidades exigidas en los pliegos.
—No comprendo cómo ni veedores ni alarifes advierten el engaño —comentó Bernardo—. En el refuerzo de los paredones de la Puente Segoviana también utilizamos cal adulterada y los supuestos expertos tampoco se percataron.
—El conocimiento arquitectónico de los alarifes me parece igual de cuestionable que su honestidad. Una oronda faltriquera les pone ojos de ciego y oídos de mercader. En cuanto a los veedores, ni siquiera hay que sobornarlos; son hombres de letras y no distinguen la argamasa de un puré de cebolla.
—Dios bendiga la codicia de los unos y la impericia de los otros —sonrió Bernardo—. Ambas peculiaridades nos resultan harto convenientes.
—Habladme ahora de la madre de nuestros contubernios: la Carrera de Indias. ¿Qué noticias tenéis?
—La Flota Real llegará a Sevilla el próximo junio. En cuatro meses nadaréis en oro.
—¿He de entender, entonces, que el negocio goza de buena salud?
—La exportación de esclavos y género español goza de óptima salud. Como llevamos varias expediciones, ya disponemos de una logística sólida que funciona a pleno rendimiento.
—¿Y cómo transcurre el asunto del azogue?
—Lento, don Gonzalo. Hace poco que trabajamos este producto y consolidar los canales requiere tiempo. Comprarlo o venderlo está prohibido y hemos de extremar las precauciones.
—Me sorprende su poderío. Se cotiza más alto que la propia plata.
—Normal, señor. La plata se fabrica con azogue.
—¿Se fabrica? ¿Acaso no se extrae de la mina?
—La plata pura no —aclaró Bernardo—. Se extraen piedras que contienen una mezcla de plata y otros minerales.
La disociación se realiza mediante baños de azogue y sal.
—Explicaos, os lo ruego. Me expongo al verdugo por ese mineral y tan aventurada circunstancia me impone algo de ciencia sobre el particular.
—La roca extraída de la mina se muele y al polvo resultante se le añade agua, azogue y sal formando una pasta que los del gremio llaman torta. La sal provoca que la plata se desprenda del resto de minerales y, al desprenderse, se adhiere al azogue. Esta amalgama de plata y azogue se calienta hasta que el azogue se evapora y deja plata pura. Como el proceso se desarrolla en patios, se denomina método de patio o beneficio de patio. Al final, la plata acopiada se lava, se funde y se le da hechuras de lingote.
—¡Caramba! Yo creía que la plata se extraía de la mina tal cual. No imaginaba semejante despliegue técnico.
—¿Entendéis ahora el enorme valor del azogue? Sin él, las míticas minas de plata del cerro del Potosí no serían tan fructíferas.
—Según eso, Cervantes debió aludir a las minas de Almadén y no a las del Potosí cuando don Quijote dice a Sancho: «ni con las minas del Potosí tendría para pagarte» —bromeó don Gonzalo—. Porque me figuro que la plata del Potosí se obtiene gracias al azogue de Almadén, ¿no[73]?
—En realidad, no. El azogue de Almadén se envía a Nueva España y la plata de Potosí se obtiene gracias al azogue de Huancavelica, en el Virreinato de Perú. Se trata de los yacimientos de azogue más grandes del mundo y sus inconmensurables beneficios recalan íntegramente en las arcas del Rey.
—No me extraña que monopolice el comercio. ¡Menudo negocio!
—Una auténtica bicoca —convino Bernardo—. En España solo el Rey exporta azogue a las Indias e importar azogue extranjero requiere su autorización. No existe, pues, competencia en el mercado y, en consecuencia, es un saco sin fondo de dinero. De ahí el afán monárquico de protegerlo y el drástico castigo asociado a la infracción de la norma. Sisar al Rey se considera alta traición y acarrea el cadalso. Podéis morir como un traidor, don Gonzalo. ¿De veras deseáis continuar asumiendo un riesgo de semejante calado? No lo necesitáis. El tráfico de esclavos y demás género os reporta ríos de cuartos.
—Yo no quiero ríos de cuartos, licenciado. Quiero mares, y esos solo se hallan en el sector del azogue. De modo que aparcad las mojigaterías y describidme los pormenores de la expedición.
