Libelo de sangre
CAPÍTULO 40 Regreso a casa
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CAPÍTULO 40Regreso a casa
Embozado en capa y sombrero, Alonso pasó varias mañanas en las Losas de Palacio tratando de averiguar el nombre del jurista más prestigioso de Madrid. Al final, sus pesquisas confluyeron en uno que, según la opinión general, parecía descender del mismísimo Ulpiano: el licenciado Melchor de Molina.
Convencido de que era el profesional que necesitaba, decidió visitarle, explicarle la situación y contratarle.
Aunque asumía un riesgo enorme dejándose ver, estaba tranquilo porque, de un lado, su estatura no encajaba con el adolescente de trece abriles que describían los mentideros y, de otro, el chismorreo hablaba de un rorro, rorro que desgraciadamente él ya no portaba.
Imaginando que, pese a estas dos circunstancias, el letrado le supondría el hijo prófugo en cuanto solicitase defensa para los Castro, planeó presentarse como un forastero deseoso de ayudar a Sebastián en pago de una antigua merced.
El gran obstáculo radicaba en el atuendo.
Consciente de que no podía comparecer en el despacho de un abogado postinero vestido de Lucifer, se planteó invertir una miaja de la Bolsa de la Esperanza en indumentaria decente, pero descartó la idea de inmediato. Se barruntaba exorbitantes las minutas de Melchor de Molina y de seguro precisaría todo el peculio, así que debía buscar la forma de aviarse sin incurrir en gastos.
Y solo se le ocurría una: colarse en su hogar y recuperar el traje de los domingos.
Aunque no esperaba recuperar traje alguno, pues se figuraba la vivienda en las mismas calamitosas condiciones que la escribanía, era la única opción que tenía y, como, cuando se tiene una única opción, no hay opción, se preparó para encarar el regreso a casa.
Avanzada la madrugada y agazapándose en las numerosas curvas de la calle del Espejo, llegó a la morada de los Castro.
Primero suspiró aliviado al no divisar escoltas y luego maldijo el legajo que, idéntico al de la escribanía, pendía de la puerta: «propiedad precintada a instancia de la autoridad vigente. Prohibido el paso so pena de prisión».
Reprimiendo las ganas de despedazar aquel condenado papel, atravesó el agujero del muro trasero que les facilitó la huida la noche del arresto, cruzó el patio y accedió a la cocina.
Reinaba la penumbra y el silencio resultaba de tal opacidad que incluso sonaba.
Tratando de sobreponerse al dolor de la ausencia, Alonso encendió un torzal y lo paseó en derredor.
El lugar estaba destrozado, pero no vacío como la escribanía. Si bien habían requisado el mobiliario, vio bastantes cacharros tirados en el suelo y ese detalle le indujo a confiar en el éxito de la incursión.
Sin embargo, la confianza se desvaneció cuando se encaminó a la sala principal y la encontró desmantelada, a excepción de un cojín y dos cobertores que yacían solitarios en el estrado de Margarita.
Aunque, en realidad, no yacían tan solitarios. Alonso se fijó en un fardo oculto entre los cobertores y lo identificó al instante. Era su ajedrez. Lo cogió con veneración y, mientras acariciaba la tosca madera del tablero y el blanquinegro apergaminado de los escaques, pensó que probablemente su decrépito aspecto lo había salvado del expolio.
Abrazado a él, subió al piso de arriba y halló un erial similar.
Las alfombras y los tapices habían desaparecido. El estudio de Sebastián sucumbió entero y los aposentos de Margarita también, incluyendo su estrado de cariño, antaño coqueto y entrañable y ahora un túmulo desnudo que ni la barandilla conservaba, pues lucía astillada y arrancada de cuajo. Los arcones, la cama, los colchones, el tocador, los cuadros, el oratorio… Todo. Se lo habían llevado todo.
Lágrimas incrédulas surcaron las mejillas de Alonso.
