Libelo de sangre
CAPÍTULO 39 El Abogado de las Causas Imposibles
Página 45 de 67
—Los asuntos del denostado Abogado de las Causas Imposibles levantan suspicacias; no así los de un venerable juez. Si mis asuntos quedasen a salvo de comadreos, los vuestros correrían igual suerte.
—No me desagrada la idea y también me complacería poder frecuentaros sin miedo a caer en la ignominia —calibró don Gonzalo—.
Disculpad mi franqueza. Mejor que nadie conocéis vuestra desastrada tesitura social. Si mi entorno descubriera nuestra relación, me señalarían con el dedo.
—Alguien debería advertirles que, cuando uno señala con un dedo, los otros tres dedos le señalan a él —insinuó Bernardo—. La discreción me impide explayarme, pero de seguro entendéis a qué me refiero.
—Lo entiendo perfectamente, letrado. Entre mis mayores detractores hallaríamos a muchos clientes vuestros.
—Agenciadme una plaza judicial y renunciaré a mis honorarios en esta expedición.
—La judicatura no admite marrullerías, Bernardo. Esos solios ni se compran ni se venden. Además, la casa no se empieza por el tejado. Necesitáis iniciaros en una dignidad modesta capaz de eliminar las máculas que os envilecen. Solo cuando hayáis recuperado el predicamento, estaréis en condiciones de medrar.
—¿De qué dignidad modesta hablamos?
—Se me ocurre una regiduría en el Concejo —sugirió don Gonzalo—. Yo poseo dos. Bien sabéis que ejerzo una de manera harto lucrativa y la segunda se la arriendo gratis a don Federico Suelves a cambio de su voto favorable en las cuestiones que me interesan. Sin embargo, se ha marchado a Flandes y la ha dejado vacante. He ahí mi oferta: os pagaré los honorarios de la expedición cediéndoos esa regiduría.
—Una regiduría no conduce a la judicatura, señor.
—Una regiduría conduce donde queráis si derrocháis astucia y os abstenéis de majaderías como la que os condenó al ostracismo.
—No deseo una regiduría. Deseo una plaza judicial. Soy juez de vocación y, desde mi época universitaria, ambiciono consagrar mi ciencia a tan noble labor.
—¡Qué bonito! —exclamó don Gonzalo, rompiendo en irónicos aplausos—. ¿Os importaría aparcar las romanzas de doncella amartelada y regresar al mundo real? Una regiduría supondría vuestro inmediato empadronamiento en la cofradía de próceres madrileños y muchos de los que hoy os vilipendian doblarían la cerviz ante vos. Si luego compraseis un señorío con vasallos, blasonaríais vuestro linaje. Como regidor del Concejo de la Villa y titular de un linaje blasonado, renaceríais de vuestras cenizas.
—Solo el rancio abolengo blasona un linaje y lo único rancio de mi abolengo es el pan que cenaba de niño —confesó Bernardo, avergonzado.
—Hay diferentes modos de blasonar un linaje y poseer un señorío con vasallos procura una enorme distinción social capaz de paliar los inconvenientes de un origen humilde. Prestadme mientes, licenciado. Tomad mi regiduría, haceos señor de vasallos y os garantizo que nadie osará toseros.
—Lo lamento, pero el corazón me compele a declinar —suspiró Bernardo, afligido—. Amo el derecho y todo trovador de la ley aspira a conquistar la facultad de impartir justicia en vez de solicitarla.
—¿Trovador de la ley? —Se carcajeó don Gonzalo—. Mi querido amigo, de veras me enternecen vuestros afectos por esa pobre dama a quien decís trovar y, sin embargo, ultrajáis a diario.
—No os moféis, señor. Os estoy desglosando mis fantasías.
—Andáis tan desnortado entre bucólicas fantasías que no reparáis en una nada bucólica contingencia: la judicatura os forzaría a abandonar la Villa.
—Acaso no. Muchos jueces afirman que debutaron aquí.
—¿Debutaron como qué? ¿Como fabulistas? Porque como jueces, lo dudo. Ni el Sabio Alfonso invocando sus Partidas habría debutado en Madrid como juez. El periplo de un juez comienza sí o sí en la fiscalía o alcaldía de un tribunal menor. Tras una larga temporada, asciende a una chancillería, faenar en el que permanece mínimo una década. Eso de darse bien la cosa; de torcerse, envejecerá allí y quizá termine trocando la garnacha por el traje de madera. Solo superado este preceptivo exilio, se obtienen las credenciales para intentar colarse en los Consejos Reales de Madrid. Y subrayo lo de intentar, pues, no obstante los años de sacrificado aislamiento, la mayoría se queda con las ganas.
—Yo no me quedaría con las ganas. Me sobra maestría jurídica para colarme en los Consejos Reales sin necesidad de atravesar tamaño desierto.
—Lo que os sobra es optimismo, licenciado. Precisamente vos no os colaríais ni en un tribunal menor; mucho menos en los Consejos Reales. Las plazas judiciales se adjudican a profesionales de indubitado prestigio e impecable nombradía. Conforme a esos criterios, una candidatura del Abogado de las Causas Imposibles decaería ipso facto.
—¡Maldito aquel pleito del demonio y maldito el día en que lo acepté! —masculló Bernardo, ofuscado.
—Yo, en cambio, lo bendigo —replicó don Gonzalo en tono pícaro—. Convirtió una estrella remilgada en un relámpago peligroso. Cierto que ambos son igual de refulgentes, pero la estrella brillaba en límpidos cielos poco frecuentados por bribones como un servidor y el relámpago prende noches oscuras de muy fructífera suerte.
—Su Ilustrísima transita cielos límpidos o noches oscuras, según se le antoje; sin embargo, yo he de mantenerme agazapado en noches oscuras y tanta penumbra me asfixia.
—Apead los desvelos porque no consentiré que os asfixiéis de penumbra. Ahora sigamos puliendo nuestra epopeya indígena y culminémosla. Cuando todo acabe y recobremos el sosiego, trataremos de reinsertaros en la sociedad madrileña. Si no os convence la opción de la regiduría, pensaremos una forma más vinculada a vuestro adorado derecho, aunque olvidaos de la judicatura de momento. Id planteándoos también la compra de un señorío con vasallos. Creedme que os resultará crucial. Y algo fundamental: ni se os ocurra aceptar un pleito prohibido.
—Empezaré a tantear el mercado de señoríos y buscaré uno de precio asumible. En cuanto al pleito prohibido, podéis estar tranquilo. No tropezaré dos veces en la misma piedra.