—Hemos conseguido el azogue a través de los Fúcares. El emperador Carlos les concedió la explotación de las minas de Almadén casi un siglo ha, pero andan encorajinados porque no se les abona el azogue que suministran al Alcázar. Conscientes de que, si no lo remediaban, la morosidad soberana unida al mantenimiento del yacimiento, el jornal de los operarios y el sustento de los galeotes que, en lugar de remar, purgan allí sus faltas acabaría arruinándolos, decidieron internarse en sendas endrinas[74].
—Sendas donde los endrinos los aguardábamos ansiosos —terció don Gonzalo, frotándose las manos.
—En verdad ansiosos —rio Bernardo—. En enero del pasado 1620, el factor de los Fúcares y yo cerramos un pacto muy ventajoso. Ellos declararían al Alcázar haber extraído dos mil quintales en lugar de los tres mil que realmente extrajeron a lo largo de 1619 y nos cederían los mil silenciados a cambio de una cuarta parte de lo que sacásemos colocándolos en Nueva España.
—¡Ladinos! Aunque no cobren dos mil quintales, van a embolsarse un dineral con los mil que hemos vendido bajo cuerda. En otras palabras, les estamos haciendo el trabajo sucio.
—No se me antoja enojoso ese trabajo sucio, pues también nosotros nos hemos embolsado un dineral. Así, todos quedamos contentos. El Rey recibe sin apoquinar; los Fúcares ganan pese a no cobrar, y nosotros recibimos y ganamos.
—Y apoquinamos, no lo olvidéis —rezongó don Gonzalo—. Una cuarta parte me parece un abuso.
—Eran lentejas, señor. O lo tomábamos, o lo dejábamos.
—Lo tomamos porque nuestro noviciado en este campo nos obligó a tomarlo, pero tiempo habrá de atemperar tamaño desfalco. ¿Cuándo se trasladó el azogue a Sevilla? La Flota Real zarpó a las Indias en abril del año pasado. Supongo que el traslado se efectuó en febrero; hace justo un año, ¿me equivoco?
—Ni un ápice os equivocáis. Nuestra gente en Almadén escondió los mil quintales en una caseta de aperos abandonada cerca de la villa de Chillón. Los empacaron en odres de baldrés, que a su vez iban ocultos en tinajas de barro. El baldrés es piel de oveja curtida, un tejido recio perfecto para transportar azogue y evitar derramamientos.
—¿Semejante fortuna descuidada en una casa de aperos? —exclamó don Gonzalo, asustado—. ¿Y si la hubieran robado?
—No había riesgo de robo porque varios hombres custodiaban la casa. Además, las tinajas solo pernoctaron allí una noche. A la mañana siguiente emprendieron viaje a bordo de carretas. En una zona ribereña entre Sevilla y Sanlúcar, los muchachos que tengo contratados las bajaron de las carretas y las camuflaron en el bosque a la espera del Nuestra Señora de los Ángeles. El buque salió de Sevilla rumbo a Sanlúcar colmado de carga legal, antes de llegar a destino recibió las tinajas de azogue y luego reanudó la marcha.
—¿De qué carga legal se trataba?
—Cien toneladas de sedas españolas, aceite y vino, todo fruto de vuestros negocios.
—¿Y dónde estaba mi otro navío, el Arcángel Gabriel? —inquirió don Gonzalo.
—Ya fondeaba en el puerto de Sevilla cargado de género legal.
—¿Y los esclavos?
—Los adquirimos en Cabo Verde. La licencia de compra, tránsito y venta que pagamos solo nos visa el tráfico de quinientos esclavos, pero, en realidad, traficamos con mil. Me he agenciado un buen contacto en la delegación que la Casa de Contratación de Sevilla tiene en Sanlúcar de Barrameda. Él nos procura una licencia falsa para los quinientos restantes, quinientos por los que no tributamos ni un maravedí.
—¿Quién nos procura las licencias falsas? ¿Habéis sobornado al delegado?