No reconocía su hogar en aquella ruina. Tres meses atrás residía allí, rodeado de los suyos, tranquilo, despreocupado, ilusionado… feliz. Pero, de repente, la luz se apagó, las sombras engulleron los cálidos días de hogar y chocolate y le dejaron sin calidez y tiritando de frío, sin día y atrapado en la noche, sin hogar y durmiendo bajo un puente… y sin chocolate, manjar que ayer apenas valoraba y hoy, tras experimentar el hambre y probar la sopaboba, se le antojaba un nirvana.
Pese a intuir que no encontraría nada diferente a pillaje y desolación, se dirigió a su alcoba, donde, en efecto, le recibieron vestigios de tiempos dichosos y otra estancia estragada.
Temblando de rabia y tristeza, ya se disponía a marchar cuando distinguió un montón de ropa apilada en un rincón. Hurgó en ella y, como no localizó su traje de los domingos, tomó las prendas más apañadas.
El estupor ante tamaño saqueo ni siquiera le permitió regocijarse por haber recabado algo de lo pretendido. Secándose el llanto, se limitó a doblar el ajuar, empaquetarlo en una camisa vieja junto al ajedrez y formar un hatillo.
Presa de un ataque de ansiedad y notándose al borde del colapso, apremió la retirada. Volvió a la cocina, cruzó el patio, salió al exterior y deambuló sin rumbo.
Quizá el instinto, la costumbre, la añoranza o todo a la vez le condujeron a los dominios del único que podía brindarle consuelo: su maestro, don Martín.
Aunque la prudencia le aconsejaba esfumarse y no causar problemas al anciano, el traumático regreso a casa le había provocado tal congoja que no lograba prestar mientes al consejo. Después de un rato arbitrando entre prudencia y congoja, resolvió de manera salomónica: ni expondría a don Martín ni renunciaría a él.
—Si está el jamelgo del huésped, ahuecaré el ala y, si no está, me instalaré en el establo. No me dormiré. Permaneceré despierto y al alba partiré de nuevo. Don Martín no se enterará y a mí me reconfortará su cercanía. Hoy la necesito como el respirar.
Satisfecho con su equilibrado veredicto, trepó la tapia trasera, se coló en el patio y entró en el establo. Al ver el caballo del maestro remoloneando en soledad e inferir que el huésped de aposento no se hallaba en casa, sonrió. Y mismamente hizo el caballo del maestro cuando le vio a él y le identificó: sonreír, pero en su idioma, esto es, estallando en alegres relinchos.
Suplicando a Dios que el escándalo no hubiera desvelado a don Martín, Alonso se apresuró a palmear el lomo del animal para que cesara el alboroto y, luego de comprobar que la cordial bienvenida no había tenido consecuencias, se cobijó en un rincón.
Sintiéndose más calmado al percibir la proximidad de su maestro, se arrebujó en la capa, se caló el sombrero, aferró su hatillo de recuerdos y se dispuso a regodearse en ellos pensando que así esquinaría los brazos de Morfeo. Sin embargo, equivocó la estrategia, porque, lejos de esquinar los brazos de Morfeo, regodearse en los recuerdos le relajó tanto que, en cuanto Morfeo lo meció, se acurrucó en su regazo, cerró los ojos y se durmió.
No solo equivocó la estrategia que en teoría iba a ayudarle a resistir la vigilia. También se equivocó creyendo que los relinchos no habían despertado a don Martín, pues, involuntario afiliado a la cofradía de insomnes, el maestro sufría de sueño fino y el mínimo ruido lo despabilaba.
Y, como la serenata equina superó en mucho el calificativo de mínimo ruido, el maestro sí se despertó. No obstante tranquilizarle la jovialidad de los relinchos, le sorprendió que su añejo rocín, apoltronado ya en el otoñal silencio de la senectud, trovase a la noche y, además, destilando contento, circunstancia que le compelió a levantarse, echarse una manta encima, agarrar un candil y dirigirse al patio.