—No, Su Ilustrísima. La mayoría de los contrabandistas alfombran de oro el suelo que pisa el delegado y, conscientes de ello, los de Sevilla no le quitan ojo. Yo recurro a alguien que pasa inadvertido al hocico hispalense.
—¿A quién recurrís?
—A un analfabeto encargado de limpiar las oficinas, desempeño que le permite acceder al papel oficial de la Casa de Contratación y a su sello.
—Si no lee ni escribe, ¿cómo redacta las licencias?
—No las redacta él, sino un servidor. Él sustrae hojas timbradas y me las envía; yo copio el texto de la licencia auténtica y consigno el número de esclavos que nos interesa; se la reenvío para que estampe el sello estatal y listo. Como no domina las letras, ignora lo que pone. Así, de traicionarnos, no podría revelar los pormenores de nuestros negocios.
—Pero podría revelar que falseamos licencias y solo eso ya nos supondría el penal.
—Entonces, tendría que revelar que afana cuartillas oficiales y usa un sello gubernativo de modo fraudulento —rebatió Bernardo—. A él también le supondría el penal y no me lo barrunto en tales aspiraciones. Además, a cambio de un esfuerzo mínimo, se entalega el triple de su soldada anual. Creedme: no le trae a cuenta soltar la húmeda.
—Entiendo que la licencia falsa consta a nombre del Nuestra Señora de los Ángeles.
—Consta a nombre de Guzmán Cañete, el teórico dueño de ese navío. Fue un compañero mío de universidad que, aunque falleció años ha, en los papeles aún vive y se dedica al negocio de las Indias. A efectos legales, vuesa merced solo posee el Arcángel Gabriel. Como nada os une al Nuestra Señora de los Ángeles, siempre cargamos ahí el género irregular. Si las autoridades lo descubrieran, rastrearían a Cañete y el tiempo que tardasen en averiguar la verdad nos proporcionaría un amplio margen de reacción.
—En cualquier caso, yo me cuido mucho de mencionar a nadie que poseo siquiera el Arcángel Gabriel. Cuanto menos se conozcan mis batidas indígenas, mejor. Por cierto, ¿quién realiza ahora el control en Sanlúcar? Comentasteis que nuestro interventor aliado sucumbió a unas fiebres.
—Unté a otro interventor responsable de ese último control —replicó Bernardo—. Se las apañó para recabar la inspección de nuestros buques y, obviamente, cursó la conformidad.
—Entonces el Arcángel Gabriel y el Nuestra Señora de los Ángeles abandonaron Sevilla portando mercaderías legítimas, pero, mientras el Arcángel Gabriel viajó directo a Sanlúcar, el Nuestra Señora de los Ángeles se detuvo a medio camino y recogió el azogue.
—Exacto. En Sevilla los maestres examinaron el fletamento de los dos buques, lo tasaron y, cuando liquidamos el impuesto de almojarifazgo y el de avería, nos expidieron el certificado de matriculación naval.
—Añadid el impuesto de visita y registro, el de palmeo, las alcabalas, el derecho de tonelada, el de san Telmo, los porcentajes a hospitales, a la Inclusa, a la Inquisición… —protestó don Gonzalo, indignado—. ¡Es un maldito expolio!
—Expolio que, para colmo, no hay manera de sortear, pues ningún galeón puede partir a las Indias desde un puerto diferente al de Sevilla —apostilló Bernardo—. Solo Sevilla emite el certificado de matriculación naval y solo mostrando ese bendito legajo en la aduana de ultramar se autoriza el acceso del barco a territorio indígena. En definitiva, es un circuito cerrado imposible de fracturar.
La Real Casa de Contratación era la institución dependiente de la Corona que, ubicada en Sevilla y junto al Consulado de Cargadores a Indias, se ocupaba de vigilar la llamada Carrera de Indias e impedir la evasión fiscal en el comercio con las colonias españolas enclavadas en aquellas tierras.
Previo a la leva de anclas, los inspectores sevillanos revisaban la mercancía de los bajeles y, según su valor, se calculaban dos impuestos: el almojarifazgo, que gravaba las operaciones de exportación e importación, y la avería, dirigido a sufragar los buques de guerra que protegían a la Flota Real de ataques piratas. Ambos impuestos, además de los múltiples adicionales que soliviantaban a don Gonzalo y, en general, a todos los comerciantes dedicados a la Carrera de Indias, se pagaban en la contaduría de la Casa de Contratación y esta, tras archivar el recibo de pago, entregaba un duplicado al capitán del barco para que lo presentase en el puerto de destino. Así, el navío quedaba matriculado y la carga, legitimada.
A continuación, el barco partía rumbo a Sanlúcar, donde la delegación de la Casa de Contratación efectuaba una última inspección antes de visar la salida a mar abierto.
Numerosos galeones zarpaban prístinos de Sevilla, pero, en el trayecto a Sanlúcar, los llamados sacadores subían a bordo el género prohibido que pretendía sacarse de España. Por eso la inspección en Sanlúcar adquiría una enorme trascendencia y los inspectores que la ejecutaban… también.
—Nosotros disponemos de cuatro sacadores —repuso Bernardo—. Escondieron los odres de azogue en un doble fondo de la bodega del Nuestra Señora de los Ángeles y encima apostaron las cajas de carga legal, cajas que, huelga decir, nuestro interventor sanluqueño se abstuvo de mover.
—Y, amén del azogue y la carga legal, ¿cómo se organizó el embarque de los esclavos recogidos en Cabo Verde?
—Instalamos a los quinientos mejores en el Nuestra Señora de los Ángeles. Como la mitad de la carga legal que viajaba en este buque se entregó a las tribus de Cabo Verde en pago de los esclavos, no sufrieron el mismo hacinamiento que los del Arcángel Gabriel y no se devaluaron igual. Antes de atracar en Veracruz, vendimos a un colono el azogue y cuatrocientos de esos quinientos mejores esclavos, porque el resto murió en alta mar. Todo bajo cuerda, claro. Así, ambos barcos entraron en Veracruz portando mercancía legal. El Arcángel Gabriel llevaba manufactura española y los esclavos que sobrevivieron a la singladura y el Nuestra Señora de los Ángeles iba limpio de azogue, con la carga lícita que traía de España y los esclavos rechazados por el colono.
—¿Y si el colono no hubiera rechazado ningún esclavo y nos hubiera comprado los cuatrocientos? —planteó don Gonzalo.
—Entonces, el Nuestra Señora de los Ángeles no habría llevado esclavos y, en consecuencia, no habría precisado exhibir la licencia falsa en Veracruz. No obstante, hubo de exhibirla, pues, según me han referido mis contactos, el colono rechazó doscientos esclavos.
—Pero la licencia autoriza el comercio de quinientos. Carece de sentido gastar el dineral que cuesta una licencia de quinientos para luego remolcar doscientos. ¿Los aduaneros no recelaron?
—No, señor. Alegamos que los ausentes no resistieron la travesía y que sus cadáveres se tiraron por la borda al objeto de evitar epidemias. Y no mentimos, pues, como recién os participo, muchos fallecieron durante el viaje.
—¿Y dónde se reunieron nuestros hombres con el colono? He creído entender que el trasvase se realizó antes de entrar en Veracruz.
—Se efectuó de madrugada en una playa cerca de Campeche —contestó Bernardo—. Dimos azogue y esclavos a cambio de oro, plata, tabaco, palo de tinte, cochinilla, cacao, cueros, azúcar, perlas, jengibre… Ambas partes ganamos. El colono se agenció mil quintales de cotizadísimo azogue imposible de obtener de forma reglamentaria y doscientos esclavos de extraordinaria calidad a un precio inferior del que pagaría en la lonja y nosotros, una fortuna libre de impuestos en metal precioso y en exóticos productos muy codiciados en España.
—Una fortuna libre de impuestos que luego tuvimos que meter en Veracruz. ¿Cómo lo hicimos?
—Uno de los inspectores colabora con nosotros y examinó la carga de idéntica relajada suerte que el interventor sanluqueño. Superadas las revistas, se procedió al desembarco de esclavos.
—Desembarco de esclavos: dícese del momento en que los beneficios empiezan a mermar —gruñó don Gonzalo.