Escrutando las tinieblas, encontró a su caballo recostado y al lado un bulto oscuro.
Intrigado, le acercó la luz y al instante lo relacionó con alguien a quien anhelaba volver a ver, anhelo que trocó en realidad cuando le quitó el sombrero y distinguió un bosque de desaliñados rizos.
—Alonsillo, hijo, ¿eres tú? —susurró, tocándole el hombro.
Espabilándose en el acto, el joven se incorporó de un brinco y empuñó el cuchillo.
—¿Qué demonios haces? —protestó don Martín, apartándose asustado—. ¡Me vas a desgraciar, cenutrio!
—¡Maestro! —exclamó Alonso, guardando el arma—. ¡Excusadme! Proyectaba marchar antes de que advirtieseis mi presencia. No deseaba comprometeros, pero os extrañaba y pensé que vuestra proximidad me templaría la angustia.
—¿Qué hablas de comprometerme? Apea las majaderías y dame un abrazo. ¡Mi querido muchacho! He penado mil infiernos sin saber de ti. ¡Virgen Santísima! ¿De dónde has sacado esos trapos? ¡Pareces un leviatán!
Alonso estrechó el frágil cuerpecillo del anciano e, incapaz de reprimirse, rompió a llorar.
—La Inquisición se ha llevado a mis padres, maestro. Irrumpieron en casa, los engrilletaron y se los llevaron. Mi padre me obligó a huir con Diego y después descubrí que también nos buscaban a nosotros. Por eso me he mantenido a resguardo.
—¿Y el pituso? —preguntó don Martín, mirando en derredor—. ¿Dónde para?
—Lo intenté todo —sollozó Alonso—. Os juro que lo intenté todo, pero el hambre lo estaba matando. Apenas pesaba, los briosos berrinches del principio aflojaron y los últimos días ni siquiera gimoteaba. Se moría en mis brazos, maestro; se moría y yo no conseguía aliviar su calvario. Desesperado, recurrí a las nodrizas de la Inclusa y lo dejé en el torno. No supe cuidarlo y lo abandoné. ¡Abandoné a mi hermano pequeño en un maldito hospicio!
—No te fustigues así, zagal. En mi opinión, lejos de abandonarlo, le has librado de un viaje prematuro al paraíso.
—O quizá lo he embarcado en él. Mi madre no me lo perdonará. Ni yo tampoco.
—Margarita se sentiría orgullosa de la bravura que estás mostrando. En cuanto a Diego, me ofrezco a atenderlo hasta que la situación se restablezca.
—No me atrevo, maestro —declinó Alonso, limpiándose las lágrimas—. Entre alumnos, progenitores y huésped de aposento, demasiada gente frecuenta la escuela. Un llanto, un gorjeo o cualquier sonido infantil escamaría al personal y alguien podría soltar la lengua. La Inquisición nos persigue y, consciente de la amistad que os une a los Castro, intuyo que os vigila. Además, el niño precisa de un ama de cría y, en cuanto os sorprendieran requiriendo ese tipo de servicios, os prenderían. Agradezco vuestra generosidad, pero no consentiré que terminéis en presidio.
—Poco me importa lo que a mí me ocurra. Sin embargo, ciertamente el párvulo correría peligro a mi vera. Si esos fanáticos lo atrapasen, se lo llevarían y nunca nos lo devolverían. Es mejor que continúe en el anonimato hospiciano y lo reclames cuando los dominicos desistan de sus astracanadas. Ahora entremos. Avivaremos el brasero, te calentaré sopa y me detallarás los pormenores de este desvarío.
—Os aventuráis en exceso, don Martín. ¿Y si aparece vuestro huésped de aposento?
—Se ha encaprichado de una criada del Alcázar y casi no asoma. Amaina los reparos y entremos, te lo ruego. Aquí fuera cae un relente del grajovuelabajo y, al final, lograrás que las fiebres me postren.
—De acuerdo. Entraré, os contaré lo sucedido y después marcharé. Me niego a exponeros más. Bastante lo he hecho ya y me arrepiento.