—Cualquier traficante de esclavos asume esa merma, Su Ilustrísima. Durante la travesía se suceden múltiples e ineludibles óbitos. Imaginad quinientos cuerpos apiñados en el sótano de un bajel, encadenados, a oscuras, evacuando unos sobre otros y siempre empapados merced a las decenas de cubos de agua helada que el custodio les arroja a diario para desinfectar el lugar. Aunque se les alimenta de digna guisa en el ánimo de minimizar su depreciación, semanas de viaje en semejantes condiciones tumban a muchos. Al final, la cuadrilla de esclavos comprada en Cabo Verde llega bastante diezmada a Veracruz, circunstancia que naturalmente reduce los beneficios.
—Añadid el riesgo de cuarentenas. Si en Veracruz el galeno responsable de supervisar la carga diagnostica viruela o cualquier enfermedad contagiosa, acordona el buque sine die. Ese período adicional remata a algunos más.
—Eso sin contar que, aprobado el desembarco, toca encarar el palmeo de las siete cuartas, fase en la que también se pierde guita —agregó Bernardo.
—¿Qué es el palmeo? Sé que pagamos un impuesto relativo al palmeo, pero admito mi ignorancia al respecto.
—El palmeo es la medición de esclavos. Aquellos cuya estatura exceda siete cuartas se consideran piezas enteras. La altura del resto se suma en cuartas, se divide entre siete y el resultado equivale al número de piezas[75].
—Así que cien esclavos no significan cien piezas —masculló don Gonzalo—. ¡Otro condenado atropello!
—A fe que sí, porque encima las taras de cada pieza influyen en la tasación. Los cojos, tuertos, mancos, sordos, flemáticos o de algún modo estragados son más baratos.
—Supongo que el factor de Veracruz encargado de evaluar a los nuestros cerró los ojos a sus máculas. A cambio de esa ceguera transitoria, le pago un generoso peculio.
—Suponéis bien, Su Ilustrísima. Aunque, en realidad, ni las taras ni el palmeo de esos esclavos importan. El auténtico rédito está en los vendidos al colono. Lo recaudado en la lonja de Veracruz es un complemento, que, además, tributa.
—Me consta, pero, si el complemento también forma parte del cuento, me interesa su incremento —bromeó don Gonzalo.
—Y yo no lo lamento; muy al contrario, lo fomento —coreó Bernardo, divertido.
—Ya veo que hablamos el mismo idioma —rio don Gonzalo—. Prosigamos. Luego del palmeo, el escribano certificó la cantidad de piezas y expidió un título de propiedad a mi nombre y un segundo al de Guzmán Cañete, ¿cierto?
—Cierto. Obtenido el título de propiedad, nuestro representante condujo a los esclavos a los almacenes donde se les sometió a la carimba, el marcado a fuego. A los que llegaron en el Arcángel Gabriel se les estampó el sello de los Soto de Armendía y a los del Nuestra Señora de los Ángeles, el de Guzmán Cañete, ambos convenientemente registrados en Sevilla. La carimba legaliza las piezas y permite subastarlas.
—Disculpad la interrupción, pero se me acaba de ocurrir una idea.
—¿De qué se trata, señor?
—De la sal. ¿Y si sumásemos ese producto a nuestros negocios? Junto al azogue, prima en la fabricación de la plata y nos reportaría buenos dineros.
—España no exporta sal a las Indias, Su Ilustrísima. La que se utiliza en la fabricación de plata se extrae de las Salinas del Rey. Se ubican en Nueva España y, como su nombre indica, el Rey las monopoliza.
—No la exportemos a las Indias, entonces. Exportémosla a otros sitios. Holanda la emplea en la conserva del arenque y en la elaboración de mantequilla y queso.
—No os lo discuto, pero los holandeses ya disponen de una potente red de contrabando de sal. Cuando se clausuraron las salinas de Gibraltar y Cabo Verde, quedaron desabastecidos y, desde ese cerrojazo, han pergeñado infinitas maneras de conseguirla. Lícitas e ilícitas. Les importa un ardite. Incluso se atreven a internarse en las aguas de las Antillas, y ello pese a que en esos mares hay más piratas que olas. Ni el oro ni la plata los empuja a cometer tamaño desatino. Solo la sal. Olvidadlo, señor. No nos dejarán entrar ahí y ni siquiera nos trae a cuenta.
—¡Lástima! —suspiró don Gonzalo—. Se me antojaba un magnífico negocio.
—Y lo es, pero impracticable para un español.
—Dispensad mis delirios, licenciado. Ocurre que ardo en deseos de acariciar el fruto de nuestra aventura y, cuando cedo a las prisas, mi cabeza empieza a desvariar. Los doce meses que la Flota Real se demora en regresar se me hacen larguísimos. Zarpó a Veracruz en abril del año pasado. Podría haber vuelto antes de diciembre. ¿Por qué ha de permanecer allí todo el dichoso invierno?
—Los convoyes reales fijan los tiempos y los buques que pretendan acompañarlos deben acudir al puerto de La Habana en marzo. Es la única forma de viajar protegidos. Los bajeles empeñados en acogerse al sistema de navío suelto suelen lamentarlo. Quieren elegir ellos la fecha de salida y caen en la insensatez de surcar la mar en solitario. Cuatro de cada cinco sufren un abordaje corsario. Nos interesa, pues, acatar el calendario oficial.
—Y lo acataremos, ni que decir tiene. Prefiero aguantar tardanzas que llorar malandanzas. Decidme: ¿cómo meteremos la mercancía irregular en España?
—Nuestras naos acompañarán a la Flota Real hasta las costas gaditanas. Ese litoral y las Azores carecen de vigilancia y facilitan el desembarco del contrabando.
—Apuesto a que, en rozando Cádiz o las Azores, se desencadena una espantada —aseveró don Gonzalo, divertido—. Imagino la Flota reducida a los galeones reales y unos pocos mirlos blancos. De seguro el resto se desvía pretextando la necesidad de aprovisionarse o menesteres similares y hacen lo mismo que nosotros.
—Talmente sucede, Su Ilustrísima.
—Me sorprende que la Casa de Contratación no intervenga en algo tan evidente.
—Lo ha intentado sin éxito. Incluso prohibió las escalas en el retorno, pero eso obligaba a partir de La Habana con avituallamiento para demasiadas lunas y no era viable.
—¿Dónde desembarcará el contrabando nuestra gente?
—Como el Arcángel Gabriel no portará lastre turbio, integrará la camarilla de mirlos blancos que no se separará de la Flota. El Nuestra Señora de los Ángeles recalará en una playa de la bahía de Cádiz. Allí desembarcarán el contrabando y organizarán el traslado a Madrid por tierra firme. Mientras, el barco se unirá de nuevo a la Flota, llegará a Sanlúcar, atravesará la barra y atracará en Sevilla.
—La barra sanluqueña me desasosiega, licenciado. Tras sortear tormentas terribles, piratas salvajes y múltiples calamidades, decenas de bajeles naufragan en ese farragoso bosque de algas que se forma en la desembocadura del Guadalquivir. Encima, las caprichosas mareas y los sañudos vientos del lugar agravan el problema.
—El peso de las galeras tampoco allana el camino. Van saturados de cargamento y, una vez encallan, no existe fuerza humana que los desentrampe.
—La barra provocará la mudanza a Cádiz de la Casa de Contratación —vaticinó don Gonzalo[76].
—No creo que rompan ese huevo. La próspera Sevilla se hundiría en la miseria y a muchos no les conviene. En cualquier caso, no os preocupéis. Nuestros capitanes gastan una extraordinaria pericia al timón y vencerán el escollo.
—Dios os oiga, licenciado. Anhelo el momento de recibir mis dineros.
—La paciencia es hierba amarga, pero de muy dulce fruto, señor.
—Sois un sentencias, amigo —se chanceó don Gonzalo—. ¡Qué gran juez se ha perdido la cristiandad!
—Desafortunada circunstancia que ansío enderezar. No ignoráis mi sueño de ingresar en la judicatura.
—Y vos no ignoráis que se trata de un sueño quimérico.
—Una palabra vuestra lo vestiría de realidad. Además, os beneficiaría en grado sumo.
—¿A mí? ¿En qué puede beneficiarme a mí que luzcáis garnacha?