Al amor de las brasas y, tras engullir de un trago dos escudillas de caldo, relató a un atónito don Martín sus peripecias desde la madrugada del arresto hasta la actualidad. No mencionó, sin embargo, ni el testamento de don Pelayo ni el encuentro con Enrique Valcárcel. Sebastián le ordenó absoluta discreción al respecto y, en tanto no averiguase el motivo de aquel mandato, obedecería. Remató la historia enseñándole al maestro la Bolsa de la Esperanza y anunciando su propósito de emplearla para contratar al licenciado Melchor de Molina.
—¿Melchor de Molina? —repitió don Martín, pasmado—. ¿Tú sabes quién es Melchor de Molina?
—Según se comenta en las Losas, es un leguleyo sobresaliente.
—Y también miembro del Consejo de Cámara de Castilla, dignidad que le impide pleitear.
—¿Cómo que no pleitea? —Bizqueó Alonso, desconcertado.
—Empezó haciéndolo y, en efecto, lo reputaban el mejor. Precisamente esa reputación le reportó un puesto en la Administración de Justicia y luego en el Consejo de Cámara. De seguro conoces su casa. Es la de la Torrecilla de la Puerta del Sol.
—No me interesa su casa, maestro. Me interesa que defienda a mis padres.
—No aceptará, Alonsillo. El Consejo de Cámara se encarga de elegir a los titulares de aquellos oficios públicos cuya designación corresponde al Rey; entre ellos, los relativos a la Justicia: fiscales, alcaldes, oidores, magistrados y jerarquías del estilo. Sus componentes integran lo más granado de la comunidad jurídica, pero no litigan.
—Entonces, ¿a quién acudo? —preguntó Alonso, desanimado—. Necesito un abogado que ayude a mis padres.
—Quizá la cuestión no exija asistencia letrada. Ignoramos de qué los acusan.
—Creedme: la cuestión exige asistencia letrada y, si me apuráis, un milagro. Al parecer, los acusan de los Crímenes del Ritual.
—Esa mamarrachada la han parido mamarrachos de mentidero, Alonsillo, y, aunque en la Inquisición también abundan los mamarrachos, son más avispados. Apostaría mi escuela a que el arresto se debe a los ancestros conversos de Sebastián.
—No apostéis tan a la ligera porque acaso perdáis la apuesta y la escuela. Reflexionadlo un momento y comprobaréis que todo encaja. Los Crímenes del Ritual revolucionaron la Villa y las autoridades, ansiosas de resolverlos, se volcaron en el menester; sin embargo, en cuanto prendieron a mis padres, interrumpieron las pesquisas, interrupción que sugiere la captura de los culpables. Del río, peces, don Martín.
—Del río, peces y muchas cosas más, zagal. Aquí los Crímenes del Ritual no pintan un carajo. Te reitero que el problema radica en los orígenes judíos de tu padre. A cuenta de ellos, los flordelisados le han rondado en múltiples ocasiones, pero posee un certificado de limpieza de sangre y, en protegiéndole esa cédula de malicias heréticas, acabarán excarcelándolo.
—¿En alguna de esas múltiples ocasiones que mencionáis lo arrestaron? ¿Arrestaron a mi madre? ¿Los engrilletaron, encapuzaron y golpearon como a facinerosos de la peor ralea? ¿Desvalijaron mi casa y la escribanía? ¿Apresaron a Lorenzo? ¿Porfiaron en apresarnos a mi hermano y a mí? ¿Algo de esto ha ocurrido en ocasiones anteriores? Sebastián Castro es un notario bienquisto y Margarita Carvajal, una dama de intachable pundonor. ¿De veras pensáis que agraviarían así a vecinos de calado por una nadería susceptible de subsanarse con un certificado?
—Admito lo insólito de los acontecimientos, pero de ahí a concluir que les atribuyen los Crímenes del Ritual va un trecho largo, muchacho. Las mentiras se tornan verdad a fuerza de alimentarlas y me niego a alimentar esta. Prefiero agarrarme al sentido común y no ceder al chismorreo. Los Castro no han cometido ningún delito; en consecuencia, tarde o temprano los liberarán.
—No dejaré a mis padres al albur de un tarde o temprano, maestro. ¿Y si los tienen en una celda infecta? ¿Y si su vida pende de un hilo? Les urge un abogado y yo se lo procuraré.
—No sé mucho de normativa inquisitorial, Alonsillo, pero sí he oído que el defensor de un sospechoso de herejía levanta recelos porque, en la retorcida opinión de los inquisidores, vilipendiar a Dios carece de defensa y justificarla implica justificar la herejía. A resultas de ello, presumo exiguo el número de juristas dispuestos a enfrentarse al Santo Oficio y asumir el riesgo de pasar de defensor de acusado a acusado necesitado de defensor. Si mal no recuerdo, su código deontológico les prohíbe intervenir en pleitos indefendibles e imagino que la mayoría se escuda en ese veto para rechazar este tipo de casos alegando que un atentado contra la fe católica es intolerable y su defensa, indigna.
—¿Eso significa que ningún abogado me respaldará? —inquirió Alonso, angustiado.
—Te repito que no me manejo bien en normativa inquisitorial y quizá desvarío en mi análisis, pero tal me temo.
—De seguro desvariáis, maestro. Algún abogado habrá con redaños para cantarle la gallina a los frailes y abortar este abuso.
—Solo se me ocurre uno —caviló don Martín, mesándose las barbas—. Ignoro si tiene redaños para enmendarle la plana al Santo Oficio, pero me consta que los tiene para desafiar a toda la cofradía de Justiniano aceptando asuntos indefendibles. Y me barrunto al fulano talentoso porque suele recabar sentencias favorables.
—¡Caray! —exclamó Alonso—. ¡Un lumbreras corajudo! ¿Cómo se llama?
—Bernardo Núñez de Belmonte, apodado el Abogado de las Causas Imposibles. Aunque parezca título gallardo, en realidad, encierra deshonra, pues secunda causas de imposible disculpa, irreverencia que le ha granjeado el alias y una animadversión generalizada.
—¿Dónde puedo encontrarle?
—Su estudio está en Preciados, esquina a la calle Rompelanzas[77].
—Le contrataré de inmediato.
—Al peligro con tiento y al remedio con tiempo, zagal —exhortó don Martín—. Gastemos prudencia y no sucumbamos a las prisas. La gente sabe que la Inquisición anda a la caza del hijo prófugo y, si te plantas ante ese sujeto e intercedes por los Castro, te identificará al instante. Iré yo. A una momia pretérita no le calculará trece primaveras.
—No permitiré que os expongáis a correr la suerte de Lorenzo, maestro —rechazó Alonso en tono firme—. Me corresponde a mí arreglar este dislate y no discutiré sobre el particular. Además, no me identificará. Parezco mayor de trece años y, para mi desventura, ya no llevo un bebé en los brazos.
—¿Y quién dirás que eres?
—Me fingiré un forastero deseoso de auxiliar a los Castro en pago de una antigua merced.
—No se lo tragará. Un forastero no se enredaría en componendas inquisitoriales en pago de antiguas mercedes.
—Un maestro de plácida existencia tampoco, así que olvidad vuestras pretensiones porque no dejaré que os enroléis en este barco —sentenció Alonso—. Aquí únicamente cabe un servidor. Prometedme que no interferiréis.
—De acuerdo, muchacho —cedió don Martín, resignado—. Prometo no interferir. A Dios gracias, recién me percato de un detalle que me tranquiliza y eso me allanará la tarea de cumplir mi promesa.
—¿A qué os referís?
—Según los rumores, don Bernardo practica una abogacía turbia y no le interesará acercarse ni a curas ni a varados. En consecuencia, de descubrirte, no te delatará. Aunque, si me equivoco y lo intenta, adviértele que el secreto profesional se lo impide.
—¿El secreto profesional? ¿Qué es eso?
—Equivale al secreto de confesión canónico. Nada de lo que refiera el cliente a su abogado debe trascender. No obstante, permanece ojo avizor, pues, como te digo, este hombre se pasa la ética por salva sea la parte. Lo mismo le importa un ardite el secreto profesional y te ves obligado a arrear.
—Entonces, demando secreto profesional y, si no cuela, hurto el cuerpo —recapituló Alonso.
—Exacto. En cualquier caso, no eches las campanas al vuelo. Dudo que la Bolsa de la Esperanza te alcance para satisfacer sus honorarios. Lo que a nosotros nos parece ciclópeo caudal, a un pinturero de estos se le antojan perrillas de garbancero.
—El que no se arriesga no cruza el mar, don Martín. He de probar fortuna. No me quedaré mano sobre mano mientras mis padres padecen sabe Dios qué calamidades. Lucharé contra lo que se encarte, pero los rescataré. En cuanto amanezca, tomaré camino. ¿Podríais facilitarme agua? Preciso adecentarme. En casa recuperé algo de ajuar y me lo pondré.
—Al punto la entibio. Te traeré también trapos limpios.
Un rato después Alonso lucía aseado, peinado y pertrechado con un jubón de fustán blanco, una ropilla de paño de Baeza marrón claro y unos calzones de bayeta segoviana de color chocolate.
—Pese al elegante atuendo, no te desemboces —recomendó don Martín—. El protocolo solo exige descubrirse ante el Rey. No te quites, pues, ni capa ni sombrero y procura mantener el rostro oculto. Mi huésped tampoco aportará hoy. Aguardaré impaciente tu regreso.
—De momento, no regresaré, maestro; no hasta solucionar este desaguisado. Debo protegeros.
—Soy yo quien debe protegerte, Alonsillo. Quizá no puedo cobijar a Diego porque un rorro no entiende de misterios y sus requerimientos infantiles nos expondrían a todos, pero sí puedo cobijarte a ti. Extremaremos las precauciones y capearemos juntos el temporal. No rehúses, te lo ruego. Me atormenta pensarte sufriendo fatigas.
—Pecaría de canalla anteponiendo mi seguridad a la vuestra y huelga decir que no lo haré. Os agradezco de corazón la compañía de esta noche. No imagináis cuánto la necesitaba. Sin embargo, ahora he de continuar en soledad. Así ha determinado la vida que enfrente esta senda y así la enfrentaré.
—Nobles entrañas te laten dentro si, buscando protegerme, renuncias a techo y condumio —aseveró don Martín, mitad apesadumbrado, mitad orgulloso.
—No se trata de nobles entrañas, sino de honor y de afecto —sonrió Alonso—. El honor me lo ha inculcado vuesa merced y el afecto os lo habéis ganado tras años de abnegada dedicación. Utilizaros como escudo supondría manchar mi honor y ultrajar el afecto que os profeso, villanías ambas que nunca perpetraré por muy mal que vengan dadas.
—Sea pues —susurró don Martín, emocionado e incapaz de reprimir las lágrimas—. Si mudas la decisión, no dudes en llamar a mi puerta. Hallarás un amigo que te estima de veras y con el que siempre podrás contar.
—Lo sé y me siento privilegiado —contestó Alonso, abrazándole—. No lloréis, maestro. Desenmarañaré este embrollo y entonces nos volveremos a encontrar.
—Lleva cuidado, hijo. Madrid rebosa peligros y temo por ti.
—Aplacad los desvelos. He aprendido a sobrevivir ahí fuera y nada me ocurrirá.
—Que Dios te bendiga, mi querido muchacho. Ni una luna he de pasar sin suplicarle que te ampare. Ve ahora. Ve y no tardes en regresar.
—Regresaré, don Martín. En cuanto el sol brille de nuevo para los Castro, regresaré.